1917. La Revolución rusa cien años después
Akal / Reverso / 3
Juan Andrade y Fernando Hernández Sánchez (eds.)
1917
La Revolución rusa cien años después
La Revolución rusa fue el acontecimiento más trascendental
del siglo XX. El asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado en
octubre de 1917 fue vivido como la materialización inesperada
de una utopía largamente perseguida: la de la ocupación del
poder por parte del proletariado y la construcción de una
nueva sociedad sin clases. El acontecimiento espoleó
conciencias, amplió el horizonte de expectativas de las clases
populares e inspiró revoluciones y regímenes políticos por
todo el mundo. También desató el pánico y la reacción
virulenta de sus posibles damnificados y la hostilidad de
quienes, aun simpatizado con su arranque, no compartieron su
devenir.
A radiografiar este magno acontecimiento y sus consecuencias
–políticas, sociales y culturales–, la evolución del mundo
surgido de ella y el mito y la memoria de la revolución en la
actualidad se consagra 1917. La Revolución rusa cien años
después, una visión poliédrica, diversa y coral, de la
revolución y el siglo que engendró.
Juan Andrade, Josep Fontana, Leopoldo A. Moscoso, Pablo Sánchez León, Antoni Domènech,
Wendy Z. Goldman, Rosa Ferré, Serge Wolikow, Aurora Bosch, Elvira Concheiro, Sebastiaan
Faber, Ángel Duarte, Francisco Erice, José Luis Martín Ramos, Josep Puigsech Farràs, José M.
Faraldo, Michelangela Di Giacomo, Novella di Nunzio, Jesús Izquierdo Martín, Jairo Pulpillo
López, Constantino Bértolo, Guillem Martínez, Álvaro García Linera, Enzo Traverso y
Fernando Hernández Sánchez.
Juan Andrade es doctor en Historia contemporánea y profesor en la Universidad de
Extremadura. Su trayectoria investigadora se ha centrado en los movimientos sociales y los
partidos de la izquierda, del franquismo a la actualidad, prestando particular atención a la
transición, tema en el que ha destacado por su mirada crítica y renovadora con el libro El PCE y
el PSOE en (la) transición (2012). También es autor, junto a Julio Anguita, del libro Atraco a la
memoria (Akal, 2015).
Fernando Hernández Sánchez, doctor en Historia contemporánea, es profesor de la Facultad
de Formación de Profesorado y Educación de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de
Comunistas sin partido: Jesús Hernández, ministro en la guerra civil, disidente en el exilio
(2007), El desplome de la República (con Ángel Viñas, 2009), Guerra o revolución. El PCE en
la guerra civil (2010), Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer
franquismo (2015) y El bulldozer negro del general Franco (2016).
Diseño de portada
RAG
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser
castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización
reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria,
artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
Nota editorial:
Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.
Nota a la edición digital:
Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en
el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias
por fidelidad a la edición original.
El capítulo 6 ha sido traducido del francés por Alcira Bixio; la traducción del capítulo 15, del italiano,
es obra de Sandra Chaparro; Juanmari Madariaga, por su parte, es el responsable de la traducción de los
capítulos 4 y 20 (del inglés).
La versión original de este último capítulo, de Enzo Traverso, fue publicada como «Historicizing
Communism: A Twentieth-Century Chameleon», en la revista South Atlantic Quarterly, Volume 116,
no. 4 (2017). Aquí se reproduce con la autorización expresa del titular del copyright, Duke University
Press (www.dukeupress.edu).
© Los autores, 2017
© Ediciones Akal, S. A., 2017
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4483-3
Los tiempos de la Revolución rusa (1917-2017)
Juan Andrade
Las imágenes del asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado que los
bolcheviques protagonizaron la noche del 24 al 25 de octubre 1917 han
poblado durante décadas los sueños y pesadillas de buena parte de la
humanidad. Todavía hoy están presentes, como un icono inquietante cargado
de significados múltiples, en el imaginario de quienes en algún momento se
hayan detenido a mirar el no tan viejo siglo XX. Cuando en 2002 el
historiador Eric Hobsbawm publicó su autobiografía con 85 años edad,
escribió al respecto: «El sueño de la Revolución de Octubre permanece
todavía en algún rincón de mi interior»[1]. Que aquel sueño sobreviviese en
un estudioso de la contemporaneidad, que apenas tenía tres meses cuando se
produjeron los hechos, da fe de la onda expansiva de un acontecimiento que
dio forma a las aspiraciones políticas y personales de varias generaciones, a
veces, como es el caso, a lo largo de toda una vida.
La hostilidad hacia la Revolución rusa también sobrevivió al mundo
surgido de ella, como si el encono fuera necesario para sofocar las ascuas que
en algún momento de oscuridad todavía lucen bajo sus cenizas. Hace poco
Richard Pipes, historiador nonagenario especializado en el tema y asesor en
su día del presidente Ronald Reagan, respondía taxativamente lo siguiente a
la pregunta que en una entrevista le formulaban sobre el legado de la
revolución: «La Revolución rusa fue uno de los sucesos más trágicos del
siglo XX. No hubo absolutamente nada positivo ni grandioso en aquel
acontecimiento»[2]. Si desde los refinados ámbitos intelectuales se ha dado
tal confrontación en torno a la vivencia de la Revolución rusa o a propósito
de su significado –siempre en favor de sus detractores o desencantados–, no
es difícil intuir cuán virulenta ha sido la que se ha librado en el cuerpo a
cuerpo de la vida política.
La potencia de la Revolución rusa pudo medirse desde primera hora por su
capacidad para lograr una armonía de contrarios. Pese a ser tan novedosa
como inesperada, cobró la forma del acontecimiento con el que tanto habían
fantaseado, o que tanto habían temido, sus coetáneos. Pese a ser una
revolución propiamente rusa –que contradecía los pronósticos de la tradición
socialista europea acerca de dónde y cómo habría de producirse el acceso al
poder del proletariado–, se expresó en códigos ya entonces universales. Entre
otras cosas, porque bebió de una larga tradición popular y plebeya desde la
cual el asalto al Palacio de Invierno se prestaba automáticamente a analogías
y paralelismos con las imágenes, tan bien impresas en la memoria popular, de
la Toma de la Bastilla en 1789, del ascenso al poder de los jacobinos en 1792,
de la Revolución de Marzo en la Prusia de 1848 o de la Comuna de París de
1871. En este sentido la Revolución rusa puso de manifiesto lo que Reinhart
Koselleck viene explicando a partir de la metáfora de «los estratos del
tiempo» con la que trata de zafarse de la clásica disyuntiva entre la
representación lineal y la representación cíclica del tiempo histórico: que la
recurrencia es un presupuesto básico de la unicidad, que sin las estructuras de
repetición no son posibles los sucesos únicos, que sin el retorno –al menos
por planificación análoga– de las experiencias revolucionarias previas no
hubiera sido posible este acontecimiento inaudito[3]. Lo curioso de la
Revolución rusa no es solo que se saltara hacia adelante el estadio intermedio
previsto por la socialdemocracia de la época en el largo camino al socialismo,
sino que en la remisión a sus antecedentes también se saltó en cierto sentido
la etapa más inmediata representada por esa misma socialdemocracia, para
enlazar, de manera pocas veces verbalizada, con tradiciones revolucionarias e
insurreccionales previas. No en vano en 1918 Rosa Luxemburg dijo de los
bolcheviques que eran «los herederos históricos de los niveladores ingleses y
los jacobinos franceses»[4].
Por todo ello la revolución pudo ser inmediatamente leída en medio mundo.
En algunos casos lo fue como ejemplo a emular de manera mimética; en
otros, como fuente de inspiración creativa; en cualquier lugar, como un hecho
trascendental que sacudió las conciencias y aumentó el horizonte de
expectativas de buena parte de las clases populares. En este sentido la
dimensión mundial del acontecimiento radicó muy especialmente en los
anhelos e ilusiones que sobre él se proyectaron. Quienes miraron la Rusia de
1917 a priori entusiasmados se encontraron no ya con lo que entonces podía
estar sucediendo, sino con formas imprecisas que, mutatis mutandis, vinieron
a encajar en los contornos de sus deseos.
La potencia de la Revolución rusa fue tremenda, porque supuso la
materialización de una utopía alimentada secularmente. La Revolución rusa
transmutó el ámbito de lo deseable en el horizonte inmediato de lo posible,
porque este coincidía por primera vez con lo que se acababa de lograr en uno
de los países más vastos del mundo. Con la Revolución rusa la especulación
sobre el futuro, tan característica del primer socialismo, cedió a la
prospectiva, y la acción experimental, a la estrategia con visos de triunfo. La
victoria de los bolcheviques generó una seguridad tremenda en quienes
venían desarrollando una acción política cargada de riesgos e incertidumbre,
así como un entusiasmo alimentado por la sensación de desquite que
semejante triunfo generó en quienes, además de derrotas políticas recientes,
sufrían una posición subalterna ancestral.
Pero la revolución también despertó temores, desconfianza y rechazo en
buena parte del movimiento obrero occidental, porque dinamitaba las certezas
teóricas con las que se venía explicando el mundo, recusaba su proclividad a
la integración en el capitalismo y su complicidad con la Gran Guerra y
profundizaba las fracturas abiertas en su seno hasta llevarlas a la escisión.
También porque en su decurso la revolución contradecía ideales de libertad,
democracia y autonomía muy arraigados en la tradición obrera[5].
Por su contraste con la socialdemocracia, la revolución aterrorizó a las
clases dominantes. Para preservar el poder frente al sabotaje interior y los
furibundos ataques exteriores, los bolcheviques aplicaron una violencia
extrema, con la brutalidad que ello entraña para quien la sufre y el
embrutecimiento que genera en quien la ejecuta. Los bolcheviques
irrumpieron entonces como un antagonista no solo inasimilable, sino opuesto
a cualquier transacción; y convencido además de que, no ya la construcción
del socialismo, sino la sola supervivencia de quien se propusiera seriamente
la toma del poder con ese objetivo dependería de la eliminación del enemigo.
Ese cálculo tan frío como propio de la política moderna resultó más aterrador
para los de arriba, en la medida que vino acompañado de una imagen atávica
muy familiar: la del levantamiento colérico y tumultuoso, hasta entonces
pasajero y neutralizable, de los de abajo. Y esa conjunción de tumulto y
política moderna cobró en Rusia la primera forma acabada, contemporánea e
infinitamente más peligrosa de la «rebelión de las masas»[6]. Más allá de la
insurrección, la revolución activó extraordinariamente a la sociedad por abajo
y abrió un amplio y creativo campo de experimentación en las formas de
autoorganización democrática de la gente común. Con el estalinismo la
brutalidad se expandió más allá de la amenaza exterior sufrida y se re-
direccionó especialmente contra la disidencia del interior del partido y la
revolución. Al cabo del tiempo se disipó hasta dejar como herencia el control
burocratizado sobre una sociedad más bien apática.
La Revolución rusa fue el acontecimiento fundante de un tiempo nuevo. La
revolución atravesó como un vector el siglo XX con tal intensidad que hasta
el ya citado Eric Hobsbawm se atuvo a su trayectoria para acotar y acortar la
pasada centuria, con su despegue en el contexto de la guerra de 1914 y su
declive con la caída del socialismo real en 1991[7]. La institución de esta
nueva temporalidad vino dada por la originalidad del acontecimiento, que
dinamitó la piedra angular del modelo civilizatorio imperante, la propiedad
privada, y construyó el primer Estado obrero de la Historia. Semejante Estado
emergió en el ámbito de las relaciones internacionales para trastocar, primero,
los planes de las viejas potencias en la Primera Guerra Mundial y para
disputarle, después, la hegemonía a la gran superpotencia consolidada tras la
Segunda, Estados Unidos. La Revolución rusa fue concebida como el
detonante de una revolución mundial, cuya expansión, sin embargo, se vio
frustrada enseguida en los años veinte. La ampliación territorial de la URSS,
el avance del Ejército Rojo por Europa a costa del nazismo, el triunfo de Mao
Zedong en China y diferentes oleadas revolucionarias producidas al socaire
muchas veces de los procesos de descolonización hicieron que varias décadas
después un tercio del mundo estuviese regido por sistemas políticos
inspirados en ella. Con sus flujos y sus reflujos, el tiempo de la revolución se
dilató casi siempre de manera imprevista y nunca de forma lineal.
La revolución constituyó la principal amenaza externa para los países
capitalistas a lo largo del siglo XX y también su principal peligro interno. A
veces penetró en ellos por el impacto de un ariete exterior o en forma de
caballo de Troya, pero normalmente fue una sustancia característica del
propio cuerpo, sobre la cual los hechos de Octubre, o las interpretaciones que
de ellos se construyeron en cada lugar, funcionaron en todo caso como
levadura o reactivo. Para hacer frente al peligro de la revolución estos países
recurrieron al fascismo o al reformismo social preventivo, por más que la
revolución no fuera la causa exclusiva de ambos fenómenos. Sin el mundo
surgido de la revolución, el reformismo no hubiera llegado tan lejos. Y sin el
mundo surgido de la revolución el fascismo no hubiera sido derrotado, al
menos tan pronto.
De acuerdo con la concepción cristiana del tiempo, entonces muy presente
todavía aunque fuera en su versión secularizada, la revolución fue vivida
como un salto trascendente por unos y como el apocalipsis por otros. Desde
una perspectiva racionalista de cuño hegeliano, la razón de la revolución fue
abriendo paso con su desenvolvimiento a lo que muchos llamaban futuro.
Luego, en los llamados años de la distensión de la Guerra Fría y el
estancamiento en la URSS, el tiempo de la revolución se fue ralentizando y, a
ojos de muchos ciudadanos, terminó por congelarse en su mortecino declinar.
Cuando finalmente sucumbió el socialismo real, la visión escatológica inicial
de los revolucionarios fue asumida por sus enemigos para certificar «el fin de
la historia»[8].
¿Fue 1991 el último año del tiempo de la revolución, como así vaticinaron
los demiurgos de «el último hombre»[9]? Durante un tiempo parecía que así
era, y que el capitalismo y la democracia liberal solo eran contradichos como
estadio conclusivo de la historia por movimientos regresivos de corte
identitario o religioso. Sin embargo, muchos han vuelto a ver al viejo
fantasma que antaño recorrió Europa vagar en las últimas décadas de forma
más sinuosa por lugares insospechados, camuflado entre las multitudes que
arroparon los gobiernos posneoliberales de América Latina, Nepal y algunas
regiones de la India, o entre aquellas otras que ocuparon la plaza Tahrir de El
Cairo durante las primaveras árabes, la de Sol en Madrid el 15M o el mismo
epicentro de Wall Street en 2011. Así lo vieron con entusiasmo muchos
partidarios de una revitalización de la idea de comunismo, reunidos en los
concurridos congresos que tuvieron lugar, por este orden, en Londres, Berlín
y Nueva York entre 2009 y 2011. Para algunos de los ponentes tales
movimientos representaban un retorno del espíritu emancipador –«la vuelta
de la idea sobre sí misma»–, esta vez depurado de las desviaciones de su
experiencia real en el pasado siglo XX[10]. También lo vieron allí con temor
quienes antes trataron de matarlo a fuerza de certificar su muerte de manera
prematura. Curiosamente, ahora le devolvían a la vida denunciando a voz en
grito, frente a quienes se estaban movilizando bajo otros significantes, que en
el fondo promovían los viejos significados revolucionarios. En definitiva, en
los últimos años el comunismo ha retornado en varias ocasiones, al menos
como proyección o exageración, como deseo o estigma.
Así como en la actualidad se ha denunciado el retorno tal cual de aquel
pasado amenazante, así también ese tiempo de 1917 ha sido sobre todo
considerado, y por extensión juzgado, con los parámetros de hoy día. La
actualidad de un acontecimiento histórico puede medirse atendiendo a la
perspectiva presentista con que se observa. Cuanto más cercano se siente,
más se valora con los criterios del tiempo en curso y más enconados son
también algunos de los usos públicos que se hacen de su memoria.
Este año se cumple el centenario de la Revolución rusa y a buen seguro que
el acontecimiento cobrará actualidad sobre todo en este sentido presentista.
Como en nuestro presente prevalece –aunque siempre en disputa con visiones
críticas– un horizonte de pensamiento antiutópico y naturalizador del
capitalismo, es de esperar que las visiones sobre la revolución del 17 la
caractericen, si acaso, como una anomalía al final corregida por el curso
lógico de la historia; más previsiblemente, como la fuente de los grandes
males de la pasada centuria que todavía hoy sigue inspirando opciones
peligrosas; o, sobre todo en este tiempo de crisis, como un punto de
referencia al que recurrir fácilmente para, por la vía de un contraste
extemporáneo, subrayar cuán bien estamos con respecto a aquel modelo.
Este libro responde al reto de explicar la revolución desde los parámetros de
su propio tiempo, sin dejar de reconocer que cualquier mirada sobre el
pasado, por rigurosa que sea, está troquelada por las inquietudes del presente.
De igual modo, el libro pretende analizar directamente los discursos que en la
actualidad se están produciendo acerca de aquel acontecimiento, el lugar que
ocupa en la memoria y los imaginarios de este siglo XXI, sin perjuicio de que
cada cual exprese el lugar que ocupa en los suyos propios. Los textos que
aquí se presentan comparten el gusto por el rigor y la fundamentación, pero
responden a las diferentes y plurales inquietudes de sus respectivos autores.
Los editores lo concebimos con la idea de que representara, en general, un
enfoque distinto en muchos sentidos (temático, metodológico, discursivo) al
de la mayoría de las obras que sabíamos o intuíamos iban publicarse o
reeditarse a raíz de la efeméride, sin que por ello constituyera ninguna clase
de propuesta interpretativa consensuada colectivamente. Muy al contrario, al
tiempo que buscábamos autoras y autores que ofrecieran una visión distinta
con respecto a lo que iba a publicarse, buscábamos también autores y autoras
que ofrecieran enfoques, en todos esos sentidos, diferentes entre sí. Para ello
el libro cuenta con un total de 23 mujeres y hombres pertenecientes a
distintas generaciones. La mayoría viene del campo de la historia, pero
también los hay que proceden de la filosofía, la ciencia política, el
periodismo, la crítica literaria y el arte. Los hay de distintos países, de España
la mayoría, pero también de Francia, Italia, Estados Unidos, México y
Bolivia.
Cuando concebimos el proyecto, nos preocupaba incurrir en algo frecuente
en las obras colectivas: una suerte de miscelánea derivada de la agregación a
posteriori de trabajos elaborados por especialistas en lo suyo. Por el contrario,
nos planteamos el reto de construir una obra con sentido de conjunto a partir
de trabajos que se complementasen al menos temáticamente, ya fuera
proponiéndoselos a aquellos que hubieran trabajado en el tema en cuestión,
ya fuera proponiéndoselo a quienes, habiendo destacado en otros temas,
asumieran el reto de ponerse a pensar en ello.
Con la intención de proponer un orden a ese marasmo de dimensiones
temporales que rodea a un acontecimiento de la magnitud de la revolución del
17 y dar vía libre a las inquietudes de cada cual, decidimos estructurar este
libro en cuatro grandes bloques temáticos. El primero agrupa los capítulos
que tratan de las trayectorias políticas que condujeron al Octubre bolchevique
y del proceso que se abrió con el asalto al Palacio de Invierno. El segundo,
los que analizan los intentos de expansión de la revolución por Europa y el
impacto que tuvo aquí y en otros lugares del mundo. En el tercero se agrupan
aquellos que abordan la evolución del mundo surgido de la Revolución rusa
desde que esta se consolida definitivamente con el estalinismo hasta que se
produce el colapso de los países del llamado socialismo real. El cuarto se
ocupa de las memorias, las narraciones, las imágenes y los discursos que a
propósito de la revolución de 1917 se han construido en nuestro tiempo.
EL TIEMPO PREVIO A LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE
Como explican
Leopoldo Moscoso y Pablo Sánchez León, la expectativa
de la revolución había venido declinando dentro del movimiento obrero
occidental, a resultas de medio siglo de crecimiento de la cultura obrera,
sobre todo en Alemania, país que, tras la derrota de la Comuna de París y a
partir del Congreso de Ámsterdam de 1900, llevaba la voz cantante de la II
Internacional.
Alemania
había
experimentado
una
intensísima
industrialización al calor de la cual se había formado un proletariado
industrial numeroso, concentrado en grandes unidades productivas, moderno
y relativamente compacto, muy diferente de la abigarrada base social –
todavía deudora de la tradición artesanal– del primer movimiento obrero.
Sobre esta nueva base, la socialdemocracia alemana levantó un partido
unificado y poderosos sindicatos, amén de una contrasociedad civil
constituida por cooperativas, casas del pueblo, clubs deportivos y una amplia
red de periódicos, revistas, editoriales y bibliotecas. La pulsión insurreccional
se fue sofocando en beneficio de una orientación reformista que pugnaba por
la ampliación del sufragio, la igualdad de derechos, la mejora de las
condiciones de trabajo y el incremento de la capacidad adquisitiva de los
trabajadores. La actividad parlamentaria, la acción sindical y la gestión de esa
contrasociedad hicieron de la socialdemocracia la verdadera vía de
integración de los obreros en el Estado y en el mercado.
En ese contexto la idea de revolución, que no desapareció ni de la retórica
ni de los textos del movimiento obrero, se fue diluyendo del horizonte de
expectativas de los trabajadores y dejó de ser, en el sentido que a este
concepto dan en su trabajo Moscoso y Sánchez León, objeto de entusiasmo.
En las formulaciones de los grandes teóricos del socialismo alemán, la
revolución ya había quedado reducida unos años atrás a una remota
aspiración al final resultante de un largo proceso acumulativo de reformas
(Bernstein) o a un salto a realizar en un futuro indefinido una vez se hubiera
recorrido un largo proceso de desarrollo económico capitalista y político
parlamentario (Kautsky)[11]. En la práctica política de aquel tiempo, la
revolución cobró si acaso la forma de una ilusión identitaria o de un órdago a
esgrimir en los momentos de transacción con el poder.
La Revolución de Octubre rompió la lógica de los tiempos y quebró los
esquemas interpretativos y propositivos de la II Internacional. Los
bolcheviques no se resignaron a esa concepción del tiempo lineal, progresiva
y teleológica que exigía pasar previamente por un largo estadio de desarrollo
liberal burgués antes de llegar al socialismo. Tampoco se sometieron a las
limitaciones de lo que, en el argot de la época, se llamaban las condiciones
objetivas, ni permanecieron a la espera de que el desarrollo mecánico de las
fuerzas productivas les diera luz verde para la subversión. Los bolcheviques
leyeron las condiciones materiales como condiciones de posibilidad,
acelerando –con ciertas dosis de voluntarismo– el tiempo histórico y
dilatando los límites de lo posible por medio de la acción subjetiva. La acción
política de los bolcheviques se movió entre la urgencia y el sentido de la
oportunidad, entre su negativa a concebir el socialismo como advenimiento
fatal y el olfato que les llevó a lanzarse a la toma del poder justo en el
momento en el que el poder estuvo al alcance de sus manos.
Esta oportunidad se fundamentó en los análisis de Lenin acerca del
«Imperialismo como etapa superior del capitalismo» y en la teoría
consecuente del «eslabón más débil». Lenin planteaba que las cadenas del
capitalismo no se romperían allí donde el desarrollo económico había
narcotizado a una parte de la clase obrera y cooptado a los dirigentes
socialdemócratas, sino en los países de la periferia, donde al malestar por la
explotación económica podía sumarse el rechazo a la dominación del capital
extranjero. La conclusión de que en su fase de desarrollo imperialista el
capitalismo canalizaba la competitividad intranacional hacia afuera, lanzando
a los países a confrontar militarmente por la apropiación de recursos y la
apertura de mercados, fue vista por Lenin como una oportunidad para,
apelando al malestar popular, convertir esa guerra de intereses económicos
entre Estados en una guerra nacional entre clases, que sería, a su vez, el
detonante de la revolución mundial[12].
En este y en otros muchos sentidos la Revolución rusa fue hija de la Gran
Guerra. La Gran Guerra no solo precedió a la revolución sino que la
acompañó en todo momento como experiencia, memoria e inercia. La mayor
parte del mundo de aquella época estaba familiarizado –y algunos
entusiasmados– con la idea de la guerra y con la brutalidad con que vino a
librarse. La Primera Guerra Mundial fue respaldada por los viejos imperios y
por los emergentes, por monarquías y repúblicas, por la derecha y por la
izquierda[13]. El profesor
Josep Fontana nos cuenta la facilidad con que –
apenas dos años después de que aprobasen lo contrario en el Congreso de la
Internacional de Basilea– los diputados socialistas alemanes y franceses
aprobaron en agosto de 1914 los créditos necesarios para participar en ella.
La idea de la guerra como continuidad de la política por otros medios era
transversal a los diferentes sujetos políticos del momento.
Ángel Duarte nos
recuerda, por ejemplo, que los republicanos españoles, sobre todo los
republicanos
liberales,
extremadamente
aliadófilos,
defendieron
la
participación de España en la Gran Guerra como una oportunidad para la
revitalización y modernización de un país venido a menos. También nos
muestra que en el rechazo del republicanismo español a la Revolución rusa
pesó mucho la decisión de los bolcheviques de romper el compromiso de
Rusia con los aliados y firmar la paz con Alemania.
La violencia extrema con que los bolcheviques defendieron la revolución ha
sido presentada como una anomalía en la época. La brutalidad desatada tanto
por el Ejército Blanco como por el Rojo en la Guerra Civil rusa se explica
también al considerar que buena parte de los mandos y soldados de ambos
bandos habían combatido hasta hacía nada en los frentes de la Gran Guerra,
donde se habían familiarizado con el sufrimiento a gran escala y la
producción en serie de muertes[14]. Todas esas prácticas, tan macabras como
naturalizadas, sin perjuicio de las nuevas formas de terror instauradas, se
trasvasaron al interior de Rusia de 1918 a 1921.
Las condiciones económicas, sociales, políticas y culturales de Rusia no se
acercaban ni de lejos a las condiciones siquiera suficientes fijadas por el
socialismo de la II Internacional para acometer una revolución socialista. Sin
embargo, algunas de las claves para entender el triunfo de la revolución
socialista en Rusia y sus posteriores limitaciones radica –más que en el
contraste en bruto entre la Rusia de entonces y el Occidente europeo– en
considerar cómo y en qué lugares del país sí se habían dado importantes y
peculiares procesos de desarrollo económico, así como en atender a la larga
trayectoria de unos ambientes políticos e intelectuales intensos y complejos.
Es cierto que la Rusia de principios del XX era un vasto imperio autocrático
compuesto por multitud de naciones y grupos étnicos, donde el campesinado
constituía aproximadamente el 80 por 100 de la población y donde los niveles
de alfabetismo eran ínfimos. Pero también lo es que en sus principales
ciudades, en San Petersburgo y Moscú especialmente, se había producido una
vigorosa industrialización impulsada por la inversión de capital extranjero y
el respaldo del Estado zarista[15]. Al calor de ese proceso se había formado
un proletariado joven cuya conciencia como sujeto político había crecido
infinitamente más rápido que cualquiera de los cauces de integración en un
mercado interno poco desarrollado y en un Estado autocrático. Por otra parte,
el San Petersburgo de principios del siglo XX era un hervidero intelectual
donde se daban cita la tradición anarquista de Bakunin y Kropotkin, el
populismo radical agrario de los naródnik y, más intensamente, las
principales corrientes marxistas de la Europa de la época, dentro de las cuales
había destacado la figura del ruso Gueorgui Plejánov[16]. La conexión
intelectual del socialismo ruso con el europeo se intensificó y enriqueció
gracias al exilio, que a veces tan contraproducente resulta para los Estados
que tratan de expulsar la disidencia y aislar a sus países. La pasión y el
encono con que se libraba la batalla de las ideas en la Rusia inmediatamente
anterior a la revolución prefiguraron en cierto sentido la radicalidad con que
se acometió una revolución encabezada por dirigentes políticos que, a su vez,
eran intelectuales y que en ningún momento del proceso dejaron de ejercer de
tales. Prueba de ello es la ingente producción escrita de Lenin en aquellas
condiciones o la imagen espectacular de Trotsky escribiendo su «Anti-
Kautsky» en un tren blindado que atravesaba toda Rusia mientras dirigía al
Ejército Rojo en medio de la Guerra Civil. Para aquellos revolucionarios, las
ideas pesaban tanto o más que las balas[17].
En ese contexto de contrastes y contradicciones, pasiones e intensidades,
represión y movilización, de llamamientos a filas y resistencia, se produjo la
revolución de febrero de 1917. Sus protagonistas reactivaron la experiencia
organizativa de los soviets ensayada en la revolución de 1905. Si la
Revolución de Febrero triunfó fue, entre otras cosas, porque, a diferencia de
lo sucedido durante el domingo sangriento de aquel invierno de 1905, los
soldados bajo autoridad del Estado, lejos de seguir la orden de reprimir a los
manifestantes, terminaron confraternizando con ellos. Además, en 1917 se
había ampliado el repertorio de protesta y entraron en escena sujetos políticos
fuertes que habían madurado extraordinariamente. En este sentido, la
Revolución rusa fue también, como nos explica
Wendy Z. Goldman, una
revolución de las mujeres. No en vano el detonante del proceso
revolucionario fue la huelga y las movilizaciones que estas convocaron el día
internacional de la mujer trabajadora (8 de marzo en el calendario gregoriano,
23 de febrero en el calendario juliano vigente a la sazón en Rusia) pidiendo
pan y la vuelta de los combatientes del frente, dos peticiones que meses
después se grabaron tal cual en el frontispicio de las reivindicaciones de los
bolcheviques.
Las movilizaciones forzaron la abdicación del zar Nicolás II y la formación
de un gobierno provisional integrado sobre todo por miembros del Partido
Constitucional Democrático y algún socialrevolucionario. Este gobierno
convocó la celebración de una futura Asamblea Constituyente, proclamó la
amnistía, estableció libertades públicas y decidió, no obstante, continuar con
la guerra. La ruptura de los diques represivos desató toda la energía social
acumulada, multiplicada por la euforia que en los sectores revolucionarios
generó el haber derrumbado, en apenas unos días, una monarquía centenaria.
Esa energía se canalizó a través de los soviets, que, de pequeñas asambleas
semiclandestinas de obreros y soldados politizados pensadas sobre todo para
la acción política reivindicativa, pasaron a convertirse en espacios
socialmente amplios y heterogéneos para el ejercicio de la democracia
directa, la asunción de los servicios públicos que habían quedado al
descubierto ante el vacío de poder y, a través de sus vínculos con los Comités
de fábrica, la autogestión de aquellas empresas arrebatadas a la burguesía. De
esta forma fue cristalizando una dualidad de poderes representada, de un
lado, por un gobierno provisional muy debilitado y, de otro, por unos soviets
que, además de atribuirse competencias de este, empezaban a perfilarse como
nuevo poder constituyente[18]. La tensión entre ambos poderes pudo
amortiguarse porque las fuerzas políticas mayoritarias en los soviets, con los
mencheviques a la cabeza, respaldaban al gobierno. Quien, por el contrario,
quiso llevar esa tensión al extremo fue Lenin. En las «Tesis de abril»
enunciadas al pie del tren que, gracias al corredor abierto por Alemania, le
trajo de su exilio, Lenin afirmó que había llegado la hora de poner fin a la
guerra, romper con el gobierno provisional y transferir todo el poder a los
soviets. Lo hizo con un discurso semánticamente rebajado con respecto a los
cánones ideológicos del socialismo de la época, con el que interpeló
especialmente al proletariado, pero también al pueblo ruso en general bajo la
consigna más básica de «Pan, paz y tierra»[19].
Lenin no fue al principio respaldado por sus correligionarios. Dirigentes
muy pegados a los hechos como Kámenev y Zinóviev le dejaron en minoría
en los órganos de dirección del partido, lo cual es un ejemplo de que el
bolchevique no era exactamente ese partido rígido sometido a la autoridad
unipersonal de un líder incuestionable que luego terminó siendo. De hecho, lo
que permitió a los bolcheviques navegar con más destreza que nadie sobre la
ola revolucionaria fue esa conjunción de plasticidad y acompasamiento al
movimiento, por un lado, y capacidad de intervención al unísono, por otro;
esa forma de militancia basada, de un lado, en la inserción completa e
interacción creativa con las masas movilizadas y, de otro, en la organización
meticulosa bajo una fuerte disciplina. Perfilar la composición, naturaleza y
práctica del partido bolchevique antes de la revolución es interesante para
reorientar el ya largo debate acerca de si el modelo originario de partido de
Lenin contenía la semilla del Estado autoritario que se terminó construyendo
–en la medida que este se terminó confundiendo con aquel– o si ese Estado
fue el resultado de una abrupta dinámica política posterior no
predeterminada[20]. En cualquier caso no cabe duda de que el partido
bolchevique, luego partido comunista, fue una herramienta sin la cual no se
explica la conquista primero y la preservación después del poder; una
herramienta que representaba una novedad considerable en la historia del
movimiento popular y obrero de la que adolecieron las experiencias
derrotadas de los jacobinos en 1795 a la Comuna de París de 1871.
Esta capacidad operativa y movilizadora de los bolcheviques se puso
especialmente de manifiesto entre agosto y septiembre, cuando contribuyeron
de manera determinante a sofocar el intento de golpe de Estado del general
reaccionario Lavr Kornílov. Ahí se multiplicó el prestigio de los
bolcheviques y se vislumbró el fatal destino que aguardaba al gobierno
presidido ahora por Aleksandr Kérenski. Este gobierno reformista había
sobrevivido al golpe de la reacción gracias a la defensa organizada en parte
por los mismos revolucionarios que también querían acabar con él.
EL ACONTECIMIENTO Y SU TIEMPO: OCTUBRE Y LA
QUIEBRA DEL DEVENIR
Como es sabido, los bolcheviques asaltaron la sede del gobierno
provisional, situado en el histórico Palacio de Invierno de los zares, sin
apenas resistencia, en una acción que, según se dijo de manera irónica
después, había causado menos daños que los sufridos durante el rodaje de
Octubre, la película de Eisenstein que los rememoraba. La toma del Palacio
de Invierno no fue tanto un golpe conspiratorio bien urdido como el audaz
colofón a un proceso social que había erosionado irreversiblemente las bases
de un gobierno débil y colapsado. Lo que aquella noche se impuso fue la
hegemonía que los bolcheviques habían conquistado a nivel capilar entre
unos sectores subalternos realmente empoderados frente a un viejo Estado
que había perdido, además del control de buena parte de sus dispositivos
administrativos y represivos, la base social necesaria para mantenerse en pie.
El prestigio de los bolcheviques se multiplicó con creces cuando, al día
siguiente, acudieron con el poder recién tomado al II Congreso Panruso de
Todos los Soviets, donde la insurrección y el nuevo gobierno de comisarios
del pueblo fueron ratificados[21].
En la Revolución rusa se puso de manifiesto una paradoja múltiple con la
que, como nos recuerda
Álvaro García Linera, han tenido que habérselas
todas las revoluciones sociales contemporáneas. En primer lugar, las
revoluciones sociales surgen de la reapropiación de la política por amplios y
muy activos sectores populares: de un proceso de democratización radical a
pequeña escala, en fábricas, barrios o municipios. Pero imponerse a enemigos
internos y externos y consolidarse como verdadera revolución capaz de
coordinar esas particularidades a escala nacional requiere de la acción
centralizada de una institución especializada en la gestión de lo universal,
esto es, del Estado, aunque sea en la perspectiva de su futura autodisolución,
como plantea el marxismo. En segundo lugar, la centralización y jerarquía del
Estado debe lograrse sin asfixiar la energía transformadora que procede de la
autonomía de lo particular, pero sin dejarla tampoco a su suerte para que esta
no derive en caos productivo y vulnerabilidad ante el enemigo. En tercer
lugar, la rapidez con que se ha producido la formación a nivel particular de
unidades básicas de deliberación democrática y ejecución colectiva, los
soviets en este caso, va muy por delante, y se desacompasa, con respecto a
los tiempos más lentos que necesita la democratización del Estado. La
imposición de la revolución requiere en esos momentos de un poder estatal
centralizado con amplias atribuciones no fiscalizadas. Entonces, ¿dónde
queda la democracia?
Un hito fundamental del proceso revolucionario –que sin duda acaparará la
atención de los debates acerca del centenario– fue la disolución de la
Asamblea Constituyente por parte de los bolcheviques en enero de 1918. En
las elecciones convocadas poco después de la toma del Palacio de Invierno
estos quedaron en segunda posición, a una distancia considerable de los
socialrevolucionarios[22]. Los resultados evidenciaron la contradicción
intranacional antes señalada: los bolcheviques habían sido mayoritarios en las
grandes ciudades y el frente occidental ruso, pero los eseristas lo habían sido
en las vastas zonas rurales del país. En cualquier caso, los bolcheviques no
volvieron a convocar elecciones basadas en la libre concurrencia de partidos
e impusieron su particular dictadura del proletariado en un contexto que ya se
vaticinaba de guerra civil. Para abordar este debate sobre la naturaleza
dictatorial del nuevo Estado soviético resulta oportuna una clarificación
semántica en la línea de lo que viene planteando la historia de los
conceptos[23]. Ello es obligado para no incurrir en varias formas de
presentismo: la que confunde el lenguaje de nuestro análisis con el lenguaje
de las fuentes de la época y la que consiste en obviar que los procesos
revolucionarios lo son también porque vienen a acelerar cambios semánticos
en conceptos políticos ya de por sí polisémicos.
En este sentido, el filósofo
Antoni Domènech nos recuerda que el concepto
actual de dictadura dista mucho del concepto de dictadura de la Roma clásica,
de la Revolución francesa o, por ejemplo, del usado por Engels en sus críticas
al proyecto de programa del SPD[24]. En estos casos la dictadura era
concebida como una institución republicana comisionada por el órgano
representativo del pueblo para dotar de poderes excepcionales a una o varias
personas durante un periodo de tiempo limitado, tras el cual deberían rendir
cuentas ante ese mismo órgano representativo. Esa dictadura sería, por tanto,
una «dictadura fideicomisaria», muy distinta, por otra parte, de la «dictadura
soberana» que finalmente terminaron instaurando los bolcheviques. Quien
criticó este salto con contundencia y al mismo tiempo abierta simpatía hacia
los bolcheviques fue Rosa Luxemburg. La revolucionaria polaco-alemana
denunció, al igual que los bolcheviques, que la voluntad popular representada
en la Asamblea había quedado obsoleta con respecto al curso de los
acontecimientos. Pero su propuesta era acompasar el ritmo del sufragio al
ritmo vertiginoso de la revolución[25]. La de los bolcheviques, sin embargo,
fue abolirlo por retardatario. En la concepción de Lenin el sufragio era una
rémora para una revolución cuya supervivencia dependía de su propia
celeridad, un corsé de factura burguesa asfixiante para el desarrollo de una
revolución proletaria cuyo refrendo popular siempre iría por detrás de los
acontecimientos. Para Rosa Luxemburg aquellas instituciones, de factura
sobre todo popular y por supuesto que perfectibles, eran necesarias para
canalizar algo más importante: la fuerza emancipadora y propiamente
revolucionaria del sufragio popular, que, a su vez, vendría a regenerarlas y
orientarlas[26].
En el fondo de la polémica latía, como nos recuerda Domènech, la
disyuntiva acerca de si los derechos democráticos eran principios inalienables
o instrumentos circunstanciales[27]. Los bolcheviques, sumidos en una feroz
guerra y a la espera de que la revolución mundial acudiera en su auxilio,
resolvieron automáticamente que en esas circunstancias era necesario
prescindir de aquellos derechos. Pero lo hicieron en un contexto europeo que
no era, como de forma anacrónica se plantea muchas veces, el del edén de la
democracia. De hecho, la democracia parlamentaria basada en el sufragio
universal fue más bien una construcción posterior a la Primera Guerra
Mundial, en la que mucho tuvo que ver el empuje del movimiento obrero. En
el momento de la revolución de octubre del 17, en Europa predominaban las
monarquías autoritarias, las monarquías constitucionales con parlamentos
débiles o las repúblicas –a excepción de algunos países nórdicos– con
sufragio censitario o universal solo masculino.
La revolución no acabó con la toma del Palacio del Invierno, ni con la
supresión de la Asamblea Constituyente, ni siquiera con el triunfo
bolchevique en la Guerra Civil. Las revoluciones son acontecimientos tan
sorprendentes como imprevisibles que no se dejan atrapar siquiera en las
imágenes puntuales, en las fotos fijas, que, convertidas en iconos venerables
por sus acólitos, se las suponen más representativas. Las revoluciones, como
nos explica
Álvaro García Linera, son procesos caóticos y creadores,
procesos que licúan las estructuras osificadas de la sociedad, las instituciones
políticas, las relaciones de clase y las clases mismas hasta dar paso a una
nueva solidificación, a una nueva institucionalidad donde la nueva y
excepcional correlación de fuerzas se hace ley y derecho colectivo. Con la
Revolución rusa cambiaron las relaciones de clase por las transformaciones
acometidas sobre la estructura de la propiedad, pero también sobre la
estructura de poder moral que habían levantado durante décadas las viejas
clases dominantes. En Rusia se invirtió el orden lógico de la sociedad cuando
los sectores subalternos dejaron de serlo al autoconstituirse en sujetos
portadores de un nuevo mundo que anticipaban en su cotidianidad a través
incluso de pequeños gestos de insumisión y dignidad, desde la decisión de las
mujeres de llevar pantalones a la decisión de los camareros de no aceptar
propinas[28]. La revolución fue también una lucha encarnizada por la
construcción de una nueva hegemonía ideológico-política a largo plazo por
impulso del nuevo Estado en construcción. La revolución fue también, como
dice García Linera, un nuevo proceso de nacionalización de la sociedad rusa.
En ese proceso cambiaron los propios sujetos del cambio. Como explica
Rosa Ferré, la Revolución rusa fue un «asalto a las mentalidades», un
proceso que desató, incluso entre sus partidarios, esperanzas y desconcierto,
expectativas e inseguridad, excitación y ansiedad, entusiasmo y también
mucho vértigo. El tiempo de la revolución fue un tiempo sincopado, un
tiempo de desacompasamientos donde la celeridad de los acontecimientos fue
por delante de la capacidad adaptativa de sus protagonistas. Semejante ritmo
fue alimentado por una pulsión verdaderamente iconoclasta con respecto a un
pasado que se quería superar por medio de la voladura de cualquier posible
camino de regreso. También por una pulsión creativa y experimental que se
dispuso a quebrar los límites del orden social e incluso físico. Ferré nos
cuenta cómo ambas pulsiones quedaron impresas en el mundo del arte. La
iconoclasia de primera hora se llevó por delante iglesias, monumentos del
poder zarista e incluso manifestaciones de arte clásico desvinculadas de
ambos. Por otra parte, no hubo, según la autora, un periodo de la historia del
siglo XX donde se concentrara tanto talento creativo y vocación
experimental. Los años de la revolución fueron los años de los debates entre
el arte proletario y el futurismo, y los años del Frente de Izquierda de las
Artes (Lef) con el constructivismo de Ródchenko, la poesía de Mayakovski y
la invención del montaje cinematográfico moderno de Eisenstein. Fueron los
años de la vinculación de la producción cultural y artística a las
investigaciones fisiológicas y psicológicas de Pávlov. Los años en que
Bogdánov pasó de la novela de ciencia ficción a los experimentos de
transfusión de sangre en busca del rejuvenecimiento del hombre[29]. No es
de extrañar que el arte y la investigación entraran en pugna con los límites
materiales. Al probar que era posible romper con una jerarquía social
secularmente naturalizada, la revolución empujaba a romper también con los
límites de la naturaleza gracias a una combinación entusiasta de ciencia y
voluntad. La revolución amplió en la mentalidad de la época el campo de lo
posible hasta hacerlo coincidir con la imaginación.
La experimentación política, social y estética de la revolución generó
aprensión incluso en los más convencidos revolucionarios. En este sentido es
sintomática la actitud del propio Lenin ante las vanguardias artísticas. Pese a
que las toleró y supo aprovechar su energía trasformadora, las miró con cierto
desdén, e intervino expresamente para preservar de su pulsión iconoclasta el
legado cultural clásico de Rusia, por el que sí sentía realmente aprecio. En
esta actitud de Lenin podía advertirse el vértigo ante la expansión de un
mundo nuevo que venía a destruir el viejo mundo en el que habitaban buena
parte de sus certezas y seguridades de tipo estético y cultural. No es de
extrañar que sectores no comprometidos con la revolución la vivieran con el
pánico con que se vive la pérdida del mundo en el que habían arraigado
también sus certezas políticas y aun existenciales.
Los bolcheviques restauraron en parte la censura abolida en la Revolución
de Febrero, pero esta fue desbordada por el hervidero creativo de la época. La
propia concepción revolucionaria, tecnólatra e industrializadora desde sus
orígenes[30], entraba en contradicción con el recurso a la censura, pues la
tecnificación de la producción, el arte y la comunicación que impulsaron
liberaba y amplificaba las posibilidades de circulación de ideas y visiones.
El estalinismo vino a poner freno a estas corrientes experimentales tachadas
de formalistas, en un ejemplo, a nivel artístico, de la proclividad de la
revolución a la hora de construir un nuevo lenguaje propagandístico
estigmatizador. Se crearon nuevas y centralizadas unidades de
encuadramiento de artistas y escritores, esta última presidida por Maksim
Gorki, y se recuperaron los clásicos de la literatura y el arte rusos. Como arte
representativo del nuevo régimen se promovió el llamado «Realismo
socialista», en el fondo una nueva forma de idealismo estético que exaltaba
figuras arquetípicas o alegóricas que solo en su sublimación se correspondían
con la realidad social.
Los bolcheviques tuvieron que hacer frente de 1918 a 1921 a una guerra
civil de proporciones descomunales, que acarreó la muerte de alrededor de
ocho millones de personas, entre combates, hambrunas y epidemias. La
libraron frente a las viejas fuerzas del zarismo y una poderosa coalición de
ejércitos extranjeros. Pero también contra las revueltas de campesinos
contrarios a la confiscación de sus cosechas, protestas obreras y
levantamientos de sectores revolucionarios como los marinos de Kronstadt.
Vencieron gracias al despliegue de una política de terror para con el viejo
enemigo y el nuevo[31]. La lógica militar con que tuvo que librarse aquella
guerra penetró en la forma de construir el socialismo en Rusia y promoverlo
fuera de ella[32]. La revolución nació combatida desde dentro y sobre todo
acosada desde fuera mediante el recurso al terror en ambos casos. La
experiencia de esa doble amenaza fue interiorizada con posterioridad a la
guerra en forma de alerta constante y despliegue de mecanismos represivos
preventivos. Como señala Alain Badiou, de aquellas circunstancias surgió
«una subjetividad política construida por un imperativo superyoico y una
ansiedad crónica» que condujo a una unidad popular muy débil, basada en el
miedo y la pasividad de la gente[33]. El terror primero, y los mecanismos
coactivos burocráticos después, no llegaron a ser una solución al problema de
las contradicciones o antagonismos que se daban en el seno de la sociedad,
por suponer una supresión del problema mismo. Al alivio relativo que se dio
durante los años de la Nueva Política Económica (NEP), con la que se logró
revitalizar temporalmente la economía gracias a la coexistencia de la empresa
pública con la privada bajo directriz del Estado, siguió el despotismo
industrializador de los planes quinquenales de Stalin, que requirió de
mecanismos disciplinarios extremos aplicados especialmente sobre el interior
del partido. Más de setecientas mil ejecuciones tuvieron lugar durante las
grandes purgas de 1936 a 1939[34]. Aunque estos niveles represivos jamás
volvieron a darse ni de lejos en la URSS, la inercia de aquel terror cobró la
forma de una muy inflacionaria burocracia de la sospecha.
¿Estaba esa deriva predeterminada en las premisas revolucionarias de los
bolcheviques del 17? ¿Fue Stalin el producto necesario de la revolución
liderada por Lenin? Así se ha planteado insistentemente desde una
perspectiva genético-determinista renuente a reconocer en la Revolución rusa
lo que sí se reconoce en otros procesos de cambio más remotos: su curso
imprevisible a partir de los giros producidos ante circunstancias
sobrevenidas, la concurrencia en ellos de regresiones, discontinuidades y
rupturas. En este sentido, el estalinismo tuvo mucho de disrupción, de
reacción termidoriana frente a la revolución popular espoleada tiempo atrás
por los propios bolcheviques, pese a que esta reacción se nutrió también de
tendencias ya entonces latentes.
EXPANSIÓN, ESTANCAMIENTO Y COLAPSO DEL
COMUNISMO
En la primavera de 1919 se creó la Internacional Comunista, concebida no
como agregación de partidos nacionales independientes, sino como un solo
partido mundial de la revolución, integrado, a su vez, por distintas secciones
nacionales. La Komintern consagró una fractura profunda, nunca restañada,
entre los viejos partidos socialdemócratas y los nuevos partidos
revolucionarios surgidos en gran medida de ellos. Como nos cuenta
Serge
Wolikow, la Internacional Comunista surgió ligada a la expansión de la
revolución mundial, que, habiendo arrancado en Rusia, estaba aconteciendo
en Centroeuropa. Cuando en el verano de 1920 se constató el fracaso de la
revolución mundial ante la derrota de los conatos en Hungría, Berlín y
Baviera y el reflujo de las movilizaciones en Francia, Reino Unido y
Checoslovaquia, la orientación de la nueva Internacional, que desde su origen
tuvo su sede en Rusia, pasó a hacerse más dependiente de los intereses de
Estado soviéticos.
Entre 1921 y 1922, en el tránsito del comunismo de guerra a la NEP, se
aprobó entre el tercer y el cuarto congreso de la Komintern la nueva línea
política de «frente único», que apostaba por una nueva acción concertada con
el resto del movimiento obrero[35]. Como nos explica
José Luis Martín
Ramos, en los congresos siguientes la línea política de frente único se fue
reformulando hasta cristalizar en una orientación distinta, la del «frente único
por la base» y la posterior consideración de los partidos socialdemócratas
como partidos «socialfascistas». Si con lo primero se aspiraba a sustraer las
bases socialistas a unos dirigentes que se consideraban irrecuperables para la
causa obrera por su alianza o pertenencia a la burguesía, con la segunda se
daba una vuelta de tuerca a su estigmatización para considerarlos
directamente aliados o parte del fascismo[36]. Semejante desenfoque,
construido con numerosas trampas teóricas, fue sintomático de la
infravaloración inicial del riesgo que suponía el fascismo y condujo en
muchos casos a la autoexclusión de los partidos comunistas de la dinámica
política de sus respectivos países.
No obstante, los trabajos presentados en este volumen muestran que las
directrices de la Internacional Comunista no fueron automática e
irreflexivamente aplicadas por todos los partidos comunistas. En el caso de
Italia, por ejemplo, se fue construyendo –sobre todo a partir de la llegada de
Mussolini al poder– una concepción mucho más compleja, ajustada y creativa
–aunque en ningún caso abiertamente confrontada con la concepción oficial
de la Komintern– de la mano de figuras de extraordinaria relevancia también
en nuestro tiempo, como Palmiro Togliatti o Antonio Gramsci. En esa línea
apunta igualmente el capítulo que escribe
Elvira Concheiro a propósito del
impacto de la revolución del 17 en América Latina. A partir del análisis de
varios casos, la autora contradice aquellas visiones que han explicado el
avance de la revolución por América Latina en términos de exportación de
modelos prefabricados en otras latitudes, injerencia estatal a través de
partidos de obediencia extranjera o, en el mejor de los casos, recepción pasiva
y mecánica de lo sucedido en Europa. Concheiro critica que parte de esta
visión se ha construido a partir de los prejuicios propios de una tradición de
pensamiento colonial y eurocéntrico. Para probar el diálogo que, en su
opinión, se dio entre las prácticas políticas latinoamericanas –algunas, como
la mexicana, previamente revolucionarias– y la Revolución rusa, señala las
impresiones y aportaciones de figuras tan distintas como el mexicano
Emiliano Zapata, al poco tiempo asesinado, o de dirigentes políticos de gran
consistencia teórica como el chileno Luis Emilio Recabarren o el peruano
José Carlos Mariátegui.
Las noticias sobre la Revolución rusa fueron también un fuerte estímulo
para la izquierda norteamericana y, como nos cuenta
Aurora Bosch, un
peligro exagerado que sirvió para consolidar un nacionalismo estadounidense
muy conservador tallado frente a un radicalismo propiamente estadounidense
estigmatizado a partir de entonces como extranjero. Bosch nos habla también
de la doble presencia de Estados Unidos en la Revolución rusa como
proyección internacional de ese conflicto interno. Esta presencia se dio a
través de figuras tan distintas de la izquierda estadounidense como John
Reed, Emma Goldman y Alexander Berkman, por un lado, y contribuyendo,
por otro, con soldados y recursos al Ejército Blanco en una intervención que
anticipaba el más largo enfrentamiento posterior de la Guerra Fría.
Las teorías simplistas que hacen de la práctica de los partidos comunistas
una mera prolongación en sus respectivos países de los intereses de Estado
soviético quedan arrumbadas en el trabajo de José Luis Martín Ramos al
explicar la génesis de la nueva política de Frente Popular, en virtud de la cual
los partidos comunistas abandonaron su sectarismo con los partidos
socialistas y republicano-progresistas para frenar el avance del fascismo. Sin
negar que esta línea política debió mucho a la irrupción de la Alemania nazi
como una amenaza geopolítica para la URRS, Martín Ramos prueba, a partir
de la historiografía más reciente, que sobre todo en el caso francés la
movilización unitaria antifascista fue previa y siempre por delante de la
directriz de la Internacional Comunista, llevando a esta incluso más lejos de
donde pretendía llegar. La nueva propuesta se desplegó en tres tiempos: el de
la experimentación siempre por delante de Thorez en Francia, el de la
oficialización por parte de Dimitrov y el de la teorización más sofisticada de
Togliatti[37].
¿Cuál fue el impacto de la Revolución de Octubre en la política española y
en concreto sobre las organizaciones obreras? Los trabajos que aquí se
publican huyen de cualquier explicación lineal y, sin dejar de afirmar la
extraordinaria influencia que los hechos acaecidos en Rusia tuvieron en el
devenir político de España, se centran en señalar la significación de la que
fueron objeto y cómo influyeron al imbricarse en una realidad nacional regida
por una dinámica política y social muy diferente a la de la patria de los
zares[38]. Este contexto, que analiza
Sebastiaan Faber, fue el de la oleada
de movilizaciones que condujo a la impotente huelga general de agosto de
1917, al final duramente reprimida: una huelga de cariz revolucionario
anterior a los hechos de octubre. La huelga no fue para nada episódica, sino
la expresión de una poderosa clase obrera que había emergido
definitivamente como sujeto político de un país donde la crisis social se
anudaba con la política, un sujeto vigoroso que fue espoleado por las noticias
que le llegaron de Rusia.
Frente a la posibilidad tecnológica actual de conocer en tiempo real
acontecimientos políticos remotos, las noticias de la revolución bolchevique
llegaron con la lentitud propia de las posibilidades comunicativas de
entonces, tanto más limitadas si se atiende al sistema de corresponsalías que
tenía el periodismo español, a sus ritmos de difusión intranacional y a la no
demasiado fluida red de contactos exteriores del movimiento obrero español.
Ese desfase temporal entre los acontecimientos y la información que llegaba
fue colmatado con la proyección de significados propios, más tarde revisados
a partir de los datos concretos que iban llegando o de los testimonios de los
dirigentes españoles que viajaron a la URSS.
Eso explica, en parte, la abierta simpatía que el anarcosindicalismo español
tuvo en un primer momento hacia la Revolución de Octubre, así como su
adhesión provisional a la nueva Internacional creada un año más tarde. El
caso de la CNT pone de manifiesto cómo en aquel contexto comunicativo
más lento y entrecortado las adhesiones se construían de manera intuitiva y
con altas dosis de proyección. La CNT leyó al principio la Revolución de
Octubre como una revolución bakuninista de fuerte cariz consejista[39].
Resulta particularmente llamativo que en España, como en otros lugares, las
lecturas del naciente comunismo que cristalizó en la Tercera Internacional
sirvieran durante un tiempo para salvar en el imaginario de una parte
importante del movimiento obrero la falla que entre anarquistas y socialistas
se había abierto durante la Primera.
Como analiza
Francisco Erice, la posición oficial del PSOE varió
levemente a lo largo del proceso revolucionario ruso. El recelo con que
inicialmente miró los acontecimientos de octubre (editoriales de El
Socialista) cedió por poco tiempo a una actitud más ambigua y expectante
(congresos extraordinarios de 1919 y 1920) para recalar finalmente en la
abierta oposición a las tesis de la IC (Congreso Extraordinario de 1921). Por
el camino se escindió la federación de Juventudes Socialistas, fundando en
1920 el Partido Comunista Español, una formación que acusaba un fuerte
radicalismo izquierdista y que, por la escasez y juventud de sus primeros
militantes, pasó a ser conocido como el «partido de los cien niños». Un año
después, cuando el rechazo del PSOE a la IC ya era claro, se produjo otra
escisión más amplia que dio vida al Partido Comunista Obrero Español
(PCOE). A instancias de la Internacional se produjo en seguida la fusión de
ambos partidos, de la que surgió el Partido Comunista de España. El PCE
llegó a la dictadura de Primo de Rivera agotado y escuálido. Como explica
Erice, no es solo que fracasase en su pretensión revolucionaria inmediata,
sino que también lo hizo en el más humilde reto de constituirse en el
instrumento de una parte considerable de la clase obrera. Ni el entusiasmo de
la Revolución rusa ni los intentos adaptativos de aquella experiencia lograron
abrir brecha entonces entre un anarcosindicalismo revolucionario muy
potente y un socialismo que no había sufrido un descrédito comparable al de
otros partidos socialistas europeos de países participantes en la Gran Guerra.
A ello contribuyó también la inmadurez, el sectarismo inicial y la fuerte
represión de la que el PCE fue objeto desde primera hora. Aunque el temor
que en las elites cobró la experiencia rusa se tradujo en un incremento general
de la represión sobre el movimiento obrero, se ensañó con quienes se
reclamaban sus directos herederos.
El PCE no tuvo su despertar hasta bien avanzada la Segunda República,
donde al calor del Frente Popular fue cobrando un prestigio considerable que
vio multiplicarse durante la Guerra Civil. Como nos cuenta
Josep Puigsech,
la memoria de la Revolución rusa durante la Guerra Civil Española fue
transversal a casi todas las fuerzas del bando republicano. Todas ellas
hicieron entonces una lectura del acontecimiento adaptada a sus respectivas
apuestas estratégicas. Para el POUM, España estaba inmersa en un proceso
revolucionario, el gobierno de la República era equiparable al gobierno de
Kérenski, Franco venía a representar un papel parecido al del general
Kornílov y, como entonces en Rusia, la mayoría de los dirigentes de los
partidos obreros españoles eran incapaces de ver las posibilidades del
momento. Por el contrario, el resto de los partidos obreros del Frente Popular,
con el PCE a la cabeza, negaban que fuera el momento de la revolución
proletaria. A la hora de identificar su situación con la Revolución rusa lo
hicieron con respecto a la guerra que los bolcheviques libraron contra la
intervención extranjera, instando a la necesidad de formar, como entonces, un
ejército regular que, sometido a un poder central, conquistara la victoria. La
fuerza y el alcance de la Revolución rusa sobre el movimiento obrero fue tal
que a partir de entonces el presente se interpretó muchas veces con categorías
surgidas de ella, y buena parte de las decisiones del momento se vinieron a
legitimar en función de cuán análogas fueran con respecto a las que se
adoptaron en la Rusia del 17.
La fuerte presencia de la Revolución rusa en el imaginario republicano
español debió mucho al apoyo militar soviético, de tal forma que, sin dejar de
estar presente, las muestras de exaltación institucional de la revolución fueron
decayendo, como nos explica Puigsech, a medida que el apoyo ruso trató de
disimularse para así lograr también el de Francia y Gran Bretaña. Antes de
eso se asistió a auténticos y masivos actos conmemorativos de la revolución,
como el organizado en noviembre de 1936 en Barcelona, donde el día 8 entre
trescientas y quinientas mil personas desfilaron durante más de cinco horas
por las calles del centro de la ciudad para conmemorar su XIX aniversario.
Lo hicieron ante el balcón del Palau de la Generalitat donde aguardaba Lluís
Companys junto al cónsul ruso Vladímir Antonov-Ovseenko, el mismo que
19 años atrás había dirigido el asalto al Palacio de Invierno.
Mientras España libraba su Guerra Civil la URSS desplegaba, bajo Stalin,
su proceso de industrialización gracias a la planificación centralizada de la
economía, a los recursos obtenidos de la colectivización agraria y a la
explotación intensa de la fuerza de trabajo de todo el país. Se trató de un
macroproyecto impuesto férreamente desde arriba que requirió de una
movilización social de tal magnitud que no se explica exclusivamente a partir
del dirigismo –por autoritario y coactivo que este fuera, que lo fue–
practicado desde el poder[40]. Esa conjunción de dirigismo coactivo desde
arriba y movilización al unísono de todo un país por abajo cobró una
envergadura mayor, realmente descomunal, en la llamada Gran Guerra Patria
contra el invasor nazi. Las profundas trasformaciones económicas del
proyecto modernizador del estalinismo y el papel determinante de la URSS
en la derrota del nazismo, con su coste brutal de vidas humanas, permitió al
Estado surgido de la revolución del 17 no solo recuperar y ampliar el
prestigio perdido años atrás entre buena parte del movimiento obrero, sino
seducir a buena parte del mundo liberal e incluso conservador occidental, con
dirigentes como Winston Churchill a la cabeza de las loas a Stalin[41]. Eso
fue antes de que estallase la Guerra Fría, periodo en el que en mayor medida
se construyó la memoria negra de la Revolución rusa que todavía hoy
pervive, lo cual es un ejemplo de que esta memoria ha sido algo más que una
memoria móvil y maleable en función de los ritmos de las guerras políticas y
culturales del siglo XX.
El comunismo se expandió en los años cuarenta y cincuenta a una velocidad
otra vez de vértigo, sobre todo porque al mundo de obediencia soviética vino
a sumarse la irrupción de un nuevo gigante, la China de Mao, que se
constituyó en un aliciente añadido para muchos procesos de descolonización
en toda Asia. Como explica
Josep Fontana, tal expansión estimuló en los
países capitalistas el recurso al «reformismo del miedo» como mecanismo
profiláctico ante el contagio revolucionario. Amén de la movilización social y
de relaciones económicas desiguales con el llamado Tercer Mundo, la
construcción del Estado del bienestar en Occidente se realizó también con los
materiales de ese miedo. La expansión del comunismo por medio mundo
tuvo su eco en parte del otro en forma de reducción de las desigualdades.
En la URSS la época de los grandes sacrificios, de la movilización en masa
y de la represión brutal cedió lugar, desde finales de los cincuenta, a un
mundo basado en la mejora de las condiciones materiales de vida, un
consenso social muy pasivo en torno al modelo construido y un sistema
punitivo muy burocratizado fundado en el miedo y la sospecha, que en
términos proporcionales no generó más población reclusa a finales de los
ochenta que la que por ejemplo tenía en aquella época Estados Unidos[42].
En el mundo occidental los partidos comunistas más grandes centraron su
práctica política en el impulso del mundo sindical, en la gestión municipal y
en la puesta en marcha de una contrasociedad de cooperativas, periódicos y
editoriales, asociaciones vecinales, lúdicas y culturales. En España, Portugal
y Grecia fueron fundamentales además en la lucha contra la dictadura.
Contribuyeron así de manera muy importante a la mejora de las condiciones
de vida de los trabajadores y a la democratización general de sus países.
Vinieron a desempeñar con brío el importante papel que la socialdemocracia
prerrevolucionaria había dejado de jugar en muchos países[43]. De hecho, en
varios casos estos partidos comunistas quedaron enredados de nuevo en esa
misma conjunción de radicalismo retórico y posibilismo práctico tan
característica de aquella. En el caso de los partidos comunistas de los países
del socialismo real –y en el de otros partidos comunistas occidentales–, la
cultura del miedo y la obediencia heredada de los años de plomo del
estalinismo, así como el burocratismo y la propia pereza, condujeron a la
construcción de una orto-doxia teórica intelectualmente conservadora y
anquilosada pocas veces acompañada de una orto-praxis trasformadora. Esta
mezcla de autoritarismo, pérdida de mordida revolucionaria y falta de
atractivo cultural alimentó, como explica
José María Faraldo, el
surgimiento de las heterodoxias de vocación revolucionaria que cristalizaron
por Occidente en torno al año emblemático de 1968 o los intentos de
regeneración y democratización del socialismo que ese mismo año fueron
reprimidos por los tanques soviéticos en Praga[44].
Con la idea de hacer frente a ese anquilosamiento analítico, ajustar la
práctica política a los cambios sociales de las últimas décadas, reafirmar su
autonomía frente a Moscú y reconciliarse definitivamente con la tradición
democrático-parlamentaria a la que tanto había contribuido el movimiento
obrero desde sus orígenes, surgió, teóricamente, el eurocomunismo, visto con
perspectiva el canto del cisne en Occidente de muchos partidos surgidos de la
Komintern. No obstante, en el caso de España, el eurocomunismo, lejos de
funcionar como una estrategia revolucionaria de largo alcance, funcionó más
bien como un instrumento legitimador del tacticismo del partido en la
transición política de la dictadura de Franco a la Monarquía parlamentaria y,
sobre todo, como un recurso propagandístico con el que proyectar una
imagen más amable en los términos que le reclamaban sus adversarios. En la
práctica, el eurocomunismo vino a certificar la renuncia a la transformación
radical de la sociedad en un momento en el que estos proyectos de la
transformación radical resultaban inviables al menos a corto plazo, pero una
renuncia sublimada, sin embargo, en una estrategia especulativa de transición
al socialismo que servía para justificar, en el marco de una cultura donde el
ideal revolucionario seguía ocupando un lugar destacado, una línea política
cotidiana no muy distante de la de la socialdemocracia clásica[45]. Ni
siquiera en Italia, donde, como
Michelangela Di Giacomo y Novella di
Nuzio nos cuentan, el eurocomunismo fue objeto de un desarrollo más serio y
profundo, el Partido Comunista de Italia (PCI), que a mediados de los setenta
había llegado a cosechar ni más ni menos que el 30 por 100 de los votos y se
había distanciado con creces de la URSS, logró encontrar otra salida a la
crisis de autoestima que trajo el desmoronamiento del socialismo real que la
de incorporarse de nuevo al cauce de la socialdemocracia europea. Con la
disolución del PCI, su reconversión en Partido Democrático de la Izquierda y
su incorporación a la Internacional Socialista se cerraba un ciclo en el que el
tiempo transcurrido desde 1917 parecía curvarse sobre sí mismo para hacer
coincidir en cierto sentido el punto de llegada con el de partida.
LA REVOLUCIÓN HOY
¿Qué queda en la actualidad de la memoria de la revolución de 1917? En
España, como explican
Jesús Izquierdo y Jairo Pulpillo, el recuerdo
colectivo de la revolución se fue apagando en los últimos cuarenta años. Su
extinción tuvo mucho que ver con la incomodidad que ese recuerdo generaba
dentro de la izquierda que decidió sumarse a la construcción de los consensos
por los que discurrió la transición política española. De hecho, en el ecuador
de la transición la vieja memoria de Lenin y de la revolución de 1917 salieron
a colación y sirvieron, en el caso del PCE, para catalizar debates muy
pegados, sin embargo, a aquella coyuntura de los años setenta. Los debates se
saldaron con el sacrificio del icono del leninismo en el altar de los medios de
comunicación, de acuerdo con una escenografía que se pretendía funcional a
las batallas inmediatas que entonces se estaban librando[46].
Las décadas posteriores de gobiernos del PSOE y el PP, de modernización
y consumo, de precarización y disolución de las identidades de clase, de
orden y representación institucional, fueron dando forma a subjetividades
hostiles, o más bien ajenas por completo, a las utopías revolucionarias[47].
Quienes en los ochenta y noventa no dejaron de mirar con inquietud la
sombra que todavía proyectaba la Revolución de Octubre, aprovecharon esa
contracción sociológica del horizonte de expectativas para promocionar un
pensamiento contrautópico, a la postre hegemónico, según el cual los sueños
de la razón revolucionaria engendran inevitablemente los monstruos
distópicos de la escasez material, la homogeneización social y la tiranía
política, o, en términos menos dramáticos, un saldo negativo en eficacia,
rentabilidad o sostenimiento del modelo.
Con el desplome del socialismo real entre 1989 y 1991 esta perspectiva se
fue imponiendo como forma natural de ver las cosas. La mirada
criminalizadora, deformante o aparentemente técnica que se venía
proyectando sobre los idearios de transformación radical de la sociedad –muy
en boga en los discursos institucionales y en el ensayo politológico– fue
acompañada de otra mirada más paródica y displicente –muy frecuente en el
periodismo o la literatura– sobre las culturas militantes comunistas. Como
explica
Constantino Bértolo, aquellas militancias que en los sesenta y
setenta giraron en torno a la expectativa revolucionaria han sido
habitualmente retratadas desde una actitud altanera por parte de quienes no
las experimentaron, o desde un descreimiento, a caballo entre el sarcasmo y
la penitencia, por parte de quienes necesitaban hacerse perdonar su pasado o
liberarse de él. En cualquiera de los casos, aquellas expectativas de
transformación y aquellas militancias han quedado retratadas en la cultura
hegemónica de nuestro tiempo, hoy sin embargo en redefinición, como
cándidas, obsoletas y estéticamente feas.
Ese anticomunismo, como nos explica
Guillem Martínez, se ha reactivado
en términos parecidos en la política actual, a pesar de que no funcione ya un
partido expresamente comunista que suponga, por sí solo, una amenaza. Lo
que ha habido, por ejemplo en España tras el 15M, es un movimiento social
muy potente –hoy en declive– y un conjunto de fuerzas políticas emergentes
–ahora en tensa confluencia– que, además de romper el sistema de partidos,
están apuntalando un ideario fuerte de cambio y en cuyo seno hay algunos
militantes, activistas, parlamentarios y dirigentes de primera línea que se
identifican con episodios, imaginarios y aspiraciones de aquella revolución
de 1917. Se trata de una remisión en la mayor parte de los casos poco o nada
orgánica y apenas programática que, según Martínez, viene a ser más bien
«un carácter». No obstante, semejante «carácter» se sigue percibiendo como
amenaza. En aquella herencia del 17 –por simbólica y refinada que sea– sigue
habiendo algo inasimilable e inquietante para un poder que parece tener una
memoria más fresca del peligro que supone el levantamiento de los comunes
–aunque esta memoria se exprese con frecuencia en términos histriónicos y
demagógicos– que la de muchos de los vástagos formales de la revolución.
Junto a este «carácter», otros «caracteres» conviven en el movimiento y los
partidos del cambio, inspirados o referenciados en tradiciones emancipadoras
–libertarias, consejistas, autónomas– con las que se entretejió o colisionó la
de raigambre bolchevique. El eco de aquel acontecimiento sigue siendo tan
sonoro que permite trazar –como hace Martínez– analogías entre las voces
que entonces discreparon en el movimiento obrero y aquellas que hoy se
desacompasan en un movimiento aún más polifónico.
Esto es así en España, pero por todo el mundo –de las resistencias al
neoliberalismo en varias regiones de Asia y sobre todo en América Latina,
pasando por las movilizaciones que llevaron a Syriza al gobierno en Grecia;
de las primaveras árabes a las protestas de los indignados del 15M, Occupy
Wall Street o la Nuit Debout, pasando por multitud de luchas sociales
fragmentarias difíciles de cartografiar– discurre un fino hilo rojo del que,
apenas se tira, terminan por asomar los rostros sobre todo anónimos de
quienes hace un siglo lograron la vieja aspiración de subvertir el orden social
de su tiempo.
Entender 1917 supone ampliar el campo de visión y tomar conciencia de la
propia perspectiva. Aquellas visiones orientadas sobre todo a apuntalar su
propio punto de vista, su posición de seguridad y confort en el campo visual
hegemónico, apenas llegarán a percibir poco más que el curso lineal de un
proceso brutal al final fracasado. Desde esa perspectiva, resultarán regresivas
todas aquellas experiencias de la revolución que entren en contradicción con
el orden actual; quiméricas todas aquellas que no lograron sobrevivir al curso
primero de los acontecimientos, e imperceptibles aquellas otras que dieron
vida a algunos derechos hoy integrados en el sentido común democrático.
Liberar la perspectiva permitirá ver un proceso apasionante de aceleración y
expansión del tiempo histórico, motorizado por conflictos, tensiones y
contradicciones, donde, como subraya
Enzo Traverso, se sucedieron de
manera vertiginosa, y a veces se solaparon, la democracia directa de amplios
sujetos empoderados con el dirigismo de una vanguardia devenida en elite, la
violencia emancipadora con la pura violencia ciega, la imaginación más
utópica con la dominación burocrática. Liberar la perspectiva permitirá ver
una trayectoria muchas veces dislocada, repleta de emergencias y jalonada
por bifurcaciones, donde los caminos que no se tomaron quizá no sean
caminos que se perdieron para siempre.
Cualquier movimiento que se pretenda emancipador no podrá escamotear
esta experiencia de dimensiones colosales. El impulso que necesariamente
habrá de tomar para dar ese salto, si no se quiere que ese salto se dé en el
vacío, se topará a sus espaldas con la tradición ya secular nacida de Octubre.
El reto, como plantea Traverso, radicará en extraer el «núcleo emancipador»
que todavía arde bajo las ruinas de aquella experiencia revolucionaria. Esa
operación de desescombro a la búsqueda de algunos pilares sobre los que
levantar un nuevo proyecto de igualdad y democracia tendrán que hacerla con
su acción colectiva los hombres y mujeres que lo deseen. Quizá una
historización crítica de la Revolución rusa pueda servirles de ayuda. Con la
intención de contribuir un poco más a esa historización se ha editado también
este libro.
[1] E. Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo XX, Barcelona, Crítica, 2003, p. 62.
[2] «Entrevista de Eduardo Lago a Richard Pipes», El País-Babelia, 27 de enero de 2017.
[3] Reinhart Koselleck, Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia, Barcelona, Paidós, 2001,
pp. 37-40.
[4] Rosa Luxemburg, La Revolución rusa, Madrid, Akal, 2017, p. 30.
[5] Estas reservas no solo se expresaron a través de las figuras y partidos socialdemócratas más
consagrados, también a través de quienes venían disintiendo con ellos. Véase el caso de la Internacional
II y media: Geoff Eley, Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000,
Barcelona, Crítica, 2002, pp. 180-182.
[6] La noción de «tumulto» la he tomado de Antonio Gramsci, concretamente de la lectura de
Valentino Gerratana, «El concepto de hegemonía en la obra de Gramsci», consultable en
Rebelion.org
[
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=175508]. Obviamente, la noción de «rebelión de las masas»
hace referencia a las ideas que bajo ese título desarrolló a finales de los años veinte y en los treinta José
Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Madrid, Alianza, 1995.
[7] De ahí la noción de «corto siglo XX» que Hobsbawm retoma de Iván Bered. Eric Hobsbawm,
Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 1995.
[8] Véase el clásico ejemplo de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre,
Barcelona, Planeta, 1992.
[9] La expresión, que tiene su origen en Nietzsche, se toma aquí en el sentido que le dio en el libro
anteriormente citado Fukuyama.
[10] Véanse por ejemplo las intervenciones compiladas en Slavoj Žižek (ed.), La idea de comunismo.
The New York Conference (2011), Madrid, Akal, 2013.
[11] Las concepciones al respecto de estos autores, en Eduard Bernstein, Las premisas del socialismo
y las tareas de la socialdemocracia, Buenos Aires, Siglo XXI, 1982; Karl Kautsky, La doctrina
socialista. Réplica al libro de Eduardo Bernstein «Socialismo teórico y socialismo práctico», Buenos
Aires, Claridad, 1966.
[12] V. I. Lenin, El imperialismo, etapa superior del capitalismo. Escrito en Zúrich en 1916, puede
verse en Lenin, Obras Completas, t. XXIII, Madrid, Akal, 1977, pp. 298-440.
[13] Sobre la Gran Guerra véase, de más sintético a analítico: Michael Howard, La Primera Guerra
Mundial, Barcelona, Crítica, 2012; Michael S. Neiber, La Gran Guerra. Una historia global (1914-
1918), Madrid, Paidós, 2006, y John H. Morrow Jr, La Gran Guerra, Barcelona, Edhasa, 2008.
[14] Véanse concretamente los pasajes de Michael S. Neiber, La Gran Guerra. Una historia global
(1914-1918), cit., pp. 115-120 y John H. Morrow Jr, La Gran Guerra, cit., pp 196-203 y 306-314, o el
capítulo de Mark Von Hagen, «The First World War, 1914-1918», en Ronald Grigor Suny (ed.),
Russia, Volume III. The Twentieth Century, Cambridge, Cambridge University Press, 2015, pp. 94-103.
[15] Una visión general, en Robert Service, The Penguin History of Modern Russia: From Tsarism to
the Twenty-First Century, Londres, Penguin, 2015, pp. 1-23.
[16] Una panorámica en Leszek Kołakowski, Las principales corrientes del marxismo, vol. II: La
Edad de oro, Madrid, Alianza, 1982, pp. 349-376.
[17] Así lo cuenta el propio León Trotsky en Mi vida, Madrid, Akal, 1979, «El tren», p. 431. Véase
asimismo L. Trotsky, Terrorismo y comunismo (el Anti-Kautsky), presentación de S. Žižek, Madrid,
Akal, 2009, «Introducción», pp. 85-93.
[18] E. H. Carr, La Revolución rusa, Madrid, Alianza, 1985, pp. 9-11.
[19] Sobre la preparación de la revolución y el regreso de Lenin a través del corredor abierto por
Alemania, véase Catherine Merridale, El tren de Lenin, Barcelona, Crítica, 2017. Sobre su llegada y
discurso en la Estación Finlandia, véase concretamente el cap. 9.
[20] Los términos de este debate ya antiguo pueden verse en Leszek Kołakowski, Las principales
corrientes del marxismo, cit., pp. 382-389.
[21] Una narración detallada, casi día a día, del incremento de su influencia durante los meses
previos a la toma del Palacio de Invierno y de la conquista final del poder, en el segundo libro de la
monumental trilogía de Alexander Rabinowitch, The Bolsheviks come to power: the revolution of 1917
in Petrograd, Nueva York, Norton, 1976.
[22] Los datos concretos y el desarrollo de aquellas jornadas, en S. A. Smith, The Russian
Revolution. A Very Short Introduction, Oxford, Oxford University Press, 2002, pp. 43-46.
[23] Una panorámica con textos de Reinhart Koselleck, Lucian Hölscher y Sandro Chignola, en el
número coordinado por Javier Fernández Sebastián, en Ayer 53 (2004).
[24] Sobre la dictadura del proletariado es conocida su frase: «Está absolutamente fuera de duda que
nuestro partido y la clase obrera solo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república
democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha
mostrado ya la Gran Revolución francesa», en F. Engels, Contribución a la crítica del proyecto de
programa socialdemócrata de 1891, en K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas en tres tomos, t. III,
Moscú, Editorial Progreso, 1974, p. 456.
[25] Rosa Luxemburg, La Revolución rusa, cit., pp. 47-48.
[26] Ibid., p. 49.
[27] Una reflexión y análisis histórico de más amplio recorrido por parte del mismo autor puede
verse en Antoni Domènech, El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición
socialista, Barcelona, Crítica, 2004.
[28] John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, Madrid, Akal, 2007, p. 42.
[29] Una visión detallada de esta explosión artística puede verse en las imágenes y en los textos del
catálogo La Caballería Roja. Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945 [exposición
celebrada entre el 7 de octubre de 2011 y el 15 de enero de 2012], Rosa Ferré (ed.), Madrid, La Casa
Encendida, 2011.
[30] La primacía del industrialismo sobre la libertad, analizada en Neil Harding, «La revolución rusa:
la ideología al poder», en Terence Ball y Richard Bellamy (eds.), Historia del pensamiento político en
el siglo XX, Madrid, Akal, 2013, pp. 271-274.
[31] Sobre la Guerra Civil véase la panorámica de S. A. Smith, «Civil war and the foundation of the
Bolshevik regime», The Russian Revolution. A very Short Introduction, Oxford, Oxford University
Press, 2002; V. P. Butt, A. B. Murphy, N. A. Myshov y G. R. Swain (eds.), The Russian civil war.
Documents from the Soviet archives, Londres, Macmillan, 1996. La estimación de las víctimas se ha
tomado del artículo de Josep Fontana.
[32] David Priestland, Historia política y cultural del comunismo, Barcelona, Crítica, 2010, pp. 110 y
111.
[33] Alain Badiou, «La idea comunista y la cuestión del terror», en Slavoj Žižek (ed.), La idea de
comunismo. The New York Conference (2011), cit., p. 14.
[34] Véase al respecto Sheila Fitzpatrick, El equipo de Stalin. Los años más peligrosos de la Rusia
soviética, de Lenin a Jrushchov, Barcelona, Crítica, 2016, «Las Grandes Purgas», pp. 151-187; o James
Harris, The Great Fear. Stalin’s terror of the 1930’s, Oxford, Oxford University Press, 2016.
[35] Las resoluciones pueden verse en Los cuatro primeros congresos de la Internacional
Comunista. Primera parte, México, Cuadernos de Pasado y de Presente, 1973.
[36] Las resoluciones pueden verse en los siguientes volúmenes recopilatorios –uno por congreso–
editados también en México por Cuadernos de Pasado y Presente.
[37] Sobre los frentes populares véase Silvio Pons, The Global Revolution: A History of International
Communism 1917-1991, Oxford, Oxford University Press, pp. 75-86; para el caso de Francia, Serge
Wolikow, 1936, Le monde du Front Populaire, París, Cherche Midi, 2016 y, de primera mano, los
diarios de Dimitrov en Ivo Banac (ed.), The Diary of Georgi Dimitrov (1933-1949), New Haven, Yale
University Press, 2003.
[38] Existe una amplia bibliografía al respecto: Carlos Forcadell, Parlamentarios y bolchevización.
El movimiento obrero español, 1914-1918, Barcelona, Crítica, 1978; Rafael Cruz, «¡Luzbel vuelve al
mundo! Las imágenes de la Rusia soviética y la acción colectiva en España», en Rafael Cruz y Manuel
Pérez Ledesma (eds.), Cultura y movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1997;
Juan Avilés Farré, La fe que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (1917-1931),
Madrid, Biblioteca Nueva, 1999; Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, Queridos camaradas. La
Internacional Comunista y España, 1919-1939, Barcelona, Planeta, 1999; Ángeles González, «La
construcción de un mito. El trienio bolchevique en Andalucía», en M. González de Molina y D. Caro
Cancela (coords.), La utopía racional. Estudios sobre el movimiento obrero andaluz, Granada,
Universidad de Granada / UGT de Andalucía, 2001.
[39] Sobre la actitud de la CNT ante la Revolución rusa véase Carlos Gil Andrés, «La aurora
proletaria. Orígenes y consolidación de la CNT», en J. Casanova (coord.), Tierra y libertad. Cien años
de anarquismo en España, Barcelona, Crítica, 2010, pp. 89-116.
[40] Un análisis a nivel social del estalinismo, en Sheila Fitzpatrick, Everyday Stalinism: Ordinary
Life in Extraordinary Times: Soviet Russia in the 1930s, Oxford, Oxford University Press, 2000.
[41] Un recorrido por el auge y la caída de la imagen de Stalin en el mundo occidental liberal y
conservador, en Domenico Losurdo, Stalin, historia y crítica de una leyenda negra, Barcelona, Viejo
Topo, 2011, véase concretamente el preámbulo «El giro radical en la historia de la imagen de Stalin»,
pp. 13-24.
[42] Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, cit. Sobre la mejora de las condiciones de vida y el
consenso pasivo, véase pp. 470-473. Los datos concretos de población reclusa en ambos países a finales
de los ochenta, en p. 391.
[43] Donald Sassoon, Cien años de socialismo, Barcelona, Edhasa, 2001, pp. 127-129.
[44] Sobre ese estancamiento social y cultural del mundo soviético véase «Zastoi (estancamiento)»
en David Priestland, Historia política y cultural del comunismo, cit., pp. 396-441. Sobre el contexto el
contexto y auge de la izquierda sesentaiochista: Geoff Eley, Un mundo que ganar. Historia de la
izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona, Crítica, 2002, cap. 21.
[45] Estas ideas están más desarrolladas en Juan Andrade, El PCE y el PSOE en (la) transición. La
evolución ideológica de la izquierda durante el proceso de cambio político, Madrid, Siglo XXI, 2012,
pp. 101-123.
[46] Ibid., pp. 123-127.
[47] Análisis de estos cambios sociológicos y políticos pueden verse en José Antonio Pérez Pérez,
«Una sociedad en transformación (1982-1996)», Ayer 84 (2011), pp. 99-127 o Juan Jesús González y
Fermín Bouza, Las razones del voto en la España democrática, 1977-2008, Madrid, La Catarata, 2009.
Algunas claves culturales de la época, en VV.AA., CT o la Cultura de la Transición. Crítica de 35
años de cultura española, Barcelona, Random House, 2012 y Luisa Elena Delgado, La nación singular.
Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011), Madrid, Siglo XXI, 2014.
I. EL CAMINO DE LA REVOLUCIÓN Y SU
ESTALLIDO EN LA RUSIA DEL 17
1. A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros
Josep Fontana
Hacia 1890 los partidos socialistas europeos, agrupados en la Segunda
Internacional, habían abandonado la ilusión revolucionaria y defendían una
vía reformista que había de llevarles a integrarse en los parlamentos
burgueses, confiando en que un día podrían acceder al poder a través de las
elecciones, y que desde allí procederían a transformar la sociedad. De este
modo los partidos socialistas alemán, italiano, español, francés –que
mantenía todavía el nombre de Sección Francesa de la Internacional Obrera
(SFIO)– y el laborismo británico optaron por un programa reformista.
Marx, que en las páginas de La guerra civil en Francia había dejado claro
que veía en la Commune el modelo de la sociedad socialista del futuro, estaba
en desacuerdo con este tipo de programas reformistas y lo expresó claramente
en 1875 en su Crítica al programa de Gotha, un texto que no se publicó hasta
1891, y aun entonces con algunos retoques de Engels, en que se burlaba de la
«consabida letanía democrática: sufragio universal, legislación directa,
derecho popular, milicia del pueblo, etc.», e insistía en que «entre la sociedad
capitalista y la sociedad comunista media el periodo de la transformación
revolucionaria de la primera en la segunda» que consiste en «la dictadura
revolucionaria del proletariado»[1].
El giro hacia la moderación provocó en Alemania la disidencia de un grupo
de jóvenes que reivindicaban la tradición revolucionaria del marxismo, lo que
obligó al viejo Engels a colaborar en la tarea de mantener la unidad del
partido socialdemócrata. En febrero y marzo de 1895, pocos meses antes de
su muerte, escribió un nuevo prólogo para una reedición de Las luchas de
clases en Francia de 1848 a 1850 de Marx que parecía legitimar la política
del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) en aquellos momentos. Antes de
que apareciese el libro, Wilhelm Liebknecht publicó fragmentos escogidos
del prólogo en Vorwärts, el periódico del partido, con el título de «Cómo se
hacen hoy las revoluciones». Engels protestó entonces de que Liebknecht
hubiese seleccionado aquellos fragmentos para «sostener la táctica pacífica y
antiviolenta a cualquier precio que predica desde hace un tiempo. Pero esta
táctica no la predico yo más que para la Alemania de hoy y aun con reservas.
Para Francia, Bélgica, Italia, Austria en su conjunto esta táctica no debería
seguirse, y para Alemania puede convertirse mañana en inaplicable»[2].
La consecuencia del apoyo que Engels había dado a la política de la
socialdemocracia sería que, a su muerte, Eduard Bernstein planteara
abiertamente la conveniencia de revisar la doctrina política de los socialistas
en una serie de artículos que reunió en 1899 en su libro Las premisas del
socialismo y las tareas de la socialdemocracia, donde defendía un socialismo
evolucionista que debía conquistar el Estado por la vía parlamentaria «a fin
de utilizarlo como palanca de reforma social hasta que llegue a un carácter
completamente socialista». El escándalo que produjo el libro de Bernstein,
que dio lugar a una réplica de Karl Kautsky, se debía en buena medida a la
conciencia que tenían los dirigentes socialdemócratas de que necesitaban
conservar la retórica revolucionaria del marxismo para no desconcertar a
unos militantes obreros que aspiraban a una transformación profunda de la
sociedad[3].
La contradicción entre retórica y praxis estalló con motivo de la proximidad
de la Gran Guerra de 1914. En el congreso que la Internacional Socialista
celebró en Basilea en noviembre de 1912 se proclamó que «era deber de las
clases obreras y de sus representantes parlamentarios […] realizar todos los
esfuerzos posibles para prevenir el inicio de la guerra» y que, si esta
finalmente empezaba, debían intervenir para que terminara rápidamente y
«utilizar la crisis económica y política causada por la guerra para sublevar el
pueblo y acelerar la caída del gobierno de la clase capitalista». El congreso
proclamaba, además, su satisfacción ante «la completa unanimidad de los
partidos socialistas y los sindicatos de todos los países en la guerra contra la
guerra», y llamaba «a los trabajadores de todos los países a oponer el poder
de la solidaridad internacional del proletariado al imperialismo
capitalista»[4].
Pero en la tarde del 4 de agosto de 1914 tanto los socialistas alemanes, que
habían organizado actos contra la guerra hasta unas semanas antes, como los
franceses aprobaron de manera entusiasta en sus respectivos parlamentos la
declaración de la guerra y votaron los créditos necesarios para iniciarla. El
SPD, además, aceptó una política de tregua social que implicaba los
compromisos de no criticar al gobierno y de pedir a los obreros que no
hicieran huelgas mientras durase la guerra. En cuanto a los laboristas
británicos, no solo aprobaron la guerra, sino que acabaron integrándose en un
gobierno de coalición.
En Rusia las cosas eran distintas, ya que su partido socialdemócrata,
dividido en las dos ramas de mencheviques y bolcheviques, no solo no tenía
representación en el parlamento, sino que era perseguido por la policía. A
comienzos de 1917 los bolcheviques tenían algunos de sus dirigentes
desterrados en Siberia, como Stalin y Kámenev, mientras otros vivían en el
exilio, como Lenin, que se había instalado en Suiza, en la ciudad de Zúrich, y
Trotsky, que se encontraba entonces en Nueva York.
Cuando en febrero de 1917 comenzó la revolución en Petrogrado, lo hizo
sin la presencia de los jefes de los partidos revolucionarios para dirigirla, en
un movimiento impulsado por un doble poder, el de los consejos o soviets de
los trabajadores y de los soldados por un lado, y el del Comité provisional del
parlamento por otro, que se pusieron de acuerdo para establecer un gobierno
provisional y para aplazar los cambios políticos hasta la celebración, en
noviembre siguiente, de una Asamblea Constituyente elegida por sufragio
universal[5].
El 3 de marzo el gobierno provisional concedió una amnistía «para todos
los delitos políticos y religiosos, incluyendo actos terroristas, revueltas
militares o crímenes agrarios», lo cual permitió que Stalin y Kámenev
volvieran de Siberia y se encargaran de dirigir Pravda, el periódico de los
bolcheviques, donde defendieron el programa de continuar la guerra y
convocar una Asamblea Constituyente, de acuerdo con la mayoría de las
fuerzas políticas rusas.
A principios de abril volvía de Suiza Vladímir Lenin, que había podido
viajar gracias a que el gobierno alemán, que quería ver a Rusia fuera de la
guerra, le ayudó a ir en tren hasta la costa del Báltico, desde donde pudo
pasar a Suecia y a Finlandia para llegar finalmente, en otro tren, a
Petrogrado[6].
Para entender la decisión de los alemanes hay que recordar que en estos
primeros meses de 1917 se produjo la crisis con Estados Unidos, que condujo
a que estos declararan la guerra a Alemania el 6 de abril. Fueron los alemanes
quienes le propusieron el viaje a Lenin, que exigió que los vagones que
habían de llevarle a través de Alemania con la treintena de exiliados rusos
que le acompañaban tuvieran un status de entidad extraterritorial. A Trotsky,
en cambio, los británicos lo detuvieron mientras volvía y no llegó a
Petrogrado hasta un mes más tarde[7].
En la recepción que los bolcheviques le organizaron el 3 de abril en la
estación de Finlandia, Lenin dijo, desde la plataforma del vagón: «El pueblo
necesita paz, el pueblo necesita pan, el pueblo necesita tierra. Y le dan guerra,
hambre en vez de pan, y dejan la tierra a los terratenientes. Debemos luchar
por la revolución social, luchar hasta el fin, hasta la victoria completa del
proletariado». A lo que añadió: «Esta guerra entre piratas imperialistas es el
comienzo de una guerra civil en toda Europa. Uno de estos días la totalidad
del capitalismo europeo se derrumbará. La revolución rusa que habéis
iniciado aquí ha preparado el camino y ha significado el comienzo de una
nueva época. ¡Viva la revolución socialista mundial!».
Este discurso fue mal recibido por los bolcheviques presentes en la estación
y fue rechazado en las primeras votaciones de los órganos del partido. Se
habían acostumbrado a la idea de apoyar una revolución democrática
burguesa como primera etapa de un largo trayecto hacia el socialismo, a la
manera en que lo planteaban los partidos socialdemócratas europeos, y la
idea de ir en estos momentos más allá les parecía una aventura condenada al
fracaso.
Lo que planteaba Lenin no se reducía al lema de «paz, tierra y pan»; no era
solamente un programa para terminar la guerra de inmediato y a cualquier
precio, y para entregar la tierra a los campesinos. En la base de su propuesta
había un planteamiento mucho más radical, que le llevaba a sostener que,
ante los avances logrados desde febrero y contando con la existencia de los
soviets como órganos para el ejercicio del poder, no tenía sentido optar por
una república parlamentaria burguesa, sino que debían ir directamente a un
sistema en que todo el poder estuviera en manos de los soviets, que se
encargarían de ir aboliendo todos los mecanismos de poder del Estado –la
policía, el ejército, la burocracia…–, iniciando así el camino hacia su
desaparición, que iría seguida de la supresión paralela de la división social en
clases.
¿Cómo había que realizar esta transición? Era difícil decidirlo porque
ningún partido socialista se había planteado seriamente qué hacer una vez
llegado al poder, porque la perspectiva de conseguirlo parecía lejana. El
único modelo existente era el de la Commune de París de 1871 y había
durado demasiado poco como para haber establecido unas reglas orientativas.
Lo que proponía Lenin lo podemos saber a través de lo que decía en el
capítulo quinto de El Estado y la revolución, donde preveía una evolución en
dos fases. En la primera, la del socialismo, los medios de producción dejarían
de ser propiedad privada de los individuos, pero se mantendrían otras normas
del derecho burgués, lo que haría necesaria la continuidad del Estado
socialista bajo la forma de una dictadura del proletariado que había de velar
por la igualdad en el trabajo y en la distribución de los productos. La segunda
fase, la del comunismo, surgiría de la extinción gradual del Estado, y
conduciría a la sociedad comunista. Durante esta transición los socialistas
debían mantener el control más riguroso posible sobre el trabajo y el
consumo; un control que solo podía establecerse con la expropiación de los
capitalistas, pero que no debía conducir a la formación de un nuevo Estado
burocratizado, porque el objetivo final era justamente ir hacia una sociedad
en la que no hubiera «ni división de clases, ni poder del Estado»[8].
No se trata de explicar aquí la historia, suficientemente conocida, de cómo
los bolcheviques llegaron al poder y cómo empezaron a organizar una
transición al nuevo sistema. Lo que me interesa recordar es que el 7 de enero
de 1918 Lenin confiaba en que, tras un periodo en que habría que vencer la
resistencia burguesa, el triunfo de la revolución socialista sería cosa de
meses.
A desengañarlo vino una llamada «guerra civil», en que participaron,
apoyando a los diversos enemigos de la revolución, hasta trece países
diferentes, y que tuvo para el nuevo Estado de los bolcheviques un coste de
ocho millones de muertes, entre víctimas de los combates, del hambre y de
las enfermedades, además de conllevar la destrucción total de la economía.
Una situación que obligaba a aplazar indefinidamente la implantación de la
nueva sociedad[9].
Fue en este momento, superada la guerra civil, cuando esta historia dio un
giro. Lloyd George, el jefe del gobierno británico, fue el primero en darse
cuenta de que la idea de conquistar la Rusia soviética para liquidar la
revolución era difícil, además de insuficiente. La lucha contra la revolución
cambió entonces de carácter, al pasar del escenario ruso a otro de carácter
general. Lo que se buscaba era combatir a escala universal la influencia que
las ideas que habían inspirado la revolución soviética podían ejercer sobre los
diversos grupos y movimientos que en todo el mundo las tomasen como
modelo en sus luchas. El comunismo no se identificaba solamente con el
régimen soviético o con los partidos comunistas afiliados a la Tercera
Internacional, que durante muchos años no pasaron de ser pequeños grupos
sectarios de escasa influencia, sino que los miedos obsesivos de los políticos
les hacían verlo detrás de cualquier huelga o de cualquier protesta colectiva.
La Segunda República española, por ejemplo, que apareció en 1931 en el
escenario internacional, cuando en la mayor parte de Europa la inquietud
social se iba resolviendo con dictaduras de derechas, fue recibida con
hostilidad por los gobiernos de las grandes potencias. El embajador
estadounidense en Madrid, por ejemplo, informaba al Departamento de
Estado el 16 de abril de 1931, a los dos días de la proclamación de la
República, en los siguiente términos: «El pueblo español, con su mentalidad
del siglo XVII, cautivado por falsedades comunistoides, ve de repente una
tierra prometida que no existe. Cuando les llegue la desilusión, se volverán
ciegamente hacia lo que esté a su alcance, y si la débil contención de este
gobierno deja paso, la muy extendida influencia bolchevique puede
capturarlos».
No importaba que los mensajes posteriores revelaran que el embajador
ignoraba incluso quiénes eran los dirigentes republicanos. En una descripción
de los miembros del gobierno que enviaba a Washington por estos mismos
días dice, por ejemplo, de Azaña: «no encuentro ninguna referencia de parte
de la embajada. El agregado militar se refiere a él como un asociado a
Alejandro Lerroux. Aparentemente un republicano radical». Lo ignoraba todo
sobre los republicanos, pero lo de la «muy extendida influencia bolchevique»
lo tenía claro[10].
Una vez terminada en Rusia la guerra civil, el Estado soviético pasó por las
fases de la recuperación de la economía durante la NEP y por la lucha por
heredar el poder de Lenin, que no solo implicó la eliminación de los que lo
disputaban a Stalin, sino que vino a significar la sustitución de un poder
colegiado por el de un equipo sólidamente reunido en torno a él.
En 1929, una vez firmemente asentado en el poder, Stalin inició su
«revolución», concebida como la tercera etapa del proceso que se había
iniciado con la toma del poder en octubre de 1917 y había seguido con la
guerra civil. «Una revolución desde arriba, por descontado, más que desde
abajo, aunque la movilización popular fue notable»[11], que se inició con el
proceso de industrialización forzada a costa de los recursos obtenidos con la
colectivización agrícola.
Entre sus objetivos fundamentales figuraba el de prepararse para hacer
frente a un ataque exterior, lo que obligó a invertir en armas unos recursos
que podían haber servido para mejorar los niveles de vida de los ciudadanos.
Pero la peor de las consecuencias de este «gran miedo» fue que degenerase
en un pánico obsesivo a las conspiraciones internas que creían que se estaban
preparando para colaborar con un ataque exterior destinado a acabar con la
«patria del socialismo». Un miedo que fue responsable de las más de
setecientas mil ejecuciones que se produjeron en la Unión Soviética de 1936
a 1939. La orden 00447 de la NKVD, de 30 de julio de 1937, «sobre la
represión de antiguos kulaks, criminales y otros elementos antisoviéticos»
afectó sobre todo a ciudadanos ordinarios, campesinos y trabajadores que no
estaban implicados en ninguna conspiración, ni eran una amenaza para el
Estado[12].
Y aunque los sucesores de Stalin no volvieron nunca a recurrir al terror en
esta escala, conservaron siempre un miedo a la disidencia que hizo muy
difícil que tolerasen la democracia interna. Consiguieron así salvar el Estado
soviético, pero fue a costa de renunciar a avanzar en la construcción de una
sociedad socialista. El programa que había nacido para eliminar la tiranía del
Estado terminó construyendo un Estado opresor.
A pesar de ello, la influencia de las ideas del comunismo soviético sobre los
movimientos revolucionarios del mundo entero siguió siendo percibida como
una amenaza por los miembros de la coalición de los países capitalistas,
dirigida por Estados Unidos, que después de la Segunda Guerra Mundial
organizó la ficción de la «guerra fría» para contener la «amenaza de la Unión
Soviética», a la vez que una cruzada global contra el «comunismo», un
nombre que aplicaban a todas las ideas o movimientos que pudieran
significar un obstáculo para el desarrollo de la «libre empresa».
Esta cruzada incluía además, aparte de sus componentes represivos, la
continuidad de la política del «reformismo del miedo», iniciada en Alemania
a fines del siglo XIX como un antídoto contra la revolución[13], que dio
ahora un nuevo impulso a unos programas reformistas que prometían
alcanzar los objetivos de mejora social sin recurrir a la violencia
revolucionaria. Es a este impulso al que debimos las tres décadas felices que
siguieron a la Segunda Guerra Mundial con el desarrollo del Estado del
bienestar y el logro de niveles de igualdad en el reparto de los beneficios de
la producción entre empresarios y trabajadores como nunca se habían
alcanzado antes, ni volverían a alcanzarse después.
El problema fue que cuando el «socialismo realmente existente» mostró sus
límites como proyecto revolucionario, a partir de 1968, cuando aplastó en
Praga el proyecto de un socialismo con rostro humano, los comunistas
perdieron esa gran fuerza que Karl Kraus valoraba por encima de todo
cuando decía «que Dios nos conserve para siempre el comunismo, para que
esta chusma –la de los capitalistas– no se vuelva aún más desvergonzada […]
y para que, por lo menos, cuando se vayan a dormir sufran pesadillas»[14].
Desde mediados de los años setenta, los miembros de «esta chusma»
comenzaron a dormir tranquilamente, sin temer que sus privilegios estuviesen
amenazados por la revolución. Y fue justamente eso lo que les animó a
recuperar gradualmente no solo las concesiones que habían hecho en los años
que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, sino incluso parte de las que se
habían logrado antes, en un siglo y medio de luchas obreras. Fue un dirigente
sindical norteamericano quien primero advirtió la trascendencia de lo que
estaba sucediendo:
Creo que los dirigentes de la comunidad empresarial, con pocas excepciones, han escogido
desencadenar una guerra de clases unilateral […] contra los trabajadores, los desempleados, los
pobres, las minorías, los muy jóvenes y los muy viejos y hasta contra buena parte de la clase
media. Los líderes de la industria, el comercio y las finanzas de los Estados Unidos han roto y
descartado el frágil acuerdo no escrito que estuvo en vigor durante un periodo pasado de
crecimiento y progreso[15].
El 28 de enero de 1992 el presidente de los Estados Unidos, George H. W.
Bush, declaraba en el Congreso: «El comunismo murió este año, […] El
acontecimiento mayor que se ha producido en el mundo en mi vida, en
nuestras vidas, es este: por la gracia de Dios, América ha ganado la Guerra
Fría»[16].
No era «América», si con este término se quiere designar al pueblo de los
Estados Unidos, quien había «ganado» la guerra, sino la «libre empresa», que
en los veinticinco años siguientes iba a consolidar su dominio del mundo a
costa de los derechos y libertades de todos, incluyendo los trabajadores
norteamericanos, y nos iba a conducir a este mundo en que vivimos hoy, con
una desigualdad que crece de forma imparable, y con el estancamiento
económico como daño colateral.
Un mundo que no se parece en nada al que nos anunciaba en 1992 Francis
Fukuyama, cuando sostenía que con el triunfo del capitalismo liberal había
llegado a su fin la historia, y con ella la secuencia de las «luchas de clase»
que hasta entonces había caracterizado la evolución de la humanidad[17].
Las «luchas de clases» subsisten hoy, como lo atestiguan las de los
trabajadores de los países desarrollados que se enfrentan a las reformas
laborales para mantener sus derechos sociales y las de los campesinos que
luchan en las más diversas latitudes por la conservación de sus derechos
sobre la tierra y el agua contra los intentos de expropiación de las grandes
empresas transnacionales.
Al igual que subsisten los miedos de las clases dominantes ante la
incapacidad del imperio para imponerse a sus diversos enemigos, la
incertidumbre ante el porvenir del sistema económico y la alarma ante el
inconformismo de los jóvenes, que se dan cuenta, a partir de sus propias
experiencias, de la injusticia del orden social y económico vigente[18].
No hay en estos momentos alternativas como las que en el pasado aportaba
la socialdemocracia para generar esperanzas de reforma y mejora. Gabriel
Zucman señala que la desigualdad está creciendo en todas partes en beneficio
del 0,1 por 100 de los más ricos; pero que, como esto no se percibe ahora
como un problema al que haya que poner remedio, lo más probable es que
siga creciendo de forma acelerada, extremando la división que separa el
pequeño núcleo de los que se benefician de ello de la gran mayoría de los que
se empobrecen[19]. Una desigualdad que parece en camino de llegar a su
apogeo con el giro a la derecha que ha implicado la elección de Donald
Trump.
A los cien años de la revolución de 1917 parece que la única alternativa
posible al capitalismo global de nuestro tiempo debe basarse en un proyecto
popular transnacional, integrado por componentes muy distintos de los
partidos tradicionales del pasado: fuerzas como las que hoy surgen de abajo,
de las luchas cotidianas de los hombres y las mujeres[20].
Algo que en algún modo recuerda la invocación que Lenin hacía en 1917 a
«la revolución socialista mundial»; pero que, en este caso, deberá construirse
de acuerdo con las circunstancias y las necesidades del mundo en el siglo
XXI.
[1] David McLellan, Karl Marx. His life and thought, Londres Macmillan, 1973, pp. 431-435;
Jonathan Sperber, Karl Marx. A nineteenth century life, Nueva York, Liveright, 2014, pp. 525-528.
[2] Franz Mehring, Storia della socialdemocrazia tedesca, Roma, Editori Riuniti, 1974, III, pp. 1374-
1380; Gustav Mayer, Friedrich Engels. Una biografía, México, Fondo de Cultura Económica, 1979,
pp. 837 y ss. La carta a Lafargue, en Friedrich Engels, Paul y Laura Lafargue, Correspondance, París,
Éditions Sociales, 1956-1959, III, p. 404. Una revisión del papel de Engels, en George Labica,
Francisco Fernández Buey et al., Engels y el marxismo, Madrid, Fundación de Investigaciones
Marxistas, 1998.
[3] Bo Gustafson, Marxismo y revisionismo, Barcelona, Grijalbo, 1975; Eduard Bernstein, Las
premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, México, Siglo XXI, 1982; Gary P.
Steenson, Karl Kautsky, 1854-1938. Marxism in the classical years, Pittsburgh, University of
Pittsburgh Press, 1991.
[4] Sam Maecy, The Bolsheviks and War. Lessons for today antiwar, World View Forum, 1985,
apéndice II. Se puede consultar en la red.
[5] He completado la visión que dan las fuentes tradicionales con las aportaciones de Catherine
Merridale en el capítulo cuarto de El tren de Lenin, Barcelona, Crítica, 2017.
[6] Para todo lo que sigue, incluyendo la recepción en la estación de Finlandia, uso el libro de
Catherine Merridale.
[7] Kenneth D. Ackerman, Trotsky in New York, 1917: Portrait of a radical on the eve of revolution,
Berkeley, Counterpoint, 2016.
[8] Hay diversas versiones de la traducción al castellano de este texto, que se pueden consultar
fácilmente en la red.
[9] V. P. Butt, A. B. Murphy, N. A. Myshov y G. R. Swain (eds.), The Russian Civil War.
Documents from the Soviet archives, Londres, Macmillan, 1996; Evan Mawdsley, The Russian civil
war, Boston, Allen & Unwin, 1987. La estimación de las pérdidas humanas durante la guerra civil es de
Oleg V. Khlevniuk, Stalin, New biography of a dictator, New Haven, Yale University Press, 2015.
[10] Douglas Little, Malevolent Neutrality: The United States, Great Britain and the origins of the
Spanish civil war, Ithaca, Cornell University Press, 1985. La correspondencia de los embajadores
norteamericanos en España con el Departamento de Estado está reproducida en Confidential U.S. State
Department central files. Spain. Internal affairs, 1930-1939, Michael Davis (ed.). Una colección de
microfilms de University Publications of America, 1987.
[11] Sheila Fitzpatrick, El equipo de Stalin, Barcelona, Crítica, 2016: «La gran ruptura», pp. 65-90;
O. V. Khlevniuk, Stalin, New biography of a dictator, cit.: «His revolution», pp. 100-141.
[12] El conocimiento de la historia de este periodo está en proceso de sufrir una profunda renovación.
En 1991 y en 2000 los archivos rusos desclasificaron millones de documentos, entre ellos los papeles
personales de Stalin, que han requerido años de trabajo de los especialistas para «digerir este material»,
que ha proporcionado «nuevos y sorprendentes hallazgos» (James Harris, «What Stalin’s Great Terror
can tell us about Russia today», en The Conversation, 28 de julio de 2016). A esta nueva etapa de la
investigación pertenecen los libros de Sheila Fitzpatrick y Oleg V. Khlevniuk que he citado, así como
el de James Harris, The Great Fear. Stalin’s terror of the 1930’s, Oxford, Oxford University Press,
2016, que es el que sigo en este apartado.
[13] Pierre Rosanvallon, La sociedad de iguales, Buenos Aires, Manantial, 2012, pp. 213-218.
[14] Karl Kraus, «Antwort an Rosa Luxemburg von einer Unsentimentalen», en Die Fackel. Glossen,
Aufsätze, Vorträge, 1920.
[15] Douglas Fraser, «Resignation letter from the Labor-Management Group», 17 de julio de 1978.
Este
documento
se
puede
consultar
en
la
web
de
History
is
a
weapon
[
http://www.historyisaweapon.com/].
[16] George H. W. Bush, «Address before a joint session of the Congress on the state of the Union»
(28 de enero de 1992).
[17] Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man, Londres, Hamish Hamilton, 1992.
Fukuyama había anticipado estas ideas en un artículo publicado en 1989.
[18] Algo que sucede incluso en los Estados Unidos, pese a que los medios repitan que la economía
va bien y que no hay paro. Para desengañar a los jóvenes de esta visión crítica, algunos proponen que lo
que hay que hacer es enseñarles de nuevo la siniestra historia del comunismo (Shawn Langlois, «Poll:
Millennials desperately need to bone up on the history of communism», en MarketWatch, 17 de octubre
de 2016).
[19] Gabriel Zucman, «Wealth inequality», Pathways, número especial, 2016, «State of the Union.
The poverty and inequality report», pp. 39-44.
[20] Véanse, por ejemplo, los planteamientos de William I. Robinson en Global Capitalism and the
Crisis of Humanity, Nueva York, Cambridge University Press, 2014.
2. Encrucijadas del entusiasmo: la transmisión de la
experiencia revolucionaria, 1789-1917
Leopoldo A. Moscoso y Pablo Sánchez León
INTRODUCCIÓN: SOCIOGÉNESIS Y PSICOGÉNESIS DE LA
CONCIENCIA REVOLUCIONARIA
El Prefacio a la segunda edición alemana de 1892 de La situación de la
clase obrera en Inglaterra se abre con esta declaración de su autor, Friedrich
Engels: «En sus aciertos, lo mismo que en sus desaciertos, [el estudio] lleva
claramente el sello de la juventud de su autor»[1]. La conocida obra del
cofundador del materialismo histórico había sido editada por primera vez en
inglés en 1845, y esta nueva versión de casi medio siglo más tarde permitía a
Engels volver la vista atrás, mas para señalar que en conjunto «[e]l estado de
cosas» descrito en aquel libro «pertenece hoy en día en gran parte al pasado».
Ello incluía muy en primer término lo relativo al funcionamiento del
capitalismo: por resumirlo, el «desarrollo de la gran industria» en potencias
económicas emergentes –como Alemania o Estados Unidos– había ido
obligando a una transformación en las relaciones entre capital y trabajo a
escala mundial.
Pero Engels iba más allá, no obstante, ajustando cuentas también con las
predicciones entonces ofrecidas. Aunque subrayaba que «[l]o admirable […]
[es] que tantas hayan resultado acertadas», admitía abiertamente que «muchas
de estas profecías» habían «fallado», empezando por «la inminente
revolución social en Inglaterra» pronosticada en su día por él y su colega y
amigo Karl Marx. A lo que se asistía en la década final del siglo era a la
inserción, con fuerza pero dentro de las normas establecidas, de los partidos
obreros en el juego de los sistemas parlamentarios occidentales. La prueba la
ofrecía la misma Inglaterra del viejo sueño de revolución, donde apenas unos
meses antes habían tenido lugar unas elecciones que en su opinión
significaban «un aviso en forma a los dos partidos oficiales, a los
conservadores y a los liberales, de que desde ahora tendrán que contar con un
tercer partido, con el partido obrero». Y remataba: «Por vez primera» los
trabajadores «han visto y sentido lo que pueden conseguir haciendo uso del
sufragio en interés de su clase».
Aunque Engels no auguraba en absoluto la domesticación de las demandas
proletarias, sino al contrario la posibilidad de una transición exitosa más allá
del capitalismo, la lucha obrera desde las instituciones representativas del
orden liberal se imponía sobre la estrategia futura de los socialistas: cuando
menos, dejaba en entredicho el estatus de la revolución, no ya como
procedimiento sino incluso como horizonte de expectativa. Pero más allá del
cuestionamiento de la línea insurreccional de antaño, lo que rezuma el
prefacio de 1892 es por encima de todo un tono de alejamiento del ímpetu
revolucionario de la época inicial de la Internacional, en las décadas centrales
del siglo XIX: a modo de justificación, Engels imputaba de hecho el fallo en
sus predicciones a que fueron «inspiradas por mi ardor juvenil».
Esta confesión del padre fundador del materialismo dialéctico apunta a una
temporalidad diferente a las que identifica y analiza Reinhart Koselleck en su
magistral ensayo sobre el concepto de revolución. Este plantea que la
concepción moderna de revolución inserta, para redimensionarlas, dos
modalidades heredadas de temporalidad: una percepción cíclica de las
constituciones y sistemas políticos propia de la cultura de los antiguos
griegos, y otra lineal heredada de la escatología cristiana que define un
espacio-tiempo de transformaciones orientadas hacia el futuro[2]. El pasaje
de Engels pone sobre la pista de otra dimensión entera que conviene tener en
cuenta si se aspira a comprender históricamente, pero también en forma
teórica, los fenómenos revolucionarios: la de los ciclos biológicos de los
sujetos que en última instancia encarnan la revolución. La ecuación es tan
sencilla como implacable: sin revolucionarios no puede haber revolución, al
menos como resultado de la acción consciente de sujetos autodeterminados.
Más allá de recordarnos que sobre toda posible situación revolucionaria
incide el momento del ciclo vital en que se encuentren sus protagonistas, el
pasaje de Engels dibuja una microtemporalidad –en forma de auge y caída del
ímpetu revolucionario– que no cuadra con la trayectoria macrohistórica
experimentada desde entonces por el concepto de revolución. Pues apenas un
par de décadas más tarde, la Rusia de los zares sorprendía al mundo enviando
al baúl de la historia a la dinastía más conspicuamente autocrática, y con ella
a todo un orden institucional y social que, por diferente y «retrasado» que
pueda aparecer, era entonces considerado miembro por derecho propio del
sistema occidental de Estados, con su propia dimensión territorial
característica de un imperio y dotado además de una capacidad económica
que se medía ya en términos industriales[3].
Observando el asunto de manera prospectiva y fiel al prefacio de Engels,
aquella revolución llegó no obstante cuando ya nadie la esperaba, al menos
entre los viejos socialistas de la primera generación que se habían volcado en
la organización de la Internacional –e incluso entre la mayoría de los de la
siguiente, salvo Karl Kautsky y Rosa Luxemburg como veremos–. En
realidad opiniones como la de Engels se habían convertido en una verdadera
vulgata entre los socialistas de toda Europa, especialmente en los países
centrales del capitalismo liberal como Alemania, pero también Inglaterra o
Francia. Con todo, también se perfilaron entonces posturas discrepantes de
ese dogma sobre la naturalización del reformismo –a menudo en culturas
radicales de Estados situados más bien en los márgenes de la koiné
occidental, como Rusia o incluso España– a las que conviene volver si se
aspira a comprender mejor las encrucijadas de la identidad revolucionaria
antes de 1917.
Este texto no busca, sin embargo, volver a contar las polémicas entre
reformistas y revolucionarios en el seno de la Internacional Socialista en los
años del cambio de siglo, aunque ello no nos exima de tenerlas en cuenta;
tampoco busca resumir de nuevo las diferencias de aquella con el resto de las
culturas radicales –como el anarquismo– surgidas a partir de la crisis del
Antiguo Régimen y la instauración del orden liberal. El propósito es más
ceñido a la cuestión de la temporalidad y sus relaciones con la acción
revolucionaria. Lo que plantea es la necesidad de incorporar una perspectiva
sobre la identidad en el conocimiento de la revolución como proceso
histórico.
Hay al menos dos elementos que obligatoriamente entran en cualquier
enfoque sobre la condición del sujeto revolucionario. El primero es de tipo
político: para la identidad revolucionaria la destrucción de un antiguo
régimen y la posibilidad del cambio social presuponen la toma del poder,
normalmente de manera coactiva y con el consiguiente empleo de violencia.
El segundo es de carácter ideológico: tiene que ver con la disponibilidad de
un marco analítico para la comprensión de la realidad social con objeto de
intervenir en su transformación radical. Ahora bien, la identidad
revolucionaria no se reduce a cuestiones de estrategia, pensamiento e
ideología. Su comprensión no se agota desde la habitual agregación de una
historia política sobre las crisis del Antiguo Régimen o el liberalismo y los
movimientos sociales de un lado, y de otro una historia de la oferta de
ideologías más o menos radicales. La clave que da sentido a estas dos
dimensiones está encerrada en esta pregunta: ¿qué es un sujeto
revolucionario, y cómo es que este tipo de identidad moderna se configuró
históricamente hasta la revolución soviética de 1917? La respuesta puede
resultar paradójica: ya Victor Hugo anunció que las revoluciones hacen a los
revolucionarios, y no a la inversa; pero, a su vez, no es el éxito de la
revolución lo que determina la identificación del revolucionario con su
causa[4].
Abordar estas cuestiones obliga en cualquier caso a adoptar una perspectiva
histórica capaz de rastrear la sociogénesis y la psicogénesis de la conciencia
revolucionaria. Aunque un programa así desborda con creces los límites de
este texto, es posible ofrecer un esbozo de este a través de una reflexión
acerca del mecanismo de identificación con la causa de la revolución como
ejemplo extremo de compromiso con la virtud política –la anteposición del
interés colectivo al particular– en el seno de un sistema capitalista, y de la
actividad desarrollada en pos de la virtud como fragua y condición de
reproducción de la identidad revolucionaria.
Entre la memoria de luchas anteriores, el afán de tomar el poder para acabar
con la dominación y la explotación, la definición de una estrategia a partir de
las conclusiones de un análisis crítico y la proyección de imágenes utópicas
que trascienden el presente ha de cultivarse un sentimiento moral, el cual de
necesidad se afirma por contraposición a otros valores de conducta
considerados inmorales. La identificación emocional con la revolución
arranca de una noción de justicia frente a las ambiciones inmoderadas de los
capitalistas, produciendo una abismal brecha que separa a los revolucionarios
de sus enemigos: si estos últimos están dispuestos a cometer crímenes para
satisfacer su ambición, los primeros se definen por estar dispuestos a
inmolarse para combatir el crimen.
Aunque ha visto desdibujada su significación original, el sentimiento moral
de época que acompaña el surgimiento del revolucionario es el entusiasmo.
Este alimenta un fervor colectivo latente susceptible de activación ante
circunstancias consideradas apropiadas o impostergables: según una
expresión típica de tiempos revolucionarios, «sin el entusiasmo, a los
hombres no les es dada la posibilidad de crear nada importante»[5]. Sobre
esta pasión por la justicia que solo puede vivirse colectivamente se
sustentaron tanto la memoria como la esperanza de la revolución hasta 1917:
al principio como expectativa de igualdad política –el sueño de la libertad
liberal–, pero después ya como igualdad económica y de justicia social.
Ahora bien, frente a la esperanza –que es un sentimiento alegre– se
encontraba la pasión triste del miedo a la revolución, que es el negativo del
entusiasmo revolucionario de la misma manera que el deseo de justicia social
representa el lado positivo de la codicia y la ambición privada, pasiones
cardinales de la burguesía europea del XIX.
Visto así, solo el revolucionario moderno está en posesión de una visión
trascendental de la política, concebida no para atender a los intereses de nadie
sino para emancipar a la humanidad, emancipación que a su vez no puede
lograrse sin entusiasmo ni justicia. El problema es que uno no puede decidir
«hacerse revolucionario»: la conversión al credo revolucionario depende de
una trayectoria vital –un espacio de experiencia sobre el que operan la
memoria colectiva y la propia biografía– en la que no es posible presuponer
al sujeto, porque es ella misma la que lo configura[6].
Igual que en el caso del creyente, se trata de dejar que hablen los hechos. La
diferencia es que el entusiasmo es una pasión política, distinta en su ámbito a
la del integrismo religioso, como muestra el famoso cuadro de Pellizza da
Volpedo Il Quarto Stato (véase imagen adjunta)[7]. Atañe a la raíz del
moderno ideal de autenticidad[8]. Y así como la identificación con la causa
de la revolución se define por su intensidad, solo cuando la derrota de las
aspiraciones de reconocimiento aparece como una posibilidad real llega el
momento de dejar que las acciones hablen por uno mismo.
REVOLUCIONARIOS SIN REVOLUCIÓN, REVOLUCIONES
SIN OBREROS, 1795-1870
El término «entusiasmo» procede de la literatura confesional de las guerras
de religión, pero a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII se trasladó al
más amplio terreno emergente de la filosofía moral, en el que pronto se situó
como piedra de toque en las polémicas acerca de los límites del pensamiento
racional autorreflexivo. La Ilustración perfiló su campo semántico para hacer
referencia a los excesos en que podían incurrir los individuos si llevaban
hasta sus últimas consecuencias el empeño por comprender racionalmente el
mundo[9]. El éxito del concepto reside en que señala –más que define– un
universo entero de emociones desatadas en nombre de la autodeterminación
individual, la autogestión colectiva y la realización de utopías[10].
Para los ilustrados moderados, el entusiasmo era lógicamente una peligrosa
deriva, pues de ahí a la total autorreferencialidad moral había un salto muy
corto, y esta a su vez, si se veía expuesta a la presión de sentimientos fuertes
o a la imaginación, podía desatar conductas extremas contrarias al orden pero
racionalmente justificadas. Pese a las iniciales reticencias, no obstante, con la
secularización ilustrada el entusiasmo quedaría en todas partes vinculado a la
libertad de conciencia, único producto de la Ilustración que por cierto
continúa incólume hoy día a pesar de las embestidas contra las promesas del
progreso.
La etimología del entusiasmo –la de un ser humano poseído por los dioses–
se adaptaba bien por otro lado a posibles redefiniciones típicamente
modernas, como un atributo propio de la divinidad pero potencialmente
inscrito en los humanos[11]. De ahí que pasase con facilidad a la condición
de concepto central en versiones radicales del iluminismo, determinantes a su
vez para la construcción de subjetividades revolucionarias en el escenario
abierto con la Revolución en Francia desde 1789[12]. Más allá de ser
entendido como motor para la movilización política, el entusiasmo sería ya
entonces invocado como valor identitario y vehículo de transmisión de la
experiencia revolucionaria[13].
A escala relacional, el universo semántico más próximo al entusiasmo era
por su parte la fraternidad, cuyas referencias a la reciprocidad igualitaria y la
virtud política –aun aportando la tercera palabra al lema de la Revolución
francesa– se mostraban ya entonces inasequibles a una plasmación
constitucional efectiva[14]. Esto hacía del entusiasmo un estado de ánimo,
además de difícil de sostener en el tiempo, dependiente de los avatares de los
propios procesos revolucionarios. De hecho, podía ser redirigido hacia fines
muy diferentes dependiendo de quién, cómo y para qué viniera a representar
la revolución: así lo pudieron comprobar los protagonistas –populares y
cultos, por igual– del derrocamiento de la monarquía absolutista en Francia
cuando Napoleón Bonaparte se hizo con el poder del Directorio y lanzó la
fuerza colectiva de la Francia revolucionaria allende sus fronteras, en una
aventura imperial que dejaba muchas de las expectativas de transformación
radical de la sociedad entre postergadas e incumplidas.
En ese contexto de reflujo político y desmovilización social tuvo lugar la
primera síntesis de un elemento constitutivo de la identidad revolucionaria
susceptible de ser transmitido a contextos y escenarios posteriores, en la obra
de Gracchus Babeuf: la organización para toma del poder, con el obligado
recurso al empleo de la violencia. Más allá de su condición de «primer
comunista moderno», su posteridad como mártir de la igualdad se halla
inextricablemente unida a la primera intentona de asalto a las instituciones
establecidas; el fracaso de esta opción definiría a su vez otra marca de la
identidad revolucionaria de prolongada memoria: el irredentismo[15].
Una vez entrada Europa en un contexto de restauración legitimista, los
liberales de primera hora hubieron de experimentar en sus carnes los efectos
de la desaparición del entusiasmo en buena parte de su supuesta base social
de apoyo; por su parte, el orden restablecido asistió a la vuelta de las
conspiraciones –de largo pedigrí en la Edad Moderna–, si bien ahora
crecientemente «democratizadas». La identidad revolucionaria de los
conspiradores liberales de primera hora era tan auténtica como distintiva: se
hallaba extendida por todo el elenco de grupos ideológicos, pero carecía de
un contenido definido, pudiendo referir a objetivos muy diferentes unidos
solo por el común denominador del intento de derrocar el absolutismo, y
concitando todos ellos indefectiblemente la represión por parte de las
autoridades.
Era en efecto realmente difícil no emplear la retórica revolucionaria y no
apostar por las vías insurreccionales en el marco de la Europa del Congreso
de Viena. Por su parte, la revolución como punto de encuentro entre los
liberales no desapareció del todo cuando las libertades civiles y políticas
reaparecieron a partir de 1830: por las diferencias de ritmo e intensidad en la
instauración del liberalismo a escala continental, el mundo de los exiliados y
emigrados forzosos –nutrido por las intervenciones de la Santa Alianza y
renovado en las logias masónicas y carbonarias– quedaría como un fenómeno
sociológico característico del siglo, evolucionando, en cuanto a opciones
ideológicas dominantes, del liberalismo exaltado al republicanismo, y de ahí
al socialismo y el anarquismo, mas apenas en cuanto que cultura común
revolucionaria[16].
A esto contribuyó sin duda que el establecimiento del liberalismo en
Bélgica, Francia, España, Portugal y otros países –incluida la Inglaterra de
después del Reform Bill de 1832– permitió también que muchos liberales
fueran despojándose sin el más mínimo recato de sus credenciales
revolucionarias. Mientras se elevaba a culmen de la Historia la trayectoria
ascendente de la sociedad de mercado, la conquista de los derechos civiles y
el triunfo al fin de la libertad –incluida ahora en primer término la de
acumular propiedad–, el conjunto de experiencias colectivas y de
transformaciones morales que comportaba el hacer revolucionario iba
abonando una memoria compartida, especialmente entre quienes entonces
despuntaban como radicales insatisfechos con los limitados logros –cuando
se daban– de los procesos constituyentes. Además de alimentarse de nuevas
experiencias aportadas por las revoluciones políticas de esos años, el
intercambio de ideas radicales daba pie al desarrollo de doctrinas que
presionaban sobre los límites de la cultura amparada por las instituciones del
gobierno representativo. En suma, conforme el liberalismo se fue
instituyendo como un auténtico orden social, las identidades revolucionarias
volvieron a hacer acto de presencia en la esfera pública[17].
Estas venían además ahora pertrechadas de una concepción de las
relaciones entre conocimiento y la acción que transgredía los estrechos
moldes de la Ilustración, con sus dicotomías simples entre lo racional y lo
irracional y la realidad y su representación. La epistemología del
Romanticismo atribuía al lenguaje, más allá de fuerza motivacional, una
enorme capacidad proteica sin por ello someterlo a la determinación del
propio lenguaje y la cultura. Ello permitía hacer convivir creación y crítica de
un modo hasta entonces inusitado[18]. El Sturm und Drang alemán, al
declarar contingentes las relaciones entre los pares conceptuales ilustrados,
dejaba abierta la posibilidad de experimentación y combinación semántica.
En concreto ética y praxis aparecían como interdependientes, y esto
aseguraba al entusiasmo no solo una recuperación de su estatus como
sentimiento político, sino el poder aspirar a ejercer de fundamento de toda
reflexividad psicosocial.
El problema de esta apuesta es que se mostraba crecientemente
incompatible con la aspiración sistemática y definición conceptual propias de
unas ciencias sociales en proceso de afirmación. Si el primer tercio del siglo
produjo sobre todo discurso centrado en la autorreferencialidad y la
autonomía del sujeto –en un panorama dominado por la nostalgia de mundos
perdidos y la sensación de recurrente retorno–, el segundo arrancó en cambio
volcándose hacia una creciente apreciación cultural de la realidad social,
generando con resolución el imaginario de la sociedad como un todo
orgánico interdependiente situado por encima de la capacidad de control de
todo actor o poder[19]. A ello contribuyó sin duda de modo decisivo ese fruto
maduro del idealismo hegeliano que fue la separación conceptual entre
Estado y sociedad civil; a corto plazo, no obstante, esta aportación contribuyó
también a consolidar la hegemonía de las posiciones conservadoras en la
reflexión sobre la realidad social. Para Lorenz von Stein –responsable de la
introducción, en la academia europea, del concepto de movimiento social–, la
sociedad debía entenderse como un sistema de sujeción económica
característico de toda comunidad humana, pero el elemento personal y por
tanto de unidad y decisión correspondían al Estado[20]. Por su parte, el
radicalismo –que había sido a la vez causa y efecto de mucha de esta
innovación conceptual– parecía haber caído rehén de su propia
autolimitación, pues el avance del conocimiento traía aparejada la sensación
de que las posibilidades de lo social finalmente podían escapar a la
comprensión humana.
* * *
A la altura de mediados de la década de 1840 la cultura del liberalismo
acogía los ingredientes que anteriormente habían alumbrado escenarios
revolucionarios: una tradición de conspiraciones y un elenco de discursos
ideológicos disponibles ahormados en lenguajes radicales. Sin embargo, si se
aspiraba a no repetir unos resultados más bien parcos y efímeros, había que
ofrecer contribuciones intelectuales netas que permitieran salir del atolladero
en que se encontraba la definición dominante de la revolución. Pues, por el
predominio del conservadurismo, la revolución política –reservada a los
propietarios apoderándose del Estado en nombre de sus intereses– aparecía
como el momento de la afirmación de la libertad, mientras que la revolución
social aparecía como contraria a la libertad cuando no se mostraba inviable,
ya que a quienes deberían ser su sujeto –los desprovistos de propiedad, que
iban nutriendo la categoría del proletariado– les era negada la capacidad de
acción política autónoma.
La figura de Karl Marx descuella en este contexto porque logró trascender
ambas concepciones –de la revolución y su protagonista–, en una serie de
obras de la década de 1840 que avalan el conocido panfleto para la
movilización política que escribió con Engels en 1847. En relación con la
primera, el plexo lingüístico en el que Marx se mueve es complejo. A Hegel
le es reconocido el mérito de haber captado la importancia de la escisión
entre la sociedad civil y el Estado, pero se le reprocha no haber sido capaz de
traducirla más que en una antinomia entre pueblo y Estado o entre poder
legislativo y poder ejecutivo. Se refuta asimismo la posibilidad de establecer
mediación alguna entre sociedad civil y Estado, pues según Marx la
soberanía moderna ya no parece capaz de abarcar todos los elementos de la
primera en una sola unidad política[21]. Visto así, quedarse en el concepto de
revolución política era una forma de eludir criticar los elementos
constitutivos de la sociedad burguesa, la cual se presenta como una estructura
opaca e intangible en la que todas las relaciones que el derecho civil privado
constituye desde dentro no pueden ser puestas en tela de juicio so pena de la
revocación de la autonomía de la política, es decir, a menos que el Estado –
como argüía von Stein– se convierta en «presa de la sociedad».
La emancipación debía por tanto ser política y social, y la acción que nace
en el interior de la sociedad requería de un acto político contra el Estado y su
organización. Contra Von Stein, lo social es político, y el distintivo de la
política no es la unidad y la mediación que encuentran su máxima expresión
en el Estado sino al contrario, la lucha y la desunión radical que caracterizan
la vida social. Pero también, frente a la tradición jacobina –que representa el
prototipo de un quehacer revolucionario exclusivamente fundado sobre la
voluntad de modificar las relaciones políticas existentes–, para los futuros
marxistas es la revolución la que legitima la acción de los revolucionarios, y
ello es así porque no existe ese sujeto preconstituido –como el pueblo o la
nación– que tenga necesidad de ser «representado» para poder actuar. La
revolución hace al sujeto revolucionario.
En relación con este último Marx partió de la más sencilla de las
constataciones, al recordar que aunque fueran los alemanes quienes más se
habían dedicado a pensar en la revolución, de hecho habían sido los franceses
quienes la habían puesto en práctica[22]. Llamaba así la atención sobre el
hecho de que, sin un sujeto revolucionario, la revolución se pospondría sine
die. Por encima de esto, Marx desafía la convención de la aparente
despolitización de la sociedad y afirma por el contrario su plena centralidad
como locus del conflicto a través de la noción de la lucha entre las clases.
Este desarrollo lo efectuó a través de su diatriba sobre la propiedad con el
Proudhon de la Filosofía de la miseria. Marx –que había elogiado su obra
anterior– le contestó de modo fulminante en Miseria de la filosofía (1847).
Denunciar la propiedad como un robo no era suficiente: solo puede ser
revolucionaria una clase que esté interesada en su propia desaparición como
clase. He aquí la diferencia crucial con todo el pensamiento revolucionario
anterior, y que permite a Marx subrayar la distinción entre las revoluciones
políticas –como la de la burguesía– y las revoluciones sociales: en las
primeras, los revolucionarios no tienen interés alguno en desaparecer ellos
mismos como clase, y es eso lo que les incapacita para alzarse contra el orden
establecido en nombre de intereses más amplios que los suyos propios. Una
clase social que quiera proponerse una tarea tan general debe forzosamente
trascender sus intereses inmediatos, pues solo esto les garantiza «despertar el
entusiasmo propio y de la masa»[23].
La secuela de este rearme teórico fue el Manifiesto comunista, que puede
verse así como una arenga excluyente pero a la vez naturalizadora de la
identidad revolucionaria[24]. El proletariado expresa una necesidad social
general de oponerse a la coacción que supone representar la sociedad de
manera unitaria y la política como un orden; en la medida en que no tiene
propiedad y por ende carece en principio de interés particular, el proletariado
está en condiciones de contraponer una universalidad realmente humana a la
falsa «representación» de la vida social de los hombres en el Estado burgués.
Esta es la gran diferencia entre dos clases que son ambas revolucionarias: la
burguesía quiere sobrevivir como clase a la revolución; el proletariado
consciente, no. Que la burguesía es una clase revolucionaria es la conclusión
a la que llega Marx por la economía política, y ello lo detecta en que el modo
capitalista de producción está constantemente revolucionando su propia
organización con el objetivo de aumentar la explotación y la apropiación del
plusvalor. El proletariado no puede detener esa nueva e inusitada aceleración
impelida por el capitalismo desacelerando la historia: es preciso ponerse a la
cabeza del mismo, incluso completando las transformaciones que la
burguesía haya dejado inconclusas. Frente a la revolución política de la
burguesía, hace falta la revolución del proletariado.
Ahora bien, es bien sabido que aquel panfleto no apeló, por simple
cronología, a la clase obrera a la que se dirigía y decía representar. En efecto,
el movimiento obrero alemán en el que se inspiraba Marx estaba aún
esencialmente compuesto de artesanos y organizado de acuerdo con una
mecánica gremial. Era, en otras palabras, un movimiento de reflujo de la
clase artesana tradicional llamada a desaparecer con la industrialización pero
que, en aquel tiempo, se resistía aún con éxito a la expropiación –no solo en
Alemania, también en Francia, Bélgica o incluso en lugares y sectores no
punteros de la industrialización británica– articulando un lenguaje de
dignificación ciudadana y participación transmitido por un largo historial de
autoorganización y solidaridad que hundía sus raíces en el Antiguo
Régimen[25].
Esto no quiere decir que las del 48 no fueran revoluciones en el sentido más
estricto y a la vez ambicioso de la palabra; al contrario, seguramente no ha
habido a lo largo de la modernidad occidental un proceso tan simultáneo y
unidireccional de socavamiento por la acción política colectiva de los órdenes
institucionales establecidos. Sin embargo, aquella oleada de levantamientos
vinculados tectónicamente entre sí y a la vez de apariencia tan espontánea y
natural –que señalaban la conformación de una esfera pública paneuropea por
la acción combinada de varias generaciones de radicales locales y exiliados
comunicando entre sí– dejaba al descubierto que incluso el pensamiento más
sofisticado procedente del radicalismo carecía de una teoría de las
condiciones de la identidad de clase, de la conciencia obrera revolucionaria.
Desde una perspectiva más larga, el 48 tuvo además también bastante de
dejà vu, esto es, de afán revolucionario sin verdadera revolución. En efecto,
apenas unos meses después, la mayoría de los principados convulsionados
por la crisis de legitimidad volvieron sobre sus pasos con unas pocas medidas
a menudo más bien cosméticas, y los que no –como Francia– entraron en una
deriva que devolvía al escenario del Directorio de 1795. Con dos diferencias
notables, no obstante, a cada lado de la línea de enfrentamiento entre capital y
trabajo: por un lado, la «Primavera de los pueblos» selló la derrota política de
las clases obreras tradicionales, abriendo el camino hacia la modernización
acelerada[26]; por otro, eliminó las resistencias tradicionales, haciendo
creíble la aparición de proyectos políticos modernizadores. Este círculo
virtuoso terminaría a medio plazo modificando en profundidad tanto la
estructura económica como la composición de la propia clase obrera.
En efecto, en las décadas siguientes el principal problema al que hubieron
de enfrentarse los activistas de la emergente Internacional ya no fue de tipo
antropológico sino sociológico: el surgimiento de la verdadera clase obrera
moderna, no la del taller en decadencia y el trabajo a destajo de las primeras
manufacturas «de agregación», sino el progresivo despliegue de la industria
moderna propiamente dicha. Esta «nueva entrada» en el sistema resultaría a
corto plazo de muy difícil asimilación, no obstante, pues el éxodo rural y las
grandes migraciones rompían los entramados de solidaridad heredados,
produciendo atomización y aislamiento y disminuyendo la capacidad de
movilización de los grupos potencialmente insurgentes. En principio, las
posibilidades de reconstruir nuevas redes de solidaridad mecánica y orgánica
en el lugar de trabajo, de residencia o de ocio se complicaban
enormemente[27].
SOCIALISMO SIN PASAR POR REVOLUCIÓN,
REVOLUCIONARIOS EN POS DEL SOCIALISMO, 1871-1917
Pasados veinte años de 1848, la crisis del legado de aquella frustrada
experiencia abrió de nuevo la posibilidad de la revolución en Francia. A pesar
de figurar para la posteridad más lejana como momento de gloria y asalto a
los cielos, la Comuna de París de 1871 fue, sin embargo, vivida en el corto y
medio plazo como una derrota, no ya sin precedentes sino de una naturaleza
tal que desbordaba el repertorio de previsiones ante este tipo de desenlaces,
por habituales que fueran en las luchas del internacionalismo radical de la
época[28]. No era solo que las revoluciones proletarias no se ajustaban al
esquema de las revoluciones lideradas por la burguesía: es que ni siquiera
podía entonarse la letanía de consuelo de Babeuf y los Iguales cuando este
fue pasado por la guillotina en 1797. Pues aquello no podía pasar por una
nueva revolución inconclusa al observar cómo el paseo militar de las fuerzas
del orden –arracimadas en torno de un Estado moderno como antes nunca
visto– se prolongaba más allá, en forma de una remodelación urbanística en
París que alteraría decisivamente los patrones de sociabilidad y organización
política barrial. La experiencia dejaba de ser garantía de orientación
ideológica, y la memoria fuente de aprendizaje y esperanza.
Si 1848 puso sobre la mesa que la simple enunciación de la clase obrera
consciente no era suficiente para crearla, 1871 planteó que, incluso existiendo
una base popular radical movilizada, podía constatarse lo mismo respecto de
la propia revolución. Algo había fallado en el dispositivo completo de la
teoría y práctica revolucionaria; y en el intento de dar significado a la
magnitud del vacío sobrevendrían la mayoría de las disputas en el seno de la
Internacional, o más bien, en las culturas políticas obreristas que a escala
nacional se desplegaron en las décadas finales del siglo. Porque el
experimento frustrado de la Comuna de París fue también el aldabonazo de
una decidida nacionalización de las ideologías revolucionarias que dejaba el
internacionalismo en bastante medida reducido a fenómeno más bien cultural,
lo que facilitaba un reconocimiento selectivo de las ideas socialistas en unos
círculos burgueses nacionales que, por lo demás, pasaban a la ofensiva en la
demonización de las actitudes revolucionarias.
El propio marxismo es un buen ejemplo de cómo los prejuicios podían
llegar a cegar al revolucionario mejor pertrechado intelectualmente. En dos
pasajes diferentes del Manifiesto, Marx y Engels habían previsto que la
riqueza –el capital– acabaría concentrada cada vez en cantidades mayores en
las manos de un número cada vez más reducido de propietarios, lo cual
implicaba que en las sociedades capitalistas nunca llegaría a haber nada
parecido a una clase media, dejando el camino expedito para que una clase
obrera en aumento asumiera su papel revolucionario. Lo único que Marx
cambió con el tiempo fue la cronología de este desenlace necesario, que en
cualquier caso siempre vinculó a las modificaciones en la geografía industrial
mundial. La depresión económica de la etapa 1873-1890 no permitió, sin
embargo, posponer ya más las previsiones. Al erosionar principalmente
aquella las rentas agrarias –por verse la agricultura sometida a procesos de
concentración de propiedad e inversión productiva–, el proletariado urbano
logró mantener sus salarios nominales e incluso mejorar su nivel de vida a
causa de la bajada de los precios de los alimentos. Como efecto de esto, las
organizaciones obreras europeas llegaron al final del siglo XIX en una
situación de fortalecimiento; pero en ellas predominaban ahora las opciones
de tipo reformista. Quedaba así severamente tocada la teoría marxista de la
crisis por los dos flancos, el que había previsto una etapa de dureza en las
condiciones económicas de las clases trabajadoras y el que anticipaba su
consiguiente radicalización política.
Este estado de cosas es el que refleja el prefacio de Engels a la segunda
edición en alemán de La situación de la clase obrera en Inglaterra, en el que
tenía que reconocer que muchas de las profecías formuladas en la década de
1840 habían fallado: las leyes fabriles –auténtico anatema en el pasado– eran
ahora voluntariamente observadas por los industriales, los sindicatos eran
protegidos como instituciones legítimas y se extendía el sufragio a los no
propietarios. La colaboración entre clases contribuía a mejorar las
condiciones de los trabajadores y la conciencia pública de la «cuestión
social» se hallaba en aumento. Tal era el puzzle: Gran Depresión sin visos de
Revolución. Aunque el debate proseguiría en el interior de las propias
organizaciones marxistas, en general la revolución era ahora vista –ante el
afianzamiento de las organizaciones obreras– como un atavismo político.
Tras medio siglo de crecimiento ininterrumpido de las organizaciones y tres
generaciones viendo aumentar sus expectativas en un contexto de
consolidación de la cultura obrera de masas, hacia el fin de siècle pocos
creían en su viabilidad.
Una parte importante de esta reorientación discursiva tenía que ver con la
basculación del peso de la Internacional hacia Alemania, donde la industria se
desarrollaba a una velocidad de vértigo. Al ritmo de esta se impulsaba a su
vez la socialdemocracia, que indicaba a los obreros alemanes el camino hacia
la utilización política del sufragio universal, implantado en 1866. En efecto,
en Alemania el sufragio había pasado de ser repudiado como un velo de
engaño a asumirse como una herramienta, cuando no de emancipación, sin
duda de lucha contrahegemónica, al permitir el agitprop electoral y ofrecer a
los diputados socialdemócratas una tribuna permanente en el parlamento. El
Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) crecía al mismo ritmo que los votos
obreros, que hacia 1890 –incluso bajo la losa de las leyes antiobreras de
excepción promulgadas por Bismarck– sumaban ya casi dos millones. En
estas condiciones, la lucha por la igualdad se traducía en el esfuerzo por
incluir a aquellos a quienes el desarrollo económico estaba dejando de lado,
transformando así a los obreros en reclamadores de la plena ciudadanía y
convirtiendo el reconocimiento de los derechos en el terreno en el que afirmar
y dirimir la legitimidad y la participación de los distintos sujetos sociales. El
partido obrero quedaba convertido en un aparato de promoción de reformas
socialistas democráticas, y la revolución, relegada a una especie de derecho
de legítima defensa en contra de los excesos del poder.
Un viraje de esta magnitud estaba condenado a afectar de manera marcada a
las formas de acción colectiva. Los instrumentos del partido revolucionario
ya no podían ser la conspiración y la insurrección, sino de modo casi
exclusivo la lucha parlamentaria y la extensión del sufragio, con apoyo
circunstancial de la tradicional huelga. Es el balance que efectúa el viejo
Engels en otro prólogo de esa misma época –esta vez a la obra de Marx Las
luchas de clases en Francia de 1848 a 1850– publicado como folleto en
Alemania en 1895. Constata ahí que «[e]l método de lucha de 1848 es hoy
anticuado en todos los aspectos», pues la burguesía y el gobierno han llegado
a «temer más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero,
más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales». La razón evidente
es que habían «cambiado sustancialmente las condiciones de la lucha»: la
rebelión «al viejo estilo», en forma de «lucha en las calles con barricadas, que
hasta 1848 había sido la decisiva en todas partes», aparecía ahora como
«considerablemente anticuada»[29].
Más allá de constatar esa obsolescencia, la apreciación de Engels contenía
toda una mirada moralista sobre el protagonista revolucionario de la época
romántica: si la barricada «había perdido su encanto» era en buena medida
porque el soldado «ya no veía detrás de ella al “pueblo”» sino «a rebeldes, a
agitadores, a saqueadores, a partidarios del reparto, a la hez de la sociedad».
Por mucho que expresase prejuicios dominantes en los círculos socialistas y
fabianos, el retrato no dejaba de ser paradójico procediendo de quien apenas
tres años antes había identificado todas las condiciones de la acomodación
obrera. Pues el tema de fondo a que esta última apuntaba no era tanto el de
las modalidades de praxis adecuadas a los nuevos tiempos cuanto el del ethos
esperable de los obreros conscientes: una clase obrera incluida en la lógica
del mercado y de la movilidad social estaba abocada a desarrollar el interés
particular, desmarcándose entonces de su potencial revolucionario. La
corrupción –el contravalor moral por antonomasia de la virtud ciudadana y
vicio consustancial a una economía capitalista– hacía aparición en el
horizonte de la propia clase obrera.
No era ya que decayese el entusiasmo sino que estaban en juego sus propias
condiciones de posibilidad, y además en el núcleo más avanzado de la clase
obrera, esto es, entre los obreros de la nueva gran industria que permitía por
primera vez una concentración de mano de obra por planta sin precedentes.
Algo así no había sido pronosticado por los fundadores, quienes en última
instancia compartían con todos los románticos una definición esencialista del
sujeto de la revolución, deduciendo de las condiciones materiales de los
proletarios en expansión –en forma de creciente desposesión– una tendencia
natural a anteponer el interés colectivo al particular, contenido central de una
conciencia de clase que solo necesitaba de su organización para imponer una
nueva forma de propiedad superadora de todas las formas particulares de
interés[30]. Pues bien, eran precisamente los trabajadores más conscientes
históricamente de hallarse postergados en reconocimiento y excluidos de la
riqueza quienes asumían los límites del mundo que ellos mismos generaban
con su trabajo.
* * *
Hizo falta que la identidad revolucionaria se viera amenazada en los
referentes mismos que permitían a los miembros de toda una serie de
subculturas obreras –singulares país a país, y en ocasiones marginales, pero
muy correosas– reconocerse como parte de una herencia común, para que el
socialismo reencontrase el vínculo significativo entre una determinada actitud
moral y las otras dos dimensiones esenciales de la acción revolucionaria: la
política, en relación con la toma del poder por la fuerza, y la ideológica,
alrededor de un programa realizable de transformación institucional capaz de
superar el sistema capitalista. La recuperación del entusiasmo fue un proceso,
además de arduo, bastante contingente, pues lo que hacía falta era que la
memoria –a esas alturas ya un arsenal de experiencia transmitida por la
memoria de varias generaciones de exaltados, carbonarios, socialistas,
libertarios y radicales de toda índole– se reencontrase con la esperanza
justamente cuando esta había quedado enajenada de su tradicional vínculo
significativo con la revolución.
Ciertamente no se partía de cero, pues los propios socialistas alemanes –que
creían en el carácter dictatorial del poder de clase– diseñaron un programa
político que nunca dejó de emplear el lenguaje marxista de la revolución. No
obstante, la distinción entre «condiciones actuales» y las que deberían
imperar en un «Estado del futuro» permitía a los reformistas pensar la
revolución como una especie de sanción política esperable solo al final de un
largo proceso de transformación económica que culminaría en la abolición de
la propiedad privada de los medios de producción[31]. Ahora bien, sobre este
horizonte tan de largo plazo podía mediar la actitud realista de Engels. Si la
crisis no había traído la revolución sino la reproducción del modo de
producción capitalista, había que revisar a fondo los análisis económicos que
consideraban el capitalismo como un sistema abocado a implosionar a
consecuencia de sus propias contradicciones internas; pero, además, el
contexto animaba a una mayor reflexión sobre el nivel político. La intuición
de Engels aportaba en este sentido una importante pista: que el capitalismo
sobrevive a todas sus crisis porque está sostenido «políticamente»[32].
De cara a un replanteamiento de la actividad política, sin embargo, un
problema lo producía el propio auge de la socialdemocracia, pues este
dificultaba forjar coaliciones con capas medias alrededor del proletariado. En
la medida en que no se daría una victoria duradera de la lucha de clases a
partir exclusivamente de la coyuntura política, el horizonte de expectativa era
el de un largo trabajo de organización y propaganda para que, en el mejor de
los casos –una vez que el proletariado contara con una fuerza de choque
imparable–, los burgueses se vieran obligados a mostrar su verdadera cara,
suspendiendo sus propias leyes liberales e imponiendo in extremis una
dictadura por otro lado condenada al fracaso.
Ahora bien, no en todas partes la orientación parlamentaria era tan bien
recibida entre las culturas radicales, y tampoco en todas partes la fuerza
obrera dominante eran los trabajadores de la gran industria. En efecto, cuanto
más al este y más al sur, en la Europa continental el predominio de las
economías de base agrícola continuaba siendo incontestable, y a su vez la
experiencia del radicalismo había ido deparando una valoración más bien
negativa del sufragio, a menudo visto como instrumento que los gobiernos
liberales empleaban para engañar a las masas. En estos escenarios el
proletariado habría de vérselas con las derivas ideológicas y políticas de una
enorme masa de población –el campesinado– exacerbada por los efectos de la
crisis agraria finisecular. El populismo avant la lettre –una suerte de quiebro
nostálgico que subordinaba la retórica republicana clásica del propietario
agrario a la imaginación cultural tradicionalista– se extendió por la Europa
finisecular, animando a su paso a la organización de intereses agrarios en una
clave normalmente nacionalista y antiliberal, incluso antimoderna. Por su
parte, el socialismo se topaba allí a su vez con la competencia de otras
identidades revolucionarias en auge, especialmente el anarquismo.
Este último –sobre todo allí donde había arraigado por otros factores
culturales, como una tradición de intolerancia confesional que favorecía el
cuestionamiento de toda forma de autoridad– vino con rapidez a ocupar el
espacio del entusiasmo que dejaba el socialismo en su viraje reformista,
compitiendo al hacerlo también por la memoria de la experiencia radical y la
esperanza de un futuro igualitario. «Abrazar la Idea» se convirtió así en el
lema de una identidad libertaria sin límites. Desde la perspectiva de una
psicogénesis de la revolución, el problema del anarquismo no era su sesgo
antipolítico –expresado en una postura abiertamente contraria a los
mecanismos del gobierno representativo–, sino que su desprecio hacia las
posibles secuelas derivadas de la toma revolucionaria del poder limitaba su
interés por desarrollar formulaciones teóricas que –más allá de la destrucción
del antiguo régimen– vinculasen el diagnóstico acerca de las condiciones de
la lucha con la gestión de los resultados realmente esperables de esta[33].
Con todo, este déficit no constituía un cheque en blanco para los intelectuales
socialistas en general, ni los marxistas en particular: para cualquiera de las
variantes del anticapitalismo, el verdadero problema intelectual heredado –
por partida doble– era que no había necesidad de una teoría de la revolución
para que esta tuviera lugar, y la teoría que había disponible resultaba
insuficiente cuando no obsoleta.
El espacio radical del cambio de siglo se lo repartirían entre anarquistas y
socialdemócratas, pero mientras no se resolviera la cuestión del estatus de la
teoría no se desbloquearía el nudo gordiano que limitaba la expansión de las
identidades revolucionarias. Pues, en aquel contexto –en un escenario de
rearme militarista en el que se daban cita las nuevas potencias imperialistas
en expansión y los viejos imperios en declive–, el entusiasmo revolucionario
requería una vinculación no menor, sino mayor, entre memoria y esperanza, y
ello pasaba por una reflexión que reuniera ideología y acción. El rearme
revolucionario de la tradición del socialismo adquirió así la fisonomía de una
búsqueda como la de los milenaristas del Medievo occidental, en la que la
revolución dejaba de ser un medio y pasaba a ser un fin en sí mismo en el que
se confundía la propia identidad de su sujeto[34].
En ese recorrido está el origen de los partidos de vanguardia
revolucionarios, de los que el bolchevique de Lenin es epítome seguramente
insuperable por la manera en que la componente ideológico-intelectual se
reunió con la dimensión política y moral de la revolución. Para ello Rusia
contó con la posibilidad histórica bastante excepcional de atestiguar una
experiencia revolucionaria de corte «arcaico» –propia del contexto de la
primera mitad del siglo XIX– como efecto colateral de la derrota del viejo
imperio zarista ante nuevas potencias imperialistas netamente capitalistas. En
efecto, a diferencia de la Comuna de París de 1871, la aplastante derrota y
represión de la revuelta de 1905 pudo en cambio ser inscrita con éxito en una
narrativa acerca del socialismo revolucionario como horizonte de expectativa.
Mas ello pudo ser así, entre otras razones, porque a esas alturas el
materialismo histórico era ya en Rusia a la vez una gramática con cierta
capacidad de movilización y un sustrato de categorías analíticas útiles con las
que producir discurso para la acción revolucionaria[35].
La discusión sobre el significado de la movilización popular rusa permitió
cuestionar la estrategia dominante entre los socialdemócratas; pero fue más
lejos, alcanzando a la concepción misma del sujeto de la revolución. Rosa
Luxemburg participó activamente en las jornadas revolucionarias, y en 1906
publicó un folleto –Huelga de masas, partido y sindicatos– en el que, sin
cuestionar que el SPD fuera –en último análisis– el verdadero depositario de
los intereses del proletariado alemán, reivindicaba también el carácter
espontáneo y popular de toda situación revolucionaria[36]. Las masas
trabajadoras rusas improvisaban, a partir de lo cual Luxemburg reprochaba a
la ortodoxia socialdemócrata su concepción de la huelga general
revolucionaria como una actividad que podía ser íntegramente organizada
desde arriba por el comité central del partido. La crítica al reformismo estaba
servida. Bernstein –para quien «el objetivo final del socialismo […] es nada;
el movimiento lo es todo»– sugería la pasiva aceptación de los constantes
cambios operados por el capital en sus condiciones de acumulación, negando
al proletariado toda capacidad autónoma de transformar las relaciones de
producción. Para Luxemburg, en cambio, el movimiento revolucionario se
perfila como un proceso constituyente en el que las organizaciones socialistas
solo pueden desempeñar un papel dirigente orientando aquello que ya existe.
Para Rosa, el partido siempre va por detrás de la capacidad del capitalismo
para innovar, y también de la capacidad creativa de las masas. La disciplina
organizativa es un proceso inherente al desenvolvimiento de la propia
dinámica revolucionaria[37].
En los argumentos de Rosa Luxemburg resonaban los de los
revolucionarios del siglo XIX, pero claramente anuncian los sucesos de 1917.
Estos se precipitarían cuando –en torno de la crisis del zarismo provocada por
las derrotas militares durante la guerra mundial– la memoria de las demandas
populares ahormadas en dicotomías pueblo/oligarquía lograron ser
resemantizadas en un lenguaje de clase y reorientadas con éxito no a la
destrucción del último ancien régime europeo, sino hacia la esperanzadora
construcción del socialismo[38]. Con todo, el bolchevismo adoptaría una
postura intermedia en el debate entre masa, revolución y organización: a la
promoción de los obreros y campesinos adjuntaría una doctrina de partido de
vanguardia al que, además de orientar la acción de estos, le correspondía
velar por su integridad moral[39].
Visto así, la principal debilidad de la Revolución de 1917 no estuvo en que
el Estado tomado por los bolcheviques fuera un aparato absolutista
tradicional en proceso de descomposición acelerada, y no un Estado moderno
comparable al de las naciones capitalistas occidentales[40]. Esto es
ciertamente así, pero no por ello la revolución dejó de ser experimentada
como el proceso político colectivo que construyó al sujeto de la revolución,
asegurando su entusiasmo a la vez la destrucción institucional del sistema
capitalista y la reproducción de las condiciones institucionales del socialismo.
El problema estuvo en que la corrupción moral no podría ser evitada, al hacer
descansar la virtud sobre los lomos de una dirección política que pronto
vendría a nutrir los cuadros de un Estado dispuesto a gestionar la economía.
CONCLUSIÓN: EL ENTUSIASMO COMO MÁSCARA DE LA
REVOLUCIÓN, EN 1917 Y DESPUÉS
Un primer remate de este recorrido resulta tan obvio que no alcanza el
estatus de conclusión: por protagonista que llegue a ser de grandes
acontecimientos epocales, el revolucionario está por naturaleza «sujeto» a un
ciclo vital que no puede gobernar ni moldear a su gusto. Los revolucionarios
pueden dejar de serlo a lo largo de su vida, pero la experiencia de la entrega
sin límites a la causa de la revolución puede ser transmitida entre contextos
cambiantes. La identidad revolucionaria logró quedar inserta en la cultura
moderna hasta configurar una tradición. Y no puede afirmarse que esa
específica forma de pulsión por el reconocimiento haya desaparecido de las
sociedades capitalistas. Más bien lo que ha sucedido es que, por una serie de
avatares –como el propio triunfo de la revolución soviética–, a lo largo del
siglo XX el concepto de entusiasmo ha dejado de ser invocado, al quedar su
campo descompuesto por la distinción marxista entre clase en sí y clase para
sí.
El entusiasmo es un sentimiento político de primer orden de la modernidad
que aún aguarda ser tomado en consideración. Tiene la llave de la
comprensión de muchos fenómenos de acción colectiva. Con todo, si hay un
lema cargado de sentido común en la tradición del radicalismo es que son, en
fin, los hombres y no los conceptos quienes hacen la historia. El universo de
la identidad debería pasar a ser el centro de cualquier historia a secas, más
allá de adjetivos.
Este breve recorrido por la sociogénesis y la psicogénesis de la conciencia
revolucionaria nos enseña otra cuestión que debería animar la comprensión
histórica de los tiempos modernos: en parte debido a la revolución de 1917 y
sus secuelas, durante cien años la cultura democrática ha vivido secuestrada
por el fantasma de la tiranía en cualquiera de sus formas modernas –
dictadura, fascismo, totalitarismo– como distopía esencial contra la que debe
instaurarse la ciudadanía. Al operar así, ha permitido que el capitalismo y sus
terribles efectos morales se enseñoreen por el conjunto de las economías de
mercado. El siglo XXI debería hacer más visible que el principal enemigo de
cualquier forma de autogestión colectiva de los bienes públicos se encuentra
en la anteposición del interés individual –del que la tiranía personal no es
sino una manifestación más, aunque muy dramática por sus marcados efectos
políticos– al interés colectivo. La corrupción de la virtud condiciona la vida
de cualquier democracia; también es el problema principal al que se enfrenta
la identidad revolucionaria, que en esto ha ejercido siempre de faro en las
épocas de mayor oscuridad moral.
La actitud del revolucionario es no obstante distintiva. Lo que distingue
cualquier forma radical de entender la política del entusiasmo revolucionario
es que este no elude la mirada sobre las condiciones morales de la propia
fuerza social de apoyo: además de intentar dotarse de una preclara percepción
de la fortaleza del poder dominante o establecido, el revolucionario no se
engaña acerca de la consistencia y complexión real de la fuerza
revolucionaria, y es partiendo del diagnóstico de las debilidades morales
propias como se dispone a su rearme por medio de la acción colectiva. Una
actitud así –que no es fácil de mantener ni ante la fortuna ni ante la
adversidad– casa muy mal con conceptos como el de resistencia. Por su parte,
etiquetas como el anticapitalismo no dicen nada sobre la postura
revolucionaria de quien las adopta como referente de identidad: la revolución
ni nace de la adopción de un discurso identitario ni depende de la
remoralización de las costumbres, sino de la identificación con la causa de
una actividad política transformadora de la realidad.
Si queremos entender a los revolucionarios, deberíamos hablar de las
máscaras de la revolución. Máscara significa persona, personaje y carácter.
Es a través de la máscara como podemos reencontrar a ese hombre idéntico a
sí mismo que la existencia, con su inevitable tendencia hacia la muerte del ser
a cada instante, va siempre erosionando. La máscara reivindica el tiempo del
ser frente al tiempo del hacer, permitiendo encontrar al sujeto de la
autenticidad, fiel a sí mismo[41]. Es así posible superar la fractura entre
conciencia y acción. El Estado no es la persona de la comunidad, como
pensaba Lorenz von Stein; el movimiento sí lo es. Es también el espacio
natural de la identidad revolucionaria, solo es cuestión de vivirlo con
entusiasmo.
[1] Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, «Prefacio a la segunda edición
alemana» [1892], en Karl Marx y Friedrich Engels, Obras Escogidas de Marx y Engels, Moscú,
Editorial Progreso, 1974, tomo III, p. 463. Las siguientes citas proceden de la p. 468.
[2] Reinhart Koselleck, «Criterios históricos del concepto moderno de revolución», en Futuro
pasado. Por una semántica de los tiempos modernos, Barcelona, Paidós, 1992, pp. 67-85.
[3] La revolución de 1917 es, para autores reputados, la verdadera eclosión de un siglo XX, que está
además enteramente marcado por los avatares de este tipo de movilización colectiva masiva y
transformadora. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX. 1917-1991, Barcelona, Crítica, 1994.
[4] A menudo los revolucionarios se han encontrado con situaciones muy diferentes a las previstas.
Véase Leopoldo A. Moscoso, «El conspirador, la comadrona y la etiología de la Revolución», Zona
Abierta 80-81 (1997), pp. 93-136.
[5] Citado por Arno J. Mayer en The Furies. Violence and Terror in the French and Russian
Revolutions, Princeton (NJ), Princeton University Press, 2000, pp. 161-162.
[6] Tanto o más que en otros sujetos, la identidad del revolucionario no puede explicar sus acciones;
son las acciones las que explican la identidad del revolucionario. En cierto sentido podríamos decir que
el sujeto revolucionario es el producto de esas situaciones en las que no es posible elegir. La remisión
aquí es a la tipología idealizada de Weber. Aunque este clasifica todas las formas de acción no
instrumental como derivaciones o residuos del tipo zweckrational o racionalidad medios-fines, Weber
contemplaba la posibilidad de detectar empíricamente tipos de acción «mixtos», que incluyen la
racionalidad con arreglo a valores (Wertrationalität). Véase Max Weber, Economía y sociedad [1922],
México, Fondo de Cultura Económica, 1993, I, pp. 20-21.
[7] En la escena del cuadro aparecen, seguidos por una multitud de los de su clase, dos hombres y
una mujer con un niño que avanzan decididos hacia el espectador. No piden nada, pero lo reclaman
todo. Tampoco parece haber objetivo ni finalidad en la acción. Estamos ante un acto performativo; en
medio de la huelga revolucionaria no se lucha por los salarios, los salarios ya se han perdido: lo que
viene a tomarse el Cuarto Estado no son los salarios debidos sino el poder. La obra, pintada hacia 1901,
puede verse en el Museo del Novecento de Milán.
[8] La autenticidad aflora no cuando explicamos nuestros actos diciendo quiénes somos, sino cuando
decimos lo que somos por medio de nuestros actos. La diferencia es tajante, pues en el segundo
escenario no cabe la impostura. Por ello el falibilismo moral –la quiebra del sentido de la pertenencia
que la modernidad trajo consigo– encuentra su único antídoto no en el pensar o en el decir, sino en el
ser y el hacer. La búsqueda de la autenticidad no puede plantearse en suma en el terreno del discurso,
sino en el de la acción constitutiva de sujeto. Un ensayo sobre el tema es el de Charles Taylor, La ética
de la autenticidad, Barcelona, Paidós, 1994.
[9] El concepto de entusiasmo apenas ha sido objeto de tratamiento por los especialistas en cultura
política, aunque algo más por quienes se interesan por la historia del pensamiento científico y la
filosofía moral. El abordaje clásico es el de Ronald Knox, Enthusiasm: A Chapter in the History of
Religion with Special Reference to the Seventeenth and Eighteenth Centuries, Notre Dame (In.),
University of Notre Dame Press, 1994 [1950]; desarrollos más recientes en Michael Heyd, «Be Sober
and Reasonable»: The Critique of Enthusiasm in the Seventeenth and Early Eighteenth Centuries,
Leiden, Brill, 1995. Desde la historia conceptual destaca Susie I. Tucker, Enthusiasm: A Study in
Semantic Change, Cambridge, Cambridge University Press, 1972. Un tratamiento teórico, aunque
excesivamente apegado al kantismo, en Jean-François Lyotard, Enthusiasme: la critique kantienne de
l’histoire, París, Galilée, 1986.
[10] La secularización del concepto arranca de la Carta sobre el entusiasmo de Shaftesbury (1708)
en la que este vindica la condición entusiasta como rasgo de la naturaleza humana: «la humanidad sabe
mucho de pánicos» (Barcelona, Crítica, 1997, pp. 103-104).
[11] La primera definición del término «entusiasmo» en el DRAE es de 1780: «Furor poético,
fantasía o idea expresada con dichos y voces extraordinarias, y en cierto modo preternaturales»; en la
edición de 1791 aparece como «El vigor y vehemencia con que hablan o escriben los que son o parecen
inspirados. Dícese comúnmente del furor o arrebatamiento de la fantasía de los poetas». El diccionario
de Domínguez de 1853 acoge ya toda una panoplia de acepciones, que incluyen: «Furor dilectivo o
apasionado por algún objeto que seduce, sorprende, cautiva o arrebata»; «El fuego, la vehemencia, el
vigor, el calor con que se expresan, de palabra o por escrito, los que parecen inspirados, como
parodiadores de profetas»; «La fe que se tiene en alguna persona o cosa, y que mueve a encomiarla con
tono enfático, ponderativo, hiperbólico»; y «Especie de fanatismo o deslumbramiento fascinados,
especie de poético arrebato, que puede recaer sobre temas políticos, sociales, morales, religiosos,
bélicos, democráticos, libres o coercitivos y restrictivos, etc, como también sobre individualidades
aisladas; todo en el campo de la realidad, o en los espacios de la fantasía». Véase el Diccionario de la
Real Academia Española
[http://www.rae.es/].
[12] Jonathan Israel, La Ilustración radical, México, Fondo de Cultura Económica, 2012.
[13] Según muestra por ejemplo la trayectoria de Robespierre, fue menos el pensamiento de
Rousseau que la actitud de este ante la sociedad estamental del París de los salones la que convirtió sus
Confesiones en una suerte de catecismo moral para muchos futuros jacobinos. La anécdota, en Carol
Blum, Rousseau and the Republic of Virtue: The Language of Politics in the French Revolution, Ithaca
(NY), Cornell University Press, 1986. Véase también Peter McPhee, Robespierre: A Revolutionary
Life, New Haven (Conn.), Yale University Press, 2013.
[14] Sobre este concepto, para el contexto abierto en 1789, Mona Ozouf, «La Révolution française et
l’idée de fraternité», en L’homme régéneré. Essais sur la Révolution Française, París, Gallimard, 1989,
pp. 158-182. Reflexiones en torno a él, en un recorrido de sus usos para el caso de España, en Pablo
Sánchez León, «¡Uníos, hermanos proletarios! Trayectoria de la metáfora conceptual de fraternidad en
la modernidad española», en François Godicheau y Pablo Sánchez León (eds.), Palabras que atan.
Metáforas y conceptos del vínculo social en la historia moderna y contemporánea, Madrid, Fondo de
Cultura Económica, 2015, pp. 273-322.
[15] Babeuf transmite al futuro la convicción de que «no hay derrota estéril, porque gracias a la
derrota se educan los revolucionarios y la revolución toma conciencia de sí misma». Cuando la
revolución es aplastada, se disipan las dudas y la verdad resplandece para aquellos que –lejos de la
conmoción popular– están en condiciones de reconocerla; transmitida por estos a la generación
siguiente, permitirá reanudar la lucha. Citado por Daniel Guérin, La lucha de clases en el apogeo de la
Revolución francesa, Madrid, Alianza, 1974, pp. 298-299. Sobre la posteridad de Babeuf, véase Ian H.
Birchall, The Spectre of Babeuf, Basingstoke y Londres, Macmillan, 1997, esp. pp. 83-130.
[16] Sylvie Aprile, Le siècle des exilés. Bannis et proscrits de 1789 à la Commune, París, CNRS
Éditions, 2010.
[17] El propio Manifiesto de los Iguales de Babeuf había insistido en el carácter inconcluso, pero
también precursor, de la Revolución francesa, cuando afirmaba que esta había sido «una guerra
declarada entre los patricios y los plebeyos, entre los ricos y los pobres» y a la vez profetizaba «otra
revolución mucho mayor, mucho más solemne, que será la última». D. Guérin, La lucha de clases en el
apogeo de la Revolución francesa, cit., p. 299. Uno de los acuerdos entre la mayoría de los liberales en
proceso de radicalización era que había que rematar dicha revolución que se había detenido a medio
camino.
[18] La experiencia misma pasaba a ser entendida como comunicable en virtud de la capacidad de
categorización de la inteligencia humana, que incluía también las emociones. J. David Black, The
Politics of Enchantment: Romanticism, Media, and Cultural Studies, Waterloo (Ont.), Wilfrid Laurer
University Press, 2002. Véase también Angela Esterhammer, The Romantic Performative. Language
and Action in British and German Romanticism, Stanford (Ca.), Stanford University Press, 2001.
[19] Nader Saiedi, The Birth of Social Theory: Social Thought in the Enlightenment and
Romanticism, Lanham (MD), University Press of America, 1993, y Patrick Joyce, Democratic Subjetcs.
The Self and the Social in XIXth-Century England, Cambridge, Cambridge University Press, 1995.
[20] Su Geschichte der sozialen Bewegung in Frankreich von 1789 bis auf unsere Tage (1846) tiene
una traducción incompleta al castellano: Movimentos sociales y monarquía, Madrid, Centro de Estudios
Políticos y Constitucionales, 2009 [1957].
[21] Esto se subraya en la réplica de Marx a Bruno Bauer en La cuestión judía (1844): el fin de la
revolución política es emancipar a los individuos de los vínculos que los sitúan dentro de una red de
relaciones como las de la sociedad estamental. Ahora bien, si mañana los judíos de Alemania dejaran
de ser judíos no estarían un ápice menos oprimidos, porque la causa de su opresión no depende de su
conciencia sino de su existencia. Son el capitalismo alemán y el Estado los que oprimen a los judíos de
Alemania. Una revolución política que los liberase de sus vínculos políticos con la sociedad estamental
les abriría un espacio en el que poder perseguir sus intereses, pero no los emanciparía de las relaciones
sociales que los oprimen y de las que en último término dependen sus creencias en esa Illusorische
Gemeinschaft que es el Estado alemán que los discrimina por su religión. Karl Marx, «Sobre la cuestión
judía», en Obras completas de Marx, Moscú, Editorial Progreso, 1968, X, pp. 12-56.
[22] «[L]os alemanes han pensado en política lo que otros pueblos han hecho», Karl Marx,
Introducción a la «Crítica de la filosofía del derecho» de Hegel, Valencia, Pre-Textos, 2014, p. 59.
[23] Solo así se produce el milagro de la fraternidad: la clase revolucionaria coincide con la sociedad
en su entusiasmo conjunto, «se confunde con ella, y es sentida y reconocida como su representante
general. En ese momento sus reivindicaciones y derechos son verdaderamente las reivindicaciones y
derechos de la sociedad misma cuya cabeza y corazón es realmente. Solo en nombre de los derechos
generales de la sociedad puede una clase específica reclamar para sí el interés general». Ibid., p. 67.
[24] En efecto, el propio panfleto debe ser entendido en sí como un motor de entusiasmo. Seguimos
en lo siguiente la interpretación de la obra que hizo posible el cuidado estudio de Gareth Stedman
Jones, «Introducción», El manifiesto comunista de Marx y Engels, Madrid, Turner, 2004, pp. 1-135.
[25] En suma, Marx confundió la clase obrera naciente con lo que era en realidad la clase obrera
tradicional. El argumento, en Manuel Pérez Ledesma, «El proletariado y las revoluciones proletarias»,
en El Obrero Consciente, Madrid, Alianza, 1987, pp. 15-33. A mediados del siglo XIX la fuerza
revolucionaria no estaba en los trabajadores del futuro, sino en los del pasado: la pequeña burguesía
tradicional y el artesanado de la protoindustrialización. El lenguaje de estos no era además de clase,
sino de pueblo. Véase Gareth Stedman Jones, Lenguajes de clase. Estudios sobre la clase obrera
inglesa (1832-1989), Madrid, Siglo XXI, 1989 (reimp. 2014).
[26] Eric J. Hobsbawm, La era del capital, 1848-1875, Barcelona, Crítica, 2011.
[27] Charles Tilly, Louise Tilly y Richard Tilly, The Rebellious Century, 1830-1930, Cambridge
(Mass.), Harvard University Press, 1975, pp. 216, 236 y 268-69 (existe edición en castellano, Zaragoza,
Prensas Universitarias, 1997). Suele citarse la célebre tesis de Sombart que relaciona el componente
migratorio del movimiento obrero norteamericano con la ausencia de un partido obrero organizado en
Estados Unidos, y por tanto de socialismo. Werner Sombart, Warum gibt es in den Vereinigten Staaten
keinen Sozialismus?, Tubinga, Mohr, 1906, sección III, capítulo 3 (existe versión en castellano: «¿Por
qué no hay socialismo en los Estados Unidos?», Revista Española de Investigaciones Sociológicas
71/72 [1995], pp. 277-370).
[28] La imagen retrospectiva de la Comuna como fermento de contracultura en el siglo XX, en Greil
Marcus, Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX, Barcelona, Anagrama, 1999.
[29] Karl Marx, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, Buenos Aires, Anteo, 1973,
prólogo de Engels de 1895, pp. 16 y 26, respectivamente. Y añade: «la ironía de la historia universal lo
pone todo patas arriba. Nosotros, los «revolucionarios», los «elementos subversivos» prosperamos
mucho más con los medios legales que con los medios ilegales y la subversión. Los partidos del orden,
como ellos se llaman, se van a pique con la legalidad creada por ellos mismos. Exclaman
desesperadamente, […]: La légalité nous tue…», pp. 34-35. La cita siguiente es de la página 29 de la
misma obra [para una edición más accesible y reciente, véase Las luchas de clases en Francia de 1848
a 1850, en K. Marx y F. Engels, Obras escogidas, vol. 1, Madrid, Akal, 2016, pp. 112-245].
[30] Robert Mayer, «Marx, Lenin, and the Corruption of the Working Class», Political Studies XLI
(1993), pp. 636-649.
[31] La revolución aparecía así como el resultado de una necesidad histórica que conducía tanto a la
democratización del Estado como a la organización racional de la economía. Para Kautsky, que redactó
el Programa de Erfurt en 1891, una vez que el proletariado constituía la mayoría social, la lucha
democrática habría de convertirla en mayoría política. El proletariado podría así configurar el Estado de
acuerdo con sus propias exigencias. El programa mínimo del SPD se levanta en suma sobre la plena
aceptación del principio representativo como instrumento para cambiar de rumbo, no el poder del
Estado, sino el predominio ejercido sobre él por los estratos agrarios y burgueses. Toda modificación de
las relaciones sociales es, no obstante, pospuesta hasta el periodo siguiente a la toma del poder político
[puede
consultarse
online
el
programa
en
https://www.marxists.org/archive/kautsky/1892/erfurt/index.htm].
[32] En efecto, ante la ofensiva parlamentaria de la socialdemocracia obrera en Alemania había
vislumbrado Engels la lógica que adoptará la respuesta de la burguesía: la vulneración del propio marco
legal defendido por los partidos del orden a partir de leyes antisocialistas y antiobreras; en suma, el
avance hacia el estado de excepción. Engels, prólogo a Las luchas de clases en Francia de 1848 a
1850, cit., pp. 35-36.
[33] Así, mientras para la socialdemocracia la huelga general era un medio para que el proletariado
conquistase o consolidase su acceso al poder, los anarquistas en cambio consideraban la acción directa
asociada a la huelga general revolucionaria como un medio para suprimir el poder. Véase el excelente
prólogo de Heleno Saña a la obra de Karl Kautsky Parlamentarismo y democracia, Madrid, Editora
Nacional, 1982. La obsesión con identificar el anarquismo ante todo con la actitud antipolítica revela el
peso de una mirada liberal en la historiografía. Convendría en ese sentido revisar críticamente el ensayo
pionero de José Álvarez Junco, La ideología política del anarquismo español (1868-1910), Madrid,
Siglo XXI, 1976.
[34] La noción de búsqueda –como parusía– inscrita en el milenarismo y su dinámica de aceleración
de los tiempos hacia el Juicio Final la tomamos del clásico de Norman Cohn, En pos del milenio.
Revolucionarios, milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media, Madrid, Alianza Editorial,
1981. Véase también Leopoldo A. Moscoso, «Si tomo la ballesta, ¡Vive el cielo! Los movimientos
sociales en los días de la cólera», en José Álvarez Junco et al., El historiador consciente. Homenaje a
Manuel Pérez Ledesma, Madrid, Marcial Pons y Universidad Autónoma de Madrid, 2015, pp. 335-362.
[35] Las diferencias con España se extremaron en este escenario, pues la Semana Trágica de 1909 –
lo más parecido a un levantamiento popular antiimperialista y por la justicia social que produjo la crisis
de la Restauración tras la pérdida de las viejas colonias de ultramar– desembocó en la creación del
sindicato anarquista CNT, mientras el socialismo era acogido como moda en los salones de la
intelectualidad conservadora. Un panorama sobre lo primero, en Eloy Martín Corrales (ed.), Semana
Trágica. Entre las barricadas de Barcelona y el Barranco del Lobo, Barcelona, Bellaterra, 2011.
Acerca de lo segundo, Manuel Menéndez Alzamora, La generación del 14. Una aventura intelectual,
Madrid, Siglo XXI, 2009. La recomposición de la identidad revolucionaria tendrá que esperar en
España al estallido de la revolución soviética.
[36] «[E]l elemento espontáneo desempeña en las huelgas de masas de Rusia un papel tan
predominante no porque el proletariado ruso no esté “educado” sino porque las revoluciones no se
dejan educar», Rosa Luxemburg, Huelga de masas, partido y sindicatos, Madrid, Siglo XXI, 1978
(reed. 2015), p. 66.
[37] Para Luxemburg, la revolución tiene que dar lugar a una fuerte expansión de la esfera pública,
no entendida de manera universalista como lo hace el liberalismo, sino como locus de la dictadura del
proletariado, que debe inevitablemente entenderse como un espacio de comunicación pública y libre:
«libertad es siempre y solamente libertad de quien piensa distinto». Rosa Luxemburg, «Sobre la
revolución rusa», en Scritti Politici, Roma, Editori Riuniti, 1974, pp. 563-595. La cita, en la p. 589
(traducción nuestra). Esta visión contrasta con todas las variedades de dictaduras jacobinas que,
dirigidas por quienes se tienen por representantes de una clase popular, la consideran al tiempo incapaz
de hablar en primera persona y convierten el gobierno obrero en la dictadura de un puñado de políticos.
[38] Orlando Figes y Boris Kolonitskii, Interpreting the Russian Revolution: The Language and
Symbols of 1917, New Haven y Londres, Yale University Press, 1999, esp. pp. 104-126.
[39] Frente a Kautsky –que creía que Luxemburg estaba demasiado aturdida por los sucesos de Rusia
y le recriminó su acercamiento a la tradición anarquista– Trotsky defendería a Rosa Luxemburg,
aunque casi en solitario a partir del periodo estalinista. La conciliación entre el elemento conspirativo,
intencional y organizado de un lado y, de otro, el elemento insurreccional y espontáneo de la revolución
social nunca dejaría de estar en el centro de la reflexión teórica sobre la revolución, hasta el punto que
en su Historia de la Revolución rusa (1932), el propio Trotsky llegaría a referirse a ella por medio de
una metáfora obstétrico-ginecológica que buscaba reconciliar ambos elementos: «la intromisión
consciente en un proceso elemental» o natural. Cfr. L. Moscoso, «El conspirador, la comadrona y la
etiología de la Revolución», cit.
[40] «La revolución rusa no se hizo en modo alguno contra un Estado capitalista […] Los
bolcheviques hicieron una revolución socialista, pero desde el principio hasta el fin nunca se
enfrentaron contra el enemigo central del movimiento obrero de Occidente». Perry Anderson, El
Estado absolutista, Madrid, Siglo XXI, 1979 (reed. 2010), p. 368.
[41] Alessandro Pizzorno, Sulla mascara, Bolonia, Il Mulino, 2008.
3. El experimento bolchevique: la república, la
democracia y los críticos marxistas de su tiempo[1]
Antoni Domènech
Como hilo en la mar es la palabra /
Hondo sendero la acción labra.
(Henrik Ibsen, Casa de Muñecas, 1879)
En muchos sentidos, la Revolución rusa de octubre de 1917 fue el
acontecimiento más determinante del siglo XX. Lo mínimo que puede decirse
de su estallido es que fue inopinado. No menos sorprendente resultó para sus
coetáneos el afianzamiento y la posterior consolidación del poder
bolchevique en medio de todas las calamidades imaginables, incluida una
espantosa guerra civil contrarrevolucionaria fomentada, primero, por el
Estado Mayor de una Alemania guillermina agonizante y, luego, por las
potencias vencedoras de la Entente (Francia, Inglaterra y EEUU), que se
saldó con no menos de ocho millones de muertos entre bajas en combate y
víctimas de hambrunas. A pesar de que hoy asociamos invariablemente el
nombre de la Revolución rusa al «marxismo», lo cierto es que no resultó
menos inopinada ni menos sorprendente para el grueso de los sedicentes
marxistas de carne y hueso. Tanto para los marxistas partidarios de ella,
como para los marxistas que se manifestaron críticos o aun abiertamente
hostiles desde el primer momento.
Es sobradamente conocido que el joven Gramsci, deslumbrado por ella,
habló inmediatamente de una «Revolución contra El capital» de Karl
Marx[2].
Y uno de sus críticos socialistas más tempranos, Karl Kautsky –el «Papa
del marxismo» de la época–, lo resumió retrospectivamente así:
Yo me decía: si Lenin tiene razón, vano habrá sido el trabajo de toda mi vida consagrada a
expandir, aplicar y desarrollar el mundo de ideas de mis grandes maestros Marx y Engels. Yo
sabía, naturalmente, que Lenin se pretendía el más ortodoxo de los marxistas. Pero si llegaba a
tener éxito en lo que emprendía y prometía, eso sería la prueba de que la evolución social no sigue
unas leyes rígidas y que es falsa la idea de que un socialismo viable no puede desarrollarse
independientemente más que allí donde un capitalismo industrial superiormente desarrollado ha
creado un proletariado industrial no menos superiormente desarrollado[3].
El éxito del bolchevismo, para bien o para mal, vendría a ser la refutación
del «marxismo» entendido como teoría de una «evolución social» gobernada
por unas «leyes rígidas». Con raras excepciones, esa interpretación
kautskiana ortodoxa del legado intelectual de Marx y Engels era ampliamente
compartida por la socialdemocracia del cambio de siglo, es decir, por el
«marxismo» ortodoxo que se fabricó doctrinalmente y «se adaptó» a la Belle
Époque (1871-1914: entre el fin de la Guerra franco-prusiana y el estallido de
la Primera Guerra Mundial).
El historiador conservador alemán Golo Mann (1909-1994) llamó
celebérrimamente a esa época la «Era de la Seguridad»[4]. Lo mismo hizo el
escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), quien llegó a hablar
nostálgicamente en sus aclamadas memorias de una «era dorada de la
seguridad»[5]. Y el que fue sin duda el más grande historiador de la
Revolución rusa en el siglo XX, el académico y diplomático británico de
izquierda liberal E. H. Carr (1892-1982), trazó expresivamente en esos
mismos términos el perfil general del mundo de su infancia y primera
juventud:
«Seguridad» es la primera palabra que se me ocurre cuando miro retrospectivamente a mi
juventud: «seguridad» no solo en las relaciones familiares, sino en un sentido apenas imaginable
luego de 1914. […] El mundo era sólido y estable. Los precios no cambiaban. Los ingresos, si
cambiaban, lo hacían para subir –gracias a una prudente gestión–. Todo el mundo era así. Un buen
sitio, que iba a mejor. Y este país lo dirigía por la buena senda. Había, sin duda, abusos, pero se les
hacía –o podía hacérseles– frente. Se necesitaban cambios, pero el cambio era automáticamente
cambio a mejor. Decadencia era un término a la vez enigmático y paradójico[6].
Fuera de Europa, los historiadores latinoamericanos, por ejemplo, hablan de
ese tiempo, con más reticencia, como de la «Edad de oro del proyecto
oligárquico»[7]. Y si atendemos retrospectivamente al conjunto del planeta,
la palabra «seguridad» no sería lo primero que a uno se le ocurriría, y sí,
probablemente, «decadencia». Las hambrunas y catástrofes climáticas y
humanas provocadas por la gran oleada de mundialización colonizadora
capitalista que fue la Belle Époque en los años ochenta y en los noventa del
siglo XIX provocaron, solo en China, la India y Egipto, más muertes que toda
la Gran Guerra de 1914-1918 en lo que Mike Davis ha llamado muy
pertinentemente los «holocaustos tardovictorianos»[8].
El principio del fin de la «Edad de oro del proyecto oligárquico» en
América Latina –economías primarizadas orientadas a la exportación a un
mercado mundial ya fuertemente oligopolizado– no fue la Gran Guerra de
1914, sino la Revolución mexicana de 1910. Pero bien podría decirse que fue
la Revolución mexicana la que de verdad abrió el ciclo revolucionario que
enterró a escala planetaria la «Era de la Seguridad»: la Revolución china de
1911, las dos Revoluciones rusas de 1917 (precedidas de la fracasada de
1905) y el rimero de revoluciones y contrarrevoluciones entre 1918 y 1939
(Alemania, Austria, Hungría, Italia, China, España, etc.) que culminó en la
Guerra Civil Española (1936-1939), preludio trágico de la Segunda Guerra
Mundial.
Es significativo que la II Internacional socialdemócrata condenara sin
reservas la Revolución mexicana. Y más significativos aún, los términos en
que la condenó: era una revolución campesina plebeya (potencialmente
anticapitalista, pues), cuando lo que estaba a la orden del día en un país como
México era muy otra cosa, culminar una «revolución burguesa». Su estallido,
que tumbó al despotismo desarrollista –«progresista», si así quiere decirse–
de Porfirio Díaz, violaba, entonces, como diría Kautsky años después de la
bolchevique, las «leyes rígidas» de la «evolución social». La Revolución
mexicana –así se expresaba una declaración del Partido Socialista de
Uruguay– carecería
de una noción clara de la sociedad y de la historia […] y no sabe, por tanto, que el capitalismo, en
la fase histórica contemporánea, está en un momento culminante de la expansión y predominio del
mercado internacional[9].
Rusia no era México, claro. Era, por lo pronto, un imperio autocrático
multinacional largamente agrario: más de la mitad del ingreso nacional
procedía del campo, más del 80 por 100 de la población era campesina, solo
una sexta parte vivía en las ciudades, y el proletariado industrial representaba,
como mucho, la mitad de esa población urbana. Al tiempo que imperialmente
colonizador, sin embargo, el Imperio de los Romanov estaba, a su vez,
ampliamente colonizado por el capital extranjero: los inversores occidentales
poseían el 90 por 100 de las minas rusas, el 50 por 100 de las industria
química, más del 40 por 100 de las instalaciones de ingeniería y cerca del 42
por 100 de las acciones bancarias. Y Rusia, a diferencia de México, había
estado desde el primer momento en el centro de las preocupaciones del
socialismo internacional, muy particularmente, claro está, del alemán. Puede
decirse sin exageración que la elite intelectual del socialismo ruso, en sus
distintas corrientes, estaba perfectamente integrada en la discusión socialista
europeo-occidental, en muy buena parte a causa del gran número de exilados
del zarismo en Zúrich, París, Londres, Viena o Berlín.
Es muy conocido ahora el intercambio epistolar de 1881 entre Marx (1818-
1883) y la socialista populista rusa Vera Zasúlich (1849-1919). En ese
intercambio, Marx rectificaba la interpretación corriente de su obra El capital
como una especie de teoría universal de la historia, según la cual el modo de
producir capitalista y la progresiva colonización por este del conjunto de la
vida social y económica era una fase ineluctable por la que había
necesariamente que pasar para llegar al socialismo. Marx restringía
históricamente la validez de lo dicho en el libro primero de El capital (1867),
el único que publicó en vida, a Europa occidental y, más particularmente, a
Inglaterra:
El análisis presentado en El capital no da, pues, razones, en pro ni en contra de la vitalidad de la
comuna rural, pero el estudio especial que de ella he hecho, y cuyos materiales he buscado en las
fuentes originales, me ha convencido de que esta comuna es el punto de apoyo de la regeneración
social en Rusia. Mas para que pueda funcionar como tal será preciso comenzar eliminando las
influencias deletéreas que la acosan por todas partes y, acto seguido, asegurarle las condiciones
normales para un desarrollo espontáneo[10].
Ya cuatro años antes, Marx pensó en enmendar epistolarmente al director
del periódico ruso Otiechéstvennie Zapiski:
… si Rusia persevera por el camino emprendido desde 1861, perderá la más hermosa
oportunidad que jamás haya ofrecido la historia a un pueblo, y tendrá que apechar con todas las
fatales vicisitudes del sistema capitalista[11].
Como se ve, eso no tiene nada que ver con «leyes rígidas de la evolución
social».
Es bien sabido que el «marxismo» conquistó fulminantemente a la
intelligentsia rusa, no solo radical, sino liberal también, en el último cuarto
del siglo XIX. Se puede recordar, por ejemplo, que Marx tuvo una excelente
relación científica y personal con el historiador republicano-demócrata de la
comuna agraria rusa Maksim Kovalevsky (1851-1916)[12]. Pero el
«marxismo» que cuajó en Rusia no fue el de la carta a Vera Zasúlich, que
conquistó a la populista para la causa socialdemócrata, ni el que había
fascinado –sin llegar a «convertirlo»– al gran Kovalevsky, sino el de las
supuestas «leyes rígidas de la evolución social». La atrasada y autocrática
Rusia tenía que pasar volens nolens por una fase de desarrollo capitalista
antes de poder siquiera plantearse la realización de algo parecido al
socialismo. Los liberales, los socialistas de cátedra y los llamados «marxistas
legales» –como Pyotr Struve (1870-1944) o el gran economista ruso-
ucraniano Mijaíl Tugan-Baranovsky (1865-1919)– leyeron indiscutiblemente
a Marx como poco menos que un apóstol de la modernización capitalista.
En lo tocante a los socialistas políticos, tras el fracaso del socialismo
agrario populista de los narodniki de la generación de Herzen, Bakunin y
Chernishevski –a la que el campesinado dio dolorosamente la espalda en las
décadas de 1860 y 1870– y tras el fracaso de la segunda generación
populista-terrorista hipervanguardista de los narodnovoltsy en la década
siguiente –el hermano mayor de Lenin, Sasha, fue ejecutado en 1887 por un
atentado contra Alejandro III–, se formó una nueva generación de
revolucionarios marxistas que, hostil al terrorismo conspiratorio y a lo que
ellos entendían como acrítica glorificación del campesinado, optó
decididamente por la organización democrática en forma de partidos y
sindicatos obreros de masas. La enérgica industrialización de la Rusia del fin
de siècle –en parte por «el camino emprendido desde 1861» de que habló
Marx en 1877– y la consiguiente formación de un proletariado industrial
fresco y combativo en Moscú y, sobre todo, en la capital Petesburgo vino a
echar aquí una mano al nacimiento y consolidación de la socialdemocracia
marxista rusa.
Lenin dijo una vez que Kautsky tenía más lectores en Rusia que en
Alemania. Y era verdad. Hacia 1910, la polémica entre la ortodoxia del
«Papa del marxismo» y su gran contrincante «revisionista» de 1898,
Bernstein, era casi una antigualla histórica en la socialdemocracia alemana.
Ya en los últimos años de Bebel, una legión de funcionarios de partido –
Legien, Ebert, Scheidemann, etc.– se había hecho con el control del SPD, y
para esos funcionarios el «marxismo» o cualquier idea teórico-política que no
tuviera que ver con el día a día de la lucha sindical y parlamentaria y con la
gestión cotidiana de la imponente contrasociedad civil que había ido
levantando la socialdemocracia –esa maravillosa red de periódicos, revistas,
editoriales, cooperativas, entidades financieras, universidades, clubs
deportivos, teatros, bibliotecas, casas del pueblo, etc.– era poco más que un
adorno cosmético carente del menor interés. Pero bajo la autocracia zarista, la
situación era muy distinta. El marxismo ortodoxo retóricamente
revolucionario de Kautsky tenía un gran público potencial. Rusia necesitaba
una revolución que derrocara al zarismo y la constituyera como República
democrática. No por casualidad, fue la polaca-rusa establecida en Berlín Rosa
Luxemburg –quien ya había polemizado con Bernstein en 1898 con
argumentos mucho más inteligentes que los de Kautsky– la que agitó las
aguas del SPD en 1910 planteando como perentoria la necesidad de pelear
por una República democrática en la próspera Alemania guillermina a la que
tan estupendamente parecía adaptarse la «bien probada táctica» de pacientes
y continuos avances socialdemócratas[13]. La estólida respuesta de Kautsky,
que había censurado previamente la publicación del texto de Rosa en la Neue
Zeit, fue esta:
Ya en su posición de partida anda errada. En el programa de nuestro partido no hay ni una sola
palabra sobre la República[14].
Seis años antes, en el Congreso de Ámsterdam de la II Internacional, se
había asistido a un duelo entre el jefe de la socialdemocracia alemana, Bebel,
y el jefe del ala republicana del socialismo francés, Jean Jaurès,
inveteradamente enfrentado al sectarismo del supuesto «marxista ortodoxo»
Jules Guesde. Criticando la política jauresiana de colaboración con la
izquierda republicana pequeñoburguesa en la construcción y defensa de una
República laica en la estela del caso Dreyfus, Bebel llegó a decir:
Por mucho que envidiemos a los franceses vuestra República, ni se nos ocurriría dejarnos cortar
la cabeza por ella.
Monarquía semiautocrática, o constitucional, o parlamentaria, o República,
ya parlamentaria, ya presidencialista, no serían sino distintas formas de
Estado burgués, aptas de distinta manera al mantenimiento del dominio
capitalista de clase: esa era la idea central de Bebel. Aparentemente, la
socialdemocracia alemana ya ni se acordaba de la durísima crítica del viejo
Engels al Programa de Erfurt redactado por el propio Kautsky en 1891:
En el SPD se fantasea con la idea de que «la presente sociedad va creciendo hacia el
socialismo». Pero no se pregunta si con ello, y con igual necesidad, la sociedad crece desbordando
su vieja constitución social, de manera que ese viejo caparazón, como el del cangrejo en
crecimiento, tiene que estallar también violentamente. Como si en Alemania la sociedad no tuviera
que romper además las cadenas de un orden político todavía semiabsolutista […] Se puede
concebir que la vieja sociedad crezca y se desarrolle pacíficamente en el sentido de la nueva en
países en los que la representación política concentra en sí todo el poder […] pero proclamar eso
en Alemania […] y proclamarlo encima sin necesidad, significa aceptar la hoja de parra con que
cubre el absolutismo sus vergüenzas, y atarse uno mismo a la propia indefensión.
Sea ello como fuere, la réplica del «heterodoxo» Jaurès al «ortodoxo»
Bebel fue memorable y trágicamente premonitoria:
Lo que hoy en Europa y en el mundo resulta un lastre para el mantenimiento de la paz, para el
aseguramiento de las libertades políticas, para el progreso del socialismo y de la clase obrera, no
son los supuestos compromisos, los ponderados ensayos de los socialistas franceses que se han
aliado con la democracia para salvar la libertad, el progreso y la paz del mundo, sino la impotencia
política de la socialdemocracia alemana. […] Hay en el proletariado alemán ejemplos de admirable
entrega. Pero en su historia no hay tradición revolucionaria alguna. No ha conquistado el sufragio
universal en las barricadas.
Bebel murió en 1910. Cuatro años después, el 3 de julio de 1914, el
enérgico pacifista internacionalista Jaurès fue asesinado por un nacionalista
belicista de extrema derecha en París. Y solo unas semanas después, en
agosto, el maximalista ortodoxo Guesdes y los marxistas ortodoxos alemanes
capitularon vergonzosamente y votaron en sus respectivos parlamentos los
créditos de guerra y la union sacrée y el Burgfrieden con sus respectivas
burguesías nacionales. Fue el final de la Internacional Socialista tal como la
había concebido su principal fundador, Engels, en 1889.
La socialdemocracia rusa (mencheviques y bolcheviques) se mantuvo en
posiciones internacionalistas y no apoyó la guerra. Los mencheviques
apoyaban una paz incondicional justa y sin anexiones territoriales que pusiera
fin a la carnicería. Los bolcheviques tenían eso por ilusorio, y abogaron desde
el principio por poner fin a la Gran Guerra promoviendo guerras civiles de
clase que derrocaran a las respectivas burguesías belicistas. Lenin no veía la
Gran Guerra como un fenómeno excepcional y desgraciado que venía a
interrumpir trágicamente la Era de la Seguridad, sino, lúcida y
premonitoriamente, como el comienzo de un tiempo histórico radicalmente
distinto:
El imperialismo pone en riesgo el destino de la cultura de Europa: esta guerra no tardará en ser
seguida por otras, a menos que haya revoluciones exitosas. Todo esta cháchara huera de la «última
guerra» es una peligrosa fabricación engañosa, «mitología» filistea […] La bandera proletaria de la
guerra civil no solo juntará a centenares de miles de obreros con consciencia de clase, sino a
millones de semiproletarios y pequeñoburgueses […] a los que los horrores de la guerra no solo
amedrentarán y deprimirán, sino que los ilustrarán, también; los instruirán, los espabilarán, los
organizarán, los templarán y los prepararán para la guerra contra la burguesía del «propio» país y
de los países «extranjeros». Y eso ocurrirá, si no hoy, mañana; si no durante la guerra, luego de la
guerra; si no en esta guerra, en la próxima[15].
Tal como había pronosticado (y temido) el viejo Engels, la guerra cerró
definitivamente la «Era de la Seguridad» y reabrió un ciclo revolucionario
clásico a escala mundial como el que se había vivido entre 1789 y 1871.
Rusia, la potencia industrialmente más atrasada de Europa, conoció una
primera revolución en febrero de 1917, que terminó con la monarquía
imperial de los Romanov, y una segunda revolución en octubre, que derribó
al gobierno provisional y transfirió todo el poder a los consejos (soviets) de
obreros, campesinos y soldados. Y en Alemania, la potencia industrialmente
más avanzada de Europa, la llamada Revolución de Noviembre de 1918 puso
fin a la monarquía semiautocrática de los Hohenzollern. La revolución rusa
de octubre de 1917 llevó al poder a los bolcheviques que, entre abril y
septiembre de ese año, pasaron vertiginosamente de ser una minoría en los
soviets a conquistar una amplia mayoría en ellos. La revolución alemana de
noviembre de 1918 llevó al poder a una coalición de los dos partidos obreros
en que se había escindido la socialdemocracia en 1916: el SPD, ahora
llamado MSPD o «Socialdemocracia Mayoritaria», y el USPD, el Partido
Socialdemócrata Independiente en que habían terminado confluyendo viejos
rivales: Kautsky, Bernstein y Rosa Luxemburg.
La potencia más avanzada y la más atrasada, Alemania y Rusia, se
convertían ahora en laboratorios de dura prueba práctica para los distintos
«marxismos» teóricos tan hondamente arraigados en ambos países. Por
ejemplo, para las ideas de lo que era una revolución «burguesa» y una
revolución «proletaria», concebidas por el kautskismo como etapas políticas
correspondientes a distintos estadios de la «evolución social y sus leyes
rígidas».
Alemania era ya la primera potencia industrial del planeta y contaba con el
más disciplinado, afianzado y multitudinario movimiento obrero del mundo.
Pero la monarquía guillermina ni siquiera era una monarquía parlamentaria:
era una monarquía semiautocrática puramente constitucional (como la
austrohúngara o la española), en donde el Reichstag, además de ser
políticamente impotente –no tenía capacidad para derribar un gobierno–, era
elegido por un particular sufragio censitario que dividía a la población en tres
categorías fiscales (Dreiklassenwahlrecht), a cada una de las cuales se
asignaba un tercio de diputados. ¿Cómo tenía que entenderse, pues, la
Revolución de Noviembre de 1918, como una revolución «burguesa» o como
una revolución «proletaria»?
Y aun cuando muchos coincidían en que la revolución rusa de febrero de
1917 había sido una revolución «burguesa» porque, en efecto, había
inicialmente llevado al gobierno provisional a una coalición liberal sin
socialistas de ninguna tendencia, lo cierto es que, como todas las
revoluciones supuestamente «burguesas», vino de un levantamiento del
pueblo trabajador, concretamente un 8 de marzo (según el calendario
gregoriano), día internacional de la mujer trabajadora –una tradición que
inauguraron Rosa Luxemburg y Clara Zetkin en 1910–, en el que decenas de
miles de obreras se manifestaron en Petrogrado para protestar contra la
escasez de alimentos y contra la guerra que se había llevado ya a tantos
maridos, hijos y hermanos[16]. Y en la manifestación proletaria
preinsurrecional ya mayoritariamente bolchevique del 18 de junio de 1917,
los manifestantes se volcaron sobre la Avenida Nevsky de Petrogrado
cantando (como el pueblo trabajador de Barcelona la noche del 14 de abril de
1931) ¡la –¿«burguesa»?– Marsellesa![17].
Precisamente, uno de los más perceptivos críticos coetáneos del
experimento bolchevique fue el gran historiador francés Albert Mathiez
(1874-1932), que venía desde comienzos de siglo renovando los estudios de
la Revolución francesa y que había rehabilitado completamente a Robespierre
y al Partido de la Montaña contra todas las leyendas fabricadas en su daño a
lo largo del siglo XIX. Mathiez se entusiasmó inicialmente con la Revolución
de Octubre, y a tal punto, que ingresó en el Partido Comunista Francés en
1920. Notó que Lenin conocía muy bien el desarrollo de la Revolución
francesa –la había estudiado a fondo, y no sobre fuentes secundarias, sino con
escrupuloso trabajo en fuentes primarias guardadas en la Bibliothèque
Nationale y en otros archivos municipales en sus años de exilio parisino– y
observó que el asalto al poder de los bolcheviques entre junio y octubre de
1917 replicaba y guardaba muchas analogías con el ascenso montagnard al
poder a partir del 10 de agosto de 1792 (el 22 de septiembre se proclamaría la
I República Democrática francesa). Mathiez publicó un célebre artículo,
«Bolcheviques y Jacobinos», que Gramsci tradujo inmediatamente al italiano
para su revista Ordine Nuovo[18].
No será necesario decir que para Mathiez, robespierrista convencido, eso no
era una censura al bolchevismo, sino todo lo contrario. La idea –
inmediatamente puesta en circulación por muchos de sus enemigos y repetida
luego hasta la náusea por toda la historiografía banderizamente
conservadora– de que Lenin y los bolcheviques se habrían limitado a dar un
golpe de Estado en octubre de 1917 no podía serle más ajena. Al contrario,
Mathiez no habría podido estar más de acuerdo con la historiografía actual
que, disponiendo de archivos inaccesibles hasta hace pocos años, prueba
concluyentemente la amplia base de masas y el carácter democrático de la
toma del poder bolchevique. En el prólogo a su reciente y aclamado libro
sobre el primer año del poder bolchevique, Alexander Rabinowitch escribe:
Llegué [en mi anterior libro][19] a la conclusión de que la Revolución de Octubre en Petrogrado
no fue tanto una operación militar, sino más bien un proceso paulatino desarrollado sobre el
terreno de una cultura política profundamente arraigada en la población, así como de una amplia
insatisfacción con los resultados de la Revolución de Febrero combinada con la fuerza del
irresistible atractivo de las promesas de los bolcheviques: paz, pan y tierra inmediatamente para los
campesinos y una democracia de base a través de los soviets multipartidistas. Pero esa
interpretación arrojaba tantas preguntas como contestaba. Aun cuando parecía claro que el éxito
del partido bolchevique en 1917 se debía en buena medida a su naturaleza y a su acción abiertas,
relativamente democráticas y descentralizadas, ¿cómo explicar entonces que ese partido se
convirtiera tan rápidamente en una de las organizaciones políticas más robustamente centralizadas
y autoritarias de la época moderna?[20].
El diagnóstico de Mathiez sobre esa rápida evolución del bolchevismo
democrático hacia una dictadura de partido único que le llevó a él mismo a
romper muy tempranamente (1922) con el comunismo fue que esa dictadura
no tenía nada que ver con la dictadura democrática montagnard. Ni siquiera,
por ejemplo, en el pico extremo del Terror jacobino (1793-1794), asediada la
República por los ejércitos de las potencias monárquicas reaccionarias de
Austria y Prusia, sumados al «ejército de los príncipes» del aristócrata
emigrado Condé –a sueldo de Austria, Inglaterra y Rusia–; ni siquiera en esa
circunstancia, digo, limitó el Comité de Salud Pública la libertad de
expresión, como sí hicieron los bolcheviques ya a partir de enero de 1918.
Hay que observar que «dictadura» no significaba hasta bien entrado el siglo
XX lo mismo que ahora. En la tradición clásica romana, una «dictadura» era
una institución republicana, merced a la cual, en periodos extremos de guerra
civil, el «pueblo» –es decir, el Senado– comisionaba y encargaba todo el
poder ejecutivo a un dictator por un periodo limitado de tiempo
(normalmente, seis meses), terminado el cual estaba obligado a rendir cuentas
ante sus comitentes de lo que había hecho o dejado de hacer durante ese
periodo excepcional de plenos poderes. Es decir, la «dictadura» en el sentido
clásico del término era una institución fideicomisaria, no un despotismo
«soberano» como han sido, o tendido a ser, de maneras muy distintas[21], las
dictaduras que ha conocido el siglo XX: Stalin, Mussolini, Hitler, Franco,
etcétera.
Cuando Barère presenta ante la Convención legislativa republicana su
proyecto para sustituir el ineficiente Comité de Defensa General –luego de la
traición del general Dumouriez– por un Comité de Salud Pública, se expresa
en esos términos tradicionales:
En todos los países, en presencia de conspiraciones flagrantes, se ha sentido la necesidad de
recurrir momentáneamente a autoridades dictatoriales, a poderes supralegales. […] ¿Qué tenéis
que temer de un comité responsable, incesantemente vigilado por vosotros, que no dictará leyes y
que no hará sino acuciar y presionar a los agentes del poder ejecutivo? ¿Qué tenéis que temer de
un comité que no puede actuar sobre la libertad de los simples ciudadanos, sino solamente sobre
los agentes del poder que resultarían sospechosos? ¿Qué tenéis que temer de un comité instituido
para un mes?[22].
Pues bien; el Mathiez crítico del bolchevismo concede que «toda revolución
es una guerra civil, puesto que se trata de reconfigurar la propiedad, y la
propiedad, junto con la vida, es lo que resulta más caro al hombre». Pero la
dictadura jacobina del año II fue una «dictadura del bien público»
estrechamente asociada a una «política resueltamente democrática», una
«dictadura [fideicomisaria] de la Convención», la asamblea legislativa
elegida por sufragio universal. Es más, como observan en la larga y luminosa
introducción a su reciente reedición de La réaction thermidorienne (1929) –el
libro de Mathiez ocultado por el estalinismo francés– Florence Gauthier y
Yannick Bosch:
Por su naturaleza, esta «dictadura del bien público» asocia estrechamente el pueblo a la toma de
decisiones y a la ejecución de las leyes. Y a tal punto, que el Terror fue caracterizado por sus
enemigos [termidorianos] como una «tiranía de la anarquía», un «sistema» en el que el pueblo
estaba «en perpetua deliberación»[23].
Huelga decir que la noción marxiana y engelsiana de la «dictadura del
proletariado» se correspondía con la concepción fideicomisaria clásica de la
dictadura como institución republicana en condiciones de guerra civil.
Precisamente en su crítica del proyecto del Programa de Erfurt del SPD
(1891), en plena Era de la Seguridad, Engels había sentido la necesidad de
recordar a la dirección de la socialdemocracia lo que era la «dictadura del
proletariado», lo que era la república democrática y las lecciones de la
Revolución francesa:
Si algo está claro, es que nuestro partido y la clase obrera solo podrán llegar al poder bajo la
forma de la república democrática, que es la forma específica de la dictadura del proletariado como
ya enseña la gran Revolución francesa[24].
Con lo que llegamos a la crítica marxista coetánea más ecuánime y
profunda del experimento bolchevique, la de Rosa Luxemburg. En un
manuscrito-borrador encontrado entre sus papeles póstumos, y publicado en
1922 por su amigo, abogado y albacea político Paul Levi con el sobrio título
de La Revolución rusa[25], Rosa insistirá, sin citarlo, en el problema
planteado por Engels en 1891 de la dictadura revolucionaria y la República
democrática. El texto comienza con una crítica despiadada del «marxismo»
kautskiano:
Pero el curso [de la Revolución rusa] se ha revelado también, para cualquier observador capaz
de pensar, como una refutación demoledora de la teoría doctrinaria que Kautsky comparte con el
partido de los socialdemócratas ahora en el gobierno [alemán], según la cual Rusia, en tanto que
país económicamente atrasado, predominantemente agrario, no estaría suficientemente maduro
para la revolución social y para una dictadura del proletariado […] Esa teoría de que en Rusia solo
sería viable una revolución burguesa […] es también la del ala oportunista del movimiento obrero
ruso, los llamados mencheviques.
Y con una alabanza de los bolcheviques que no puede ser más significativa
para lo que aquí interesa:
Todo lo que un partido situado en un momento histórico puede dar en punto a coraje, capacidad
de acción, amplitud de visión revolucionaria y consecuencia, Lenin, Trotsky y sus camaradas lo
han ofrecido a plena satisfacción. […] Su insurrección de Octubre no solo logró salvar la
Revolución rusa, sino que salvó también el honor del socialismo internacional. Los bolcheviques
son los herederos históricos de los niveladores ingleses y de los jacobinos franceses.
Rosa centraba la crítica del primer año de bolchevismo en el poder en tres
puntos: su política agraria, su política territorial fundada en el solemne
reconocimiento del derecho de autodeterminación de las naciones que
componían el viejo imperio de los Romanov y, finalmente, el carácter
antidemocrático de la incipiente dictadura bolchevique. Vamos a limitarnos
de momento al último y, oblicuamente, a algunas de sus conexiones menos
evidentes con el penúltimo[26].
Rosa entra en el núcleo del problema con toda claridad:
El fallo capital de la teoría de Lenin y Trotsky es precisamente el de contraponer, exactamente
igual que Kautsky, dictadura a democracia. «Dictadura o democracia», así plantean el problema
tanto los bolcheviques como Kautsky. Este se decide naturalmente por la democracia, y desde
luego por la democracia burguesa, puesto que la ve precisamente como la alternativa a la
transformación revolucionaria socialista. Lenin-Trotsky, al revés, se deciden por la dictadura en
contraposición a la democracia y, así, por la dictadura de un puñado de personas, es decir, por la
dictadura conforme al modelo burgués. [El énfasis es de la autora.]
Puesto que el significado de muchas de las palabras empleadas aquí ha
variado tanto en los últimos 150 años, y puesto que el periodo que estamos
estudiando fue precisamente una época de aceleración de las mutaciones
semánticas en el léxico político, vale la pena detenerse un poco en este texto
que, por otra parte –no se olvide–, no es sino un primer borrador-esquema
nunca corregido ni completado (Rosa fue asesinada apenas unas semanas
después de escribirlo).
Al lector de nuestros días le sorprenderá, por lo pronto, la idea de una
«dictadura» no contrapuesta a «república» y a «democracia», y no digamos la
posibilidad, obviamente implicada por Rosa, de una «dictadura republicana
democrática». Ya se ha dicho antes que la noción clásica, de ascendencia
romana republicana, de «dictadura» era fideicomisaria, no –como suele
entenderse ahora, tras las experiencias del siglo XX– soberana[27]. Lo que,
así pues, está diciendo en este paso Rosa es que Kautsky se ha olvidado de la
República democrática como dictadura fideicomisaria del proletariado y sus
aliados populares (en el sentido de Engels y de Marx) y, más importante aún,
que Lenin y Trotsky están en vías de introducir una novedad radical
particularmente desagradable, y es a saber: una dictadura no fideicomisaria,
es decir, una dictadura que se cree dispensada de responder ante sus
supuestos comitentes (el «pueblo», el «proletariado», la «alianza de obreros,
campesinos y soldados», o lo que fuere). Es decir, que Lenin y Trotsky, sin
advertirlo, estarían en vías de engendrar un monstruo característico del siglo
XX, una dictadura soberana. Rosa, desde luego, ni mendigaba ni temía
favores:
Si podéis ver en las semillas del tiempo
y decir qué granos crecerán y cuáles, no
habladme a mí, que ni mendigo
ni temo vuestros favores[28].
Criticando la justificación ofrecida por Trotsky de la disolución de la
Asamblea Constituyente en noviembre de 1918, Rosa da una lección de
teoría democrática de la representación política como fideicomiso y de su
papel en una dictadura democrática republicana. Trotsky sostenía, en
sustancia, que en los meses que precedieron a la Revolución de Octubre se
había producido un vigoroso desplazamiento de las masas hacia la izquierda,
cosa que se reflejaba, por ejemplo, en el robustecimiento del ala izquierda
dentro del partido socialrevolucionario. Sin embargo, en las listas de ese
partido para la Asamblea Constituyente seguían dominando muy
ampliamente «los viejos nombres del ala derecha», como el propio Kérenski.
«El torpe mecanismo de las instituciones democráticas» no puede, dice
Trotsky, seguir el ritmo de la politización y radicalización de las masas
populares. Pero, entonces, replica Luxemburg:
… hay que maravillarse de que gentes tan listas como Lenin y Trotsky no saquen de eso la
conclusión que de los hechos mencionados debería seguirse inmediatamente. Puesto que la
Asamblea Constituyente había sido elegida bastante antes del momento de cambio decisivo –la
insurrección de Octubre– y en su composición se reflejaba la imagen del pasado superado […], iba
de suyo que lo que tenían que hacer era precisamente liquidar esa […] Asamblea Constituyente
nacida muerta y ¡decretar nuevas elecciones!
Frente a la supuesta «torpeza del mecanismo de las instituciones
democráticas», Rosa observa que precisamente «la experiencia histórica de
todas las épocas revolucionarias» muestra lo contrario. La relación entre los
representantes políticos y sus bases sociales mandantes o comitentes no está
fijada y encapsulada estáticamente como se figura la «esquemática
abstracción» de un Trotsky cuya concepción de la representación política,
carente del más elemental dinamismo, «viene a negar toda conexión
intelectual entre los otrora electos y su electorado, cualquier interacción entre
ambos»:
¡Cómo contradice eso toda la experiencia histórica! Porque lo que nos enseña esta es, al
contrario, que el vivo fluido del sufragio popular enjuaga constantemente los cuerpos de
representantes, los penetra, los orienta.
Incluso en los parlamentos burgueses de la época, no elegidos por sufragio
universal:
… podemos observar de vez en cuando las más deliciosas cabriolas ejecutadas por
«representantes del pueblo» que, súbitamente poseídos por un nuevo «espíritu», comienzan a
expresarse en tonos inauditos y hasta las más resecadas y renegridas momias parecen rejuvenecer
[…] conforme al clamor que sale de fábricas, talleres y calles. ¿Y esos efectos vivos del sufragio y
la maduración política de las masas en los cuerpos electos deberían encallarse precisamente en el
curso de una revolución? […] ¡Al contrario! Precisamente el fuego abrasador de la revolución crea
aquel aire político ligero, vibrante y receptivo por el que las ondas del sufragio popular y el pulso
de la vida del pueblo inciden al punto y del modo más maravilloso en los cuerpos representativos.
Es verdad que
… toda institución democrática tiene sus límites y carencias, lo que comparte con el resto de las
instituciones humanas. Solo que el remedio descubierto por Lenin y Trotsky –la liquidación de la
democracia en general– es todavía peor que el mal que pretende enmendar, porque ciega
precisamente la única fuente viva capaz de corregir todas las insuficiencias ínsitas en las
instituciones sociales: la vida política activa, desinhibida, enérgica de las más amplias masas
populares.
Como se ve, Rosa Luxemburg critica el experimento del primer año
bolchevique apelando a ideas normativas básicas de la teoría de la
democracia republicana revolucionaria moderna en la estela de la Revolución
francesa, de la que fue hijo también el primer «marxismo» originario[29]. Sin
embargo, su texto está atravesado por una interesante tensión conceptual que
salta especialmente a la vista en su inclemente –y a veces, lúcida y certera–
crítica a la política territorial bolchevique fundada en el reconocimiento
incondicional del derecho de autodeterminación de las naciones que
componían el Imperio de los Romanov. La tensión de fondo es entre la
reducción de la política a puras cuestiones de oportunidad más o menos
coyunturalmente «históricas» y la afirmación de la política republicano-
democrática como fundada en última instancia en la defensa de principios y
derechos inalienables largamente independientes de las coyunturas
«históricas». Repárese en este paso:
… que políticos tan sobrios y críticos como Lenin y Trotsky y sus amigos, que para cualquier
fraseología utópica como desarme, federación internacional de los pueblos, etc., reservan a lo
sumo un irónico encogimiento de hombros, convirtieran ahora una hueca consigna del mismo
tenor [como es el derecho de autodeterminación de las naciones] en su caballo de batalla, nos
parece que solo puede atribuirse a un cálculo político de oportunidad.
A continuación, Rosa procede a una crítica demoledora de ese cálculo
político de oportunidad bolchevique[30]. Queda fuera de los intereses de esta
charla discutir lo acertado de esa crítica. Porque lo que aquí interesa es otra
cosa. Esta: el lenguaje de los derechos humanos inalienables –
intrínsecamente ligado a la teoría de la república democrática– se había
eclipsado después de Termidor (1795) y había desaparecido casi
completamente después de 1848, muy particularmente en la época de
cristalización del «marxismo» doctrinario socialdemócrata y de la adaptación
del mismo a una Belle Époque dominada por la Realpolitik imperial-colonial.
Rosa intuye en su texto que la fundamentación normativa de la República
democrática es cosa muy distinta de las puras consideraciones «históricas» de
oportunidad política. Observa agudamente, por ejemplo, la llamativa
contradicción en que incurren Lenin y Trotsky al tratar los derechos
democráticos con meras consideraciones (erradas, en opinión de Rosa) de
oportunidad instrumental, mientras parecen, en cambio, dispuestos a ofrecer a
la autodeterminación de las naciones la dignidad normativa de un derecho
inalienable, ampliamente independiente de los cálculos de oportunidad
política:
La contradicción […] es tanto más incomprensible, cuanto que las formas democráticas de la
vida política en todos los países […] constituyen, en efecto, fundamentos superlativamente
valiosos, imprescindibles incluso, de la política socialista, mientras que el dichoso «derecho de
autodeterminación de las naciones» no es sino huera fraseología, patraña pequeñoburguesa.
Cuando, tras 150 años de eclipse post-termidoriano, el lenguaje republicano
de los derechos humanos universales e inalienables fue recuperado en la vida
política internacional, luego de la derrota militar y política del nazifascismo,
el derecho inalienable de autodeterminación de los pueblos –junto con las
otras dos dimensiones de los Derechos Humanos, es decir, los derechos
individuales inalienables y los derechos inalienables de la Humanidad toda e
indivisible– se convirtió, como es sobradamente conocido, en el ariete
normativo de la descolonización. La derrota del nazismo abrió hasta cierto
punto una época de franco retroceso de la Realpolitik reductora de la política
a puras consideraciones de oportunidad. Pero lo cierto es que el «marxismo»
doctrinario cristalizado en la Belle Époque no se había librado del contagio.
El texto de Rosa que estamos comentando es importante también porque en
él aflora esa tensión, a la que, obviamente, sucumbe su autora. Rosa
considera «fraseología pequeñoburguesa» el derecho de autodeterminación
de los pueblos, pero aunque podemos ver en su texto los intentos por
defender la democracia sobre todo con argumentos de oportunidad política
«histórica» frente a la dictadura soberana bolchevique incipiente, no puede
dejar de decir que los derechos democráticos en todos los países son
«fundamentos superlativamente valiosos» de la política socialista.
Ahora bien; con la misma lógica consecuencialista podían Lenin y Trotsky
responder que eso de los «fundamentos superlativamente valiosos» es pura
fraseología metafísica pequeñoburguesa. Y Trotsky, en efecto, lo hizo. No
respondiendo a Rosa, sino a Kautsky en la importante polémica que ambos
tuvieron entre 1918 y 1920:
La doctrina de la democracia formal no está constituida por el socialismo científico, sino por el
derecho natural. La esencia del derecho natural radica en el reconocimiento de normas jurídicas
eternas e invariables que hallan en las distintas épocas y entre los distintos pueblos expresiones
más o menos restringidas y deformadas. El derecho natural de la historia moderna, tal como lo
produjo la edad media, entrañaba ante todo una protesta contra los privilegios de las castas, contra
los abusos sancionados por la legislación del despotismo y contra otros productos «artificiales» del
derecho positivo feudal. La ideología del tercer estado, todavía demasiado débil, expresaba su
propio interés por medio de algunas normas ideales que llegaron luego a convertirse en la
enseñanza de la democracia […]. La personalidad es un fin en sí; los hombres tienen todos el
derecho de expresar su pensamiento de palabra y por escrito; todo hombre tiene un derecho de
sufragio igual al de los demás. Emblemas de combate contra el feudalismo, las reivindicaciones de
la democracia significaron un progreso. Pero con el correr del tiempo, la metafísica del derecho
natural, que es la teoría de la democracia formal, se ha hecho cada vez más reaccionaria: es el
control de una norma ideal sobre las exigencias reales de las masas obreras y de los partidos
revolucionarios[31].
Se puede observar que, polemizando con Kautsky, Trotsky acepta el grueso
de los dogmas «marxistas» de la ortodoxia kautskiana. Por ejemplo, el de la
caracterización de la francesa como una revolución «burguesa». Si se repasa
la discusión entre Kautsky y Trotsky sobre democracia, se puede ver que se
trata de una discusión desarrollada íntegramente en términos de oportunidad
histórico-política, como si la dimensión propiamente normativa de la política
no existiera o fuera fraseología metafísica «burguesa». La disputa entre el
viejo «Papa del marxismo» y los jóvenes bolcheviques respondones es
tremenda y dramática, como lo fueron las circunstancias en que se produjo.
Figurémonos: en plena guerra civil rusa, Trotsky, el fundador del Ejército
Rojo, escribe su «Anti-Kautsky» montado en un vagón de campaña militar.
Pero su idea filosófica, si así puede decirse, de la democracia no era tan
distinta. Ambos estaban troquelados por el «marxismo» doctrinario de la Era
de la Seguridad y, en cierto sentido, igualmente desorientados por el
desplome de la misma. En medio del desastre de la Gran Guerra, Trotsky
había observado con gran perspicacia:
El marxismo llegó a ser para el proletariado alemán, no la fórmula algebraica de la revolución
que había sido en sus orígenes, sino el método teórico de adaptación al estado nacional-capitalista
coronado por el casco prusiano[32].
Pero la verdad es que los bolcheviques estaban harto más troquelados de lo
que ellos mismos podían imaginar por ese «marxismo» doctrinalmente
fabricado por la socialdemocracia alemana en la era del imperio de la
Realpolitik que fue la Era de la Seguridad: auctoritas, non veritas facit legem.
Como lo sugiere el que, en el mismo momento histórico (1921), bajo la
República de Weimar, el viejo revisionista Eduard Bernstein, un enemigo
mucho más radical –y más inteligente– que Kautsky del experimento
bolchevique, decía cosas asombrosamente parecidas a las que acabamos de
escuchar de Trotsky. Solo que haciendo explícito el transfondo vétero-
socialdemócrata de esa visión puramente consecuencialista, carente de la
menor consciencia de la necesidad de fundamentación propiamente
normativa de la acción política, y que no es otro que el de la famosa
«evolución social» y sus «leyes rígidas»:
La doctrina de Marx y Engels ha de entenderse como una teoría de la evolución […] Esta
circunstancia, a saber: que la teoría marxista del socialismo y sus objetivos se deriven de una
evolución de hecho y de unos movimientos reales, la diferencia de sus precursoras, todas las cuales
se fundaban, no en una teoría evolutiva, sino, de uno u otro modo, en el derecho natural. De eso
trató la segunda de mis lecciones [en la Universidad Humboldt de Berlín, en 1921], titulada «La
fundamentación iusnaturalista del socialismo», en donde apuntaba, entre otras cosas, al vínculo del
socialismo iusnaturalista racionalistamente construido con la ideología de la Gran Revolución
francesa. Pero también muchos socialistas que creen proceder científicamente por apelar a la
economía razonan iusnaturalistamente, lo que amenaza constantemente con el extravío
utopizante[33].
La idea de que la Revolución francesa habría sido «burguesa» forma parte
de un esquema cuajado en la Belle Époque y canonizado por el «marxismo»
ortodoxo de la II Internacional. Ni Marx ni nadie antes de 1850 la había
considerado como otra cosa que como una gran revolución popular
democrática en el sentido que invariablemente tuvo la palabra «democracia»
desde Aristóteles en el siglo IV antes de nuestra era hasta finales del XIX, es
decir, como un movimiento político del démos, esto es, de los pobres libres
que vivían por sus manos. Como una revolución, pues, no menos
«antifeudal» que «antiburguesa». Porque el «pueblo» –y, menos aún, el menu
peuple robespierreano– no era la «burguesía», el «tercer estado», sino un
«cuarto estado» compuesto de pequeños campesinos, artesanos, pequeños
comerciantes y jornaleros y asalariados. Y cualesquiera que fueran sus
insuficiencias como analistas y críticos de la Revolución francesa, Marx y
Engels supieron eso desde siempre. Jamás emplearon los viejos el término
oximorónico, que hoy pasa por prototípicamente «marxista», de «democracia
burguesa»[34].
En sus años de aprendizaje, el joven Marx extractó y subrayó con particular
énfasis este paso de Robespierre que encontró citado en una de sus primeras
lecturas de investigación sobre la Revolución francesa (concretamente, en el
tomo II del mamotreto en 4 volúmenes del helenista e historiador francmasón
alemán Wilhelm Wachsmuth sobre la Historia de Francia en la Era
Revolucionaria)[35]:
Robespierre (papiers inédits): «los peligros interiores vienen de los burgueses; para vencer a los
burgueses, es preciso unir al pueblo. Es preciso… que los sansculottes reciban una paga y se
mantengan en las ciudades. Hay que armarlos, encolerizarlos, ilustrarlos»[36].
Resulta de lo más instructivo observar que, entre la revolución rusa
«burguesa» de febrero de 1917 y la revolución «proletaria» de octubre de
1917, bajo el gobierno provisional de coalición entre social-revolucionarios y
liberales, ese léxico democrático abandonado hacía años por el «marxismo»
doctrinario cristalizado en la Belle Époque –si no condenado como «huera
palabrería pequeñoburguesa» (Trotsky, Lenin) o como «extravío utopizante»
(Bernstein)– se mantenía muy vivo en la conciencia y en el habla de los
pueblos. Repárese, si no, por limitarnos a un solo ejemplo, en esta
declaración del primer regimiento (probolchevique) de fusileros de
Petrogrado del 21 de junio:
De aquí en adelante, solo enviaremos destacamentos al frente cuando la guerra haya adquirido
un carácter revolucionario, cosa que solo ocurrirá cuando los capitalistas hayan sido apartados del
gobierno y el gobierno haya pasado a manos de la democracia, representada por los diputados del
Soviet panruso de obreros, soldados y campesinos[37].
La virulenta polémica de 1918-1919 entre Kautsky y Trotsky resulta
sumamente instructiva si se relee hoy teniendo en mente más el fondo tácito
de lo que compartían que sus evidentes desacuerdos. Trotsky muestra, por
ejemplo, que, de haber participado en la polémica del Congreso socialista de
Ámsterdam de 1904 al que antes nos hemos referido, se habría alineado con
Bebel, y no con Jaurès. Y de haber participado en la polémica entre Kautsky
y Rosa en 1910, tal vez se habría alineado con Kautsky y no con Rosa.
Monarquía autocrática, monarquía constitucional, monarquía parlamentaria o
república democrática no son para él sino, todas, puras y apenas distintas
formas de dominación capitalista:
Absolutismo, monarquía parlamentaria, democracia: a ojos del imperialismo, y sin duda de la
revolución que viene a tomar su lugar, todas las formas gubernamentales de la dominación
burguesa, del zarismo ruso al federalismo quasi-democrático de la América del Norte, son iguales
desde el punto de vista de los derechos y forman parte de combinaciones en las que se
complementan indisolublemente unas a otras. Llegado el momento crítico, el imperialismo ha
logrado someter, con todos los medios de que dispone, y señaladamente a través del parlamento –
cualquiera que fuera la aritmética del escrutinio– a la pequeña burguesía urbana y rural e incluso a
la aristocracia obrera. La idea nacional que había guiado al tercer estado [sic!] en su acceso al
poder tuvo en el curso de la guerra su periodo de renacimiento con la «defensa nacional». […] El
naufragio de las ilusiones imperialistas, por lo pronto en los países vencidos y, luego, con cierto
retraso, en los países vencedores, ha destruido las bases mismas de la otrora democracia nacional y
de su instrumento esencial, el parlamento democrático[38].
Es notabilísimo que Trotsky, exactamente igual que su contrincante
Kautsky, razone en 1919 como si la democracia parlamentaria fuera una
institución con una larga historia detrás tanto en los «países vencedores»
como en los «países vencidos». Lo cierto es que, en el momento de estallar la
Gran Guerra, aparte de la pequeña Suiza, había una sola democracia
republicana parlamentaria con sufragio universal (masculino) en el mundo: la
III República francesa salida de la Guerra franco-prusiana en 1871. El resto
eran monarquías autocráticas, como la zarista, monarquías meramente
constitucionales con parlamentos políticamente impotentes como la
guillermina, la austrohúngara, la italiana o la española. Y la monarquía
británica, plenamente parlamentaria desde 1832, pero sin pleno sufragio
universal, o una República presidencialista de EEUU que, según hemos visto,
el propio Trotsky solo se atreve a calificar de «quasi-democrática».
Lo cierto es que la democracia parlamentaria solo llegó a Europa tras el fin
de la Gran Guerra y el desplome de las viejas monarquías centrales. Solo con
la caída del zar tras la revolución de febrero de 1917 conoció Rusia una
República parlamentaria con sufragio universal. Solo tras la revolución de
noviembre de 1918 y el gobierno provisional de coalición obrera SPD-USPD
conoció Alemania una República parlamentaria con pleno sufragio universal
(masculino y femenino). Otro tanto ocurrió con la I República austriaca en
1918, merced al gobierno obrero socialdemócrata inspirado por el viejo
jurista Karl Renner y el joven jefe de filas teórico del austromarxismo, Otto
Bauer. Por su parte, el partido Laborista británico multiplicó su
representación parlamentaria tras la llamada Cuarta Reforma y la
consiguiente nueva ley electoral (Representation of the People Act) de
1918[39] y logró llegar por vez primera al gobierno en 1923 tras la
celebración de las primeras elecciones con sufragio universal pleno
(masculino, a partir de 21 años, y femenino, a partir de los 30) celebradas en
Gran Bretaña, y fue el segundo gobierno laborista de MacDonald el que en
1928 promovió, con la Quinta Reforma, el igual sufragio femenino también a
partir de los 21 años.
Y si en una Gran Bretaña que desde el Reform Bill de 1832 conocía la vida
parlamentaria y sucesivas oleadas de progresiva ampliación del sufragio
popular la súbita introducción del pleno sufragio universal y la consiguiente
entrada en escena del conjunto de la población trabajadora en 1918-1928 –
mucho más allá, pues, de la «pequeña burguesía urbana y rural» y de la
«aristocracia obrera», esa idée fixe del Lenin y el Trotsky de la época– vino a
significar un verdadero shock amedrentante para las gentes de holgado
patrimonio y para buena parte de las llamadas «clases medias»
bienpensantes[40], no hará falta decir lo que representó eso mismo,
acompañado de la simultánea parlamentarización de la vida política, en
países de monarquías semiautocráticas o meramente constitucionales. Por
ejemplo, en la Italia de la monarquía piamontesa, en la Alemania de la
monarquía guillermina, en la Austria-Hungría de los Habsburgos o –a partir
de 1931– en la España de la primera Restauración borbónica, es decir, en los
cuatro grandes países europeos que terminaron sucumbiendo, con muy
distintos grados de resistencia popular, a los golpes de Estado fascistas que
vinieron a poner trágicamente fin en pocos años al efímero experimento
democrático de la Europa de la posguerra[41].
Dígase así, y tómese con el correspondiente grano de sal: Trotsky y Lenin,
como Kautsky y Bernstein, pagaron intelectualmente muy caro en 1918-1921
el caso omiso que la dirección de la socialdemocracia alemana había hecho
en 1891 a la pregnante crítica engelsiana del Programa de Erfurt. Todos
seguían dando por medianamente buena la «hoja de parra» pretendidamente
«democrática» o «parlamentaria» con que las monarquías meramente
constitucionales y/o sin sufragio universal «cubrían sus vergüenzas», y
cuando el final de la Gran Guerra hizo caer en Europa todas las hojas de parra
y trajo consigo el sufragio universal, la democracia parlamentaria y la
irrupción y «rebelión de las masas» (Ortega) en la vida político-social por vez
primera a escala continental, reaccionaron todos con parecida y desnortada
gazmoñería ante el espectáculo de las vergüenzas al descubierto.
La proclamación popular, primero en Múnich –en un improvisado mítin de
masas del gran socialista de izquierda que fue Kurt Eisner (1867-1919)– y
luego en Berlín, de la República alemana el 9 de noviembre 1918 sorprendió
a los jefes supremos de la socialdemocracia mayoritaria (Scheidemann,
Ebert) negociando en secreto con el príncipe Max von Baden la abdicación
de Guillermo II en su hijo Guillermo de Prusia para salvar a toda costa la
monarquía de los Hohenzollern. Presumiblemente, porque el fallido intento
coram populo de abdicación del zar Alejandro III en su hermano, el gran
duque Miguel, habría dado paso en febrero de 1917 a la República en Rusia,
y la República parlamentaria, ¡ay!, habría traído inexorablemente consigo en
unos pocos meses el ascenso del bolchevismo al poder.
Lo cierto es que las socialdemocracias alemanas (mayoritaria e
independiente) en el gobierno provisional no supieron qué hacer con la
República. A diferencia de la socialdemocracia austriaca (o, años más tarde,
en 1931, del PSOE) ni siquiera participaron de manera activa en la
elaboración de la Constitución republicana de Weimar (1919), que dejaron en
manos, básicamente, de la llamada «izquierda burguesa» del nuevo Partido
Democrático de Max Weber y Walter Rathenau. Pero los redactores efectivos
de la Constitución eran mucho más «burgueses» que de «izquierda». No solo
permitieron constitucionalmente una «revisión judicial» contraparlamentaria
que habría de quedar fatalmente en manos de una reaccionaria casta judicial
guillermina intacta[42], sino que el constitucionalista berlinés Hugo Preuss
(1880-1925), «padre de Weimar», fuertemente influido por su colega y
mentor alsaciano Robert Redslob (1882-1962) –un enemigo mortal del
carácter parlamentario de la III República francesa–, redactó en persona aquel
malhadado
artículo
48
que,
al
otorgar
poderes
excepcionales
supraparlamentarios al presidente de la República, habría de permitir,
andando el tiempo, el golpe de Estado antiparlamentario del presidente
Hindenburg en enero de 1933 y el acceso al poder de un partido
parlamentariamente minoritario como el nazi, que tenía apenas un 33 por 100
del sufragio popular y contaba con un millón largo de votos menos que la
sola suma de los del SPD y el KPD (sin contar con el sufragio de los dos
partidos burgueses aún lealmente republicanos, el Demócrata y el Centro
Católico).
Es lo más probable que, retóricas guerracivilistas aparte, ni Lenin ni
Trotsky se engañaran en 1918-1920 respecto de la peligrosa naturaleza
«soberana» de la incipiente dictadura bolchevique y la radical
incompatibilidad de la misma con la dictadura republicano-democrática
«fideicomisaria» prevista por Marx y Engels[43]. Y en favor de Lenin y de
Trotsky tal vez pueda decirse que en ningún momento llegaron a pensar en
otra posibilidad que la de afirmar provisionalmente su poder en el «eslabón
más débil» de la geopolítica mundial solo como reserva y palanca para la
venidera catarata de revoluciones socialistas a escala europea (incluidas las
colonias imperiales), cuyo estallido preveían inminente.
Pero en el verano de 1920, cuando se celebró el III Congreso de la
Internacional Comunista –luego de los fracasos revolucionarios alemanes de
enero de 1919 (que costó trágica y absurdamente la vida a Rosa Luxemburg)
y marzo de 1920 y del fracaso revolucionario italiano de septiembre de
1919–, tenía que estar ya meridianamente claro para dos Realpolitiker
consumados como Lenin y Trotsky que el audaz e interesante experimento
bolchevique de fomentar revoluciones e insurrecciones por doquiera aun a
costa de la enconada división del movimiento obrero socialista internacional
había llegado a su fin. Como es harto sabido, hicieron todo lo contrario de lo
que aconsejaba ese sobrio reconocimiento de la situación, y a pesar de la
nueva y poco creíble retórica del «frente único» con la socialdemocracia,
persistieron en el experimento y en la división. Rosa Luxemburg fue
asesinada en enero de 1919 a manos de un pelotón de Freikorps de extrema
derecha empleados para sofocar la rebelión en Berlín por el ministro del
Interior de la nueva República, el socialdemócrata de derecha Gustav Noske
(1868-1946)[44]. Paul Levi (1882-1930), su abogado y albacea testamentario,
el cerebro más lúcido del recién nacido y crecientemente antiluxemburguista
KPD volvió a la socialdemocracia en 1921 tras la negativa de la IC del
«frente único» a permitir la incorporación del ala izquierda del USPD a la
sección alemana de la IC. El USPD terminó disuelto, y el grueso de su ala
izquierda, probolchevique, acabó siguiendo el camino de Bernstein y de
Kautsky, y volviendo con la cabeza gacha al viejo SPD mayoritario, ya
completamente dominado por derechistas berroqueños como Ebert, Noske y
Scheidemann. Así pues, la expresión política del otrora movimiento obrero
más importante, disciplinado y masivo del mundo, terriblemente diezmado ya
por la Gran Guerra, terminó en la República de Weimar quedando en manos
de una extrema derecha socialdemócrata solo republicana a su pesar[45] y de
un estalinismo ferozmente antiluxemburguista y más sectario y errático aún
que primitivo[46].
El 27 de abril de 1927, el más brillante, elocuente y respetado parlamentario
del Partido Comunista de Alemania (KPD) en la cámara legislativa de la
República de Weimar, el prestigioso historiador y clasicista Arthur
Rosenberg (1889-1943), ultraizquierdista y antiluxemburguista en su
juventud, cercano luego al gran Paul Levi, hacía pública su decisión de
abandonar las filas del partido. No renunciaba a su escaño parlamentario en el
Reichstag, empero. Y no tanto porque concediera un gran valor político al
mismo, cuanto porque, dados los continuos cambios –teledirigidos desde
Moscú– en la línea política y en la composición del equipo dirigente de ese
partido, se negaba a exponer a sus electores a un «juego de azar» respecto de
su sucesor. Conservaba el mandato en tanto que «socialista sin partido»[47].
Un día antes, y al parecer en paralelo a otra del mismo tenor dirigida al
mismísimo Stalin, había enviado al comité central del KPD una carta que es
mucho más que una mera motivación política al uso –cortés o enrabietada,
pero rutinaria– de su portazo. Es, se verá en seguida, un extraordinario
documento histórico en el que se revela por lo magnífico el genio de
Rosenberg como analista político. Vale la pena citarla con extensión:
El total derrumbe de la política de la Komintern en China inmediatamente después de la grave
derrota [de la huelga general] en Inglaterra [1926] exige una revisión de la forma organizativa del
movimiento obrero internacional. Cada vez es más claro que las incesantes derrotas de la III
Internacional no pueden explicarse por causas externas, sino que estamos en presencia de un error
de fondo del sistema. La moderna Rusia soviética se funda en el compromiso de los obreros
cualificados con los campesinos propietarios, y por lo tanto, en la democracia nacional rusa. Por
eso la Rusia soviética sería el aliado natural tanto de los movimientos de liberación nacional en el
extranjero [colonial], como de los estratos obreros socialistas moderados [metropolitanos],
dispuestos al compromiso y deseosos de emprender la reconstrucción. Y sin embargo, los partidos
comunistas fuera de la Rusia soviética, para justificar su propia existencia particular, se ven
obligados a apoyarse en los estratos obreros más pobres, radicales, enemigos de los compromisos y
antinacionales[48]. Por otro lado, la Komintern no puede estorbar a la política de la Rusia
soviética. Así, surgen contradicciones insostenibles. Y de esas contradicciones nacen las
constantes oscilaciones tácticas, los errores y las derrotas[49].
Lo que Rosenberg planteaba aquí, en un momento histórico –como
enseguida veremos– crucial, era la inconsistencia, nacional e internacional, de
la línea Bujarin-Stalin que se había impuesto desde 1925 con la liquidación
de la política de industrialización a cualquier precio representada sobre todo
por Trotsky, el fundador y jefe del Ejército Rojo y héroe de la victoria
revolucionaria en la Guerra Civil rusa. Esa política industrializadora
significaba, en el plano interno, la promoción de la industria pesada a costa
del bienestar campesino y del consumo de la población trabajadora urbana, y
solo tenía sentido en la idea de «provisionalidad» de la dictadura del partido
bolchevique, es decir, en la idea de que el testigo de la revolución iba a pasar
de manera inminente –precisamente con la oportuna ayuda del poder
bolchevique ruso a partidos comunistas jerárquica y conspiratoriamente
organizados como secciones de la IC– a otros países de la Europa occidental
(y a sus colonias). Refutadas concluyentemente por los hechos las razones,
digamos que internacionalistas, de esa «provisionalidad», todo tenía que ser
revisado: la política interna rusa, no menos que la política internacional de la
Komintern dimanante de su III Congreso de 1920[50].
No tenía, pues, sentido, en el plano interno, seguir manteniendo la dictadura
del partido bolchevique. Rosenberg subraya que Rusia debería reconocerse
políticamente como lo que, en su opinión, ya era en la práctica, «una
democracia nacional» fundada en «el compromiso de los obreros cualificados
con los campesinos propietarios». ¿Qué quería decir exactamente con eso? Es
importante averiguarlo, porque –destaquémoslo una vez más– estamos
estudiando un tiempo de vertiginosas mutaciones semánticas. Tal vez la
mejor ayuda para entenderlo nos la proporcione un texto de 1914 firmado por
uno de los mejores amigos personales y científicos no socialistas de Marx, y
a quien ya hubo ocasión de referirse antes, el gran historiador agrario ruso
Maksim Kovalevsky (1851-1916).
En una conferencia dictada en París y enigmáticamente (para el lector de
hoy) intitulada «¿Es Rusia una democracia social?»[51], Kovalevsky, el sabio
que tanto había ayudado al último Marx a entender los complejos secretos de
la vieja comuna rural rusa[52], describía así la distribución de la propiedad de
la tierra en la Rusia de 1914, que llevaba ya décadas de vertiginosa
industrialización y disolución de las formas tradicionales de la propiedad
agraria tradicional:
– Bienes nobles: 49.906.000 desiatinas [una desiatina es un poco más de una hectárea,
aproximadamente 1,1 Ha].
– Bienes en posesión de la clase comercial e industrial: 16.700.000 desiatinas.
– Bienes en posesión del clero: apenas 300.000 desiatinas (la secularización de los bienes
monásticos tuvo lugar bajo el reinado de Catalina II).
En cuanto a la clase campesina, antes de la nueva reforma agraria [de 1906][53], poseía ya, a
título de indiviso, 138 millones de desiatinas, y a título privado, 13,2 millones. De modo que la
nobleza posee hoy tres veces menos tierras que los campesinos. Se pueden estimar sus pérdidas de
tierra [desde 1861] comparando el número de desiatinas actualmente en posesión de la nobleza
con las que tenía en 1877. Entonces la nobleza contaba aún en la Rusia europea […] con [cerca de]
77 millones de desiatinas. En 25 años ha perdido 23 millones. La corona y los infantazgos poseen
en todo el Imperio una cantidad de desiatinas (154,7 millones) superior a la propiedad campesina,
pero solo 8 millones de las cuales sirven para la agricultura…
Consignada esta distribución, Kovalevsky observaba algo que vale la pena
citar en toda su extensión porque le dará al lector de hoy una idea más rica y
matizada de lo que podía significar todavía en la época (y desde luego, en
tiempos de Marx y Engels) «democracia»:
En un libro publicado en 1648 [La República de Oceana, obra capital del republicanismo
moderno], el conocido escritor inglés Harrington sostuvo que la estructura social y política de un
Estado depende de la distribución de su propiedad de la tierra. Allí donde, como en Inglaterra,
pertenece a un pequeño número de familias nobles, el Estado debería necesariamente ser
aristocrático, mientras que la existencia de la pequeña propiedad servía de base a la democracia
suiza y la concentración de todas las tierras en manos del sultán hacía de Turquía un imperio
autocrático. Siguiendo ese razonamiento […] debería admitirse a priori que la Rusia moderna está
gobernada dentro de un espíritu democrático, y que este imperio de campesinos comunistas no está
lejos de hallarse en las mismas condiciones de existencia que son propias de Suiza, todavía país de
Allmende o tierras comunales. Los escritores de mi país aman entretener a sus lectores hablando de
la gran democracia rusa, de sus aspiraciones igualitarias, del sentimiento de justicia social que
regula su vida económica y determina sus inclinaciones hacia el socialismo y aun hacia el
comunismo. Pero si se llega a preguntar cómo es gobernado este pueblo de 160 millones de almas,
habrá que reconocer que en parte alguna se da tamaño abismo entre la masa de los gobernados y la
ínfima minoría de los gobernantes: que quienes poseen las 3/4 partes de la tierra no desempeñan
sino un débil papel en la marcha de los asuntos, y que el poder se halla concentrado entre las
manos de la nobleza y de la alta burocracia en detrimento de los cultivadores de los campos y de
los obreros de las ciudades[54].
Kovalevsky terminaba su brillante conferencia parisina de 1914 con esta
profecía:
Para concluir, diremos que actualmente Rusia está lejos de ser gobernada como corresponde a
una democracia de campesinos que poseen las 3/4 partes del suelo cultivado. La burocracia, la
nobleza cortesana y la pequeña nobleza rural, que ha ingresado en estos últimos años en las
asambleas de la nobleza unificada, se han hecho con el poder. El gobierno y las cámaras
legislativas se han dejado influir muchas veces por ellas.
Pero se trata de un estado pasajero, porque la nobleza ha perdido y sigue perdiendo su rango
preponderante en el dominio político. Los bienes raíces pasan y han pasado ya en gran medida a
los campesinos, mientras que los bienes muebles, el dinero y el crédito, se concentran en manos
del tercer estado.
Sin arrogarme el papel de profeta, yo me creo autorizado a decir que la democracia rusa
terminará por convertirse en una realidad en un futuro no muy lejano[55].
Pues bien; solo diez años después de la profecía de Kovalevsky, el gobierno
revolucionario bolchevique parecía enfrentarse a este dilema: o se allanaba al
reconocimiento de la realidad social «democrática» (en el sentido de
Kovalevsky) de Rusia para convertirse políticamente en lo que Rosenberg
llamaba una «democracia nacional» fundada en la alianza de obreros
industriales cualificados y campesinado (comunario, cooperativista y
pequeño-propietario), lo que implicaba la renuncia a la política internacional
revolucionaria de la Komintern; o, al contrario, se afianzaba como una
dictadura soberana de partido único dizque obrero sin esperanzas
internacionales razonables ya de que esa dictadura no fuera otra cosa que
meramente provisional. El triunfo de la línea «de derecha» de Bujarin
(apoyada inicialmente por Stalin) en 1925 iba en esa línea, consistente en
profundizar la rectificación que del «comunismo de guerra» durante la Guerra
Civil hiciera el propio Lenin a partir de marzo de 1921 con la llamada Nueva
Política Económica. La cabeza intelectualmente rectora de esa línea, aparte
de Bujarin, fue el genial economista agrario socialista (de ascendencia
populista o narodniki) Aleksandr Chayánov (1888-1937).
Chayánov era el heredero de una larga e interesante tradición rusa de
elaboración analítica del cooperativismo campesino que contaba con
antecedentes científicamente tan robustos como el «marxista legal» Serguéi
Prokopovich (1871-1955) y, sobre todo, el «marxista revisionista» formado
académicamente en Viena con los marginalistas austriacos y, luego, en
Berlín, con los llamados socialistas alemanes de cátedra, Mijaíl Tugan-
Baranovsky (1865-1919)[56]. Prokopovich y Tugan-Baranovsky habían
concebido el cooperativismo agrario antes de la Gran Guerra, no como un
medio de promoción de la economía socialista propiamente dicha en el agro,
sino sobre todo como un instrumento de neutralización y aun captación de
benevolencia hacia la política socialdemócrata general entre los pequeños
propietarios amenazados por la penetración del capital y de la banca en el
campo, es decir, como un instrumento de defensa de la pequeña propiedad
campesina ante la voracidad expropiatoria del capitalismo y sus economías de
escala. Pero Chayánov desarrolló en 1919 una teoría muy original y
analíticamente refinada de lo que él llamó un «colectivismo agrario
cooperativista» –cuando menos compatible con una economía plenamente
socialista– fundado en una analíticamente novedosa (y empíricamente muy
bien investigada) teoría económica de los balances característicos de toda
«unidad de producción campesina»[57].
El punto de partida de Chayánov, bajo la revolución de febrero de 1917,
habían sido las exigencias revolucionarias comunes a todas las fuerzas
democráticas, y particularmente la de «La tierra para quien la trabaja»: «de
acuerdo con esa reivindicación, toda la tierra que ahora forma parte de las
grandes haciendas agrícolas debe pasar a fincas de campesinos
autoempleados». Y esa transferencia al campesinado de tierras privadamente
poseídas debe llevarse a cabo:
– O bien «en forma de socialización» (en el sentido de abolición de cualquier posesión privada
de la tierra: «como el aire, pertenece por igual a todo el mundo»);
– o bien «en forma de nacionalización, es decir, de transferencia al Estado de la propiedad y el
control de la tierra»;
– o bien «en una forma que entrañara un papel decisivo para la autogestión en el control de la
tierra» y que implicara el uso de un «impuesto único sobre la tierra», a fin de ingresar una renta del
suelo para beneficio del pueblo (siguiendo la idea de Henry George);
– bien, finalmente, a través de la creación de un «sistema público de regulación de la propiedad
de la tierra, con prohibición del derecho de compra y venta de suelo»[58].
La Revolución tenía que elegir entre esas varias opciones[59]. Pero
Chayánov buscaba encontrar la mejor solución al complejo problema de
realizar la socialización de la tierra y su trasferencia a las unidades
domésticas campesinas autoempleadas con el mínimo de dificultad y el
mínimo de costes:
Y se inclinó [en abril de 1917] por favorecer una combinación de las dos últimas alternativas: un
sistema de regulación pública de la propiedad de la tierra y un sistema de impuestos progresivos a
la tierra con el derecho adicional «a expropiar cualquier tierra», puesto que él creía que eso haría
enteramente posible «lograr automáticamente en una o dos décadas la nacionalización o munici-
palización»[60].
Su libro de 1919[61] venía a elaborar eso con toda una teoría nueva de la
cooperación campesina colectiva. Se sabe que el último Lenin había
estudiado a fondo ese libro, y que lo utilizó profusamente para su texto,
escrito ya en el lecho de muerte: «Sobre la cooperación» (1923).
En 1926, Chayánov publicó una segunda edición revisada, en donde se
entraba directamente en la polémica política del momento. La
institucionalización de un sistema cooperativo colectivista de producción
agrícola venía a resolver del mejor modo –de modo democrático– el
problema de las economías de escala, y de una manera mucho más eficaz y
mucho más congrua con los ideales del socialismo que una autoritaria
concentración estatista de la propiedad, y no digamos una expropiatoria
concentración capitalista de la propiedad. Para Chayánov,
… todo el sistema experimenta una transformación cualitativa que lo hace pasar de un sistema de
hogares campesinos en los que la cooperación cubre ciertas ramas de su economía a un sistema
basado en una economía rural cooperativa construido sobre el fundamento de una socialización del
capital que deja la realización de determinados procesos a las unidades domésticas de sus
miembros, quienes ejecutan el trabajo más o menos como una tarea técnica[62].
«La colectivización cooperativa» representaba el mejor, y tal vez el único
modo posible de introducir en la economía campesina «elementos de una
economía a gran escala, de industrialización y de planificación estatal». Y no
era su mérito menor el de su factibilidad sobre bases de todo punto
voluntarias, lo que equivalía a una «auto-colectivización».
Pero el camino de la Rusia soviética hacia una democracia nacional que, a
partir de 1925 (con el XIV Congreso del Partido bolchevique), gentes como
Rosenberg veían expedito tras el triunfo de la «línea Bujarin» inspirada en
ideas de política económica como las de Chayánov se truncó decisivamente
con el giro de 180 grados dado por Stalin en 1927. Un voltafaccia plasmado,
en el interior, con una política de industrialización forzada a costa del
bienestar y la propiedad de los campesinos y a expensas del consumo de la
clase obrera industrial urbana; y plasmado, en el exterior, con la ultrasectaria
política decidida por el VI Congreso de la IC del «clase contra clase», que
venía ciertamente a romper con la incongrua política de frente único decidida
por Lenin y Trotsky en el III Congreso de la IC, pero del peor modo
imaginable: los socialdemócratas pasaban ahora de ser «aliados» bajo
permanente sospecha[63] a la categoría de enemigos directos de la
revolución: «socialfascistas». La lúcida carta de despedida de Rosenberg
enviada desde Berlín trae causa precisamente en esto, aun cuando, como se
ha visto, interpreta todavía el giro de Stalin, no como la inauguración de una
época radical, enteramente nueva de afirmación de una dictadura (soberana)
nacional concebida como un despotismo industrializador sine die de nuevo
cuño que iba a traer consigo inmediatamente las colectivizaciones forzosas y
las correspondientes masacres campesinas –por lo pronto en Ucrania, el
antiguo granero del Imperio zarista–, sino como «prisionero de las ideas de
ayer».
A comienzos de 1930, sujeto ya a una persecución policíaca cada vez más
intensa e insidiosa, Chayánov logró publicar en la Selskokhozyaistvennaya
gazeta (Gaceta agrícola) un valiente artículo autobiográfico, «Sobre el
destino de los neo-narodniki», recapitulando su actitud –nunca fue
bolchevique– ante la Revolución de Octubre:
En general, coincido totalmente con [Jean] Jaurès en que una revolución solo puede ser o
totalmente rechazada o totalmente aceptada tal y como es. Yo me he guiado por esa idea desde el
estallido mismo de la revolución. Así, pues, mi actitud ante la Revolución de Octubre no se ha
decidido en el presente, sino en aquel día de enero de 1918 en que la Revolución descartó la idea
de la Asamblea Constituyente y siguió la vía de la dictadura proletaria. Desde febrero de 1918, mi
vida ha estado continuamente ligada a la reconstrucción de nuestro país; […] yo creo que nadie
tiene o puede tener razón alguna para negarse a describirme como un trabajador soviético, tal cual,
sin comillas[64].
En 1920 había escrito una maravillosa eutopía, tal vez la mejor, y desde
luego la más hermosa, del siglo XX: «Viaje de mi hermano Alekséi al país de
la Utopía campesina». Era una visión futurista de Moscú en 1984 –la necia e
inverosímil distopía de Orwell, 1984, copió probablemente la fecha–, una
ciudad totalmente remodelada en el seno de una economía social
democráticamente
instituida
como
un
continuum
campo-ciudad
tecnológicamente muy avanzado y con sobrada capacidad para sobrevivir,
también militarmente, en un ambiente internacional más bien hostil[65].
En 1930 fue arrestado por vez primera y procesado bajo la acusación de
pertenecer a un supuesto «Partido de los Campesinos y Obreros» que solo
existía literariamente en su eutopía de 1920. Todo quedó en nada, en buena
parte a causa de la entereza demostrada por Aleksándr en la farsa judicial. En
1932 volvió a ser detenido, juzgado –esta vez en secreto– y condenado a
cinco años de trabajos forzados en Kazajistán. El 3 de octubre de 1937 fue
detenido de nuevo e inmediatamente ejecutado en secreto, sin siquiera el
vistoso y escandalosamente falsario proceso público que llevó a la
«confesión» y posterior ejecución en el mismo año del gran Bujarin («el
favorito del Partido», a decir del último Lenin). La obra de ambos y su
memoria ha sobrevivido parcialmente hasta nuestros días gracias a la fiel y
valerosa tenacidad de sus respectivas viudas, inclementemente perseguidas
ellas mismas, pero longevas: Olga Chayánova (18 años en un campo de
concentración, fallecida en 1983, cuatro años antes de que Aleksandr fuera
oficialmente rehabilitado en la URSS) y Anna Larina (20 años en prisión,
destierro y campos de concentración, fallecida en 1996, ocho años después de
la rehabilitación oficial de Mijaíl).
Así como, contra todo pronóstico, el proyecto revolucionario de Lenin y
Trotsky sobrevivió a todas las calamidades entre 1918 y 1923, también contra
todo pronóstico[66] el despotismo industrializador de Stalin y su equipo[67]
sobrevivió. Churchill, su aliado en la Segunda Guerra Mundial, dejó
famosamente dicho que Stalin había comenzado a ejercer su poder en un país
«con arados de madera» dejando en 1953 un país que «había desarrollado la
energía atómica». El descrédito democrático internacional del despotismo
industrializador y de su corolario político, la dictadura soberana de Stalin y su
equipo, llegó a su cenit entre los Procesos de Moscú (1937) y el pacto
Molotov-Ribbentrop de no agresión con la Alemania de Hitler (firmado en
1939, ¡apenas unas semanas después de la derrota de la II República
española, a la que la URSS y la República de México habían sido los dos
únicos países en ayudar militarmente frente a la agresión de las potencias
fascistas del Eje!). Pero la contribución absolutamente decisiva del Ejército
Rojo y de la Rusia soviética, a partir de junio de 1941, a un coste humano
apenas concebible, a la derrota militar del nazismo cambió radicalmente la
percepción de la opinión pública democrática internacional luego de 1945. Y
pocas dudas pueden caber de que la sola existencia de la URSS explica en
buena parte el que las viejas clases rectoras occidentales se allanaran, mal que
bien, en la posguerra a tolerar la construcción de Estados democráticos y
sociales de derecho y a prestar menor resistencia a los procesos de
descolonización que se desarrollaron en todo el planeta[68].
En 1967, con ocasión del cincuentenario de la Revolución de Octubre, el
gran analista político y erudito historiador filotrotskista polaco exilado en
Londres Isaac Deutscher se sintió obligado a repetir, sin citar expresamente a
su autor, las palabras del conservador Winston Churchill sobre los «arados de
madera» y la «energía atómica»[69]. Su juicio global sobre el legado de la
Revolución de Octubre era muy parecido al de su amigo, colaborador
científico en labores de historia de la Revolución rusa y protector político-
académico en Inglaterra, el diplomático y académico left-liberal británico E.
H. Carr. A diferencia de la Revolución francesa, la Revolución rusa, con un
«coste terrible», había durado. Mientras que en los cincuenta años siguientes
a su Gran Revolución, Francia había conocido la I República democrática, la
reacción termidoriana, el Directorio, el Consulado, el Primer Imperio, la
Restauración borbónica y la Monarquía orleanista de julio de 1830, Stalin y
su equipo se mantenían inalterablemente en el poder desde 1925, y por
torcida y aun criminal que fuera su dictadura, seguía manteniendo incólumes
los símbolos y las liturgias de Octubre de 1917. Su impacto sobre el mundo
contemporáneo había sido duradero. Carr, por ejemplo, menciona a menudo
como indiscutibles legados de Octubre la irrupción de las masas en la política
del siglo XX y la planificación estatal de la vida económica. Sus logros eran
«irreversibles», porque –eso nos sonará–, no eran «utopías», sino que iban en
el sentido de la evolución social histórica[70]. En uno de los volúmenes
finales de su historia de la Revolución rusa, Carr dejó famosamente dicho:
Muy raramente, tal vez, en el curso de la historia habrá tenido que pagarse un precio tan
monstruoso para alcanzar el objetivo deseado[71].
Con esa misma orientación, en la primera de sus ya mencionadas
Conferencias Trevelyan en Cambridge, Deutscher citará, para defender el
largo experimento soviético, al gran historiador de la efímera Revolución
inglesa que fue Trevelyan: como en el caso de los Puritanos revolucionarios
ingleses de 1649, «sus buenas obras sobrevivirán a sus locuras».
En la segunda Conferencia Trevelyan, Deutscher empezó de la forma más
tradicional:
En 1917 Rusia experimentó la última de las grandes revoluciones burguesas y la primera de las
revoluciones proletarias de la historia europea.
Pero Deutscher era demasiado buen historiador y demasiado inteligente
como para aceptar a cierraojos toda esta grosera falsificación kautskiano-
estaliniana de las «revoluciones burguesas». Observa, por ejemplo, que en la
revolución «burguesa» de febrero, el primer gobierno provisional burgués «ni
siquiera se atrevió a destruir las grandes haciendas aristocráticas y a dar tierra
a los campesinos»: «Incluso como revolución burguesa, la de Febrero fue una
revolución manquée».
Y se cree entonces obligado a unas puntualizaciones que tienen para
nosotros el mayor interés:
Me veo precisado a ofrecer aquí, a riesgo de repetir lo obvio, una breve definición de
«revolución burguesa». El punto de vista tradicional, ampliamente aceptado por marxistas y
antimarxistas por igual, es que en esas revoluciones la burguesía desempeñó el papel dirigente,
estuvo a la cabeza del pueblo insurgente y se hizo con el poder. […] A mí me parece que esa
concepción, sea quien sea la autoridad a la que se atribuya, es esquemática y carece de realidad
histórica. Tomada al pie de la letra, uno podría llegar a la conclusión de que la revolución burguesa
no es sino un mito que difícilmente pudo ocurrir jamás, ni siquiera en Occidente. Los empresarios
capitalistas, los comerciantes y los banqueros no se contaban entre los dirigentes de los Puritanos o
entre los comandantes de los Ironsides, ni estaban en el Club de los Jacobinos, ni en cabeza de las
masas que asaltaron la Bastilla o invadieron las Tullerías. […] Las clases medias bajas, los pobres
urbanos, los plebeyos y los sans culottes compusieron los grandes batallones insurgentes[72].
¿En qué consiste entonces una «revolución burguesa»? La respuesta no
puede ser más estupefaciente. En las consecuencias a largo plazo de la
misma, pero solo tras el triunfo de una contrarrevolución (esa sí, añadamos
nosotros, «burguesa»). Esas revoluciones:
… terminaron creando, a menudo sin saberlo, las condiciones bajo las cuales los industriales, los
comerciantes y los banqueros lograron ganar predominio económico y, a largo plazo, incluso [sic!]
supremacía social y política. Las revoluciones burguesas crean las condiciones en las que la
propiedad burguesa puede florecer. En eso, y no en los particulares alineamientos durante la lucha,
radica su differentia specifica.
Se observará que incluso un marxista crítico tan culto y bienintencionado
como Deutscher se hallaba ya en 1967 a años luz de un Mathiez, un
Chayánov o un Kovalevsky en la comprensión de las complicadas e
históricamente proteicas sutilezas de la institución político-social de la
propiedad. Y es que, efectivamente, la «cultura europea» –como habíamos
visto profetizar al Lenin de 1915 (véase la nota 15)– se desplomó tras dos
guerras mundiales y las experiencias del exilio, el fascismo y la represión
estalinista. Lo que había sido el rico y vigoroso pensamiento socialista
europeo del primer tercio del siglo XX había prácticamente dejado de existir
en el último, al menos como comunidad deliberativa compuesta de distintas
corrientes intelectuales vivas y mutuamente fertilizantes.
Sea ello como fuere, es evidente que el propósito de esta
metodológicamente impropia redefinición ad hoc de las «revoluciones
burguesas» por sus consecuencias a largo plazo, siendo «injusta» con la
Revolución francesa al hacer depender su carácter y naturaleza, no de ella
misma, sino precisamente de la contrarrevolución que la yuguló luego de
Termidor, buscaba hacer algún tipo de «justicia» a la Revolución de Octubre.
Si Rosa Luxemburg alabó en 1918 a los bolcheviques diciendo que
«¡osaron!», Deutscher los alababa cincuenta años después viniendo a decir de
ellos y de sus sucesores: «¡duraron!»; ¡lograron contra viento y marea, con
altibajos y a un «precio monstruoso», mantener sus cambios a largo plazo! Y
eso es lo que presumiblemente haría de la rusa una revolución «proletaria» y
no, como la francesa, «burguesa».
Ahora, cincuenta años después, huelga decirlo, el criterio ad hoc de
Deutscher se volvería incluso contra su propia intención política: la
Revolución de Octubre también debería ser considerada «burguesa», porque
«a largo plazo» habría terminado creando, y de la peor manera tras 1990, «las
condiciones en las que la propiedad burguesa puede florecer».
Hoy resulta tal vez difícil de creer, pero lo cierto es que la duradera
pervivencia de la Unión Soviética terminó siendo aceptada, incluso por sus
peores enemigos, como un éxito, como una realidad que iba, mal que bien,
con el signo de los tiempos y de la «evolución social», y la onda expansiva de
la que provenía, la Revolución de Octubre, difícilmente podía verse en 1967,
salvo por encallecidos guerreros fríos entonces situados en la franja lunática
de la academia (como Berlin, Popper o Hayek, a los que Carr y Deutscher
tanto y con tanta razón despreciaban intelectualmente), del modo en que, en
cambio, sí vieron desde el comienzo a la Revolución francesa los liberales
(Constant, Bentham, Say), los conservadores (Burke) y los reaccionarios
(Bonald, De Maistre, Chateaubriand) de finales del XVIII y comienzos del
XIX: como puro extravío y obra de locura y vesania de sus iniciadores.
Ahora –es evidente– las fuerzas conservadoras y reaccionarias de nuestro
tiempo se aprestan a recordar ad deterrendum el centenario de la Revolución
de Octubre en términos muy parecidos a como, desde el comienzo, quisieron
las fuerzas contrarrevolucionarias europeas decimonónicas recordar a la
República democrática de Robespierre y a su programa de «economía política
popular»:
Yo me sentiría dichoso si, recordando esos tiempos de dolores y depravaciones terribles,
contribuyera por mi parte a extinguir en la clase trabajadora e industrial todo deseo, toda
pretensión de ejercicio del poder; y a salvarla de sus propios desvaríos, de sus propios furores, para
que los condene y reniegue de ellos desde el momento en que, libre y emancipada de toda
efervescencia política, se halle rendida a su buen sentido natural y a sus ocupaciones habituales e
inofensivas[73].
[1] Este texto es la base escrita, ampliada, revisada y con aparato crítico, de una conferencia
pronunciada en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) el 26 de octubre de 2016 en el marco de
unas jornadas conmemorativas organizadas por la Comissió del Centenari de la Revolució Russa y por
el
grupo
de
investigación
GREF-CEFID
de
la
UAB,
más
tarde
trascrita
para
http://www.sinpermiso.info/. Por los intercambios críticos habidos en el debate posterior, estoy
particularmente agradecido a los historiadores Borja de Riquer y Enric Prat, a los sociólogos Joaquim
Sempere, Edgar Manjarín y Jordi Borja, al politólogo Joan Botella y al economista Daniel Raventós, así
como al doctorando Julio Martínez Cava.
[2] Avanti, 24 de noviembre de 1917.
[3] Prefacio a la edición francesa del Bolchewismus Sackkasse (1930): Le bolchevisme dans
l’impasse, París, Alcan, 1931, p. 13-14.
[4] Deutsche Geschichte des 19. und 20. Jahrhunderts, Fráncfort del Meno, Fischer, 1992.
[5] Hay traducción castellana de Roberto Bravo de la Varga: El mundo de ayer, Barcelona,
Acantilado, 2002.
[6] «An Autobiography», publicado póstumamente por vez primera en Michael Cox (comp.), E. H.
Carr. A Critical Appraisal, Nueva York, Palgrave McMillan, 2000, p. xiii.
[7] Así se titula precisamente el capítulo 2 de Marcelo Carmagniani: Estado y Sociedad en América
Latina, 1850-1930, Barcelona, Crítica, 1984, pp. 99-175.
[8] Mike Davis, Late Victorian Holocausts, Londres, Verso, 2001.
[9] Citado por Adolfo Gilly, La revolución interrumpida, México, Era, 1994, p. 303.
[10] Marx-Engels Werke (MEW), Berlín, Dietz, 1979, vol. 35, p. 166.
[11] Marx escribió la carta a la redacción de la revista Otiechéstvennie Zapiski [Anuario de la patria]
poco después de la aparición del artículo del ideólogo de los populistas Mijailovsky «Karl Marx ante el
tribunal del señor J. Shukovski» (publicado en el n.
o 10 de O.Z. en octubre de 1877). Marx no llegó a
enviar la carta. Engels la encontró entre los papeles póstumos de Marx, hizo varias copias y mandó una
de ellas, con una carta fechada el 6 de marzo de 1884, a Vera Zasúlich. Traducida por ella al ruso, la
carta se publicó en el n.
o 5 del Vestnik Narodnoi Voli y, en octubre de 1888, en el Yuridicheski Vestnik.
Aquí se traduce según la edición publicada en la MEW Berlín, vol. 19, pp. 107-112.
[12] Kovalevsky dejó escrito un interesante documento sobre su relación personal y científica con
Marx recogido en la valiosa colección de testimonios personales sobre Marx editado por Vladimir
Victorov Andoratskij: Karl Marx, eine Sammlung von Erinnerungen und Aufsätzen, Zúrich, Ring
Verlag, 1934.
[13] Rosa Luxemburg, «Zeit der Aussaat», Volkswacht, Breslau [hoy Wrocław], 25 de marzo de
1910. Kautsky censuró la publicación de este artículo en la revista teórica oficial dirigida por él, Die
neue Zeit.
[14] Para toda esta discusión, y lo que sigue, cfr. Antoni Domènech, El eclipse de la fraternidad.
Una revisión republicana de la tradición socialista, Barcelona, Crítica, 2004, cap. V.
[15] Citado por Roman Rosdolsky, Imperialist War and the Question of Peace. The Peace Politics of
the Bolsheviks before the November 1917 Revolution, cap. 2 [puede consultarse online en la web
www.marxists.org].
[16] Cfr. Barbara Evans Clements, A History of Women in Russia, Bloomington, Indiana University
Press, 2012, cap. V.
[17] Alexander Rabinowitch, Prelude to Revolution. The Petrograd Bolsheviks and the July 1917
Uprising, Bloomington, Indiana University Press, 1991, p. 105.
[18] «Le Bolchévisme et le Jacobinisme», enero de 1920 (edición de la Librairie du Parti Socialiste et
de l’Humanité, París).
[19] Alexander Rabinowitch, Prelude to Revolution. The Petrograd Bolsheviks and the July 1917
Uprising, cit.
[20] Alexander Rabinowitch, The Bolsheviks in Power, Bloomington, Indiana University Press,
2007, Prefacio, pp. ix-x.
[21] La designación como dictaduras soberanas de estos regímenes políticos de raíces y propósitos
tan distintos no tiene que ver con la noción ahistórica de «totalitarismo» que se hizo popular, bajo la
Guerra Fría, entre ciertos filósofos (como la heideggeriana Hannah Arendt) y publicistas. Los
historiadores profesionales jamás la aceptaron, entre otras cosas porque presupondría un trabajo de
historia comparada que nadie se molestó en hacer: esa consigna metodológica de «archivo, archivo,
archivo y hechos, hechos, hechos» en que tan donosamente insiste en cuanto se le presenta la ocasión
mi admirado amigo, el gran historiador español Ángel Viñas. La historiadora australiano-británica
Sheila Fitzpatrick –discípula de Carr– demolió la categoría de «totalitarismo» como concepto
analíticamente valedero en los años ochenta y noventa con sus soberbiamente investigados libros sobre
la Rusia de Stalin, y señaladamente en Every Day Stalinism. Ordinary Life in Extraordinary Times:
Soviet Russia in the 1930s (Oxford, Oxford University Press, 2000). Recientemente, ella misma ha
editado un libro que viene a cumplir ese trabajo serio, nunca antes hecho por los propagandistas del
«totalitarismo», de historia comparada, y al que significativamente ha titulado Beyond Totalitarianism.
Stalinism and Nazism Compared (Michael Geyer y Sheila Fitzpatrick [eds.], Cambridge, Cambridge
University Press, 2009).
[22] «Décret de constitution du comité de salut public», publicado en Le Moniteur universal n.
o 99
del 9 de agosto de 1793, p. 76 [se puede consultar online en http://books.google.fr/books?
id=DZsFAAAAQAAJ&lpg=PA249&ots=B1afK167l8&dq=le%20moniteur%20avril%201793&hl=fr&pg=PA76#v=onepage&q=le%20moniteur%20avril%201793&f=false
[23] «Introduction a la réedition», en Albert Mathiez, La réaction thermidorienne, París, La
Fabrique, 2010, p. 36.
[24] «Zur Kritik des sozialdemokratischen Programmentwurfs 1891», en MEW, vol. 22, pp. 227-
238.
[25] Escrito con toda probabilidad a fines de 1918. Aquí se citará conforme a la siguiente edición:
Rosa Luxemburg, Politische Schriften, volumen III, Fráncfort, Europäische Verlagsanstalt, 1968, pp.
106-141.
[26] La crítica a la política agraria del bolchevismo recién llegado al poder consistía básicamente en
mostrar el contraste entre la («necesaria») política ultracentralizadora de la industria con la
nacionalización de la banca, el comercio y las fábricas y la renuncia a hacer lo propio –contra el
programa bolchevique tradicional– con el suelo y la gran propiedad agraria: «aquí, al contrario,
descentralización y propiedad privada». Eso sería una concesión a los socialrevolucionarios populistas
y «al movimiento espontáneo del campesinado». Pero al «destruir y disolver la gran propiedad agraria,
el punto de partida más adecuado para la economía socialista», la «reforma agraria leninista le ha
creado al socialismo en el campo una nueva capa popular hostil, cuya resistencia será mucho más
peligrosa y tenaz de lo que fue la de la nobleza terrateniente». Independientemente del juicio que nos
merezca el diagnóstico, el pronóstico no podía ser más premonitorio. Nótese la ausencia en esta
discusión de cualquier preocupación por la vieja comuna rural rusa colectiva. Pero ahora hemos soltado
una liebre que no debemos todavía perseguir. Véase, sin embargo, más adelante, y particularmente la
nota 59 de este texto.
[27]
Se puede, por ejemplo, recordar que, en mayo de 1936, previendo la sublevación fascista, el
redactor del programa del Frente Popular, el eminente civilista madrileño Felipe Sánchez Román,
propuso a Azaña una dictadura (fideicomisaria) republicana. Una propuesta que don Manuel rechazó.
Sánchez Román partió entonces hacia México y fue, en 1937, uno de los arquitectos jurídicos de la
nacionalización del petróleo emprendida por el gobierno de Lázaro Cárdenas.
[28]
W. Shakespeare, Macbeth, acto I, escena 3 (diálogo de Banquo con las brujas). La traducción es
mía, como la de todas las citas de este texto, salvo indicación expresa de lo contrario.
[29]
En la Introducción de 1891 a la reedición de La guerra civil en Francia de Marx, Engels dejó
escrito redondamente que: «Contra la inexorable transformación de todos los Estados y órganos
estatales hasta ahora conocidos de servidores [fideicomisarios] de la sociedad en señores de la sociedad,
la Comuna de París [1871] utilizó dos medios infalibles. Primero: hizo que todos los cargos –
administrativos, judiciales, docentes– resultaran elegidos por sufragio universal de los interesados [de
los comitentes], y desde luego con posibilidad de destitución inmediata por parte de esos mismos
interesados. Y segundo: pagó para todos los servicios públicos, altos o bajos, solo el salario percibido
por los demás trabajadores». (MEW, vol. 22, pp. 509-527.) Que la posición del viejo Engels era (y es)
teoría política republicana moderna convencional podrá tal vez comprenderlo mejor el lector si
recuerda la famosa sentencia del juez norteamericano Vanderbilt reafirmando en 1952 la naturaleza
jurídica fiduciaria del poder político y de la administración en una República (con o sin sufragio
universal, es decir, democrática o no): «[Los funcionarios públicos] se hallan en una relación fiduciaria
con el pueblo que los ha elegido o los ha nombrado para servir […] En tanto que tales, son
fideicomisarios (trustees) del interés público, y se hallan bajo la ineludible obligación de servir al
público con la mayor fidelidad. Al desempeñar los deberes de su cargo, se les exige que lo hagan con
toda la inteligencia y toda la pericia de que sean capaces, que sean diligentes y concienzudos, que no
ejerzan su discrecionalidad de modo arbitrario, sino razonable, y sobre todo, que procedan de buena fe,
con probidad e integridad. […] Tienen que ser inmunes a las influencias corruptoras, y tienen que
operar franca y abiertamente a la luz del escrutinio público, de manera que la opinión pública pueda
conocer y juzgarles equitativamente, a ellos y a su trabajo […] Esas obligaciones no son meros
conceptos retóricos o abstracciones idealistas sin fuerza ni efectos prácticos; son obligaciones
impuestas por el derecho común a los funcionarios públicos, que tienen que aceptarlas como materia
legal cuando acceden a un cargo público. La exigencia jurídica del cumplimiento de esas obligaciones
es esencial para el sentido y la eficacia de nuestro Estado, que existe para beneficio del pueblo»
(Driscoll vs. Burlington-Bristol Bridge Co., 86 A.2d 201 at 221-22 (N. J. Sup. Ct. 1952). El énfasis es
mío, A. D.
[30]
«En vez de aspirar resueltamente, en el espíritu de la pura política internacional de clase que en
otros ámbitos representaban, a la más compacta unión de las fuerzas revolucionarias en todo el
territorio del Imperio, en vez de defender con uñas y dientes la integridad del Imperio ruso como
ámbito de la revolución y de oponer, como mandato supremo de la política, la pertenencia común y la
indivisibilidad de los proletarios de todos los países en el ámbito de la revolución rusa a todas las
aspiraciones nacionalistas particulares, lo que los bolcheviques han logrado con la tronante fraseología
del “derecho de autodeterminación hasta la posibilidad de la separación estatal” es todo lo contrario:
regalar a la burguesía de todos los países periféricos el más brillante pretexto que pudiera desear para
convertirlo en bandera de sus aspiraciones contrarrevolucionarias». Para una muy competente revisión
histórica de las interesantes raíces históricas de la posición bolchevique favorable al derecho de
autodeterminación nacional, véase, en SinPermiso electrónico, 1 de junio 2014, el artículo de Eric
Blanc «Liberación nacional y bolchevismo: la aportación de los marxistas de la periferia del Imperio
Zarista»
[traducción
castellana
de
Gustavo
Búster
disponible
en
http://www.sinpermiso.info/textos/liberacin-nacional-y-bolchevismo-la-aportacin-de-los-marxistas-de-la-periferia-del-imperio-zarista].
[31] Leon Trotsky, Communisme et terrorisme [1920], reedición: París, Ink Book Edition, 2012, cap.
III, p. 120. Respuesta al texto de Kautsky Kommunismus und Terrorismus. Ein Beitrag zur
Naturgeschichte der Revolution [1919].
[32] L. Trotsky, «La Guerra y la Internacional», un panfleto escrito en septiembre de 1914. La cita
está tomada de Roman Rosdolsky, Imperialist War and the Question of Peace, cit.
[33] Eduard Bernstein, Sozialdemokratische Lehrjahre. Autobiographien. Berlin 1918, Berlín, Dietz,
1991, p. 240. La lección de Bernstein en la Humboldt a la que alude él mismo aquí ha sido
recientemente republicada como capítulo 2 («Die naturrechtliche Begründung des Sozialismus» [La
fundamentación iusnaturalista del socialismo]) en Eduard Bernstein, Der Sozialismus einst und jetz,
Berlín, Jazzbee Verlag Jürgen Beck, 2009.
[34] Cfr. Antoni Domènech, «“Democracia burguesa”: nota sobre la génesis del oxímoron y la
necedad del regalo», Viento Sur 100 (enero de 2009), pp. 95-100.
[35] Wilhelm Wachsmuth, Geschichte Frankreichs im Revolutionszeitalter, 4 vols., Hamburgo,
Perthes Verlag, 1840-1844.
[36] Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA) IV, 2 (Exzerpte 1843 bis Januar 1845), Berlín, Dietz,
1981, p. 169. Las cursivas son de Marx. Cuando en el Manifiesto comunista (1848) Marx y Engels
declararon que socialistas y comunistas eran un «ala de la democracia», no hacían sino plegarse al uso
común de la palabra en su tiempo: socialistas y comunistas representaban políticamente, dentro del
conjunto del «pueblo» –del «cuarto estado»– a los trabajadores asalariados modernos, al «proletariado
industrial».
[37] El énfasis es mío, A. D. Citado por Alexander Rabinowitch, Prelude to Revolution. The
Petrograd Bolsheviks and the July 1917 Uprising, cit., p. 119.
[38] L. Trotsky, Communisme et terrorisme, cit., p. 106.
[39] Antes de la Representation of the People Act de 1918, solo 7,1 millones de varones disponían de
derecho de sufragio. La nueva ley electoral triplicó el volumen del electorado hasta alcanzar más de 21
millones (8,4 de los cuales eran mujeres).
[40] Véase, por ejemplo, el reciente libro de Selina Todd, The People. The Rise and Fall of the
Working Class, Londres, John Murray, 2014. También resulta instructivo el libro de Lucy Lethbridge
Servants. A Downstairs View of Twentieth-century Britain, Londres, Bloomsbury, 2013.
[41] En su pequeña obra maestra de los años treinta, Angelo Tasca mostró, el primero, cómo el
ascenso al poder de Mussolini, aun con el pretexto del miedo al bolchevismo, fue básicamente una
reacción a la incipiente democratización de la vida social y política en la Italia de posguerra (El
nacimiento del fascismo, trad. de Antonio Aponte e Ignacio Romeral, Barcelona, Ariel, 1969). Y, en
general, para los cuatro países mencionados, véase A. Domènech, El eclipse de la fraternidad, cit.,
capítulos VI-X.
[42] El redactor socialista de nuestra constitución republicana de 1931, el gran penalista Luis
Jiménez de Asúa, aleccionado por los errores de Weimar, evitó conscientemente ese peligro mortal a la
«República de trabajadores» española, diseñándola unicameralmente y sin posibilidad de revisión
judicial contraparlamentaria. Resulta sumamente instructiva la lectura de su Preámbulo, en donde se
contrapone con toda claridad la concepción republicana –lockeano-kantiano-robespierreana, si así
puede decirse– de la división de poderes a la concepción de Montesquieu que, más propia de una
monarquía constitucional, permite al poder judicial y al poder ejecutivo limitar a placer al legislativo.
[43] Ahora sabemos que ni siquiera Stalin se engañó al respecto, como puede verse en los Diarios de
Dimitrov, uno de los documentos inéditos más importantes publicados en los últimos años sobre la
historia del comunismo. Por ejemplo: Dimitrov anota una conversación con Stalin del 6 de diciembre
de 1948, en la cual este dice redondamente que, para Marx y Engels, «la mejor forma de dictadura del
proletariado» era «la república democrática», lo que «para ellos significaba una república democrática
en la que el proletariado tenía un papel dominante, a diferencia de las repúblicas suiza o
norteamericana»; y esa república con preponderancia obrera tenía «forma parlamentaria». Ivo Banac
(ed.), The Diary of Georgi Dimitrov, New Haven y Londres, Yale University Press, pp. 450-451. Otro
ejemplo: el 7 de abril de 1934, anota Dimitrov esta observación de Stalin: «Los obreros europeos están
históricamente vinculados con la democracia parlamentaria» […] y «no entienden que nosotros no
tengamos parlamentarismo» (pp. 12-13).
[44] Quien, dicho sea de paso, vivió tranquila y retiradamente bajo el nacionalsocialismo sin dejar de
cobrar ni un solo mes su nómina de alto funcionario jubilado del Reich.
[45] Es célebre la declaración de Friedrich Ebert, verdadero jefe de la socialdemocracia mayoritaria y
primer presidente de la República de Weimar, según la cual «no somos sino los administradores
concursales de la bancarrota de la monarquía guillermina». (Citado por Heinrich August Winckler,
«Eduard Bernstein und die weimarer Republik», introducción a Eduard Bernstein, Die Deutsche
Revolution von 1918/19, Berlín, Dietz Nachfolger, 1998, p. 10.) Tal vez tenga cierto interés no
puramente erudito para el lector saber que la disputa, digamos, «republicana» de Marx y Engels con los
socialistas alemanes venía de mucho antes de la crítica engelsiana del Programa de Erfurt en 1891.
Marx rompió con el verdadero fundador de la socialdemocracia alemana, Ferdinand Lassalle (1825-
1864), en los años sesenta por los a su juicio inaceptables acercamientos de Realpolitiker (Marx: «¡y yo
no soy un Realpolitiker!») al canciller Bismarck. Pues bien, en una carta de Lassalle a Bismarck, que
acompañaba al envío de los Estatutos de la Asociación Obrera que él mismo acababa de fundar, puede
leerse esto: ahí le va «la Constitución de mi Imperio, que tal vez debería usted envidiarme. Porque con
esta imagen en miniatura […] se convencerá usted claramente de hasta qué punto el estamento obrero
se siente instintivamente inclinado a la dictadura, si puede llegar a convencérsele con buenas razones de
que esta se ejercerá conforme a sus intereses, y de hasta qué punto, como ya tuve ocasión de decirle
recientemente, podría inclinarse, a pesar de todas las convicciones republicanas –o precisamente por
ellas–, a ver en la Corona el soporte natural de la dictadura social opuesta al egoísmo de la sociedad
civil burguesa, si la Corona, a su vez, se resolviera a dar el paso –evidentemente muy improbable– de
tomar una orientación verdaderamente revolucionaria y nacional para pasar de ser una Monarquía de
los estamentos privilegiados a ser una Monarquía popular revolucionaria». Citado por Hans Peter
Bleul, Ferdinand Lassalle, Fráncfort del Meno, Fischer, 1982, capítulo VII, sección 9: «Gespräche mit
Bismarck» (Conversaciones con Bismarck).
[46] La llamada «bolchevización del KPD» emprendida por la ultraizquierdista Ruth Fischer (quien,
por cierto, terminó sus días en los EEUU de la Guerra Fría como paniaguada de la CIA) fue sobre todo
una purga de luxemburguistas. Pero en Polonia fue más grave: en 1940, Stalin ejecutó al grueso de la
dirección luxemburguista del Partido Comunista y lo disolvió. Volvió a fundarse en la posguerra con
otro nombre: Partido Socialista Unificado de Polonia.
[47] Vorwärts (órgano del Partido Socialdemócrata Alemán, SPD), 27 de abril de 1927.
[48] Es evidente que Rosenberg estaba poderosamente influido aquí por el inteligente análisis que del
éxito del bolchevismo fuera de Rusia había hecho hacia 1921 el menchevique de izquierda, íntimo
amigo personal –¡se tuteaban!– y eterno adversario político de Lenin en el Partido Socialdemócrata
ruso, Julius Martov (1873-1923). Martov, un marxista culto y un talento político de primer orden que
descollaba incluso entre aquella increíble concentración de talentos que fue el socialismo ruso de la
época, terminó (en septiembre de 1920) exilándose en Berlín por consejo del propio Lenin: no podía
protegerlo ya en Petrogrado, pero podía apoyarlo económicamente (como a otros mencheviques de
izquierda) en Berlín. En su texto sobre el éxito fuera de Rusia del bolchevismo, publicado
póstumamente en Berlín a finales de 1923 (hay una traducción castellana de Julio Martínez Cava en
prensa para el número 15 de SinPermiso papel), se leen pasajes como estos: «La guerra hizo jugar al
ejército un papel importante en la vida social, y ese es sin la menor duda el primer factor común que
puede discernirse en los procesos revolucionarios de países tan distintos como Rusia, Alemania,
Inglaterra y Francia. […]. El bolchevismo no es simplemente una “revolución de los soldados”, pero la
influencia del bolchevismo en el desarrollo de la revolución en los distintos países se halla en relación
directa con la masa de soldados que participan en ella. […] Desde los primeros días de la marea
creciente del bolchevismo, los marxistas apuntaron a que el “comunismo de consumo” suministró el
único interés común capaz de crear un vínculo entre elementos sociales completamente diversos y, a
menudo, desclasados, es decir, arrancados de su medio social. […] Pero se ha prestado menos atención
a otro factor de la psicología de la multitud revolucionaria de la soldadesca. Me refiero a ese
“antiparlamentarismo” que resulta bastante entendible en un medio social que no ha sido cimentado por
las duras lecciones de la defensa colectiva de sus intereses y que, actualmente, saca exclusivamente su
fuerza material y su influencia del hecho de hallarse en posesión de armas. […] La composición de la
masa obrera ha cambiado. Los viejos cuadros, los que poseían la más alta educación de clase, han
pasado cuatro años y medio en el frente; han sido separados del trabajo productivo y se han imbuido de
la mentalidad de trinchera, han sido psicológicamente absorbidos por la amorfa masa de elementos
desclasados. Cuando han regresado a las filas del proletariado, lo han hecho, sin embargo, con un
espíritu permeado por la mentalidad del motín de la soldadesca. […] Durante la guerra, su lugar en la
producción fue ocupado por millones de nuevos trabajadores reclutados entre artesanos arruinados y
otros segmentos del “pueblo menudo”, proletarios rurales y mujeres de clase obrera. Esos recién
llegados trabajaban en unos tiempos en que el movimiento político proletario había desaparecido
completamente y en los que hasta las organizaciones sindicales habían quedado reducidas a puro
esqueleto. […] En esas nuevas masas de la clase proletaria la conciencia se desarrollaba muy
lentamente, y tanto más, cuanto que apenas tenían oportunidad de tomar parte en acciones organizadas
junto a obreros más avanzados».
[49] Todos los énfasis son míos, A. D. La carta está conservada en el archivo Rosenberg del
Internationaal Instituut voor Sociale Geschiedenis de Ámsterdam.
[50] La carta de Rosenberg continúa así: «El gran viraje de la política interna rusa en el XIV
Congreso de los bolcheviques [celebrado en diciembre 1925] tendría que haber llevado lógicamente a
la disolución de la III Internacional. Yo no tengo la menor duda de que los hábiles estadistas que hoy
conducen la Rusia soviética lo saben perfectamente. Se percatan –la cosa no ofrece duda– de que la
ulterior existencia de la Komintern daña seriamente, ya a la Rusia soviética, ya a los obreros de los
demás países. Pero se hallan aún tan prisioneros de la ideología de ayer, que no pueden dar el paso
necesario».
[51] Reproducido como capítulo I de su La Russie sociale, París, Giard&Brière, 1914.
[52] Kovalevsky era ya una autoridad científica internacionalmente reconocida. En la misma editorial
parisina había publicado unos cuantos años antes su gran libro sobre el mir y lo que él mismo llamaba
«el comunismo agrario ruso»: Le régime économique de la Russie, París, Giard&Brière, 1898.
[53] Sobre la «nueva reforma agraria» de 1906 y su inopinada aceleración de la redistribución de la
propiedad del suelo, el propio Kovalevsky insistirá en su segunda conferencia parisina: «Han bastado
dos meses de debates legislativos para producir un cambio total en la visión de nuestras clases
dirigentes. Se creía que el pueblo campesino era dócil y de espíritu conservador. Pero han sido los
diputados de las comunas agrarias los que constituyeron el partido que más acalorada e
intransigentemente reivindicó el derecho de los trabajadores de la tierra a poseer en exclusiva las tierras
el país. Son los campesinos comunarios quienes insistieron en el deber que tenía el Tesoro público de
recomprar a precio vil –inferior al de mercado– las tierras señoriales para distribuirlas inmediatamente
en el pueblo de los campos». «La réforme agraire de 1906», reproducida como capítulo II de La Russie
sociale, cit., p. 35.
[54] Maksim Kovalevsky, La Russie sociale, cit., pp. 21-22.
[55] Ibid., p. 25.
[56] Tugan-Baranovsky había publicado en 1916 un libro importante, nunca traducido, que yo sepa,
al alemán, la lingua franca académica y política de la época: Sotsial’nye osnovy kooperatsii (Los
fundamentos sociales de la cooperación). Ese mismo año, dicho sea de pasada, el historiador Ramón de
Carande tradujo (del alemán) la obra de Tugan-Baranovsky Fundamentos teóricos del marxismo
(Madrid, Hijos de Reus editores, 1916), una gran y original obra científica de interesante orientación
normativa iusnaturalista revolucionaria explícitamente kantiana y –eso al menos decía Don Ramón en
el Prólogo– el primer libro que se publicó en España de teoría económica marxista.
[57] La publicación en Occidente de Chayánov a partir de 1960 tuvo una influencia científica
extraordinaria. En la economía agraria, por supuesto. Pero también en la historiografía. Sin Chayánov y
su idea de una clase campesina y unas unidades de producción agraria (un particular modo de producir
campesino) que atraviesan y transcienden épocas históricas enteras prácticamente desde Neolítico, no
se entendería, por ejemplo, la seminal revisión que de la Baja Edad Media inglesa (y europeo-
occidental) hizo ese formidable historiador marxista británico que fue Rodney Hilton en su clásico
Bond Men Made Free (Londres, Viking Press, 1973). De la importancia de Chayánov para los
movimientos actuales de reforma agraria y liberación campesina –recuérdese que más de las tres
cuartas partes de los pobres en el mundo de hoy viven en el campo– constituye un buen ejemplo el
reciente libro de Jan Douwe van der Ploeg, Peasants and the Art of Farming. A Chayánovian
Manifesto, Halifax y Winnipeg, Fernwood Publishing, 2013.
[58] Chto takoye agrarnyi vopros? (¿Qué es la cuestión agraria?), Moscú, 1917.
[59] La posición de los bolcheviques en agosto de 1917 era idéntica: «La tenencia de la tierra debe
ser sobre una base de igualdad: la tierra debe distribuirse entre los trabajadores conforme a criterios de
trabajo o de consumo, según sean las condiciones locales. No debe haber absolutamente ninguna
restricción a las formas de tenencia de la tierra: familiar, estanciera, comunal o cooperativa» (Izvestia,
19 agosto 1917). La Constitución soviética de 1918 (artículo 3) acogería esta idea, digamos, de
pluralismo en las formas de apropiación, todas subordinadas, empero, al principio de una «función
social de la propiedad», función social determinable en exclusiva por el poder legislativo. Una
formulación constitucional que venía del famoso artículo 27 de la Constitución revolucionaria
mexicana de 1917, que tanta influencia tuvo también sobre la Constitución alemana de Weimar y la de
la I República austriaca en 1919 y, luego, sobre la Constitución de la II República española en 1931.
Cfr. Antoni Domènech, «Socialismo: ¿De dónde vino? ¿Qué quiso? ¿Qué logró? ¿Qué puede seguir
queriendo y logrando?», en Mario Bunge y Carlos Gabetta (eds.), ¿Tiene porvenir el socialismo?,
Buenos Aires, Eudeba, 2012. Dicho sea de paso, eso es lo que no entendió Rosa Luxemburg en 1918,
cuando criticó la «nueva» política agraria bolchevique. Rosa estaba atada a la solución de los
problemas agrarios por la única vía de la concentración (o estatista o capitalista) de la propiedad. Véase
la nota 26.
[60] Viktor Danilov, «Introduction», a su nueva edición de Aleksandr Chayánov, The Theory of
Peasant Co-operatives, Ohio, Ohio State University Press, 1991 (traducción del ruso al inglés por
David Wedgwood Benn), pp. xxvi-xvii.
[61] Osnovnye idei iformy organizatsii krest’yanskoi kooperatsii (Las ideas y las formas básicas de la
cooperación campesina).
[62] Citado por V. Danilov, «Introduction», cit., p. xxxii.
[63] En 1926, Keynes escribió una fina y hasta cierto punto respetuosa, pero, en su inimitable estilo,
demoledoramente irónica reseña («Trotsky on England») de un panfleto publicado en Inglaterra en
donde se recogían como a vuelapluma las opiniones de Trotsky sobre la situación en Inglaterra luego de
la fracasada huelga general de 1926 (Where is Britain going?). Keynes cita algunas perlas que Trotsky
dedica a los potenciales aliados laboristas del «frente único»: «Esas autoridades grandilocuentes,
pedantes, arrogantes, estos delirantes cagados de miedo envenenan sistemáticamente al movimiento
obrero, obnubilan la conciencia del proletariado y paralizan su voluntad… Los fabianos, los laboristas
independientes, los burócratas conservadores de los sindicatos obreros representan actualmente la
fuerza más contrarrevolucionaria de la Gran Bretaña y tal vez del mundo entero… Desenmascararlos
mostrándolos como lo que realmente son significa desacreditarlos para siempre». Al textito de Keynes
puede accederse online desde la página web [
https://www.marxists.org/].
[64] Citado por V. Danilov, «Introduction», cit., p. xxix.
[65] Hay una versión castellana parcial en A. Chayánov et. al., Chayánov y la teoría de la economía
campesina, México, Siglo XXI, 1987.
[66] Recuérdese que Kautsky había pronosticado en 1930 el desplome inmediato de la economía
soviética en su Primer Plan Quinquenal (Der Bolschewismus in der Sackgasse).
[67] Sheila Fitzpatrick observa que lo que ella llama «el equipo de Stalin» sobrevivió a todo, unido e
intacto, desde su toma de control del partido y del gobierno en 1928 hasta la muerte de Stalin en 1953
(On Stalin’s Team. The Years Living Dangerously in Soviet Politics, Oxford, Princeton University
Press, 2015).
[68] He desarrollado con cierta extensión estas ideas en mi Prólogo al reciente libro de Xosé Manuel
Beiras Exhortación a la desobediencia (Santiago, Laiovento, 2015, pp. 9-35).
[69] En la primera de sus Trevelyan Lectures dictadas en la Universidad de Cambridge con motivo
del cincuentenario de la Revolución de Octubre. Las conferencias se publicaron en un pequeño
volumen intitulado The Unfinished Revolution. Russia 1917-1967, Oxford, Oxford University Press,
1967.
[70] «¿Soy yo marxista? […] El análisis marxiano del auge y caída del capitalismo burgués
occidental y la penetración intelectual que consiguió Marx en su funcionamiento representan un enorme
progreso en el conocimiento, sin paralelo en el mundo moderno. Y desdeñaba las utopías». E. H. Carr,
«An Autobiography», cit., p. xxi.
[71] Citado por Michael Cox, «Carr and Deutscher: A very special relationship», en M. Cox (ed.), E.
H. Carr. A Critical Appraisal, cit., p. 136.
[72] Isaac Deutscher, The Unfinished Revolution, cit., p. 22. Para una demolición definitiva de la idea
de que la Revolución francesa fue una «revolución burguesa», véase el textito ya clásico de la
historiadora francesa Florence Gauthier «La importancia de saber por qué la Revolución francesa no
fue
una
revolución
burguesa»,
en
SinPermiso
electrónico,
14
de
julio
de
2014
[
http://www.sinpermiso.info/sites/default/files/textos/fgauth1.pdf].
[73] M. G. Audiger, Souvenirs et anecdotes sur les Comités Révolutionaires 1793-1795, París, 1830,
prólogo.
4. «Del pasado hay que hacer añicos»: la liberación de
las mujeres y la Revolución rusa
Wendy Z. Goldman
A finales del siglo XIX August Bebel, el reconodido fundador del Partido
Socialdemócrata Obrero de Alemania (SDAP), escribió Die Frau und der
Sozialismus (Zúrich, 1879), un libro del que se harían al menos cincuenta
ediciones y que se traduciría a numerosos idiomas. Posteriormente revisado
para incluir el análisis teórico de Friedrich Engels sobre el desarrollo
histórico de la formación de la familia, influyó profundamente en los
socialistas de todo el mundo. Bebel declaraba en él: «Lo que como y bebo,
cómo duermo y me visto, es un tema privado mío, como lo es igualmente mi
relación con una persona del sexo opuesto»[1]. Bebel presentaba así una
visión que se convertiría en parte fundamental del pensamiento bolchevique
sobre la liberación de la mujer y la familia, esto es, que las relaciones
sexuales debían ser liberadas de las constricciones de la Iglesia y el Estado y
que hombres y mujeres debían ser libres para unirse y separarse basándose
únicamente en su decisión personal, sin distinción de sexos. Esta visión,
conocida como «unión libre» o «amor libre», tenía una larga historia.
Enraizada en las prácticas de las primeras sectas cristianas, se convirtió en un
principio de todo movimiento revolucionario, desde los Ranters de la
Revolución inglesa hasta los socialistas utópicos y los marxistas del siglo
XIX y principios del XX. Como señaló Engels: «Es un hecho curioso que con
cada gran movimiento revolucionario aparece en primer plano la cuestión del
“amor libre”»[2].
En 1917, los teóricos bolcheviques habían creado un plan para la liberación
de las mujeres que incluía no solo el «amor libre», sino también su
emancipación de la dominación patriarcal. El plan combinaba la noción
libertaria del «amor libre» con soluciones a los nuevos problemas creados por
la incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo asalariada bajo el
capitalismo. Con el socialismo los bolcheviques esperaban resolver la
contradicción entre el trabajo asalariado y el trabajo doméstico que aún hoy
pesa sobre las mujeres. El trabajo doméstico no remunerado que realizaban
las mujeres –abastecimiento del hogar, cocina, reparación, limpieza, cuidado
de niños, inválidos y ancianos– sería socializado, transferido a la economía
en general y realizado por trabajadores asalariados. La gente comería en
comedores públicos, llevaría la ropa sucia y las sábanas a las lavanderías
públicas y tendría acceso a guarderías y escuelas para sus hijos. Al quedar
liberadas de las penosas dificultades de combinar el trabajo doméstico y el
trabajo asalariado, las mujeres entrarían en la esfera pública en igualdad de
condiciones con los hombres. Ya no dependerían de ellos para mantenerse, y
quedaría asegurado que sus hijos y parientes enfermos o ancianos estaban
bien cuidados, con lo que serían libres para perseguir sus propios objetivos.
Mujeres y hombres elegirían a sus parejas sexuales sin restricciones debidas a
la limitación económica y la dependencia. La familia, como unidad
económica de producción y consumo constreñida por la tradición religiosa, la
propiedad y la ley, se iría marchitando, dejando solo las relaciones libremente
elegidas. La gente podría elegir permanecer juntos durante toda la vida o un
día, pero sus opciones no estarían limitadas por la dependencia económica o
las prescripciones patriarcales. Esos cuatro elementos –la unión libre, la
emancipación de las mujeres, la socialización de las tareas domésticas y la
desaparición de la familia– se convirtieron en el proyecto originario de los
bolcheviques para el cambio social y jurídico.
En los emocionantes días que siguieron a la revolución, los bolcheviques
hicieron todo lo posible por materializar esa visión. Las mujeres miembros
del partido presionaron para crear el Zhenotdel (Departamento de la Mujer
del Comité Central del Partido Comunista), dedicado a la organización
específica de las mujeres alrededor temas de especial interés para ellas. El
nuevo Estado soviético promulgó un Código de Derecho de la Familia que
liberó a la gente de las restricciones religiosas. La pobreza, el alto desempleo
femenino, la indivisibilidad de los bienes en el hogar campesino, la escasez
de fondos estatales para las empresas socializadas y la falta de un control
eficaz de la natalidad supusieron serios obstáculos para realizar aquella visión
revolucionaria inicial. Muchas mujeres obreras y campesinas se vieron
afectadas por la cultura del «amor libre», que permitía a los hombres eludir la
responsabilidad de sus consecuencias, es decir, los hijos.
La «unión libre» fue atacada por legisladores y mujeres por igual. P. A.
Krasikov, primer fiscal general y luego vicepresidente del Tribunal Supremo,
resumió así el nuevo enfoque: «Es necesario poner fin a la concepción
anarquista del matrimonio y del parto como un asunto exclusivamente
privado»[3]. Bajo el liderazgo de Stalin, el Partido lanzó una campaña de
masas para la industrialización y subordinó todos los demás objetivos
revolucionarios a la producción. Abolió el Zhenotdel y puso fin a la
organización específica de las mujeres. El Estado impuso altas tasas por el
divorcio, procesó a los hombres que se negaban a pagar la manutención de
los hijos y criminalizó el aborto. En 1936 reemplazó la idea revolucionaria de
que la familia «se marchitaría» por un nuevo énfasis ideológico en la «familia
socialista fuerte»[4].
Pese a esa brusca reversión, las mujeres no abandonaron las ideas
revolucionarias de la emancipación. Aunque muchas dudaban de los
beneficios del «amor libre», luchaban denodadamente por el derecho a la
igualdad de género, a empleos bien remunerados y cualificados, a controlar
su vida reproductiva, a divorciarse y a prolongar su educación. Persiguiendo
esos objetivos colectiva e individualmente, criaron a sus hijas con nuevas
expectativas y aspiraciones, y cuando la Alemania nazi atacó a la Unión
Soviética en 1941, sus hijas inundaron las estaciones de reclutamiento militar
para ofrecerse como voluntarias para el frente.
Este artículo describe los esfuerzos de aquellas revolucionarias a raíz de la
primera revolución socialista triunfante para rehacer las esferas más íntimas
de las relaciones humanas. Examina la visión y las realidades, la colisión
entre el derecho y la vida, y las luchas que las mujeres comunes mantuvieron
para crear nuevas posibilidades y dar lugar a un mundo mejor.
LA PRIMERA ORGANIZACIÓN DE MUJERES
REVOLUCIONARIAS
En 1919, en medio de la Guerra Civil, el Partido Comunista de Rusia
(bolchevique) promovió la creación del Zhenotdel o Departamento de la
Mujer. Creado por iniciativa de las mujeres pertenecientes al Partido, su
propósito era reconstruir la byt o vida diaria para las mujeres. El Zhenotdel
fue la primera organización de masas creada por mujeres para promover sus
propios intereses en un contexto revolucionario. Las mujeres trabajadoras
habían participado en la Revolución francesa, pero principalmente en nombre
de su clase, no de su sexo. La Revolución rusa fue la primera en incluir a las
mujeres y sus intereses como parte integral de la coalición insurgente.
La creación de una organización específica dedicada a organizar a las
mujeres en torno a sus propios intereses no fue fácil. Muchos miembros del
partido, hombres y mujeres, discrepaban de la idea del «separatismo»
femenino, que asociaban con el feminismo burgués. Muchos creían que las
mujeres debían unirse a las organizaciones de masas y no segregarse en
grupos diferenciados. En los niveles inferiores del Partido y de los sindicatos,
en particular, había una fuerte hostilidad masculina hacia la organización
separada de las mujeres. Aleksandra Kollontai, la famosa escritora y líder
bolchevique, fue repetidamente criticada por los líderes varones del partido
por sus esfuerzos por organizar a las mujeres. Desde el Politburó, en la
cúspide del Partido, hasta los comités de fábrica, en su base, la mayoría de los
miembros masculinos del partido se negaban a reconocer que los trabajadores
y las trabajadoras podían entrar en conflicto a propósito de los empleos y
privilegios propiamente masculinos o que la opresión sexual no siempre
tendría una solución de clase. Kollontai, sin embargo, recibió el apoyo de
otras mujeres destacadas del partido, entre ellas Aleksandra Artiukhina,
Varvara Moirova y Klavdia Nikolaeva. Esas tres mujeres, nacidas en hogares
pobres, trabajaban en fábricas y participaban activamente en el movimiento
revolucionario desde niñas. El mayor grupo de mujeres organizadas acabó
siendo conocido como el de las zhenskii aktiv (mujeres activistas), las
zhenotdelki (miembros de Zhenotdel) o las bytoviki (activistas dedicadas a la
transformación de la vida cotidiana).
En 1918 Kollontai y otras mujeres recibieron finalmente apoyo del Partido
para organizar un Congreso Nacional de la Mujer. Entendían que si el Partido
no autorizaba que mujeres activistas concretas seleccionasen y organizasen la
asistencia de delegadas de las localidades, los camaradas no serían los que se
esforzarían en promover el Congreso. Después de muchas vacilaciones, el
Comité Central acordó establecer oficinas locales de mujeres para seleccionar
y preparar las delegaciones. Las organizadoras esperaban una baja
participación; el país estaba inmerso en una guerra civil, y los feroces
combates hacían que buena parte de él fuera prácticamente intransitable. El
día en que se había programado la inauguración del Congreso habían llegado
unas cuarenta delegadas. Sin embargo, pronto comenzaron a llegar
telegramas de todos los rincones: «Camaradas, nos hemos retrasado»;
«Camaradas, estamos en camino». Cuando se inició finalmente el Congreso,
1.200 mujeres habían conseguido atravesar el país devastado por la guerra
para ocupar sus asientos en Moscú[5].
En el Congreso las delegadas idearon una estructura para lo que se conoció
como el Zhenotdel, una organización permanente basada en asambleas de
delegadas locales para apoyar a las mujeres en el gobierno y comisiones de
mujeres para promover sus intereses específicos. Durante la siguiente década
el Zhenotdel iba a organizar a cientos de miles de mujeres[6]. Las
organizadoras se enfrentaron a obstáculos de enormes proporciones: falta de
fondos estatales, alto desempleo femenino y millones de niños huérfanos por
el hambre y la guerra. Además, muchos hombres, especialmente a nivel local,
permanecían hostiles a sus esfuerzos y se mostraban reacios a dedicar tiempo
o recursos a sus objetivos. A lo largo de la década de 1920 los miembros del
partido siguieron cuestionando la eficacia y el propósito de una organización
específica de mujeres. Muchos sostenían que ellas pertenecían a las mismas
organizaciones que los hombres y que el Zhenotdel no estaba suficientemente
integrado en la vida política general del Partido[7]. Algunas militantes del
partido estaban de acuerdo. Les molestaba verse agobiadas por el trabajo
organizativo en torno a los «problemas de la mujer» y que eso excluyese
otras cuestiones políticas. Otras argumentaban, en cambio, que en ausencia
de una organización de mujeres dedicada a asuntos de mujeres, los sindicatos
y el Partido las ignorarían completamente[8]. Mientras el debate se
intensificaba, el Zhenotdel seguía abogando fuertemente por las mujeres,
trabajando para crear lavanderías y guarderías infantiles, enviando a miles de
mujeres a trabajar en puestos estatales y del Partido, combatiendo la
prostitución y promoviendo el empleo femenino. Permanecía estrechamente
relacionado con las mujeres en las aldeas y las ciudades, y seguía siendo la
única organización de masas que podía articular sus agravios y promover sus
intereses.
DERECHO DE FAMILIA REVOLUCIONARIO
Al mismo tiempo que se creó el Zhenotdel, los juristas redactaron y
promulgaron el código de familia revolucionario más avanzado que el mundo
había visto jamás. El Código de Familia de 1918 rompió abruptamente con
las prescripciones patriarcales y las restricciones del periodo zarista y
proclamó una era sin precedentes de libertad social. Antes de la revolución, la
ley rusa reconocía el derecho de las autoridades religiosas a controlar el
matrimonio, el matrimonio civil no existía y el divorcio era casi imposible.
Las mujeres tenían pocos derechos según la Iglesia o el Estado y una mujer
debía obediencia completa a su marido. Hasta 1914, cuando se promulgaron
algunas reformas limitadas, una mujer no podía separarse de su marido,
obtener su propio pasaporte o residencia, aceptar un empleo, recibir
educación o firmar una letra de cambio sin el consentimiento de su marido.
Los padres tenían un poder casi incondicional sobre sus hijos, y solo los hijos
de un matrimonio religiosamente sancionado se consideraban legítimos. Los
hijos ilegítimos no tenían derechos ni recursos legales. El divorcio, según la
Iglesia ortodoxa, solo era permisible en caso de adulterio (presenciado por al
menos dos personas), impotencia, exilio o ausencia prolongada e inexplicada.
En los casos de adulterio o impotencia, la parte responsable tenía
permanentemente prohibido volver a casarse[9]. Como demostraba
trágicamente la novela Anna Karénina de León Tolstói, las convenciones
sociales y las leyes sobre el divorcio y la custodia de los hijos hacían
prácticamente imposible que una mujer escapara de un matrimonio sin
amor[10].
El nuevo Estado soviético barrió inmediatamente siglos de autoridad
patriarcal y religiosa respaldada por el Estado. A los dos meses de tomar el
poder, aprobó dos cortos decretos que sustituían el matrimonio religioso por
el civil y establecían el divorcio a petición de cualquiera de los cónyuges. En
octubre de 1918 fue promulgado un código completo sobre el matrimonio, la
familia y la tutela. En términos de derechos individuales y de igualdad de
género, el Código de 1918 era la legislación familiar más progresista jamás
promulgada en ningún lugar. De hecho, una legislación similar sobre
igualdad de género, divorcio, legitimidad y propiedad aún no ha sido
promulgada en Estados Unidos ni en la mayoría de los países europeos. El
Código establecía la igualdad de género ante la ley, aboliendo la condición
jurídica inferior de la mujer. Dio legitimación legal solamente al matrimonio
civil (aunque la gente podía concertar una ceremonia religiosa si lo deseaba).
Estableció el divorcio a petición de cualquiera de los cónyuges y extendió la
pensión alimenticia tanto a hombres como a mujeres si eran discapacitados y
pobres. En lugar de la autoridad religiosa, creó oficinas para registrar el
nacimiento, la muerte, el matrimonio y el divorcio, convirtiendo el
matrimonio en un simple registro. Suprimió la idea misma de ilegitimidad,
extendiendo los mismos derechos de apoyo parental a los niños nacidos
dentro o fuera de un matrimonio registrado. Así, el Código separaba las
obligaciones del matrimonio de las de la familia creando la responsabilidad
parental de los hijos independientemente del contrato matrimonial. El Código
también prohibía la adopción desde la creencia de que el Estado podría cuidar
mejor a los niños huérfanos que la familia individual. En una sociedad
mayormente campesina, los juristas temían que la adopción permitiera a los
hogares campesinos explotar el trabajo no remunerado de los niños sin hogar.
Finalmente, de acuerdo con el Código, el matrimonio no daba lugar a la
comunidad de bienes: la mujer conservaba el control total de sus bienes
después del matrimonio y ninguno de los cónyuges tenía ningún derecho
sobre la propiedad del otro. El Código presuponía que ambas partes, casadas
o divorciadas, se mantendrían a sí mismas[11].
Pese a las muchas disposiciones radicales del nuevo Código de la Familia,
Aleksandr Goikhbarg, su joven e idealista autor, no lo consideraba
«socialista». Compartía la opinión de Lenin y otros líderes bolcheviques de
que el Derecho, al igual que el propio Estado, tendría que «marchitarse» bajo
el socialismo[12]. Goikhbarg escribió: «El poder proletario construye sus
códigos y todas sus leyes dialécticamente, de modo que cada día de su
existencia socave la necesidad de esta». En resumen, el objetivo de toda ley
bajo el socialismo era «hacer superflua la ley»[13]. El Código fue elaborado
para reflejar los ideales de la revolución y para animar a la gente a avanzar
hacia una nueva sociedad en la que las relaciones humanas no requerirían
regulación. En 1920 el Estado soviético acompañó la promulgación del
Código de Familia con otro decreto sin precedentes: fue el primer país del
mundo en legalizar el aborto; reconociendo que su criminalización solo servía
para inducir a las mujeres desesperadas a la clandestinidad, permitió a las
mujeres someterse a abortos realizados por médicos en los hospitales sin
coste alguno[14].
El Código de Familia de 1918 encarnaba altos ideales, pero pronto chocó
con la dolorosa realidad social de la Rusia posrevolucionaria. Después de
años de guerra, la infraestructura industrial estaba en ruinas y el comercio
entre el campo y la ciudad se había visto prácticamente interrumpido. La
primera tarea del nuevo Estado socialista fue reconstruir la economía. Se
calcula que en Rusia había en 1922 unos 7,5 millones de niños con grave
desnutrición o muriéndose de hambre, víctimas de la Primera Guerra
Mundial, de la Guerra Civil y de la consiguiente hambruna[15]. Vagaban por
el país, hambrientos y sin hogar, congregándose alrededor de los mercados y
estaciones de ferrocarril, robando, mendigando y prostituyéndose para
sobrevivir[16]. A pesar de sus buenas intenciones, el Estado no disponía de
fondos para crear los servicios necesarios para socializar el trabajo
doméstico; ni siquiera era capaz de mantener los orfanatos. El primer
retroceso de la visión revolucionaria llegó con la revisión de la prohibición de
la adopción. En 1926 el Estado abrogó esa prohibición, alentando a las
familias campesinas a adoptar a los niños de las instituciones estatales
empobrecidas. El decreto admitía libre y públicamente que su propósito era
recortar los gastos estatales empleados en el cuidado a los huérfanos y
preparar a los niños para un futuro empleo. Los hogares campesinos
recibieron una cantidad global para mantener al huérfano y una parcela extra
de tierra como incentivo[17]. El Comisariado de la Ilustración entendía el
decreto como una retirada forzosa de los planes revolucionarios para
socializar la puericultura para los necesitados. La revocación de la
prohibición de adopción fue la primera señal de que el trabajo no remunerado
de las mujeres dentro de la familia sería difícil y costoso de reemplazar. La
familia era la única institución que podía alimentar, vestir y socializar a un
niño casi sin coste para el Estado.
La libertad sexual garantizada por el Código de 1918 también produjo
consecuencias sociales no pretendidas. A lo largo de la década de 1920 el
Estado comenzó a reconstruir la industria, pero el desempleo, especialmente
entre las mujeres, se mantuvo muy alto. Las mujeres urbanas, dependientes
de los asalariados masculinos para mantenerse a sí mismas y a sus hijos, se
encontraban en una situación desesperada después del divorcio. Las que
trabajaban a menudo no tenían dónde dejar a sus hijos pequeños. El elevado
desempleo, los bajos salarios y la ausencia de métodos anticonceptivos y de
cuidado de los niños reforzaron la dependencia de las mujeres con respecto a
los hombres. Por otra parte, la tasa de divorcio se disparó. Los tribunales
estaban atestados de mujeres que pedían una pensión alimenticia y la
manutención de los hijos. Los hombres aprovechaban el fácil acceso al
divorcio para tener múltiples parejas, abandonando con facilidad a una mujer
con hijos para casarse con otra. En Moscú, a mediados de los años veinte,
había un divorcio por cada dos matrimonios; en Leningrado, uno por cada
cuatro. Incluso en las zonas rurales, donde los campesinos vivían en hogares
multigeneracionales extendidos, la tasa de divorcio superaba la de cualquier
país europeo[18]. Los años de guerra e inestabilidad habían socavado las
costumbres tradicionales y los lazos comunitarios. Las mujeres se
emparejaban con soldados, extranjeros y proveedores temporales en uniones
casuales y de corta duración. La moralidad sexual se hizo menos restrictiva.
Muchas personas vivían en uniones de facto, sin molestarse en casarse. Un
observador social escribió: «Los viejos fundamentos podridos de la familia y
el matrimonio se han derrumbado […] Pero no hay principios rectores para la
creación de relaciones nuevas, hermosas y saludables. Hay bacanales
inimaginables. El amor libre es entendido por la mayoría como libertad para
la depravación»[19]. Entre los campesinos, la libertad del Código de 1918
presentaba sus propios problemas. La propiedad principal del hogar
campesino multigeneracional –la tierra, los animales, las herramientas, la
cabaña y la cosecha– se mantenía en común. La familia campesina era
patrilocal: una mujer se iba a vivir con la familia de su marido cuando se
casaba, y sus hijos recibían derechos sobre la tierra a través de su padre. Si
una mujer deseaba divorciarse de su marido, no tenía forma de vivir
independientemente ni de conservar la custodia de sus hijos en el pueblo. Su
esposo no podía pasarle una pensión alimenticia sustrayéndola de los bienes
comunes del hogar. En tales circunstancias, la libertad concedida por el
Código de Familia entraba en conflicto con las antiguas tradiciones de la
familia campesina. Para las mujeres campesinas y obreras, las duras
realidades materiales de la vida hacían imposible la promesa de emancipación
encarnada en el Código de Familia.
Después de dos años de encendido debate a nivel nacional sobre el derecho
y la vida social, los juristas elaboraron un nuevo Código de Familia en 1927.
Su objetivo era ofrecer una mayor protección a las mujeres y los niños, sin
renunciar a los ideales de la unión libre. Para proteger a la esposa o esposo
sin ingresos, el nuevo Código estableció la propiedad conjunta de los bienes
adquiridos durante la unión. Reconoció el matrimonio de hecho (o
convivencia) como equivalente jurídico al matrimonio registrado,
extendiendo el derecho a la pensión alimenticia incluso a los compañeros que
no estaban casados. Aun así, conservó el derecho al divorcio, y de hecho lo
facilitó aún más mediante la transferencia del procedimiento, que pasó de los
tribunales a la oficina de registro. El divorcio lo podía obtener ahora
cualquiera de los cónyuges rellenando un simple formulario; y si ambos
cónyuges no estaban presentes en la oficina de registro, el ausente sería
informado del divorcio por correo. El Código de 1927 produjo un salto
inmediato en la tasa de divorcios. En 1927 tres cuartas partes de los
matrimonios celebrados en Moscú terminaron en divorcio, en Leningrado dos
tercios, y la proporción siguió aumentando[20]. Muchos hombres se negaban
a pagar la manutención de los hijos y los tribunales se veían abrumados por
las madres desesperadas. Las órdenes judiciales sobre el pago tenían escaso
efecto. Los hombres cambiaban de trabajo y de residencia para evitar el pago
y los alguaciles no podían seguir a los millares de hombres encausados. Miles
de mujeres esperaban ansiosamente la pensión alimenticia que nunca llegaba.
Otros problemas sociales seguían también aumentando. Los niños sin hogar
seguían pululando por las ciudades y las instituciones estatales ofrecían bien
poco a los adolescentes en cuanto a su capacitación laboral. Decenas de miles
de niños vivían en las calles, aumentando los índices de delitos menores. La
política de adopción campesina resultó ser un pobre sustituto de los hogares
infantiles bien financiados. Los niños se quejaban de la explotación de sus
familias adoptivas y muchos huían y volvían a la vida en las calles. Un
miembro del tribunal instó al Estado a rescindir la disposición sobre la
adopción[21]. El gobierno comenzó a alentar cada vez más a los padres a
evitar que sus hijos se convirtieran en pupilos del Estado. Los juristas
exigieron sanciones penales para los que abandonaran a sus hijos y pidieron a
los padres que pagaran por los niños acogidos en las instalaciones estatales.
El Tribunal Supremo decretó que los padres que abandonaran a sus hijos
cerca de orfanatos u hospitales estarían sujetos a procesamiento penal[22].
Sin embargo, a lo largo de los años veinte el Estado permaneció oficialmente
comprometido con su visión revolucionaria anterior. A pesar de los
problemas sociales crecientes y de las medidas administrativas más estrictas,
no se produjo ningún cambio en su orientación ideológica. Se mantenía la
esperanza de que, una vez que volviera la prosperidad y el país se desarrollara
económicamente, los problemas sociales que impedían la plena emancipación
de las mujeres desaparecerían.
LA GRAN REVERSIÓN
En 1928, después de graves disensiones con las oposiciones de izquierda y
derecha, Stalin asumió un liderazgo incontestable dentro del Partido y
promovió una rápida industrialización y colectivización del campesinado. Las
mujeres ingresaron como fuerza laboral en la industria en cifras récord,
mientras que las ciudades y centros industriales crecían rápidamente a medida
que millones de campesinos abandonaban el campo. Entre 1928 y 1937 se
incorporaron a la fuerza de trabajo 6,6 millones de mujeres[23]. Las vastas
transformaciones que habían sacudido a Europa occidental durante siglos –
proletarización, industrialización, urbanización– se realizaron en la Unión
Soviética en tan solo una década. En ningún país del mundo llegaron las
mujeres a constituir una parte tan significativa de la clase obrera en tan poco
tiempo. El Partido lanzó un nuevo lema: «adelante con la producción», que
afectó a todos los ámbitos de la vida. Los sindicatos dejaron de defender a los
trabajadores convirtiéndose en cambio en correas de transmisión para el
cumplimiento de los nuevos planes de producción y los objetivos del Primer
Plan Quinquenal, a los que quedaron subordinados todos los demás aspectos
socioeconómicos. En 1930 el Comité Central abolió el Zhenotdel, alegando
que reproducía innecesariamente el trabajo de otras organizaciones del
Partido. A pesar de las fuertes protestas de las mujeres activistas, los
dirigentes del Partido les ordenaron que dejaran de preocuparse por las
cuestiones de la vida cotidiana y se dedicaran a la producción en las fábricas
y las granjas colectivas. En ausencia de una organización femenina, las
mujeres perdieron la posibilidad de reconfigurar la vida cotidiana. Aunque
millones de ellas se incorporaron a la fuerza de trabajo y lograron cierto
grado de independencia financiera con respecto a los hombres, perdieron la
única organización capaz de articular sus necesidades como mujeres.
Trabajaban obteniendo un salario, pero también siguieron siendo
responsables de la mayor parte de las tareas domésticas, el cuidado de los
niños y otras tareas que constituían la «doble carga» de las mujeres
trabajadoras en todas partes[24].
Los dos primeros planes quinquenales dieron lugar a disturbios masivos y
desórdenes en todo el país. Entre 1932 y 1934 llegaron a las ciudades
soviéticas cerca de 30 millones de personas, y 24 millones las abandonaron.
Oleadas de gente llegaban en busca de trabajo y otras tantas se iban porque la
construcción de nuevas viviendas no seguía el ritmo de la industrialización.
El proceso de colectivización forzosa y la posterior hambruna de 1932-1933
crearon nuevas corrientes de niños hambrientos y sin hogar, y la rápida
industrialización sometió a las familias a terribles tensiones[25]. A medida
que las mujeres se incorporaban a la fuerza de trabajo asalariada, los
periódicos llamaban la atención sobre el nuevo fenómeno de los millones de
niños abandonados a su suerte (beznadzornost’). Los jueces, los educadores,
los trabajadores sociales y las milicias comenzaron a preocuparse cada vez
más por el gran número de niños huérfanos y abandonados que vivían en la
calle. En 1933 el Soviet de Moscú ordenó a la milicia que no les permitiera
ejercer como vendedores, mendigos, acróbatas, cantantes o zapateros en las
calles, en los mercados o en las estaciones de ferrocarril. Los adultos que
usaban niños para mendigar estaban sometidos a multas y penas de trabajo
obligatorio[26]. Aunque la milicia realizaba grandes redadas de niños, no
tenía adónde enviarlos. Los orfanatos y hogares infantiles estaban atestados.
La Comisión de Justicia de Menores estaba sobrecargada de casos, con
escasez de personal, y era incapaz de hacer frente eficazmente a la
delincuencia juvenil[27].
A partir de 1935 el Estado implementó un nuevo enfoque punitivo del
desorden social, incluyendo la delincuencia juvenil, la negativa a pagar la
pensión alimenticia y la práctica del divorcio en serie. Suprimió la Comisión
de Delincuencia Juvenil y transfirió a los tribunales la responsabilidad de los
menores. Los niños mayores de doce años debían ser juzgados como adultos.
Se aprobaron medidas estrictas para eliminar a los niños y adolescentes de las
calles. Los padres eran considerados responsables de las acciones criminales
de sus hijos[28]. Los juristas afirmaban ahora que el crimen ya no estaba
motivado por la pobreza o las condiciones sociales, sino más bien por la
irresponsabilidad de los padres. Un jurista vinculó la negligencia de los niños
con la liviana actitud de los tribunales hacia los casos de pensión alimenticia,
alegando que los padres, en particular, habían abdicado de la responsabilidad
de sus hijos y que el 80 por 100 de las pensiones ordenadas judicialmente
nunca eran pagadas[29]. Aumentó la presión sobre los tribunales para
enjuiciar a los hombres que no se ocupaban de la manutención de sus hijos.
Un escritor propuso incluso que los hombres que abandonaban a sus mujeres
o las trataban únicamente como «parejas de cama» debían ser juzgados por
«vandalismo sexual»[30]. La campaña contra la irresponsabilidad masculina
culminó en junio de 1936 en una explosión de propaganda en defensa de la
familia y una nueva ley que aumentaba el castigo por no pagar la pensión
alimenticia, hacía el divorcio más difícil y prohibía el aborto, a menos que la
salud de la mujer estuviera en peligro, y criminalizaba a quienes lo
realizaban. La ley también amplió el número de guarderías infantiles y
proporcionó atención especial a las mujeres embarazadas en el trabajo y
apoyo adicional a las madres trabajadoras. Concedió grandes estipendios a las
madres con más de siete niños que dieran a luz a niños adicionales. Además
de esas medidas pronatalistas, puso fin a la práctica del «divorcio postal»,
obligando a ambos cónyuges a aparecer en la oficina de registro. También
estableció una tabla de tasas por el divorcio, comenzando con un alto precio
para el primero y aumentándolo para cada divorcio posterior.
En 1936 la visión soviética oficial de la familia sufrió una reversión
completa. El Estado alentaba a las mujeres a incorporarse a la fuerza de
trabajo y mantenía toda una red de instituciones de cuidado infantil, pero
cambió toda su orientación ideológica hacia la familia. Los líderes estatales y
del partido rechazaron la idea revolucionaria de la «unión libre» como una
perversión trotskista-bujarinista y promovieron en su lugar la noción de una
«familia socialista fuerte». Los emocionantes debates públicos de los años
veinte quedaron en el olvido. A finales de la década de 1930, durante la
represión masiva, muchos de los juristas revolucionarios que habían dado
forma a las ideas de Lenin sobre la desaparición del Estado fueron atacados
por promover el «nihilismo legal». Se les tildaba de «pseudomarxistas»,
espías y ladrones, y muchos de ellos fueron ejecutados o enviados a los
campos del Gulag[31]. Las condiciones materiales y la frustración de las
mujeres ante la falta de compromiso de los hombres debilitaron la visión
revolucionaria en materia de género, pero no fueron las responsables últimas
de su desaparición. La pérdida de perspectiva revolucionaria del Estado en
esta materia se produjo por etapas: en primer lugar, la obligación de
abandonar la crianza socializada y luego, en rápida sucesión, la abolición del
Zhenotdel, la represión de la delincuencia juvenil, la penalización del aborto,
las dificultades para la obtención del divorcio y la aprobación de leyes más
estrictas sobre la pensión alimenticia y la manutención infantil. La reversión
de la década de 1930 en el tema de la mujer fue esencialmente política y
llevaba todas las marcas de la política estalinista en otras áreas. El retroceso
estaba enraizado en el atraso material, la pobreza y la privación de la década
de 1920, pero también constituía una ruptura brutal con una larga tradición de
pensamiento y prácticas revolucionarias.
Estratificación por géneros de los puestos de trabajo
El Estado rechazó la demanda del Zhenotdel de reconsiderar el trabajo no
remunerado de las mujeres en el hogar, pero a diferencia de la Alemania
fascista o de muchos países capitalistas hoy día, seguía comprometido con la
igualdad de género y el empleo remunerado de las mujeres. A lo largo de la
década de 1920 las trabajadoras se concentraron en determinados sectores
industriales como el textil, y en los puestos de servicios peor pagados como
el trabajo de limpieza. De hecho, las mujeres estaban virtualmente excluidas
de la producción en muchas industrias, concentradas en su lugar en trabajos
sucios o pesados en los puestos de servicios dentro de las fábricas. Un
reportero describía así una gran fábrica de aparatos eléctricos, típica de la
época: «la puerta del taller de producción permanecía cerrada para las
mujeres». Las trabajadoras se limitaban a trabajos no cualificados al aire
libre, acarreando pesadas cargas en los fríos y sucios patios que rodeaban la
fábrica. Los trabajadores masculinos bromeaban diciendo que esos patios
eran «el taller de las mujeres», un chiste que estas solo podían sufrir
amargamente[32].
Cuando el Estado lanzó su campaña para industrializar el país, el persistente
desempleo de los años veinte dio paso a una aguda y creciente escasez de
mano de obra. Varias organizaciones de planificación comenzaron a enviar
pequeñas brigadas de mujeres a las grandes fábricas para determinar qué
puestos de trabajo podrían ser ocupados por estas. Muchas exactivistas del
Zhenotdel se unieron a las brigadas, deseosas de asegurar que las mujeres
fueran contratadas en trabajos cualificados y bien remunerados. Aunque el
Partido ya no permitía que aquellas activistas trabajaran en temas de la vida
cotidiana, las mujeres se adaptaron. Rápidamente aprovecharon la nueva
escasez de mano de obra para luchar por el acceso igualitario al trabajo
cualificado. El trabajo en las brigadas no era fácil. Las mujeres se enfrentaban
a la abrumadora hostilidad de parte de los gerentes, comités de fábrica y
trabajadores
masculinos.
Inquebrantables,
realizaron
detalladas
investigaciones sobre el trabajo femenino, revisando cada trabajo no
prohibido a las mujeres y promoviendo una legislación laboral protectora.
Elaboraron listas completas de empleos en los que las mujeres podían
reemplazar a los hombres. Sus encuestas proporcionaron el primer perfil de la
mano de obra femenina a nivel local, así como descripciones brutalmente
francas de la actitud de los directivos hacia las mujeres. Transcribieron en sus
informes las observaciones sexistas de directivos y trabajadores, que luego
eran reimpresas en los documentos del Partido y en la prensa popular. Sus
descripciones vívidas y detalladas de la discriminación en el lugar de trabajo
ayudaron a lanzar una campaña masiva para acabar con los estereotipos
negativos de las mujeres como trabajadoras, y sus esfuerzos por revisar y
poner a su alcance diversos empleos, en lo que se conoció como
«contraplanificación», se extendió por todo el país[33]. En Leningrado,
Moscú, Járkov y otras ciudades industriales, las activistas de las brigadas
enviaron cuestionarios detallados a los directores de las fábricas,
obligándolos a recopilar datos sobre el trabajo femenino. Los resultados de
sus conversaciones con los trabajadores y los gerentes contradecían las ideas
dominantes sobre el trabajo femenino, a saber, que la falta de habilidades de
las mujeres era la razón por la que se concentraban en las posiciones más
bajas y peor pagadas. Sus informes demostraron que los prejuicios y la
discriminación, y no la falta de destreza, eran la principal razón por la que las
mujeres no eran contratadas y promovidas. Reimpresos en la prensa popular,
sus informes desafiaron las ideas dominantes sobre el trabajo femenino y
cambiaron las actitudes públicas. Su investigación fue exhaustiva y sus
recomendaciones eran muy concretas.
Las brigadas identificaban talleres y puestos de trabajo particulares que se
podían abrir a las mujeres y recalificar como «femeninos». El problema era
cómo inducir a las mujeres a solicitar esos puestos de trabajo. Las activistas
creían que una estrategia que aseguraba de boquilla promover la igualdad
pero dejaba la contratación de mujeres en manos de los gerentes y jefes de
taller sería víctima de los prejuicios masculinos prevalecientes. En lugar de
emplear individualmente a las mujeres, trataron de señalar sectores y
ocupaciones enteras, mantenidas exclusivamente por hombres, que pudieran
ser atendidas por mujeres. Reconociendo que el impulso de la
industrialización creaba muchos nuevos puestos de trabajo semicualificados,
se centraron en las nuevas industrias altamente mecanizadas. Las agencias
estatales de planificación, incluyendo el Gosplan (Gosudárstvenny Komitet
po Planírovaniyu, Comité Estatal de Planificación) y el Comité para Mejorar
la Vida y el Trabajo de la Mujer, apoyaron los esfuerzos de reacomodación
de género de las brigadas de mujeres. Los planificadores centrales instaron a
los soviets locales, a los departamentos de trabajo y a otras organizaciones a
crear sus propias brigadas para reunir datos en las fábricas. Se instruyó a las
brigadas de mujeres para que elaboraran planes específicos para cada lugar de
trabajo y los enviaran al Gosplan lo más pronto posible, y este proporcionó
un cuestionario detallado para guiarlas en sus encuestas[34].
La estrategia de las brigadas de mujeres resultó muy eficaz. Su
investigación en las fábricas les dio un conocimiento concreto de cada planta
que les permitía hacer recomendaciones concretas para cada una de ellas y
cada puesto de trabajo. Esas sugerencias eran mucho más difíciles de ignorar
que las vagas directrices emitidas por el Partido o el Estado sobre la
participación de las mujeres en la fuerza de trabajo. Las brigadas ofrecían un
modelo de planificación en marcha mediante el cual los grupos locales
reunían información para ser estudiada por los planificadores centrales en
Moscú. Basándose en los datos recogidos, el gobierno publicó un decreto en
el que se enumeraban todas las ocupaciones que iban a ser atendidas principal
o exclusivamente por mujeres. En la minería, por ejemplo, todos los empleos
de superficie, incluidos los puestos de alta mecanización bien remunerados,
debían ser ocupados principalmente por mujeres. Otros empleos en las
industrias metalúrgica y eléctrica debían ser ocupados exclusivamente por
mujeres[35].
El amplio esfuerzo del Estado para feminizar la mano de obra no fue una
victoria sin matices para las mujeres. De acuerdo con el decreto, muchos
sectores mal remunerados y no cualificados, incluidas las ventas minoristas y
los puestos de servicio más bajos (asistentes de vestuarios, conductoras de
tranvía, taquilleras, peluqueras, cocineras, ayudantes de hospital, limpiadoras
y lavanderas) debían ser ocupados por mujeres[36]. Al mismo tiempo, sin
embargo, las brigadas de mujeres lograron abrir los puestos industriales bien
remunerados en la producción a las mujeres. Empleos que anteriormente
estaban reservados únicamente para varones (como sigue sucediendo hoy día
en muchos países capitalistas) se abrieron por primera vez a las mujeres. Los
puestos de trabajo bien pagados (¡especialmente en un Estado que se decía
obrero!) fueron parcialmente mecanizados y ofrecían oportunidades para
adquirir más habilidades y avanzar dentro de la fábrica.
El Gosplan y el Partido se centraban principalmente en la producción. El
objetivo era que las mujeres se incorporasen a la fuerza de trabajo para cubrir
los huecos del empleo y no para promover la emancipación. Buscaban los
métodos más rápidos y eficientes para emplear a las mujeres y prestaban poca
atención a la igualdad. Las brigadas de mujeres, sin embargo, desafiaron el
enfoque «productivista» del Estado con una perspectiva feminista. Se
opusieron a la identificación del sector de servicios mal pagados, el comercio
minorista y el trabajo de oficina no cualificado como «femenino»,
percibiendo que tal clasificación crearía nuevos guetos de trabajo femenino
mal pagado. Como planificadoras a pequeña escala, encarnaron lo que
quedaba de la visión revolucionaria del pasado. Se centraron en la industria
pesada y apuntaban a abrir los puestos de trabajo bien remunerados en la
producción a las mujeres. Dejando a un lado el sector de los servicios, se
dirigieron directamente a las fábricas de las industrias dominadas por los
hombres y crearon nuevos lugares para las mujeres que habían estado antes
reservados exclusivamente para ellos.
La herencia
Las mujeres de la clase obrera que ocupaban empleos productivos en la
industria encontraron inicialmente una considerable hostilidad y resistencia
por parte de los trabajadores varones. Sin embargo, estaban ansiosas por salir
de las posiciones de limpieza, probar su capacidad y ganar buenos
salarios[37]. Estas mujeres –parte del gran experimento soviético en la
igualdad de género– criaron a sus hijas con nueva confianza en las
habilidades y el valor de las mujeres. Cuando Alemania atacó a la Unión
Soviética en 1941, sus hijas acudieron a las estaciones de reclutamiento
militar exigiendo ser enviadas al frente junto con sus compañeros y hermanos
varones. Durante la guerra, las mujeres soviéticas obtuvieron avances
históricos para las mujeres en el ejército: 520.000 sirvieron en las tropas
regulares del Ejército Rojo, ocupando muchas de ellas posiciones de combate
en primera línea. Sirvieron como pilotos, francotiradores, enlaces con
partisanos y operadoras de radio, así como médicos, enfermeras y
especialistas no combatientes. Cerca de 120.000 lucharon como oficiales y
suboficiales de combate[38]. Aquellas jóvenes no se veían asumiendo
papeles «masculinos», sino que más bien veían su despliegue como
«natural», parte de sus derechos iguales como mujeres. Simplemente
suponían que estaban tan cualificadas como los hombres para ir al frente. Su
confianza formaba parte de la orgullosa herencia que habían recibido de sus
madres, la generación que llegó a la mayoría de edad y luchó por la igualdad
de las mujeres después de la revolución.
La visión revolucionaria de la liberación de la mujer nunca se realizó
plenamente en la Unión Soviética. Y cien años después de la Revolución
rusa, la igualdad de género, la unión libre, la socialización del trabajo
doméstico, la igualdad en el lugar de trabajo, el aborto gratuito sin
restricciones y el fin de la segregación sexual de la economía siguen sin
materializarse en la mayoría de los países del mundo. Los bolcheviques
articularon una visión de la liberación de la mujer y las mujeres soviéticas
lucharon por lograrlo. Puede que no consiguieran todo lo que ambicionaban,
pero nos dejaron un rico legado teórico y práctico para usarlo en la
construcción de un futuro mejor.
[1] August Bebel, Die Frau und der Sozialismus (Zúrich, 1879); trad. al inglés: Women Under
Socialism, Nueva York, Socialist Literature Co., 1910, p. 467 [ed. cast.: La mujer y el socialismo,
Madrid, Akal, 1977]. Friedrich Engels, Der Ursprung der Familie, des Privateigenthums und des
Staats (Hottingen-Zúrich, 1884), en MEW, vol. 21, Berlín, 1975, pp. 25-173 [ed. cast.: El origen de la
familia, de la propiedad privada y del Estado, Madrid, Akal, 2017].
[2] Friedrich Engels, citado por Christopher Hill en The World Turned Upside Down. Radical Ideas
during the English Revolution, Nueva York, Penguin, 1975, p. 306 [ed. cast.: El mundo trastornado. El
ideario popular extremista de la Revolución inglesa del siglo XVII, Madrid, Siglo XXI, 1983, reimp.
2015].
[3] «Rabotniki Iustitsii Aktivno Uchastvuite v Obsuzhdenii Zakonoproekta», Sotsialisticheskaia
Iustitsiia 18 (1936), p. 3.
[4] Este artículo se basa en la investigación y los argumentos presentados en Wendy Z. Goldman,
Women, the State and Revolution. Soviet Family Policy and Social Life, 1917-1936, Nueva York,
Cambridge University Press, 1993 [ed. cast.: La mujer, el Estado y la revolución. Politica familiar y
vida social soviéticas, 1917-1936, Buenos Aires, Pan y Rosas, 2010]; y Women at the Gates. Gender
and Industry in Stalin’s Russia, Nueva York, Cambridge University Press, 2002.
[5] Carol Hayden, «Feminism and Bolshevism. The Zhenotdel and the Politics of Women’s
Emancipation in Russia, 1917-1930» (Ph. D. Dissertation, Berkeley, University of California, 1979),
pp. 128-139. Sobre el Zhenotdel, véase Elizabeth Wood, The Baba and the Comrade: Gender and
Politics in Revolutionary Russia, Bloomington, Indiana University Press, 1997.
[6] Sobre el activismo local, véase Vsesoiuznyi s’ezd rabotnits i krestianok. Stenograficheskii otchet,
Moscú, Izdanie TsIK Soiuza SSR, 1927.
[7] L. Kaganovich, «Reorganizatsiia Partapparata i Ocherednye Zadachi Partraboty», Kommunistka
2-3 (1930), p. 5.
[8] W. Z. Goldman, Women at the Gates, cit., pp. 42-48.
[9] William Wagner, Marriage, Property, Law in Late Imperial Russia, Oxford, Clarendon Press,
1994.
[10] León Tolstói, Anna Karénina, Barcelona, Alba, 2017.
[11] 1-i Kodeks zakonov ob aktakh grazhdanskogo sostoianiia, brachnom, semeinom, i opekunskom
prave (Moscú, 1918).
[12] V. I. Lenin, Gosudarstvo i Revolutsia (1917) [ed. cast.: El Estado y la Revolución, Madrid,
Alianza, 2006].
[13] A. G. Goikhbarg, Pervyi Kodeks Zakonov RSFSR, «Proletarskaia revolutsiia i pravo» 7 (1918),
pp. 4, 8, 9.
[14] Ia. A. Perel’ (ed.), Okhrana zhenshchiny-materi v ugolovnom zakone (Moscú, Leningrado,
1932), p. 32.
[15] «O Bor’be s Detskoi Besprizornost’iu. Utverzhdennoe Kollegiei NKP Postanovlenie
Vserossiiskogo S’ezda Zav. ONO», en S. S. Tizanov, M. S. Epshtein (eds.), Gosudarstvo i
obshchestvennost’ v borb’e s detskoi besprizornost’iu (Moscú, Leningrado, 1927), p. 35.
[16] Véase el capítulo «The First Retreat: Besprizornost’ and Socialized Childrearing» en W. Z.
Goldman, Women, the State and Revolution, cit., pp. 59-100.
[17] Kak peredavat’ besprizornykh i vospitannikov detdomov v trudovye khoziaistva i proizvodit’
usynovlenie (Viatka, 1928).
[18] Estestvennoe dvizhenie naseleniia RSFSR za 1926 god (Moscú, 1928), p. liv.
[19] S. Ravich, «Bor’ba s prostitutsiei v Petrograde», Kommunistka 1-2 (1920), p. 23.
[20] M. Kaplun, «Brachnost’ Naseleniia RSFSR», Statisticheskoe obozorenie (1929), pp. 95-97; S.
N. Prokopovich, Narodnoe khoziaistvo SSSR, vol. I, Nueva York, Izdatel’stvo imeni Chekhova, 1952,
pp. 66, 75.
[21] Stasenko, «Peredacha Vospitannikov Detskikh Domov v Krest’ianskie Sem’i», Ezhenedelnik
sovetskoi iustitsiia 31 (1929), p. 732.
[22] Ia. A. Perel’man (ed.), Okhrana zhenshchiny-materi v ugolovnom zakone (Moscú, Leningrado,
1932), pp. 18, 19-20.
[23] P. M. Chirkov, Reshenie zhenskogo voposa v SSSR, 1917-1937, Moscú, Izdatel’stvo ‘Mysl’,
1978, pp. 124-125.
[24] W. Z. Goldman, Women at the Gates, cit., pp. 1, 68, 80-82.
[25] Ibid., p. 296.
[26] Ibid., pp. 320-321.
[27] V. K. «O Detskoi Prestupnosti», Sotsialisticheskaia iustitsiia 13 (1935), pp. 11-12.
[28] Sbornik deistvuiushchikh uzakonenii i rasporiazhenii partii i pravitel’stva, postanovlenii
detkomissii VTsIK i vedomstvennykh rasporiazhenii po likvidatsii detskoi besprizornosti i
beznadzornosti, Vypusk IV (Moscú, 1936), pp. 7-11.
[29] Ia. Berman, «Sud na Okhrane Detei», Sotsialisticheskaia iustitisiia 23 (1935), pp. 1-2.
[30] K. Pletnikov, «Na Zashchitu Zhenshchiny ot Izdevatel’stva», Sotsialisticheskaia zakonnost’ 11
(1935), pp. 29-30.
[31] Véase A. Ia. Vyshinsky, The Law of the Soviet State, Nueva York, Macmillan, 1948, pp. 38, 53.
[32] G. Ritov, «Sotsialisticheskaia Industriia Dolzhna Poluchit’ ne Menee 1,600,000 Novykh
Rabotnits», Na trudovom fronte 18 (1931), p. 3.
[33] Gosudarstvennyi Arkhiv Rossiiskoi Federatsii (GARF), fond6983, opis’ 1, delo 165, ll. 155-158,
161-162.
[34] GARF, f. 6983, o. 1, d. 165, ll. 183, 201, 206-208.
[35] GARF, f. 5515, o. 13, de. 12, ll. 15-35.
[36] GARF, f. 6983, o. 1, d. 159, ll. 55-70, f. 5451, o. 15, d. 362, ll. 103-104.
[37] Véase el capítulo «Gender Relations in Industry. Voices from the Point of Production», en W. Z.
Goldman, Women at the Gates, cit., pp. 207-231.
[38] Anna Krylova, Soviet Women in Combat. A History of Violence on the Eastern Front, Nueva
York, Cambridge University Press, 2011, pp. 35-86, 87-121, 169.
5. En el frente revolucionario del arte. Creación y
experimento en la primera cultura soviética
Rosa Ferré
Es difícil pensar en algún país, en algún tiempo, en el que se haya
concentrado tanto talento creativo como en la Rusia soviética de las tres
primeras décadas del siglo XX. Y en este contexto, la cultura del periodo
revolucionario, que podríamos situar entre 1917 y 1932, es una cultura
radicalmente diferente a la de los años precedentes, nueva tanto en sus
ambiciones formales como en la concepción de la propia función del arte y de
la creación fuera de un sistema de mercado convencional. Se trata de un
tiempo de enorme dinamismo y heterogeneidad que se caracteriza por el
desarrollo de especulaciones estéticas de fabulosa trascendencia, en el que los
debates sobre teoría y práctica artística y los radicales experimentos que se
llevaron a cabo fueron de una riqueza y una profundidad asombrosas, hasta el
punto de que en la actualidad siguen siendo pertinentes y objeto de continua
revisión.
Estos años, que pueden dividirse en tres periodos muy diferentes desde el
punto de vista cultural –la Guerra Civil (1918-1921), la Nueva Política
Económica conocida como NEP (1921-1927) y la revolución cultural ligada
al Primer Plan Quinquenal (1928-1932)–, dibujan un recorrido que nos lleva
de la energía artística de la vanguardia que acompañó los primeros pasos de
la Revolución, los tanteos y estrategias de los diferentes grupos para
conectarse con la nueva realidad social que se estaba construyendo, hasta la
imposición de un modelo único de cultura en 1932 por parte de Iósif Stalin
que conduciría a la aniquilación de cualquier talento creativo independiente al
final de la década.
Durante este periodo, diversos grupos de artistas lucharon entre sí para
erigirse en los representantes legítimos de la nueva cultura soviética. No
obstante, se mostraron ineficaces a la hora de establecer un modelo para el
arte comunista. De algún modo, en ausencia de un espacio para el debate
político, los enfrentamientos literarios y artísticos asumieron este papel. Los
creadores (muchos de ellos también teóricos): artistas, escritores, músicos,
cineastas y dramaturgos desarrollan su trabajo en constante negociación con
las estrategias del Estado por imponer su ideología. Algunos participan
activamente y con entusiasmo, preservando hasta donde les es posible su
autonomía creativa, otros son aislados y reducidos al ostracismo, muchos van
progresivamente desilusionándose y desesperando, especialmente tras la
muerte de Vladímir Lenin, en enero de 1924. La cuestión de cómo debía ser
la cultura proletaria se prolongó durante más de una década sin ser resuelta.
Hasta que, nada más iniciarse los años treinta, Stalin proclama la doctrina del
Realismo socialista.
EL RELEVO DE LAS ELITES Y LA LUCHA POR LA
HEGEMONÍA EN EL ESCENARIO CULTURAL
Octubre es el año cero de una nueva era. El país se despierta una mañana y
está vuelto del revés. Destruidos los pilares que sustentaban el edificio social
–las instituciones políticas, religiosas, legales y la propiedad de las tierras y
las casas–, la autoridad recae en manos de los comités revolucionarios
locales, los soviets, formados por trabajadores, campesinos y soldados. El
devenir de los acontecimientos era infinitamente más rápido que la capacidad
de adaptación humana a lo nuevo. ¿Qué significaba ser un sujeto de la
modernidad soviética? Un salto inimaginable hacia el futuro. Una generación
entera se encontró dislocada intentando adaptarse a un mundo que semejaba
un libro en blanco que tuviera que ser escrito e ilustrado aceleradamente. La
Revolución supuso un tremendo shock, un asalto a las mentalidades:
esperanza mezclada con desconcierto, hiperexcitación y ansiedad en una
población que se vio forzada a acompasar su vida privada con la experiencia
de lo público. El proyecto bolchevique aspiraba, literalmente, a crear una
nueva humanidad. Pero, ¿quién iba a escribir ese nuevo mundo poblado de
hombres nuevos? ¿Con qué lenguaje, con qué símbolos y con qué nuevas
imágenes iban a llenarse sus páginas?
Cuando estalla la Revolución, las escuelas literarias y artísticas que
protagonizaban la escena del momento tuvieron que definir su actitud hacia la
ideología bolchevique. La abrazan con ardiente convicción Vladímir
Mayakovski y Serguéi Yesenin (que se suicidaría en 1925), en ese momento
las figuras más célebres del ambiente literario, en el que conviven diferentes
movimientos como el Simbolismo, que está dando sus últimos frutos con
Valeri Briúsov, Andréi Beli y Aleksandr Blok, y bajo su estela, el Acmeísmo,
del que participan en su etapa inicial Anna Ajmátova, Nikolái Gumiliov y
Ósip Mandelshtam. Los seguidores de ambos movimientos son vistos por el
régimen como
representantes
de
una
intelligentsia
burguesa
y
contrarrevolucionaria mientras que los futuristas, con Mayakovski a la
cabeza, y con figuras como David Burliuk, Velimir Jlébnikov, Alekséi
Kruchiónij o el primer Pasternak, abanderan la defensa de una estética
experimental que camina de la mano del poder revolucionario.
La censura tan solo se suprimió en Rusia durante el breve periodo que
transcurre entre la revolución de febrero de 1917 –que daría lugar a un
efímero gobierno provisional– y la revolución bolchevique de Octubre. A las
pocas semanas de alcanzar el poder, Lenin, consciente de que para un pueblo
atrasado la palabra escrita era la palabra verdadera, se hizo con el monopolio
de la prensa y promulgó un decreto por el que los periódicos pasaban a
manos del gobierno y sus agencias.
Casi de inmediato, el nuevo régimen se vio inmerso en una Guerra Civil
(1918-1921) que enfrentó al Ejército Rojo (bolcheviques y aliados) contra el
Ejército Blanco (todos los demás, incluyendo varias potencias extranjeras).
La contienda fue extremadamente violenta, y el hambre y las epidemias
desmoronan definitivamente los cimientos económicos del país. Para
conservar el poder, los bolcheviques impusieron el Terror Rojo y organizaron
una policía secreta, la Cheka, dotada de facultades ilimitadas. La legalidad y
los derechos civiles se consideraban propios de un «liberalismo abolido» y
las medidas de guerra persistieron, después de 1921, para afianzar el régimen.
La Guerra Civil y el comunismo de guerra habían llevado la infraestructura
cultural al colapso. En los primeros veinte Rusia había perdido una parte
importante de su antigua elite cultural. Algunos creadores, como el poeta
Aleksandr Blok, mueren de hambre o a causa de las enfermedades; otros,
como Serguéi Rajmáninov, Iván Bunin –el primer Nobel de Literatura ruso–,
Vasili Kandinsky o el famoso cantante de ópera Fiódor Chaliapin, emigran.
Muchos son expulsados o, como en el caso de Igor Stravinski, no regresan
del extranjero.
Existe extensa documentación que atestigua que cuestiones como los
permisos de viaje de las compañías de teatro o los visados de los escritores y
artistas para viajar al extranjero constituían para el Estado una problemática
central en esos primeros años de inestabilidad del régimen, y se analizaban
uno a uno. Fue en este periodo cuando se gestó el sistema de relaciones del
poder soviético con la intelligentsia. El influyente escritor Maksim Gorki
abandonó Rusia en 1921, desesperado ante la política de Lenin, al que
considera una «guillotina pensante». En otoño de 1922, en los llamados
«barcos de los filósofos», Lenin, para limpiar el horizonte de personalidades
críticas al régimen, envió al exilio a un gran número de profesionales
liberales y humanistas –médicos, catedráticos, economistas, literatos, juristas,
políticos y religiosos– junto a más de setenta influyentes pensadores, entre
ellos Nikolái Berdiáyev, Nikolái Losski y Serguéi Bulgákov. Aun así, la vida
intelectual y cultural de la Rusia soviética siguió en contacto con la
emigración hasta finales de la década de 1920.
La Revolución rusa, como cualquier toma del poder violenta, se distinguió
por su iconoclasia, en el sentido literal de la palabra: las multitudes se
lanzaron, de forma más o menos espontánea, a destruir los símbolos zaristas;
las mansiones y las iglesias fueron saqueadas y los monumentos destruidos.
Siempre atentos a sacar partido de las oportunidades que se presentaban, los
bolcheviques supieron crear nuevos símbolos y adaptarse a las reacciones de
las masas, interpretando sus deseos casi inconscientes.
Durante la Revolución y los años inmediatos, los bolcheviques se regían
por un ferviente y sincero deseo de convencer a sus conciudadanos de la
necesidad del nuevo orden político, que ellos representaban, como única vía
hacia la justicia social. Tenían un considerable talento organizativo y,
templados por la lucha clandestina contra el régimen zarista, se habían
convertido en hábiles comunicadores. Constituían una intelectualidad
formada y articulada a la que el marxismo dotaba de un sólido bagaje
ideológico. La Primera Guerra Mundial había constituido un campo de
experimentación y una ocasión extraordinarios para el desarrollo de los
recursos de la propaganda, y aunque los bolcheviques no contaban con
estrategias claras sí tenían una urgencia que les llevó a inventar métodos
propagandísticos no convencionales y a crear una maquinaria multimedia:
radio, cine, teatro, instalaciones artísticas… Como decía Lenin: solamente la
práctica dará lugar a los mejores métodos de lucha. Así, los bolcheviques se
convirtieron en pioneros en el campo del adoctrinamiento de masas; muchas
de sus innovaciones y aportaciones a la propaganda serían copiadas
posteriormente por los nazis.
La propaganda desempeñó un papel destacado en el éxito de la Revolución
de 1917 y, aún más, en la retención del poder durante la Guerra Civil. El
gobierno, bajo la dirección del Comisariado Popular de Instrucción o
Narkomprós, establecido pocos meses después de la Revolución y dirigido
por Anatoli Lunacharski, no tardó en poner en marcha diferentes iniciativas
de agitprop (agitación y propaganda) de carácter educativo-celebrativo:
festivales de masas, agit-trenes –estos trenes (el primero de los cuales arrancó
en agosto de 1918) disponían de biblioteca, de cinematógrafo y de mesas de
información en las que se recogían quejas y se daba respuesta a todas las
preguntas locales; asimismo, llevaban carteles fijos en sus ventanas y recibían
las últimas noticias por telégrafo–, y agit-barcos –el Estrella roja recorrió el
Volga en 1919 llevando a bordo a Nadezhda Krúpskaya, la mujer de Lenin,
adjunta del comisario popular de Instrucción–. Se decoraron las plazas para
celebrar el Primero de Mayo y los sucesivos aniversarios del Octubre
fundacional. A partir de 1919 los festivales se organizaron bajo el control de
la Sección de Artes Plásticas, conocida como la Izo. En 1920, para
conmemorar el tercer aniversario, se preparó la gran representación teatral La
toma del Palacio de Invierno, un espectáculo de masas con seis mil
participantes –entre actores profesionales, estudiantes de teatro, soldados y
trabajadores– y una audiencia de más de cien mil personas que, en el
momento culminante de la toma del palacio, se sumaban a la representación.
Como el propio Lunacharski había dicho en primavera de aquel mismo año:
para tomar conciencia de sí mismas, las masas deben manifestarse
abiertamente y eso solo es posible cuando, en palabras de Robespierre, ellas
mismas se convierten en parte del espectáculo[1].
Los primeros años estuvieron marcados por una cierta reserva de gran parte
de la intelligentsia hacia la Revolución y, por otro, por el posicionamiento
cambiante del partido respecto a las diversas corrientes artísticas. Los grupos
de izquierda más radicales fueron los protagonistas de la arena cultural: los
proletkults y los futuristas, cuyos programas estéticos abogaban por la total
destrucción de la tradición cultural y del arte burgués y por la creación de una
cultura completamente nueva, un arte útil a la Revolución.
Así que de inmediato se abre el debate sobre la herencia de la tradición
cultural, el llamado «problema de los clásicos». El Proletkult, movimiento
creado en vísperas de la Revolución y ligado a fábricas y clubs de obreros,
pretende definir e instaurar una cultura proletaria pura, libre de toda relación
con la de las clases explotadoras. En palabras del poeta proletario Vladímir
Kiríllov: «Por el bien de nuestro mañana, vamos a quemar a Rafael, a destruir
los museos, vamos a pisotear las flores del arte […]. Nosotros vivimos por
otra belleza»[2]. A su vez, Mayakovski proclama: «¡Es hora de que las balas
decoren las paredes de los museos!»[3]. En su lucha por hacerse con la
hegemonía en cultura los grupos de artistas de la vanguardia experimental
encabezados por los futuristas, que defendían la revolución formal, se
enfrentan a los proletkults, que promulgaban un arte más convencional y
próximo al gusto de las masas y que acusaban a los primeros de oscuros y
elitistas.
Lenin creía en la necesidad de una intelligentsia que despertara la
conciencia de las masas: una elite que contribuyera a convertir a la población,
conformada en sus tres cuartas partes por campesinos y mayoritariamente
analfabeta, en ciudadanos activos. La cuestión clave que tuvo que afrontar el
poder soviético durante sus dos primeras décadas fue la incomunicación
literal, y simbólica, con la población rural, de modo que la primera medida es
la puesta en marcha de una masiva campaña de alfabetización a través del
Comisariado Popular de Instrucción. Para Lenin, la misión del Partido era
abrir los ojos del proletariado a sus verdaderos intereses. Desde muy pronto
intuye la enorme eficacia que puede tener el cine en la transformación
ideológica de la población, y hace pública su apuesta por este nuevo medio
que evolucionará enormemente en el contexto soviético.
Tanto Lenin como Lunacharski mediaron para preservar el legado cultural
ruso de los ataques de la iconoclasia vanguardista. Lenin era conservador en
materia artística, reivindicaba la necesidad de retomar la maestría de los
clásicos y se mantenía a cierta distancia, no carente de desdén, de las
fórmulas de la vanguardia. Aunque provisionalmente las tolerase y
aprovechara su impulso iconoclasta y propagandístico, no se interesó ni por
sus experimentos formales ni por lo que implícita o explícitamente
postularan. El propio Lenin reconocía no entender el arte abstracto ni apreciar
la obra futurista de Mayakovski. Hasta el fin de la guerra civil, Lenin tenía
asuntos más urgentes de los que ocuparse que el apoyo a uno u otro
movimiento cultural.
Conscientes de que se dirigían a una población heterogénea, los artistas que
participaban en las actividades de propaganda buscaron un lenguaje visual
directo, recurriendo a una ecléctica variedad de fuentes, desde las religiosas –
los trabajadores ocuparon el lugar de los santos, y los enemigos de clase, el
del demonio y su corte de alimañas (serpientes, dragones, arañas)– hasta las
fábulas y los cuentos populares, donde los capitalistas, los burgueses y el
resto de enemigos provenientes del antiguo régimen se convirtieron en
cerdos, perros y pajarracos, y el zar en un vampiro. Se recurrió al lubok[4] de
las viñetas tradicionales –como en el caso de Mayakovski en las ventanas de
la ROSTA[5]–, pero también a la mitología clásica y, por supuesto, a la
imaginería de los movimientos revolucionarios europeos. En muy poco
tiempo surgió una nueva iconografía, con un vocabulario y sintaxis propios.
Con absoluta clarividencia, Lenin entendió la necesidad urgente de sustituir
a los héroes caídos de la época zarista por una nueva pléyade. Y para ello,
precisamente, concibió ya en 1918 su Plan de Propaganda Monumental. A
través de una estatuaria de mitos revolucionarios, el objetivo se inscribía en
una cosmología histórica con una narrativa clara: los héroes precursores –
entre otros, Aleksandr Herzen, Mijaíl Bakunin, Nikolái Chernishevski,
Aleksandr Radischev, los decembristas, Georges Danton, Jean-Paul Marat,
Voltaire, Jean-Jacques Rousseau, Robert Owen, Charles Fourier, Henri de
Saint-Simon, Jean Jaurès, Rosa Luxemburg e incluso Espartaco, los Graco y
Bruto– anticipaban y preparaban la inexorable llegada del nuevo héroe
colectivo, el proletariado. Sin esta perspectiva, la toma bolchevique del poder
en 1917 no dejaría de ser otro golpe de Estado ilegítimo. Se identificaron
sesenta y seis «nuevos héroes» que abarcaban una amplia variedad de
políticos y personalidades del arte y la cultura, tanto rusos como europeos: 31
revolucionarios y activistas, 20 escritores, 3 académicos y filósofos, 7
artistas, 3 compositores y 2 actores. La Izo organizó concursos, abriendo los
encargos a una gran variedad de estilos: algunas de las propuestas –como la
que Borís Korolev dedicó a Bakunin– se acercaban a la abstracción cubista,
mientras otras eran figurativas, pero siempre dentro del espíritu de una nueva
modernidad artística alejada del arte escultórico del siglo anterior. Vladímir
Tatlin presentó una versión del proyecto de su famosa torre, que más tarde se
conocería como el Monumento a la III Internacional.
En íntima conexión con las vanguardias artísticas europeas, Rusia
desarrolla en los años previos a la Revolución dos escuelas propias: el
Cubofuturismo y la abstracción del Suprematismo. El Cubofuturismo, en el
participan entre otros Kazimir Malévich, Pável Filónov, Liubov Popova y
Aleksandr Ródchenko, combina la descomposición geométrica de la figura,
propia del cubismo, con la «cilindrización» de Fernand Léger y con el
dinamismo y la «metalización» del Futurismo. De este movimiento surge
hacia 1915 el Suprematismo –de ese año es el famoso Cuadrado negro de
Malévich–, cuyas creaciones artísticas no deconstruyen realidades ni objetos
existentes, sino que dan lugar a nuevos artefactos «sin objeto», nuevas formas
que responden a jerarquías internas y a unos principios universales
transcendentes. Durante este periodo las obras de Ródchenko oscilan entre
una interpretación personal del Suprematismo y la tecnicidad material de
Tatlin, otra de las figuras clave del momento, que con sus esculturas y
contrarelieves
abre
una
nueva
vía
de
investigación
hacia
la
tridimensionalidad que influirá enormemente en el Constructivismo de los
años veinte. Marc Chagall se incorpora también a las nuevas instituciones
artísticas y funda en 1918 la Escuela de Vítebsk, aunque en 1923 abandona
definitivamente la Unión Soviética.
Durante la guerra, los asuntos artísticos habían quedado en manos de estos
artistas de izquierdas que –aunque tras la Revolución en su mayoría hubiesen
reivindicado la necesidad de que la creación siguiera su curso con
independencia del poder–, dada la urgencia de la situación y la posibilidad de
tomar protagonismo en la escena, apoyan incondicionalmente a los
bolcheviques y ocupan con diversos cargos la Sección de Artes Plásticas, la
Izo del Narkomprós, y se ocupan de adquirir obras, de expropiar colecciones
privadas y de planificar la educación artística de acuerdo con el objetivo de
implantar una nueva cultura plenamente revolucionaria.
El frío y las hambrunas de 1920 y 1921 causan en el país casi cinco
millones de muertos. Una serie de revueltas del campesinado, reacio a
sacrificar sus cosechas al Estado bolchevique, las intensas protestas obreras
de comunistas en Petrogrado desencantados con la evolución del gobierno, el
alzamiento de los marinos de Kronstadt y otros síntomas de grave crisis del
proyecto bolchevique y de extenso descontento popular convencen a Lenin
de la necesidad de dar un golpe de timón. Tras un plan de electrificación
masivo, en 1921 el partido instaura la Nueva Política Económica (NEP) que
autoriza el libre mercado en la agricultura y en la pequeña y mediana
industria. Esta concesión al capitalismo logra una revitalización fulgurante de
la economía pero acarrea tensiones de carácter político y social, como el
resurgimiento de cierta burguesía y el enriquecimiento de los pequeños
industriales y comerciales y de los viejos campesinos acaudalados de la época
zarista (kulaks). Esta recesión en el proyecto comunista centra muchas de las
discusiones de la cultura del momento y es tema de no pocos relatos literarios
de la década.
Tras la guerra, uno de los debates culturales fundamentales se construyó en
torno al modelo de lenguaje adecuado para la nueva sociedad comunista. Con
la nueva ideología se impuso también una nueva manera de hablar y escribir
que resultaba chocante para muchos ciudadanos y prácticamente indescifrable
para los campesinos, una nueva habla que se iba modelando sobre la marcha.
La terminología marxista se traducía al ruso, cargándolo de nuevos términos,
de préstamos de otros idiomas, como revolutsiya, agitatsiya, boikot, miting…,
y el gusto por el experimento y lo novedoso lo llenó todo de neologismos:
acrónimos y abreviaturas derivadas de contracciones de palabras. El propio
Lenin cuestionaba el habla bolchevique: «Estamos machacando la lengua
rusa […] ¿No sería el momento de declararle la guerra a esta desfiguración
del idioma?», escribió Lenin hacia 1919-1920, supuestamente mientras
escuchaba los discursos en una reunión del Partido[6].
En un país centralizado, donde Petrogrado y Moscú dictaban las órdenes, la
gran preocupación era cómo llegar a la población rural, que veía el lenguaje
comunista como algo ajeno y que lo rechazaba como algo impuesto por una
autoridad igualmente extraña. Lenin reclamaba para la nueva cultura
soviética un lenguaje culto, que bebiera de la tradición literaria y huyera de lo
vulgar. Está harto documentada su actitud escéptica respecto a Mayakovski –
a pesar de los continuos ditirambos que este le dirigía– y, en general, respecto
a la experimentación de los futuristas, a los que consideraba estruendosos y
grandilocuentes. Tampoco tenía gran fe en los escritores proletarios, que no
acababan de concretar en qué consistía precisamente esa literatura proletaria
y que ni siquiera eran capaces de ponerse de acuerdo entre ellos. Así pues,
aunque la experimentación modernista había encajado en el espíritu de la
Revolución, a los nuevos líderes les parecía inoperante a la hora de contribuir
eficientemente a la construcción del Estado.
De ahí que durante los primeros años de la NEP, el Partido, al tiempo que
controla los movimientos culturales proletarios radicales que apoyan al
régimen sin fisuras pero que no parecen hacer contribuciones culturales
significativas, intenta fidelizar a los llamados «compañeros de viaje». Para el
gobierno, estos son los únicos que producen una literatura de calidad, autores
de reconocido prestigio, como Isaak Bábel, Mijaíl Zóshchenko, Borís
Pasternak o Borís Pilniak, que sin embargo no parecían mostrarse
suficientemente comprometidos con el proyecto bolchevique. Así, en
Literatura y revolución, de 1924, Lev Trotsky, entonces figura principal del
«frente cultural», menosprecia a los proletkults a favor de «los especialistas»
en todas las disciplinas, no solo en la literatura, también en el cine, en la
música, y arremete definitivamente contra poetas prerrevolucionarios como
Anna Ajmátova y Marina Tsvietáyeva, (exiliada en 1922 y que regresaría a la
URSS, para su mala fortuna, en 1939).
En junio de 1922 el gobierno establece la Glavlit, el órgano para la censura
del material impreso. Ese mismo año, Lenin asigna a Stalin un cargo cuyo
potencial subestima: secretario general del Partido Comunista, posición desde
la que este empezará a proyectar su influencia en busca del poder. En 1925 el
Estado publica la resolución «Sobre la política del Partido en el campo de la
Literatura», con la que pretendía zanjar la disputa por la hegemonía cultural.
El documento refuerza la posición de los «compañeros de viaje» y subraya la
debilidad de los defensores radicales de la «hegemonía de la cultura
proletaria».
TODO ES EXPERIMENTO
La NEP revitaliza el ámbito cultural con la creación de editoriales, revistas,
compañías teatrales y estudios de cine con capital privado. Es el momento de
los grandes experimentos artísticos. El cine abandona el melodrama y alcanza
su edad de oro con Lev Kuleshov, Dziga Vértov y Serguéi Eisenstein, y la
literatura olvida la tradición épica a favor del documentalismo y de los
géneros literarios menores. La arquitectura apuesta por el funcionalismo, y es
el momento de los debates estéticos que llevan al Constructivismo: la
vanguardia artística rechaza la pintura de caballete en nombre de la utilidad,
de la producción.
Creados en noviembre de 1920 bajo la dependencia del Narkomprós, los
Talleres Estatales de Enseñanza Superior de Arte y Técnica de Moscú, o
Vjutemas –activos hasta 1926–, constituyeron un espacio de experimentación
sin precedentes. A las investigaciones de la última década en el ámbito de
composición y materiales llevadas a cabo por artistas de vanguardia como
Malévich o Tatlin, algunas de ellas sistematizadas en el Instituto de Cultura
Artística (Injuk) que Kandinsky había creado en Moscú poco tiempo antes, se
sumaron las nuevas experiencias en el diseño de objetos y de interiores. Por
la importancia de sus estudios en diseño y pedagogía, la Escuela de los
Vjutemas, con creadores como El Lissitsky, Konstantín Mélnikov, Anton
Lavinski, Popova o Ródchenko a la cabeza, es equiparable a la de la
Bauhaus.
Los Vjutemas sustituyeron a los talleres de los Svomas que, fundados en
1918 en el ambiente distendido de los primeros años revolucionarios, habían
reunido todo tipo de prácticas, desde las academicistas a las futuristas. Los
nuevos talleres ya no permiten la diversificación de corrientes, son
inequívocamente prácticos y están dirigidos hacia la producción. Desde esta
Escuela los artistas de vanguardia, haciendo suya la máxima de «un arte para
la vida», quieren contribuir activamente a configuración de la nueva
sociedad, influyendo en todos los aspectos de lo cotidiano para moldear
desde la creación la conciencia social. Los departamentos más innovadores
de los Vjutemas fueron sin duda los de Arquitectura –dirigido por Vesnín y
Moiséi Guínzburg y con importantes alumnos como Gueorgui Krútikov o
Iván Leonídov–, y especialmente Carpintería, con profesores como Klucis y
Lavinski, y Metalurgia, dirigida desde 1922 por Ródchenko.
La abstracción suprematista influyó en la enseñanza de los Vjutemas,
aunque pocos de sus representantes dieron clases allí. De hecho, Malévich se
trasladó a Vítebsk entre 1919 y 1923, y allí fundó junto con Lissitzky,
Nikolái Suetin, Iliá Chashnik y Nina Bogan, entre otros, su escuela Unovis
(Instauradores del Nuevo Arte), donde aplicaría el potencial del
Suprematismo a los ámbitos del diseño y la arquitectura. Allí propone sus
famosos arquitectones y sus planetas o ciudades aéreas mediante
composiciones de volúmenes interrelacionados, suspendidos, encajados, con
una dirección y movimiento.
El término Constructivismo nace en 1921 en el Injuk, y aglutina a pintores,
escultores, arquitectos y teóricos del arte. Allí se gesta, en medio de las
polémicas entre los «subjetivistas», encabezados por Kandinsky, y los
«objetivistas», capitaneados por Ródchenko, una nueva manera de ver el arte.
El debate se centra en la oposición entre la «construcción» (en tres
dimensiones) y la «composición» (en dos dimensiones), es decir, el cuadro de
caballete, al que debía sustituir la primera. En septiembre de 1921 en el
marco de la exposición constructivista colectiva en Moscú titulada 5 x 5 =
25, Ródchenko presenta tres pinturas monocromas: Color Azul Puro, Color
Amarillo Puro y Color Rojo Puro, tríptico que se ha convertido en un icono
de la historia del arte. La idea, según el propio Ródchenko, era reducir la
pintura a su conclusión lógica y afirmar: «todo se acabó». Para los
constructivistas, que iban ocupando nuevas posiciones, la investigación
formal a través de la pintura había tocado a su fin. Esta situación de tensión
propició la salida de Kandinsky de Rusia, que en 1922 se trasladó a Weimar
para impartir clases en la Bauhaus.
Con la propuesta del Monumento a la III Internacional de Tatlin como
estandarte, en la que se fusionaban experimento formal y función social, los
constructivistas avanzaron en sus ideas y las pusieron en práctica en los
Vjutemas. Ródchenko hablaba de un nuevo artista-ingeniero, o artista-
constructor, que debía reunir capacidad artística y conocimientos técnicos.
El grupo, integrado también por Alekséi Gan, Varvara Stepánova, Karl
Ioganson, Aleksandr Vesnín, Popova, Lavinski, y con Aleksandra Ekster,
Gustavs Klucis o los hermanos Stenberg en su órbita, avanzó en una nueva
concepción del quehacer artístico como investigación intelectual y formal
orientada a la producción con la que el arte adquiere una función social
transformadora a través de unas formas y un trabajo con los materiales[7].
Importantes arquitectos se situaron en el entorno constructivista, los
racionalistas Nikolái Ladovski, Vladímir Krinski o Nikolái Dokuchayev
reunidos en torno a la Asociación de Nuevos Arquitectos (Asnova) e Iliá
Gólosov y Mélnikov.
Los constructivistas ambicionaban llevar sus diseños a la producción en
serie de las fábricas. Popova y Stepánova, por ejemplo, realizan estampados
imaginando una manufactura textil a gran escala, lo que era impensable dado
el estado de la industria del momento. Ródchenko, Stepánova y Popova[8]
dedicaron también gran parte de sus energías a diseñar escenarios y vestuario
para producciones teatrales y cinematográficas más radicales de esos años.
Pero poco a poco el Partido fue retrayendo el privilegio que la vanguardia
había disfrutado entre las nuevas instituciones culturales, obligándoles a
colaborar más activamente con otros grupos artísticos más conservadores.
Como reacción, constructivistas y artistas afines, todos ellos provenientes del
futurismo prerrevolucionario, se reúnen en 1923 formando el Frente de
Izquierda de las Artes, o Lef, un ejército dispuesto a revertir los efectos
culturales de la NEP, contrarios, en su opinión, al cambio radical prometido
por la Revolución, y a redinamizar la experimentación. Mayakovski era el
líder creativo y el fundador del grupo, y también el redactor principal de la
revista del mismo nombre. La pareja Ródchenko y Stepánova publicaban con
frecuencia sus proyectos de diseño en las páginas de la revista.
A Ródchenko y a Mayakovski les unían años de amistad y de intereses
comunes. Ródchenko contribuyó especialmente a la propaganda estatal en el
terreno del diseño gráfico. Y entre 1923 y 1925 creó más de 150 anuncios
para diversas compañías del Estado como Dobrolet (la línea aérea) o GUM
(los almacenes estatales), con frecuencia en colaboración con el poeta
Mayakovski, quien escribía los eslóganes rimados, en un tándem que se
autodenominaba «los anuncioconstructores». El artista, junto con Lissitsky y
Klucis, había llevado a su máxima expresión la técnica del fotocollage, que se
convirtió en una alternativa a la pintura y protagonizó las campañas gráficas
del momento, mediante el recorte de fotografías de la prensa y su posterior
reacomodación en combinaciones inesperadas, dinámicas y expresivas. Entre
los fotocollages más destacados de Ródchenko se cuentan aquellos que
realizó en 1923 para el poema Pro Eto (Acerca de esto) de Mayakovski, en el
que el poeta se permite equiparar la intensidad de su amor por su amante Lili
Brik con su fervor revolucionario.
El Frente de Izquierda de las Artes incluía además a otros creadores de muy
diversos campos, como el poeta Nicolái Aseev, los directores de cine Dziga
Vértov y Serguéi Eisenstein, el poeta y crítico Borís Kúshner, el teórico Borís
Arvátov, el crítico y editor Ósip Brik, el ensayista Nikolái Chuzhak y el
dramaturgo, guionista y fotógrafo Seguéi Tretiakov.
Pese a sus esfuerzos por contribuir a los objetivos que imponía la nueva
sociedad, este grupo de artistas no logró congraciarse con las autoridades y
progresivamente fueron acosados públicamente bajo la acusación de
«formalistas», palabra que se convirtió en una temible amenaza, que además
los dejaba sin encargos. También los Vjutemas, reconvertidos desde 1927 en
Vjutein (Instituto Superior Estatal de Arte y Técnica), fueron disueltos, en
1930, tras sufrir duras críticas políticas y someterse a sucesivas
reorganizaciones.
Lef se había reagrupado en 1925 en una nueva publicación Novi Lef. Esta
plataforma reformulada por Brik, Chuzhak y Tretiakov, y en la que continúa
colaborando Ródchenko, defiende una nueva práctica, de enorme repercusión
en el momento, que ahonda en cómo conectar desde el arte con las
necesidades reales del socialismo: la Factografía. Simplificando mucho el
debate, la Factografía se definió como una «literatura de los hechos»,
próxima al periodismo, pero cuya tarea no era tanto documentar la realidad
como construir realidades con un trabajo de interpretación creativa de los
hechos observados a través del reportaje y las impresiones de viaje. Gracias a
los nuevos lenguajes tecnológicos, a la experimentación enorme de la
fotografía en esos años, la Factografía era un arma que conectaba a escritores,
fotógrafos y cineastas en la producción de películas y otros dispositivos de
propaganda, en un momento en el que el gobierno se había lanzado de lleno a
la campaña de alfabetización ideológica de las masas a través del cine. El
proyecto se complementó con el movimiento de fotorreporteros obreros
(fotokor), grupos de trabajadores pertrechados con cámaras que registraban
diferentes momentos de la producción para detectar tanto las fallas como los
avances de la industrialización del país.
SUEÑOS Y PESADILLAS EN LA CONSTRUCCIÓN DEL
FUTURO
En los años veinte, la psicotecnia y las teorías psicológicas conductistas, tan
en boga en Europa, y también en Rusia, se posicionaron como la mejor
herramienta en la tarea de modelar al Hombre Nuevo. Trotsky predicaba con
entusiasmo la posibilidad científica de reconstruir al hombre:
La cuestión acerca de cómo educar y regular, de cómo mejorar y completar la construcción
física y espiritual del hombre, es un problema colosal que solo puede entenderse sobre la base del
socialismo. […] Producir una versión nueva, «mejorada», del hombre es la futura tarea del
comunismo. Y para ello primero tenemos que averiguarlo todo sobre el hombre: su anatomía, su
fisiología y esa parte de su fisiología que denominamos psicología. El hombre debe mirarse a sí
mismo y verse como materia prima, o en el mejor de los casos como un producto fabricado a
medias, y decir: por fin, mi querido homo sapiens, voy a trabajar sobre ti[9].
Bajo esta luz, el hombre era una máquina que reaccionaba a los estímulos;
la misión era, pues, estimularlo. Lenin protegió a Iván Pávlov, cuya
investigación sobre los reflejos condicionados del cerebro contó con el favor
y el auspicio económico del gobierno –también con Stalin en el poder–, a
pesar de la explícita postura antisoviética del científico, que no tenía empacho
en criticar al régimen, en privado y en público, y en amenazar de cuando en
cuando con emigrar. Lenin se refirió a las investigaciones de Pávlov como
«algo extraordinariamente significativo para la Revolución» y Nikolái
Bujarin las denominó «un arma en el arsenal de hierro del materialismo».
Una de las cuestiones que más interés suscita entre los estudiosos actuales
de la cultura y el arte de aquel periodo es la conexión que se estableció entre
las prácticas artísticas interdisciplinarias y las investigaciones psicológicas,
fisiológicas y psicotécnicas de la primera cultura soviética. Artistas y
científicos coincidieron en la experimentación de los sentidos y en el estudio
de la percepción, centrándose en los mecanismos que podían repercutir en la
conciencia humana y transformarla. Las instituciones culturales apoyaron las
investigaciones en este campo, contribuyendo a la disolución de las
divisiones artísticas tradicionales, en beneficio de la interdisciplinariedad.
Los citados Vjutemas fueron un espacio de experimentación sin precedentes.
Allí se llevaron a cabo importantes investigaciones sobre las propiedades del
color; por poner un ejemplo significativo, el arquitecto Nikolái Ladovski
diseñó un equipo especial para monitorizar los sentidos e inventó
instrumentos que examinaban las propiedades espaciales de las formas.
En 1925, Vsévolod Pudovkin, cineasta que había trabajado cuatro años
como ayudante de Lev Kuleshov, pionero del montaje cinematográfico en la
URSS, realizó el documental La mecánica del cerebro. El comportamiento
de los animales y del hombre, centrado en los trabajos del laboratorio de
Pávlov en Leningrado. En el documental, a la vez que filmaba los
experimentos sobre el reflejo condicionado realizados en ranas, perros y
monos, y sus posibles repercusiones en los humanos, experimentó con la
forma de su propia película y con los efectos de esta en sus espectadores:
mediante un procedimiento por el cual se abría y cerraba repetidamente el ojo
de la cámara, a imitación del funcionamiento parpadeante del ojo humano,
intentó producir una secuencia de imágenes capaces de estimular el sistema
nervioso del observador. El montaje se había convertido en el procedimiento
que articulaba la creación y los artistas consideraban que, a través de él, se
podía entrenar la mente humana para ver el mundo de una determinada
manera. El cerebro se consideraba pues una compleja maquinaria susceptible
de ser reacondicionada a través de los reflejos provocados por un arte
mecanicista.
A la interpretación mecanicista del comportamiento humano se le sumaba
una obsesión paradigmática de la época: la veneración por la máquina, la fe
ciega en el progreso tecnológico que dominaba todo Occidente y que
encontró un terreno propicio en un país donde mecanizar el trabajo era la
mayor urgencia. El culto a la tecnología estimuló una imagen recurrente en la
iconografía de la época: el híbrido máquina-hombre. Las representaciones del
Hombre Nuevo como una máquina eran consecuencia de la fuerte presión por
aumentar la productividad. Tras comprarle la paz a Alemania para salir de la
Primera Guerra Mundial, y tras dos años de guerra civil, Lenin detentaba el
poder absoluto en un país sin industria, que necesitaba reconstruir con la
mayor celeridad posible; a sus ojos, la modernización del país era el único
modo de alcanzar la sociedad comunista. Para ello puso en marcha el plan de
electrificación; uno de sus más famosos eslóganes era «Comunismo = soviets
+ electrificación». Por su parte, el teléfono, el telégrafo y la radio redujeron el
tiempo necesario para la comunicación, transformando el sentido espacial de
la sociedad moderna al conectar a personas por medios anteriormente
inimaginables. La literatura revolucionaria –especialmente el futurismo– se
desarrolló en paralelo con nociones utópicas de un nuevo orden social en el
cual la velocidad sería un elemento central. El futuro estaría bien organizado,
sería eficiente y rápido. En un discurso de 1923 para el Komsomol (la
Organización Juvenil del Partido Comunista), Nikolái Bujarin, el principal
ideólogo de la NEP, declaraba: «Ahora debemos dirigir nuestros esfuerzos a
crear en el menor tiempo posible el mayor número de máquinas vivas
especializadas, preparadas y dispuestas para entrar en circulación».
Ya en 1924, en su célebre novela Nosotros, Yevgueni Zamiatin arremetió
contra la retórica cósmica de la tecnología y su posible derivación hacia el
totalitarismo. La concepción de su protagonista, D-503, se inspira en la figura
de una personalidad del momento, el poeta, teórico del Proletkult y profeta de
la eficiencia Alekséi Gástev, quien en 1919 había publicado Poesía del
trabajo de choque. Velimir Jlébnikov lo consideraba «el poeta del futuro», el
poeta Nikolái Aseev lo llamó «el Ovidio de los mineros y de la metalurgia» y
Lunacharski lo consideraba el más dotado de los escritores proletarios.
Gástev había participado en la lucha clandestina prerrevolucionaria, había
vivido exiliado en el extranjero y tenía amplia experiencia como trabajador
especializado en la industria del metal. Su obsesión por la organización
racional del trabajo lo llevó a abandonar la poesía y a fundar en 1920 el
Instituto Central del Trabajo, a través del que se organizó la Campaña
Nacional para la Organización Científica del Trabajo, o NOT. El poeta de la
máquina rendía culto a tres divinidades: Frederick Taylor, Frank Gilbreth y
Henry Ford.
Romántica y pragmática al mismo tiempo, la utopía técnica de Gástev era a
la vez un planteamiento estético de connotaciones fantásticas y sensualidad
en el canto a la máquina, al cristal limpio, al acero, y un pensamiento práctico
que apuntaba a mejorar las condiciones objetivas de los trabajadores: cómo
evitar accidentes, cómo economizar esfuerzos, cómo mejorar el rendimiento.
Gástev intentó reducir la presencia de las emociones en el proceso de trabajo
inventando la biomecánica: el control del cuerpo y la economía de
movimientos.
Las clases en el Instituto Central del Trabajo eran de carácter
eminentemente práctico. Se conservan algunas filmaciones que muestran a
grupos de trabajadores en uniforme, ejercitándose en unos movimientos que
parecen gimnasia rítmica ejecutada con disciplina militar y precisión
robótica. Documentar cinematográficamente estos movimientos para que
pudieran ser estudiados y corregidos era parte del proceso.
Otra vez Trotsky:
En resumen, el hombre comenzará a armonizar con todo rigor su propio ser. Tratará de obtener
una precisión, un discernimiento, una economía mayores, y por ende belleza, en los movimientos
de su propio cuerpo, en el trabajo, en el andar, en el juego. Querrá dominar los procesos
semiinconscientes e inconscientes de su propio organismo: la respiración, la circulación de la
sangre, la digestión, la reproducción. Y, dentro de ciertos límites insuperables, tratará de
subordinarlos al control de la razón y de la voluntad. El homo sapiens, actualmente congelado, se
tratará a sí mismo como objeto de los métodos más complejos de la selección artificial y los
tratamientos psicofísicos[10].
Al Instituto Central del Trabajo se le sumó en 1923 la Liga del Tiempo,
fundada por Platón Kerzhentsev, crítico teatral y colega de la NOT, que
propugnaba una logística eficiente y cronometrada, no solo en las actividades
económicas, sino en todo quehacer humano. Por su parte, Vsévolod
Meyerhold desarrolló la biomecánica de Gástev en el Teatro y muchos
arquitectos, como Vladímir Krinski, Moiséi Guínzburg y los hermanos
Leonid y Víktor Vesnin, utilizaron sus métodos de planificación y
colaboraron activamente en el Instituto y en la Liga del Tiempo. No hay duda
de que los artistas productivistas, que soñaban con un futuro «bien diseñado»,
se sentían en perfecta sintonía con las propuestas de la NOT.
Sin embargo, tras la muerte de Lenin surgen ficciones distópicas que
vislumbran los peligros de la ingeniería social y las consecuencias de una
utopía que niega la libertad. Al mismo tiempo, las sátiras humorísticas de la
sociedad soviética escritas por Zóshchenko, Yuri Olesha, Bulgákov, Ilf y
Petrov o Mayakovski empiezan a resultar intolerables a ojos del poder. El
propio Mayakovski, antaño utópico ferviente, muestra una visión compleja y
desesperada del intento de crear un mundo perfecto en su comedia fantástica
La chinche, poco antes de suicidarse en 1930. En ella sugiere que los deseos
más antisociales del peor espécimen humano son valiosos cuando la
alternativa es la eliminación del deseo independiente, es decir, el fin de la
naturaleza humana.
No es exagerado afirmar que, en la Rusia postrevolucionaria, la vida se
convirtió en un campo experimental donde el límite de la realidad posible
solo encontraba otro límite: el de la imaginación. Lo inimaginable ya había
sucedido: ahora, para muchos, era el momento de imaginar todo lo que podía
suceder. No pocos consideraban que la Revolución iba a acabar con las
coordenadas temporales, espaciales y fisiológicas del ser humano y es
fundamental para entender la cultura de esos años ver hasta qué punto las
preocupaciones metafísicas y escatológicas impregnaban el pensamiento
utópico de la época, encontrando ecos en mucha de la producción artística de
la llamada vanguardia, entre ellos Malévich y Filónov.
Las teorías inmortalistas del filósofo Nikolái Fiódorov –que tanto influirían
en Dostoyevski y en el pensamiento de Vladímir Soloviov–, especialmente su
póstuma Filosofía de la causa común (1906 y 1913), que reclamaba un
Estado capaz de resucitar a los muertos mediante procedimientos científicos,
experimentaron un notable resurgir. Para Fiódorov, la posibilidad de la
resurrección gracias a la tecnología no era solo una especulación teórica, sino
una necesidad moral que habría de compensar las desigualdades, las guerras
y las injusticias que había sufrido el género humano. Su radicalismo social,
sus teorías sobre los viajes al espacio, su defensa de la ingeniería genética y
su obsesión por la necesidad de investigar cómo prolongar la vida y la salud
de la gente volvían a tener vigencia.
Ahora más que nunca parecía justo que el sacrificio al que se tendrían que
someter los constructores del socialismo en beneficio de las generaciones
futuras pudiera compensarse con su resurrección, de modo que toda una
humanidad coetánea pudiera disfrutar de una armonía cósmica eterna. Entre
los valedores de esta tesis destacó el grupo de los biocosmistas-inmortalistas,
formado, entre otros, por los artistas y poetas anarquistas Aleksandr
Sviatogor –pseudónimo de A. F. Agienko– en Moscú y por Aleksandr
Yaroslavski en Petrogrado. Estos consideraban que la propiedad privada no
se habría abolido por completo mientras cada ser humano fuese propietario
de un periodo de tiempo. En el manifiesto del grupo, de 1922, se puede leer:
«Para nosotros son derechos humanos esenciales la inmortalidad, la
resurrección, el rejuvenecimiento y el derecho a la movilidad en el espacio
cósmico (y no los supuestos derechos proclamados por la declaración
burguesa de 1789)»[11].
Otro destacado predicador de la colectivización del espacio y del tiempo
fue Konstantín Tsiolkovski, el padre de la tecnología espacial. Pensador
autodidacto, no fue reconocido por su trabajo hasta el final de su carrera.
Aunque sus estudios sobre cohetes abrieron el camino de la carrera espacial
soviética, su interés por la conquista del espacio estaba enmarcado en una
teoría panpsíquica de la vida cósmica. Tsiolkovski consideraba que el
universo estaba formado por los mismos átomos y creía en la existencia de
seres incorpóreos que habitaban el cosmos, superiores en inteligencia a los
humanos, parecidos a los ángeles, que se comunicaban con los hombres –él
mismo decía haberlo hecho– a través de fenómenos atmosféricos de carácter
especial. En 1935, Tsiolkovski, que dibujaba y escribía novelas, colaboró con
el cineasta Vasili Zhuravliov y con el escritor Víktor Shklovski en el guion,
la puesta en escena y el asesoramiento científico de la famosa película Viaje
cósmico.
El psicólogo Arón Zalkind, que estaba convencido de que el ser humano
podía ser íntegramente remodelado, desde sus hábitos más insignificantes
hasta lo más íntimo y esencial de su conciencia, planeó la reproducción
humana a gran escala y la reconversión de la pulsión sexual en energía para la
construcción del socialismo.
Aleksandr Bogdánov dio un paso más en la idea de una colectivización
radical al proponer el intercambio comunista de la sangre, llegando a fundar
en 1926 el pionero Instituto de Transfusión de Sangre de Moscú. Bogdánov
había participado con Lenin en la creación del Partido bolchevique y era uno
de los pocos políticos revolucionarios en los que Lenin –que rebatió su libro
de teoría política Empiriomonismo (1904-1907)– veía a un posible rival. En
1909, Bogdánov creó en Capri, junto a Lunacharski, que era su cuñado, y a
Gorki y, el grupo Vpered (Adelante), cuyo objetivo era la educación de los
obreros –condición para él indispensable y previa a la realización del
socialismo; una tesis que, de nuevo, le enfrentaría a Lenin–. Bogdánov se
convirtió en 1917 en el líder del Proletkult, conjunto de organizaciones con el
que los líderes bolcheviques, como hemos visto, mantenían una relación dual.
En 1921, Bogdánov abandonó el activismo político y cultural para centrarse
en sus investigaciones académicas. Era un gran economista y un muy buen
escritor de novelas de ciencia ficción –como Estrella roja (1908), donde un
ingeniero viaja a un Marte habitado por una sociedad socialista, y su secuela,
el Ingeniero Menii (1913)– y se le considera el padre de la cibernética por su
importantísima teoría de la tectología, en la que planteaba ya una avanzada
teoría de sistemas.
Médico de formación, Bogdánov estaba convencido de que las
transfusiones de sangre podían alargar la vida y rejuvenecer a las personas.
Así, en 1924 comenzó sus experimentos de transfusión de sangre en busca de
la eterna juventud. No solo se transfundía sangre de personas más jóvenes y
más sanas a otras enfermas y entradas en años, sino que también se suponía
un beneficio recíproco en el intercambio de sangre, por ejemplo, entre una
joven estudiante y un intelectual de edad más avanzada. Se trataba de una
revolución hematológica, con un gran terreno por avanzar y grandes
posibilidades para la experimentación. El propio Bogdánov participó
activamente en sus pruebas con transfusiones. Murió en abril de 1928, al
parecer como consecuencia de una transfusión de sangre contaminada.
Cercanos a las ideas de Aleksandr Bogdánov, activos desde 1922, los
proyeccionistas moscovitas fueron la última gran escuela soviética de
pintores abstractos. Estudiantes de los Vjutemas, se rebelaron contra la
«muerte de la pintura» que promulgaban sus maestros constructivistas y en la
línea de la tectología pretendían desarrollar una ciencia universal de la
organización y del análisis mediante la búsqueda de similitudes estructurales
en todos los campos del conocimiento. Exploraron vías de conexión entre la
energía termodinámica y el color en cuanto a vibración y luminiscencia,
intuyendo el camino que va desde la energía a la información. Aleksandr
Tysler pintó la fusión de los gases; Kiment Redko, los fenómenos eléctricos y
atmosféricos que bautizó como «luminismos» y «electro-organismos». Otros
integrantes del grupo fueron Solomon Nikritin, Serguéi Luchiskin y Nikolái
Triaskin.
El teórico y artista Nikritin fue quien acuñó el término Proyeccionismo, que
consideraba un método de investigación. El artista no es el productor de obras
de arte, sino de un método de proyecciones. Nikritin proclamaba principios
universales comunes a todas las artes del futuro, relacionando tecnologías en
ámbitos como el sonido, la imagen, la biomecánica o la ingeniería social, y
fundamentaba el nuevo lenguaje creativo en conceptos como corriente,
dinámica y densidad. En el contexto de búsqueda de estas nuevas
metodologías apadrinadas por Alekséi Gástev y su entorno de pensamiento
destacan los conciertos-lectura de Lev Theremin, y Música del futuro, la serie
de conciertos experimentales de Arseni Avraámov en los que el compositor,
en lugar de presentar piezas acabadas, hacía performances de demostración
práctica de sus ideas respecto al futuro de la armonía y las técnicas musicales.
Para conmemorar el quinto aniversario de la Revolución rusa en 1922,
Avraámov presentó en la ciudad portuaria de Bakú la Sinfonía de las sirenas,
con una «orquesta» compuesta por dos baterías de artillería, campanas, varios
regimientos de infantería, sirenas de niebla de la flota del Caspio,
hidroaviones, locomotoras, múltiples coros, bocinas afinadas de vapor y los
sonidos de las sirenas de las fábricas de la ciudad. Todavía no se ha tomado
plena conciencia del verdadero alcance de la explosión intelectual y artística
que se produjo en el campo del sonido durante la década de 1920, ni de los
asombrosos inventos de la época en la creación de nuevas tecnologías
musicales en manos de una pequeña comunidad de investigadores[12]–. Lev
Theremin (1896-1993), que hacia 1919 creó el thereminvox o theremin, el
primer instrumento electrónico que se comercializó en el mundo, es quizás la
única figura de proyección universal. Theremin –cuya biografía es de por sí
una novela de espionaje y de terror– fue un enorme inventor en el ámbito del
sonido y trabajó en diferentes proyectos con la obsesión de reunir, en una
sola tecnología háptica, la música, la luz, el olor y el movimiento corporal.
EL HUMO DE LAS FÁBRICAS ES LA RESPIRACIÓN DE LA
RUSIA SOVIÉTICA[13]
Una vez desarticulada toda oposición en el partido con la derrota del frente
Trotsky, Kámenev y Zinóviev en 1927, Stalin pone fin a la NEP y emprende
como líder único una segunda revolución que se sustenta en la
industrialización a gran escala y en la puesta en marcha del Primer Plan
Quinquenal. Se inicia la colectivización forzosa del campo o deskulakización,
por la que centenares de miles de campesinos son despojados de sus tierras y
desplazados a regiones remotas. Todos los sectores productivos son
nacionalizados y se fijan unos objetivos de producción extremadamente
ambiciosos que requieren la movilización de todo el país. Nadie queda al
margen del gran impulso hacia la modernización y el socialismo. El trabajo
es la nueva religión y el obrero el nuevo héroe, que acomete con entusiasmo
obras grandiosas, como la central hidroeléctrica del Dniéper, el canal Volga-
Don o el metro de Moscú.
Desde 1928 la cultura se convierte en una mitología mantenida a base de
idealismo obligatorio y, sobre todo, a fuerza de represión. El partido retira su
apoyo a los «compañeros de viaje» y a los partidarios más radicales del
Proletkult, se inician campañas antiformalistas contra los artistas de la
vanguardia y se apuesta por las sumisas organizaciones surgidas en los años
veinte, como la Asociación de Escritores Proletarios de Rusia (RAPP), la
Asociación de Artistas de la Rusia Revolucionaria (AJRR), la Asociación de
Músicos Proletarios de Rusia (RAPM) o la Unión Panrusa de Arquitectos
Proletarios (VOPRA).
En un contexto de trabajo extenuante y agotador, los nuevos lectores y
espectadores no necesitaban alta literatura ni arte complejo, sino distracción y
entretenimiento: confortable melodrama, y melodías de fácil digestión. El
resultado fue una absoluta simplificación e infantilización de la cultura. Stalin
era consciente del valor del cine, que ya Lenin había calificado como la más
importante de todas las artes, en cuanto a su capacidad propagandística y de
influir de un modo fácil en las mentalidades. Al inicio del Plan Quinquenal el
partido expresó su descontento con el cine de vanguardia, que no conseguía
grandes audiencias. El público soviético prefería las películas extranjeras, las
de acción o las comedias románticas, a los filmes propagandísticos de Vértov
o Eisenstein. En 1928, en la Primera Conferencia sobre Cine, el partido
impone una línea única a la producción cinematográfica. Se exigen películas
que claramente movilicen a las masas hacia el Plan Quinquenal. Se ataca
Octubre de Eisenstein y se eliminan las escenas en las que sale Trotsky.
Lunacharski, que está a punto de ser relevado en su puesto, recibe fuertes
críticas por la marcha de la industria del cine, que pasa a nacionalizarse. Se
crea entonces una especie de «Hollywood soviético», que produjo una
sucesión de exitosos musicales, comedias románticas, aventuras bélicas y
filmes de frontera al estilo de los westerns (que se llamaron «easterns») como
Chapáiev (1934), la película favorita de Stalin.
Con la intermediación del siniestro personaje Génri Yágoda, jefe de la
Seguridad del Estado (la antigua Cheka ahora rebautizada como NKVD),
Stalin emprende una estrategia de aproximación al escritor Maksim Gorki,
que seguía gozando de gran popularidad tanto dentro como fuera del país. A
partir de 1928 consigue que el escritor pase los veranos en la URSS y, en
1931, Gorki regresa triunfalmente para convertirse en el escritor oficial,
legitimando así la política de Stalin. Se instala en la lujosa mansión
moscovita de un antiguo magnate, desde donde se deja utilizar por Stalin,
quien lo mantiene semisecuestrado.
La revolución en el lenguaje dejaba de ser así una cuestión de innovación
formal. El nuevo lenguaje literario sería, invocando una famosa frase de la
época de Stalin, «nacional en su forma y socialista en su contenido». Gorki
recuperó a los clásicos, a Aleksandr Pushkin, Lev Tolstói, Nikolái Gógol,
Nikolái Leskov e Iván Turguénev, modelos de una autoridad verbal accesible
para las masas –progresivamente multiétnicas según crecían los dominios de
la Unión Soviética– y reforzada por la tradición. Fiódor Dostoyevski se
convirtió en un enemigo del pueblo, sus obras se consideraban nihilistas y
desmoralizadoras.
Desesperado ante la imposibilidad de publicar, el escritor y dramaturgo
Bulgákov, en el pasado uno de los favoritos del régimen, dirige repetidas
cartas al gobierno de la URSS –incluso al propio Stalin– con un ruego
aparentemente sencillo: permiso para abandonar el país. El 15 de abril de
1930, precisamente un día después de la muerte de Mayakovski, Stalin, que
le tiene simpatía y ha visto su obra teatral Los días de los Turbín en quince
ocasiones, le llama por teléfono para interesarse por su situación. La célebre
conversación, en la que el escritor da marcha atrás y se limita a pedir un
empleo cualquiera en el teatro, parece sacada del repertorio satírico de
Bulgákov. Stalin no permite que el autor de El maestro y Margarita marche
al exilio, pero, a pesar de que el escritor es manifiestamente hostil al ideario
soviético, tampoco le sentencia a muerte, como haría con tantos otros
desafectos[14].
Otro caso singular es el de Pasternak, a quien Stalin también llama por
teléfono en una ocasión y al que, al parecer, considera un iluminado y un
soñador inofensivo.
Distinta es la situación de la poetisa Ajmátova, representante de la
intelligentsia prerrevolucionaria a la que Stalin mantiene con vida, aunque
sometiéndola a la terrible presión de encarcelar durante largas temporadas a
su hijo Lev. También el novelista Platónov es castigado a través de su hijo
Platón. En el caso de Mandelshtam, al salir a la luz su célebre epigrama
contra Stalin de 1933, el poeta es desterrado y, tras sufrir repetidas
detenciones, enviado a un campo de trabajo, donde muere en 1938 víctima de
las enfermedades y la consunción.
En abril de 1932, Stalin disuelve todas las agrupaciones literarias y
artísticas, crea la Unión de Escritores Soviéticos con Gorki como presidente –
siguiendo este modelo, más adelante se crearían uniones para todas las
disciplinas artísticas: la Unión de Artistas, la de Arquitectos, la de
Compositores, etc.– y proclama un método artístico unificado y (forzoso): el
Realismo socialista, en palabras de Andréi Zhdánov, el nuevo ministro de
Cultura de Stalin, «la representación veraz de la realidad en su desarrollo
revolucionario», una institución estalinista fundamental concebida para crear
socialismo, no para crear artefactos artísticos. En el marco del «socialismo en
un solo país» el verdadero mundo socialista es un mundo patriótico y de
fervor nacionalista.
Atrás quedan los experimentos formales; el Partido recuperó a los maestros
del realismo pictórico y literario del siglo XIX, el estilo folclórico y
romántico en la música y la retórica clasicista en la arquitectura. Pero ni las
creaciones de exaltación de las grandes obras de ingeniería de Stalin, ni la
novela histórica (patriótica) de esos años compartían unos procedimientos
narrativos que se pudieran llamar «realistas»: eran novelas cargadas de un
enorme simbolismo, casi parábolas. El héroe sería siempre un héroe positivo
y emblema de la conciencia política, el guía para el resto de los personajes –y
sobre todo para el lector– en el descubrimiento del verdadero mundo
socialista. El requisito que las articulaba como grupo era el de acercarse a un
canon que se iba conformando sobre la marcha, constituido por novelas como
La madre de Gorki, Chapáiev (1923) de Dmitri Fúrmanov, Cemento (1925)
de Fiódor Gladkov, La inundación de hierro (1924) de Aleksandr
Serafimovich, El Don apacible (1928-1940) de Mijaíl Shólojov, El camino
del Calvario (1921-1940) y Pedro I (1929-1934) de Alekséi Tolstói, La joven
guardia (1945) de Aleksandr Fadéyev y Así se templó el acero (1936) de
Nikolái Ostrovski. En esta línea se escribieron también Hidrocentral (1930-
1931) de Marietta Shaginian, El día segundo (1934) de Iliá Erenburg y La
bahía de Kara Bogaz (1932) de Konstantín Paustovski. Tiempo adelante
(1932) de Valentín Katáiev es un retrato de la construcción de Magnitogorsk,
una enorme planta metalúrgica contruida a base de enorme sacrificio humano
y considerada uno de los grandes éxitos de los planes quinquenales.
En cuanto a las artes plásticas, la historiografía reciente ha realizado una
relectura del Realismo socialista que va más allá de la habitual consideración
de la expresión de un kitsch, del mal gusto impuesto desde arriba por Stalin,
estudiando cómo el arte de este periodo desempeñaba un papel específico
fuera del mercado. En origen, las pinturas eran creadas para ser reproducidas
en forma de postales y los artistas las vendían a las editoriales dirigidas en su
totalidad a la difusión de reproducciones masivas, no a los museos. El
original se consideraba inicialmente un modelo con el que trabajar, una suerte
de negativo fotográfico. Una parte de estas pinturas acabó en museos de
historia y política, en lugar de en museos de arte, adquiriendo el estatus de
documento o de material didáctico. En palabras de Ekaterina Degot,
el realismo socialista no solo se ideó como un arte completamente nuevo para una sociedad
completamente nueva, sino como una especie de post-arte que superaba la institución burguesa del
arte con producción individual, consumo individual, mercado privado, autonomía artística y
alienación, intrínseca a la estructura misma de la obra[15].
En mayo de 1932, en una de sus últimas presentaciones públicas, Tatlin
expone en el Museo de Bellas Artes de Moscú su máquina voladora letatlin
(de letat, volar en ruso, y Tatlin), pieza en la que llevaba años trabajando. El
artista aspiraba a convertir este ornitóptero, una especie de bicicleta alada, en
un nuevo medio de transporte de uso cotidiano e individual que permitiría al
nuevo hombre soviético moverse libremente por el aire como un pájaro. En
1933 el letatlin vuela algunos metros sobre una colina de las afueras de
Moscú.
[1] R. Taylor, October, Londres, BFI, 2002.
[2] «Oktiabr v sovetskoi poezi», Leningrado, Sovetski pisátel, 1967, p. 134. Citado en E. Dobrenko,
«Marcha a la izquierda. Cultura política y política cultural en la Rusia revolucionaria de los años
veinte», en La Caballería Roja. Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945, R. Ferré (ed.),
Madrid, La Casa Encendida, 2011, p. 28.
[3] Vladímir Mayakovski, Sobranie sochineni, Moscú, Pravda, 1978, tomo 1, p. 178. Citado en E.
Dobrenko, «Marcha a la izquierda. Cultura política y política cultural en la Rusia revolucionaria de los
años veinte», cit., p. 28.
[4] Forma tradicional de las aleluyas o historietas, muy populares en Rusia, donde una imagen
gráfica y un texto (a veces rimado) funcionan unidos. Mayakovski y otros artistas lo transformaron en
los primeros años revolucionarios en agit-lubok.
[5] Rossískoye Telegráfnoye Aguentstvo (Agencia de Telégrafos de Rusia). La primera agencia de
noticias de la URSS, que se transformaría en TASS en 1925. Durante la Guerra Civil, artistas y
escritores decoraron las ventanas de la ROSTA que los bolcheviques habían establecido en Moscú en
septiembre de 1918. En un momento de escasez de papel y urgencia propagandística, se idearon
grandes carteles-historietas que se realizaban con la técnica del estarcido y se colocaban a diario sobre
dichas ventanas, representando de manera sintética y humorística las noticias del día. Posteriormente,
esta práctica se extendería a otras agencias del país; principalmente a las de Petrogrado, Vítebsk y
Odesa.
[6] V. I. Lenin, Polnoe sobranie sochinenii, 55 vols., 5.
a ed., Moscú, 1970, vol. 40, p. 49. Citado en
M. S. Gorham, «Mastering the Perverse: State-building and Language “Purification” in Early Soviet
Russia», Slavic Review 59-1 (primavera de 2000), pp. 133-153. Para otros trabajos de M. S. Gorham
sobre el tema, véase Speaking in Soviet Tongues: Language Culture and the Politics of Voice in
Revolutionary Russia, DeKalb (Illinois), Northern Illinois University Press, 2003; y «Tongue-tied
Writers: The Rabsel’kor Movement and the Voice of the “New Intelligentsia” in Early Soviet Russia»,
Russian Review 55-3 (julio de 1996), pp. 412-429.
[7] «[…] El arte productivo de principios de los años veinte […] no representaba en modo alguno los
primeros ensayos del diseño soviético –como a veces se dice–, sino que promulgaba un cambio del
foco de atención, del consumo del arte a su producción, así como una reconversión del consumidor en
productor con la ayuda de ciertos objetos simbólicos activadores, ya fueran muebles reales u objetos
abstractos»; E. Degot «El realismo socialista desde el punto de vista de la crítica del arte» en La
Caballería Roja. Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945, R. Ferré (ed.), cit., p. 487.
[8] La artista de enorme talento Liubov Popova (1889-1924) moriría prematuramente, enferma y
desnutrida, a los 34 años de edad.
[9] O. Figes, El baile de Natacha: una historia cultural rusa, Barcelona, Edhasa, 2006, pp. 535-536.
[10] Lev Trotsky, Literatura y revolución, Izquierda Revolucionaria, septiembre 2006, p. 159
[edición digital:
https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1920s/literatura/indice2.htm].
[11] Boris Groys y Michael Hagemeister (eds.), Die Neue Menschheit: Biopolitische Utopien in
Russland zu Beginn des 20. Jahrhunderts, Fráncfort, Surhkamp Verlag, 2005.
[12] Para una muy buena aproximación al tema véase A. Smirnov y L. Pchólkina «Los pioneros
rusos del arte del sonido en los años veinte», en La Caballería Roja. Creación y poder en la Rusia
soviética de 1917 a 1945, R. Ferré (ed.), cit., pp. 210-231.
[13] Eslogan de un famoso cartel de propaganda del Primer Plan Quinquenal, plan cuya prioridad
máxima era el rápido crecimiento de la industria pesada (carbón, petróleo, hidroelectricidad, hierro,
acero, maquinaria, etcétera).
[14] A finales de la década de 1930 Stalin manda fusilar a Bábel y a Pilniak, «compañeros de viaje»
y autores de dos famosísimas obras sobre los primeros años revolucionarios, el libro de relatos La
Caballería Roja (1926) y la novela El Año Desnudo (1922), respectivamente. En esos años también son
ejecutados verdaderos estandartes de la cultura comunista, como Klucis, Meyerhold o Mijaíl Koltsov,
el periodista más célebre de la URSS. Por su parte, la poetisa Tsvetáyeva, que vive en la más absoluta
miseria, se suicida en 1941 tras la desaparición su marido y de su hija en manos del Estado.
[15] E. Degot «El realismo socialista desde el punto de vista de la crítica del arte» en La Caballería
Roja. Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945, R. Ferré (ed.), cit., p. 486.
II. EXPANSIÓN, ECO Y ESTÍMULO DE LA
REVOLUCIÓN RUSA
6. La creación de la Komintern y la onda expansiva de
la revolución en Europa: interacciones y desfases
Serge Wolikow
En marzo de 1919, dos años después de la Revolución rusa, algunos meses
después del fin de la Primera Guerra Mundial, la proclamación de la
Komintern se inscribe en una larga serie de transformaciones que sacudieron
el movimiento obrero internacional. La guerra ha hecho estallar en pedazos la
organización socialista internacional. ¿Tendrá esta posibilidades de
reconstituirse cuando la agitación revolucionaria se extiende por numerosos
países europeos? Esto parece tanto más difícil cuanto que las divergencias y
las oposiciones suscitadas por la guerra no se han atenuado. Por lo tanto, las
fuerzas que, en el seno del socialismo, reivindican la revolución y han alzado
la bandera de la oposición a la guerra están mal organizadas y, salvo en
Rusia, donde los bolcheviques se han impuesto sobre las demás corrientes
socialistas, continúan siendo muy heterogéneas. Pero, en Rusia, el poder de
Lenin está amenazado por el ascenso de oposiciones sostenidas por las
potencias victoriosas, ya libres del conflicto internacional y preocupadas por
el contagio revolucionario.
Este es el contexto en el que se inaugura, el 2 de marzo de 1919, en Moscú,
el congreso fundador de la Internacional Comunista. Así, después de Londres
–sede de la AIT (Asociación Internacional de los Trabajadores) fundada por
Marx en 1864– y de Bruselas –sede de la Internacional Socialista creada en
1889–, la capital rusa llega a ser la sede de una tercera Internacional.
En 1917, en sus «Tesis de abril», Lenin había subrayado la necesidad de
adoptar la apelación «comunista»: «cambiar la denominación del Partido»
para designar el partido bolchevique. Y ya entonces afirmaba que era preciso
crear una nueva Internacional: «tesis n.o 10. Renovar la Internacional. Tomar
la iniciativa de crear una Internacional revolucionaria, una Internacional
contra los socialchovinistas y contra el “centro”»[1].
Después del «fracaso» de la Internacional Socialista, consumado a partir de
agosto de 1914, Lenin no había cesado de afirmar estas ideas, en vano,
durante las conferencias internacionales que, en 1915 y 1916, habían reunido
en Suiza, en Zimmerwald y en Kienthal, a los socialista minoritarios que se
oponían a la política llamada de «Unión sagrada», pero divididos en cuanto a
sus perspectivas. Trotsky, en su proyecto de manifiesto para la conferencia de
Kienthal, había destacado que era necesario provocar una ruptura en el seno
de la socialdemocracia europea a fin de regenerar una nueva Internacional
que «solo podrá edificarse sobre la base de los principios inquebrantables del
socialismo revolucionario; no podrán participar de su creación los aliados de
los gobernantes, los ministros, los diputados domesticados, los defensores del
imperialismo, los agentes de la diplomacia capitalista, los sepultureros de la
Segunda Internacional»[2]. Durante todo el año 1917, Lenin continuó
insistiendo en que era indispensable construir una tercera Internacional. En
1918, el ejercicio del poder en Rusia y la continuación de la guerra mundial
retrasan la ejecución de ese proyecto que vuelve a cobrar cuerpo después de
terminado el conflicto. A partir de entonces, la Revolución rusa parece
anunciar el comienzo de un proceso revolucionario, si no mundial, al menos
internacional: Alemania y el antiguo Imperio austrohúngaro viven sus
movimientos revolucionarios. La fuerzas insurgentes, aún minoritarias, se
inspiran en el ejemplo ruso y defienden la idea de una república de consejos;
el movimiento más importantes es el de los espartaquistas, dirigidos por Rosa
Luxemburg y Karl Liebknecht. A comienzos de 1919, para los bolcheviques,
la extensión de la onda revolucionaria por toda Europa es un hecho: «Ahora,
el 12 de enero de 1919, vemos un vigoroso movimiento “soviético”, no
solamente en las diferentes partes del antiguo Imperio del zar».
Haciendo contrapeso a las primeras derrotas de la Revolución alemana, a
comienzos de 1919, en Hungría se constituyen soviets y en Gran Bretaña, el
sistema de los Shop-Stewards (los delegados de taller), equivalente al de los
consejos obreros.
En la misma época, la Rusia revolucionaria, presa de la guerra civil y de la
intervención extranjera, ha quedado acorralada y aislada. Algunos partidos
socialistas imaginan que, una vez terminada la guerra, podrán restablecer los
lazos de la antigua organización internacional y retoman los contactos. Los
dirigentes socialistas europeos favorables a la reconstitución de una unidad
socialista internacional convocan a una reunión internacional en Berna en
febrero de 1919. Los bolcheviques esperan movilizar las energías
revolucionarias que por entonces se amplifican en muchos países. La
creciente simpatía que despierta la Revolución rusa en las filas del
movimiento obrero de la mayoría de los países, el ascenso experimentado por
el movimiento revolucionario desde el fin del conflicto mundial, sobre todo
en Alemania, hacen que los dirigentes rusos –Lenin en primer lugar– den por
descontada la propagación rápida de la revolución en la escala mundial. Se
trata de realizar un gesto político y simbólico que proclame la creación de
una organización destinada a impulsar el movimiento revolucionario y a
impedir que se reconstituya la II Internacional en su forma original; ese es el
sentido de la carta firmada en enero de 1919 por los dirigentes bolcheviques y
por grupos de comunistas extranjeros residentes en Rusia que convoca a
asistir a la conferencia internacional fundadora de la Internacional
Comunista:
Los intentos de los partidos socialtraidores de reunirse y continuar ayudando a sus gobiernos y a
sus burguesías para traicionar a la clase obrera después de haberse «amnistiado mutuamente», en
suma, la experiencia revolucionara extremadamente rica ya adquirida y el carácter mundial del
conjunto del movimiento revolucionario, son todas circunstancias que nos obligan a poner en el
orden del día la cuestión de la convocatoria a un congreso internacional de los partidos proletarios
internacionales[3].
Las dificultades del viaje y la debilidad de los movimientos revolucionarios
organizados explican la pequeña cantidad de delegaciones presentes en ese
congreso cuyos breves trabajos (del 2 al 6 de marzo de 1919) están
dominados por la presencia de Lenin, Trotsky y Rakovski. Las intervenciones
de Lenin, así como las tesis adoptadas, hacen hincapié en la actualidad de la
revolución: se presenta a los soviets como la forma concreta y la solución
práctica finalmente encontrada de la democracia proletaria. En todos los
países, la cuestión de primer orden debe ser el desarrollo de los soviets.
Como ocurrió en Rusia a comienzos de 1917, hay que obrar con el propósito
de que, en el interior de esos consejos, los comunistas ganen el apoyo de la
mayoría de los trabajadores.
En todo caso, la nueva Internacional, cuya creación han precipitado los
dirigentes rusos, tiene la tarea de coordinar e impulsar esos movimientos
revolucionarios cuya rápida amplificación debería dar cuerpo a la revolución
mundial y, de esta forma, defender la revolución en Rusia[4]. Al concluir ese
congreso, Lenin afirma su optimismo: «Este I Congreso de la Internacional
Comunista, que ha establecido que en el mundo entero los soviets ganen la
simpatía de los obreros, nos muestra que la victoria de la revolución
comunista internacional está asegurada»[5].
LA REVOLUCIÓN EN MARCHA: INMINENTE Y CERCANA
La Komintern nació pues de la Revolución rusa y de la agitación que
suscita en un mundo sacudido por la guerra mundial. La esperanza de una
revolución mundial y global, ineluctable y próxima, está en la base de los
textos fundadores de la organización, así como en todos los discursos que la
han preparado y anunciado. Pero la representación de ese movimiento
revolucionario en marcha tiene a su vez una historia que no podemos ignorar
si pretendemos comprender cómo se instaura la estrategia de la nueva
Internacional.
Evidentemente, esa estrategia es heredera de una reflexión que, durante la
guerra, se desplegó en el seno de la oposición socialista internacional y que
no estuvo exenta de tensiones entre los «centristas» y la corriente
revolucionaria de la que los bolcheviques se reivindican como voceros junto
con los espartaquistas. El Congreso rinde tributo a sus líderes Karl Liebnecht
y Rosa Luxemburg, ambos recientemente asesinados en Berlín. Una
declaración solemne, que disuelve la organización de Zimmerwald y designa
como su legataria a la III Internacional, afirma la filiación: «Los participantes
signatarios de Zimmerwald declaran que consideran disuelta la agrupación de
Zimmerwald y solicitan a la Junta de la Conferencia de Zimmerwald que
entregue todos sus documentos al Comité Ejecutivo de la III
Internacional»[6].
Cuando Lenin evoca la creación de una nueva Internacional relaciona esta
iniciativa con una situación política que se ha vuelto desfavorable. Este es el
sentido de la argumentación que esgrime en sus diferentes intervenciones de
comienzos de 1919 y, sobre todo, durante la Conferencia fundadora, en la que
amplía sus pronósticos sobre la extensión de la revolución. Lenin recibe a los
congresistas evocando la situación internacional que hace posible el
cónclave: «Camaradas, nuestro Congreso reviste gran importancia en la
historia mundial. Demuestra la bancarrota de todas las ilusiones de la
democracia burguesa. La guerra civil es un hecho, no solamente en Rusia,
sino también en los países capitalistas más desarrollados, por ejemplo, en
Alemania»[7]. Los acontecimientos sociales que se viven en numerosos
países europeos parecen anunciar la generalización de un proceso de
descomposición del sistema imperialista y de la democracia burguesa
marcado por la difusión del modelo soviético.
El movimiento a favor de los soviets se extiende cada vez más por la Europa oriental tanto como
por la occidental, tanto en los países vencidos como en los países vencedores, por ejemplo, en
Inglaterra; y ese movimiento no tiene otro objetivo que instaurar una democracia nueva, la
democracia proletaria; este es el avance más marcado hacia la dictadura del proletariado, hacia la
victoria total del comunismo[8].
Esta inminencia afirmada de la revolución justifica que se cree la nueva
Internacional y le confiere la misión decisiva de difundir el ideario, de
propagar las ideas revolucionarias. La forma de esta revolución puesta en
marcha es la de una guerra civil internacional que toma nuevos caminos
puesto que adquiere formas inéditas de movilización, los soviets, comités
heterogéneos que hacen tambalear las antiguas formas organizadas, los
partidos y los sindicatos. En el plano internacional, los Estados nacionales y
el sistema parlamentario están a punto de quedar reemplazados por los
sistemas políticos de tipo soviético que están instaurándose en una república
internacional de soviets. Si bien la tarea principal es difundir la experiencia
rusa de los soviets, Lenin también cree que, en Europa occidental, el curso de
las cosas será indudablemente diferente y más rápido que en Rusia.
«Debemos decir que la conquista de la mayoría comunista en los soviets
constituye la principal tarea en todos los países donde el poder soviético aún
no ha triunfado… Está claro que nosotros no podríamos prescribir su vía de
desarrollo. Lo más probable es que, en muchos Estados de Europa occidental,
la revolución estalle muy pronto»[9].
Entre las misiones que se ha fijado la nueva Internacional se cuenta la
coordinación del movimiento revolucionario en pleno ascenso pero que debe
hacer frente a enemigos determinados. Así, el Manifiesto adoptado por el
congreso explica que, a diferencia de las anteriores Internacionales, la nueva
se define por su apoyo a la acción revolucionaria. «Si la Primera
Internacional previó el desarrollo que habría de darse y preparó las vías, si la
Segunda Internacional unió y organizó a millones de proletarios, la Tercera
Internacional es la Internacional de la acción de las masas, la Internacional de
la realización revolucionaria»[10]. En suma, la estrategia de la Komintern
naciente es apoyarse en el impulso revolucionario en el marco de una guerra
civil internacional, en el curso de la cual lo primero que conviene hacer es
coordinar las fuerzas sin poner el acento en una estructura
organizacional[11]. Por otra parte, el asunto no ocupa más que algunas líneas
en los documentos finales referentes las instancias de la nueva Internacional y
directamente no se dice nada preciso sobre los partidos adherentes, salvo que
tendrán un lugar en el comité ejecutivo cuando pasen a ser miembros de la
Komintern[12].
En resumidas cuentas, durante el año 1919, mientras en Rusia se intensifica
la guerra civil, la creación de la Internacional Comunista, por iniciativa de los
dirigentes bolcheviques, manifiesta su esperanza de que la guerra civil se
expanda por toda Europa. Absorbidos por las pujas internas, los dirigentes
dedican pocos medios a la organización internacional, si bien crean
sucursales primero en Ámsterdam y luego en Berlín.
Un año después, si bien la perspectiva revolucionaria continúa
reafirmándose con vigor y se anuncia su inminencia, comienza a ponerse el
acento en la importancia de la actividad política organizada y en las secciones
nacionales[13]. A pesar de la derrota sufrida por las fuerzas revolucionarias
en Hungría, en Baviera, Lenin se felicita por que el proletariado occidental se
movilice para defender la revolución rusa y por las huelgas que se extienden
en Alemania contra el putsch de Kapp protagonizado por militares de
extrema derecha. No obstante, después de la victoria militar en Rusia y de los
conflictos con Polonia, la estrategia de la Komintern experimenta un giro que
Zinóviev caracteriza de manera esquemática: «La Internacional Comunista,
hasta el presente ha sido sobre todo un órgano de agitación y de propaganda.
Ahora, la Internacional Comunista pasa a ser una organización de combate
que debe tomar de inmediato la dirección del movimiento en los diferentes
países»[14].
Los documentos adoptados durante el II Congreso, en 1920, las
resoluciones, los estatutos y hasta el texto de las 21 condiciones están
dominados por la certeza de que el viejo mundo está al borde del abismo y de
que es necesario organizar sin tardanza las fuerzas del proletariado capaces
de realizar y de dirigir la revolución puesta en marcha: «El proletariado
mundial está en vísperas de una lucha decisiva. La época en que vivimos es
una época de acción directa contra la burguesía. La hora decisiva ha
llegado»[15]. Indudablemente, Lenin polemiza entonces con diversos
izquierdistas alemanes o italianos, pero, en los debates sobre el izquierdismo,
lo que está sobre todo en tela de juicio es la táctica que conviene seguir en
relación con las instituciones políticas existentes y no el proceso
revolucionario como tal. La crítica social y política alimenta una
representación de la revolución entendida como destrucción y desaparición
de un mundo antiguo irremediablemente condenado. El capitalismo ha
transformado en proletariado a la inmensa mayoría de la humanidad. El
imperialismo ha sacado de la inercia a las masas y las ha incitado a sumarse
al movimiento revolucionario: «Hay en los espíritus turbación, tinieblas,
prejuicios, ilusiones. Pero, el movimiento en su conjunto tiene un carácter
profundamente revolucionario. No se lo puede apagar ni detener. Se extiende,
se reafirma, se purifica, rechaza todo lo que ha hecho su tiempo. No se
detendrá hasta que el proletariado mundial haya llegado al poder»[16].
Los partidos políticos anteriores a 1914 tenían la costumbre de denunciar el
capitalismo, sus contradicciones y sus perjuicios. Para la Komintern, en
adelante, el capitalismo, habiendo alcanzado el estadio del imperialismo, ha
entrado, desde la guerra y la Revolución rusa, en una crisis general
irremediable. Hay que poner en tela de juicio las instituciones parlamentarias
burguesas que en un tiempo fueron portadoras de progreso, pues hoy
constituyen el principal medio ideológico de la contrarrevolución. Los
revolucionarios tienen que actuar para derrocar el sistema político del Estado
burgués y sustituirlo por una nueva organización estatal fundada en los
consejos de obreros y de campesinos.
«La guerra civil está a la orden del día en todo el mundo. Y en todas partes
el lema es: el poder a los soviets». El sistema de los soviets no es únicamente
un principio abstracto propuesto por los comunistas para oponerse al sistema
parlamentario: «Los soviets son un aparato del poder proletario que, después
de la lucha y solo por medio de esta lucha, debe reemplazar el
parlamentarismo»[17].
La instauración de las nuevas repúblicas de los soviets, que ha de sustituir
la dictadura de la burguesía por la dictadura del proletariado, es pues el
objetivo central de los nuevos partidos comunistas cuya acción debe dirigir y
organizar la Komintern: «La Internacional Comunista llega a ser el
organizador práctico de una gran lucha mundial que no tiene parangón en la
historia»[18]. Ese papel conlleva una responsabilidad que da a la Komintern
una dimensión inédita. «Mientras uno u otro partido se acerquen a
expresarnos su simpatía y nada más que eso, la Internacional Comunista no
tiene nada que perder. Pero cuando estamos ante el deseo de los partidos, que
ayer todavía pertenecían a la II Internacional, de formar parte de la III
Internacional, es necesario que seamos prudentes». Esta prudencia se traduce
en una serie de obligaciones y en un control de los candidatos cuando se
instaura una nueva concepción de la organización internacional misma. «Nos
parece necesario que los partidos mencionados[19] adquieran una idea muy
clara de lo que ha pasado a ser ahora la III Internacional y de las obligaciones
que asume cada partido al entrar en su seno»[20]. Conviene, por lo tanto, que
esos partidos comunistas sean disciplinados y decididos y actúen realmente a
favor de la revolución; de ahí las veintiuna condiciones exigidas para que se
los admita en la Internacional Comunista[21]. Estas condiciones tienen un
aspecto táctico: eliminar a los reformistas y a los «centristas», considerados
oportunistas que aprovechaban el éxito de la Internacional para sacar ventaja,
pero también tienen una dimensión estratégica en la medida en que lo que se
busca es construir un partido mundial de la revolución, organizado y
centralizado, capaz de desempeñar su papel en una situación internacional
marcada por la extensión de la guerra civil. Esta, si bien se ha ganado en
Rusia, no ha conseguido aún la victoria en el nivel internacional, a pesar del
optimismo que tiñe las declaraciones y las reflexiones del presidente de la
Komintern. «La guerra civil, lejos de debilitarse, aumenta en intensidad. La
guerra de la Rusia soviética contra la Polonia aristocrática tiene un enorme
alcance internacional y abre perspectivas singularmente favorables para el
avance de la revolución internacional»[22]. Presentada de este modo, la
estrategia de la Komintern deriva de la situación internacional que impondría
una estructuración reforzada: de la coordinación de los movimientos se pasa a
una concepción de un estado mayor político centralizado. Más allá de las
palabras que justifican el giro dado, la que postula Zinóviev es una
concepción muy diferente del proceso revolucionario.
La Internacional Comunista y los partidos que la componen tiene una obra inmensa por cumplir.
La Internacional Comunista está llamada a convertirse en el gran estado mayor del ejército
proletario internacional que crece ante nuestros ojos. El movimiento comunista internacional se
desarrolla con la rapidez de una avalancha. La revolución proletaria internacional se extiende. La
Internacional Comunista debe saber organizarla y dirigirla. La misión de la Internacional
Comunista es no solamente preparar la victoria, guiar a la clase obrera durante la conquista del
poder, también es dirigir toda la actividad de la clase obrera posterior a dicha conquista[23].
Como vemos, la concepción de un partido mundial de la revolución,
estructurado, que tuviera a su cargo la conducta y la dirección de la
revolución mundial, solo llega a formalizarse en 1920 y no surgió en el
transcurso de la guerra mundial, ni siquiera como consecuencia de la toma
del poder por parte de los bolcheviques.
Con todo, desde 1921, comienza a declinar el entusiasmo revolucionario: la
revolución mundial, si bien sigue estando a la orden del día, ya no es
inminente. La Komintern, creada y luego organizada para conducir al
proletariado a la victoria en una revolución ya iniciada, afronta una situación
política nueva pero extrañamente semejante a la que habían debido afrontar
las organizaciones revolucionarias antes de 1914. El interrogante central gira
ahora alrededor del camino que es conveniente seguir para crear las
condiciones políticas de la revolución. ¿En qué puede consistir la acción
política revolucionaria en una situación no revolucionaria? ¿Qué significa de
aquí en adelante preparar la revolución? Estas preguntas, siempre presentes a
partir de 1921 en los debates y los trabajos de la Komintern, reciben
respuestas variadas y sucesivas que han informado buena parte de la historia
de la reflexión política de toda la organización.
LA ORIENTACIÓN DE FRENTE ÚNICO: UN PRIMER
INTENTO DE ADECUACIÓN
A comienzos de 1921, los partidos comunistas, en vía de formación, deben
obrar en pos de hacer realidad la próxima revolución. Para reafirmar su
identidad y también la de la Internacional, están obligados a lanzar acciones
revolucionarias ejemplares. Pero los intentos de esa índole se disuelven, en el
transcurso de la primavera, sobre todo en Alemania, en un doble fracaso. El
Estado burgués responde y reprime el movimiento, pero, además, los
comunistas, después de haber convocado a huelgas insurgentes y a la
movilización revolucionaria, han quedado aislados en Polonia y en Italia
como en Alemania. Los enviados de la Komintern aparecen implicados en
acontecimientos a los que se esperaría que se opondrían. Las cuestiones
estratégicas continúan debatiéndose con mayor agudeza en Alemania. La
dirección del Partido Comunista Alemán (KPD), a cargo de Paul Levi, está en
la picota a causa de su política de alianza con los socialistas en contra de la
extrema derecha, tras el intento militar de Kapp de ocupar el poder. Levi, de
acuerdo con Radek, quien representa a la dirección de la Komintern, ha
dirigido una carta abierta a las diversas organizaciones obreras para la
defensa de reivindicaciones económicas y políticas comunes contra la
extrema derecha[24]. Pronto, el mismo Levi pasa a ser personalmente
cuestionado por su actitud en relación con el Partido Socialista Italiano (PSI)
durante el congreso fundador del partido comunista (PCI) en Livorno, pues se
lo acusa de haber adoptado un punto de vista diferente del propuesto por el
enviado de la Komintern, Rakosi. Se le reprocha haberse mostrado
demasiado conciliador con la tendencia centrista de Serrati, quien quería
unirse a la Komintern pero se oponía a una política de exclusión de los
reformistas. Finalmente, la escisión fundadora será minoritaria, de
conformidad con lo que esperaba Zinóviev. Sin embargo, este es el momento
en que el movimiento obrero italiano y sobre todo el PSI, uno de los primeros
en haber dado su apoyo a la III Internacional de 1919, comienzan a
experimentar sus primeras dificultades serias. En Alemania, los enviados de
la Komintern, Béla Kun y Gouralsky, promueven el lanzamiento de una
huelga general contra el desarme de las milicias armadas del partido. Esta
acción de marzo, criticada por Levi, pero apoyada por la nueva dirección del
KPD, termina en catástrofe. A pesar de haberse opuesto a aquella acción,
Levi será excluido del partido y, en un primer tiempo, la Komintern insistirá
en afirmar que su propio análisis sobre la situación revolucionaria favorable
estaba bien fundado. Por último, en Rusia, después de la revolución de los
marinos y de los soldados de Kronstadt contra los bolcheviques, cuando la
hambruna está en un tris de aniquilar regiones enteras del país, el X Congreso
del partido bolchevique opera un giro radical a instancias de Lenin, quien
anuncia y explica, ante una parte de los estupefactos delegados, que hay que
cambiar de política económica y abandonar la esperanza de construir una
sociedad comunista sobre ruinas. Lenin preconiza particularmente el retorno
parcial a una economía de mercado, sobre todo en el ámbito agrícola, la
privatización de pequeñas empresas y una política de apertura internacional.
Si bien este X Congreso del partido bolchevique de marzo de 1921 puede
interpretarse como el que atenúa la estrategia revolucionaria, con la adopción
de la NEP [Nueva Política Económica], es asimismo el que instaura los
principios y las modalidades del monolitismo ideológico. Estos dos aspectos,
con frecuencia abordados separadamente, están imbricados y son difícilmente
disgregables. Constituyen el nuevo rostro del comunismo ruso que marca
rápidamente toda la actividad de la Komintern.
A pesar de que las esperanzas revolucionarias se desvanecen, la mayor
parte de los partidos comunistas y muchos de los dirigentes de la
Internacional no ven ninguna manera fácil de adaptarse a ese estado de cosas
sin renunciar a sus opiniones. Así se impone la tendencia al extremismo de
izquierda que enaltece el valor ejemplar de las acciones, aun minoritarias,
siempre que se caractericen por su espíritu revolucionario; desde este punto
de vista, el caso alemán es el más significativo.
Aun cuando la consigna de un frente único se lanza solo a finales de 1921,
podemos situar el punto de partida de la orientación de frente único, que
marca un momento de inflexión esencial de la evolución ideológica de la
Komintern, en el III Congreso (celebrado en junio y julio de 1921).
Impulsados por Lenin y Trotsky, los delegados se esfuerzan por encontrar
una salida a la situación contradictoria de los partidos comunistas, tanto en la
escala nacional como en la internacional.
Pero, esta modificación estratégica presenta dificultades, pues, entre
quienes han sido durante dos años los heraldos de la revolución inminente,
los que han criticado duramente a quienes no creían en ella, las resistencias
son numerosas. Los trabajos del III Congreso, dominados por la cuestión
alemana están por lo tanto teñidos de enfrentamientos que desembocan en
una serie de concesiones mutuas en el nivel de las decisiones. Las
resoluciones adoptadas dejan constancia de que la perspectiva revolucionaria
se ha alejado, indican que es momento de luchas defensivas y que lo que
deben hacer ante todo los partidos es fortalecerse. Aun así, todas las
declaraciones continúan teniendo el sello del optimismo revolucionario del
periodo anterior, mientras que los análisis que justifican la nueva orientación
se quedan a mitad de camino de una auténtica explicación. ¿Cómo «Ir a las
masas», nueva consigna de la Internacional Comunista, sin plantear la
cuestión de la relación con las demás fuerzas del movimiento obrero? La
mayoría de los partidos comunistas está insuficientemente preparada para
afrontar esta cuestión, especialmente los que tienen aún en carne viva los
desgarros asociados a su fundación. Por su parte, los dirigentes de la IC, con
Zinóviev a la cabeza, tienen dificultades para evaluar todas las consecuencias
de la reorientación cuya aceptación Lenin y Trotsky no consiguen extender
fácilmente. En el otoño de 1921, tienen que darse una serie de
acontecimientos –la profundización de la hambruna en Rusia, las solicitudes
y las gestiones ante organizaciones internacionales muy diversas, en nada
vinculadas con el movimiento obrero y la evolución de la situación política
alemana– para que, a fines de 1921, la Internacional Comunista lance la
consigna del frente único.
Durante el III Congreso de la IC, el clima ya no es el de la exaltación
revolucionaria que envolvió el congreso anterior. El giro dado por la política
interior rusa y el fracaso sufrido por el Partido Comunista Alemán alimentan
los debates. En realidad, tanto la dirección de la Internacional como la del
partido ruso están divididas[25]. Mientras Lenin, Trotsky y Kámenev están
dispuestos a aprender las lecciones estratégicas de los últimos
acontecimientos, Zinóviev, Bujarin y Béla Kun quieren, a pesar de todo,
seguir la orientación fijada un año antes. Lenin consigue que la delegación
rusa se presente unida –no sin haber negociado concesiones recíprocas de
antemano– respecto de la situación alemana. Zinóviev se mantiene al margen.
El papel de Trotsky, hasta entonces borroso dentro de la IC, se afirma durante
este congreso gracias al voluminoso y estratégico informe que presenta sobre
la situación económica internacional[26]. En él, Trotsky analiza largamente
la política económica de los principales países capitalistas y la estrategia de
su clase dirigente. También destaca la decadencia de los países europeos en
relación con los Estados Unidos de América e insiste en señalar las nuevas
contradicciones que oponen a los diferentes países y los problemas
económicos que deben enfrentar después del fin de la economía de guerra. El
paisaje internacional que pinta destaca las posibilidades de acción de la
política exterior rusa, pero también la recuperación del control operado por
las diferentes burguesías en cada país. De todo ello se desprende que hay que
dar prioridad a las luchas económicas defensivas que solo corresponden a la
nueva relación de fuerzas. Lenin retoma este análisis realista de la situación
internacional, caracterizado por su alejamiento de las perspectivas
revolucionarias, en sus intervenciones sobre las cuestiones tácticas propuestas
por Radek en un informe general. Los dos dirigentes rusos polemizan con los
defensores de la teoría llamada «de la ofensiva», debate que surge a propósito
de la política llevada a cabo por la Internacional Comunista en Italia y en
Alemania. La cuestión italiana está dominada por las consecuencias de la
escisión de Livorno pues la mayoría de los socialistas italianos, liderados por
Serrati, se encuentra de hecho excluida de la Komintern a pesar de haberse
adherido a ella desde su fundación[27]. El problema se agrava cuando la
dirección del Partido Comunista de Italia no acepta el cambio táctico
aconsejado por la IC: el delegado italiano, Terracini, refuta la tesis según la
cual la conquista de la mayoría de la clase obrera debe ser un principio
fundamental de la acción de los partidos comunistas. Asimismo, insiste en la
necesidad de atacar el centrismo y recusa la idea del partido de masas. Esta
posición obtiene el apoyo explícito o tácito de numerosos delegados,
particularmente los del Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD),
invitado en calidad de observador. El debate coincide con el referente a la
acción de marzo en Alemania. No es posible condenar la exclusión de Paul
Levi, que ha denunciado el putchismo del partido, puesto que la dirección de
la Internacional Comunista está implicada en la orientación aventurera y
desastrosa seguida por el Partido Comunista Alemán (KPD). Finalmente, el
congreso aprueba una resolución que guarda las apariencias no condenando
explícitamente la política del KPD y celebrando el heroísmo de sus militantes
caídos bajo las balas del ejército. Pero, en el fondo, el texto presenta una
nueva orientación centrada en las luchas reivindicativas y las acciones
masivas. Se aprueban las tesis sobre la táctica que insiste en el trabajo de las
masas por unanimidad de los votos, a pesar de que muchos conservan
diferentes convicciones profundas. En definitiva, únicamente el compromiso
de Lenin y de Trotsky ha podido obtener ese voto unánime que solo oculta a
medias la persistencia de las divergencias, sobre todo entre las delegaciones
de los partidos alemán, italiano, checo o polaco. Este repliegue estratégico y
táctico, operado no sin esfuerzos por la Internacional Comunista en relación
con la política de los partidos comunistas europeos, encuentra su equivalente
en el terreno de la política colonial y oriental. Los acentos revolucionarios del
Congreso de Bakú estuvieron ausentes de un congreso que pasa brevemente
revista a las fuerzas aún débiles de los partidos comunistas de Asia. La nueva
política exterior rusa que acaba de desembocar en la firma de tratados con
Turquía, Persia, Afganistán e Inglaterra afecta a la actividad comunista en
Oriente Medio y en Asia central.
Explícita o tácitamente, los dirigentes rusos se han comprometido ante sus
camaradas diplomáticos a no alentar una actividad comunista que podría
molestar a estos últimos. Esta contradicción entre los intereses de la
diplomacia soviética y la actividad de la Internacional Comunista habrá de
dominar de manera duradera el desarrollo de los partidos comunistas en todos
los países coloniales y paralizará en parte la actividad comunista en muchos
países en los que la cuestión nacional constituye la apuesta política esencial.
Son necesarios el compromiso personal de Lenin y las intervenciones
convergentes de Trotsky para que el III Congreso de la Komintern modifique
sustancialmente sus análisis y sus consignas. Esta modificación desemboca
en lo que, en diciembre de 1921, se llama «la táctica del frente único
proletario»[28].
Durante su III Congreso, la Komintern reconoce por primera vez, con
precaución, que la fase revolucionaria, abierta en 1917, se ha completado: «El
primer periodo del movimiento revolucionario después de la guerra se ha
caracterizado por su violencia elemental, por la imprecisión muy significativa
de los objetivos y de los métodos y por el extremado pánico que se apodera
de las clases dirigentes: esa etapa parece en gran medida terminada»[29].
Se postula una nueva concepción de la revolución mundial, que ahora se
considera un proceso de larga duración. Así, la situación del momento no
invalida el pronóstico revolucionario de los comunistas: «La revolución
mundial, es decir, la destrucción del capitalismo, la unificación de las
energías revolucionarias del proletariado y la organización del mismo en una
potencia agresiva y victoriosa, exigirá un periodo bastante prolongado de
combates revolucionarios»[30].
Estos análisis subtienden la formulación de nuevas consignas: «Ir a las
masas», «Frente único proletario» y, después, «Gobierno obrero y
campesino», que sintetizan la orientación alrededor de la cual de ahora en
adelante estructuran su actividad los partidos comunistas.
La crítica del sectarismo y del extremismo de izquierda, fuertemente
expuesta por Lenin, lleva al convencimiento de que la tarea principal de la
Komintern pasa a ser, desde entonces, extender la influencia de las ideas
revolucionarias en la clase obrera. La lucha por las reivindicaciones
inmediatas, hasta el momento desdeñadas por los comunistas y abandonadas
a los socialdemócratas, adquieren una importancia central. Así es como se
recomienda a los comunistas no «renunciar a combatir por las
reivindicaciones vitales actuales e inmediatas del proletariado, mientras
esperan que este esté en condiciones de defenderlas mediante su dictadura».
LAS INICIATIVAS DEL FRENTE ÚNICO: ALCANCE Y
LÍMITES
La consigna de un frente único proletario, precisada en el otoño de 1921,
representa una innovación todavía más explícita. Lo que se pretende es que
los comunistas convoquen a todos los obreros a la acción común contra la
burguesía y las fuerzas políticas conservadoras; de ahí la fórmula «unidad de
todos los trabajadores que quieran combatir el capitalismo». Para lograrlo, las
organizaciones comunistas se dirigen a sus homólogas en el plano nacional e
internacional y les proponen realizar luchas conjuntas. Puesto que las masas
obreras tiene dificultad para comprender la división del movimiento obrero
frente a la represión patronal, conviene mostrarles que los comunistas tienen
una preocupación real por la unidad en la acción. «Será importante obrar de
modo tal que las conversaciones que mantengan los comunistas con las otras
organizaciones despierten y atraigan la atención de las masas de
trabajadores»[31].
Para hacer admitir, con dificultad, la nueva orientación a los partidos
políticos europeos, se hace necesaria una reunión del Comité Ejecutivo. En su
intervención ante el mismo, el 4 de diciembre de 1921, Zinóviev toma la
precaución de inscribir sus proposiciones a favor de un frente único proletario
en la estela de las decisiones de III Congreso de la IC. Se estima que se abre
una nueva etapa para todo el movimiento comunista puesto que, al mismo
tiempo, la Rusia revolucionaria se lanza a aplicar una nueva política
económica, la NEP.
En el otoño de 1921, la situación en Alemania y la evolución internacional
han fortalecido esta línea que apunta a relanzar la influencia de las
organizaciones comunistas frente a partidos y sindicatos socialdemócratas y
reformistas cuyos adherentes, en el nivel global, se habían mantenido y
estabilizado. Por esta razón, la nueva consigna no se impone sin suscitar
numerosos cuestionamientos, pues implica modos de actividad que están en
contra de los que se honraron durante la fundación de los diferentes partidos
comunistas. En su discurso inaugural del 4 de diciembre, Zinóviev pone el
acento en las condiciones generales y los problemas que implica instaurar la
nueva consigna. Sin dejar de admitir que la política de la IC está influida por
el curso de los acontecimientos, Zinóviev da una versión optimista puesto
que entrevé un ascenso de la combatividad obrera y asegura que jamás las
organizaciones revolucionarias renunciarán a su programa[32].
Cuando se reúne el Presidium, algunas semanas más tarde, el 28 de
diciembre de 1921, adopta un documento que presenta un análisis y una
argumentación generales que justifican la nueva consigna. El texto,
transmitido a los diferentes partidos y publicado en la Correspondencia
internacional, se presenta en veinticinco tesis y retoma la cuestión del
contexto internacional para volver a señalar los aspectos positivos antes de
examinar situaciones nacionales particulares y de concluir analizando de qué
manera podrían los partidos tratar de concretar el frente único proletario. Por
medio de ese documento, la dirección de la Internacional Comunista quiere
dar respuesta a los interrogantes suscitados por esa nueva consigna y
presentar un análisis más exhaustivo de todas las circunstancias y detalles de
la política propuesta a los diferentes partidos comunistas. Más allá del
análisis global repetido, podemos rescatar el acento puesto en el arraigo
obtenido por el reformismo en el mundo obrero, a la vez unitario, preocupado
por la acción común pero también siempre unido a las organizaciones
reformistas.
Las importantes fracciones de las masas obreras vinculadas a los viejos partidos
socialdemócratas ya no admiten sin resistencia las campañas de calumnias de los socialdemócratas
y de los centristas contra la vanguardia comunista. Por el contrario, comienzan a reivindicar la
concordia con ella. Con todo, estos trabajadores no se han emancipado por completo de las
creencias reformistas; muchos de ellos son los que continúan dando su apoyo a las Internacionales
socialistas y a la de Ámsterdam. Evidentemente, no siempre sus aspiraciones aparecen netamente
formuladas, pero es verdad que hoy tienden imperiosamente a la formación de un frente proletario
unido y a la unión, desde los partidos de la II Internacional y los sindicatos de Ámsterdam a los
comunistas, contra la ofensiva patronal. Estas aspiraciones están, en igual medida, de conformidad
con el progreso[33].
En consecuencia, hay que convenir que «El movimiento obrero
internacional atraviesa un periodo de transición que plantea ante la
Internacional Comunista y antes sus secciones nuevos e importantes
problemas tácticos»[34]. Sobre este punto, el documento pretende ser preciso
y explícito. Al referirse al ejemplo bolchevique de antes de la guerra, quiere
mostrar que lo que se propone no implica en modo alguno una renuncia a los
objetivos revolucionarios sino que es un movimiento táctico con el que los
bolcheviques están familiarizados, un gesto que sabe aliar la eficacia táctica
con la intransigencia en las cuestiones fundamentales[35].
En esta época los bolcheviques no se niegan a conformar un frente único. Lejos de eso, para
contrapesar la diplomacia de los jefes mencheviques, adoptaron la consigna de la «unidad desde
abajo», es decir, la unidad de las masas obreras formada en la acción revolucionaria práctica contra
la burguesía. La experiencia mostró que allí estaba la respuesta correcta. Mediante esta táctica,
modificada según los momentos y los lugares, buena parte de los mejores elementos del
movimiento obrero fue conquistada para el comunismo[36].
La Komintern indica claramente la necesidad de proponer acciones
comunes a las organizaciones socialistas, sindicales y anarquistas. Sin dejar
de precisar que, en esta ocasión, los partidos comunistas deben endurecerse,
el documento destaca que es indispensable asumir una actitud de apertura
respecto de «todos los trabajadores animados por la voluntad de combatir el
capitalismo y, en consecuencia, también de aquellos que aún siguen a los
anarquistas y a los sindicalistas». Negándose a toda autocrítica, el texto no
vacila en concluir que la Internacional Comunista ha tenido esa misma
actitud ¡desde su nacimiento![37].
En lo inmediato, numerosos partidos comunistas reaccionan bastante mal a
esas iniciativas que vienen a representar lo contrario de la política impuesta
un año antes en el momento de la escisión. Sin duda, Alemania es el país en
el que la nueva orientación adquiere la forma más clara mientras, en Berlín,
Radek multiplica los contactos con los representantes de otras Internacionales
para encarar un acercamiento que coincidiría con la realización de una
Conferencia internacional a la que se invitaría por primera vez a la
URSS[38]. Se le pide a Marcel Cachin, el director de l’Humanité y una de las
figuras del Partido Comunista Francés, que inicie contactos exploratorios con
el gobierno de Francia[39]. No obstante, la mayor parte de los partidos recién
creados hacen valer sus críticas, tanto más cuanto que la decisión es súbita y
no ha sido objeto de discusiones previas. Este es también el punto de vista de
la «oposición obrera» dentro del partido bolchevique que denuncia la
burocratización creciente de la Internacional y del partido bolchevique.
El Partido Comunista Francés (PCF), tras realizar su I Congreso en
Marsella, ignorando en lo esencial las recomendaciones de la Komintern,
expresa abiertamente sus críticas. Estas se hacen eco del litigio que viene
desarrollándose desde varios meses antes alrededor de las observaciones
transmitidas desde Moscú por Souvarine, a la vez delegado del Partido
Comunista Francés y miembro del Presidium de la Komintern. La corriente
de izquierda había renunciado en bloque después de las decisiones tomadas
en el congreso de Marsella del PCF donde se repudiaron las críticas de la
Komintern. El nuevo comité directivo del PCF, reunido para examinar
nuevamente las recomendaciones de la Komintern, adopta una posición de
rechazo claramente expresada y da el mandato de transmitirlas a sus
delegados a la reunión del comité ejecutivo ampliada que acaba de
convocarse en Moscú.
El comité directivo estima que en nuestro país es imposible aplicar la táctica del frente único en
lo tocante al acuerdo con los estados mayores disidentes y mayoritarios confederales. Estima que
esta táctica presenta peligros ciertos para la Internacional contra los que habrá que tomar garantías.
Da mandato en este sentido a sus delegados a la Conferencia internacional de febrero. Y les
encarga además solicitar que se inscriba esta cuestión en el orden del día del IV congreso
mundial[40].
En Moscú, durante la reunión del 1.er Plenario del comité ejecutivo
ampliado, dedicado en gran parte a la cuestión del frente único, se desata un
vivo debate del que surgen duras críticas al método y al fondo.
La orientación del frente único era la cuestión central que, inicialmente,
había justificado la realización de esta Conferencia. Las turbulencias
suscitadas por una decisión, cuyo carácter repentino recordaba Kollontai,
justificaban una amplia discusión, sobre todo porque hacía falta asociar a los
partidos comunistas de Europa occidental a los eventuales encuentros con las
Internacionales socialistas y reformistas. Este asunto ocupó, durante tres días,
seis de las diecisiete sesiones de la Conferencia. En efecto, después del
informe introductorio de Zinóviev, se encendió un vasto debate con una
veintena de participantes, muchos de ellos franceses, pues el PCF estaba en la
primera línea. La abundancia de aquellos intercambios aparece bien retratada
en las anotaciones de Cachin, quien los ha transcrito con gran minucia. Al
mismo tiempo, Cachin los descifra y les da una claridad adicional en
comparación con el informe oficial de la Conferencia.
Las intervenciones de Zinóviev y de Trotsky, que encarnan la dirección
revolucionaria de la Internacional Comunista y de los bolcheviques, son los
puntos fuertes del debate. Las de Radek y Lunacharski contribuyen a
apuntalar una argumentación socavada por algunas delegaciones cuya
vehemencia compensa el escaso número de representantes. En realidad, la
mayor parte de los delegados aprueba la consigna e interviene para ilustrar
cómo se ha de instrumentar en su país, por ejemplo, en Polonia o en
Checoslovquia. Los alemanes son pedagogos pero discretos. Thalheimer, en
nombre del KPD, admite los riesgos de la nueva orientación: «los peligros de
la táctica son grandes, aún mayores de lo que sabéis», dice, pero insiste en
destacar los esfuerzos ya realizados por su partido para llevar a cabo las
acciones del frente único, como en Sajonia o en Turingia, donde los
gobiernos socialistas están sostenidos por los comunistas. «En Alemania,
hemos avanzado a tientas más de un año antes de ver las cosas con claridad».
La confrontación con los franceses y los italianos domina los debates, en el
curso de los cuales la vivacidad del tono hace las veces de argumentación,
sobre todo porque la discusión, en lo que concierne a los italianos, retoma la
mantenida poco antes en el III Congreso. Se estima conveniente reunir una
comisión especial para tratar de establecer un documento susceptible de ser
refrendado por unanimidad. Finalmente, caso excepcional en la historia de la
Internacional Comunista, no se consigue la deseada unanimidad porque los
partidos comunistas francés, italiano y español confirman los desacuerdos
expresados en el debate con su voto negativo. Con todo, esta situación
excepcional no desencadena una crisis abierta e impulsa a los diferentes
partidos y a la dirección de la IC a manifestar su buena voluntad común.
Desde este punto de vista, el peso del contexto es esencial. La perspectiva de
la próxima conferencia diplomática que habrá de celebrarse en Génova, a la
que Rusia ha sido invitada oficialmente por primera vez, domina los debates,
aun cuando el tema de las conferencias internacionales solo se aborda in fine.
A pesar del vigor de sus críticas, los dirigentes de la Internacional Comunista
se muestran comprensivos con los partidos comunistas reticentes, como lo
atestigua la formación, al final de los debates, de una comisión de diecisiete
delegados representantes de los diferentes puntos de vista, encargada de
elaborar un documento aceptable para todos.
Para la dirección de la IC, lo esencial es el éxito de las iniciativas
internacionales vinculadas con la Conferencia de Génova. Radek es quien se
explaya más ampliamente sobre el sentido de esas reuniones internacionales
propuestas desde el mes de diciembre anterior por los dirigentes de la
izquierda socialista y sindical. Estas proposiciones retomadas por los
comunistas tienen que permitir afirmar la voz del mundo obrero junto con la
de los Estados: «En el momento en que la burguesía va a reunirse para
repartirse el mundo, hay que unir al proletariado en las cuestiones en las que
tiene un acuerdo mínimo». Evidentemente, esta argumentación no basta para
quebrantar la convicción de los oponentes, que mantienen sus críticas, puesto
que la presentación de las resoluciones finales sobre la cuestión suscita un
nuevo debate. Se elaboran textos contradictorios o bien a favor del frente
único y de la realización de próximas conferencias internacionales, o bien
contra las posibles alianzas con las organizaciones socialistas y las reuniones
internacionales con ellas. Esta última posición, minoritaria, fue la adoptada
por las delegaciones francesa, italiana y española. Después de la votación,
Cachin, en nombre de la minoría, lee una declaración en la que precisa que
los partidos permanecerán «disciplinados y fieles a las resoluciones de la III
Internacional». Se congratula de que el Comité Ejecutivo haya admitido una
parte de sus críticas contra los reformistas y, dicho esto, agrega: «nos
inclinamos ante la mayoría que acaba de aceptar la táctica propuesta por el
Comité». Zinóviev, a cambio, afirma que tendrá en cuenta las preocupaciones
así expresadas[41]. «El nuevo Presidium considera que la declaración de los
camaradas franceses, italianos y españoles puede ser admitida y parece
totalmente satisfactoria»[42]. Los dirigentes del Partido Comunista Francés,
que solicitan aplazar la creación del frente único a la espera del próximo
congreso, toman nota de las decisiones de la Internacional Comunista. A
cambio, esta deja abierta la posibilidad de que los partidos hostiles a la nueva
orientación no solo renueven sus críticas sino que, además, expresen su punto
de vista consignado en un documento sometido a la votación de los delegados
a esa reunión del Comité Ejecutivo. Estas concesiones recíprocas,
evidentemente, están impulsadas por la coyuntura internacional y los
objetivos de la IC y del Estado soviético, que desean ante todo tener éxito en
las grandes maniobras diplomáticas que están desplegando en Europa. Cierta
tolerancia para con algunas secciones nacionales recalcitrantes es, por lo
tanto, un inconveniente menor.
En suma, la primera inflexión estratégica de la Komintern encierra ya todos
los elementos que constituyen las contradicciones que no dejarán de socavar
progresivamente la organización. En efecto, lo que está en juego a finales de
1921 y en el primer semestre de 1922 reúne todos los ingredientes de la
historia ulterior de la Internacional Comunista. Allí encontramos imbricados
la política interior rusa dominada por la NEP, la modificación de la situación
internacional, marcada por un desplazamiento de las alianzas, el vínculo entre
la Komintern y el Estado soviético, sus relaciones con los diferentes partidos
comunistas, pero también con las demás fuerzas políticas de los Estados
capitalistas. Es, finalmente, la primera vez que se considera la posibilidad de
establecer relaciones de cooperación entre las diferentes corrientes del
movimiento obrero europeo desde los desgarros sufridos durante la guerra y
la Revolución rusa.
Pero las negociaciones, iniciadas en 1922, entre la Internacional Comunista
y las Internacionales socialistas durante la reunión mantenida en abril en
Berlín, no llegan a buen término. Los comunistas priorizan la acción común
contra el capitalismo mientras que los socialistas plantean como cuestión
previa la suerte de los socialistas revolucionarios y de los mencheviques
rusos, encarcelados y juzgados en condiciones reprochables. A pesar de estos
sinsabores, el IV Congreso de la Komintern, celebrado a finales de ese
mismo año, reafirma su adhesión al frente único pero al mismo tiempo refleja
las consecuencias de la rebelión que se había manifestado contra el Ejecutivo
afirmando su autoridad sobre las secciones nacionales recalcitrantes.
EL GOBIERNO OBRERO: UNA CONSIGNA SIN FUTURO
La consigna de un gobierno obrero, adoptada durante el V Congreso de
diciembre de 1922, lleva a su término lógico la gestión del frente único,
puesto que define la actitud de los comunistas frente a los gobiernos dirigidos
por socialistas y da una perspectiva gubernamental a las acciones comunes,
imaginando incluso las condiciones en las que los partidos comunistas
podrían participar de un gobierno. Partiendo de un análisis que distingue
cinco tipos de situaciones gubernamentales, se definen dos aperturas tácticas
nuevas que tienen un impacto notable en la actividad comunista. Primero, se
menciona la posibilidad de que los comunistas brinden su apoyo a un
gobierno obrero no comunista, en realidad, un gobierno socialdemócrata[43].
Asimismo, se considera la posibilidad de que los comunistas participen en
gobiernos que aún no ejerzan la dictadura del proletariado. En esas
situaciones gubernamentales, los comunistas podrían hallarse en posición de
aliarse con otros partidos para luchar contra la burguesía y preparar la
dictadura del proletariado[44]. En resumen, esta nueva orientación representa
más que una simple modificación de la actividad comunista; le da dos nuevas
dimensiones: la de la duración y la de la inserción en las luchas políticas
nacionales de los países de Europa y de América del Norte. La nueva
orientación tiene efectos concretos en la política de los partidos comunista de
Extremo Oriente, particularmente en China. Es un intento de arraigar
políticamente los partidos comunistas en países en los que ya no tienen
perspectivas revolucionarias o en los que el movimiento obrero organizado
continúa estando mayoritariamente bajo la influencia socialdemócrata. Por
cierto, esta orientación debe mucho a la propia reflexión de Lenin, quien ha
advertido la dimensión de una situación política nueva e imprevista, cuya
perdurabilidad para el partido comunista él comprende rápidamente. Todo
esto explica sin duda la permanencia de las referencias hechas ulteriormente a
esta orientación, incluso después de que se la haya abandonado y hasta
criticado en cuanto a su contenido efectivo. A posteriori, después de 1934, en
el momento del Frente Popular, vuelve a cobrar importancia cuando se busca
inscribir la nueva orientación antifascista en la tradición leninista. Pero, en
aquel primer momento, la aplicación de la orientación de frente único fue
limitada, al menos en Europa. En los diferentes partidos comunistas, las
reticencias son fuertes: expresan de una u otra manera la dificultad de esos
partidos, cuando aún no se han cerrado las cicatrices de la escisión, para
encontrar su lugar en una relación con la socialdemocracia, en el marco de
una política de alianza y de lucha común por las reivindicaciones inmediatas.
Por lo demás, los dirigentes de la Internacional Comunista tienen conciencia
de que la nueva orientación puede ser peligrosa para su propia identidad. «El
Ejecutivo desea atraer la atención de los partidos hermanos sobre los peligros
que pueden resultar de ella… Para aplicar con éxito la táctica preconizada, es
importante que el Partido esté sólidamente organizado y que su dirección se
distinga por la claridad perfecta de sus ideas»[45]. Cuando en Alemania, en
1922 y 1923, en Sajonia y Turingia, los comunistas acceden a participar de
gobiernos regionales de coalición con los socialistas, caen arrastrados por el
fracaso de esas experiencias gubernamentales quebrantadas por las fuerzas
conservadoras del régimen de Weimar. En el nivel sindical, sin embargo, esta
orientación tiene efectos positivos inmediatos y permite asentar la influencia
comunista en los sindicatos de ciertos países, particularmente en
Checoslovaquia. Pero en conjunto el balance es pobre, a pesar de las
declaraciones de los dirigentes de la Internacional Comunista, Zinóviev en
primer lugar, quienes afirman la perennidad de esta orientación a pesar de las
dificultades afrontadas. Lo cierto es que la idea del frente único se va
abandonando progresivamente a favor de otra orientación adoptada durante el
V Congreso de junio de 1924. La derrota y las contradicciones de la
revolución alemana, la desaparición de Lenin y las luchas internas en la
dirección del partido bolchevique son otros tantos factores que impulsan una
modificación de los análisis y del contenido de las consignas, por más que se
las siga machacando. Lo que se ha convenido en llamar «el giro a la
izquierda» del V Congreso responde mucho más a problemas internos de la
Internacional que a los cambios de la situación internacional, cuya estabilidad
se afirma en aquel momento[46]. Oficialmente, el V Congreso, de junio de
1924, no marca la desaparición de la orientación de frente único. Sin
embargo, ya entonces esta se ha modificado y atenuado sustancialmente. Sin
llegar a desaparecer súbitamente, la orientación va sufriendo sucesivas
atenuaciones y reactivaciones que poco a poco desdibujan su contenido. Al
mismo tiempo, aparecen los lineamientos, todavía dispersos, de una nueva
orientación, a la vez izquierdizante y dogmática, que alía el voluntarismo del
análisis y de la acción con el repliegue a una organización comunista cuya
centralización burocrática se refuerza. Desde aquella época, los
procedimientos en la toma de decisiones experimentan una sensible
evolución marcada por la decadencia de las grandes asambleas
representativas, tanto los congresos como los plenos ampliados del Comité
Ejecutivo, a favor de organismos reducidos, el Presidium y el Secretariado,
cuyo papel se agiganta. Desde entonces, las alteraciones estratégicas, la
modificación de los análisis o de las intervenciones de la Internacional
Comunista se registran a posteriori, durante congresos o plenos ampliados,
con cierto retraso en relación con su aplicación efectiva.
¿QUÉ QUEDA DE LA REVOLUCIÓN MUNDIAL Y DE LA
REVOLUCIÓN RUSA?
Cuando en enero de 1924 muere Lenin, la situación de la Komintern es
difícil. La mayor parte de los problemas planteados desde 1921 no han sido
resueltos. Si la organización de los partidos comunistas es débil, también lo
son sus bases. La socialdemocracia ha reconstituido sus fuerzas y a menudo
acrecentado el número de sus seguidores. La dominación mundial de las
burguesías europea y estadounidense es un hecho, aun cuando en África del
Norte y en el Oriente Medio choque con movimientos nacionales. Pero, salvo
en China, donde se inicia un movimiento nacional revolucionario, con los
comunistas, al menos hasta 1927 y, por supuesto, en la URSS, esa
dominación se mantiene. Sin duda, desde el fin de la guerra entre las grandes
potencias occidentales, se han desarrollado contradicciones de intereses y
nuevas relaciones de fuerzas, pero, por el momento, las soluciones
internacionales, tanto económicas como diplomáticas (Plan Dawes, Acuerdos
de Locarno), sancionan una suerte de statu quo que consagra la supremacía
económica estadounidense, la primacía diplomática de Gran Bretaña y de
Francia en Europa y, por último, el renacimiento de la potencia alemana. El
crecimiento económico se afirma en la mayoría de los países, aun cuando las
secuelas de la guerra distan mucho de haberse disipado. En este contexto, es
innegable que el movimiento revolucionario se ha apaciguado, carcomido por
sus divisiones internas y duramente afectado por una represión caracterizada
por su amplitud y su dimensión ideológica. Con el fascismo instalado en
Italia desde 1922 y que continúa consolidándose, el movimiento obrero
encuentra una fuerza que pretende no solo disputarle su terreno de acción
sino también eliminarlo físicamente. Después de la derrota de la revolución
alemana, la URSS pasa a ser, más que nunca, la única patria de la revolución,
pero esto ocurre en el momento en que los problemas de desarrollo del país y
la cuestión de Partido Comunista de la Unión Soviética se plantean a través
de divisiones y de enfrentamientos que desgarran su dirección.
En tales circunstancias, ¿qué dirección seguir? Esta es la pregunta que se
hacen no solo en la URSS sino también en la Komintern. Tendrán que pasar
más de cuatro años para que de toda esta situación se desprendan las
respuestas a tal interrogante.
Si bien, desde 1921, la Komintern había comprobado la desaceleración del
proceso revolucionario, la inestabilidad duradera de la situación política
registrada en ciertos países, sobre todo en Alemania, lleva a los dirigentes de
la Komintern a esperar, nuevamente en 1923, una salida revolucionaria
inminente a la crisis que golpea entonces a ese país. Durante el V Congreso,
realizado en julio de 1924, el primero que se lleva adelante en ausencia de
Lenin, Zinóviev presenta sin embargo, conjuntamente con este hipótesis
optimista, otra según la cual el periodo revolucionario está clausurado por un
largo tiempo. Esta vacilación refleja su dificultad para aceptar el derrumbe de
la perspectiva revolucionaria, presente en los orígenes de la organización
comunista. Durante el 5.o Plenario del Comité Ejecutivo de la Internacional,
celebrado en abril de 1925 y, sobre todo, en 1926, en el transcurso de la 6.a y
la 7.a reunión de esta misma asamblea, se hace por completo evidente que la
hipótesis optimista de Zinóviev no tiene asidero. No obstante, este, uniéndose
a Trotsky en este punto, asocia la suerte de la URSS a la de la revolución
mundial. La «oposición unificada» afirma hasta 1927 que la Komintern debe
obrar de otro modo para extender la revolución mundial, y lo hace
apoyándose en el argumento de las derrotas que han sufrido en Gran Bretaña
o en China los movimientos de masas promovidos por los comunistas. Para
esta oposición, el esquema de la revolución mundial no ha cambiado; se ha
desacelerado temporalmente y es necesario que vuelva a cobrar fuerza para
permitir que la URSS construya el socialismo. A la inversa, desde el final de
1924, Stalin, y luego Bujarin, desarrollan una concepción totalmente
diferente. Para el primero, puesto que a escala internacional la revolución
marca el ritmo y puesto que ningún partido comunista ha logrado hacerse con
el poder, la URSS se ha transformado en la expresión concreta de la
revolución mundial. En consecuencia, la construcción del socialismo en la
URSS, es decir, en un solo país, pasa a ser el objetivo revolucionario más
elevado del nuevo periodo. Al ayudar a la URSS, los diversos partidos
comunistas contribuyen a defender y consolidar las posiciones de la
revolución mundial, asimilada a la suerte de la URSS. Esta perspectiva tiene
el mérito de proponer a los partidos comunistas una concepción coherente de
la revolución mundial pero ¡pone en tela de juicio los fundamentos de la
identidad de la Komintern!
Corresponde a Bujarin ofrecer una concepción más amplia y diferenciada
de la revolución mundial, concepción que precisará entre 1926 y 1928, entre
el 7.o Plenario y el VI Congreso. Bujarin desarrolla así la idea, ya sugerida
por Lenin y Trotsky en 1921-1922, de un proceso revolucionario mundial de
larga duración con avances y retrocesos. Terminando con una visión
homogénea, Bujarin distingue tres componentes que llama las «columnas de
la revolución mundial»: la URSS, que construye el socialismo, el movimiento
obrero revolucionario de los grandes países capitalistas occidentales y los
movimientos nacionales de los países colonizados o dominados. Esta visión
de la revolución mundial, como proceso articulado, confiere una autonomía
relativa a sus diferentes componentes. Los partidos comunistas deben, en las
diversas situaciones, elaborar sus propios objetivos La defensa de la URSS es
una dimensión concreta de sus objetivos, pero no los agota. Por último, en lo
inmediato, Bujarin, sumamente escéptico en cuanto a las posibilidades
revolucionarias en Europa, cifra sus esperanzas en los movimientos
nacionales y revolucionarios de Oriente, cuyas premisas ya se perciben, sobre
todo en el Extremo Oriente, a pesar del giro experimentado por la situación
en China.
Hasta 1928, las concepciones de Stalin y de Bujarin cohabitan y se imponen
sobre las de la oposición porque parecen más realistas y más coherentes,
fundamentalmente, a los funcionarios de los partidos y de la Komintern.
Durante el VI Congreso, aun cuando el programa de la Komintern adoptado
entonces representa las ideas de Bujarin, estas reciben serias críticas y
terminan siendo rechazadas por derechistas y oportunistas, puesto que
ignoran la nueva radicalización revolucionaria que viven los países
capitalistas occidentales. Finalmente, durante el 10.o Plenario de junio de
1929, las concepciones bujarinistas dan paso a la concepción estaliniana
centrada en la URSS, pero que, sin embargo, retoma las ideas de la antigua
oposición relativas a una ola revolucionaria inminente vinculada con el
deterioro de la situación internacional.
El advenimiento de la revolución mundial queda desde entonces
subordinado a la llegada de un nuevo ciclo de guerra y de revolución. La
defensa de la Rusia revolucionaria hace las veces de horizonte revolucionario
para los partidos comunistas y para la Internacional Comunista, cuya
subordinación a la política exterior de la URSS se afirma.
[1] Pravda, 7 de abril de 1917, en V. I. Lenin, Œuvres complètes, Moscú, Éditions du Progrès, t. 24,
p. 14.
[2] Nache slovo, enero de 1916.
[3] P. Broué, Histoire de l’Internationale communiste, París, Fayard, 1997, p. 77.
[4] Kevin McDermott y Jeremy Agnew, The Comintern, a history of international communism from
Lenin to Stalin, Londres, Macmillan, 1996; P. Broué, Histoire de l’Internationale communiste, cit.
[5] Lenin, discurso de 6 de marzo de 1919, en Œuvres complètes, cit., t. 28, p. 509.
[6] Signatarios: Rakovski, Lennin (sic), Zinóviev, Trotsky, Platten. Declaración hecha por los
participantes de la conferencia de Zimmerwald en el congreso de la primera IC, en Manifestes, thèses et
résolutions des quatre premiers congrès mondiaux de l’Internationale Communiste, 1919-1923, París,
Librairie du Travail, 1934, p. 16.
[7] Lenin, discurso de apertura.
[8] Lenin, discurso de cierre, Œuvres complètes, cit., t. 28, p. 501.
[9] Ibid., t. 31, p. 499.
[10] Manifeste de l’Internationale Communiste aux prolétaires du monde entier, París, Librairie du
Travail, 1934, p. 34.
[11] Sobre esta cuestión, encontramos una síntesis interesante en I. Getzler, «Lenin’s Conception of
Revolution As Civil War», Slavonic and East European Review 3 (1996).
[12] Silvio Pons, La Rivoluzione globale, Storia del comunismo internazionale 1917-1991, Turín,
Einaudi, 2012, pp. 25-27.
[13] Aldo Agosti, «The Concept of World Revolution and the «World Party for the Revolution»
(1919-1943), The International Newsletter of Historical Studies on Comintern, Communism and
Stalinism IV-V (1997-1998).
[14] Grigori Zinoviev, «Ce qu’a été jusqu’ici l’Internationale communiste y ce qu’elle doit être», en
Les questions le plus pressantes du mouvement ouvrier international, Petrogrado, 1920, p. 141.
[15] «Résolution sur le rôle du Parti communiste en la révolution proletarienne», Manifeste du 2
Congrès de l’IC, en Manifestes, thèses et résolutions des quatre premiers congrès mondiaux de
l’internationale Communiste, 1919-1923, cit., p. 49.
[16] «Le monde capitaliste et l’Internationale communiste», Manifeste du 2 congrès de l’IC, en ibid.,
p. 78.
[17] «Les tâches principales de l’Internationale communiste», en ibid., p. 43.
[18] Ibid., p. 45.
[19] Los partidos citados son «el partido independiente de Alemania, el partido socialista francés, el
partido socialista estadounidense, el Independent Labour Party inglés, el partido socialista suizo y
algunos otros grupos».
[20] «Les tâches principales de l’Internationale communiste», cit., p. 48.
[21] Las 21 condiciones se redactan con el propósito de filtrar y finalmente limitar la adhesión de las
corrientes sociales demócratas juzgadas inasimilables, como por ejemplo, los maximalistas italianos o
los «reconstructores» franceses.
[22] G. Zinoviev, «Ce qu’a été jusqu’ici l’Internationale communiste y ce qu’elle doit être», cit., p.
161.
[23] Ibid., p. 163.
[24] Jean-François Fayet, Karl Radek (1889-1939), Biographie politique, Berna, Peter Lang, 2004, p.
360.
[25] E. H. Carr, La révolution bolchevique, t. 3, París, Éditions de Minuit, 1974, pp. 392-393.
[26] Véase Léon Trotsky, La nouvelle étape, París, Librairie de l’Humanité, 1922. Algunos extractos
sustanciales aparecen publicados en la selección de textos presentados por P. Broué. Trotsky, Le
mouvement communiste en France (1919-1939), París, Éditions de Minuit, 1967, pp. 105-112.
[27] Lenin, «Discours sur la question italienne», 28 de junio de 1921, en Œuvres complètes, cit., t.
32, pp. 492-497.
[28] «Résolution du Præsidium de l’IC du 12 décembre 1921», La Correspondance Internationale 6
(1921).
[29] «Thèse sur la situation mondiale et la tâche de l’Internationale Communiste», III congrès de
l’IC, en Manifestes, thèses et résolutions des quatre premiers congrès mondiaux de l’internationale
Communiste, 1919-1923, cit.
[30] «Thèse sur la tactique», III
e congrès de l’IC, en ibid., p. 94.
[31] Ibid.
[32] «Después de terminada la guerra mundial, fuimos testigos de la efervescencia revolucionaria de
las masas obreras. Luego, hacia 1920, el reformismo retomó fuerzas. La fatiga de las masas obreras,
agotadas por las largas luchas, determina este recrudecimiento innegable del reformismo. Los
trabajadores quisieron creer en la posibilidad de resolver la cuestión social por medio de medidas
pacíficas y de sustraerse en consecuencia de las penosas luchas.
… Hoy podemos resumir los hechos de la manera siguiente: en el momento del III Congreso de
Moscú y tal vez todavía en los primeros meses posteriores, la ola revolucionaria se atenuó, las masas
obreras atravesaron un periodo de indiferencia, de endurecimiento. Podría decirse que, por un
momento, se orientaron hacia la derecha. Pero la ola vuelve a crecer. Se advierte un cambio de opinión
en los espíritus. Las causas de ese giro son económicas: hay que buscarlas, sobre todo, en la ofensiva
patronal a través del envilecimiento de los salarios».
[33] «Thèses sur l’unité du front prolétarien et sur l’attitude à adopter envers les ouvriers adhérant
aux Internationales socialistes, a celle d’Amsterdam et aux organisations anarchistes-syndicalistes.
(Adoptées à l’unanimité par l’Exécutif de l’Internationale Communiste le 28 décembre 1921)», La
Correspondance Internationale 4 (enero de 1922), pp. 25-27.
[34] Ibid.
[35] «El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista cree que hace bien en recordar a todos los
partidos hermanos las experiencias de los bolcheviques rusos, cuyo partido es el único que hasta el
presente consiguió vencer a la burguesía y tomar el poder. Durante los quince años que se extienden
entre el nacimiento del bolchevismo y su victoria (1903-1917), este nunca dejó de combatir el
reformismo o, lo que es lo mismo, el menchevismo». Ibid.
[36] Ibid.
[37] «Desde los primeros días de su existencia, la Internacional Comunista ha preconizado siempre
en relación con esos elementos obreros, llamados a superar poco a poco sus prejuicios para abrazar el
comunismo, una actitud amistosa. Desde ahora en adelante, los comunistas deberán prestarles aun más
atención teniendo en cuenta que el frente único contra el capitalismo está en vía de realización». Ibid.
[38] Jean-François Fayet, Karl Radek (1885-1939), biographie politique, cit., pp. 414-418.
[39] Sobre la cuestión del frente único en la Komintern se puede consultar Les Carnets de Marcel
Cachin, t. III, 1922-1935, Denis Peschanski (dir.), presentación de S. Wolikow, París, CNRS, 1998, en
especial los correspondientes a 1922.
[40] Bulletin communiste, enero de 1922, p. 78.
[41] Cachin no cita textualmente las palabras de Zinóviev pero, a pesar de todo, anota una frase
simpática: «los camaradas de nuestras mejores secciones permanecen disciplinados y les agradecemos
que así sea». La declaración de Zinóviev figura únicamente en el informe oficial.
[42] Actas, p. 225.
[43] «Résolution sur la tactique de l’IC», IV
e congrès de l’IC, en Manifestes, thèses et résolutions des
quatre premiers congrès mondiaux de l’internationale Communiste, 1919-1923, cit., p. 159.
[44] Ibid.
[45] Ibid.
[46] Maurice Andreu, L’Internationale communiste contre le capital, 1919-1924, París, PUF, 2003.
7. La influencia de la Revolución rusa en Estados
Unidos
Aurora Bosch
Aunque los Estados Unidos de América se vieron mucho menos afectados
por el terremoto que supuso la Revolución bolchevique que los países
europeos o China, su repercusión en la política interior y exterior del país
norteamericano sería determinante. La supresión de todo radicalismo interno
comenzó con la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra
Mundial y acabaría en el bienio 1919-1920 con la primera sensación de
«amenaza roja» ante el temor a la infiltración comunista. En política exterior,
«el enfrentamiento ideológico y simbólico entre dos modelos enfrentados»
inauguraría las relaciones de la nueva primera potencia mundial y la Unión
Soviética tras el final de la Gran Guerra.
El presente capítulo analiza tanto la persecución del radicalismo interno,
como el diseño de la política exterior desde las singularidades de Estados
Unidos. En primer lugar, desde 1910 Estados Unidos estaba teniendo la
experiencia del efecto y la intervención directa en la primera revolución
social moderna, la Revolución mexicana, cuando estalla la Revolución rusa.
En segundo lugar, su intervención ultramarina tardía en la Primera Guerra
Mundial, entre las revoluciones rusas de febrero y octubre de 1917, contó con
la oposición de amplios sectores sociales y sirvió –con las leyes
extraordinarias– para descabezar a todo el movimiento reformista-radical,
desde socialistas a anarquistas y miembros de la International Workers of The
World (IWW). Finalmente, al finalizar la Gran Guerra, pero mientras
continuaba la intervención de Estados Unidos y los aliados en la Guerra Civil
rusa, se recrudece y amplía la represión interna en 1919 y 1920, al tiempo
que Estados Unidos, primera potencia mundial y líder del nuevo orden
internacional capitalista y liberal, se resiste a reconocer a la URSS, líder de
un sistema alternativo que lo cuestiona.
UNA REVOLUCIÓN MUY CERCANA: LA REVOLUCIÓN
MEXICANA
Estados Unidos, con una frontera de unos 3.200 kilómetros con México e
importantes inversiones en industrias extractivas en el país vecino, no podía
ser indiferente a la revolución que comenzó en octubre de 1910 y fue
acompañada de violencia armada y conflicto social abierto hasta 1920. Los
temores y las expectativas ante ella fueron enormes en «la fortaleza del
capitalismo» que era Estados Unidos. Si bien Gran Bretaña y Alemania, con
grandes intereses en México, intervinieron de forma encubierta, indirecta y
limitada en el tiempo en la Revolución mexicana, Estados Unidos intervino
directa y abiertamente en todas las fases de la revolución[1]. El Gobierno del
presidente Taft apoyó abiertamente a Francisco Madero en su objetivo de
establecer una republica liberal-democrática que favoreciera los intereses
americanos y acabara con el Porfiriato, pues el largo régimen de Porfirio Díaz
favoreció en sus últimos años las inversiones europeas sobre las
estadounidenses. Cuando el general Victoriano Huerta asesinó a Madero y se
hizo con el poder en 1913, el presidente Wilson, a diferencia de las potencias
europeas, rehusó reconocer su Gobierno y apoyó e intervino directamente en
la guerra civil que asoló México hasta 1914, a favor del constitucionalista
Venustiano Carranza. El presidente pretendía «tutelar» a México hacia la
senda liberal-demócrata, tutela que incluía la defensa del libre comercio y la
propiedad privada. Siguiendo su ideal de «diplomacia misionera», el interés
de Wilson era hacer de México un modelo de Estado, que, a imagen de
Estados Unidos, pudiera ser exportable a toda Latinoamérica y quizás a todos
los países subdesarrollados[2]. Así, aparte de apoyarle con armamento –como
hubiera deseado Carranza– tras la detención de marines que transportaban
armas en Tampico, Wilson envió a los marines a ocupar el puerto de
Veracruz en 1914[3].
Opuesto a esta intervención y también en México desde 1913 se encontraba
John Reed. El escritor y periodista radical, muy cercano a los Wobblies de la
IWW desde sus crónicas para The Massses de la huelga y posterior estancia
en prisión de los Wobblies en Patterson (New Jersey), fue enviado a México
en noviembre de 1913 por The Metropolitan, la revista de literatura y política
neoyorquina, a instancias de su amigo Lincoln Steffens[4]. A diferencia del
gobierno, los diplomáticos y los intereses norteamericanos, Reed, como
muchos radicales y reformistas estadounidenses, se sentía atraído por los
cambios sociales de la revolución.
Siguiendo a los ejército de Carranza y Villa en su toma de Torreón, Reed
distinguía entre la revolución política que representaba Carranza y la
revolución social y agraria que para él encarnaban Pancho Villa y Emiliano
Zapata. Sus artículos, reunidos en 1914 en México insurgente, mostraban
claramente su simpatía por la revolución social y su admiración por Villa,
tanto en sus primeras redistribuciones de tierra en los estados de Chihuahua y
Durango, como en sus futuros proyectos de redistribución económica o en
sus efectivas y novedosas tácticas militares[5].
Su relato, opuesto a cualquier intervención norteamericana, era tanto la
descripción de la atmósfera y los personajes que representaban la historia de
un pueblo en armas, como la identificación de un radical estadounidense con
el entusiasmo de la propia vivencia de la revolución. La posibilidad de vivir
de forma plena y pasional era tan importante para Reed como acabar con la
explotación en un país que no tenía las constricciones estadounidenses de la
moralidad pequeñoburguesa o los derechos constitucionales que frenaban el
extremismo. De esta forma, los reportajes de México insurgente le
posibilitaron encontrar su propia voz como escritor y convertirse en una
«celebridad nacional» al regresar a Manhattan[6], más que explicar el tipo de
sociedad y economía que iba a ser creada por los revolucionarios[7].
Paralelamente, tras la primera intervención directa de Estados Unidos en la
Revolución mexicana, el gobierno de Wilson osciló entre decantarse por
Villa o Carranza según sus proyectos políticos perjudicaran menos a los
intereses estadounidenses[8]. Por este motivo, Estados Unidos acabó
apoyando y reconociendo a Venustiano Carranza y su «revolución política»
en octubre de 1916. Sin embargo, por abajo subsistía la revolución social. En
reacción a la decisión del presidente Wilson de apoyar a Carranza, Pancho
Villa asesinó a 16 ingenieros de minas estadounidenses para desacreditar a
Carranza, provocar la intervención de Estados Unidos y presentarse como el
opositor a los «gringos». A este incidente siguieron otros dos que colocaron a
Estados Unidos y México al borde de una guerra en 1916, en la que los
servicios secretos e intereses económicos alemanes estaban muy interesados
para evitar la intervención de Estados Unidos en la Primera Guerra
Mundial[9]. En marzo, Pancho Villa cruzó la frontera con 485 hombres,
quemó la ciudad de Columbus (Nuevo México) y mató a 18 estadounidenses.
Carranza consintió que Wilson enviara un ejército de 11.000 hombres bajo la
dirección del general Pershing a perseguir a Villa sin éxito durante un año.
Ante la alarma y el antiamericanismo que provocaba la presencia de la fuerza
expedicionaria estadounidense, el incidente de Parral, donde murieron 14
mexicanos y dos soldados estadounidenses, llevó a Carranza a exigir la
retirada de las tropas estadounidenses. Mientras Carranza y Wilson trataban
de llegar a un acuerdo, Villa cruzó otra vez la frontera y en Glen Springs
(Texas), sus hombres mataron a tres soldados y un niño. El gobernador de
Texas amenazó con ocupar todo el norte de México, mientras soldados
mexicanos y marines se enfrentaban en el puerto de Mazatlán, y el ejército
estadounidense era atacado en Carrizal en junio de 1916[10].
Finalmente, el conflicto se evitó por el acuerdo sellado entre Carranza y
Wilson en marzo de 1917. Justo cuando se hacía público el telegrama del
ministro de Asuntos Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, que buscaba
una alianza de México y Alemania contra Estados Unidos[11], y al mismo
tiempo que navíos norteamericanos eran alcanzados por los submarinos
alemanes, provocando el 6 de abril la entrada oficial de Estados Unidos en la
Primera Guerra Mundial. En ese momento ni Wall Street ni Wilson deseaban
una guerra con México. Tampoco Carranza. Así, a cambio de la retirada de la
fuerza expedicionaria enviada por Estados Unidos y de que México asegurara
la protección de las propiedades petrolíferas estadounidenses y británicas,
Estados Unidos reconoció la elección del presidente constitucional
Venustiano Carranza.
Sin embargo, el 1 de mayo entraba en vigor la Constitución de 1917, que en
su artículo 27 contemplaba la posibilidad de regular e incluso nacionalizar la
propiedad privada, incluyendo la propiedad extranjera. Está claro que Wilson
había conseguido una especie de Enmienda Platt que, como en Cuba, le
permitiera establecer un semiprotectorado en el país vecino[12]. Para Estados
Unidos el artículo 27 de la Constitución Mexicana suponía una amenaza
potencial a sus recientes inversiones petrolíferas de más de 500 millones de
dólares. Aunque la Revolución mexicana no fuera una revolución marxista-
leninista y por ello pareciera inconclusa a ojos de los radicales
estadounidenses, los políticos, diplomáticos y hombres de negocios no tenían
dudas de la inquietud potencial de esta revolución social y de sus analogías
con la revolución soviética cuando esta estalló[13].
GUERRA, LEYES EXTRAORDINARIAS Y PERSECUCIÓN DE
RADICALES
En todo caso, por esas fechas ya Estados Unidos había decidido la entrada
en la Primera Guerra Mundial en el bando aliado en respuesta a la posible
alianza mexicano-alemana para recuperar Arizona, Texas y Nuevo México, y
«en defensa de los derechos de los países neutrales», vulnerados directamente
por la Guerra Submarina ilimitada. La decisión estadounidense suponía un
cambio fundamental de la política exterior de Estados Unidos y de la
posición de neutralidad que había querido mantener la Administración
Wilson desde el comienzo del conflicto. Un país, con una política exterior
centrada en controlar su hegemonía en el Hemisferio Occidental y sus
intereses en el Pacífico, consideraba la Gran Guerra un «asunto europeo».
Además, con el recuerdo muy vívido aún de su Guerra Civil, el pacifismo
estaba muy extendido entre la población más allá de la izquierda, que se
opuso casi con unanimidad a «una guerra imperialista». Entre ellos, muchos
políticos progresistas en ambos partidos, como el secretario de Estado
demócrata William J. Bryan, que dimitió en 1915 cuando Wilson endureció
su postura respecto a Alemania, o el senador republicano Robert La Follette,
así como destacadas sufragistas –Jane Adams y Carrie Chapman–, que
llegaron a constituir el Partido de Mujeres por la Paz.
También justificaba la neutralidad la heterogeneidad étnica y los conflictos
de lealtades que podía tener su población inmigrante más reciente –32 de los
92 millones de habitantes del país– y algunos inmigrantes más antiguos y
numerosos, como los alemanes-americanos o los irlandeses-americanos. Sin
embargo, la mayoría de la población aún era de origen británico y se sentía
identificada con las democracias liberales francesa y británica frente al
militarismo alemán. También la mayoría del gabinete presidencial
simpatizaba con los aliados y, aunque trató de ser neutral, tuvo mucho más en
cuenta las violaciones de los derechos de los países neutrales por parte de los
Imperios Centrales que las de los aliados. Ciertamente, mientras el bloqueo
aliado sobre Alemania no costó vidas estadounidenses, la guerra submarina
alemana supuso la muerte de 209 ciudadanos estadounidenses. Ante las
primeras víctimas, ya en junio de 1915 Wilson envió una especie de
ultimátum a Alemania, mientras las filas de los partidarios de la guerra
incorporaban a destacados políticos como el expresidente Theodore
Roosevelt.
En cuanto a los intereses económicos, claramente en 1917 eran partidarios
de una victoria aliada. La ya intensa relación económica que Estados Unidos
mantenía con los aliados aumentó cuando los británicos iniciaron el bloqueo
sobre Alemania en 1914, reduciendo así drásticamente la relación económica
con los Imperios Centrales. Así, las exportaciones de armas a los aliados
pasaron de suponer un total de 40 millones de dólares en 1914 a 1.290
millones en 1916, mientras el comercio total pasaba de 825 millones de
dólares a 3.214 millones de dólares. Para financiar estas compras, los
banqueros de Wall Street habían prestado 2.000 millones de dólares a los
aliados y 27 millones a las potencias centrales[14].
De todas formas, Wilson ganó las apretadas elecciones de 1916 con el
apoyo de muchos radicales y socialistas por sus políticas sociales reformistas
y, especialmente, por su promesa de mantener la neutralidad y de seguir
buscando fórmulas para la paz entre las partes; aunque por la presión
electoral republicana no descuidó durante el año 1916 la preparación para una
eventual participación en la guerra, con leyes que ensanchaban el ejército
regular y la Guardia Nacional y aumentaban el presupuesto para barcos de
guerra y mercantes. Incluso en enero de 1917 el presidente pronunció ante el
Senado su discurso de «Paz sin Victoria», en que no solo defendía una paz
rápida sin vencedores, sino que reclamaba para Estados Unidos el liderazgo
de un nuevo orden internacional basado en la Sociedad de Naciones, el
desarme y la libertad de navegación. Sin embargo, la resistencia de Wilson a
entrar en guerra acabó cuando, en marzo de 1917, el ministro de Asuntos
Exteriores alemán Zimmermann reconoció la autenticidad de su telegrama a
México y los submarinos alemanes torpedearon cinco buques mercantes
estadounidenses. El 6 de abril de 1917 el Congreso aprobó –a petición del
presidente– la declaración de guerra a Alemania[15].
Los incidentes que provocaron la entrada de Estados Unidos en la Primera
Guerra Mundial casi coincidieron con las primeras noticias y reacciones en el
país sobre la Revolución rusa de febrero (marzo) de 1917. Mientras los
intereses económicos y el gobierno norteamericano se comprometían a
ayudar al Gobierno Provisional ruso con préstamos públicos y privados e
interpretaban la revolución como una ventaja para los aliados, pues eliminaba
la fracción progermana en las altas instancias del gobierno zarista y se
consideraba que haría una gestión económica más eficaz, la «nueva Rusia» se
comprometía a cumplir su compromiso con los aliados hasta el final[16]. El
gobierno de Estados Unidos fue, de hecho, el primero en reconocer al
Gobierno Provisional el 20 de marzo. Para los liberales wilsonianos, la
Revolución rusa de febrero significaba que Estados Unidos ya no entraría en
guerra exclusivamente por intereses económicos y estratégicos egoístas, sino
por la defensa de la libertad y la democracia[17]. A finales de marzo, el
expresidente Taft no dudaba en señalar acertadamente el fin del absolutismo
en Rusia, sin violencia y apenas derramamiento de sangre, como el primer
triunfo de esa terrible guerra; al tiempo que indicaba que, una vez Estados
Unidos se había visto obligado a entrar en el conflicto, «no debía ahora dudar
ahora en unirse a Inglaterra, Francia y sus aliados en su lucha por la
humanidad hasta la victoria y una paz equitativa»[18].
Esta unión entre la Revolución de Febrero y la entrada de Estados Unidos
en la guerra como acontecimientos decisivos era destacada en julio por el
Gabinete de guerra británico. Tras tres años de guerra la revolución en Rusia,
al ser democrática, hacía más clara la lucha de las democracias contra los
Imperios Centrales y Turquía, mientras consideraban la intervención de
Estados Unidos en la guerra «uno de los mayores acontecimientos en la
historia del mundo», por los enormes recursos que podía aportar Estados
Unidos. De esta forma, los aliados entraban confiados en el cuarto año de la
guerra hasta conseguir el objetivo enunciado por Wilson: «hacer el mundo
seguro para la democracia»[19].
Ciertamente, para Estados Unidos no fue tan fácil como pensaban los
aliados organizar sus enormes recursos materiales y humanos. Fue necesario
el control del Estado de las principales industrias e infraestructuras para
reconvertir la economía a las necesidades de la guerra, así como reclutar a
cuatro millones de hombres[20]; pero cuando se consiguió, la ayuda
estadounidense fue decisiva en el último año de la guerra. Más difícil resultó
convencer a una opinión pública ampliamente pacifista, lo que supuso
también el control de los disidentes.
El Comité de Información Pública (CPI) se ocupó de abrumar con
información sobre la guerra a los medios de comunicación, reclutar a 75.000
voluntarios que difundían breves mensajes patrióticos en cines y teatros y
seleccionaba en su sección de educación ensayos, poemas y cuentos de
guerra en los que se resaltaba el heroísmo y el sacrificio. Todo con la idea de
unificar la propaganda patriótica y, también, la idea nacional de Estados
Unidos. La propaganda resaltaba la unidad nacional, la imagen del enemigo
despreciable y presentaba la guerra como «una cruzada por la paz y la
libertad»[21]. En cuanto a la idea nacional, se unificó en un sentido
conservador. Las dobles lealtades nacionales que antes se permitían a las
comunidades inmigrantes, o la tensión entre una nación emancipadora y
democrática y la tradición militarista y expansionista, quedaron difuminadas
por un discurso nacional articulado por primera vez por el Estado en un
sentido de conservadurismo patriótico, militarista e intolerante. Este
americanismo conservador, que inauguró como simbolismo la lealtad a la
bandera en las escuelas, se dirigió obviamente a la angloconformidad de los
inmigrantes, pero también hacia el control de todos los disidentes opuestos al
esfuerzo bélico[22], especialmente los radicales, que al pasar los meses
unieron su pacifismo a sus simpatías por la revolución bolchevique.
Ya antes de que Estados Unidos entrara en la Primera Guerra Mundial, era
aprobada por el Congreso la Ley de Inmigración de 1917. Aparte de prohibir
la inmigración asiática, por primera vez exigía exámenes de lealtad a los
principios políticos estadounidenses, aparte de excluir a homosexuales,
anarquistas y radicales que pudieran atentar contra el gobierno de Estados
Unidos. De momento esta ley se dirigió especialmente contra los alemanes-
americanos, el segundo grupo migratorio más importante del país. En la
atmósfera de xenofobia de la guerra, los americanos de origen germano
fueron obligados a cambiar sus apellidos y a abandonar su lengua y
tradiciones culturales. Los ayuntamientos prohibieron los libros alemanes en
las bibliotecas públicas, se dejó de enseñar alemán en los colegios públicos y
se cambiaron los nombres del callejero que tuvieran resonancias alemanas.
Esta legislación fue reforzada por las primeras leyes excepcionales de
guerra, que, aparte de reforzar el carácter antialemán, permitieron comenzar a
perseguir especialmente a todos los radicales por su oposición a la guerra y
sus simpatías con la revolución bolchevique. La Ley de Espionaje de junio de
1917, que castigaba las interferencias a las operaciones militares o al
reclutamiento, y la Ley de Comercio con el Enemigo (octubre de 1917), que
autorizaba al presidente a censurar todas las comunicaciones con el enemigo
y a intervenir la prensa en lengua extranjera, se endurecieron aún más tras la
revolución bolchevique de noviembre (octubre) de 1917. En efecto, la Ley de
Sedición de mayo de 1918 ampliaba las ofensas de la Ley de Espionaje de
1917 a cualquier discurso u opinión de palabra o por escrito que estuviera en
contra del esfuerzo bélico o la venta de bonos de guerra. Castigaba así
cualquier manifestación oral o escrita de deslealtad o lenguaje abusivo contra
las instituciones norteamericanas. Por otro lado, la Ley de Inmigración de
octubre de 1918 facilitó la deportación de radicales de origen extranjero
durante y después de la guerra, al eliminar la clausula de cinco años de
residencia, para poder deportar a todos los extranjeros que, de palabra u obra,
se opusieran a las formas de gobierno organizado. A estas leyes se sumaron
las leyes estatales antisindicales en quince estados, las que consideraban un
crimen oponerse al reclutamiento en Minnesota, o criticar verbalmente el
esfuerzo bélico en otros nueve estados[23].
Así, mientras la mayoría de los radicales norteamericanos –como John
Reed, que vivió in situ los acontecimientos– compartían su entusiasmo por la
toma del poder de los bolcheviques el 7 de noviembre (25 de octubre en el
calendario juliano), como el comienzo de un sistema alternativo que podía
tener un alcance mundial[24]; la luna de miel del gobierno estadounidense y
los gobiernos aliados con la Revolución rusa de febrero se transformaba en
seria preocupación cuando los bolcheviques tomaron el poder anunciando
una paz por separado, la cancelación del pago de los créditos aliados y una
democracia alternativa a la democracia liberal, que amenazaba con subvertir
el sistema capitalista y llamaba a la revolución mundial.
Efectivamente, las noticias entusiastas estadounidenses sobre la Revolución
de Febrero no ocultaban la preocupación, ya en abril, por que los alemanes
permitieran pasar en tren sellado a los socialistas radicales procedentes de
Suiza que, liderados por Lenin, podían buscar una paz por separado con
Alemania[25]. También en mayo se destacaba la presencia de comités entre
los soldados y su deseo de que se aboliera la propiedad privada y la tierra se
distribuyera entre el campesinado[26]. Estos temores del ascenso de los
bolcheviques, «los que lo querían todo», entre las facciones revolucionarias
sonaron con más fuerza en agosto, cuando el comandante en jefe del Ejército,
el general Kornílov, hablaba de la indisciplina, el hambre y la
desorganización de los ejércitos, exponiendo incluso la capital[27]. Unos días
después Riga se había perdido en el frente noroeste y los alemanes avanzaron
hacia Petrogrado, capturando miles de soldados y material bélico[28],
mientras el general Kornílov daba un golpe de Estado que, aunque frenado
por el Gobierno Provisional de Kérenski, no evitó la toma del poder por los
bolcheviques en noviembre. The New York Times comenzaba destacando que
Lenin había ofrecido una paz inmediata al enemigo, independientemente de
los tratados y compromisos a los que hubiera llegado la Rusia zarista.
También destacaba que los bolcheviques solo controlaban Petrogrado; el
resto del país estaba dominado por los sindicatos y por los consejos de
obreros y soldados[29]. Lincoln Steffens, al llegar de Rusia, ya había
insistido poco antes que la revolución había pasado su fase liberal y seguía su
curso: el poder real estaba en el pueblo, no en el Gobierno Provisional, y al
pueblo le preocupaban, sobre todo, las cuestiones económicas[30].
Las primeras reacciones de Washington no se hicieron esperar. La
embajada rusa en Washington no aceptaba la autoridad del Gobierno
Bolchevique y Estados Unidos no asistiría económicamente a Rusia si se
separaba de los aliados[31]. A finales de noviembre, todos los aliados
rechazaron el ofrecimiento del ministro de Exteriores, León Trotsky, de un
armisticio inmediato, mientras llegaban noticias de la oposición de los
socialistas no bolcheviques a la paz por separado y a que el país estuviera
dominado por la minoría de un partido. Igualmente, parecía que Rusia estaba
al borde de una guerra civil. En el frente norte, sin suministros, cientos de
soldados desertaban, hordas invadían las ciudades o morían por hambre y
frío; mientras que algunos generales zaristas (Alekséi Kaledín) y los cosacos
del Don controlaban el territorio del trigo y las reservas de oro[32].
En este ambiente, la represión a los radicales iniciada durante la guerra no
hizo más que incrementarse. La guerra fue la ocasión para acabar
federalmente con el liderazgo de la IWW. Su líder, Bill Haywood, pensaba
que era mejor como organización oponerse a un país que a una clase, pero
consciente de que su oposición a la guerra como organización aumentaría la
persecución sobre ellos, optó por dejarlo como un asunto relativo a la
conciencia individual de los militantes. Fue inútil. Como la IWW estaba
implantada en industrias mineras y madereras del Oeste, que se consideraban
esenciales para la guerra, cualquier conflicto o huelga en ellas no solamente
movilizó a las compañías y a las turbas contra ellos, sino que permitió a los
propietarios entender que solamente la autoridad federal podía erradicar a una
organización descentralizada como la IWW.
De esta forma, tras la acción de propietarios, autoridades locales y motines
de civiles contra los Wobblies en las minas de cobre de Bisbee, en Arizona –
1.180 trabajadores fueron abandonados en el desierto a más de 300
kilómetros de la ciudad más cercana–, o en las minas de Butte, en Montana –
secuestraron y lincharon a Frank Little, organizador de la IWW–, el gobierno
federal demostró pronto que su objetivo no era luchar contra el sentimiento
bélico, sino aprovechar la ocasión para detener a todo el liderazgo de la
organización. El Buró de Investigación (el predecesor del FBI) del
Departamento de Justicia, dirigido entonces por George N. Murdock, llevó a
cabo los «September Raids», donde los agentes de esta agencia
gubernamental, en conjunción con las autoridades locales, asaltaron todos los
locales de la IWW en Estados Unidos en 24 horas. La información extraída
de las cinco toneladas de material requisado en el cuartel general de Chicago,
y de las otras toneladas de las restantes oficinas locales, permitió al embrión
del FBI obtener información sobre todos sus afiliados, futuras actividades y
planes de la organización, desarticular su estructura nacional y armar un
juicio masivo contra el liderazgo de la IWW.
El juicio contra los 106 dirigentes de la organización comenzó en Chicago
en abril de 1918. El juicio contó con el relato de periodistas simpatizantes
como John Reed, duró cuatro meses y Bill Haywood pensaba en utilizarlo
como arma de propaganda a favor de la democracia industrial. En lugar de
eso, los fiscales utilizaron los periódicos y panfletos de la organización, no
los hechos, para probar su culpabilidad, fácilmente aceptada por un jurado
que los identificaba como saboteadores del esfuerzo bélico, partidarios de la
acción directa y la revolución bolchevique. 15 recibieron la pena máxima de
20 años de prisión; 30, cinco años, y 16, penas menores; pero todos ellos
debían pagar dos millones de dólares en multas. Las largas condenas de este
y otros juicios desanimaron a los militantes, las multas y apelaciones
consumieron las exiguas finanzas de la organización, de forma que la IWW
nunca sería ya la organización que fue antes de 1917. En abril de 1921,
cuando todos los recursos del juicio de Chicago se rechazaron, Bill Haywood
y otros ocho líderes, libres bajo fianza, decidieron buscar asilo político en la
URSS[33].
En el caso del Partido Socialista de Estados Unidos (SPA), aunque algunos
dirigentes y miembros del partido dieron su apoyo a la guerra, fue uno de los
pocos partidos de la Internacional Socialista de un país participante en el
conflicto que se opuso al esfuerzo bélico y posteriormente simpatizó con la
revolución bolchevique. No solamente las federaciones extranjeras más
radicales procedentes del este de Europa –rusos, finlandeses, polacos– se
hicieron cada vez más importantes en el seno del mismo, sino que su líder
histórico, Eugene Debs, enfermo y recluido en su natal Terre Haute (Indiana),
a sus 63 años se convirtió otra vez en la voz del partido contra la guerra,
esperanzado asimismo por la revolución bolchevique. Cuando muchos
compañeros estaban ya siendo perseguidos y encarcelados, Debs pronunció el
15 de junio en Ohio un discurso que provocó su detención. En él ironizaba
sobre lo que en esos días significaba para los radicales vivir en una república
libre y democrática, donde el pueblo se autogobernaba; relacionaba el triunfo
de la revolución bolchevique con la mayor persecución de los socialistas y
seguía basando su discurso en la tradición política norteamericana –Paine,
Jefferson, Lincoln–, defendiendo además la necesidad del sindicalismo
industrial –«los socialistas tienen la obligación de construir la nueva nación y
la República libre»–. Tras su discurso fue detenido, juzgado y condenado a
diez años de prisión. En su defensa, el veterano socialista aludió a la libertad
de expresión y afirmó «que la ideología capitalista no era la única definición
de ciudadanía»[34]. Tanto Trotsky como Lenin consideraban a Debs el
referente del socialismo estadounidense.
También los anarquistas, con su insobornable oposición a la guerra, fueron
objeto de una dura represión. Por todo el país, sus militantes fueron detenidos
y apaleados, se asaltaron sus asociaciones, se destruyeron sus equipamientos
y bibliotecas, periódicos y revistas fueron suprimidos. El 15 de junio, los tres
líderes principales del anarquismo norteamericano, Emma Goldman,
Alexander Berkman y Luigi Galleani, fueron detenidos. Los italianos
seguidores de Galleani, partidarios de la acción directa, fueron los más
reprimidos en todo el país, encarcelados por obstruir el esfuerzo bélico,
insultar a la bandera y no registrarse para el reclutamiento[35].
INTERVENCIÓN EN RUSIA Y REACCIÓN ANTIRRADICAL
ANTE LA AMENAZA ROJA
Si en 1918 cualquier insinuación a favor de la paz o la revolución soviética
sonaba a sedición, y la histeria antialemana se confundía con la histeria
anticomunista, la Administración Wilson debía responder a la realidad del
régimen soviético y a su posición en la Guerra Civil rusa. Estados Unidos
rechazó en ese momento, y hasta 1933, reconocer a la Rusia soviética. El
Gobierno de Wilson señaló inmediatamente su esperanza de restauración de
la democracia en Rusia, reconociendo al embajador del Gobierno Provisional
como representante del pueblo Ruso en Washington[36]. Igualmente, aunque
Estados Unidos nunca declaró la guerra a Rusia, la Administración Wilson
decidió intervenir, preferentemente de forma encubierta, pero también
directa, en la Guerra Civil rusa «a favor del pueblo ruso» contra el Ejército
Rojo. Abundan las opiniones historiográficas respecto a que la intervención
estadounidense a favor de los rusos blancos en la Guerra Civil se debió
principalmente a la presión aliada[37]. No obstante, Estados Unidos tenía sus
propios objetivos una vez que Rusia firmó la humillante paz de Brest-Litovsk
con Alemania en marzo de 1918: obstruir la explotación alemana de recursos
y materias primas rusos; promover una Rusia democrática, fuerte y unida,
que simultáneamente contuviera los expansionismos alemán y japonés,
permitiera el acceso a los mercados rusos, asegurando una «open door» para
el comercio y las inversiones norteamericanas entre el Báltico y el Pacífico, y
favoreciera las esperanzas de Wilson en reformar y estabilizar el orden
internacional[38]. Pero había también un fuerte componente ideológico y de
cultura política. El bolchevismo se consideraba enfrentado al modelo de vida
americano, siendo pues el antibolchevismo tanto determinante en la
intervención en la Guerra Civil rusa, como, desde entonces, un factor
dominante en las relaciones EEUU-URSS[39]. El enfrentamiento ideológico
y simbólico entre dos modelos antagónicos[40], que tras 1947 caracterizaría a
la Guerra Fría, había comenzado.
En este sentido, los 14 puntos de Wilson de enero de 1918 representaban
ese internacionalismo liberal, que no solo buscaba una nueva diplomacia
sujeta a control popular, sino enunciar el nuevo orden internacional que
Estados
Unidos
lideraría
después
de
la
guerra.
Democracia,
autodeterminación de los pueblos, libre comercio y acceso no restringido a
las materias primas serían sus aspectos principales. Paralelamente, la
revolución soviética enfrentaba el internacionalismo revolucionario soviético
al internacionalismo liberal. Por otro lado, la paz por separado con Alemania
se consumó en marzo de 1918 con enormes concesiones territoriales,
humanas y de recursos a los Imperios Centrales, que dificultaban el libre
acceso a materias primas y mercados. Frente a ello, Wilson no buscó la nueva
diplomacia abierta que pregonaba, sino que prefirió utilizar acciones secretas
y encubiertas.
Así, con el apoyo de Wilson y el Departamento de Estado, el Departamento
del Tesoro tramitó ayuda financiera encubierta a los gobiernos británicos y
francés, «hacia» los hombres fuertes antibolcheviques en el sur de Rusia.
También la embajada norteamericana en Moscú utilizó fondos secretos para
enviar suministros y material bélico a Siberia. Dentro de la URSS, el
agregado militar de la embajada estadounidense y otros diplomáticos
organizaron redes de inteligencia que mantenían contactos con los enemigos
del régimen soviético, pasaron información a aliados y fuerzas
antibolcheviques y condujeron sabotajes para destruir las operaciones del
Ejército Rojo[41].
Finalmente, en el verano de 1918, con la excusa de ayudar a la Legión
Checa y ante la posibilidad de que Alemania pudiera establecer su control
sobre todo el oeste de Rusia y Japón tuviera intenciones sobre el este de
Siberia[42], Estados Unidos intervino abierta y directamente en el norte de
Rusia y Siberia, en expediciones militares «limitadas» de unos 8.000
hombres, que la Administración Wilson justificaba como una ayuda a los
rusos a restaurar el «autogobierno», no a intervenir en los asuntos internos de
otro país[43]. El espectro de una alianza Alemania-URSS movilizó también a
los aliados de la Entente y a Japón hacia la intervención. Posteriormente, en
1919, la ayuda humanitaria estadounidense a los gobiernos antibolcheviques
de la región báltica y el apoyo a las campañas de los Ejércitos Nororientales
en su toma de Petrogrado, se llevaría a cabo a través de la Cruz Roja
estadounidense y la American Relief Administration[44].
Sin embargo, ni las intervenciones encubiertas, ni la ayuda insuficiente de
los aliados y Estados Unidos a los rusos blancos pudieron evitar la victoria
bolchevique en la Guerra Civil hacia el verano de 1920. Aparte de la relación
interna de fuerzas en la URSS –no reconocer la revolución campesina fue la
clave del fracaso de los rusos blancos–[45], el súbito derrumbe germano en el
frente occidental en noviembre de 1918 cortó las alas a la intervención de los
aliados casi tan pronto como dio comienzo y salvó a los bolcheviques, en
opinión de Tooze[46]. Por otro lado, aunque la URSS trató siempre mejor a
Estados Unidos que a otros aliados occidentales, pensando que podía
«romper a través de ese país el muro de la hostilidad internacional», la
Administración Wilson no cesó en su determinación de «contener la amenaza
del bolchevismo, mientras esperaba su extinción»[47].
De esta forma, al acabar la guerra, y paralela a la intervención en Rusia, la
histeria anticomunista no cesó en Estados Unidos con el armisticio de
noviembre de 1918, sino que aumentó en 1919 y 1920. Aunque la izquierda
existente quedó casi totalmente desarticulada durante la guerra y, a diferencia
de otros países participantes en el conflicto, la guerra no llevó ni a una
quiebra del Estado ni acarreó ninguna demanda de transformación radical o
moderada, la oleada huelguística de 1919, los disturbios raciales y la
campaña de acción directa del anarquismo ese mismo año, al coincidir con
las posibilidades de extensión de la revolución bolchevique en Europa y
América, provocaron sin embargo una reacción desmedida a «la amenaza
roja». En un país que salió de la guerra con un patriotismo y un nacionalismo
conservador fortalecido, un capitalismo revitalizado y una hegemonía
mundial que le permitía rediseñar el nuevo orden internacional, el
sentimiento antialemán de la guerra se transformó en un antirradicalismo y
antiextranjerismo redoblado[48].
En 1919, cuatro millones de trabajadores se pusieron en huelga. Confiados
en el pleno empleo y en la fortaleza del moderado AFL (American Federation
of Labor) durante la guerra, pero desbordando muchas veces a los dirigentes,
sus demandas no eran radicales, pero chocaron con la intransigencia
empresarial e institucional. En distintos sectores industriales, por primera vez
trabajadores inmigrantes recientes del sur y el este de Europa se movilizaron
contra la inflación, las jornadas extenuantes, los beneficios extraordinarios de
las empresas y los ritmos de trabajo impuestos por la guerra. Al acabar la
contienda, había llegado la hora de plasmar la democracia y el idealismo en el
país, de acabar con el «kaiserismo» de los Junkers en las empresas y de que
fueran los empresarios los que hicieran algún sacrificio.
Los conflictos más graves fueron la huelga general de Seattle, donde,
durante una semana, 60.000 trabajadores se solidarizaron con el sector
pesquero; la huelga de la policía de Boston en demanda de mayores salarios y
en solidaridad con sus líderes despedidos; la huelga de la industria del acero –
donde 250.000 trabajadores pararon sin éxito durante más de dos meses,
enfrentándose a palizas, esquiroles e intransigencia empresarial que no les
libró de las jornadas de 12 horas siete días a la semana[49]–, y la huelga del
carbón. Los 400.000 mineros del carbón, desafiando a la dirección del United
Miners Workers (UMW), se pusieron en huelga para conseguir el anhelado
objetivo de un 60 por 100 de aumento salarial, pero solo consiguieron un
aumento del 20 al 27 por 100 al norte de Virginia Occidental. En el sur, los
empresarios se negaron no solamente a firmar cualquier acuerdo con los
sindicatos, sino que prohibían a sus empleados afiliarse a estos.
La mayoría de los trabajadores que participaron en estos conflictos, así
como sus demandas, tenían poco que ver con el bolchevismo, pero
coincidieron ese mismo año con los primeros conflictos raciales modernos y,
especialmente, con la campaña de acción directa del anarquismo en dar una
sensación de conspiración contra el gobierno y el establishment. De abril a
octubre de 1919, hubo disturbios raciales en 25 ciudades de sur a norte del
país, con un saldo total de 120 muertos. Destacaron los cuatro días de
disturbios en Washington en julio, y los que comenzaron en Chicago unos
días después. En la capital del Medioeste, fue evidente el disturbio racial
moderno, en que «el nuevo negro» surgido de la experiencia bélica estaba
dispuesto a reivindicar su americanidad, reclamar sus derechos y defenderse
ante la agresión, extendiendo el conflicto racial por toda la ciudad[50]. En
cuanto a los anarquistas, el grupo de Galleani decidió responder a la represión
bélica y postbélica con una campaña nacional de envío de paquetes bomba el
1 de mayo de 1919 dirigida a senadores, congresistas, el fiscal general y
miembros destacados del Departamento de Justicia, gobernadores, alcaldes y
algún empresario destacado como John D. Rockefeller. La sensación de
conspiración general aumentó cuando el 2 de junio de 1919 hubo explosiones
en siete ciudades, siendo la más destacada el atentado contra la casa del fiscal
general Palmer en Washington[51]. Así, cualquier conflicto era interpretado
en clave de «amenaza roja» y reforzaba tanto la histeria anticomunista como
el americanismo conservador.
La histeria anticomunista contaba también con todo un entramado de
asociaciones cuasigubernamentales activas desde la guerra. La Liga para la
Seguridad Nacional o la Liga para la Protección de América, que había
perseguido a los pacifistas durante la guerra, pasó a atacar a los bolcheviques.
En cuanto a la Legión Americana, fundada en marzo de 1919 por oficiales del
Ejército en París, animaba a asaltar mítines socialistas y atacar a los
miembros de la IWW. La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles
(ACLU), que tomó este nombre en 1920, pasó de defender a objetores
durante la guerra a intentar protestar en vano contra las múltiples violaciones
de la primera enmienda en la postguerra[52].
En este ambiente de persecución a cualquier organización, medio de
difusión o editorial que defendiera la revolución bolchevique, John Reed
había conseguido recuperar su material de 1917 sobre la revolución –
interceptado hasta entonces por el Departamento de Estado– y publicó, en
marzo de 1919, Diez días que estremecieron al mundo[53]. Su documentado,
impresionista, dramático y simpatizante relato de la revolución bolchevique
tuvo buenas críticas incluso en periódicos estadounidenses conservadores
–Los Angeles Times, Public Ledger de Filadelfia y el New York American– y
le dio una relevancia internacional como periodista y escritor[54]. Tras ello,
centrado en lo que quedaba de la izquierda del Partido Socialista, trató de
construir una organización comunista en Estados Unidos que pudiera enlazar
con la revolución mundial. De la escisión de la izquierda socialista se
formaron dos partidos comunistas en 1919 que no llegaría a tener entre
ambos más de 35.000 afiliados de los 70.000 socialistas de izquierda que
asistieron a la Convención constitutiva de septiembre en Chicago. El Partido
Comunista, que recogía principalmente a las federaciones extranjeras
socialistas, y al Partido Comunista del Trabajo (CLP), que bajo el liderazgo
de Reed, defendía la tradición americana de la IWW y el SPA. Este último
partido le nombraría delegado ante la Komintern, por lo que John Reed
desembarcaría en la URSS dos años después de su primera visita.
Mientras Reed comprobaba los cambios que la Guerra Civil estaba
provocando en la URSS –hambre en las ciudades, descontento campesino por
las requisas del comunismo de guerra, centralización del poder y terror de la
Cheka contra los disidentes– la histeria anticomunista alcanzaba su cúspide a
finales de 1919 y principios de 1920 en Estados Unidos. Contestando a las
huelgas, los pronunciamientos radicales y los atentados anarquistas, el fiscal
general A. Mitchell Palmer, con la ayuda de J. Edgar Hoover en la dirección
de la División General de Inteligencia del mencionado embrión del FBI, se
centró principalmente en la deportación de los radicales extranjeros. Con la
Ley especial de 1903 sobre extranjeros, los inmigrantes podían ser
deportados sin necesidad de juicio con jurado y la Ley de Inmigración de
1918, al eliminar la cláusula de los cinco años de residencia, permitía
deportar a todos los anarquistas o radicales extranjeros que de palabra u obra
se opusieran a las formas de gobierno organizado.
En febrero de 1919, 36 Wobblies fueron deportados a Rusia. En noviembre
del mismo año, el Departamento de Justicia asaltó los locales del
anarcosindicalista Sindicato de Trabajadores Ruso, deteniendo a un total de
249 sospechosos de convicciones o acciones anarquistas, para deportarlos a la
URSS. El clímax se alcanzó el 2 y 3 de enero de 1920, cuando el
Departamento de Justicia, con ayuda de la policía local y confidentes
infiltrados, asaltó simultáneamente casas, clubs y locales de reunión
anarquistas en más de 300 ciudades de Estados Unidos, deteniendo a más de
3.000 radicales susceptibles de deportación. Principalmente eran judíos,
ucranianos, lituanos, rusos y polacos. Las protestas del subsecretario de
Trabajo, Louis Post, ante la detención de norteamericanos no radicales,
redujo significativamente el número de deportados a poco más de 500. Todos
ellos partirían hacia la URSS desde la Isla de Ellis.
Por incluir a los líderes anarquistas Emma Goldman y Alexander Berkman,
destaca el grupo de 249 anarquistas detenidos en noviembre de 1919 y
deportados en diciembre. Llegaron el 20 de diciembre a la Isla de Ellis en
trenes «Red Specials» desde distintas ciudades de Estados Unidos. La
mayoría eran trabajadores rusos, ucranianos, letones, lituanos y tártaros,
algunos de los cuales llevaban más de diez años en Estados Unidos. La líder
anarquista Emma Goldman, con más de treinta años de residencia en Estados
Unidos, y su antiguo amante y fiel amigo Alexander Berkman se encontraban
cumpliendo una pena de dos años de prisión por sus protestas contra el
reclutamiento.
Todos ellos –entre los que había únicamente tres mujeres– fueron
embarcados de madrugada en el Buford, un viejo barco de guerra, utilizado
ya en la Guerra hispano-estadounidense, ante los ojos atentos de agentes
federales, detectives y de un joven de 24 años, J. Edgar Hoover, quien, en
calidad jefe de la División General de Inteligencia, había desempeñado un
papel decisivo en la deportación de Goldman. El 16 de enero el Buford atracó
en Hangö (Finlandia), desde donde los deportados fueron trasladados en tren
a la frontera con Rusia. Desde Petrogrado habían llegado a recibirlos S. Zorin
por el Partido Comunista y Madame Andreyeva, la mujer de Maksim Gorki.
Bajo la nieve cruzaron la frontera al son de La internacional, mientras los
civiles rusos los recibían con entusiasmo. Emma Goldman, que a sus 52 años
no hubiera querido salir del país que consideraba su hogar, declaró con
emoción «que era el día más grande de su vida». Como ella decía, «una vez
encontré la libertad política en América. Ahora, las puertas están cerradas
para los librepensadores y los enemigos del capitalismo». Sin embargo, nada
más entrar en la URSS se distanciaba como anarquista del bolchevismo por si
este no preservaba la libertad individual[55].
En Petrogrado John Reed y Emma Goldman coincidieron en junio de 1920.
Por la misma histeria anticomunista que había deportado a Goldman, Reed se
encontraba solo y enfermo tras haber intentado inútilmente regresar a Estados
Unidos. Ambos eran víctimas del antibolchevismo norteamericano, pero sus
posiciones eran bien distintas. Emma Goldman ya se iba distanciando de los
bolcheviques por la persecución de los disidentes, el terror de la Cheka, los
efectos de la militarización del trabajo, el comunismo de guerra o la lucha
contra el líder militar anarquista Néstor Majnó[56]; mientras Reed, tras
decidir la Komintern la unificación de los dos partidos comunistas
estadounidenses, fue nombrado representante norteamericano en el Comité
Ejecutivo de la Internacional Comunista, aunque cada vez tenía una posición
más crítica respecto a sus dirigentes. Finalmente, Reed moriría de fiebres
tifoideas en Moscú el 17 de octubre de 1920 y sería enterrado en el Kremlin.
También perseguida como bolchevique en Estados Unidos, el
distanciamiento de Emma Goldman con los bolcheviques llegó al límite con
la represión militar a los marineros de la base naval de Kronstadt el 7 de
marzo de 1921. Ya sin el acoso a los soviéticos que supuso lo peor de la
Guerra Civil, Kronstadt era una protesta popular espontánea que, en medio
del hambre y el frío, expresaba los deseos de renovar las promesas de
Octubre; su represión supuso el último asalto a los anarquistas rusos.
Berkman y Goldman pensaron que, como anarquistas, tenían poco futuro en
la Rusia soviética[57]. A principios de diciembre de 1921, unos dos años
después de su llegada, cruzaron la frontera hacia Suecia y después Alemania
los acogió. En Berlín Goldman escribió My Two Years in Russia, que su
editor –Doubleday & Page– cambió por el título My Disillusionment in
Russia, finalmente publicado en versión inglesa completa en Estados Unidos
en 1925.
A diferencia de Reed, que publicó Diez días que estremecieron al mundo en
sus tres meses de estancia al comienzo de la revolución, el de Goldman es un
reportaje de primera mano de aspectos poco conocidos de la Rusia soviética.
Ambientado en los momentos duros de la Guerra Civil, con condiciones
catastróficas por las presiones externas, su tesis es que la represión, el terror y
la desigualdad no eran circunstanciales, sino que provenían de la ideología
bolchevique. En el prólogo a la primera edición incompleta en inglés, en
1922, indicaba tanto que la URSS era una tiranía del partido comunista, como
que los bolcheviques eran los enemigos de la Revolución rusa. En el prefacio
a la segunda edición completa en inglés, en 1925, señalaba que los momentos
excepcionales de la Guerra Civil y el aislamiento internacional habían
pasado, pero –acentuado tras la muerte de Lenin– continuaban con más
brutalidad el terror, la Cheka, la supresión de la libertad de palabra y prensa,
los campos de concentración en Siberia[58]. El libro habla poco del
campesinado –la mayoría abrumadora de la población–, tampoco menciona
las mejoras de la NEP y, sobre todo, expresa según Wexler el desaliento de
una revolucionaria que no encontraba su lugar en la revolución que tanto
había defendido en Estados Unidos[59].
Tras un exilio prolongado por Petrogrado, Berlín, París, Londres y
finalmente Toronto, Emma Goldman pudo visitar Estados Unidos en 1934
para una gira de conferencias. Su llegada en febrero fue señalada por los
principales periódicos de Nueva York; periodistas y fotógrafos la seguían
para entrevistarla. En general, sus críticas al sistema soviético eran bien
acogidas entre sectores liberales y conservadores –no lo serían después sus
alabanzas a la revolución anarcosindicalista española–, pero mal recibidas por
los comunistas. Aunque los militantes comunistas norteamericanos fueran en
gran parte responsables de la nueva militancia sindical y la nueva atmósfera
política que Goldman apreciaba en Estados Unidos. En efecto, The
Communist Party of the United States (CPUSA) había pasado, de ser una
pequeña secta dirigida por Moscú, a desempeñar un papel importante en la
izquierda del New Deal. Primero defendiendo a los parados, afroamericanos
y las víctimas de los desahucios, más tarde incorporándose como
organizadores al nuevo sindicalismo del CIO (Congress of Industrial
Organization) y sellando su alianza con el New Deal y Roosevelt en 1937. En
esos años y durante la guerra, el CPUSA atraería también a intelectuales,
artistas, sectores de la clase media y cargos que trabajan para la
Administración Roosevelt[60].
CONCLUSIÓN
Con la experiencia de la Revolución mexicana y la intervención en ella, en
1917 la entrada en guerra de Estados Unidos y el triunfo de la revolución
bolchevique fueron decisivos para el diseño de la política interior y exterior
del país. A nivel interior, tanto la oposición general de toda la izquierda
estadounidense a la guerra como sus simpatías con la revolución bolchevique
fueron aprovechadas para acabar con la izquierda entonces existente –SPA,
IWW, anarquismo– y para solidificar un nacionalismo americano –
americanismo cien por cien– que identificaba cualquier manifestación radical
como extranjera, lo cual justificaba «extirpar» o «deportar» a los extranjeros
radicales. A nivel exterior, el internacionalismo liberal de Wilson y la ayuda
de la administración norteamericana a los rusos blancos en la Guerra Civil
rusa, frente al internacionalismo proletario, puso las bases del enfrentamiento
ideológico y simbólico entre dos sistemas enfrentados, que marcaría las
relaciones EEUU-URSS durante gran parte del siglo XX.
[1] F. Katz, The Secret War in Mexico. Europe, The United States and the Mexican Revolution,
Chicago y Londres, The University of Chicago Press, p. 552.
[2] Ibid., p. 551.
[3] John Womack, Jr., «La Revolución mexicana, 1910-1920», en Leslie Bethell (ed.), Historia de
América Latina, vol. 9: México, América central y el Caribe, c. 1873-1930, Barcelona, Crítica, 1992,
pp. 77-114.
[4] Robert A. Rosenstone, John Reed. Un revolucionario romántico, México, Era, 1979, pp. 118,
154, 173.
[5] John Reed, México insurgente (La revolución de 1910), Madrid, Sarpe, 1985, pp. 117-143.
[6] R. A. Rosenstone, John Reed. Un revolucionario romántico, cit., pp. 191-196.
[7] John A. Britton, Revolution and Ideology: Images of the Mexican Revolution in the United States,
Lexington, University Press of Kentucky, 1995, p. 37.
[8] F. Katz, The Secret War in Mexico. Europe, The United States and the Mexican Revolution, cit.,
pp. 298-302.
[9] Ibid., p. 329.
[10] J. A. Britton, Revolution and Ideology: Images of the Mexican Revolution in the United States,
cit., p. 30; Arthur S. Link, Woodrow Wilson and the Progressive Era, Nueva York, Harper & Row
Publishers, 1963, pp. 136-146 ; F. Katz, The Secret War in Mexico. Europe, The United States and the
Mexican Revolution, cit., pp. 303-311.
[11] F. Katz, The Secret War in Mexico. Europe, The United States and the Mexican Revolution, cit.,
p. 551.
[12] Ibid., p. 312.
[13] J. A. Britton, Revolution and Ideology: Images of the Mexican Revolution in the United States,
cit., p. 7, 15.
[14] Adam Tooze, El diluvio. La Gran Guerra y la reconstrucción del orden mundial (1916-1931),
Barcelona, Crítica, 2006, pp. 86; George Brown Tindall y David E. Shi, America. A Narrative History,
Nueva York, Norton, 1993, pp. 649-650.
[15] A. Tooze, El diluvio. La Gran Guerra y la reconstrucción del orden mundial (1916-1931), cit.,
pp. 93, 108-109.
[16] «Bankers Here Pleased At News of Revolution», The New York Times, 16 de marzo de 1936;
«American Bussiness Hails New Russia», The New York Times, 29 de marzo de 1917; «New Russia
and the War», The New York Times, 17 de marzo de 1937; «Army Favors Revolution», The New York
Times, 17 de marzo de 1917; «Russia to Fight Beside Her Allies Till War is Won», The New York
Times, 19 de marzo de 1917.
[17] David S. Foglesong, America’s Secret War against Bolshevism. U.S. Intervention In the Russian
Civil War, Chapell Hill, The University of North Carolina Press, p. 50.
[18] «Taft Lauds Revolution», The New York Times, 28 de marzo de 1917.
[19] «Victory Assured By Our Resources», The New York Times, 30 de julio de 1917.
[20] Para las dificultades de organizar una economía de guerra y reclutar un ejército de cuatro
millones de hombres, véase R. Schaffer, America in the Great War. The Rise of The War Welfare State,
cit., pp. 31-46,175-177. Para el control económico del Estado, véase Barry D. Karl, The Unease State:
The United States from 1915 to 1945, Chicago, University of Chicago Press, pp. 34-49.
[21] Ibid., pp. 3-12.
[22] Cecilia Elizabeth O’Leary, To Die For. The Paradox of American Patriotism, Princeton,
Princeton University Press, 1999, pp. 220-222.
[23] R. Schaffer, America in the Great War. The Rise of The War Welfare State, cit., pp. 175-177; C.
E. O’Leary, To Die For. The Paradox of American Patriotism, cit., pp. 236-242.
[24] Reed, en el tercer Congreso de los Sóviets señaló que «en un país de reacción absoluta» como
Estados Unidos, esperaba que sus noticias de la revolución despertaran «la respuesta de las masas
norteamericanas oprimidas y explotadas». R. A. Rosenstone, John Reed. Un revolucionario romántico,
cit., p. 352.
[25] «Peace Mission Aided by Berlin», The New York Times, 15 de abril de 1917.
[26] «Russian Army Favors Land Distribution», The New York Times, 1 de mayo de 1917; «Kennan
Sees Danger of Russian Collapse», The New York Times, 15 de mayo de 1917.
[27] «Korniloff Fears for Russian Army», The New York Times, 29 de agosto de 1917.
[28] «Russian Hosts in Full Retreat», The New York Times, 5 de septiembre de 1917.
[29] «Extremists’ Rise to Power in Russia», The New York Times, 9 de noviembre de 1917.
[30] «Says Russians Want No Separate Peace», The New York Times, 10 de noviembre de 1917.
[31] «Russian Embassy Spurns Lenine», The New York Times, 11 de noviembre de 1917.
[32] «Bolsheviki Order Peace Offer Made Armies of Foe», The New York Times, 22 de noviembre de
1917; «Russian Removes Officers», The New York Times, 27 de noviembre de 1917.
[33] Stewart Bird, Dan Georgakas y Deborah Shaffer, Solidarity Forever. An Oral History of the
IWW, Chicago, Lake View Press, 1985, pp. 10-15.
[34] Nick Salvatore, Eugene V. Debs. Citizen and Socialist, Urbana y Chicago, University of Illinois
Press, 1982, pp. 273-294.
[35] Paul Avrick, Sacco and Vanzetti. The Anarchist Background, Princeton, Princeton University
Press, 1996, pp. 94-97.
[36] David S. Flogesong, America’s Secret War Against Bolshevism: U.S. Intervention in the Russian
Civil War, 1917-1920, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1995, p. 5.
[37] Entre otros sería la opinión de Ronald E. Powaski, La Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión
Soviética, 1917-1991, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 25-26. También mas recientemente A. Tooze, El
diluvio. La Gran Guerra y la reconstrucción del orden mundial (1916-1931), cit., p. 210.
[38] D. S. Flogesong, America’s Secret War Against Bolshevism: U.S. Intervention in the Russian
Civil War, 1917-1920, cit., p. 8.
[39] Ibid., pp. 8; 45-46.
[40] John Lewis Gaddis, We Now Know. Rethinking Cold War History, Oxford, Oxford University
Press, 1998, p. 6.
[41] D. S. Flogesong, America’s Secret War Against Bolshevism: U.S. Intervention in the Russian
Civil War, 1917-1920, cit., pp. 1, 5, 87-90, 107-129.
[42] Carol W. Melton, Between War and Peace: Woodrow Wilson and the Expeditionary Force in
Siberia, Macon (Georgia), Mercer University Press, 2001.
[43] Ibid., pp. 202-205.
[44] Ibid., pp. 230-231 1891-1924.
[45] Orlando Figes, A People’s Tragedy. The Russian Revolution 1891-1924, Londres, Jonathan
Cape, 1996, p. 573.
[46] A. Tooze, El diluvio. La Gran Guerra y la reconstrucción del orden mundial (1916-1931), cit.,
p. 243.
[47] Ibid., p. 6, 284.
[48] John H. Laslett, Reluctant Proletarians, ejemplar inédito, pruebas consultadas por gentileza del
autor, Los Ángeles, 1984, pp. 103-112; M. J. Heale, American Anticomunism. Combating the Enemy
Within, 1830-1970, Baltimore, The John Hopkins University Press, 1990, p. 80.
[49] Mike Davis, Prisoners of the American Dream, Londres, Verso, 1986, pp. 49-50.
[50] William M. Tuttle Jr., Race Riot. Chicago in the Red Summer of 1919, Nueva York, Atheneum,
1977, pp. 3-31, 208-241.
[51] P. Avrich, Sacco and Vanzetti. The Anarchist Background, cit., pp. 141-144; 149-154.
[52] David J. Goldsberg, Discontented America. The United States in the 1920, Baltimore, The John
Hopkins University Press, 1999, pp. 42-43.
[53] John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, Madrid, Akal, 1982, 2004.
[54] R. A. Rosenstone, John Reed. Un revolucionario romántico, cit., pp. 376-378, 302.
[55] Alice Wexler, Emma Goldman in Exile, From the Russian Revolution to the Spanish Civil War,
Boston, Beacon Press, 1989, pp. 1-20.
[56] Ibid., pp 30-38.
[57] Ibid., pp. 47-56.
[58]
Emma
Goldman,
My
Disillusionment
in
Russia,
disponible
online
en
http://libcom.org/files/Emma%20Goldman-%20My%20Disillusionment%20in%20Russia.pdf.
[59] A. Wexler, Emma Goldman in Exile, cit., pp. 73-80.
[60] Fraser M. Otanelli, The Communist Party of the United States. From the Depression to World
War II, New Brunswick y Londres, Rutgers University Press, 1991, pp. 115-130, 142-157.
8. La Revolución rusa y América Latina. El primer
diálogo (1917-1924)
Elvira Concheiro Bórquez
Contar una historia que comenzó hace cien años tiene su complicación,
sobre todo aquella que está cargada de tantas pasiones. Reclama, en primer
lugar, superar ideas preestablecidas en las que por muchos años y, sobre todo,
en las últimas décadas, se encajonaron aquellos acontecimientos, se crearon
mitos, se afianzaron miradas sesgadas, como ha sucedido con los que aquí
pretendemos rememorar. Pese a contarse ahora con bastante más
información, la historiografía de años recientes, acompañada de documentos
provenientes de los archivos rusos, ha contribuido a oscurecer su
comprensión al estar cargada de los prejuicios ideológicos que se erigieron
con fuerza desde la caída del Muro de Berlín, y que hacen decir lo que
quieren a la letra escrita hace cien años. De manera que estos estudios no
contribuyen mucho más que las viejas visiones dogmáticas, ahora con signo
opuesto.
En términos generales, ha prevalecido un esquema que al analizar la
Revolución rusa y su influencia en todo el orbe, se enfoca antes que nada en
la fundación de los partidos comunistas adheridos a la Internacional
Comunista (lo que seguramente fue uno de los fenómenos políticos globales
más extendidos hasta entonces, que abarcó rápidamente tanto a Occidente
como a Oriente), como la forma que permite centrar la atención en la
influencia y, con más contundencia, en el control de los comunistas
soviéticos sobre estos partidos, para contar con una fuerza mundial de apoyo
y, con ella, tratar de incidir desde Moscú en los diversos procesos de cada
país. Dicho brevemente, este enfoque omite los diferentes momentos
(algunos efectivamente condensados en el tiempo) de la revolución, de forma
que todo queda reducido al peor momento del estalinismo, con todos los
estereotipos generados durante la Guerra Fría; de forma que la influencia de
la revolución se entiende casi solo a partir de su expresión organizativa e
institucional, es decir, cuando deja justamente de tratarse de un
acontecimiento en rápido movimiento, que tiene mucho de improvisado,
caótico, creativo e inacabado.
Esta historia termina reduciéndolo todo a un asunto del grado de
exportación de los propósitos de una fuerza política, los bolcheviques, y de
intromisión estatal y de control de las fuerzas identificadas con la obra
soviética. Un enfoque que piensa siempre presente y omnipotente al gran
Leviatán; que no puede imaginar un momento en el que prácticamente no hay
Estado y cuando el que se está erigiendo a toda velocidad está centrado en la
gran tarea de sobrevivir, cercado por todas las potencias y, pronto, ensartado
en una dolorosa guerra civil, pese a lo cual es noticia mundial que asombra
por igual a quienes les genera empatía como a quienes les asusta y preocupa.
Se trata, por lo dicho, de un esquema bastante empobrecedor de lo que fue
un fenómeno inédito, de dimensiones pocas veces vistas en la historia y
generador de las más diversas y extraordinarias expectativas y anhelos en el
mundo popular y, en particular, entre los trabajadores del mundo entero. Pero
también es un hecho que impactó a fuerzas ajenas que, contra todo sentido,
quedaron incluidas en el gran campo «bolchevique» que, en aquel entonces,
crearon sus enemigos, como fue el caso de los gobernantes mexicanos del
primer momento posrevolucionario de ese país que, dado su discurso, en los
informes
estadounidense
fueron
catalogados
como
gobiernos
«bolcheviques»[1].
Como aquí documentaremos, podemos asegurar que los mexicanos de
principios del siglo pasado, pese a la paranoica campaña contra «los
maximalistas» proveniente sobre todo de Estados Unidos, pudieron entender
mejor de lo que se trataba aquella revolución y lo que intensamente estaba
viviendo el pueblo ruso, dadas las circunstancias que existían entonces en
México.
Desde esa perspectiva, es relevante reparar en las líneas de continuidad y en
las de ruptura de los procesos que en 1917 se dan encuentro; en los tiempos
diversos que ponen de relieve distintas problemáticas desde las que se mira el
acontecimiento que está ocurriendo a muchos kilómetros de distancia; en
suma, tener presente a los muy diversos sectores y fuerzas políticas que
procesan en cada momento los hechos de una revolución que enfrenta, a cada
paso, situaciones cambiantes. Un ejercicio, este, aún más importante en
tiempos en los que la Revolución rusa es vista a través del lente, como hemos
señalado, de su momento institucional que la niega, como es el estalinismo, o
del momento de derrumbe de lo que creó, con la imagen de las estatuas de
Lenin rodando por tierra.
Abordar la presencia de la revolución rusa de octubre de 1917 en América
Latina no es lo mismo que hablar de su influencia en los procesos
latinoamericanos. Lo primero suele quedarse en lo más superficial, por
ejemplo en las noticias de prensa; lo segundo tiene como precepto implícito
el de un receptor pasivo o casi pasivo, o en todo caso siempre desigual e
inferior que se limita a imitar. Si predomina y se reproduce lo que en esta
lógica es el eterno subalterno, poca relevancia tiene lo que lo hace un
acontecimiento con grandes repercusiones y trascendencia. En realidad, no
existe en Latinoamérica ningún ente pasivo que en 1917 recibe de pronto una
noticia apabullante, la asimila y procede a repetir mecánicamente el mensaje
que desde allá se envía[2]. Como intentaremos mostrar, se trata de receptores,
en primer lugar, bastante enterados, que quieren ser solidarios con una causa
por la que ellos mismos han luchado y de la que hay más derrotas que éxitos,
razón por la que Rusia les genera grandes expectativas. Receptores que,
ciertamente entusiasmados, enlazan sus luchas y elevan su mirada al cambio
mundial, lo cual, hace cien años, era el horizonte de las fuerzas más
avanzadas y antibelicistas[3].
Sin duda, la hazaña de los trabajadores rusos hace huella en toda la región,
aunque de formas muy diversas de acuerdo a lo que, en la segunda década del
siglo pasado, Latinoamérica está viviendo. Aquí se desarrollan procesos
propios, algunos de extraordinaria importancia, desde los cuales se recibe y
entiende, se asombra o asusta, se emociona y saluda con entusiasmo el
acontecimiento ruso. Hay también quien, en cambio, quiere hacer uso de
aquella «amenaza» para fines propios, como es el caso de varios gobiernos
latinoamericanos, muy alejado esto del mensaje emancipador que reciben los
trabajadores de la ciudad y el campo.
En todo caso, debiera entenderse que se intenta un diálogo con lo que en
otro extremo del planeta está realizando el pueblo ruso. En esos términos, no
se trata de una recepción pasiva, tal como entiende el pensamiento colonial y
eurocéntrico para el que, de acuerdo a lo que Ortega y Gasset atribuye a
Hegel, «todo lo que ha tenido lugar en el Nuevo Mundo hasta el presente es
solo un eco del Viejo Mundo». Desde el centro dominante, se entiende como
un asunto simple y unidireccional, cuando para el receptor el acontecimiento
es procesado de manera compleja y desigual, en diferentes tiempos e
intensidades. Habría, en efecto, que hablar de un diálogo que, como
mostraremos, quiso establecerse, aunque no fue fácil. Ciertamente, eran
mundos muy distantes y diferentes, aunque también con sustanciales asuntos
en común.
Para la contraparte, los revolucionarios rusos, América Latina quedaba
demasiado lejos de su horizonte que, pese a pensarse como parte de un
proceso necesariamente mundial, era bastante eurocéntrico, aunque sobre
todo en el Cono Sur hubo, lo mismo que en Estados Unidos, un número
considerable de exiliados políticos rusos.
No deja de ser sorprendente que, en la extensa obra de Lenin, América
Latina aparezca de manera sumamente tangencial, casi siempre en referencia
al despliegue norteamericano en el escenario mundial y, en particular, sobre
el avance de su dominio en el continente[4].
Por tanto, la recepción del mensaje del Octubre Rojo debe entenderse como
un encuentro, siempre en movimiento, aun si la parte emisora del
acontecimiento no se entera; en el que se establece un vínculo y se
entrecruzan distintas percepciones; en el que se mezcla el mensaje con las
propias experiencias, en un espacio en el que la impronta colonial convierte
el tema de la relación entre lo universal y lo local en asunto no resuelto,
todavía problemático, que no puede pasarse nunca por alto, como se expresó
en las discusiones que protagoniza el más relevante marxista latinoamericano,
José Carlos Mariátegui, con Haya de la Torre a propósito, precisamente, de la
Revolución rusa[5].
Evidentemente, la dimensión y el propósito de este escrito no nos permite
entrar en detalles ni abordar en cada país las características que tuvo este
diálogo latinoamericano con el Octubre Rojo. Tras señalar algunos rasgos
generales de la comunicación latinoamericana con la Revolución rusa durante
sus primeros años, enfocaremos sobre todo a México, pues no solo es el
primer país latinoamericano con un vínculo directo con los bolcheviques[6] y
también el primero en establecer relaciones con el nuevo Estado soviético,
sino porque su propia revolución sembró las características que tendría para
toda Latinoamérica el significado mismo de revolución social y, con ello,
abonó el terreno para recibir en esta región el mensaje esencial de la
Revolución rusa.
AMÉRICA LATINA DIALOGA CON LA REVOLUCIÓN RUSA
Antes que nada, hay que advertir que hablar de América Latina es un
exceso justificado y que hacemos con mucha frecuencia dados los rasgos
históricos comunes y la condición dependiente que se comparte en la región,
pero para nuestros menesteres hay que ir un poco más despacio. Esta parte
del continente americano es vasta y diversa y, a principios del siglo XX, era
aún más marcada su diversidad. A menos de cien años de haber estrenado sus
respectivas independencias, el proyecto de Simón Bolívar estaba entonces
clausurado, dando por resultado el que los países latinoamericanos y
caribeños tuvieran no solo poca conexión entre sí y rasgos políticos muy
diferentes, sino temperamentos muy disímiles, aunque los uniera un patrón
económico de exclusión social, como herencia de su pasado colonial, en el
que reinan profundas desigualdades. No obstante, en medio de esas
variedades, siempre aparecen procesos transversales que ponen en sintonía a
la región.
Hay que recordar que en el inicio del siglo XX esta región del mundo está
siendo marcada por el surgimiento de Estados Unidos como una potencia
imperialista que busca apuntalar su preponderancia en el continente entero.
Desde el control del territorio del canal de Panamá, para la emergente
potencia se abre la posibilidad de posicionarse geopolíticamente en América
y hacerse con enormes recursos de los países latinoamericanos y caribeños,
que acrecientan aceleradamente su poderío. Ese es el primer elemento desde
el cual América Latina visualiza los cambios mundiales provocados por la
primera conflagración mundial de 1914-1918, de forma que el
acontecimiento ruso, resultado de aquella guerra, tendrá siempre el factor
geopolítico, como un componente de contrapeso (como es el caso mexicano,
cubano o colombiano, uno por su revolución en curso, el otro por el derrotero
que tomó su tardía independencia y el último por su enojo con Estados
Unidos tras la pérdida de Panamá) o de amenaza (como es para la mayor
parte de los gobiernos latinoamericanos subordinados ya a la política
estadounidense).
Al hablar de la Revolución rusa y América Latina es necesario tener
presente las muy diferentes culturas políticas generadas de acuerdo a distintos
procesos históricos que resultan de largas y dificultosas batallas
emancipadoras en cada país. Las izquierdas conosureñas forjadas en el último
tercio del siglo XIX estuvieron tempranamente más ligadas a la realidad
europea que portaron a esas tierras los trabajadores migrantes. Argentina,
Chile, Uruguay y Brasil, particularmente, expresaron ese bagaje de códigos,
símbolos y memorias que cupieron en las maletas de ese enorme número de
migrantes europeos que se anclaron en sus puertos. De forma que no es
extraño que existiesen, por ejemplo, organizaciones de trabajadores rusos,
como la Federación de Organizaciones Obreras Rusas de Sudamérica que, en
particular en Argentina y Uruguay, actúa de inmediato y con gran entusiasmo
ante las primeras noticias que llegan de la Rusia soviética[7].
Muy diferente el prototipo mismo de trabajador, que en su mayoría
conserva su memoria campesina y un fuerte imaginario agrario, que existe en
Centroamérica y el Caribe, así como en la mayor parte de México, cuya
identidad nacional es fuerte. En esa área, la potencia estadounidense sustituyó
más rápidamente a la influencia europea –española durante tres siglos y luego
inglesa y francesa– y, en todo caso, filtró bastante la cultura política de sus
propios trabajadores de origen europeo.
Más allá de la mistificación a la que convocan hechos de tal profundidad y
audacia, el primer significado que tuvo la Revolución rusa en América Latina
pasó por la deconstrucción de un discurso armado en las oficinas de prensa.
Una prensa que, en general, expresaba a las viejas elites oligárquicas
latinoamericanas, al tiempo que seguía el modelo de los medios informativos
estadounidenses y que, cada vez más abiertamente, adopta y defiende la
ideología y los intereses de la potencia emergente, Estados Unidos de
América. Se trata, en efecto, de una versión de los hechos bastante
homogénea en toda América Latina, que responde a una posición política
contraria al rumbo que en Octubre tomaron los acontecimientos en el imperio
de los zares. De manera similar a como se había representado a la Revolución
mexicana, en esa prensa venal, amarillista y primitiva, poco a poco se van
contando las noticias a modo, de manera que primero se apuesta al rápido
fracaso de los «maximalistas» gracias a la «destreza» de Kérenski y sus
allegados, llegando incluso a dar la noticia falsa de que los «bolcheviquis»
habían sido derrotados fácilmente, y cuando tal deseo no ocurre, se pasa al
más feroz ataque y a las más exageradas calumnias sobre lo que están
llevando a cabo las hordas saqueadoras «bolcheviquis» con el «dictador
Lenin» a la cabeza[8]. En todos los países se difunden esos nuevos términos,
tales como soviet, mencheviquis y bolcheviquis, que pronto adquieren carta
de naturalización.
En medio de aquellos ataques, que van subiendo de tono conforme se
afianza el nuevo poder, diversos sectores en todos los países latinoamericanos
se representan una historia bien diferente: lo mismo un intelectual
extraordinario como fue el peruano José Carlos Mariátegui que, según contó,
aquellas noticias lo hacen adherirse al socialismo; o un revolucionario
arrinconado como era en aquellos años Emiliano Zapata, quien, no mucho
antes de ser asesinado a traición, expresó escueta y sencillamente las ideas
más interesantes sobre el significado de lo que ocurría en el otro extremo del
mundo.
En realidad, en el subcontinente las noticias sobre la Revolución rusa
llegaron muy pronto, prácticamente al momento de estar ocurriendo, y se
producen no pocos debates para tratar de desentrañar su significado y los
sujetos que protagonizaban aquellos acontecimientos. Baste señalar como
ejemplo las múltiples representaciones y la reflexión que recoge con gran
riqueza el libro de Pittaluga, Soviets en Buenos Aires[9], en el que se da
cuenta detallada de la multiplicidad de miradas y la cercanía o familiaridad
con la que pronto se analizaban los hechos rusos.
En América Latina hubo algunos partidos socialistas en los que las
diferencias internas respecto de la guerra mundial los dividió, lo mismo que a
sus pares europeos. Tal es el caso del Partido Socialista de Argentina, sin
duda el más fuerte en la región, que en 1918, al calor del acontecimiento
ruso, se escinde dando orígen al Partido Socialista Internacional que, a su
vez, se transformaría en Partido Comunista de Argentina el año de 1920. No
fue el caso del Partido Obrero chileno, que condenó sin titubeo la guerra,
considerando a ambos bandos como imperialistas[10].
Se sabe que uno de los primeros dirigentes obreros en dar apoyo a la
Revolución rusa fue Luis Emilio Recabarren, que en el momento de las
primeras noticias se encontraba en Argentina. «He explicado en conferencias
–escribió en 1920 en El Socialista de Antofagasta– lo que es la Revolución
Rusa y el maximalismo […] Y he dicho que la Revolución Rusa ha probado
que el socialismo no era una bella utopía ni estaba a siglos de distancia su
realización». Recabarren, fundador del comunismo chileno, fue uno de los
408 delegados, que representaron a 58 organizaciones comunistas de distintos
países, al IV Congreso de la Internacional Comunista, en diciembre de
1922[11].
Las primeras representaciones latinoamericanas en los congresos de la IC
fueron las de los representantes del naciente Partido Comunista de México.
En 1919, el PCM envió al hindú Manabendra Nath Roy y al norteamericano
Richard Francis Phillips, ambos exiliados en tierras mexicanas, pero el
primero se presentó en el II Congreso en Moscú como representante de su
agrupación nativa: el Partido Revolucionario de India. En el III Congreso de
1921 fue cuando, por primera vez, asisten delegados de origen
latinoamericano: Manuel Díaz Ramírez, dirigente de los comunistas
mexicanos y Rodolfo Ghioldi de Argentina, junto con el emigrante suizo
Edgar Woog, de la Juventud Comunista de México.
En muchos países latinoamericanos se produjeron, en muy diversos
momentos, acontecimientos que fueron ligados a la Revolución rusa o, en
ocasiones, se produjeron o inventaron experimentos de «soviets» locales.
Destaca la conocida como Revolución Bolchevique de El Líbano, en
Colombia, pequeño poblado de la cordillera donde se produjo una
sublevación de trabajadores que pronto fue controlada, doloroso hecho que se
conserva en la memoria de la izquierda de ese país. Años antes, algo similar
ocurrió en Guayaquil (Ecuador), donde los obreros declararon la huelga
general que paralizó al país.
Además de las dinámicas internas que provocaron movimientos en cada
país, existieron algunas que atravesaron a toda la región. Entre ellas estuvo el
movimiento de reforma universitaria iniciado en Córdoba (Argentina) en
1918, al que José Aricó entiende como «un movimiento de reforma
intelectual y moral de nuestras sociedades» que pronto se extiende por toda la
región. En particular, ese movimiento continental tempranamente convirtió a
los jóvenes estudiantes en sujetos de un cambio que ellos visualizan de
grandes dimensiones y, por tanto, conectado con el acontecimiento ruso de
octubre de 1917: «Las llamas que enrojecían a Oriente –escribe Aníbal
Ponce– incendiarían, con nosotros, la vieja Universidad»[12].
Pero el gran acontecimiento para toda América Latina es, sin duda, la
Revolución mexicana, que abarcó toda la segunda década del siglo y tuvo,
con mucho, la mayor repercusión desde la perspectiva de las acciones
antioligárquicas que desangraban estas tierras. Escribe Pablo Yankelevich:
Aquello que en un principio se creyó una más, entre los tantos enfrentamientos armados que
recorrían la geografía política de América Latina, al poco tiempo pasó a convertirse en una guerra
de considerables dimensiones, que no solo se extendía en el tiempo sino que amenazaba con
trascender sus fronteras. Casi una década de lucha armada se tornó en objeto de especial
observación […] Todo un orden social se derrumbaba bajo un reclamo popular expresado por la
vía de las armas[13].
En 1917-1918 se configura así, un escenario que sintetiza las múltiples
luchas que en todos los órdenes se venían dando en América Latina y desde
el cual se recibe la experiencia rusa y se dialoga con ella[14].
Por su parte, hay una representación de los acontecimientos rusos que se
forjan los gobiernos latinoamericanos, con diferentes posturas, pero en
general viendo con cierto desconcierto lo que sucedía en aquellas lejanas
tierras. Fue notable, como hemos mencionado, el hecho de que el gobierno
mexicano trató de utilizar los hechos como contrapeso ante la amenaza
estadounidense, y es por esto el primero en la región en establecer relaciones
diplomáticas con el gobierno soviético[15]. Pero esto es ya parte de una
contradictoria historia en la que nos detendremos enseguida.
DIÁLOGO DE REVOLUCIONES
En México se produjo unos años antes y hasta casi empalmarse con la rusa,
otra revolución, también de enormes dimensiones y muy diferentes
resultados, que al precederle se ve reflejada y, como es natural, deposita
renovadas esperanzas. Revolución esta que se expresó en la formación de
enormes ejércitos populares que dieron, desde 1910 y a lo largo de casi una
década, una cruenta lucha armada contra, primero, la dictadura de casi tres
décadas encabezada por Porfirio Díaz, luego contra el golpe restaurador, para
terminar en una guerra entre las diversas facciones del campo revolucionario.
La revolución significó el trastocamiento profundo de la vida de toda la
población, sobre todo la del campo, de donde se nutrieron esos poderosos
ejércitos que llegaron a reunir a decenas de miles de individuos.
Son, al menos, tres los grandes asuntos que conectan a la Revolución
mexicana con la rusa, los cuales fueron expresados por los más importantes
exponentes de los peculiares «maximalistas» mexicanos, cada uno en su
momento y en diferentes formas. En primer lugar, como hemos dicho, el
carácter social, que no solo político, que imprimen las masas campesinas y
obreras a la revolución, cuyas transformaciones fueron alcanzadas en
diferente medida dado el muy distinto grado de construcción hegemónica de
estas masas. En segundo lugar, la conciencia de la dimensión mundial de la
lucha por superar el capitalismo en un momento aún poco global que,
paradójicamente, no generó condiciones para conectar ambas revoluciones.
Y, por último, el antiimperialismo que ambas levantaron con fuerza en sus
respectivos ámbitos geopolíticos.
El mundo es un volcán próximo a hacer erupción –escribía Flores Magón en junio de 1917–.
México y Rusia son los primeros cráteres anunciadores del despertar de las fuerzas de la miseria y
del hambre. A México y Rusia le seguirán bien pronto todos los pueblos de la tierra, hartos ya de
su tiranía, cansados ya de injusticia, convencidos al fin de que su salvación no ha de ser decretada
por un ser imaginario […][16].
Después del asesinato del presidente Francisco Madero, quien había
encabezado la insurgencia antirreeleccionista de 1910 que derrotó al dictador,
la contrarrevolución logró en 1914 hacerse con el gobierno central y
rearticular por un par de años el ejército de la dictadura, situación que
aprovechó Estados Unidos para desembarcar en el entonces importante
puerto de Veracruz, en el corazón del Golfo de México. De manera que, lo
mismo que en 1916[17], los intereses estadounidenses desempeñaron un
papel relevante en la contienda mexicana[18].
En su texto titulado «El miedo a la bandera roja», Flores Magón,
considerado precursor de la revolución y principal exponente del
pensamiento más radical desde principios del siglo XX en México, desde su
exilio en tierras estadounidenses, escribió en julio de 1914:
La burguesía de Estados Unidos –y la de todo el mundo– ve con espanto que el trabajador
mexicano ha tomado por su cuenta la obra de su emancipación. La burguesía de todos los países no
se siente tranquila ante el hermoso ejemplo que el proletariado mexicano está dando desde hace
cuatro años, y teme que el ejemplo cunda a todos los países de la Tierra; teme que de un momento
a otro, aquí mismo, en los Estados Unidos, así como en Europa y por todas partes, el desheredado
enarbole la bandera de la rebelión, y a ejemplo de su hermano el desheredado mexicano prenda
fuego a los palacios de sus señores, tome posesión de la riqueza y arranque la existencia de
autoridades y ricos[19].
El fundador del Partido Liberal Mexicano, mezcla bastante heterodoxa de
liberalismo democrático, sindicalismo y anarcocomunismo, dotó, en su
periódico Regeneración, de programa e ideario a las corrientes más
avanzadas de los rebeldes mexicanos desde principios del siglo XX. Con
quien los seguidores de Flores Magón establecieron un vínculo más profundo
y duradero fue, sin duda, con Emiliano Zapata, jefe del Ejército Libertador
del Sur que se enfrenta en 1911 a Madero, al sentirse traicionado por los
pactos de este con el viejo régimen. Es el Plan de Ayala, elaborado entonces
por el zapatismo, el proyecto más relevante de los insurgentes mexicanos,
que ha seguido siendo guía de la tenaz lucha agraria en México y que, en
cierta medida, inspiró a la Internacional Campesina (Krestintern).
En 1917 había sucedido ya la aprobación de la nueva Constitución en la que
quedó plasmado uno de los preceptos más avanzados de toda América Latina
respecto de las formas de posesión de la tierra[20], razón por la cual el
gobierno exigía se depusieran las armas. Sin embargo, Zapata sabía que
quienes detentaban el poder y construían el nuevo Estado de la nación harían
letra muerta de lo estipulado en el artículo 27 constitucional. La demanda de
«Tierra y Libertad», que representa la lucha zapatista de principios del siglo
XX, cuya propagación se la debemos inicialmente a Ricardo Flores Magón,
se mantenía en pie pese a la retórica gubernamental. En esa situación, Zapata
se da a la tarea de buscar más armamento y medios de difusión de la lucha
que sostenía, razón por la cual escribe, el 14 de febrero de 1918, a Genaro
Amezcua, quien está en esa tarea en La Habana. Por lo que, sin duda,
representa Emiliano Zapata, y escrito en un momento difícil para su ejército y
para todas las fuerzas radicales de México, resulta de extraordinaria
importancia lo que expresó en esa carta y su reconocimiento de la Revolución
rusa:
Mucho ganaríamos, mucho ganaría la humana justicia, si todos los pueblos de nuestra América y
todas las naciones de la vieja Europa comprendiesen que la causa del México revolucionario y la
causa de la Rusia irredenta son y representan la causa de la humanidad, el interés supremo de todos
los pueblos oprimidos.
Aquí como allá hay grandes señores, inhumanos, codiciosos y crueles que de padres a hijos han
venido explotando hasta la tortura, a grandes masas de campesinos. Y aquí como allá, los hombres
esclavizados, los hombres de conciencia dormida empiezan a despertar, a sacudirse, a agitarse, a
castigar.
No es de extrañar, por lo mismo, que el proletariado mundial aplauda y admire la revolución
rusa, del mismo modo que otorgará toda su adhesión, su simpatía y su apoyo a esta revolución
mexicana al darse cabal cuenta de sus fines.
Por eso es tan interesante la labor de difusión y de propaganda emprendida por usted en pro de la
verdad; por eso deberá acudir a todos los centros y agrupaciones obreras del mundo, para hacerles
sentir la imperiosa necesidad de acometer a la vez y de realizar juntamente las dos empresas:
educar al obrero para la lucha y formar la conciencia del campesino.
Es preciso no olvidar que en virtud y por efecto de la solidaridad del proletariado, la
emancipación del obrero no puede lograrse si no se realiza a la vez la liberación del campesino.
De no ser así, la burguesía podría poner estas dos fuerzas, la una frente a la otra, y aprovecharse,
por ejemplo, de la ignorancia de los campesinos para combatir y refrenar los justos impulsos de los
trabajadores citadinos; del mismo modo que, si el caso se ofrece, podrá utilizar a los obreros poco
conscientes y lanzarlos contra sus hermanos del campo. Así lo han hecho en México, Francisco I.
Madero en un principio y Venustiano Carranza últimamente; si bien aquí los obreros han salido ya
de su error y comprenden ahora perfectamente que fueron víctimas de la perfidia carrancista.
Todo lo que usted haga para obtener la colaboración de los centros obreros de Europa y
América, será poco, si se considera la trascendencia de la labor y la magnitud del resultado. Debe
usted excitar a estas agrupaciones a que propaguen en sus respectivos países los ideales del
agrarismo; el programa de la revolución mexicana y los grandes triunfos alcanzados en el terreno
de las realidades con nuestros modestos luchadores indígenas, incansables y firmes después de
ocho años de lucha[21].
Zapata identifica aquí, además de la causa universal que representan ambas
revoluciones, que el mensaje peculiar de la Revolución rusa es el de la
conexión de los obreros, los campesinos e indígenas. Caro le costó a México,
ciertamente, los desencuentros entre estas fuerzas, las cuales, a pesar de todo,
fueron el alma viva de su revolución.
La Revolución mexicana había sufrido varios embates de los yanquis,
incluso un desembarco de tropas en 1914, que pusieron necesariamente a
todas las corrientes revolucionarias en lucha contra la injerencia de Estados
Unidos. Solo algunas pasaron en forma clara al campo antiimperialista, pero
todas desarrollaron un fuerte discurso nacionalista. El nuevo Estado en
proceso de construcción tras casi una década de desmantelamiento del viejo
Estado oligárquico, requirió desde sus primeros pasos construir murallas
políticas protectoras y generar contrapesos ante sus vecinos del norte. En esa
contradictoria pero inédita postura gubernamental apareció en el escenario
mundial la Rusia dirigida por los bolcheviques.
Es esto lo que explica los discursos, en apariencia tan radicales, que
inusitadamente emanaban de las oficinas presidenciales mexicanas, que hacía
que la intelectualidad progresista de América Latina viera con tanta
esperanzas y entusiasmo a quienes, por otra parte, estaban en el país
empeñados en acabar con las corrientes populares, encabezadas por Emiliano
Zapata y Francisco Villa, quienes portaban la perspectiva más radical del
largo y complejo proceso iniciado en 1910. Por lo demás, el villismo, en
particular, había metido en algunas ocasiones en situación comprometida al
país al atentar contra intereses estadounidenses e, incluso, incursionar
militarmente en territorio norteamericano.
Es en 1916 cuando Francisco Villa decide cruzar la frontera mexicana hacia
el país vecino y tomar militarmente el poblado de Columbus (Nuevo
México), convencido de que las concesiones hechas por Venustiano Carranza
al país del norte para que este reconociera su gobierno representaban no solo
una venta del país, sino prueba de que Estados Unidos definía el rumbo de
México. Villa escribió el 8 de enero de 1916 una carta a Emiliano Zapata,
proponiéndole unir sus ejércitos en una campaña militar contra Estados
Unidos. En ese extraordinario documento, que nunca llegó a Zapata pues
quedó entre las pertenencias de un guerrillero villista muerto en el ataque a
Columbus, leemos:
Por todo lo anterior verá usted que la venta de la patria es un hecho, y en tales circunstancias y
por las razones expuestas anteriormente, decidimos no quemar un cartucho más con los mexicanos,
nuestros hermanos, y prepararnos y organizarnos debidamente para atacar a los americanos en sus
propias madrigueras y hacerles saber que México es tierra de hombres libres y tumba de tronos,
coronas y traidores.
En la parte final de la carta, Villa le propone a Zapata reunir su ejército en
Chihuahua:
Como el movimiento que nosotros tenemos que hacer a los Estados Unidos solo se puede llevar
a cabo por el norte, en vista de no tener barcos, le suplico me diga si está de acuerdo en venirse
para acá con todas sus tropas y en qué fecha, para tener el gusto de ir personalmente a encontrarlo
y juntos emprender la obra de reconstrucción y engrandecimiento de México, desafiando y
castigando a nuestro eterno enemigo, al que siempre ha de estar fomentando los odios y
provocando dificultades y rencillas entre nuestra raza[22].
A estas expresiones cabalmente antiimperialistas de Villa, siguieron los
experimentos locales que, contra los caciques locales y encarnando un
nacionalismo popular, intentaron poner en práctica el espíritu radical que,
pese a todo, se plasmó en la Constitución de México e, incluso, ir más allá. El
traductor de la carta magna a la lengua maya, Felipe Carrillo Puerto, fue
quien protagonizó el ensayo que más lejos llegó. Habiendo participado en la
revolución primero al lado de los magonistas y después con Zapata, durante
los años de 1913 a 1915, regresó a su tierra natal en el estado de Yucatán, en
el sudeste mexicano, con el impulso y visión que le había dado el Plan de
Ayala zapatista y entusiasmado por lo que el general sinaloense Salvador
Alvarado, que Carranza había mandado para someter a la reacción yucateca
separatista y gobernar la península, estaba impulsando, tal como los derechos
de los trabajadores, el reparto de tierras y la reforma racionalista de la
educación.
Carrillo Puerto se incorporó al Partido Socialista Obrero que Alvarado
había creado y en 1917 pasó a dirigirlo, trasformándolo en el Partido
Socialista del Sureste, pues incorporó a agrupamientos de los estados
vecinos. La radicalidad que imprimió a su partido y la formación de gran
cantidad de «Ligas de resistencia», que le otorgaban a la organización un
carácter de masas, convirtieron a Carrillo en un poderoso líder popular, lo
que lo llevó a ser elegido gobernador en 1922.
En el congreso realizado en Motul en 1918 bajo el lema de Tierra y
Libertad Carrillo Puerto explicaba: «Cuando el conquistador despojó al indio
de sus tierras, automáticamente le quitó su libertad. En un país agrícola tierra
y libertad son sinónimos. Esto explica nuestro lema»[23].
Pero será en el Congreso de Itzamal (Yucatán), realizado en 1921, cuando
el programa comunista de socialismo yucateco se concretó. Lo que en sus
resoluciones se denomina «finalidad comunista» del Partido Socialista del
Sureste, queda expresado en tres puntos de acuerdo del congreso, en los que
la influencia de la obra de los bolcheviques rusos es clara: en el primero es la
expropiación, sin indemnización, de la tierra; en el segundo, la expropiación
en los mismos términos de «los elementos de producción industrial en
beneficio del Estado proletario»; y el tercero, la «supresión del intermediario
entre el productor y el consumidor»[24].
En ese mismo congreso fue aprobada una resolución en la que,
paradójicamente, se rechazaba la adhesión a la Internacional Comunista.
Fechado en Itzamal el 19 de agosto de 1921, el acuerdo dice: «El Partido
Socialista del Sureste y el Agrario de Campeche no se adhieren a la
Internacional Comunista de Moscú, sino que declaran enfáticamente estar de
acuerdo con los movimientos encaminados a la transformación social
universal. Tierra y Libertad»[25].
El gobierno de Carrillo duró solo dos años, pues fue fusilado junto con doce
de sus más cercanos colaboradores, entre ellos tres de sus hermanos, por
órdenes del general Juan Ricárdez Broca, autonombrado gobernador de
Yucatán bajo el cobijo de la asonada de Adolfo de la Huerta y la falta de
apoyo por parte del presidente Álvaro Obregón, que se libraba así de uno de
los gobernadores que le eran más incómodos[26].
A diferencia de lo que piensa el historiador estadounidense John Womack,
Jr., ampliamente reconocido por su biografía de Emiliano Zapata y otros
estudios sobre México, quien considera que las posibilidades de que el
movimiento revolucionario mexicano trascendiera el marco capitalista no
cuajaron por la falta de ideas socialistas o por un liberalismo que con su
«doblez, complacencia, mendacidad, hipocresía, engreimiento» y un
catolicismo que «por su pusilánime adaptación al capitalismo, su franca
avenencia al capitalismo y el orgullo burgués»[27], nosotros consideramos
que, aunque sea verdad que esas fuerzas se comportaron de tal manera, hay
una historia que Womack desmerece, compuesta de una larga lista de ensayos
radicales frustrados, de los miles de soldados de la revolución agrarista
asesinados junto a sus principales líderes, junto a la incapacidad de esas
fuerzas de convertirse en un solo torrente revolucionario. El historiador omite
mencionar que hubo importantes proyectos que buscaron el camino socialista
y que algunos tuvieron importancia pues se emplazaron en gobiernos
estatales, tales como los de Yucatán, Veracruz, Michoacán. La voz
persistente del magonismo que, pese a su exilio en Estados Unidos, sigue
puntualmente lo que ocurre en el campo revolucionario y emplaza fuerzas en
alianza con el zapatismo, llamaba a trascender el orden económico y social y
abrazar la lucha internacionalista que la hiciera realidad a nivel mundial a
partir, precisamente, de la obra iniciada por la Revolución de Octubre en
Rusia.
La derrota de las fuerzas populares y el triunfo de una burguesía ascendente
no se resolvió en México como en el resto de América Latina. Aquí, a la
derrota militar, con la persecución y desarme de los ejércitos de Villa y
Zapata, le siguió tanto el persistente asesinato de todos los dirigentes que
despuntaban en la lucha anticapitalista como un largo proceso de cooptación
de las masas de trabajadores del campo y la ciudad, en un esquema estatal,
corporativo y clientelar, sumamente autoritario. He ahí la brecha que separó a
la Revolución mexicana del mensaje de octubre de 1917.
EL MURALISMO MEXICANO HACE HABLAR A LAS DOS
REVOLUCIONES
Quizá el medio a través del cual se logró más explícitamente y con mayor
fluidez el diálogo buscado en el subcontinente latinoamericano con la
Revolución rusa fue la plástica mexicana, que lo mantuvo presente por
muchos años. Es en este que vemos fluir de un lado y otro la representación
de la lucha rusa y la mexicana; una y otra empatan sus propósitos; le
muestran al mundo su contenido social, así como a sus líderes y las
respectivas masas en acción; sus símbolos (las banderas rojas, la hoz y el
martillo), mezclados con los lemas de una y otra, como el de «Tierra y
Libertad», «¡Proletarios de todos los países, uníos!», entre otros.
En la segunda mitad de la década de los años veinte, el movimiento
pictórico monumental que impulsaron, principalmente, David Alfaro
Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco transgredió las fronteras
entre arte y política; como recuerda una de sus principales estudiosas que
decía Siqueiros: «los muralistas mexicanos agregaron a su concepción
revolucionaria mexicana un concepto universal de los problemas»[28].
Particular importancia tiene el mural de Diego Rivera, pintado en la
monumental escalinata del Palacio Nacional, bello edificio del siglo XVII
construido sobre las ruinas del Palacio de Moctezuma, huey tlatoani de los
mexicas hasta la llegada de los españoles, para convertirse en el Palacio
Virreinal de la Nueva España, y en el que hasta la fecha reside el poder
ejecutivo del país. En este conocido mural, Rivera sintetizó los grandes
momentos de la historia del país, para culminar con una representación del
México contemporáneo. Es en él donde el gran pintor dejó plasmada la
imagen de Marx a lado de la bandera roja con la hoz y el martillo, portando
un pergamino en el que se transcribe una parte de El Manifiesto del Partido
Comunista.
Pero fue en el mural que, para decorar el Rockefeller Center, le encargó la
familia del magnate, en el que Diego Rivera pintó en 1933 a Marx, Engels,
Lenin y Trotsky (el cual sostiene una manta roja en la que se lee en inglés y
español «Trabajadores del mundo, uníos a la IV Internacional»), además de
representar al Ejército Rojo; pero a los ocho meses de terminado, el magnate
norteamericano lo mandó destruir. Apoyado con las fotografías que tenía de
aquel mural, Diego lo reconstruyó en un formato aún mayor para el Palacio
de Bellas Artes de México, titulándolo El hombre controlador del universo.
Además, en uno más pequeño y con estructura móvil, titulado La revolución
rusa, Rivera pintó un año después para la Liga Comunista, organización
trotskista de Nueva York, a Lenin junto a Trotsky, rodeados por el Ejército
Rojo. La obra fue adquirida, posteriormente, por el Palacio de Bellas Artes,
donde actualmente se exhibe.
Años después, durante su exilio en México, el dirigente bolchevique León
Trotsky escribió, asombrado por la obra de Rivera, la siguiente reflexión:
[…] en el campo de la pintura, la Revolución de Octubre ha encontrado su más grande
intérprete, no en la URSS, sino en el lejano México; no entre los «amigos» oficiales sino en la
persona de un declarado «enemigo del pueblo» que la Cuarta Internacional está orgullosa de contar
entre sus miembros. Educado en las culturas artísticas de todos los pueblos, de todas las épocas,
Diego Rivera ha permanecido mexicano en las más profundas fibras de su genio. Pero lo que lo
inspiró en sus magníficos frescos, lo que lo elevó por encima de la tradición artística, en cierto
sentido sobre el arte contemporáneo, sobre sí mismo, es el poderoso soplo de la Revolución
proletaria. Sin Octubre, su poder de penetración creadora en la épica del trabajo, opresión e
insurrección, nunca habría alcanzado tal extensión y profundidad. ¿Deseáis contemplar con
vuestros propios ojos los móviles ocultos de la revolución social? Ved los frescos de Rivera.
¿Deseáis saber lo que es el arte revolucionario? Ved los frescos de Rivera […] Tenéis ante
vosotros no simplemente una «pintura», un objeto de contemplación estética pasiva, sino una parte
viviente de la lucha de clases. ¡Y al mismo tiempo, una obra maestra! Solo la juventud histórica de
un país que no ha salido del estado de lucha por su independencia nacional, ha permitido al pincel
revolucionario de Rivera emplearse en los muros de los edificios públicos de México[29].
Además de las múltiples alusiones a la Revolución mexicana y al
comunismo que empezaba a organizarse en México, el muralismo mexicano
expresó en su momento la mayor indignación por el asesinato de Felipe
Carrillo Puerto, dejando en varios de los murales su homenaje al gobernador
socialista.
Desde las páginas del primer número del periódico El Machete (marzo de
1924), órgano oficial del Sindicato de Pintores, Escultores y Grabadores
Revolucionarios de México, Diego Rivera publicó una semblanza del líder
yucateco. Después, lo pintó junto a Zapata en en el mural Mítines del
Primero de mayo o Asamblea, elaborado entre 1923 y principios de 1924, en
la Secretaría de Educación Pública. En uno de los muros del Palacio
Nacional, Diego vuelve pintar al líder yucateco, bajo el título de Felipe
Carrillo Puerto, gobernador revolucionario de Yucatán, asesinado, también
entre Emiliano Zapata y José Guadalupe Rodríguez, quien fue importante
líder agrario comunista, también asesinado; detrás de los tres revolucionarios
hay un gran lienzo blanco con el lema de «Tierra y libertad».
Por su parte, José Clemente Orozco también realizó su tributo a Carrillo
Puerto en el mural elaborado en la New School for Social Research de Nueva
York, alentado por Alma Reed, compañera sentimental del líder yucateco en
el momento de su muerte[30]. También Siqueiros, que en el momento del
asesinato de Carrillo Puerto estaba concluyendo su mural en la Escuela
Nacional Preparatoria, le dedicó una parte que denominó Entierro del
obrero muerto o El entierro del obrero sacrificado, que en el lienzo azul del
ataúd puso la hoz y el martillo.
Complementando este homenaje de la vanguardia artística mexicana a una
figura que representa el socialismo revolucionario que nace de la Revolución
mexicana, el cineasta ruso Serguéi Eisenstein, considerado entonces como el
mejor director del mundo, llegó a México en 1930 para emprender un magno
proyecto apoyado por un grupo muy amplio de artistas de este país, entre
ellos los muralistas mencionados. Tal proyecto inconcluso, conocido como
¡Que viva México!, fue realizado, en buena parte, en el estado de Yucatán en
homenaje a Carrillo Puerto, y expresó la fusión de las vanguardias surgidas
de las revoluciones rusa y mexicana, «mismas que, en algún sentido, eran a la
vez las más avanzadas de su época en la medida que ambas se percibían
como consecuencia de las dos revoluciones políticas que habían derrocado,
respectivamente, al viejo imperio zarista y la no menos vetusta dictadura
porfiriana para dar paso a la construcción de sociedades nuevas»[31].
BIBLIOGRAFÍA ADICIONAL
Alfaro Siqueiros, D., Me llamaban el Coronelazo (Memorias), México,
Grijalbo, 1977.
Carr, B., La izquierda mexicana a través del siglo XX, México, Era, 1996.
—, «Hacia una historia de los comunismos mexicanos: desafíos y
sugerencias», en Concheiro, E.; Modonesi, M. y Crespo, H. (coords.), El
Comunismo: otras miradas desde América Latina, México, Centro de
Investigaciones
Interdisciplinarias
en
Ciencias
y
Humanidades–
Universidad Nacional Autónoma de México, 2007.
Castro Zapata, É. y Pineda Gómez, F. (comp.), A cien años del Plan de
Ayala, México, Era, 2013.
Cerdas, R., La hoz y el machete. La internacional comunista, América Latina
y la revolución en Centroamérica, San José, Universidad Estatal a
Distancia, 1986.
Díaz Ramírez, M., Apuntes sobre el movimiento obrero y campesino de
México, México, Ediciones de Cultura Popular, 1974.
Ferri, C., «Extra! Extra! La conmoción bolchevique en Argentina», en La
izquierda diario, edición digital, 29 de noviembre de 2014
(www.laizquierdadiario.com).
Flores Magón, R., Epistolario y textos, México, Fondo de Cultura
Económica, Colección Vida y Pensamiento de México, 1964.
Funes, P., Salvar la nación. Intelectuales, cultura y política en los años veinte
latinoamericanos, Buenos Aires, Prometeo, 2006.
Grez Toso, S., Historia del Comunismo en Chile. La era de Recabarren
(1912-1924), Santiago de Chile, Ediciones Lom, 2011.
Jeifets, L.; Jeifets V., «Hacia la revolución panamericana. La Comintern y la
creación del comunismo centroamericano», Pacarina del Sur (en línea),
año 3, núm. 10 (enero-marzo de 2012).
Jeifets, L.; Jeifets V. y Urrego, M. A. (coord.), Izquierdas, movimientos
sociales y cultura política en América Latina, Morelia, Universidad
Michoacana de San Nicolás de Hidalgo / Universidad Estatal de San
Petersburgo, 2016.
Katz, F., Pancho Villa, 2 tomos, México, Era, 2000.
—, De Díaz a Madero. Orígenes y estallido de la Revolución Mexicana,
México, Era, 2010.
Löwy, M., El marxismo en América Latina. Antología, desde 1909 hasta
nuestros días, Santiago de Chile, Ediciones Lom, 2007.
Mariátegui, J. C., Obras. Tomo 1 y Tomo 2, La Habana, Casa de las
Américas, Colección Pensamiento de Nuestra América, 1982.
—, Textos básicos. Selección, prólogo y notas de Aníbal Quijano, México,
Fondo de Cultura Económica, 1995.
—, La tarea americana. Selección y estudio introductorio a cargo de Héctor
Alimonda, Buenos Aires, Prometeo / CLACSO, 2010.
Martínez Verdugo, A., Historia del comunismo en México, México, Grijalbo,
1985.
Massón Sena, C. «Advenimiento del comunismo en América Latina. Los
casos de México, Brasil y Cuba», Estudos & pesquisas sobre as Americas,
vol. 8, núm. 2 (2014), pp. 234-247.
Melgar Bao, R., El movimiento obrero latinoamericano I y II. Historia de
una clase subalterna, México, Editorial Patria/Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes, Colección Los Noventa, 1989.
—, «Redes y representaciones cominternistas: el Buró Latinoamericano
(1919-1921)», Universum 16 (2001).
Oikión Solano, V., «De la Revolución mexicana a la Revolución mundial.
Actores políticos michoacanos y la Internacional Comunista en México»,
en Signos Históricos 21 (enero-junio de 2009), México, Universidad
Autónoma Metropolitana.
Ortiz Peralta, R. y Spenser D., La Internacional Comunista en México: los
primeros tropiezos. Documentos, 1919-1922, México, INEHRM, 2006.
Pineda Gómez, F., Ejército Libertador, México, Era, 2013.
Pinheiro, P. S., Estratégias da ilusao, Sao Paulo, Companhia das letras, 1992.
Primer Congreso Obrero celebrado en Motul, Estado de Yucatán, Bases que
se discutieron y aprobaron, México, CEHSMO, 1977.
Reed, J., México insurgente, La Habana, Ediciones Venceremos, 1965.
—, Diez días que estremecieron al mundo, Madrid, Akal, 2004.
Roy, M. N., «Memorias», El Buscón 1 (noviembre-diciembre de 1982),
México.
Solares I., «Francisco Villa en Canutillo, La Gaceta. Revolución Mexicana
551 (noviembre de 2016), México, Fondo de Cultura Económica.
Spenser, D., El triángulo imposible. México, Rusia Soviética y Estados
Unidos en los años veinte, México, CIESAS/Miguel Ángel Porrúa, 1998.
VV.AA., Manifiestos Políticos (1892-1912), México, Fondo de Cultura
Económica, Colección Fuentes para la historia de la Revolución Mexicana
IV, 1974.
VV.AA., La Gran Revolución de Octubre y la Lucha de Liberación de los
Pueblos. Seminario Científico Internacional, La Habana, Editora Política,
1980.
Yankelevich, P., «Una mirada argentina de la Revolución Mexicana: Manuel
Ugarte (1910-1917)», Historia Mexicana 44, 4 (abril-junio de 1995),
México, El Colegio de México, pp. 645-676.
[1] En 1926, el entonces presidente Plutarco Elías Calles, que llegó a ser conocido como el
«presidente rojo», declaró: «En México a todo hombre avanzado se le llama “bolchevique”. Y a mí
naturalmente. Se me ha tildado por mis adversarios de “extremista” solo porque no he querido
oponerme a las corrientes de renovación que en los momentos actuales arrollan a los viejos y
carcomidos sistemas […] en México estamos hablando de “gobernar con la Constitución de 1917” y
por lo mismo solo a título filosófico y humanitario nos interesa el sovietismo como sistema de
gobierno». Veáse Plutarco Elías Calles, «Las políticas del México de hoy», Foreign Affairs 5(1), Nueva
York (octubre de 1926), citado en Beatriz Urías, «Retórica, ficción y espejismo: tres imágenes de un
México bolchevique (1920-1940)», Relaciones: estudios de historia y sociedad XXVI (101) (2005), p.
270. Ciertamente, Calles estuvo muy lejos de ser lo que se decía, como lo muestra la fuerte represión
que desató su gobierno contra los comunistas.
[2] Aun en el momento de la actuación franca de la Internacional Comunista en los países
latinoamericanos, a partir de fines de los años veinte y, sobre todo, en la década de los treinta, habría
que ver el fenómeno en forma más compleja, y no solo con la visión de un partido mundial
estrictamente disciplinado y comandado por el gran hermano interventor, que ciertamente existió, ya
que hay muchas historias particulares que salen de ese esquema. Desde luego este tema escapa a las
posibilidades y propósitos de este escrito.
[3] Ricardo Flores Magón escribe en 1915, en una perspectiva similar a la que defiende entonces la
izquierda de Zimmerwald: «El sistema capitalista muere herido por sí mismo, y la humanidad,
asombrada, presencia el formidable suicidido. No son los trabajadores los que han arrastrado a las
naciones a echarse unas sobre las otras; es la burguesía misma la que ha provocado el conflicto, en su
afán por dominar los mercados». Y más adelante, en relación al papel de los trabajadores: «Protegernos
los pobres, está bien: ese es nuestro deber, esa es la obligación que nos impone la solidaridad.
Protegernos los unos a los otros, ayudarnos, defendernos mutuamente, es una necesidad que debemos
satisfacer si no queremos ser aniquilados por nuestros señores; pero armarnos y echarnos unos sobre los
otros para defender el bolsillo de nuestros amos, es un crimen de lesa clase, una felonía, que debemos
rechazar indignados». Véase, R. Flores Magón, La revolución mexicana, México, Grijalbo, Colección
70, 1970, pp. 134-135.
[4] Así, además de la preocupación por los planes de los multimillonarios estadounidenses «que
preparan el avasallamiento de México», la mayor parte de las menciones de Lenin a Argentina, Brasil,
Chile y México se limitan a ser parte de cuadros estadísticos en su extenso estudio sobre el
imperialismo. Véase V. I. Lenin, «Cuadernos sobre el imperialismo», en Obras Completas, tomo
XLIV, Buenos Aires, Cartago, 1972 [volúmenes XLIII y XLIV de la edición de Akal]. No deja de
llamar la atención que la Revolución mexicana solo le haya merecido dos renglones dentro de un
«Cuadro de conquistas coloniales y guerras», en el que escuetamente escribió «Revolución y
contrarrevolución en México (1911-1913)», mostrando la poca e imprecisa información que tenía.
Véase, V. I. Lenin, ibid., p. 121.
[5] Véase el artículo de Ricardo Melgar Bao, «La revolución mexicana en el movimento popular-
nacional de la región andina», en Antropología Americana, Instituto Panamericano de Geografía e
Historia, diciembre de 1982, pp. 88-93.
[6] La llegada a México de M. Borodin y sus consecuencias ha sido ya contada en algunos estudios,
entre ellos el de P. I. Taibo II, Bolsheviquis. Historia narrativa de los orígenes del comunismo en
México (1919-1925), México, Joaquín Mortiz, 1986, pp. 54-57. Una versión un poco matizada la
hemos plasmado tanto en el ensayo «El comunismo mexicano: entre la marginalidad y la vanguardia»,
en E. Concheiro, M. Modonesi y H. Crespo (coords.), El comunismo: otras miradas desde América
Latina, México, CEIICH-UNAM, 2011; y en el estudio introductorio al libro Los Congresos
Comunistas. México 1919-1981, E. Concheiro y Carlos Payán (comps.), México, Secretaría de Cultura
y Cemos, 2014.
[7] R. Pittaluga, Soviets en Buenos Aires. La izquierda argentina ante la revolución en Rusia, Buenos
Aires, Prometeo, 2015, p. 39. Entre los hechos que ahí se documentan está la solicitud ante la Cámara
de Diputados de establecer relaciones con el país soviético que presentó la Asociación de Amigos de
Rusia, argumentando que en Argentina vivían «más de 100.000 inmigrantes provenientes de alguna de
las regiones que formaban parte de la URSS», op. cit., p. 36.
[8] En México tales noticias pueden leerse, entre otros, en el periódico Excelsior que, en su primer
número, del 18 de marzo de 1917, había saludado con entusiasmo la revolución rusa de febrero que
derroca al gobierno zarista, el 10 de noviembre de ese año expresó: «El golpe de Estado en Rusia es
obra de Alemania». Orientación confusa y deliberadamente falsa muy similar a la de cierta prensa
uruguaya y argentina, véase, A. L. Doeswijk, Los anarco-bolcheviques rioplatenses, Buenos Aires,
CeDInCI Editores, 2013, pp. 48-56.
[9] Op. cit.
[10] Véase, J. Massardo, La formación del imaginario político de Luis Emilio Recabarren.
Contribución al estudio crítico de la cultura política de las clases subalternas de la sociedad chilena,
Santiago de Chile, Lom Ediciones, 2008. También S. Grez, Historia del comunismo en Chile. La era de
Recabarren (1912-1924), Santiago de Chile, Lom Ediciones, 2011.
[11] Véase L. Jeifets, V. Jeifets y P. Huber, La Internacional Comunista y América Latina.
Diccionario biográfico, Moscú, Instituto de Latinoamérica de la Academia de las Ciencias e Institut
pour l’histoire du communisme, 2004, pp. 17-18; p. 261 y p. 291.
[12] Citado en N. Kohan, «De Ingenieros, Astrada y Julio V. González a Del Valle Iberelucea y
Ponce: el fantasma rojo en el Río de la Plata», capítulo del libro del mismo autor De Ingenieros al Che.
Ensayos del marxismo argentino y latinoamericano, prólogo de Michael Löwy, Buenos Aires, Biblos,
2000, p. 48.
[13] P. Yankelevich, La revolución mexicana en América Latina: Intereses políticos e itinerarios
intelectuales, México, Ed. Instituto Mora, 2003, p. 13.
[14] En otros términos, José Aricó plantea: «Desde la constitución de sus pueblos en naciones-Estado
existió en América Latina una corriente antieuropea que nutrió en sus tradiciones los sueños de un
camino propio, de una suerte de tercera vía que constituye el núcleo duro del ideal revolucionario que
animó a las corrientes sociales emergentes de la crisis de la primera posguerra. Y es con relación a estos
aromas ideológicos que debemos analizar las repercusiones que alcanzaron en América Latina los
hechos del Octubre ruso». Véase, J. Aricó, «1917 y América Latina», Nueva Sociedad 111 (enero-
febrero de 1991), p. 17.
[15] El estabecimiento de relaciones diplomáticas de México con la Unión Soviética fue acordado
por el entonces presidente Álvaro Obregón, en 1924. El primer embajador ruso fue Stanislav
Pestkovski, de 1924 a 1926. Luego, fue sustituido por la primera mujer embajadora en el mundo,
Alexandra Kollontai, que por problemas de salud solo estuvo unos meses en el cargo. Por su parte,
México envió a Basilio Vadillo.
[16] R. Flores Magón, «En vísperas de la gran revolución», en VV.AA., Regeneración 1900-1918.
La corriente más radical de la revolución mexicana de 1910 a través de su periódico de combate,
México, Era, 1977, p. 412.
[17] Ese año de 1916, Estados Unidos invade el estado norteño de Chihuahua, con el pretexto de
responder la agresión en Columbus de Francisco Villa.
[18] Véase F. Katz, La Guerra Secreta en México: Europa, Estados Unidos y la Revolución
Mexicana, México, Era, 1981.
[19] R. Flores Magón, «El miedo de la burguesía es la causa de la intervención», en VV.AA.,
Regeneración 1900-1918, cit., p. 128.
[20] De acuerdo con el artículo 27 constitucional, toda la tierra en México es propiedad de la nación,
la cual la otorga en propiedad, de acuerdo a lo que más convenga a esta, en forma privada, comunal o
ejidal.
[21] E. Zapata, extractos de la «Carta al general Genaro Amezcua» del 14 de febrero de 1918,
recogida en M. Gill, México y la revolución de octubre [1917], México, Ediciones de Cultura Popular,
1975, pp. 98-100.
[22] Sobre la incursión de los Dorados de Villa a Columbus, véase, Carta del general Francisco Villa
a Emiliano Zapata, en J Vargas, «Columbus 1916, declaración de guerra a EU», La Jornada, 12 de
marzo de 2016
[www.jornada.unam.mx].
[23] F. Carrillo Puerto, en F. J. Paoli y E. Montalvo, El socialismo olvidado de Yucatán, México,
Siglo XXI, 1977, p. 218.
[24] Ibid., p. 207.
[25] Ibid., pp. 216-217.
[26] Véase Armando Bartra, Zapatismo con vista al mar: El socialismo maya de Yucatán, México,
Para Leer en Libertad, 2010.
[27] J. Womack, Jr., «La Revolución mexicana: qué hizo, qué hizo posible y qué no hizo», La
Gaceta del Fondo de Cultura Económica 551 (noviembre de 2016), pp. 6-11, citas en p. 11.
[28] E. Concheiro y V. H. Pacheco (coords.), Raquel Tibol. La crítica y la militancia, México,
Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y Cemos, 2016, p. 177.
[29] L. Trotsky, «El arte y la revolución», Clave 5 (México, febrero de 1939), p. 39.
[30] Véase Alma Reed, Peregrina. Mi idilio socialista con Felipe Carrillo Puerto, México, Diana,
2006, p. xxxvii.
[31] E. Vega Alfaro, «La eternidad y el presente: Eisenstein en Yucatán», en Corre Cámara, 1 de
marzo de 2015
[www.correcamara.com.mx].
9. «Es la hora de la claridad dogmática». El impacto de
la Revolución rusa en la cultura política española
Sebastiaan Faber
Hacia finales de los años sesenta Juan Andrade (1898-1981), exiliado en
París desde el final de la Guerra Civil Española, recibió un fajo de fotocopias
del Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam (IISG), uno de
los mayores archivos del movimiento obrero a nivel mundial[1]. Se trataba de
unas 16 cartas suyas que había escrito entre mayo de 1920 y marzo de 1928 a
Gerardus Johannes «Flip» Geers, un holandés treintañero que, en abril de
1920, había participado en la fundación del primer Partido Comunista
Español. El IISG pensaba publicarlas y las envió a Andrade para que diera su
visto bueno.
Geers y Andrade se habían conocido en 1919 en Madrid, adonde el
holandés se había mudado en la primavera de 1918 después de doctorarse en
Leiden, y donde combinaba un trabajo como tutor de los hijos del embajador
holandés con una actividad política cada vez más intensa. Andrade, que
militaba en las juventudes del PSOE, compartía con Geers un profundo
entusiasmo por la Revolución rusa. Los dos formaron parte del núcleo duro
que, guiado por Mijaíl Borodin y Charles Phillips, agentes de la Komintern,
concibió el «golpe» que convertiría, de un día para otro, las juventudes
socialistas en el PCE[2]. En los años posteriores a su estancia en España –fue
expulsado del país en la primavera de 1920– Geers siguió siendo una figura
importante para Andrade y la cúpula del joven PCE. Concretamente, les
permitía mantener un contacto asiduo con el ala ultraizquierdista del
comunismo holandés, cuyos textos Geers traducía al español para su
publicación en los medios del Partido, dirigidos por Andrade[3].
En el curso de los años veinte, Geers abandonaría su comunismo juvenil
por ideas más cercanas al anarcosindicalismo; después de la Segunda Guerra
Mundial se convertiría en reconocido hispanista en la Universidad de
Groninga y líder nacional en los movimientos pacifista y de liberación
sexual. Murió en mayo de 1965. No sorprende que legara sus papeles al IISG,
donde el encargado de la colección española era el anarquista holandés
Rudolf de Jong (1932-), que a su vez había sucedido al también anarquista
Arthur Lehning (1899-2000)[4]. Cabe suponer que fue De Jong quien
catalogó los papeles de Geers, se puso en contacto con Andrade y le envió la
correspondencia[5]. El viejo Andrade –quien para entonces rondaba los
setenta años– leyó las cartas, escritas medio siglo antes, con curiosidad y un
punto de vergüenza. La idea de que el IISG considerara publicarlas le
asustaba un poco. «Me preocupaba el que, con el fulgor fanático de la
juventud (tenía unos veinte años), dijera demasiadas insensateces», escribe en
una nota no enviada a Antonio Rodríguez Arroyo, compañero del POUM,
«como así es en efecto. […] Al recibir las fotocopias y comenzar a leerlas me
salieron los colores […]»[6]. Aunque el IISG al final no la sacó a luz, parte
de la correspondencia se acabó recogiendo en un volumen de Recuerdos
personales de Andrade publicado en 1983, a dos años de la muerte del
poumista[7].
Es verdad que el PCE fundado en 1920 por Andrade, Geers y amigos
estuvo condenado a una existencia más bien marginal en el paisaje político
español, al menos hasta mediados de los años treinta. Aun así, las cartas de
Andrade al holandés –detalladas, honestas y apasionadas– ilustran como
pocos otros documentos de la época el impacto que tuvo en la vida política
española la Revolución rusa y la fundación, en marzo de 1919, de la Tercera
Internacional[8]. No pesa sobre ellas la densa capa retórica que cubría todo lo
que se publicaba en la prensa política del momento –incluidos los periódicos
de partido dirigidos sucesivamente por Andrade: Renovación, El Comunista y
La Antorcha–. También están libres de los filtros propios de las memorias de
los primeros dirigentes del PCE, en general redactadas muy a posteriori,
como las de José Bullejos, Luis Portela y del propio Andrade[9], que no
pueden por menos de reflejar los eventos acaecidos en el ínterin y las
evoluciones políticas y personales de sus autores[10].
La correspondencia de Andrade nos servirá aquí como punto de partida
para dar cuenta de los cambios que sufre la cultura política española desde
que cunde la noticia de que, en noviembre 1917, los bolcheviques rusos se
han hecho con el poder. Si el concepto de cultura política en su sentido más
amplio denota las actitudes de los ciudadanos hacia el sistema político y su
actuación dentro de él –reflejadas en un entramado de discursos, prácticas,
ideologías y formas de organización–, en lo que sigue nos fijaremos en el
último de estos elementos, es decir, el factor organizativo y, dentro de él, el
tejido conectivo en el lado izquierdo de la vida política española entre 1916 y
finales de los años veinte. Concretamente, pasaremos revista a las relaciones
entre los dirigentes de las principales organizaciones políticas del momento
(partidos y sindicatos); las relaciones entre esos dirigentes y sus respectivas
militancias; y las relaciones más allá de las fronteras españolas, a nivel
personal o institucional. Como veremos, todas estas relaciones quedan
fuertemente impactadas –y en muchos casos tensadas hasta la ruptura o casi
ruptura– por los acontecimientos en Rusia, o al menos por su recepción e
interpretación en España. A mediados de 1916 el movimiento obrero español
vive un momento de esperanza y optimismo, caracterizado por una nueva
conciencia de su propia fuerza a nivel nacional, por una promesa de un frente
sindical unido e incluso por la posibilidad de algún tipo de triunfo político.
Los años que sigan a la Revolución rusa quedarán marcados, en cambio –y a
pesar de algunas victorias puntuales– por conflictos, derrotas y divisiones.
Estos dejan profundas huellas que configurarán las relaciones políticas dentro
de la izquierda española, y la actitud de la derecha, por muchos años.
Las disputas surgen, concretamente, en torno a cuestiones tácticas y
estratégicas relacionadas a la participación y representación de obreros y
campesinos en la política, además de la definición y defensa de sus intereses.
Cabe recordar que, en la segunda década del siglo XX, España es un país con
un sistema parlamentario débil y en lo esencial postizo, manipulado por los
intereses de un bloque de poder dominado por la monarquía; una economía
heterogénea, predominantemente rural, con algunos importantes núcleos
industriales; y un proletariado fabril y campesino cada vez más organizado y
singularmente combativo, pero también, excepciones aparte, bastante
desinformado e inculto, con altas tasas de analfabetismo. Dadas estas
condiciones, las interrogantes generales con que se enfrenta la izquierda
occidental adoptan en España un cariz, si cabe, aún más complejo. ¿Conviene
seguir apostando por el reformismo parlamentario o pasar a la acción directa
y la revolución? ¿Es deseable forjar un frente obrero amplio y heterogéneo, o
es mejor apostar por organizaciones partidistas que exigen un alto grado de
homogeneidad ideológica? ¿Cuál es la posibilidad real de un cambio
revolucionario? Si el camino a seguir es el revolucionario, ¿cabe delegar el
liderazgo en un solo partido que consolide la revolución mediante un periodo
dictatorial, como en Rusia? ¿Hasta qué punto las experiencias, aspiraciones y
tácticas adoptadas por el movimiento obrero en otros países son transferibles
a España? ¿Y qué relación deben establecer sus organizaciones sindicales y
políticas con organismos internacionales? Concretamente, ¿deben las
organizaciones obreras españolas sumarse a la Tercera Internacional,
sometiéndose a sus estrechas condiciones?
Al mismo tiempo que la izquierda lidia con estas cuestiones de carácter
táctico, estratégico y existencial, se desata una feroz reacción
contrarrevolucionaria de parte del Estado y de la patronal. Esta ola de
represión, que echa mano de métodos legales tanto como extralegales –
traduciéndose en prohibiciones, censuras, vigilancias, detenciones, penas de
cárcel, exilios y cientos de muertes[11]–, también es, a su manera, una
respuesta a los acontecimientos en Rusia. De hecho, la noción de que la
acción contundente –es decir, la represión violenta, con objetivo directamente
exterminador– constituya la única forma de controlar lo que Concha Espina
en 1938 llamaría una «peste roja», venida de Asia «como un castigo bárbaro»
cuyos «estigmas pestilentes» exigían el «exorcismo» del golpe de Estado del
36[12], se convierte durante los años veinte y treinta en un elemento clave del
discurso de la derecha occidental antidemocrática o directamente fascista. En
España, como bien se sabe, esta misma idea será piedra angular en la
legitimación de la insurrección militar de julio de 1936 y el plan de
exterminio del «virus» comunista. En este sentido, el impacto que tuvo la
Revolución rusa en la evolución de la derecha española fue tan importante
como su legado en la izquierda.
1916-1917: AL BORDE DE LA REVOLUCIÓN
«El proletariado español es admirable, los líderes son infames» (Andrade a Geers, 28 de
agosto de 1920)
«[A] consecuencia de la propaganda anarco-sindicalista, los trabajadores españoles son
esencialmente antiparlamentarios. Convencerles de que los representantes obreros puedan
laborar en el Congreso por la revolución, es un imposible» (Andrade a Geers, 28 de agosto de
1920)
Las noticias de las revoluciones rusas de 1917 llegan a una España presa de
gran agitación laboral y, en términos más generales, una amplia insatisfacción
con el régimen de la Restauración. Esta insatisfacción es compartida por
grandes empresarios (sobre todo en Cataluña), militares (reunidos desde el
verano de 1917 en las Juntas Militares de Defensa) y obreros (organizados en
sindicatos, en particular la Unión General de Trabajadores y la Confederación
Nacional del Trabajo). El descontento entre las clases obreras y campesinas
se concentra en las condiciones de trabajo, la tasa del paro y la subida de
precios de los bienes de primera necesidad: aunque la economía española se
beneficia de la neutralidad del país en la Primera Guerra Mundial, esos
beneficios no alcanzan a las clases más humildes[13]. El impulso de la
indignación ante la inacción gubernamental sirve para superar las importantes
barreras políticas y culturales que, hasta ese momento, han separado a las
organizaciones sindicales. Entre la militancia obrera crece la sensación de
que un proletariado unido será capaz de forzar cambios políticos y
económicos reales; entre ellos, la proclamación de una república. Gracias en
gran parte a esta presión desde abajo, en 1916 se produce un acercamiento sin
precedentes entre las cúpulas de los dos movimientos sindicales más grandes
del país: la UGT –fundada en 1888, basada en Madrid, y con casi cien mil
afiliados– y la CNT, que desde su fundación en 1910 está experimentando un
crecimiento vertiginoso y para 1919 llegará a contar con unos 750.000
miembros.
Los dos sindicatos poseen culturas y temperamentos marcadamente
distintos. La UGT comparte con el Partido Socialista una postura moderada y
pactista, mucho más reformista en la práctica que su discurso revolucionario,
centrada en las mejoras prácticas y graduales conseguidas a través de la
negociación y, a nivel nacional, la representación parlamentaria. La CNT, en
cambio, se caracteriza por una gran diversidad política, aunque la mayoría de
sus miembros coinciden en su decidida oposición al capitalismo y su
compromiso con la acción directa. «Fundada en Barcelona […] y forjada por
las peculiares relaciones industriales de esa ciudad», escribe Chris Ealham, la
CNT reúne bajo sus siglas a «una amalgama de anarquistas,
anarcosindicalistas, socialistas, republicanos y sindicalistas»[14]. Esta falta
de sectarismo explica la gran atracción que ejerce la CNT sobre los obreros y
campesinos de España en las décadas de 1910 y 1920. Es más, al aglutinar a
grupos tan diversos bajo una misma bandera –proporcionando un espacio
institucional flexible y hospitalario donde estos podían airear y dirimir sus
diferencias– la Confederación representa, de hecho, un ejemplo de lo que
puede ser la unidad proletaria a nivel estatal.
Sobreponiéndose a estas diferencias culturales, en 1916 los respectivos
congresos de UGT y CNT aprueban un acercamiento mutuo. El «Pacto de
Zaragoza» se firma el 17 de julio, motivando gran entusiasmo entre los
trabajadores y pánico entre las clases dirigentes[15]. Una primera muestra de
fuerza de la nueva unidad sindical será una huelga general de un día de
duración, convocada para el 18 de diciembre. En términos de cultura política,
cabe señalar que tanto el pacto de unidad y la táctica adoptada –de
enfrentamiento directo con el Estado y la patronal– reflejan en mayor medida
la cultura política de la CNT que la de la UGT. La huelga de diciembre es un
éxito en cuanto a seguimiento y apoyo social, pero no produce concesiones
concretas de parte del gobierno. Por tanto, en marzo de 1917 UGT y CNT
deciden ir un paso más allá: mediante un manifiesto conjunto anuncian otra
huelga general, esta vez de duración indefinida, con el fin explícito de forzar
un cambio constitucional[16]. El país –escribe Mary Vincent– parece «estar
al borde de una revuelta general»[17].
Pero lo que tiene visos de convertirse en un momento auténticamente
revolucionario –posiblemente de la envergadura de los acontecimientos que
se están produciendo en Rusia– se convertirá en los meses siguientes en
división y debilitamiento. Este reverso se debe a tres factores principales: la
reacción decisiva y violenta del régimen ante la movilización proletaria; la
falta de unidad, coordinación y atrevimiento entre sindicatos y partidos de la
izquierda; y el hecho de que en los otros sectores sociales más críticos de la
Monarquía –el Ejército y la patronal– acaba por predominar el recelo ante las
aspiraciones revolucionarias de las clases obreras y campesinas, por lo que
esos sectores acabarán apoyando al régimen a pesar de todo. (Desde luego,
los tres factores tienen relación directa con la Revolución rusa y sus
secuelas.)
El fracaso de la huelga general de 1917 es provocado por la precipitación.
Ante el despido de un grupo de ferroviarios en Valencia, los operadores de la
red del Norte declaran huelga el 10 de agosto, que es seguida, a los tres días,
por una huelga general nacional que coge a las cúpulas políticas y sindicales
con el pie cambiado. El Estado, por su parte, reacciona de forma inmediata.
No solo acaba con la huelga en una semana, sino que ordena la detención de
los miembros del comité organizador, integrado por líderes destacados de la
UGT y del PSOE, que son condenados a muerte. (Se trata claramente de una
medida de escarmiento para infundir miedo: sus penas son rebajadas a cadena
perpetua casi inmediatamente y los presos son amnistiados unos nueve meses
después[18].) Para las cúpulas de PSOE y UGT, la experiencia de la huelga
fracasada –asumida, en retrospectiva, como una aventura equivocada y
demasiado riesgosa– resulta, en palabras de Ealham, «increíblemente
traumatizante». En la práctica, les empujará a persistir durante los años
siguientes en sus actitudes moderadas. En cambio, la cúpula y militancia de
su aliado en el frente sindical unido, la CNT, responden de forma opuesta,
radicalizándose todavía más[19]. Dadas estas respuestas divergentes ante la
fallida huelga de 1917, el pacto sindical sellado poco más de un año antes
queda en papel mojado.
Así, los años 1916-1917 presentan un balance paradójico. Por un lado, es
indudable que la clase obrera española «emergió por primera vez como un
actor importante en el escenario político nacional»[20]. Por otro lado, esa
emergencia produjo como principal resultado la unificación de las clases
dirigentes, que se sobreponen a sus diferencias en torno a la legitimad del
régimen monárquico y la Gran Guerra. Al mismo tiempo, las medidas
represivas del Estado volverán a fragmentar los movimientos obrero y
campesino. Como escribe Ealham, «el año 1917 modificó el equilibrio de
fuerzas en la izquierda de forma radical: sus organizaciones principales
acabaron cada vez más enajenados la una de la otra, al mismo tiempo que
sufrieron una serie de cismas debilitadores»[21].
1917-1918: PRIMERAS NOTICIAS DE RUSIA
«[L]os [sindicatos] de la UGT […] son tan reaccionarios como cualesquiera otros […] En el
campesino andaluz se da un caso pintoresco. Es por temperamento reverde, como ellos dicen,
pero en la práctica conservador. ¿A qué es debido esto? A que la gentuza que les dirige es
eminentemente reaccionaria» (Andrade a Geers, 28 de agosto de 1920)
En cierto sentido, pues, las primeras nuevas del golpe exitoso de los
bolcheviques rusos, que llegan al público español a principios de noviembre,
pillan al movimiento obrero en un mal momento[22]. El hecho de que las
noticias sean indirectas, escasas y más bien confusas no impide que
provoquen fuertes reacciones que, dada la falta de información fiable,
necesariamente reflejan una buena dosis de proyecciones y prejuicios nacidos
de la esperanza o el temor. Estas reacciones encontradas sirven para
ensanchar aún más las grietas ya evidentes en la unidad obrerista que el pacto
entre UGT y CNT del año anterior buscaba sellar.
«Supimos los españoles que la izquierda del movimiento socialista ruso
[…] había tomado el poder en Petrogrado en los primeros días de noviembre
de 1917», recuerda Luis Portela, que en aquel entonces pertenecía a las
Juventudes del PSOE;
Comenzamos a leer en la prensa unos nombres –Lenin y Trotsky– que nos eran desconocidos. El
Socialista, el 10 de noviembre, en un artículo editorial […] se alarma ante el peligro que los
bolcheviques triunfantes puede hacer correr a los aliados, cuya victoria militar, tras la intervención
norteamericana en la contienda, parece segura y aun próxima. Pasaría tiempo antes de que
comenzásemos a saber algo de lo que habían sido aquellos días que, según John Reed,
estremecieron al mundo. Rusia estaba muy lejos y las noticias que nos llegaban sobre lo que
acontecía en aquel país eran pocas y, lo que es peor, falseadas[23].
Según explica Juan Avilés Farré, la inteligencia aliadófila en España, que
incluía a la cúpula socialista, reacciona en un principio con recelo ante la
revolución bolchevique porque teme que esta acabe por reforzar a la
Entente[24]. Donde mayor entusiasmo inicial despierta la revolución, en
cambio, es entre los anarquistas y anarcosindicalistas de la CNT; entre los
jóvenes radicalizados que integran las Juventudes del PSOE; y entre los
obreros y campesinos de a pie[25]. «Lo que iba sabiéndose sobre [la
revolución], el ejemplo que el proletariado ruso había dado a los trabajadores
del mundo entero –recuerda Portela– vino a echar aceite al fuego». Por tanto,
en 1918 y 1919 «se desarrollan […] conflictos sociales de extensión y
encarnizamiento jamás conocidos»[26]; son numerosas las huelgas, los
atentados y, en Andalucía, las ocupaciones de tierra.
Mientras que la UGT y el PSOE, escarmentados en el verano de 1917,
mantienen un perfil relativamente bajo –según Heywood, «el PSOE se retiró
en efecto del compromiso político activo»[27]–, la CNT cobra cada vez más
protagonismo[28]. En julio de 1918, la Confederación adopta una estructura
organizativa que mejora su eficacia táctica de forma importante: el sindicato
único, que reúne a todos los afiliados de un ramo o una localidad
determinados, independientemente de su gremio o estatus. La eficacia de los
sindicatos únicos queda demostrada poco después cuando, a comienzos de
febrero de 1919, se declara una huelga en Riegos y Fuerzas del Ebro, una
empresa hidroeléctrica también conocida como «La Canadiense», en la
provincia de Barcelona. La huelga se extiende rápidamente, primero a todo el
sector eléctrico, además del de agua y gas, paralizando la vida en la capital
catalana casi por completo. El impacto sobre el transporte público se
intensifica cuando también se une el sector ferroviario, mientras que el apoyo
del Sindicato Único de Artes Gráficas impone una censura sobre toda
información que pueda dañar los intereses de los obreros. Al cabo de 44 días
de huelga, a pesar de varios intentos de represión violenta, y después de una
negociación forzada por el gobierno español, la compañía cede a las
demandas de los huelguistas: garantías legales para estos; un aumento de
salarios; y una jornada máxima de ocho horas –medida que se introduce a
toda España en abril de 1919, por Real Decreto–. Será el mayor triunfo
sindical de la primera mitad del siglo XX[29].
Al mismo tiempo, la revolución bolchevique deja su huella en la vida
pública española, inspirando una ola de publicaciones y debates. Gracias en
parte a editoriales como Biblioteca Nueva, que en estos años inicia su
colección «Las nuevas doctrinas sociales», se publican, en ediciones
asequibles, gran cantidad de traducciones al castellano de libros y manifiestos
de los líderes bolcheviques y sus críticos[30]. También se discute el curso y
los méritos de la Revolución rusa en los diarios, los periódicos de partido y
en revistas intelectuales como España, al mismo tiempo que se publican y
debaten las experiencias de los primeros viajeros y testigos de la Rusia
revolucionaria, entre ellos varios españoles. Empujados por el interés que
suscita el tema y por un genuino afán pedagógico, la revolución inspira a los
partidos y sindicatos a iniciar una intensa labor de difusión y educación
popular que en grandes líneas prefigura las iniciativas desarrolladas en ese
mismo sentido durante los años de la Segunda República.
En su primer año de vida, entonces, la revolución rusa tendrá dos efectos
contradictorios en España. Por un lado, moviliza a las masas obreras y
campesinas, que empiezan a verse por primera vez como actor político
colectivo a nivel nacional. Por otro, sirve de cuña que acrecienta las
divisiones entre las organizaciones obreras, sus dirigentes, y entre estos y sus
militantes[31]. Las cúpulas de partidos y sindicatos se ven abocadas a una
serie de dilemas de difícil resolución, radicadas en contradicciones
estructurales que son acentuadas por los acontecimientos en Rusia y su
interpretación en España. En el caso del PSOE, la reacción ante la
Revolución rusa pone el foco en la actitud esencialmente reformista y pactista
de sus líderes, que contrasta con el mayor radicalismo de su militancia y sus
juventudes. En el caso de la CNT, por otra parte, se acentúan las diferencias
tácticas, estratégicas e ideológicas entre las diferentes corrientes que
componen el movimiento sindicalista y libertario. Estos dilemas emergen de
forma más clara aún a partir de marzo de 1919, cuando las grandes
organizaciones obreras se ven obligadas a pronunciarse sobre la recién creada
III Internacional.
1919-1920: LA IZQUIERDA ESPAÑOLA ANTE LA III
INTERNACIONAL
«Al proletariado español hay que darle una conciencia internacionalista. La mejor manera
de conseguir esto, es hacerle interesarse por los asuntos internacionales. He aquí por qué
[estamos] dando tantas cosas en El comunista sobre política extranjera. El obrero español
teóricamente se halla completamente ineducado. No sabe nada de nada. Es un analfabetismo
consecuencia natural de la ignorancia de los jefes» (Andrade a Geers, 28 de agosto de 1920)
La idea de fundar una nueva Internacional para sustituir a la Segunda,
creada en 1889 pero muy debilitada por la guerra, surge poco después del
golpe bolchevique de octubre. Una primera reunión fundacional para febrero
de 1918 es pospuesta, pero en mayo el Partido Comunista Ruso constituye
una federación de grupos extranjeros y en nochebuena de 1918, en una
emisión de radio, se anuncia la formación de la Tercera Internacional. A
finales de enero de 1919 se extiende una convocatoria a un primer congreso,
que acabará por celebrarse en la primera semana de marzo, sin representantes
españoles[32].
Aun así, en España la III Internacional –cuya convocatoria de congreso sale
publicada en El Socialista en febrero– despierta un entusiasmo inmediato
entre las juventudes socialistas, que abogan por que el PSOE abandone la II
Internacional para afiliarse, ya, a la comunista[33]. También son entusiastas
los líderes y militantes de la CNT, que, con solo nueve años de vida, no
pertenece todavía a ninguna organización transnacional[34]. El interés de la
Confederación puede sorprender, dados los conflictos entre los bolcheviques
y los anarquistas rusos, pero se explica por dos motivos principales: primero,
la información sobre esos conflictos tarda en llegar en España; y segundo, la
propia CNT cuenta con corrientes más cercanas al comunismo que al
anarquismo y, por tanto, más probolcheviques[35]. (De hecho, dos de los
representantes más destacados de estas corrientes, Andreu Nin y Joaquín
Maurín, terminarán ocupando posiciones clave en la Confederación cuando,
para 1921, la represión gubernamental diezme la cúpula de la
organización[36].) Esto explica que, en su II Congreso, celebrado del 10 al 18
de diciembre de 1919, los militantes de la CNT voten a favor de su ingreso en
la III Internacional. Al mismo tiempo que los afiliados reunidos en asamblea
aceptan la necesidad, en el proceso revolucionario, de una dictadura
proletaria transicional, la Confederación define como su objetivo político la
implantación del «comunismo libertario»[37]. Celebrado a menos de un año
de la gran victoria de La Canadiense, este II Congreso marca un punto álgido
para la CNT. En los cuatro años siguientes, la organización será víctima de
una represión atroz, tanto de parte de los cuerpos estatales (policía, ejército)
como de la patronal, que no duda en contratar a grupos parapoliciales para
atentar contra los militantes y sus líderes, sobre todo en Barcelona. La ola
represora acabará por descabezar la Confederación y disminuir su papel
político en lo que queda de los años veinte[38].
La actitud claramente favorable de la CNT ante la Revolución rusa y la
convocatoria de la III Internacional contrasta con la reacción mixta entre la
cúpula y los militantes del Partido Socialista. Los líderes del PSOE no están
dispuestos a abandonar sin más la II Internacional al mismo tiempo que
temen enajenar a las bases o, peor, poner en peligro la sagrada unidad del
partido. Entre diciembre de 1919 y abril de 1921 el partido celebra tres
congresos extraordinarios (el XI congreso regular se había reunido en octubre
de 1918) para dirimir la complicada cuestión de su afiliación
transnacional[39]. En el primero se pospone la decisión; en el segundo se
vota a favor de una afiliación condicional; y el tercero produce un voto de
desafiliación de la III Internacional, motivado en gran parte por un informe
crítico de Fernando de los Ríos basado en su viaje a Rusia de finales de 1920.
La ambivalencia de la cúpula socialista irrita sobremanera a los dirigentes de
la Federación de Juventudes Socialistas, que son casi unánimemente
probolcheviques. Serán también ellos los que, por las fechas del primer
Congreso Extraordinario del PSOE, se vean reclutados por agentes de la
Komintern para fundar el primer partido comunista del país.
1920-1923: EL NACIMIENTO Y LA INFANCIA DEL PCE
«El proletariado español es seguramente desde el punto de vista socialista el más inculto de
Europa. No comprende ni sabe bien lo que el socialismo representa. Tiene instinto, pero no
conciencia. En España existe un gran odio de clases, pero no conciencia de clases. Si en los
momentos actuales, al nacer la III Internacional, que es cuando necesitamos más inflexibilidad
de principios, empezamos a introducir en los partidos “soi disant” III Internacional,
confusionismos y centrismos, estamos perdidos para siempre. Es la hora de la claridad
dogmática y de la intransigencia revolucionaria» (Andrade a Geers, 25 de diciembre de 1920)
La historia de la fundación del PCE es más bien pintoresca, como también
lo será el papel del partido en los primeros quince años de su existencia. Esa
relativa marginalidad tiene relación directa con las circunstancias de su
creación. Y es que los dos agentes de la Komintern encargados de coordinar
el asunto, Mijaíl Borodin y Charles Phillips, eran relativamente ignorantes
del contexto político español, país que no figuraba entre las prioridades de la
Internacional[40]. Al reclutar para su proyecto al núcleo radical de las
juventudes del PSOE, un grupo minoritario de tendencia marcadamente
sectaria, Borodin y Phillips acabaron, afirma Ealham, «apostando por el
caballo equivocado»[41]. Si se les hubiera ocurrido conectar con la CNT en
lugar del PSOE, su iniciativa habría tenido más oportunidad de éxito.
Phillips y Borodin llegan a España, desde México, en diciembre de 1919,
con la misión de explorar la posibilidad de fundar un partido comunista en
España[42]. Contactan primero con algunos representantes del PSOE, cuya
tibia reacción les decepciona. Pero encuentran más animados a un pequeño
grupo de jóvenes socialistas, entre ellos Ramón Merino Gracia –el recién
elegido secretario general del Comité Nacional de la Federación de
Juventudes Socialistas (FJSE)–, Eduardo Ugarte, Juan Andrade y Flip Geers,
el compañero holandés. Borodin abandona España al cabo de poco tiempo,
pero Phillips se queda en Madrid para preparar el lanzamiento del PCE, que
se produce en abril de 1920. En un borrador de programa –elaborado el 5
marzo por Geers, Ramírez, Andrade y Ugarte– el partido se afilia a la Tercera
Internacional, reconoce «la dictadura del proletariado como el único medio
de traer el comunismo» y ataca al PSOE por reformista[43]. El «golpe» no es
un éxito total, sin embargo. De los siete mil afiliados a las FJSE, solo unos
dos mil pasan al PCE. Un año después, cuando el PSOE decide finalmente no
afiliarse a la III Internacional, otro grupo de disidentes abandona el Partido
Socialista para fundar un partido comunista rival, el Partido Comunista
Obrero Español (PCOE). Bajo presión de la Komintern, el PCE y el PCOE se
fusionan en noviembre de 1921[44].
Los primeros años de vida del Partido Comunista Español están marcados
por los conflictos, la precariedad económica y la represión. El momento es
todo menos propicio. Como recuerda Portela, si «la ola revolucionaria
iniciada en Rusia en 1917 había perdido empuje, y la clase obrera comenzaba
a batirse en retirada […] [e]n nuestro país la represión era cada vez más
fuerte y el proletariado se replegaba tras las grandes batallas sostenidas a lo
largo del año anterior»[45]. Aun así, su equipo dirigente desarrolla una
ambiciosa labor y cree percibir una respuesta entusiasta entre el proletariado
español[46].
Las relaciones del PCE con los otros partidos, en particular con el PSOE,
son profundamente hostiles. Su relación con la cúpula bolchevique en Rusia,
por otra parte, tampoco es nada fácil, por razones prácticas tanto como
ideológicas. En lo práctico, los dirigentes del PCE se sienten ignorados por
Moscú y hasta cierto punto embaucados porque se les prometió una ayuda
económica que no acaba de realizarse[47]. En el archivo de la Komintern se
guarda alguna correspondencia de Andrade al Comité Ejecutivo de la misma
en que pide apoyo, explicando que «la vida de nuestro partido […], por una
porción de circunstancias no ignoradas por [el] Comité[,] es
extraordinariamente difícil y nos está costando enormes sacrificios»[48]. En
lo ideológico, Andrade y compañía se sitúan de forma consistente a la
izquierda de Lenin, declarándose opuestos a la vía parlamentaria y muy
críticos del rumbo que está tomando la Komintern. «La mayoría de los
comunistas, yo entre ellos, somos antiparlamentarios», escribe Andrade a
Geers en una carta no fechada de 1920; «Esto está en contra de las bases del
Partido, pero nosotros nos salimos de ellas en esta cuestión». Comparten esta
posición ultraizquierdista con el Buró de Ámsterdam de la Komintern, con el
cual mantienen contacto a través de Geers[49].
La visión que tienen Andrade y compañía de España, del momento
histórico y de su propia misión organizativa es clara. Están convencidos de
que el proletariado español está listo para una revolución. Sin embargo, le
falta educación y su interpretación de la realidad social manifiesta la
influencia de un liderazgo pusilánime, ignorante y en el fondo reaccionario.
La tarea del Partido Comunista, por tanto, es en primer lugar educativo y, en
segundo lugar, movilizador. Aunque Andrade llama a Salvador Seguí, líder
cenetista que será asesinado en 1923, un «solemnísimo farsante» cuya actitud
es «parecida a la de Besteiro y Caballero»[50], la relación del PCE con los
sindicatos de la UGT y CNT es más benévola que con el PSOE. «Nuestra
actitud», escribe Andrade el 28 de agosto de 1920, «es pertenecer
indistintamente a la UGT y a la CNT para dentro de ellas laborar en pro de la
unificación de las fuerzas obreras sobre el programa de la III Internacional».
(Como indican Romero Salvadó y Smith, el éxito en esta labor fue
mínimo[51].)
A grandes rasgos, cabe destacar tres elementos definitorios en la izquierda
comunista que representaba Andrade. Primero, una fuerte tendencia sectaria.
El Partido parecía estar tanto o más interesado en desprestigiar, deslegitimar
o eliminar a sus rivales en la izquierda –vistos sin más como enemigos– que
en luchar por la revolución como tal. Segundo, Andrade y compañía
manifestaban una seguridad ideológica que era inversamente proporcional a
su edad, conocimiento y preparación. Tercero, apostaban por la violencia,
sobre todo retórica pero también física. En este sentido son llamativos los
pasajes de la correspondencia de Andrade a Geers que han quedado
censurados en su versión publicada. Incapaz de contener su regocijo, le
describe escenas rocambolescas de confrontación física y verbal con los
socialistas, cuyos líderes considera «gentuza». «Te habrás enterado –escribe
el 29 de junio de 1920– que en el Congreso Socialista le dimos unos golpes al
bandido de Tasin» (Tasin era un inmigrante menchevique que escribía en El
Sol sobre Rusia). Cuatro días más tarde, refiriéndose al mismo congreso, se
ufana: «promovimos numerosísimos incidentes. Nos hicimos los amos del
salón». Y cuenta: «Indalecio Prieto nos increpó. Nosotros al darnos cuenta le
insultamos atrozmente. A grandes gritos y a coro le gritábamos: ¡Chulo de
masón, chulo de putas!»[52]. Por otra parte, es importante reconocer que esta
agresividad no era ni mucho menos exclusiva de los comunistas que, como
afirma Hernández Sánchez, «participaban de una violencia que […] se
encontraba presente en el ambiente desde tiempo antes a su irrupción en la
vida política»[53].
Como hemos visto, la Revolución rusa obliga a los partidos y sindicatos
españoles no solo a interpretar la realidad social española más
conscientemente en un contexto transnacional, sino también a definir su
relación concreta con organismos internacionales como la Segunda y Tercera
Internacional, la Profintern (RILU), fundada en 1921 como rival comunista la
Federación Sindical Internacional (IFTU, Internacional de Ámsterdam). El I
Congreso de la Komintern, celebrado en marzo de 1919, no cuenta con
representación española; pero PSOE, CNT y PCE sí envían representantes al
II Congreso, celebrado en julio y agosto de 1920. Por el PCE va Merino
Gracia, secretario general; por el CNT va Ángel Pestaña; al PSOE lo
representan Daniel Anguiano y Fernando de los Ríos, cuyo viaje sufre un
retraso considerable que hace que no lleguen a Moscú hasta octubre; regresan
a España en diciembre. Como ya se ha mencionado, el informe de De los
Ríos presentado en el Congreso Extraordinario de abril de 1921 convence a la
mayoría de los afiliados a votar en contra del ingreso del PSOE a la III
Internacional[54]. (Lo que facilita esta decisión es la creación de otra
Internacional, la de Viena, en febrero de 1921, como remedo a la
desprestigiada II Internacional.) Poco más de un año después, también la
CNT se desafilia de la III Internacional[55], en una victoria de los sectores
más antibolcheviques.
LA DICTADURA DE PRIMO, 1923-1929: ENTRE LA
REPRESIÓN Y LA COLABORACIÓN
«La situación política general en España atraviesa una etapa de verdadero estancamiento.
Desde que está Primo de Rivera en el poder no se ha atravesado una época de tanta
tranquilidad en lo que se refiere a la actividad política. No hay conspiraciones ni se hace nada
contra el Directorio» (Andrade a Geers, 22 de marzo de 1928)
Los años de la dictadura de Primo de Rivera son, para el PCE, difíciles,
como lo son para toda la izquierda radical española, que sigue aquejada de
profundas divisiones. La militancia está desalentada y cansada por los años
intensos de lucha y represión. Mientras que el PSOE decide colaborar
abiertamente con la dictadura, la CNT y el PCE se convierten en la diana de
un régimen que, como escriben Elorza y Bizcarrondo, pretende «acabar con
[ambos] mediante una represión implacable en que se [unirán] el uso de la
legislación vigente con una interpretación restrictiva, medidas tomadas por el
poder militar y la presión permanente de la policía social, todo ello reforzado
con la posibilidad de mantener discrecionalmente sin juicio en la cárcel a los
dirigentes obreros»[56]. En marzo de 1928, Andrade le envía una larga
misiva a Geers en la que le resume siete años de penurias:
En total, he estado desde que te marchaste de aquí once veces preso, lo que suma en total unos
veintiséis meses. Durante todo este tiempo he pasado múltiples calamidades de todo género,
principalmente materiales. A consecuencia de lo reducido que es el partido y de lo desorganizado
que está, los presos no recibían socorro alguno. He tenido que comer rancho y mi madre ha pasado
hambre.
Las secuelas de la malograda fusión del PCE y el PCOE le han venido
apartando del Partido. Como indica Hernández Sánchez, la clandestinidad
sirvió para reforzar todavía más los «rasgos de radicalización y sectarismo»
de un PCE que «se debatía entre el radicalismo, el voluntarismo, las
confrontaciones
personalistas
intestinas
y
una
deficiente
praxis
conspiratoria»[57]. «El Partido Comunista –concluye un Andrade pesimista
en su última carta a Geers– actualmente puede decirse que, de hecho, no
existe en España. Un grupo de apaches han establecido su dictadura y hacen
lo que les da la gana. La gente, asqueada con todas estas cosas, está inactiva,
aunque la idea comunista tiene en España cada vez más simpatías».
Destituido de todos sus cargos en 1927, Andrade se siente marginado y ha
comenzado a buscar contacto con el movimiento trotskista. (En 1930 ayudará
a fundar Oposición Comunista Española, afiliada a la Izquierda Comunista de
Trotsky, que en 1935 se fusiona en el POUM, en cuya cúpula servirá
Andrade junto con el excenetista Andreu Nin.)
En 1929, cuando el PCE celebra su III Congreso en París, sigue las
indicaciones de la Komintern en su «Tercer Periodo» –que desecha la táctica
de «frente único» adoptada en 1922– y reincide en su hostilidad hacia las
corrientes socialdemócratas, justificada además, en el caso español, por la
actitud colaboracionista de PSOE y UGT. El borrador de las resoluciones a
adoptar, depositado en el archivo de la Internacional en Moscú, incluye una
larga lista de tareas el Partido. En segundo lugar figura la siguiente:
2. Guerra abierta a los socialdemócratas como aliados directos de la dictadura. Las masas
obreras engañadas por los socialdemócratas solo reaccionarán a medida que sean desenmascarados
los jefes traidores. Hay que evitar que la fracción oposicional del partido socialista (el grupo
Prieto-Menéndez) gane la confianza que poco a poco pierde la camarilla vendida a Primo de
Rivera, camarilla dirigida por el jefe del Consejo de Estado y el secretario general de la Unión
General de Trabajadores, Largo Caballero. […] La lucha contra la socialdemocracia es un aspecto
de la lucha contra la dictadura[58].
Paradójicamente, la colaboración de los socialdemócratas con el régimen de
Primo de Rivera no les pasó factura, sino que, al contrario, les resultó
bastante beneficioso: como apunta Heywood, al evitar la ilegalización y
represión que debilitaron a la CNT y al PCE, el PSOE pudo recuperarse
tranquilamente de los traumas de 1916-1923, consolidarse y, así,
«desempeñar un papel central en la instauración de la II República»[59].
LEGADOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA EN ESPAÑA
En definitiva, la Revolución rusa tuvo un impacto importante sobre la
cultura política española, pero su legado es sumamente mixto. Hacia finales
de 1916 los obreros y campesinos, impulsados por una amplia alianza
sindical, entran con pujanza a la escena política nacional, exhibiendo la
fuerza de su unidad mediante huelgas generales que logran alguna victoria y,
sobre todo, infunden miedo a las clases dirigentes. Por otro lado, esta muestra
de fuerza desata una represión violenta de esas mismas clases dirigentes que
acaba por debilitar y dividir a la izquierda. Aunque en un principio la
Revolución rusa sirve de inspiración y modelo a un proletariado español cada
vez más organizado y militante, los dilemas que crea socavarán la incipiente
unidad de las organizaciones obreras y campesinas. (Lo mismo ocurre, por
cierto, en otros países. «[E]n última instancia –escribe Heywood–, la creación
de la Komintern debilitó severamente el movimiento obrero internacional al
generar unas expectativas poco realistas y forzar la división en casi todos los
partidos socialistas»[60].) Aun así, entre 1916 y 1923 los diferentes partidos
y sindicatos –en particular la UGT y la CNT, el PSOE y el PCE– desarrollan
una importante labor educativa y movilizadora. De forma más general, los
acontecimientos en Rusia hacen que tanto las cúpulas como la militancia de
las principales organizaciones de izquierda cobren una conciencia más global
de las luchas españolas, al mismo tiempo que forjan o refuerzan sus redes
internacionales.
Si las divisiones en la izquierda española entre 1917 y 1931 resultan
especialmente duraderas –de hecho, condicionarán relaciones personales y
organizativas durante décadas– es también porque se produjeron en una
cultura política nacional e internacional de tendencia sectaria, agresiva y
violenta. Como queda patente en la correspondencia entre Andrade y Geers,
las relaciones políticas en España durante la primera mitad del siglo XX están
marcadas por un maximalismo partidista y un afán purista que tienden a
enmarcar las diferencias políticas en términos morales y personales. Así, es
fácil que se cree una dinámica exaltada y contraproducente que privilegia la
desconfianza, el desdén y la descalificación mutua sobre la colaboración o la
búsqueda de territorio en común[61].
Este talante violento no se limita, ni mucho menos, a la izquierda. En el
lado opuesto del panorama político, los siete años de intensa agitación laboral
entre 1916 y 1923 no solo producen una unificación de las clases dirigentes
españolas en una alianza contrarrevolucionaria, sino que tienen dos
consecuencias de mayor trascendencia. Primero, afianzan la afición a la
solución «quirúrgica» de los problemas sociales: lo que Ealham describe
como «una utopía reaccionaria de pacificar las relaciones industriales manu
militari»[62]. En segundo lugar, permiten la construcción de una alianza
contrarrevolucionaria –una especie de Frente Antipopular– sobre un discurso
anticomunista que será clave para justificar el golpe de julio de 1936[63]. El
hecho de que, en la práctica, el Partido Comunista Español tenga una
presencia más bien marginal hasta el comienzo de la Guerra Civil no impide
que la derecha evoque la amenaza marxista como comodín para legitimar
toda una serie de medidas antidemocráticas[64].
En este sentido, la derecha española participa en la cultura política
anticomunista que se extiende por todo Occidente en los años posteriores a la
Revolución rusa, y que combinaba la xenofobia (basada en parte en
prejuicios antiasiáticos) con la «extranjerización» de la propia población
proletaria, vista como agente de una gran conspiración internacional o
portadora de peligrosos contagios: la «peste roja» invocada por Concha
Espina en 1938[65]. «El horror que en medios conservadores e incluso
liberales de toda Europa despertaba el bolchevismo –escribe Avilés Farré–
respondía a que en este confluía la doble amenaza de los bárbaros del exterior
y los bárbaros del interior»[66]. Los tropos empleados para describir el
problema sugieren una solución: ya en 1919, un editorial de ABC sobre la
huelga de La Canadiense habla de la necesidad de «exterminar el
sindicalismo» (énfasis mío)[67]. «Una de las paradojas más sorprendentes de
la Revolución Bolchevique –afirman Romero Salvadó y Smith– fue que
muchos Estados liberales europeos no sucumbieran ante el temido “Espectro
Rojo” sino que cayeron víctimas de la marcha triunfal de una brutal reacción
“negra”, autoritaria y nacionalista, de la cual el fascismo fue el exponente
más evidente»[68]. Pero el impacto de la Revolución rusa en España también
plantó la semilla del anticomunismo en el seno de la izquierda, en particular
en sectores de la CNT y del PSOE[69], minando fatalmente la unidad
antifascista del Frente Popular.
[1] El Instituto fue fundado en 1935 pero sus orígenes se remontan a 1914, cuando Nicolaas
Posthumus (1880-1960) creó el Archivo de Historia Económica de los Países Bajos para preservar los
archivos relativos a la historia de la economía y las relaciones laborales. En los años treinta adquirió
colecciones clave como las de Max Nettlau, Marx, Engels y Bakunin, además del archivo de la CNT-
FAI, transportado en 43 grandes cajas de madera que salieron de España en enero de 1939 y, por vía de
París e Inglaterra, acabaron en Ámsterdam después de la Segunda Guerra Mundial.
[2] El término de «golpe de Estado» para referirse a la creación del PCE lo emplea Portela (L.
Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», Estudios de
Historia Social 14 [1980], pp. 191-217, p. 200). Más sobre Geers y su amistad con Andrade en S.
Faber, «Hispanismo militante. Cómo un anarquista holandés fundó el PCE, tradujo a Ortega y Gasset y
murió como exiliado republicano», FronteraD, edición digital
[www.fronterad.com], 27 de noviembre
de 2015. El holandés y Andrade también tradujeron juntos al castellano La victoria proletaria y el
renegado Kautsky, de Lenin. Andrade escribe que la traducción que hizo con Geers fue de El Estado y
la revolución, publicado en 1920 por Biblioteca Nueva; pero esa traducción la realizó, del inglés, Pedro
Henríquez Ureña junto con Alfonso Reyes y Carlos Pereyra ((J. Andrade, Recuerdos personales,
Barcelona, Serbal, 1983, p. 151; S. Henrí quez Ureña de Hlito, Pedro Henríquez Ureña: apuntes para
una biografía, México, Siglo XXI, 1993, p. 80), mientras que otra traducción de la misma obra
publicada en Valencia, esta del ruso, es de Nicolás Alvieff. En cambio, la traducción de La victoria
proletaria, publicada en 1921 y después también incorporada en Biblioteca Nueva, es atribuida
directamente a Andrade.
[3] G. H. Meaker, The Revolutionary Left in Spain, 1914-1923, Stanford (California), Stanford
University Press, 1974, p. 259; L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento
comunista en España», cit., p. 206. El comunismo de izquierdas holandés estaba representado por
David Wijnkoop, Anton Pannekoek, S. J. Rutgers y Henriëtte Roland Holst, entre otros. Geers también
traducía textos de Andrade al holandés para su publicación en De Tribune; véase por ejemplo J.
Andrade, «De intellektueelen en het Socialisme», De Tribune, 27 de julio de 1927, pp. 1-2.
[4] De Jong, hijo del conocido anarcosindicalista Albert de Jong (1891-1970), es autor de De
Spaanse burgeroorlog (La Guerra Civil Española, 1963), escrito desde un claro compromiso con la
causa republicana y, más específicamente, de la revolución libertaria.
[5] El Informe Anual del IISG de 1966 menciona que ha comenzado la labor de ordenación de los
papeles de Geers (Internationaal Instituut voor Sociale Geschiedenis, Jaarverslag 1966, Ámsterdam,
IISG, [1967], p. 13).
[6] J. Andrade, Recuerdos personales, cit., p. 151.
[7] Es importante recalcar que lo que se publicó en Recuerdos personales es una selección retocada
de las cartas depositadas en Ámsterdam. María Teresa García Bañús, compañera vital de Andrade y
editora de Recuerdos personales, escribe en una nota introductoria que decidió suprimir «toda una serie
de improperios, violencias e insultos que en aquella época eran casi normales y no chocaban a nadie»
(J. Andrade, Recuerdos personales, cit., p. 150). En realidad, la labor de selección fue más
intervencionista; además de algunos insultos puntuales (por ejemplo, la caracterización de García
Cortés como «farsante» o la de Prieto como «chulo de masón, chulo de putas»), la transcripción omite
pasajes sustanciales de los originales. Por ejemplo, de la carta del 20 de mayo de 1920 faltan cuatro
páginas manuscritas con detalles sobre la disolución del Buró de Ámsterdam de la Komintern; de la
carta del 3 de julio de 1920 se han suprimido tres párrafos y medio de las últimas dos páginas
manuscritas, etc. Es posible, por otra parte, que esta labor de selección siguiera las indicaciones del
propio Andrade, quien hizo la primera transcripción de las cartas y confiesa en la carta a Rodríguez:
«Naturalmente no quiero que [las cartas] salgan en una edición completa, porque ahora, sin tener idea
exacta de los momentos que vivíamos en 1920, podrían causar mala impresión» (J. Andrade, Recuerdos
personales, cit., p. 152). Todas las citas de las cartas en este artículo son de los originales.
[8] No es casual que, ya a comienzos de los setenta, constituyeran una fuente importante para lo que
sigue siendo uno de los estudios más completos sobre el tema, de G. H. Meaker (The Revolutionary
Left in Spain, 1914-1923, cit.), a pesar de estar marcado por la Guerra Fría. Véase C. Ealham, «An
Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish Left, 1917-23», en
Francisco J. Romero Salvadó y Angel Smith (eds.), The Agony of Spanish Liberalism: From War to
Revolution, 1913-1923, Basingstoke, Palgrave, 2010, pp. 92-120, p. 104.
[9] J. Bullejos, La Comintern en España; recuerdos de mi vida, México, [Impresiones Modernas],
1972; L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit.; J.
Andrade, Apuntes para la historia del PCE, Barcelona, Fontamara, 1979.
[10] Menos útiles aún son las historias oficiales de los partidos, como la publicada por el PCE en el
exilio en los años sesenta. Así, Portela afirma que esa historia se empeña en denigrar al primer PCE en
base, por ejemplo, a una anécdota falsa que atribuye al PCE la planificación de un atentado en Vizcaya.
«Es evidente –escribe Portela– que el propósito que perseguían los que fabricaron esta historia era
desprestigiar a posteriori al núcleo inicial del Movimiento Comunista en España, Pérez Solís por el afán
de los tránsfugas de escupir sobre su pasado y contra los que con él vivieron para hacérselo perdonar y
Dolores Ibárruri por darse el placer de atacar por ese procedimiento a unos hombres procedentes del
Partido Comunista Español que se habían enfrentado, desde posiciones comunistas, al stalinismo» (L.
Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., p. 207).
[11] C. Ealham, «An Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish
Left, 1917-23», cit., p. 113.
[12] C. Espina, «La peste roja», ABC (Sevilla), 13 de noviembre de 1938, p. 3.
[13] F. J. Romero Salvadó y A. Smith, «The Agony of Spanish Liberalism and the Origins of
Dictatorship: A European Framework», en The Agony of Spanish Liberalism: From War to Revolution,
1913-1923, cit., pp. 1-31, p. 14.
[14] C. Ealham, «An Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish
Left, 1917-23», cit., p. 98.
[15] G. H. Meaker, The Revolutionary Left in Spain, 1914-1923, cit., p. 41.
[16] L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., p.
191. Decía el manifiesto, entre otras cosas: «El proletariado organizado ha llegado […] al
convencimiento de la necesidad de la unificación de sus fuerzas en una lucha común contra los
amparados de la explotación erigida en sistema de Gobierno. […]. [C]on el fin de obligar a las clases
dominantes a aquellos cambios fundamentales de sistema que garanticen al pueblo el mínimum de las
condiciones decorosas de vida y de desarrollo de sus actividades emancipadoras, se impone que el
proletariado español emplee la huelga general, sin plazo definido de terminación, como el arma más
poderosa que posee para reivindicar sus derechos». «La cuestión obrera. Se acuerda ir al paro general,
sin fijar fecha». La Correspondencia de Madrid, 28 de marzo de 1917, pp. 4-5.
[17] M. Vincent, Spain 1833-2002: People and State, Oxford, Oxford University Press, 2007, p. 105.
[18] L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., p.
192.
[19] C. Ealham, «An Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish
Left, 1917-23», cit., p. 95.
[20] Ibid., p. 93.
[21] Ibid., p. 93.
[22] El golpe se produjo en octubre según el calendario ruso y en noviembre para los países que,
como España, usan el calendario gregoriano.
[23] L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., pp.
193-194.
[24] J. Avilés Farré, La fe que vino de Rusia: La revolución bolchevique y los españoles, 1917-1931,
Madrid, UNED, 1999, p. 46.
[25] Ibid., p. 40.
[26] L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., p.
194.
[27] P. Heywood, Marxismo y el fracaso del socialismo organizado en España, 1879-1936,
Santander, Universidad de Cantabria, 1993, p. 109.
[28] «Pese a que el PSOE y UGT también experimentaron aumentos en militancia, en modo alguno
fueron en la escala de CNT», apunta Heywood; «se duplicó el número de afiliados entre 1918 y 1920,
alcanzando un máximo de 211.000, pero, de modo significativo, se estaba expandiendo a ritmo mucho
más lento que su rival anarquista. Mientras que el crecimiento del movimiento socialista indicaba una
mayor confianza y peores condiciones de trabajo entre las masas trabajadoras de España, el crecimiento
aún mayor de los anarquistas reflejaba una actitud más dinámica» (P. Heywood, op. cit., pp. 108-109).
[29] C. Ealham, «An Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish
Left, 1917-23», cit., p. 111.
[30] F. Caudet, Las cenizas del fénix. La cultura española en los años 30, Madrid, Ediciones de la
Torre, 1993, p. 113; J. Avilés Farré, La fe que vino de Rusia, cit., pp. 130-131.
[31] «La revolución rusa había causado profunda impresión en la clase obrera de todos los países –
afirma Portela– y buen número de jefes socialistas y sindicalistas se vieron obligados a acelerar su paso
para no quedar aislados de sus huestes» (L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del
movimiento comunista en España», cit., p. 207).
[32] G. Eley, Forging Democracy: The History of the Left in Europe, 1850-2000, Oxford, Oxford
University Press, 2002, p. 179.
[33] L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., pp.
195-196.
[34] J. Avilés Farré, «El impacto de la revolución rusa en las organizaciones obreras españolas
(1917-1923)», Espacio, tiempo y forma, Serie V, Historia contemporánea 13 (2000), pp. 17-32, p. 20;
L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., p. 195.
[35] G. H. Meaker, The Revolutionary Left in Spain, 1914-1923, cit., p. 121.
[36] C. Ealham, «An Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish
Left, 1917-23», cit., p. 101.
[37] Esta «asunción de objetivos aparentemente incompatibles», escribe Ealham, «reflejaba el tira y
afloja entre las varias tendencias políticas operativas dentro de la CNT» (C. Ealham, art. cit., p. 100).
[38] Ibid., p. 102.
[39] J. Avilés Farré, «El impacto de la revolución rusa en las organizaciones obreras españolas
(1917-1923)», cit., p. 21; G. H. Meaker, The Revolutionary Left in Spain, 1914-1923, cit., p. 213.
[40] A. Elorza y M. Bizcarrondo, Queridos camaradas: la Internacional Comunista y España, 1919-
1939, Barcelona, Planeta, 1999, p. 27.
[41] C. Ealham, «An Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish
Left, 1917-23», cit., p. 107.
[42] Borodin nació como Mijaíl Gruzenberg; Charles Phillips (1895-1986) viajaba en aquel entonces
como Jesús Ramírez (haciéndose pasar por mexicano) y adoptó en diferentes momentos los nombres de
Charles Shipman, Jesús Ramírez, Manuel Gómez y Frank Seaman, como explica en sus memorias (C.
Shipman, It Had to Be Revolution: Memoirs of an American Radical, Ithaca [NuevaYork], Cornell
University Press, 1993).
[43] J. Avilés Farré, La fe que vino de Rusia, cit., p. 120.
[44] Como recuerda Andrade en Apuntes para la historia del PCE, la transcripción (algo defectuosa)
de una conferencia pronunciada en 1966: «Al hacerse la fusión, según los informes de los delegados de
la IC, el PCE tenía 2.050 afiliados y el PCOE 4.500. El PCE publicaba dos periódicos: El Comunista
(bisemanal) y Juventud Andaluza, en Sevilla, y el PCOE seis [sic]: La Guerra Social, Nueva Aurora,
El Comunista Balear, El Campesino Rojo y Bandera Roja» (J. Andrade, Apuntes…, cit., p. 31).
[45] L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., p.
201.
[46] «En Madrid hay muchas altas. […] [G]anamos terreno y simpatías», informa Andrade a Geers
en carta de 11 de mayo de 1920; en junio escribe que «[e]n Madrid hay un entusiasmo extraordinario
por nuestro partido» y el 3 de julio: «Hay aquí un entusiasmo bestial, que dicen los señoritos bien.
Nuestro partido tiene el éxito asegurado».
[47] «Ha estado aquí nuevamente R[amírez, es decir Charles Phillips]», escribe Andrade a Geers en
julio de 1920, cuando Merino Gracia ya está camino del II Congreso de la Komintern. «He confirmado
mi juicio de que es un sinvergüenza. Nos ha entregado 3.000 pesetas nada más. En cambio él se ha
dado una vida extraordinaria […] Merino Gracia va principalmente a enterar al ejecutivo de todo esto.
Tiene aficiones aristocráticas el tal R. no muy en armonía con el cargo que tiene. […] Además durante
su estancia en Berlín se enamoró de una actriz cinematográfica y no pensaba más que en ella. […]
Hemos descubierto que es norteamericano […]».
[48] Juan Andrade al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, 15 de septiembre de 1924
(RGASPI. F.495. Op.18. D.275b, p. 11).
[49] Fundado en septiembre de 1919, empieza a funcionar en enero 1920 y es disuelto en abril (J. P.
Gerber, Anton Pannekoek and the Socialism of Workers’ Self-Emancipation, 1873-1960, Dordrecht,
Kluwer Academic, 1989, pp. 134-35; P. Broué, Historia da Internacional Comunista 1919-1943, vol,
1., São Paulo, Sundermann, 2007, p. 115). En mayo de 1920, Andrade escribe que El Comunista
publicará dos cartas del Buró dando la bienvenida al PCE y declarando fuera de la III Internacional a
las Juventudes Socialistas, y un artículo de fondo con el titular: «La Tercera Internacional descalifica
por contrarrevolucionaria a la nueva Juventud Socialista madrileña» (Andrade a Geers, 11 de mayo de
1920).
[50] Andrade a Geers, 25 de diciembre de 1920.
[51] F. Romero Salvadó y A. Smith, «The Agony of Spanish Liberalism and the Origins of
Dictatorship: A European Framework», cit., p. 16.
[52] En un incidente particularmente sonado en el XV Congreso de la UGT celebrado en noviembre
de 1922, se desbordó una protesta del PCE contra dos ponentes que venían en representación de la
Internacional de Ámsterdam [IFTU]; hubo disparos y murió abatido un militante de las juventudes
socialistas (G. H. Meaker, The Revolutionary Left in Spain, 1914-1923, cit., p. 454; J. Andrade,
Apuntes para la historia del PCE, cit., pp. 32-33; J. Avilés Farré, «El impacto de la revolución rusa en
las organizaciones obreras españolas [1917-1923]», cit., p. 30).
[53] F. Hernández Sánchez, Guerra o revolución: el Partido Comunista de España en la Guerra
Civil, Barcelona, Crítica, 2010, p. 48.
[54] J. Avilés Farré, La fe que vino de Rusia, cit., p. 171; Avilés Farré, «El impacto de la revolución
rusa en las organizaciones obreras españolas (1917-1923)», cit., p. 25.
[55] J. Avilés Farré, «El impacto de la revolución rusa en las organizaciones obreras españolas
(1917-1923)», cit., p. 29.
[56] Elorza y Bizcarrondo, Queridos camaradas: la Internacional Comunista y España, 1919-1939,
cit., p. 43.
[57] F. Hernández Sánchez, Guerra o revolución: el Partido Comunista de España en la Guerra
Civil, cit., pp. 51-52.
[58] «Resolución y borrador de resolución III Congreso PCE». RGASPI F.495. Op.32. D.198, p.
231. Según Bullejos, «En realidad, sus resoluciones se limitaron a transcribir para España los acuerdos
que un año antes había tomado el VI Congreso de la Komintern. En el orden político, se insistía en que
la revolución española debía ser democrática-burguesa por su contenido histórico, aunque solo
triunfaría por la acción directora del proletariado, aliado a las restantes capas trabajadoras. Era esta la
tesis de los bolcheviques rusos para su revolución desde 1905 hasta 1917» (J. Bullejos, La Comintern
en España; recuerdos de mi vida, cit., p. 92).
[59] P. Heywood, Marxismo y el fracaso del socialismo organizado en España, 1879-1936, cit., p.
146.
[60] Ibid., p. 110.
[61] Según Meaker, los conflictos entre socialistas y anarquistas del siglo XIX tenían como legado
no solo una buena dosis de «resentimientos» sino, entre los libertarios, «un sentimiento de inmensa
superioridad moral sobre sus rivales en el movimiento obrero, contra los que albergaban un
considerable desdén» (G. H. Meaker, The revolutionary Left in Spain, 1914-1923, cit., p. 16).
[62] C. Ealham, «An Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish
Left, 1917-23», cit., p. 111.
[63] Cabe citar aquí el papel de la Entente Internationale contre la Troisième Internationale en la
cosmovisión de Franco y Mola (H. R. Southworth, Conspiracy and the Spanish Civil War: The
Brainwashing of Francisco Franco, Londres, Routledge, 2001, p. 138; P. Preston, The Spanish
Holocaust: Inquisition and Extermination in Twentieth-Century Spain, Nueva York, W. W. Norton &
Co, 2012, pp. 41-42) o trabajos como el del periodista conservador Marcel Chaminade (pseud. de
Marcel Moszkowski), que en un artículo muy difundido de 1938 afirmaba que la Unión Soviética
llevaba preparando la revolución en España desde 1919: «we can say that the term “Civil War” is
incorrect; we might even say that there has been no Spanish Revolution, or that there is only a Russian
Revolution which has been arranged from outside, even a Russo-French Revolution, which has made
Spain its centre, after eighteen years of uninterrupted effort» (M. Chaminade, «Soviet Influence in
Spain, 1919-1936», The Tablet, 8 de octubre de 1938, pp. 456-458, p. 456). Como escribía Manuel
Vázquez Montalbán en 1995: «Mola teme a la izquierda del PSOE y a los “comunistas” de los
sindicatos, la UGT y la CNT. Curiosamente una vez abandonada la Dirección General de Seguridad
empezó a conspirar contra la República bajo la coartada del “peligro comunista” y con el tiempo
consiguió iniciar una cruzada de liberación con la ayuda de las derechas católicas, sociales y políticas
que no querían que les quitaran las tierras, ni con el Capital ni con las encíclicas papales en la mano»
(M. Vázquez Montalbán, «75 años de anticomunismo español», El País, edición digital, 22 de abril de
1995).
[64] H. García, «Historia de un mito político: el peligro comunista en el discurso de las derechas
españolas (1918-1936)», Historia Social 51 (2005), pp. 3-20, p. 19.
[65] Como afirma Hugo García, el discurso anticomunista de los años veinte y treinta se inscribe «en
una tradición de pensamiento contrarrevolucionario que se remonta, al menos, a mediados del siglo
XIX, época en que el socialismo moderno hizo su aparición en la escena política europea. En este
sentido, la revolución bolchevique no crea el concepto de peligro comunista: a lo sumo, lo precisa y
reactualiza al ofrecer un ejemplo de revolución social violenta que, a diferencia de otras anteriores,
logra triunfar en un país de Europa. Con todo, no puede minusvalorarse la importancia cultural del
acontecimiento, sobre todo porque este influye en el imaginario social por partida doble: por una parte,
la opinión conservadora ve en el confirmados sus antiguos prejuicios y/o temores» (H. García,
«Historia de un mito político: el peligro comunista en el discurso de las derechas españolas (1918-
1936)», cit., p. 18).
[66] J. Avilés Farré, La fe que vino de Rusia, cit. p. 91.
[67] El pasaje reza: «Es, por tanto, necesario exterminar el sindicalismo, como él viene exterminando
cuanto a su avance se opone. Al que argumenta con palabras, aun cuando defienda las ideas más
equivocadas y absurdas, con palabras puede contestársele. Al que emplea como decisivo argumento la
fuerza y el asesinato, solo con la fuerza se le puede responder» (ABC, «El peligro del sindicalismo», 26
de marzo de 1919, p. 3; citado en H. García, «Historia de un mito político: el peligro comunista en el
discurso de las derechas españolas (1918-1936)», cit., p. 8).
[68] F. Romero Salvadó y A. Smith, «The Agony of Spanish Liberalism and the Origins of
Dictatorship: A European Framework», cit., p. 17.
[69] C. Ealham, «An Impossible Unity: Revolution, Reform and Counter-Revolution and the Spanish
Left, 1917-23», cit., p. 105.
10. «No hay más que futuro». El republicanismo
español y el 1917 bolchevique[1]
Ángel Duarte[2]
En la España del siglo XIX y primer tercio del XX el republicano es un
horizonte de esperanza. Alrededor de la posibilidad del advenimiento de la
República se congregan expectativas que van más allá de lo institucional.
Con su llegada –sostienen sus valedores– serán borrados de la vida nacional
los últimos vestigios del Antiguo Régimen. Así pues, los republicanos son
planes de liberación que se nutren y, a su vez, alimentan los combates
protagonizados por las emergentes clases medias profesionales, por la
intelectualidad anticlerical, por los restos del universo artesanal, por sectores
del campesinado no propietario y por elementos del mundo del trabajo
asalariado industrial y comercial. Se trata de luchas libradas contra las
hegemonías culturales católica y patricia, así como contra las diversas formas
de exclusión política y social generadas a raíz de la forja del Estado-nación y
del orden socioeconómico liberal. El republicanismo es, en suma, una
perspectiva emancipadora de contenido interclasista, algo inconcreta en sus
propuestas de futuro –queda claro lo que hay que derribar aunque no tanto lo
que se construirá el día siguiente– y limitadamente autorreferencial: se nutre
de influencias exteriores tanto como de tradiciones propias[3].
Sin duda sería factible añadir otros rasgos y, por supuesto, delimitar con
mayor precisión los aquí enumerados. Las características seleccionadas lo son
por su capacidad explicativa para el problema que nos ocupa: la respuesta
republicana a la revolución bolchevique de Octubre. El republicanismo,
complejo hasta el punto de dar pie en su seno a agudas discrepancias, deberá
tomar posición ante un proyecto emancipador que, desbordando los
quehaceres reformistas de una socialdemocracia con la que el republicanismo
empezaba por entonces a entenderse, se quiere hacedor de una humanidad
nueva.
La revolución soviética les resulta a los republicanos del ochocientos
fronteriza en términos territoriales. Es vecina pero, al mismo tiempo, ajena a
sus marcos de referencia[4]. Nuestros republicanos cultivan la francofilia, la
latinidad o el iberismo con tanto ardor como relativa es la indolencia con la
que observan el mundo eslavo. Entre los liberales avanzados –predecesores
necesarios de los republicanos–, quienes se saltan la regla y viajan a esas
tierras extrañas dejan en sus anotaciones un rastro apenas disimulado de
seducción orientalista. La excepción tanto al desinterés como a la atracción
por lo remoto e insólito la protagonizan algunos líderes, del tipo del
conservador Emilio Castelar, interesados por la cuestión de Oriente, la
decadencia del Imperio otomano y la inestabilidad en los Balcanes. En
cualquier caso, ahí no hay proyecto emancipador sino reflexiones
diplomáticas y consideraciones relativas a política europea, al riesgo de
guerras continentales y a su impacto en España desde una perspectiva liberal
democrática[5]. Una última alteración de la regla nos la procuran algunos
científicos positivistas y republicanos de la importancia de Odón de Buen,
quienes incorporan las tierras rusas a sus expediciones y aprovechan la
ocasión para censurar la teocracia dominante en el país de los zares justo
antes de protagonizar agrias confrontaciones ideológicas y políticas contra los
neocatólicos en nuestro propio país[6].
Con la llegada del siglo XX el interés político por Rusia se acrecienta y
tienen lugar unos pocos viajes más, entre ellos el del republicano Luis Morote
en 1904 y 1905. Morote es un regeneracionista inquieto, gradualista y
reformista que, por entonces, igual se desplaza a San Petersburgo e informa
de la jornada revolucionaria del 22 de enero de 1905 que, tres años más tarde,
lo hace a Portugal en cuanto allí asoma la revolución[7]. La generalización
del arrebato en el interés por el país de los soviets no llegará, sin embargo,
hasta la década de 1920 y, más concretamente, a fines de esa década desde el
momento en el cual los avatares de la guerra civil se superan y la posibilidad
del turismo guiado se normaliza.
La geográfica no era la única distancia que mediaba con lo que sucedía en
Rusia. A los republicanos, la soviética les resulta una revolución extraña
debido a la naturaleza del proyecto que sostienen V. I. Lenin y sus
camaradas. Tras la caída de Aleksandr Kérenski, si no antes, la revolución
soviética rompe con el hilo conductor que procede del liberalismo, incluso
con el radical, igualitario y socialmente revolucionario que tanto ha
contribuido al mantenimiento operativo de los ideales republicanos. Esa
ruptura, en la medida que se concreta con la adopción de las primeras
iniciativas por parte del poder soviético, se les hace a los republicanos
españoles intolerable.
Más allá del momento inaugural, entre 1917 y 1922[8], el trato del
republicanismo histórico español con la revolución bolchevique y la
experiencia comunista estará marcado, durante siete décadas, por una ristra
de coyunturas bélicas. Las noticias iniciales llegan en medio de una guerra
mundial en la que los republicanos toman partido, con unas pocas
excepciones, por la Entente. Los ecos del mundo que nació en 1917 no serán
metabolizados del todo hasta seis décadas más tarde: en los años setenta, en
tiempos de la Transición y de distensión de una Guerra Fría que contribuirá
no poco al fomento del anticomunismo republicano en el exilio. Por medio,
cuando los republicanos se han visto en la obligación de posicionarse ante los
frutos de 1917 han tenido que hacerlo en medio de guerras civiles –la rusa y
la española–, una segunda confrontación global –con la doble fractura de
agosto de 1939 y de junio de 1941, por medio– y los choques regionales –de
Guatemala y Cuba al corazón de Europa o el Sudeste Asiático– que impactan
en la opinión española durante la Guerra Fría.
En definitiva, la tortuosa relación del republicanismo español con la
Revolución de Octubre está condicionada, en términos culturales, por una
lógica de proximidad/lejanía y fascinación/repulsión en la que predominaron
las segundas partes de ambas antinomias y, además, por el marco conflictual
o bélico en el que nació, y con el que concluyó, a los ojos de cualquier
republicano histórico el proyecto liberador iniciado con la toma del Palacio
de Invierno.
EL MARCO DE UNA PRIMERA RECEPCIÓN: GRAN
GUERRA Y CONFLICTO SOCIAL
En los meses que van de julio de 1914 a noviembre de 1917 los
republicanos españoles afrontan un par de circunstancias inéditas que se
perciben como síntomas de un radical cambio de época. Las declaraciones de
guerra y la invasión de Bélgica abren un ciclo en el que la civilización
europea entra en una crisis que parece terminal[9]. El republicano lo vive con
desazón, como un desgarro íntimo. Todas las agendas republicanas, desde las
canónicamente liberales a las adeptas al protagonismo popular y, con él, de
una u otra variante de reorganización equitativa del orden socioeconómico,
parten de un sustrato compartido. España se halla atenazada por la reacción,
vencida por el clericalismo y sometida a elementos retardatarios que
bloquean el bienestar de la nación y el protagonismo del pueblo. Los
españoles deben acabar con todo ello y reconectar sus destinos al devenir
europeo. Un acontecer que, en la totalidad de las lecturas republicanas, se
define por la lenta conquista de la democracia. Un botín axiomático que las
naciones libres y los pueblos conscientes, junto a los elementos ilustrados del
universo burgués entre los republicanos liberales, han alcanzado en mayor
grado que los españoles gracias a sus reiteradas ofensivas contra los restos de
la reacción y en favor del progreso.
Desde 1914 el grueso del republicanismo, implicado en la construcción de
alianzas y conjunciones con el socialismo –Conjunción Republicano-
Socialista, Bloque de Izquierdas– comprueba, aturdido, cómo Europa se abre
a la experiencia de una brutal guerra civil[10]. Hay que tomar partido.
Apenas tres años más tarde ese contexto civilizatorio del que se sienten parte
integrante –Europa– es escenario, en su limes oriental, de una revolución que
asalta el orden político tradicional al tiempo que liquida poderes que se han
mostrado, secularmente, reacios a la penetración del ethos liberal. La
amenaza revolucionaria del proletariado –que solo unos pocos integran sin
más en el ideal– deja de ser un riesgo latente y adquiere una consistencia real.
La singular recepción republicana de la revolución bolchevique arranca, en
primer lugar, del potente vínculo que establece entre la guerra –como desastre
que asumen como propio–, la única manera de ganarla –mantener el bloque
aliadófilo incólume– y la Revolución rusa; y de la constatación que no solo
esta última sino ambas catástrofes son expresión de una misma ruptura del
marco de referencia en política nacional e internacional y en la organización
social[11].
Antes de noviembre, habiéndose producido hechos tan relevantes como la
abdicación del zar en febrero, el republicanismo español atiende todavía poco
a lo que sucede en Rusia. Si Rusia está presente es en tanto que el grueso del
republicanismo, aliadófilo y en algún caso intervencionista, la contempla
como una pieza fundamental en el frente oriental del escenario bélico. A
principios de junio de 1917, la veterana librepensadora Rosario de Acuña,
figura situada por encima de las facciones democráticas y leída y asumida por
casi todas ellas, abre un artículo con el que da cuenta del mitin celebrado
semanas antes en la plaza de toros madrileña por parte de las izquierdas. La
democracia republicana y el socialismo contestan a la movilización maurista
«el 27 de mayo de 1917, tercer año de la Revolución del Mundo, llamada
guerra europea». La revolución es la guerra y la guerra, la revolución.
En el acto en cuestión, asegura Acuña, las varias banderas rojas de la
rebeldía comparten espacio desde un cierto recelo mutuo –una desconfianza
cainita que a menudo ha obrado como factor esterilizador de la izquierda
política y social–. De repente, remarca Acuña, un aire exterior activa la
bandera nacional que preside el coso. Es, en particular, el rojo de la enseña, el
rojo de revuelta, el que se expande y agita a instancias de ese aire vivificador.
El soplo procede del este: de lo que es concebido, a finales de la primavera de
1917, como el más activo de los procesos revolucionarios que vienen del
oriente europeo. ¿Rusia? En absoluto. Remite a Grecia. La Grecia de
Eleftherios Venizelos, la que en otoño del año anterior se ha alzado contra la
monarquía y los políticos favorables a las potencias centrales, la Grecia que
asocia sus destinos nacionales, en los Balcanes, al liberalismo republicano de
matriz francesa. Acuña tiende al lirismo y a la pregunta que ella misma se
formula responde integrando en un único párrafo todos los tópicos de los que
se nutre la retórica republicana:
De allá, del mar Jónico, de la cima latina, donde se revuelve la libertad contra uno de esos
tiranuelos que la estultez [sic] de los pueblos tolera por amos; aquel aire atravesaba el
Mediterráneo, recogía ecos de la Marsellesa del 93, y acordes del himno de Garibaldi; traía
también los crujidos del bamboleamiento [sic] del cimborrio del Vaticano, cuya vida debe estar ya
contada en el reloj del Destino[12].
Latinidad y mediterraneidad, anticlericalismo agresivo y evocación de la
república de 1793, legado garibaldino y confianza ciega en el progreso
ilustrado y la razón, rasgos todos ellos republicanos que nada tienen que ver
con lo que pasará meses más tarde. Luis Araquistáin dio testimonio de ese
mismo acto desde las páginas de España, el semanario donde comparte tareas
con Gabriel Alomar, Álvaro de Albornoz, Marcelino Domingo y otros
adalides de la izquierda republicana y del socialismo[13]. La crónica,
elaborada en octubre en unos momentos en los que las izquierdas políticas y
sindicales andaban intentando entender qué había pasado con sus
expectativas fallidas de cambio raudo y profundo de los meses precedentes,
incorpora a la Rusia que en febrero ha obligado a abdicar al zar y concreta,
como Acuña, el porqué del acto: dar respuesta a la movilización previa
activada por Antonio Maura, el 29 de abril y en el mismo escenario. Según
Araquistáin, era preciso dejar claro que el pueblo estaba con los aliados. En
dicho acto, ese pueblo presenta a la monarquía un dilema: «una franca
política aliadófila o la revolución». Pesan «sobre el ánimo público [en su
opinión y dando pábulo al entusiasmo revolucionario] el ejemplo degradante
de la Grecia de Constantino y el ejemplo estimulante de la victoriosa
revolución rusa [la de febrero]»[14].
La centralidad del binomio aliadofilia/germanofilia –escondida esta última,
dirán sus contrarios, tras una vergonzante neutralidad– enlaza con la lógica
revolucionaria nacional e internacional del republicanismo hispano. Acabar
con las instituciones monárquicas, establecer marcos de posibilidad en el
ejercicio de las libertades cívicas, poner contra las cuerdas al clericalismo,
participar del legado emocional –en forma de símbolos, cantos, calendarios–
de la democracia republicana en sus triunfos contra la reacción, aquí y fuera
de aquí, es lo que entienden por revolución. Volveré sobre ello más adelante.
La guerra no es, por supuesto, el único elemento que define la percepción
republicana de la revolución soviética. Las dos décadas que se abren en 1916
han podido ser consideradas como el periodo clásico de la huelga de masas
en nuestro país[15]. En 1917 la huelga se teje lentamente. Araquistáin, al
procurar dar una explicación de su génesis, evoca sucesivamente la caída del
ministerio Romanones, los posicionamientos públicos de las Juntas de
Defensa militares y la asamblea de los parlamentarios rebeldes. El punto final
es previsible: «el republicanismo, dormido a veces, pero nunca muerto en el
pueblo español, comenzó a bullir de nuevo en lo profundo de la conciencia
nacional»[16].
En rigor, dichas expectativas de éxito para la huelga general y, en
definitiva, para la revolución política se desvanecen con rapidez. En España,
como pocos meses más adelante en la Rusia bolchevique, toda la agitación se
reduce a «un puro movimiento anárquico». En cualquier caso, el
republicanismo bullente, en palabras de Araquistáin, lo hace en el espacio de
encadenamiento y superposición de cuatro conflictos clave: el de la izquierda
contra la pervivencia del caciquismo, el de la burguesía catalana contra el
Estado, el contencioso que visibiliza la agitación del campesinado –y que se
proyectará en los años siguientes justamente como el motor del Trienio
Bolchevique[17]– y, por último, el contencioso laboral en las concentraciones
urbano-industriales. En otras palabras, la subversión, en España, susceptible
de ser presentada incluso por parte de actores privilegiados del disenso
político como «movimiento anárquico» –piénsese en la actitud paradigmática
de Francesc Cambó antes y después de la Asamblea de Parlamentarios– es el
segundo gran telón de fondo que enmarca la recepción de los acontecimientos
soviéticos.
LA GUERRA Y EL GRAN SALTO ADELANTE
La izquierda republicana considera a la Gran Guerra una genuina
revolución. Lo es más allá de las consideraciones aliadófilas sostenidas sobre
materiales culturales (la simpatía por la Francia revolucionaria y republicana,
una alta valoración de sus aportaciones civilizadoras, literarias y artísticas,
una solidaridad genérica con el principio democrático frente a las
persistencias autocráticas). A medida que transcurren los meses y los años, la
guerra deviene más y más revolución. El paso del tiempo confirma el cambio
que, debido al conflicto, tiene lugar en la ordenación de la sociedad, en el
papel del Estado en la economía y en la vida nacional o en el nivel de
disciplina social puesta al servicio de la colectividad. Modificaciones de las
que, en rigor, solo serían beneficiarios aquellos países de Europa inmersos en
el conflicto.
El 7 de febrero de 1918 España publica un texto del aludido Domingo. El
líder republicano lo ha redactado desde su celda en la barcelonesa Cárcel
Modelo. Allí ha ido a parar a raíz de su protagonismo en las agitaciones
políticas y sindicales acaecidas durante las semanas previas. El texto lleva el
significativo encabezamiento de La nación que no aceleró el paso. España es
dicha nación. La guerra ha sido un vivificante para todos los pueblos. Lo ha
sido en un doble sentido. En primer lugar porque
estimuló para el trabajo y los pueblos hicieron en un año lo que en época de paz habrían tardado
cien años en hacer: equiparon ejércitos fabulosos, establecieron industrias nuevas, multiplicaron la
producción agrícola, explotaron todas las minas, construyeron millares de vagones y millares de
barcos; elevaron, en una palabra, la energía humana a su máxima tensión[18].
La retórica encubre la admiración por los efectos que sobre la producción
nacional tiene la movilización compulsiva de recursos humanos, capitales y
bienes de producción. Todo ello perpetrado en aras de la defensa nacional.
La cuestión relevante, a la hora de pensar en esos años como unos tiempos
revolucionarios, no es tanto ese aspecto movilizador como la manera en la
que se ha producido dicha movilización y lo que ello comporta en la
redefinición del papel del Estado y sus relaciones no con los industriales
concretos o los empresarios y propietarios, sino con el capitalismo como
sistema económico. Sirve la guerra, sostiene Domingo, para que los distintos
Estados escarmienten de sus errores, flaquezas e indefiniciones del pasado y
se doten de «un sentido de más amplia libertad [en] sus funciones de
gobierno». A lo que alude Domingo es a la posibilidad de autonomía y
primacía del Estado en relación a intereses particulares, a la viabilidad de
modificar en sentido progresivo la fiscalidad sin que hubiese quejas por el
aumento de los impuestos, a la libertad, en suma, de ejercer la autoridad
«sobre el dinero, obligándolo a moverse; sobre la tierra, obligándola a ser
útil; sobre toda propiedad, forzándose a servir al interés común»[19].
La guerra, esa movilización total desencadenada cuatro años atrás, exige la
perfecta avenencia de los connacionales, lo que no hace sino potenciar «el
espíritu igualitario» propio de la época[20]. Asimismo, requiere «una unidad
más perfecta aún, entre los ciudadanos libres y el Poder oficial que representa
el Estado»[21]. Nos hallamos ante una lógica superadora de las limitaciones
en la concepción liberal que, de las relaciones entre poder político y poder
económico, Estado y capital, igualdad y fraternidad, tienen, más o menos
arraigada, las direcciones y las bases republicanas[22].
Bien, en España no ha ocurrido nada de eso. Más bien todo lo contrario:
«La guerra no ha sacado a los españoles del paso retardado que ya llevaban
antes de la guerra. No les ha encendido el alma. No les ha movido los brazos.
No les ha abierto los ojos. Nada». En última instancia si ello es así, si la
energía colectiva de los españoles no se ha activado, es porque en España los
impuestos no han variado, porque «el Estado ha seguido nutriéndose de los
pobres y dejando libres de tributo a los ricos», porque el Estado no ha sido
intervencionista. No ya en la conducción de una guerra en la que no se
participa sino en la regulación interior de los transportes, en la movilización
del «dinero muerto», en la producción de la tierra yerma. No es extraño que,
en este contexto, Domingo gire los ojos hacia los acontecimientos en la Rusia
soviética, y los presente junto a los primeros síntomas de impugnación social
en los Imperios Centrales. Así concluía Domingo su escrito:
La guerra entra en una nueva fase. En la fase de la lucha entre los pueblos que anhelan vivir,
contra los gobiernos que no saben gobernar. En aquellos países donde los gobiernos han
gobernado, los pueblos satisfacen sus inquietudes ideales dentro de las disciplinas sociales. Así
Inglaterra, Francia, los Estados Unidos. En aquellos países donde los gobiernos han dejado de
gobernar o han gobernado contra los pueblos, los pueblos saltan por encima de todas las
disciplinas. Así Rusia. Así Austria. Así Alemania. Así esa pobre España, que ha vivido cuatro años
dejada de la mano de Dios y de los hombres. Los países que no advirtieron desde el principio de la
guerra europea que esta guerra era una revolución y no reformaron radicalmente desde arriba sus
funciones de Estado, arden ya en viva hoguera revolucionaria[23].
Es decir, la hoguera de 1917.
DE ILUSTRACIONES Y PALABRAS
Demos un par de pasos atrás, en el tiempo, para poder ir hacia adelante. En
la memoria visual de todo republicano español de la segunda mitad del siglo
XIX y de las primeras décadas del XX, también el de 1917, destacan por su
importancia los grabados del asalto a la Bastilla. Con ellos se piensa, y se
siente, la historia de Europa, y del mundo, y la sucesión de órdenes sociales y
políticos en el tiempo largo. Todos los republicanos, con pasión positiva o
con una ocasional sensación de espanto, ven en el acontecimiento del 14 de
julio de 1789 el momento inaugural de la tradición emancipadora en la que se
inscriben. Los dibujos en los que se contemplan unas borrosas multitudes
asaltando la fortaleza-prisión parisina y poniendo fin, con su protagonismo, al
poder absoluto y al privilegio feudal pasan de mano en mano gracias a su
reproducción en la prensa satírica, federal, anticlerical y obrerista de la
segunda mitad del siglo XIX. Junto a la imagen de la Bastilla ardiendo, los
retratos, bien perfilados, de Danton, Robespierre, Saint-Just, Desmoulins,
Marat… Año tras año, cada mes de julio, se aclara, en los textos explicativos
que acompañan a los grabados, que el asalto no solo ha dado lugar a la
liquidación de un orden social y político ominoso sino que ha abierto las
puertas a otro inédito en el que, mediante sucesivas batallas libradas por la
ciudadanía, el pueblo descarnado o los proletarios han conquistado, o están
en trance de alcanzar, los frutos de los grandes ideales fundacionales de
libertad, igualdad y fraternidad. Si todo republicano se considera legatario de
la revolución de 1789 no todos ellos hacen idéntica lectura de la misma.
Algunos de ellos se reclaman, en función de sus experiencias, de sus
combates y de sus propios objetivos, también de 1792 e incluso, los más
radicales, de 1793 y de la conducción jacobina de la república. Otros
rechazan la deriva al considerarla, en liberal, no solo un mero exceso sino una
auténtica aberración y, en consecuencia, abominan de ella. La disputa gira, en
no pocas ocasiones, en torno a la personalidad del incorruptible y el Terror.
Lo que resulta clave, a su vez, para entender las reacciones ante 1917 –Lenin
se convertirá en un trasunto del héroe/villano de Arras.
1789 es, incluso entre los republicanos que acumulan pavor ante el pueblo
desatado en los motines, las revueltas cantonales o las huelgas generales
vividas en España, el faro que ilumina el porvenir de la humanidad. Los
ciclos revolucionarios de 1830 o 1848, la república romana, la unificación
italiana, el conflicto con el Papado, la Comuna parisina o las celebraciones
que el obrerismo socialdemócrata y libertario protagoniza los primeros 1.os de
Mayo son otras tantas ocasiones en las que los republicanos leen lo que
ocurre y toman posición ante ello a la luz de la (lectura que ellos hacen de la)
Gran Revolución. En otoño de 1917 otro faro emancipador se enciende.
Incluso un republicano tan alejado de su pasado izquierdista como Alejandro
Lerroux podrá, de tanto en tanto, clamar vagamente y, distanciándose al
mismo tiempo de la concreta experiencia bolchevique, hablar de la claridad
cegadora de las revoluciones de un tiempo convulso. Que su luz sea
secuencial o alternativa, complementaria o excluyente con la de la Bastilla
depende, de entrada, de la naturaleza del proyecto político que el demócrata
sostiene –una república liberal, alguna variante de la republica obrera, un
ensayo de naturaleza imprecisamente intermedia…
De entre todos los republicanos, los que se sienten más genuinamente
fascinados por lo que acaece en San Petersburgo son quienes se pueden
considerar los herederos tardíos de quienes han sido caracterizados, para el
siglo XIX, como «socialistas jacobinos». Para ellos, nos recuerda Román
Miguel, la revolución ha sido siempre necesariamente armada y justiciera,
impulsada por una vanguardia resuelta que, si a mediados de la antepasada
centuria se concibe como una sociedad secreta ahora, puede adoptar la forma
de las organizaciones maximalistas o bolcheviques. La estrategia leninista de
conquista del poder no anda muy lejos de la de unos republicanos exaltados
que se ven a sí mismos constituidos en vanguardia que alterará las relaciones
de poder y que lo hará con la perspectiva de que
el pueblo obrero –como un ser colectivo viviente cuyo cerebro y sistema nervioso fuesen un
puñado de revolucionarios– no solo sometería y juzgaría a todas las oligarquías, sino que
implantaría un sistema en el que la soberanía correspondiese al colectivo y en el que el individuo
fuese secundario y, llegado el caso, hasta sacrificable por el bien común[24].
En otras palabras, el republicano más susceptible de ser seducido por el
Octubre Rojo es aquel al que no alarma ni el papel de la vanguardia ni la
condición de clase de la revolución soviética. A la altura de 1917, las voces
republicanas que sostienen ese argumento son escasas. Como lo serán en
1931 y como acabarán por desaparecer en el republicanismo histórico en el
exilio. Por el momento, en 1917, las encontramos a caballo entre la extrema
izquierda republicana federal y el vecino campo de la acracia y el
sindicalismo revolucionario[25]. Y se hacen oír.
Se trata, en este caso, de republicanos un tanto singulares en lo relativo a su
actitud frente a la Gran Guerra. Republicanos próximos, para simplificar, a la
lógica de Romain Rolland. En España, la extrema izquierda republicana se
expresa a través, entre otras, de la pluma o de la palabra de Ángel
Samblancat, de Rodrigo Soriano –uno de esos viajeros españoles que se
acercarían a la URSS con un punto de exaltación– o del último Luis
Bonafoux[26]. Se declaran, cuando la guerra, francófilos, pero neutrales. Lo
son porque reprueban la invasión de Francia y de Bélgica al tiempo que
denuncian el interés belicista de la política inglesa o de «la democracia del
zar de sangre y nieve»[27]. Lo son porque recogen el testimonio del
antimilitarismo, el pacifismo y el internacionalismo que no sucumbe a la
pasión nacionalista. Lo son a pesar de que ello les excluye del campo
mayoritario del republicanismo y les incluye en el campo de los traidores, de
los corruptos, de las voluntades intelectuales compradas por la embajada
alemana.
La estigmatización se da en los mismos medios donde publican. El 17 de
noviembre de 1917, La Campana de Gracia, el periódico en el que
Samblancat reivindica para el republicanismo una neutralidad rupturista con
el orden sociopolítico burgués da a conocer su primera valoración de los
acontecimientos que acaban de tener lugar en Rusia: «Els anarquistes del
Kaiser». Los maximalistas o bolcheviqui, los seguidores de Lenin, informa a
sus lectores en un texto que debe considerarse como el editorial del
semanario, son «la gent més abjecta i més vil de totes les Rússies». Pueden
haber arrastrado tras ellos –reconoce– a obreros y soldados de buena fe e
ignorantes, pero los directores del movimiento no son otra cosa que,
literalmente, exanarquistas degenerados puestos al servicio del emperador
alemán. No representan ninguna idealidad sana o generosa. La paz que
prometen es una paz negra, traidora y oprobiosa. La nota concluye con una
declaración de guerra republicana a la revolución soviética: «Contra aqueixa
mena de gent, és redemptor i és sant el brau sabre de Kornilof»[28].
En las semanas siguientes el debate se aviva. Algunos republicanos se
plantean en qué medida Brest-Litovsk supone un abandono del campo de la
democracia y el progreso, el de los aliados. O, alternativamente, hasta qué
punto es el coste que debe pagarse para abrir las puertas a una renovada idea
de transformación social. Si seguimos en las páginas del mismo medio
periodístico nos encontramos, a primeros de marzo, con un artículo firmado
por un colaborador habitual de los medios periodísticos republicanos,
Paradox. Tras ese pseudónimo se oculta Màrius Aguilar, periodista con una
larga tradición de colaboración en la prensa democrática valenciana y
barcelonesa y que en esos años figura en las filas del sorianismo. En «La pau
russa», y respondiendo a un artículo anterior de Antoni Rovira i Virgili en el
que el teórico del republicanismo nacionalista asevera que la verdadera
naturaleza de los proyectos maximalistas –fórmula usual que el republicano
toma del vocabulario del momento para referirse a los bolcheviques– se
podría juzgar a partir del empeño por lograr, o no, la paz a cualquier precio.
Para su campaña de opinión Rovira hace uso tanto de las páginas del
periódico satírico como del convencional portavoz del republicanismo
barcelonés: La Publicidad[29]. En fin, por contraste, Aguilar sostiene que
poca cosa más, militarmente hablando, puede pedirse a Rusia. Al contrario, el
hecho de haberse desembarazado de la presencia de una autocracia entre los
aliados permite al republicanismo avanzado hacer más explícita su francofilia
al tiempo que ofrece una esperanza en el orden de los proyectos
revolucionarios en el mundo de posguerra. Concluye de este modo con lo que
podrá ser una línea argumental a desarrollar en los tiempos por venir:
Russia, abans, ens obligava al silenci. No era la llibertat, ni el dret, ni la civilització. Ara
representa, per a nosaltres, un esperit superior al d’Alemanya. Ha estat vençuda militarment, però
¿on arribarà la seva força ideal? Ens roba una solidaritat material, més ens ofereix lo que abans no
tenia, una ànima, una llibertat, una raò[30].
La respuesta, una semana más tarde, de Rovira i Virgili, tras el pseudónimo
de Fulmen, es categórica. Para Rovira lo que hacen quienes como Aguilar, en
el republicanismo y sabiendo de los aspectos oscuros del proceso
revolucionario soviético, lo siguen valorando positivamente es «poetizarlo»,
embellecer, dar credibilidad y otorgar valor de autenticidad a lo que no dejan
de ser fórmulas equívocas o vacías. Lo único real era que, de hecho desde
Kérenski, lo que venía haciendo el proceso revolucionario era desmantelar la
capacidad militar de Rusia: «Que era l’única cosa que podia deturar els
alemanys a Orient».
La toma del Palacio de Invierno pasa a constituir, para la izquierda, una
imagen icónica del siglo XX. En lo que nos concierne, la posibilidad de que
sea integrada en el calendario que organiza el tiempo y las expectativas de las
corrientes republicanas ha quedado, desde un primer momento, gravemente
tocada y, en alguna de ellas, completamente invalidada. Por el carácter de la
revolución y, en no menor medida, por la irrupción que ha protagonizado en
el campo de batalla –el de la Gran Guerra– en el que habían depositado sus
esperanzas el grueso de los demócratas republicanos.
UNA REVOLUCIÓN DISTINTA DE LA REPUBLICANA
Las voces no muy numerosas que se lanzan a elogiar con viveza la
revolución de 1917 enuncian la querencia pasional y subversiva de una parte
del sector republicano. Esos elementos –insisto que contados pero visibles–
se mueven en un campo de relaciones y de prácticas políticas que, heredero
del clima modernista y vanguardista de los años de entre siglos, se hallan a
caballo entre el compromiso de clase y el ejercicio vitalista de una condición
románticamente bohemia. Un campo con componentes estetizantes, en
algunos casos, y con una imprecisa lectura de clase de los conflictos de su
tiempo. La revolución resulta atractiva para los demócratas rebeldes y
apasionados, para los republicanos que anteponen a cualquier otra
consideración la expectativa de un momento auténticamente creativo. Bien es
cierto que, por su misma naturaleza, este tipo de fascinaciones, escasamente
sostenidas en una trama de compromisos concretos en el terreno de la
militancia política o sindical, suelen ser frágiles y, en ciertos casos, efímeras.
Hay más tipos de republicanos. En el republicanismo, desde siempre,
también en esos años y junto a los bohemios, abundan los intelectuales de
perfil inequívocamente liberal, personalidades que gustan de la reflexión
moral y la aplican tanto al análisis de las circunstancias del presente como a
las prefiguraciones del futuro. Un ejemplo típico es el de Antonio Zozaya.
Para estos republicanos –que cuentan con un auditorio fiel y menos exaltado
que el que se complace en atender a los rebeldes nimbados de bohemia– el
tipo de reflexión que se impone pasa por constatar, con gravedad, que la
humanidad vive un trance de renovación. Doloroso como todo parto y para el
que se precisaba un genuino, y humanitario, examen de conciencia,
individual y colectivo. Un examen que ha de conducir –no se sabe muy bien
si en cristiano, en republicano o en ambas cosas a la vez– a priorizar el bien
ajeno[31]. Entre estos, lo acaecido en Rusia es, literalmente, un parto terrible
que ha engendrado, debido al colapso de la razón ilustrada y del
humanitarismo judeocristiano, un monstruo.
De otra naturaleza bien distinta, como mínimo ente 1917 y los primeros
años veinte, será el episodio más notorio –en absoluto el único– de sugestión,
dentro del campo republicano y orgánicamente hablando, por las
posibilidades que ofrece la revolución soviética[32]. Nos lo procura el Partit
Republicà Català. Liderada por Marcelino Domingo y contando entre sus
figuras más destacadas con Francesc Layret y Lluís Companys, esta
formación de nuevo cuño llega a tener una conexión momentánea con la
Internacional Comunista. Aquí no hay bohemia, propiamente hablando. A
diferencia de los nombres apuntados en el apartado anterior, nos encontramos
ante un proyecto articulado, con una remarcable presencia territorial en las
comarcas catalanas y con una nada desdeñable conexión con el mundo obrero
y con las luchas campesinas. Layret o Companys garantizan, por la vía de los
servicios jurídicos y los compromisos parlamentarios, la relación estrecha
con el movimiento obrero, con el sindicalismo de caracterización libertaria y,
en suma, con la revolución.
En realidad, su interés por la Rusia soviética es perfectamente equiparable a
la que por esas mismas fechas se registra en el seno del anarcosindicalismo.
Uno y otro procuran enterarse de lo que ocurre en Rusia. Son momentos,
como apuntó Ángeles Barrio, en los que tanto la revolución como la salida
social dada a la Gran Guerra, apuntan a la posibilidad de integración de los
sindicatos en el sistema. Una contingencia valorada por el republicanismo
democrático –a la manera del PRC– y el socialismo como un factor de
democratización del régimen. El sindicalismo revolucionario, en paralelo a la
Rusia soviética, fue durante unos meses la gran esperanza de la izquierda. La
posibilidad se desvaneció rápidamente. En ambos aspectos: la ejemplaridad
de la revolución soviética y la operatividad del sindicalismo revolucionario
para cambiar los horizontes de la política española. El desengaño es rápido y
el republicanismo bloquea expeditivamente la perspectiva de adopción de
métodos y finalidades compartidas con el comunismo e incluso la mera
sintonía puntual en el tránsito hacia un mañana emancipado[33].
En la raíz del bloqueo en las simpatías, o del rápido desengaño respecto de
las mismas, se encuentran un cúmulo de factores. Son ingredientes que
inciden negativamente tanto en la fascinación inicial que muestran ciertas
individualidades como en la canalizada en partidos como el PRC u otras
pequeñas formaciones similares. En primer lugar, opera una marcada
prevención a toda limitación en el terreno de las libertades. La aplicación del
principio de autoridad revolucionaria, percibida con relativa prontitud como
el ejercicio de un poder absoluto –y, por supuesto, con independencia del
factor violencia– constituye una barrera para el apego continuado en el
tiempo. Cabe recordar que en el republicanismo español no ha cogido fuerza
la aversión, de la que en esos años participaba no solo el comunismo, por la
democracia liberal, parlamentaria y representativa. Por el contrario, y aunque
en ese mismo año de 1917 proliferan los posicionamientos contra un
parlamentarismo viciado y se retoman algunos de los ecos del discurso
administrativista y/o regeneracionista de denuncia a la corrupción del sistema
político, esa, la de la democracia liberal, continua siendo la idealidad
privilegiada por el grueso del republicanismo. Una idealidad que tiene algo
de utopía moderada. Tan moderada como para contrastar, y alimentar la
necesidad de distinguirse, respecto de la ambición que se intuía en Rusia.
Sobre el viejo sistema en ruinas, el pueblo que vivió siglos oprimido quiere levantar una ciudad
de ensueño. Nada de soluciones a medias. Nada menos que la más quimérica de las utopías, un
Eldorado donde todo sea bienestar y justicia, amor y felicidad. Lenin es el arquitecto de esta futura
ciudad mágica. Para él no existe el cordón umbilical del pasado ni los mandatos ineludibles del
presente; no hay más que futuro, hijo de la idea pura, limpio de toda impureza de la realidad[34].
Podría decirse que, desde un ángulo diverso del conservador, el
republicanismo liberal ve, también, en el comunismo ruso la pureza de
Luzbel[35]. El principio esperanza que motiva a los republicanos en las
primeras décadas del siglo XX es, incluso en sus variantes radicales, más
timorato. La suya es una idealidad que, y ese sería otro más de los obstáculos,
se sostiene no solo sobre el hilo conductor de la historia sino sobre la
fidelidad republicana al principio de cooperación interclasista que se produce
en el seno del pueblo cuando este alcanza la condición de sujeto político. El
umbral interclasista, que no el del proletariado como la medida de todas las
cosas, es indisociable del futuro republicano. Por último, debido a esos
principios y a una historia muy determinada de trabajos políticos, el
republicanismo novecentista muestra una visible incapacidad de fondo para
asumir un enfoque insurreccional próximo al del vanguardismo
revolucionario. En relación a este aspecto cabe recordar, por contraste, que
quienes sí recorrerían el camino asociado al susodicho enfoque, tanteándolo
junto a otras posibilidades de acción, serían aquellos que en gran medida
competían en Cataluña con el PRC. Me refiero a las fracciones más radicales
del nacionalismo separatista. Por la naturaleza específica de sus agendas, esos
elementos ultranacionalistas acabarían por preferir, acaso con el matiz de
quienes evolucionarían hacia el campo del marxismo, modelos vanguardistas
como el italiano o el irlandés; modelos en los que, de una u otra manera, la
agenda nacional era la prioritaria[36].
A la altura de 1919 el fin de las hostilidades y los tratados de paz dibujan un
mapa extraño. A fines de año, el principio de las nacionalidades se instala en
el corazón de los debates sobre el porvenir continental acompañando al
aparente triunfo de las democracias liberales y a la caída de no pocas
monarquías. En Rusia, la guerra civil y la agresión exterior condicionan el
desarrollo de la revolución. Los republicanos encargados a través de la
palabra escrita o del mitin de dar cuenta a sus correligionarios de las
circunstancias nacionales e internacionales dan pábulo a todo tipo de rumores
que hablan de la supuesta expansión bolchevique. Los ecos contrastados de la
agitación comunista en Berlín, la detención de bolcheviques en México o las
declaraciones en Roma de Enrico Malatesta asegurando que el bolchevismo
ruso es una nueva variante de la reacción se dan a conocer, en forma de
sueltos, en la prensa republicana. Junto a ello aparecen noticias de las tomas
de posición de los máximos responsables de los ejércitos blancos en la
Guerra Civil rusa o los acuerdos adoptados por parte de los sindicatos
británicos exigiendo al gobierno de su país que abra negociaciones de paz
con la Rusia soviética. Rusia forma parte de las preocupaciones de la
izquierda republicana española. Lo es como amenaza y como expectativa.
En síntesis: en los años que se sitúan a caballo entre la crisis del 17 y la
solución dictatorial (1923) el referente bolchevique obra con fuerza,
activando tantas esperanzas como pánicos. Visto desde España, el resplandor
de los soviets se expande a Alemania, dando paso a una solución institucional
republicana, a Finlandia y al centro de Europa. La propagación de la
revolución posbélica, sustentada sobre el protagonismo obrero, y obrerista,
no es ajena a la eclosión de insatisfacciones de nuevo tipo, así como a
genuinas sensaciones de terror, entre amplios segmentos de las clases medias
y de la pequeña burguesía, también de trabajadores ganados por las lógicas
patrióticas y antiplutocráticas de cariz fascista. Porciones ciudadanas que, si
en otros tiempos pudieron ser la base humana sobre la que sostener
expectativas de democratización, ahora, por temor a la revolución social tanto
como a la pérdida de protagonismo de las respectivas naciones en un marco
de internacionalismo cosmopolita, abren las puertas a regímenes autoritarios
de naturaleza diversa pero que coinciden en presentarse como alternativas de
fuerza orientadas a contener la rebeldía que atraviesa el continente: desde
Miklós Horthy y Józef Piłsudski a António Óscar de Fragoso Carmona y
António Oliveira Salazar, pasando por el ascenso del fascismo en Italia o el
triunfo del golpe militar de Miguel Primo de Rivera en España.
Antes de que este alcance el poder y cierre la larga etapa constitucional de
la Restauración, los republicanos que no temen al protagonismo autónomo
del proletariado industrial y agrario e incluso aspiran a seguir dialogando con
los movimientos sociales obreros y populares alimentan, para uso interno, la
analogía con los procesos iniciados en 1917 con el recurso a la etiqueta
«trienio bolchevique». Lo hacen atendiendo en sus periódicos de manera
preferente a la agitación en Andalucía occidental o al ciclo huelguístico
catalán –con la huelga de La Canadiense, en febrero de 1919, como ápex– en
un doble contexto de crisis política y crisis socioeconómica. Si la primera
explicita la falta de resolución de las tensiones que han llevado al 17
hispánico y muestra la continuidad de una estructura de oportunidades para el
cambio revolucionario que, contando con la expectativa de una alianza
obrero-republicana, solo se agostarán con el primorriverismo, la segunda,
derivada de la normalización de los mercados en la posguerra, arrecia con los
procesos inflacionarios y la desocupación. El atractivo bolchevique, en
cualquier caso, es limitado y se desvanece como lo hacen los tímidos y
aislados intereses por acercarse a la Internacional Comunista. El mundo que
esta encarna es nuevo. Y los republicanos, acaso por pruritos nacionales,
acaso por hábitos liberales, siguen sin encajar bien en él. En cualquier caso,
incluso los más reacios reconocerán, en lo que pasa en Rusia durante la
guerra civil –unas pocas voces reclaman mayor atención para la intervención
exterior–, una realidad imparable a la que, en tanto que herederos de un
legado diferenciado y ochocentista, se ven obligados a dar respuesta.
El cuadro de impactos y ascendentes en el republicanismo posterior a 1917
no abarcaría la complejidad del momento si no recordase que esta cultura, y
los hombres y mujeres que la encarnan en las luchas políticas y culturales,
quieren ver en el advenimiento de la República de Weimar la ampliación más
significativa del terreno en el que, tras la guerra y la revolución, tiene lugar la
disputa sobre la viabilidad y adaptabilidad del marco republicano a las
circunstancias inéditas del novecientos. Su existencia obliga a mayores
consideraciones teóricas. Era la otra posibilidad de resolución progresiva que
surgía de la catástrofe. Curiosamente, entre los republicanos de la nueva
generación quienes con más conocimiento de causa pueden afrontar el reto
analítico que insinúo no son tanto los habituales periodistas de combate,
susceptibles de suscribir por pura predisposición de ánimo los puntos de vista
más rupturistas, sino aquellos otros, beneficiarios de los planes reformistas de
la Junta de Ampliación de Estudios, que, becados en universidades alemanas,
acabaron constituyendo el basamento sobre el cual alzar la labor
constituyente de la Segunda República.
EN TIEMPOS REPUBLICANOS
El republicanismo opta, bajo la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, por
conspirar con el liberalismo desengañado y hostil para con la monarquía
borbónica. Desde el momento en el que el socialismo procede a
desengancharse de la apuesta por el corporativismo primorriverista, la
sintonía se amplía al PSOE. En cualquier caso, ese modelo conspirativo
recurría, sobre todo con anterioridad a la conformación de la Alianza
Republicana, a métodos seculares –incluyendo el protagonismo acordado de
sectores de la oficialidad militar– y se hallaba distante de las modalidades de
conquista del poder que se atribuían a los bolcheviques y de la realidad
concreta de la URSS. También, claro está, en materia de agendas
emancipadoras. En el primero de los terrenos indicados, y en línea con lo
sugerido en el apartado anterior, son sobre todo los encuentros cooperativos
entre ultranacionalistas catalanes y anarcosindicalistas los que se asimilan, en
su modelo de oposición, a tácticas vanguardistas y reclaman la atención
solidaria de Moscú. Este último vector de resistencia contra la dictadura
procuró la ayuda exterior[37]. Lo hizo sin discriminar y contando con la
posibilidad de que en algún momento fuese un hecho la cooperación soviética
en cuestiones estrictamente materiales y en el desencadenamiento de un ciclo
insurreccional en España[38].
Con independencia de todo ello, de los diversos modelos de resistencia que
acaban por converger en el tramo final de 1930 y primeras semanas de 1931,
el republicano que protagoniza la jornada triunfal del 14 de abril es sabedor
de que España se enfrenta en esos días a una revolución fundamentalmente
política. Una revolución política que guarda un único paralelismo con la
soviética de 1917: su llegada tardía. Por razones distintas –todas ellas
nacionales–, ambos extremos del continente habrían visto cómo a lo largo del
siglo XIX los procesos revolucionarios que estaban ampliando en las
sociedades de sus respectivos entornos el campo de la política dejaban en su
suelo una huella escasa. En Rusia, dirán, el retraso respecto de lo acaecido en
la Europa atlántica explicaría por qué la revolución política es desbordada por
una dramática convulsión social. En la España republicana, la revolución
política es asumida por sectores nada desdeñables del liberalismo moderado
y, al tiempo, desengañado, en muchas ocasiones por razones biográficas, con
la monarquía. Lo es entendiendo, por lo demás, que el mundo, y el país, se
enfrentan a la imperiosa necesidad de regular de otra manera el orden social.
El optimismo del momento permite creer que, entre españoles, será factible
capitalizar el clima de fraternidad y libertad política y servirse de él para dar
lugar, sin guerra de clases de por medio, a una sociedad más equitativa. El
optimismo alcanza, por momentos, a sectores sindicales tanto ugetistas como
cenetistas, aunque no a los por entonces reducidos núcleos de militancia
comunista.
El ejemplo soviético, y en concreto el recuerdo de la rápida sucesión de
acontecimientos que han tenido lugar una década atrás, sirve, a lo sumo,
como advertencia previa y como ejemplo práctico –en rigor, contraejemplo–
para el quehacer nacional. Se trata de evitar que la caída de los Borbones
acabase significando, como en Rusia, el paso inicial hacia la puesta en
cuestión del orden social. Se trataba de acelerar un programa de reformas que
transformase las bases de la sociedad sin alterar los valores inherentes a la
filosofía liberal y democrática. No se trataba, tampoco, de convertir a la
república en un mero cortafuegos. El deseo es que la reforma social se
imponga a la revolución. Que aquí se lograse lo que Kérenski no había
logrado: hacer realidad los que se suponía eran sus objetivos políticos sin
abrir las puertas a un régimen despótico de tipo nuevo. A lo sumo, aquellos
viajeros republicanos que por esos años viajan a Rusia se limitan, y no es
poco, a considerar a la revolución de 1917 como un proceso que despierta
bruscamente energías dormidas y saca a todo un país de un estado de atonía,
y a la Unión Soviética como el modelo más acabado de una gran ola de
regeneración nacionalista industrializadora que recorre la Europa de
entreguerras[39]. Muchos de ellos harán el viaje a través de la Asociación de
Amigos de la Unión Soviética, creada en abril de 1933. No obstante, en muy
pocos casos adquiere la condición de experimento aceptable en lo que tiene
que ver con la construcción de un orden político y social óptimo para España.
La dialéctica reforma/contrarreforma o revolución/contrarrevolución
impregna, con posterioridad al 14 de abril de 1931, la vida política de la
República. En cualquier caso, el horizonte bolchevique queda lejos. Ni
siquiera el propio Octubre republicano, el de 1934, altera, entre la izquierda,
una consideración más estupefacta que solidaria. La única implicación
republicana directa, la de Barcelona, tuvo más que ver con la preservación del
legado del 31 y con el monopolio reformista de la gestión legítima de la
República que con modelos exteriores o, incluso, con hipotéticos procesos de
bolchevización del obrerismo que se está resistiendo a las derrotas sociales
que acompañaban al acceso de radicales y cedistas al gobierno.
Y es que, en última instancia, y si atendemos por ejemplo a los argumentos
que dos años antes, en 1932, los republicanos bilbaínos que se suman a
Acción Republicana dan a conocer a la opinión pública, estamos ante una
izquierda que sigue interesada en procurar la «humanización del
capitalismo», no su superación histórica. Una izquierda que, asumiendo el
legado que la sostiene y en consonancia con las bases humanas que la
apoyan, aspira a garantizar la libertad individual compatibilizándola con la
reforma social. Una izquierda que entiende la reforma como un ejercicio de
«ascensión del proletariado». En suma, estamos ante una izquierda que ha
podido ser caracterizada como burguesa, aunque reuniera contingentes
humanos y aspiraciones de orden socioeconómico que iban más allá de lo que
suele considerarse «burgués». Una izquierda que tiene como ideal
institucional una república parlamentaria que conceda una amplísima
autonomía a las regiones para asegurarles la personalidad jurídica y
administrativa, pero que ni por asomo contempla que el derecho de
autodeterminación sea algo que tenga que ver con los pueblos de España.
Una izquierda que sigue aspirando no tanto a la eliminación de la religión de
la vida social como a la laicización del Estado, al monopolio por parte de este
de la enseñanza y, junto a todo ello, y no precisamente en un lugar menor u
oculto, a la defensa de la propiedad privada.
Ni siquiera el Frente Popular enraizará su lógica en la propia de la
experiencia de 1917. A lo que se aspira es a reeditar el episodio de
solidaridad democrática española vivido en la primavera de 1931. Serán la
coyuntura de la Guerra Civil Española y la ayuda soviética las que llevarán a
la reconsideración de la URSS, al establecimiento de plenas relaciones
diplomáticas entre la República y la Unión Soviética y a la convivencia
efectiva con el PCE en ciertos sectores del movimiento republicano. No sin
dar lugar a una tensión de la que ya no nos ocuparemos en estas páginas y de
la que nos da cuenta Manuel Azaña en sus diarios a la altura de 26 de agosto
de 1937:
De nada sirve que el Presidente de la República hable de democracia y liberalismo, si al propio
tiempo las películas que nuestra propaganda hace exhibir en los cines acaban siempre con los
retratos de Lenin y Stalin[40].
NOTA FINAL
En 1917 el republicanismo ve una posibilidad, nacida de la combinación de
guerra y revolución. Una suma de factores se concita para dar origen a un
ciclo de violencia y movilización social de naturaleza imprevisible por su
amplitud y radicalidad. Un contexto histórico, el posterior a 1914 y 1917, que
atribuye nuevos papeles directivos al Estado. No solo en la conducción de la
empresa militar, y de su centralidad para quien ha de tomar decisiones
económicas y planificar –verbo que se extiende como la pólvora–, sino en
todos los ámbitos de la actividad productiva. Estatismo y nacionalización de
la economía, así como entre algunos elementos una relativización de la
democracia formal o liberal en beneficio de nuevas modalidades de
participación de la ciudadanía, o del pueblo, en la toma de decisiones
constituyen argumentos que suponen un desbordamiento, ni que fuese
temporal, de las vías reformistas que se habían ensayado hasta la inmediata
preguerra. No se tratará, evidentemente, de una oclusión del reformismo sino
de la convicción de que este debe asentarse sobre nuevas bases, sobre una
concepción inédita, al modo republicano liberal, de las relaciones entre
Estado y economía, entre Estado y condición social.
La cuestión que se les plantea a los republicanos es hasta qué punto la
revolución bolchevique se adecua, en sus métodos y en sus conquistas, a la
noción de emancipación que usa el republicanismo. La respuesta dependerá,
como la de todos y cada uno de los espectadores del momento, de «sus
intereses, formación y prejuicios»[41]. En la segunda década del siglo XX,
dos lecturas republicanas coexisten. Por un lado, una establece la posibilidad
de libertad política en la libertad individual –y esta, de hecho, únicamente
alcanzable en plenitud con la propiedad–. Por el otro, la que conectaba la
liberación de los individuos y su posibilidad de condición ciudadana
sustrayéndola al argumento de la propiedad. Las condiciones de existencia
que obran como premisa para la libertad podían asegurarse mediante otros
mecanismos: desde el fomento del cooperativismo a la acción sindical en
defensa del trabajo en su relación con el capital. El dilema, partiendo de esta
dualidad, pasa a ser hasta qué punto la revolución soviética abre, o no, un
camino para asegurar el ejercicio real de la libertad al garantizar, más allá de
la igualdad ante la ley, la perspectiva de la igualdad de condiciones
materiales de existencia –la garantía previa, según la segunda de las lecturas,
del derecho a la existencia– y la suficiencia material. La respuesta
republicana será, muy rápidamente, negativa. El valor absoluto que los
bolcheviques otorgan al principio de equidad se convierte en una amenaza
para otro de los grandes vectores de definición del ideal republicano de
emancipación: la libertad cívica.
1917 había sido una hoguera que, consumiendo los restos de un pasado
deleznable, sentaba los cimientos de un orden político social ajeno a la
concepción republicana de futuro emancipado. Eso sí, la organización social
heredada no va a poder ser, a partir de la experiencia soviética tanto como de
la Gran Guerra, transmitida a las generaciones por venir. Ha mutado. Los
republicanos tendrán que laborar para confeccionar, en este tiempo histórico
nuevo, sus propias repuestas dado que las de los bolchevikis apenas les
seducen a unos pocos y por unos pocos meses.
[1] «No hay más que futuro», España, 25 de noviembre de 1917, p. 5.
[2] Agradezco al doctor Javier Huerta sus indicaciones en el decurso de la tortuosa elaboración de
este artículo. El agradecimiento se hace extensivo a la doctora Ángeles González. Las deficiencias del
mismo son de mi estricta responsabilidad. Por lo demás, este trabajo se beneficia de la pertenencia del
firmante al proyecto de investigación Itinerarios reformistas, perspectivas revolucionarias (1909-1949)
[HAR2012-35322], y muy concretamente a las reflexiones aportadas por Maximiliano Fuentes.
[3] Á. Duarte, «La esperanza republicana», en R. Cruz y M. Pérez Ledesma (coords.), Cultura y
movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1997, pp. 169-199; y El republicanismo.
Una pasión política, Madrid, Cátedra, 2013.
[4] M. Cortés Arrese, Estampas rusas, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2006; y
Peregrinos de la revolución, Murcia, Nausicaä, 2010.
[5] E. Castelar, La Rusia contemporánea. Bocetos históricos, Madrid, La Ilustración Española y
Americana, 1881.
[6] O. de Buen, De Kristianía a Tuggurt (Impresiones de viaje), Madrid, Imp. de Fortanet, 1887
[Edición facsímil: Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1998]; A. Calvo Roy, Ciencia y política
entra las dos repúblicas: Odón de Buen, México, El Colegio de México, 2015; M. Cortés Arrese,
Estampas rusas, cit., pp. 215-216.
[7] A. Navarra, El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS, Madrid, Fórcola, pp. 45-46, 2016;
y J. S. Pérez Garzón, Luis Morote. La problemática de un republicano (1862-1923), Madrid, Castalia,
1976.
[8] V. Serge, El año I de la Revolución rusa [1930], Madrid, Siglo XXI, 1972.
[9] Á. Duarte, «Visiones de un mañana aleatorio. Notas sobre el intelectual republicano-catalanista
ante la Gran Guerra», Historia y Política. Ideas, procesos y movimientos sociales 33 (2015), pp. 99-
122.
[10] E. Traverso, A sangre y fuego: de la guerra civil europea, Valencia, Universitat de València,
2009; y Á. Alcalde, «La tesis de la brutalización (George L. Mosse) y sus críticos: un debate
historiográfico», Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea 15 (2016), pp. 17-42.
[11] M. Fuentes Codera, España en la Primera Guerra Mundial: una movilización cultural, con
prólogo de J. Álvarez Junco, Madrid, Akal, 2014; X. Pla, M. Fuentes y F. Montero (eds.), A Civil war
of words: the cultural impact of Great War in Catalonia, Spain, Europe and glance at Latin America,
Oxford, Peter Lang, 2016.
[12] R. Acuña, «Ráfagas de huracán», El Motín, 7 de junio de 1917, pp. 1-2.
[13] Á. Barrio, «Estudio preliminar» a L. Araquistáin, La revista España y la crisis del Estado
liberal, Santander, Universidad de Cantabria, 2001, pp. 13-59.
[14] L. Araquistáin, «Orígenes y proceso de la huelga general», España, 25 de octubre de 1917, pp.
3-4.
[15] E. González Calleja, El máuser y el sufragio: orden público, subversión y violencia política en
la crisis de la Restauración, Madrid, CSIC, 1999, p. 26.
[16] L. Araquistain, «Orígenes y proceso de la huelga general», cit.
[17] J. Díaz del Moral, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Córdoba: antecedentes
para una reforma agraria [1929], Madrid, Alianza, 1969; J. Maurice, El anarquismo andaluz:
campesinos y sindicalistas (1868-1936), prólogo de Antonio M. Bernal, Barcelona, Crítica, 1990; G. H.
Meaker, La izquierda revolucionaria en España: 1914-1923, Barcelona, Ariel, 1978.
[18] M. Domingo, «La nación que no aceleró el paso», España, 7 de febrero de 1918, pp. 3-4.
[19] Ibid.
[20] R. Gasset, La humanidad insumisa. La Revolución rusa. El problema social en España, Madrid,
El Imparcial, 1920, p. 252.
[21] M. Domingo, «La nación que no aceleró el paso», cit.
[22] A. Navarra, 1914. Aliadófilos y germanófilos en la cultura española, Madrid, Cátedra, 2014.
[23] M. Domingo, art. cit.
[24] R. Miguel, «El debate sobre el republicanismo histórico español y las culturas políticas»,
Historia Social 69 (2011), pp. 143-164.
[25] M. Losada Urigüen, «Extremismo republicano y anarcosindicalismo en la década de los treinta:
ideología, cultura y política de una relación», I Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia
Contemporánea
de
la
Asociación
de
Historia
Contemporánea.
Zaragoza,
2007
[
http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/27/15/40.marialosada.pdf].
[26] M. Á. del Arco, «Luis Bonafoux, un periodista refractario. El cronista español más importante
de entre siglos», Textual & Visual Media 6 (2013), pp. 161-176; A. Navarra, El espejo blanco. Viajeros
españoles en la URSS, cit., 2016, p. 16; M. Cortés Arrese, Peregrinos de la revolución, cit., pp. 151-
152.
[27] Á. Samblancat, «La guerra de los grandes y la de los pequeños», La Campana de Gracia, 3 de
marzo de 1917, p. 2.
[28] Anónimo, «Els anarquistes del Kaiser», La Campana de Gracia, 17 de noviembre de 1917, p. 2.
[29] A. Navarra, El espejo blanco, cit., pp. 24-26.
[30] M. Aguilar, «La pau russa», La Campana de Gracia, 9 de marzo de 1918, p. 2.
[31] A. Zozaya, «El deber», La Libertad, 13 de diciembre de 1919, p. 1.
[32] J. Avilés, La fe que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (1917-1931),
Madrid, Biblioteca Nueva, 1999.
[33] Á. Barrio, «La oportunidad perdida. 1919, mito y realidad del poder sindical», Ayer 63 (2006),
pp. 153-184; E. Ucelay Da-Cal, «Entre el ejemplo italiano y el irlandés: la escisión generalizada de los
nacionalismos hispanos, 1919-1922», Ayer 63 (2006), pp. 75-118.
[34] «Política de la guerra. El caso ruso», España, 25 de noviembre de 1917, p. 5.
[35] R. Cruz, «¡Luzbel vuelve al mundo! Las imágenes de la Rusia soviética y la acción colectiva en
España», en R. Cruz y M. Pérez Ledesma (coords.), Cultura y movilización en la España
contemporánea, cit., pp. 273-303.
[36] D. Martínez Fiol, Daniel Domingo Montserrat (1900-1968): entre el marxisme i el nacionalisme
radical, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2001, pp. 181-182.
[37] E. Ucelay Da-Cal y S. Tavera, «Una revolución dentro de otra. La lógica insurreccional en la
política española, 1924-1934», Ayer 13 (1994), pp. 115-146.
[38] J. Esculies y E. Ucelay-Da Cal, Macià al país dels soviets, Barcelona, Edicions de 1984, 2015,
p. 85.
[39] Véase A. Navarra, El espejo blanco, cit.
[40] M. Azaña, Diarios completos. Monarquía, república, guerra civil, edición e introduccion de S.
Juliá, Barcelona, Crítica, 2000, p. 1109.
[41] M. Cortés Arrese, Peregrinos de la revolución, cit., p. 13.
11. El impacto de la Revolución rusa en el movimiento
obrero español: el surgimiento del PCE
Francisco Erice
GUERRA Y REVOLUCIÓN
La Revolución rusa de 1917, con sus diversas secuelas, es hija de la Gran
Guerra. La masiva e injustificada matanza que entonces se produjo dejaba a
la sociedad burguesa, en palabras de Rosa Luxemburg, «avergonzada,
deshonrada, chapoteando sangre y nadando en el cieno», mientras los
partidos socialistas que la habían apoyado, en expresión de Lenin,
desprendían «un insoportable olor a cadáver». Tras el final del conflicto –
según la revolucionaria polaco-alemana–, la dominación burguesa perdía toda
razón de ser; el dilema del momento consistía en acabar con la sociedad de
clases o precipitarse en el caos y la anarquía[1].
Tal era el clima en el que surgieron los primeros partidos comunistas o –
dicho de otro modo– el movimiento comunista internacional con sus distintas
secciones nacionales, resultado, como es sabido, no solo del convencimiento
en la necesidad de la revolución, sino también de la confianza en su
inminencia. El nuevo partido mundial, conocido como III Internacional,
Internacional Comunista (IC) o Komintern, nacía iluminado por la
experiencia de Rusia, y se presentaba como una exigencia de «la época de la
lucha directa» por la dictadura del proletariado. El imperativo o «deber
histórico absoluto» de dar paso urgente a la nueva estructura orgánica
pretendía además atajar las maniobras de recomposición de la antigua
«Internacional oportunista» en las que se empeñaban «todos los elementos
confusos y vacilantes del proletariado»[2].
Para los socialistas de los países beligerantes, la prueba de fuego, de la que
no salieron precisamente indemnes, había sido el conflicto entre la asunción
de la propia causa «nacional» y el internacionalismo del movimiento, que se
saldó en detrimento de este último, con la consiguiente exasperación de los
militantes revolucionarios y la decepción de intelectuales pacifistas como
Stefan Zweig[3]. En España, la neutralidad del país eximió a los socialistas
de un hipotético deslizamiento hacia la «unión sagrada», por lo cual la
Historia oficial del PCE publicada en 1960 se limitaba a ejemplificar el
abandono del internacionalismo por «los líderes reformistas del PSOE» con
la mención de su apoyo a «la Entente anglo-francesa»[4]. Realmente, en la
llamativa aliadofilia de los socialistas españoles, difundida con escasas voces
discrepantes, no dejaba de influir, entre otros factores, su acercamiento
táctico a las fuerzas republicanas.
La brecha abierta por la guerra dentro de las organizaciones obreras no se
trazó sobre el vacío ni de manera arbitraria, sino que vino a incidir en las
divisiones previas en cada país. En el caso español, la oposición a la
contienda como un conflicto de imperialismos o capitalismos igualmente
culpables, aunque minoritaria, contribuyó a procesos de reagrupamiento y
clarificación teórica de las disidencias dentro del movimiento socialista.
Posturas antibelicistas o de crítica a la integración socialista en gobiernos
burgueses las mantenían algunos dirigentes históricos (Verdes Montenegro,
García Quejido, Isidoro Acevedo) o exponentes de la Juventud Socialista y la
Escuela Nueva madrileña (Mariano García Cortés, Manuel Núñez de
Arenas). A falta de acceso a las páginas del órgano oficial del partido (El
Socialista), estos grupos se expresaban en medios alternativos de ámbito
regional o en la prensa avanzada (La Justicia Social de Reus, revista España,
La Vanguardia de Madrid, Adelante de Valladolid o La Aurora Social de
Asturias entre otros)[5].
Los socialistas españoles estuvieron ausentes de la Conferencia antibélica
de Zimmerwald (septiembre de 1915). En el X Congreso del partido
celebrado poco después, en octubre, ni siquiera se mencionó el citado evento
y se desecharon incluso mociones pacifistas mesuradas como la de Verdes
Montenegro. Días antes, la asamblea de la Juventud Socialista madrileña
había decidido por unanimidad adherirse a los acuerdos zimmerwaldianos,
pero la resolución no se cursó, a la espera del congreso partidario. Luego, en
noviembre, el cónclave nacional de las Juventudes rechazó una propuesta
similar, alegando que la organización estaba vinculada a las decisiones del
Partido Socialista. Quien por entonces aparecía como abanderado de
Zimmerwald –aunque no de su minoría de izquierdas, seguramente poco
conocida– era Núñez de Arenas, que elogiaba las declaraciones del Partido
Socialista Italiano opuestas a la guerra, defendía la «paz sin anexiones ni
indemnizaciones» y cuestionaba «la alianza demasiado estrecha de los
socialistas con los gobiernos»[6].
Una de las mayores discrepancias que afectaban a la política nacional del
PSOE era la actitud ante la conjunción que, desde 1909, ligaba
electoralmente al partido con los destacamentos de la democracia avanzada.
En el cuestionamiento de este acuerdo coincidían algunos notables socialistas
(Fabra Ribas, Acevedo, García Cortés, Verdes Montenegro), no todos ellos
identificables con el «ala izquierda» de la organización. En su Congreso de
1915, los socialistas reafirmaron la política conjuncionista, con un horizonte
que se situaba en implantar una república burguesa en el país. Tal era, en
definitiva, la meta del movimiento de 1917, a cuyo servicio se puso la fuerza
obrera organizada. Años después, la mencionada Historia oficial comunista,
que proporcionaba una imagen magnificada de los hechos (hablaba incluso
de «insurrección armada» en Asturias y Vizcaya), abundaba en dos factores
esenciales del fracaso del movimiento: la actitud de los partidos burgueses,
«que dejaron en la estacada a la clase obrera», y la supeditación, por el
Partido Socialista, de la lucha de los trabajadores «al juego político de la
burguesía liberal»[7].
A estas diferencias políticas se sumarían, en los años siguientes, las
discrepancias en la táctica sindical, entre quienes daban prioridad a la lucha o
confrontación y otros, mayoritarios en la UGT, que primaban la negociación.
A lo largo de la Gran Guerra, crecieron velozmente la afiliación sindical y las
tendencias unitarias entre las organizaciones obreras y el sentido de
solidaridad de clase, que se superponían al deseo de cambio político en el
país. En el propio seno de la UGT, frente a los moderados, surgieron
propuestas más contundentes de acción, como las que, en la Federación
Nacional de Mineros, defendía el vizcaíno Facundo Perezagua, en
contraposición al modelo de prudencia reivindicativa que en Asturias
representaba Manuel Llaneza[8].
Las diferencias en el seno de las organizaciones socialistas, aún poco
extendidas, influyeron, desde luego, en la actitud ante los acontecimientos
rusos del año 1917. Con respecto a la revolución de febrero (marzo en el
calendario occidental), la lectura oficial del PSOE redundaba en el apoyo a lo
que se consideraba un cambio político similar al que los socialistas querían
promover en España, y que además disipaba la contradicción y la mala
conciencia que la existencia de la autocracia zarista suponían para quienes –
como los socialistas mayoritarios españoles– identificaban la causa de los
aliados con la de la libertad y la democracia. En cambio, en octubre
(noviembre en Occidente), la primera reacción de El Socialista reflejaba la
«amargura» ante la iniciativa bolchevique, tildada de inoportuna por su
maximalismo y juzgada particularmente perjudicial si se confirmaba –como
sucedería– la intención de firmar una paz separada con Alemania[9].
Muy distinta fue la respuesta de los anarcosindicalistas que, ya desde
febrero, interpretaron los acontecimientos rusos como episodios de una
revolución social afín a sus postulados. Además de otras razones, en este caso
partían del amplio rechazo de sus militantes a la guerra, entendida como
producto de la responsabilidad compartida de los contendientes, aunque
hubiera en sus filas algún aliadófilo ilustre. En el seno de la CNT y su
entorno, no es raro encontrar elogios al espíritu de Zimmerwald y, por
supuesto, radicales condenas de la «unión sagrada». Tras los sucesos de
febrero, periódicos anarquistas como Tierra y Libertad saludaban la iniciativa
revolucionaria y, a la vez, lamentaban que sus objetivos se constriñeran de
momento a los límites de una democracia parlamentaria. En cambio, el
órgano confederal Solidaridad Obrera interpretaba el proceso como una
transformación que iba más allá de lo meramente político. En vísperas de
Octubre, la simpatía por la revolución aumentaba entre los ácratas españoles,
algunos de los cuales creían además que existía colaboración y afinidad entre
bolcheviques y anarquistas rusos. Solidaridad Obrera se congratulaba de que,
con el paso del poder a los soviets, la revolución continuara
«admirablemente» su obra, y reforzaba esta actitud de apoyo con su rechazo a
la hostilidad internacional contra el nuevo régimen y sus intentos de firmar
una paz separada[10].
ANARQUISTAS, SINDICALISTAS Y ENTUSIASMO
PROBOLCHEVIQUE
Las noticias de la Revolución de Octubre, solapadas por las informaciones
relativas a la guerra, no llegaron a España ni con rapidez, ni con claridad, ni
en abundancia desde los primeros momentos. Razón tiene Rafael Cruz al
cuestionar el recuerdo de Dolores Ibárruri, quien sitúa en noviembre de 1917
su conocimiento cabal de los hechos rusos, que sin duda tuvo que ser más
gradual y dilatado en el tiempo[11]. Las crónicas fueron apareciendo poco a
poco desde 1918, mientras la popularidad del bolchevismo iba creciendo en
ambientes obreros, intelectuales e incluso republicano-progresistas. Amaro
del Rosal, joven socialista de entonces, ha rememorado las apasionadas
discusiones en tabernas asturianas sobre los avatares de la revolución, la
guerra civil y la intervención extranjera. El entusiasmo se trasladó incluso a
republicanos como los que, en Gijón, crearon una efímera Juventud
Revolucionaria Roja. También Radicales lerrouxistas llegaron a utilizar la
amenaza rusa como elemento de propaganda. En Cataluña, políticos de la
izquierda jacobina como Layret o Marcelino Domingo mostraron asimismo
simpatías por el proceso ruso, e incluso en la asamblea del Partit Republicà
Català llegó a presentarse, en septiembre de 1920, una propuesta de
integración en la Tercera Internacional[12].
Un caso prototípico que suele invocarse del entusiasmo por la Revolución
rusa es el que ha relatado Díaz del Moral en su estudio clásico sobre las
agitaciones sociales en Córdoba, que ha dado lugar a la denominación de
«trienio bolchevique» para el periodo 1918-1920. Esta imagen del
campesinado andaluz exaltado por la mística rusa y la ilusión del reparto de
tierras ha gozado de gran popularidad, pero los historiadores la desmienten
una y otra vez al analizar la lógica de unos movimientos campesinos que, aun
alentados con las expectativas que llegaban de fuera, se movían
cotidianamente por objetivos más próximos y pragmáticos. Como se ha
señalado, en este ámbito, «la revolución bolchevique solo actuó a modo de
espejismo sobre algunos y de pesadilla para otros». El régimen de la
propiedad influía más como marco que como detonante directo; la violencia
generada –que se tiende a exagerar– se explica no en virtud de proyectos
milenaristas en curso, sino por la agudización de la conflictividad, la
intransigencia patronal y la actitud parcial y represiva de las autoridades[13].
En cualquier caso, el «trienio bolchevique» posee otra dimensión
interesante: la inquietud de los patronos ante los conflictos y la utilización del
bolchevismo por las gentes de orden –en expresión de Ángel Pestaña– como
«el espantajo, el “coco”, el amedranta-bolos». Es difícil saber cuánto había de
prevención real y cuánto de manipulación interesada en aquella circular
ministerial a los gobernadores civiles de Andalucía que se hacía eco de
rumores sobre la presencia de «una porción de extranjeros y españoles
asalariados que no descansan en la propaganda bolchevikista organizando
masas obreras en plan francamente de reparto». No debe olvidarse que el
miedo afectó a las burguesías de todos los países conmocionados por la ola
de agitación social de la posguerra[14]. Las clases dominantes españolas
compartían con las europeas el temor a una revolución inminente, lo cual les
movía a alentar y apoyar políticas represivas como las que se pusieron en
marcha, especialmente contra el sindicalismo radical y el anarquismo. Ese
sentimiento, bien patente tanto en los medios urbano-industriales más
movilizados como en zonas rurales del sur de la Península, se alimentaba de
realidades pero también de exageraciones y rumores que engarzaban con
arquetipos fuertemente arraigados, como la identificación de «clases
populares» con «clases peligrosas». El enemigo tipificado de bolchevique era
el agitador u obrero movilizado, que corresponde casi siempre a las
organizaciones cenetistas[15].
En ese sentido, no hay que olvidar que el primer brote de entusiasmo ante
los sucesos de Rusia afectó más a anarquistas que a socialistas. Buenacasa
recuerda que la Revolución rusa «vino a fortalecer aún más el espíritu
subversivo, socialista y libertario de los trabajadores españoles» y, aunque
con el paso de los años considerará que «el resplandor nos cegó en lugar de
iluminarnos», reconoce que la afectación fue generalizada: «¿Quién en
España –siendo anarquista– desdeñó el motejarse a sí mismo de
bolchevique?». También Joaquín Maurín fue testigo de una adhesión sobre
todo «intuitiva y sentimental», y aporta dos claves para entenderla: la
interpretación que se hacía de la rusa como una revolución «bakuninista» o
de los soviets como algo próximo al sindicato concebido a la manera
anarcosindicalista; y algunas de las medidas concretas adoptadas en Rusia,
como el reparto de tierras[16].
Lo cierto es que anarcosindicalistas y anarquistas puros creyeron percibir
en el proceso rasgos de su propia ideología y su praxis. El conocimiento del
texto de Lenin El Estado y la revolución contribuiría a alimentar el
espejismo. A lo largo de 1918, la prensa confederal dedica constante atención
al país de los soviets. El final de la guerra es visto como una oportunidad de
aplicar el principio de paz sin anexiones ni indemnizaciones. En el momento
del armisticio, la dirección de la CNT publica una declaración que se abre
con el lema «solamente el proletariado debe ser dueño del poder
(Lenine)»[17].
Los que siguen a 1917 son años de crisis del Estado y fuerte auge de la
movilización social. La dura represión de la huelga de agosto de 1917[18] no
detuvo el avance del movimiento obrero: por el contrario, la clase
trabajadora, sobre todo a través de sus sindicatos, emergía como protagonista
colectivo en la vida del país, donde crisis laboral y política se
entremezclaban. El crecimiento de las organizaciones de los trabajadores fue
espectacular. En 1916, la cifra de obreros encuadrados apenas superaba los
150.000; tres o cuatro años más tarde, probablemente sobrepasara el millón.
El Partido Socialista pasó, entre 1918 y 1920, de 14.000 a 54.000 afiliados, y
la UGT de 80.000 a 210.000[19]. Las cifras de la CNT, aun con un cierto
margen de incertidumbre, son bastante más espectaculares; a finales de 1919,
en el Congreso de la Comedia, afirmaba contar con 714.000 miembros, entre
afiliados y adheridos, de ellos 427.000 en Cataluña, 132.000 en Levante y
más de 90.000 –muchos de ellos campesinos o jornaleros del campo– en
Andalucía[20]. Las estructuras organizativas se modernizaban y las
sociedades de oficio cedían protagonismo ante las federaciones de industria
(UGT) o los sindicatos únicos (CNT). Hasta 1920, en el contexto de los
cambios económicos de la guerra y la inmediata posguerra, la conflictividad
alcanzó niveles altísimos. En lugares donde el contencioso social básico
seguía pareciéndose más a los viejos motines que a la huelga moderna, los
años de la Gran Guerra y posteriores registraron una transformación radical
en ese sentido. El caso español no es, sin embargo, único; también otros
países europeos vivían una etapa de intensa movilización y esperanzas de
cambio[21].
En este contexto expansivo del movimiento obrero, se produjeron los
momentos de mayor aproximación cenetista al régimen soviético, sobre todo
tras el envite que supuso la creación de la Tercera Internacional, en marzo de
1919. Al concluir ese año, la CNT celebraba en Madrid su congreso más
exultante, en el cual se sometió a debate la actitud ante la Komintern. Hilario
Arlandis, carpintero levantino, propuso la afiliación a la IC, defendiendo
incluso sus criterios centralizadores y la dictadura del proletariado. En contra
se manifestó el asturiano Eleuterio Quintanilla, que la consideraba poco
acorde con los principios del sindicalismo revolucionario, mientras Salvador
Seguí se mostraba escéptico sobre la preparación de la clase obra rusa para la
revolución. En la asamblea predominaba la simpatía con el proceso ruso por
su sesgo netamente revolucionario. Finalmente se aprobó por aclamación una
resolución que reafirmaba los principios de Bakunin que «inspiraron la
Primera Internacional», y se adhería provisionalmente a la Tercera por «el
carácter revolucionario que rige esta», hasta que se celebrara un nuevo
congreso internacional que creara otra. Para transmitir este acuerdo, se
decidió enviar a Rusia a Ángel Pestaña y otros dos delegados[22].
Lo cierto es que, de los tres comisionados, solo Pestaña logró llegar a su
destino, asistiendo en julio de 1920 al II Congreso de la IC. La visión que
luego difundió de la realidad rusa se movía entre la simpatía con el hecho
revolucionario en sí y una intensa crítica a las realizaciones bolcheviques:
«tras nosotros quedaban, a despecho de la dictadura del proletariado, de la
Cheka y de las persecuciones y arbitrariedades bolcheviques, los gérmenes de
un mundo nuevo, los fulgores de una resplandeciente aurora social». A su
regreso a España, en diciembre de ese mismo año, se había iniciado ya la
fuerte represión contra la CNT y Pestaña fue directamente ingresado en
prisión, con lo cual no pudo transmitir sus impresiones hasta tiempo
después[23].
La Confederación fue dividiéndose, grosso modo, entre sindicalistas
revolucionarios
(Seguí,
Pestaña),
anarcosindicalistas
(Evelio
Boal,
Buenacasa) y un tercer sector en germen de probolcheviques. En la situación
de clandestinidad y represión, los debates sobre la Internacional y la situación
rusa pasaron a segundo plano, a la vez que los minoritarios probolcheviques
llegaban a controlar circunstancialmente la dirección, que Andreu Nin y
luego Maurín encabezarían entre 1920 y febrero de 1922. Nin defendía la
Tercera Internacional como «fanático de la acción» y por tanto partidario de
una organización que pretendía «implantar el comunismo de una manera
inmediata». Maurín estaba por entonces muy influido por la lectura de Sorel
y su apología de la violencia y el sindicalismo revolucionario. Arlandis, tras
su ingreso en el PCE, seguía abogando por la independencia de los sindicatos
como garantía de que la Tercera Internacional no cayera en el reformismo
como la Segunda[24].
En julio de 1921, los tres citados, junto a Jesús Ibáñez y Gaston Laval,
asistían, en nombre de la CNT, al congreso fundacional en Moscú de la
Internacional Sindical Roja (ISR), coincidiendo en la capital rusa con
delegaciones de los dos partidos comunistas entonces existentes en España,
que acudían al III Congreso de la IC. Salvo Laval, todos eran partidarios del
régimen soviético y, aunque defendieron en la asamblea la autonomía de los
sindicatos, apoyaron básicamente las resoluciones allí adoptadas[25].
Sin embargo, ya por entonces, el entusiasmo de los cenetistas por el proceso
ruso empezaba a enfriarse. En febrero de 1922, Maurín era detenido,
sustituyéndole Juan Peiró, que orientó de nuevo a la organización hacia
posiciones anarcosindicalistas. La conferencia celebrada en Zaragoza en
junio de 1922 congelaría y daría por finiquitados los acuerdos del Congreso
de la Comedia, rechazando la adhesión a la ISR. Ello no acabó con los
intentos de algunos sectores de la CNT de oxigenar al sindicato con los aires
que venían de Rusia. En diciembre de 1922, en una reunión celebrada en
Bilbao, se constituían los Comités Sindicalistas Revolucionarios, portavoces
de la IC dentro de la CNT, que abogaban por posturas revolucionarias frente
al posibilismo y por la fusión de la clase obrera en un solo frente vinculado a
la ISR. Maurín defendía entonces la armonización de marxismo y
anarquismo, asegurando que «la doctrina de la violencia del sindicalismo ha
sido la de la dictadura del proletariado del bolchevismo». El grupo contaba
con representantes en Asturias, País Vasco, Lérida, Levante y otros lugares.
Algunos de sus promotores ingresarían luego en el PCE, la mayoría después
de 1923[26].
SOCIALISMO, TERCERISMO Y ORÍGENES DEL
COMUNISMO ESPAÑOL
A diferencia de lo que sucedía en el entorno de la CNT, el interés inicial
manifestado por los socialistas españoles, sobre todo sus dirigentes, ante los
sucesos de Rusia fue mucho menos intenso. Un factor fundamental era, en
ese sentido, la prioridad otorgada a la guerra, vista a su vez desde la óptica de
la política conjuncionista, pese a que el pacto con los republicanos quedaba
herido de muerte desde agosto de 1917. Un año después de la fracasada
intentona, en agosto de 1918, salía a la luz Nuestra Palabra, órgano de los
socialistas simpatizantes con la revolución soviética y que, a mediados de
1919, pasó a denominarse «semanario de la Tercera Internacional»[27].
En el escenario de la fase final de la guerra y sobre todo tras su desenlace,
Rusia fue ocupando poco a poco el centro de la preocupación de los
socialistas españoles. El XIII Congreso de la UGT, en septiembre-octubre de
1918, saludaba a «la república rusa de los soviets de obreros, campesinos y
soldados», mientras Perezagua criticaba la huelga de agosto de 1917,
subrayando que los trabajadores, más que ceñirse a dar el poder a los
republicanos, debían luchar por la revolución social. Poco después, el XI
Congreso del PSOE, apenas concluida la contienda, traslucía una nueva
sensibilidad, con elogios a la Revolución rusa y rechazos a la intervención
extranjera, pero también protestas de algunos delegados por el silencio de los
medios socialistas ante el proceso soviético. La decepción con las soluciones
diplomáticas para saldar el conflicto constituirá una nueva fuente de disenso
que favoreció las posiciones críticas. La paz wilsoniana que supuestamente
debía seguir al triunfo de los aliados se convertía, en expresión de Nuestra
Palabra, en una paz «burguesa, odiosa y cínica». Luego, el Tratado de
Versalles (junio de 1919) empujará a más de un antiguo aliadófilo hacia
posturas radicales[28].
Que este descontento se transformara en 1919 en una riada que inundó las
filas del socialismo español requiere de algunos factores explicativos más.
Uno de ellos es la coincidencia de la movilización social en España con un
fuerte clima de agitación en distintos países europeos[29]. Otro, no ajeno a
este, es la creación de la Tercera Internacional, en marzo de 1919, con la
pretensión de aglutinar en forma de partido mundial el ímpetu de la
Revolución rusa y el descontento de la izquierda socialdemócrata y otros
grupos radicales. Desde entonces, las simpatías por la Revolución rusa
tienden a convertirse en tercerismo, en voluntad de adhesión a la IC.
El primer núcleo aglutinador de la izquierda socialista había sido, como
señalamos, el semanario Nuestra Palabra. En torno a su redacción se
agrupaban algunos socialistas históricos (Verdes Montenegro, García Cortés,
Morato, Virginia González), miembros de las Juventudes Socialistas y
opositores a la política aliadófila del PSOE durante la guerra (Lamoneda,
César Rodríguez González, Egocheaga, etc.). La revista ofrecía una útil –y
favorable, obviamente– información sobre Rusia que no aparecía en El
Socialista, y además, desde el otoño de 1918, organizó mítines
probolcheviques. Para esta publicación, los bolcheviques no representaban
tanto una nueva forma de socialismo como la consecuencia en la aplicación
práctica del programa revolucionario, es decir, «socialismo a la hora de la
verdad»[30].
Progresivamente, a lo largo de 1919, fueron desarrollándose los grupos de
simpatizantes con la revolución. Desde el final de la guerra, comenzaron a
proliferar publicaciones modestas, generalmente efímeras y de alcance local,
con títulos tan significativos como El Maximalista, El Bolchevista, El Soviet,
etc., algunas de ellas en medios anarquistas o sindicalistas. Luego surgirán
revistas como La Internacional, en octubre de 1919, o se utilizará, para la
propaganda tercerista, el órgano de las Juventudes Renovación[31].
Los «elementos revolucionarios» del Partido Socialista constituían un frente
heterogéneo, con núcleos radicalizados de las Juventudes, el Grupo de
Estudiantes Socialistas de Madrid, creado en 1917, o los animadores de la
Escuela Nueva y del entorno de Nuestra Palabra. Ya iniciado 1919,
conseguían mayoría en la Agrupación Socialista Madrileña, emprendiendo
una campaña de actos de solidaridad con la Revolución rusa. En septiembre,
dicha agrupación aprobaba una moción defendiendo el fin del pacto con los
republicanos y la ruptura con la «izquierda burguesa», así como la
integración en la IC. Las posturas terceristas avanzaban también en lugares
como Asturias. Allí, a comienzos de 1919 las Juventudes Socialistas
asturianas reclamaban «un programa completo para la instauración de la
República comunista», rechazando la política de reformas o la colaboración
con partidos burgueses. En octubre, en el congreso de la Federación
Socialista Asturiana, varios delegados abogaron por la adhesión sin más
dilaciones a la IC, aunque se aprobó una propuesta de Isidoro Acevedo, más
posibilista, que preconizaba la reconstrucción de la Segunda Internacional
sobre la base de los principios revolucionarios de la Tercera[32].
Las posiciones políticas del socialismo disidente, más que propiamente
bolcheviques, podrían calificarse de maximalistas o críticas con el
reformismo del partido, su moderación o el pacto con los republicanos; pero
no siempre resultaba fácil explicitarlas con eficacia para diferenciarse.
Tengamos en cuenta que los socialistas mayoritarios recurrían asiduamente a
la retórica de la revolución y la lucha de clases. Largo Caballero, que
defendía la presencia socialista en las instituciones o en organismos como el
Instituto de Reformas Sociales, no tenía empacho en considerar próximo el
momento «en que nos encarguemos de la producción». Fernando de los Ríos
podía a la vez criticar la situación de Rusia y asegurar que «con la revolución
rusa estamos todos de acuerdo», ya que «está todavía desarrollándose».
Besteiro cuestionaba la conveniencia de la dictadura del proletariado para
España, aun aceptando su necesidad en Rusia como única alternativa a la
anarquía. En definitiva, el viejo PSOE conseguía mantener, en muchos
ámbitos, su credibilidad combinando retórica revolucionaria con práctica
cotidiana reformista, mezcla esta que encajaba bien en la cultura política de la
II Internacional y que, en nuestro país, se identificaría con el denominado
pablismo. Otra variante, algo más sofisticada, era el menchevismo de
Besteiro, con su idea de la inconveniencia de saltar etapas y la necesidad de
dejar que la burguesía cumpliera su «tarea histórica». El PSOE mantuvo estas
fórmulas tras la crisis de 1917, la guerra mundial y la Revolución rusa[33].
El avance de las posiciones terceristas, como señalamos, iría
consolidándose a lo largo de 1919. Por entonces, el segundo aniversario de la
Revolución de Octubre fue celebrado con un concurrido mitin en la Casa del
Pueblo madrileña. En diciembre, tenía lugar el congreso del PSOE, en el que
Besteiro defendió la reconstrucción de la Segunda Internacional, Anguiano
instó a ingresar en la Tercera, y Fabra Ribas, Pérez Solís e Isidoro Acevedo
presentaron una propuesta, que acabó triunfando, y que recogía el
posibilismo de la aprobada en septiembre en Asturias; concretamente,
consideraba deseable la fusión de las dos Internacionales y, de no ser posible,
optaba por la adhesión a la IC. El congreso dictaba además el parte de
defunción oficial de la conjunción con los republicanos[34].
En los meses siguientes, la ofensiva tercerista no hizo sino afianzarse,
aprovechando factores favorables como el retraso del congreso internacional
de los reformistas previsto en Ginebra, trasladado de enero a julio.
Entretanto, el de la Federación de Juventudes Socialistas (14-18 de
diciembre) votaba mayoritariamente por la adhesión incondicional a la IC y
elegía una dirección proclive a dicha postura. También en diciembre llegaban
a España, procedentes de México, los primeros delegados de la IC, entre ellos
el ruso Borodin y un personaje que se hacía llamar Manuel Ramírez. En
enero se constituía en Madrid el Grupo pro-Tercera Internacional, con
Anguiano, Virginia González, Núñez de Arenas, García Cortés, César
Rodríguez González y otros destacados socialistas que hablaban de implantar
en España la dictadura del proletariado y un régimen de comités de
trabajadores a semejanza de los soviets, pero sin rechazar la acción electoral
y parlamentaria para afirmar la conciencia de clase. La relativa moderación
de estos terceristas exasperaba a los probolcheviques jóvenes y radicalizados
que, frente a las prevenciones de los primeros, no mostraban rechazo a llevar
a cabo, cuando fuera necesario, una política escisionista. Ramírez alentó este
espíritu impaciente, planteando que la propia Juventud se convirtiera en
Partido Comunista. Cosa que finalmente se hizo en una especie de golpe de
mano, convocando una reunión de las secciones para el día 15 de abril de
1920; fue entonces cuando, por sorpresa, el Comité Nacional anunciaba la
creación del Partido Comunista Español[35].
La decisión fue rechazada incluso por algunos de los partidarios de la IC
dentro de la Juventud y por los terceristas veteranos, que en todo caso no
cejaron en sus intentos de llevar al PSOE a la órbita de la Komintern. En el
nuevo congreso socialista celebrado en junio, casi todos los delegados daban
por sentada esta vinculación. Los pocos que se oponían pensaban, como el
dirigente minero asturiano Manuel Llaneza, que unirse a la IC suponía «una
dedicación exclusiva al logro de la revolución social», impidiendo todo trato
con los gobiernos en defensa de los trabajadores o renunciando «a que en los
municipios se realice una honrada administración socialista». El documento
finalmente aprobado incluía el ingreso inmediato con tres condiciones:
autonomía del partido español en la táctica de lucha, derecho a revisar en sus
congresos los acuerdos de la IC e insistencia en la unidad de los socialistas
participando en congresos internacionales con ese propósito. El cónclave
eligió una dirección presidida por Pablo Iglesias, pero de mayoría tercerista,
con Anguiano como secretario y García Quejido (que sustituyó a Besteiro por
dimisión de este) como vicepresidente. Se decidió que Anguiano y Fernando
de los Ríos viajaran a Moscú para transmitir la decisión[36].
El acuerdo suponía una victoria pírrica para los terceristas, que al aceptar la
propuesta de adhesión condicionada se colocaban realmente la soga al cuello.
Semanas más tarde el II Congreso de la IC aprobaba las «21 condiciones»
para formar parte de su estructura, que chocaban frontalmente con la
exigencia de autonomía del PSOE y sus propósitos conciliadores. La
respuesta de la Komintern era contundente: la IC no podía ser un club de
socialistas unificados, sino «una organización de lucha, el ejército del
proletariado universal», y los españoles no entendían nada de lo que suponía
la revolución mundial, la dictadura del proletariado y el poder de los
soviets[37].
Desde ese momento, todo fueron reveses para los partidarios de la línea
revolucionaria. El congreso de la UGT, a finales de junio, suscribió por
amplia mayoría la adscripción a la Federación Sindical de Ámsterdam,
alejándose de Moscú. En diciembre, se quebraba el pacto con la CNT y las
elecciones legislativas, primeras tras el fin de la conjunción con los
republicanos, arrojaban una clara pérdida de votos y de representantes
parlamentarios, que pasaban de 6 a 4. En enero de 1921, los antiterceristas
recuperaban la dirección de la Agrupación Socialista Madrileña, y en febrero
se creaba la Unión de Viena para reconstruir la unidad socialista, que a ojos
de muchos militantes situaba a la IC con sus «21 condiciones» como un
factor de división y discordia[38].
En esta tesitura, se llegó al definitivo congreso de abril de 1921, donde la
capacidad de maniobra de los mayoritarios pablistas resultó sumamente
eficaz. Una carta del propio Pablo Iglesias se oponía a la adhesión a la IC, y
el contundente informe del antitercerista De Los Ríos, muy crítico con la
Rusia revolucionaria, resultó más convincente que los matices del
protercerista Anguiano. Tampoco las negativas de Acevedo sobre la futura
depuración de «reformistas» que auguraba Largo Caballero resultaban
creíbles a la luz de las «21 condiciones», que hablaban entre otras cosas de
separar de los puestos de responsabilidad en el movimiento obrero a los
reformistas y «centristas» o romper en lo sindical con «la Internacional
amarilla de Ámsterdam». El desenlace es bien conocido: aprobación de
unirse a la Comunidad de Viena y rechazo de la IC; anuncio por los
terceristas de su abandono del PSOE y su marcha al movimiento que «trata
de acelerar el derrumbamiento de la sociedad capitalista»; y salida de los
delegados díscolos hacia la Escuela Nueva, donde declararán constituido el
Partido Comunista Obrero Español (PCOE)[39].
EL FRACASO DEL PRIMER COMUNISMO ORGANIZADO
(1920-1923)
El Partido Comunista Español apenas logró arrastrar, en el momento de su
constitución, a un millar de los 5.000 o 6.000 militantes con que contaban las
Juventudes Socialistas. Con ellos y algunos adherentes más se configuró una
organización mayoritariamente de jóvenes, el llamado partido de los «cien
niños», con sus principales focos en Madrid, Valencia y Alicante. Según Luis
Portela, uno de sus afiliados, la mayoría de los integrantes del nuevo partido
eran obreros especializados que trabajaban en empresas pequeñas, además de
algunos funcionarios y un reducido grupo con inquietudes intelectuales que
formaban el núcleo de dirección, como el maestro Ramón Merino Gracia o el
periodista Juan Andrade. Su base sindical era mínima. Publicaban el
periódico El Comunista, que no llego a tirar más de 4.000 ejemplares, y que
dirigía Andrade, quien pese a su corta edad ya había colaborado en revistas
del Partido Radical y del Partido Socialista y sus Juventudes (Nuestra
Palabra o Renovación)[40].
La primera declaración política del nuevo partido denunciaba el
«oportunismo» del PSOE y el «parlamentarismo estéril y engañoso para el
proletariado». Se proponía «encauzar toda la agitación y propaganda hacia la
revolución social», fijando la dictadura del proletariado y la creación de
soviets como único camino. Para ello, preconizaba crear una organización
soviética que reuniera a las fuerzas revolucionarias de UGT y CNT[41].
El principal problema para la consolidación del Partido Comunista Español
–que desde el principio arremetió violentamente contra los dubitativos
terceristas del PSOE– era su radicalismo izquierdista, que pronto chocó con
los nuevos derroteros que comenzaba a adoptar la IC. Ya en el mes de mayo,
a poco de su constitución, Lenin redactaba su polémico texto El izquierdismo,
enfermedad infantil del comunismo, luego repartido a los delegados al II
Congreso de la IC y publicado en varios idiomas en la segunda mitad de
1920. En él, el dirigente soviético criticaba actitudes antiparlamentarias como
las que sustentaban los jóvenes españoles o el rechazo a trabajar en
organizaciones de masas de mayoría reformista. A esta desautorización de
Lenin, mal recibida por los bisoños comunistas españoles, se añadía la
disolución del Buró de Ámsterdam de la Internacional, foco asimismo de
izquierdistas. Las relaciones de afinidad y la correspondencia mantenida de
algunos dirigentes del Partido Comunista Español con el grupo italiano de
Bordiga, los tribunistas holandeses y otros núcleos similares de Europa
occidental, iba, pues, a contracorriente de las orientaciones que llegaban de
Moscú[42].
Pero los efectos fundamentales del izquierdismo de los «cien niños» se
manifestaron ante todo en su incapacidad para conectar con los trabajadores
españoles. El Comunista hablaba mucho de la realidad rusa y de doctrina
marxista, pero dedicaba poca atención a la situación política, económica y
social nacional. La política sindical del partido se basaba, más que en el
trabajo paciente en la base, en el reclamo ideológico para atraer a los
militantes más radicalizados. El programa mínimo desaparecía ante la
solemnidad de los principios revolucionarios[43].
El PCOE nacía, un año más tarde, en un momento histórico menos
favorable por el retroceso de la movilización social y el aumento de la
represión política, pero con dos ventajas sobre sus predecesores. La primera
era contar con una militancia más nutrida, de 4.500 a 5.000 afiliados, entre
los escindidos del PSOE y los jóvenes que se incorporan tras una votación
favorable de la reconstruida Juventud Socialista. Además de ello, el nuevo
partido comunista disponía de un apoyo sindical algo más sólido, sobre todo
en las zonas minero-industriales del Norte; de hecho la federación más fuerte
era la asturiana, con 1.500 adeptos, mientras que Bilbao aportaba al menos
otros 500. La segunda era que la mayor moderación de sus dirigentes, a
quienes los jóvenes del Partido Comunista Español calificaban
despectivamente de «centristas» o les achacaban –en expresión de Portela– su
«pesado lastre socialdemócrata», encajaba mejor en el cambio táctico de la
Komintern que, en su III Congreso, celebrado en junio de 1921, aprobaba la
táctica del «frente único» con otras fuerzas obreras[44].
Dado que no tenía demasiado sentido mantener dos partidos comunistas en
un solo país, y menos tratándose de organizaciones tan exiguas, pronto se
iniciaron los contactos para la unificación, nada fáciles en cuanto que el
Partido Comunista Español exigía mayoría en los órganos de dirección, pese
a su menor militancia, y reclamaba la exclusión de siete dirigentes del PCOE
considerados indignos. Tras el III Congreso de la IC, al que asistieron
delegaciones de ambos partidos, la demanda de expulsiones se redujo a solo
cuatro (Acevedo, Anguiano, Pérez Solís y García Cortés). Finalmente, con la
llegada clandestina, en noviembre, del delegado de la Internacional,
Graziadei, se llegó a un acuerdo en el que la petición de apartar a los más
caracterizados «centristas» desaparecía, pero se otorgaba una mayoría al
partido de los «cien niños» en el Comité nacional resultante (9 miembros,
frente a 6 del PCOE). Por entonces los afiliados al Partido Comunista
Español se calculaban en unos 2.000 y los del PCOE, en 4.500. Se convenía
también en sustituir los periódicos respectivos (El Comunista y La guerra
social) por uno nuevo (La Antorcha), manteniendo algunos medios de prensa
regionales o locales, como La Aurora Roja de Oviedo, Bandera Roja de
Bilbao o Acción Sindicalista de Valencia. La nueva Unión de Juventudes
Comunistas tendría su propio órgano de expresión[45].
Pese a su ventaja numérica, especie de prima simbólica por haber sido los
primeros en constituir un nuevo partido, la unificación satisfizo poco a los
jóvenes del primer PC, cuyo núcleo dirigente se encontraba en su casi
totalidad en la cárcel o huido como consecuencia de las protestas contra la
guerra de Marruecos. Pronto se produjo un acuerdo, en la nueva dirección,
entre dirigentes que venían del Partido Comunista Español, encabezados por
Merino Gracia, y los que provenían del PCOE, creando una nueva mayoría.
Esta circunstancia, unida a un artículo aparecido en el primer número de La
Antorcha que consideraron vejatorio algunos de los procedentes del primero
de los partidos, o a la decisión de participar en las elecciones municipales,
provocó la aparición de una denominada Plataforma de Oposición o Grupo
Comunista, pronto desaprobado por la IC[46].
En marzo de 1922 se celebró en Madrid el I Congreso del Partido
Comunista de España (PCE), resultado de la unificación de los dos grupos
anteriores, aprobándose las primeras tesis y estatutos. El PCE se constituía
con el objetivo de derribar el poder burgués y establecer la dictadura del
proletariado. En el ámbito sindical, preconizaba el frente único. Los 6.500
militantes con que decía contar se distribuían entre 80 agrupaciones, muchas
de ellas en localidades de Asturias y Vizcaya, donde se asentaban sendas
federaciones regionales. Fue elegido secretario general el histórico socialista
Antonio García Quejido, pero la brecha entre los militantes de los dos grupos
preexistentes no acabó de soldarse[47].
De hecho, las diferencias internas constituyeron un lastre evidente para el
funcionamiento del partido. Con posterioridad al citado congreso, los
procedentes del Partido Comunista Español fueron ganando posiciones y,
cuando se celebró el segundo, en Bilbao y en julio de 1923, en medio de un
ambiente crispado, hubo de producirse la mediación del representante de la
IC Humbert-Droz para nombrar una dirección de consenso, encabezada por
César Rodríguez González, con Luis Portela en la secretaría de organización,
Ramón Lamoneda en la de responsabilidad sindical y Andrade como
encargado de La Antorcha. Bullejos considera este desenlace, en sus
memorias, como un avance de las posiciones izquierdistas, y Portela como el
verdadero congreso de reunificación. La IC admitió las críticas a la antigua
dirección por su escasa actividad, pero salió en su defensa por su apoyo al
frente único. El congreso aprobó trabajar sindicalmente en la CNT y reforzar
la disciplina interna[48].
En todo caso, lo que no podía ocultarse, en vísperas de la Dictadura de
Primo de Rivera, era el fracaso de implantación del partido, perfectamente
ilustrado por la Federación Asturiana, que había pasado de los 1.500
militantes de dos años antes a solo 143. El PCE era probablemente la sección
nacional más débil de la Komintern. Es cierto que los partidos comunistas de
Europa occidental fueron retrocediendo después del primer impulso, como
organizaciones surgidas ante la perspectiva de una revolución inminente y
que hubieron de resignarse a trabajar en sociedades en las que ese horizonte
se alejaba; aun así, el Partido Comunista Francés, que llegó a contar con casi
200.000 afiliados, mantenía en 1923 unos 45.000, más o menos como su
homólogo italiano en el primer año de su existencia. Cifras que reflejaban
una implantación e influencia social que el PCE ni de lejos podía soñar[49].
Es cierto que a las dificultades del partido español se unía también la
represión gubernamental, que se abatía periódicamente sobre sus principales
dirigentes y activistas. Pero los factores particularmente determinantes del
escaso arraigo eran otros. Uno de ellos, desde luego, la incapacidad para
consolidar una base sindical propia y robusta. De hecho, el PCE no lo
consiguió ni siquiera en sus dos principales feudos: Asturias y Vizcaya. En
Asturias, concretamente, fracasaron, en medio de las duras luchas sociales de
la posguerra, en su intento de desplazar a la dirección socialista y a su
máximo líder, Manuel Llaneza, de la dirección del Sindicato de los Obreros
Mineros de Asturias, que en todo caso también experimentó los efectos del
endurecimiento patronal con la crisis del sector. Los comunistas solo
temporalmente, de agosto a octubre de 1921, llegaron a controlar dicha
dirección y posteriormente, tras una intensa huelga en 1922, fueron
expulsados del sindicato, viéndose forzados a unirse a los anarcosindicalistas
en un minoritario sindicato «único»[50].
Si las luchas mineras de Asturias registraron una indudable dureza, las
desarrolladas en Vizcaya alcanzaron unos niveles de violencia
verdaderamente inusuales. Allí, los comunistas disputaron seriamente a sus
rivales socialistas la influencia sobre los obreros mineros y metalúrgicos
durante varios años. Los testimonios de José Bullejos, Óscar Pérez Solís o
Leandro Carro ilustran bien a las claras cómo se desenvolvían los conflictos
contra los patronos, las autoridades o la Guardia Civil, en los que las pistolas
salían frecuentemente a relucir; pero también describen las luchas entre las
organizaciones por el control del sector más activo de la clase obrera. La
emulación del sindicalismo más violento se refleja en el relato que hace Carro
de sucesos como el enfrentamiento a tiros entre comunistas vizcaínos y
anarquistas llegados de Barcelona a los que pusieron en fuga. O en las
escaramuzas con pistoleros patronales de los que habla Bullejos. Conflictos
estos de extrema tensión que culminaron en la huelga general de la minería
del verano de 1923, de ribetes insurreccionales y con episodios tan trágicos
como la ocupación por centenares de guardias civiles de la Casa del Pueblo
de Bilbao, defendida armas en mano por decenas de comunistas, con
muertos, heridos y «sangre que corría por el pavimento y descendía por la
escalera», según testimonio de uno de los asaltantes[51].
Esta violencia, como reconocen Pérez Solís o Bullejos, contribuyó a alejar a
los trabajadores y a acentuar la represión. Pero alguno de sus ramalazos
acarreó efectos políticamente aún más desastrosos, como el altercado que
tuvo lugar en el congreso de la UGT, en Madrid, en noviembre de 1922,
cuando el disparo de un comunista provocó la muerte de un socialista y
legitimó a la dirección del sindicato para expulsar de su seno a los sindicatos
controlados por militantes del PCE[52]. El impacto para el nuevo partido
resultó verdaderamente severo, imposible de compensar con el acercamiento,
a veces contradictorio, a las organizaciones de una CNT sumidas en una
profunda crisis que llevaría a su práctico desmantelamiento.
En definitiva, apenas hizo falta la represión de la Dictadura para reducir a
su mínima expresión a un partido que se encontraba ya en una situación
crítica. El primer comunismo español había fracasado no solo como proyecto
revolucionario inmediato, sino también como instrumento político de un
sector significativo de la clase obrera o la sociedad española. Pueden
invocarse muchos factores coyunturales, errores, retrasos, inmadurez teórica
y contextos desfavorables de crisis y represión, que sin duda contribuyen a
aclarar el desenlace, y de los que hemos ido hablando a lo largo de este
texto[53]. Pero al menos una explicación general plausible debe tener en
cuenta que el entusiasmo emanado del impulso de Octubre y la relectura de
las realidades nacionales a la luz de la experiencia soviética no resultaban
suficientes para consolidar una fuerza revolucionaria nacional atenta a las
especificidades de cada país. El comunismo español no consiguió, por el
momento –que desde 1920 no era el mejor posible– abrirse un hueco entre un
anarcosindicalismo con su prestigio revolucionario intacto y sus tradiciones
sólidamente asentadas, y un socialismo que no había sufrido el desprestigio
de otros partidos homólogos y que, pese a experimentar los efectos de la
escisión y la crisis de la posguerra, siguió manteniendo su arraigo,
especialmente sindical. Tal como apuntaba Bullejos, los trabajadores eran
reacios a transferir sus fidelidades políticas y sindicales, sobremanera en
España «debido a que sus directores conservaban íntegro su prestigio y
autoridad»[54].
La Historia oficial del PCE aseguraba, cuatro décadas más tarde, que la
creación del partido se imponía entonces como «algo inaplazable» pero,
como ha señalado Meaker, el PCE «sucumbió virtualmente en la primera
infancia» y «tuvo que esperar mejores tiempos y otras circunstancias» para su
auténtica refundación, esta vez como partido de clase y popular, durante la
Segunda República y especialmente en la etapa frentepopulista.
[1] Rosa Luxemburg, La crisis de la socialdemocracia (Folleto Junius) y ¿Qué se propone la Liga
Espartaco?, en Obras Escogidas, Madrid, Ayuso, 1978, vol. II, pp. 12 y 152; V. I. Lenin, La
bancarrota de la II Internacional, Barcelona, Anagrama, 1975, pp. 10-11.
[2] Expresiones extraídas de la «Resolución sobre la creación de la Internacional Comunista»
presentada a su Primer Congreso o de la «Resolución sobre el papel del partido comunista en la
revolución proletaria» aprobada en el Segundo Congreso, reproducidas en Los cuatro primeros
congresos de la Internacional Comunista. Primera parte, México, Cuadernos de Pasado y de Presente,
1977, 2.
a ed., pp. 59 y 133.
[3] «Confiábamos en Jaurès, en la Internacional Socialista, creíamos que los ferroviarios volarían las
vías antes que cargar a sus camaradas hacia el frente como animales hacia el matadero…». Véase
Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2002, p. 257.
[4] Dolores Ibárruri et al., Historia del Partido Comunista de España (versión abreviada), París,
Éditions Sociales, 1960, p. 16.
[5] Carlos Forcadell, Parlamentarismo y bolchevización. El movimiento obrero español, 1914-1918,
Barcelona, Crítica, 1978, pp. 42-44, 97-130 et al.; Gerald H. Meaker, La izquierda revolucionaria en
España (1914-1923), Barcelona, Ariel, 1978, pp. 40-46 y 84-86.
[6] C. Forcadell, Parlamentarismo y bolchevización. El movimiento obrero español, 1914-1918, cit.,
pp. 172-175; G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 43-46.
Postura de Núñez de Arenas, en Manuel Tuñón de Lara, Medio siglo de cultura española (1885-1936),
Madrid, Tecnos, 1977, pp. 185-186.
[7] J. L. Martín Ramos, «El socialismo español», Apéndice a Donald Sassoon, Cien años de
socialismo, Barcelona, Edhasa, 2001, p. 877; Francisco J. Romero Salvadó, España 1914-1918. Entre
la guerra y la revolución, Barcelona, Crítica, 2002, pp. 150-152; G. H. Meaker, La izquierda
revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 93-139. D. Ibárruri et al., Historia del Partido
Comunista, cit., p. 17.
[8] C. Forcadell, Parlamentarismo y bolchevización. El movimiento obrero español, 1914-1918, cit.,
pp. 72 y ss.; Henrike Fesefeld, «Del mundo de los oficios a la lucha de intereses: la UGT, 1888-1923»,
Ayer 54 (2004), pp. 85-86.
[9] Juan Avilés Farré, La fe que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (1917-
1931), Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, pp. 35-36 y 58; Carlos Forcadell Álvarez, «La recepción de la
revolución rusa en España (1917-1921)», en F. Carantoña y G. Puente (eds.), La Revolución rusa 70
años después. Actas del II Coloquio de Historia Contemporánea Universidad de León, León,
Universidad de León, 1988, pp. 145-146.
[10] G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 46-48 y 73-74; C.
Forcadell, Parlamentarismo y bolchevización. El movimiento obrero español, 1914-1918, cit., pp. 215
y ss.; C. Forcadell, «La recepción de la revolución rusa en España (1917-1921)», cit., pp. 147-148;
Manuel Izquierdo, La Tercera Internacional en España (1914-1923), Madrid, Endymion, 1995, pp. 40-
42.
[11] Dolores Ibárruri, El único camino, Madrid, Castalia, 1992, pp. 152-153; Rafael Cruz,
Pasionaria. Dolores Ibárruri, Historia y Símbolo, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, pp. 65-68.
[12] Amaro del Rosal, «Consideraciones y vivencias sobre la fundación del PCE y sus primeros
años», en Contribuciones a la historia del PCE, Madrid, Fundación de Investigaciones Marxistas,
2004, pp. 92-93; y «La taberna como centro de discusión política en Asturias (1914-1920)», Los
Cuadernos del Norte 14 (1982), pp. 79-84; A. L. Oliveros, Asturias en el resurgimiento español, Gijón,
Silverio Cañada, 1989, pp. 141-142; Francisco Erice, «El PCE en Asturias, de los orígenes a la guerra
civil», en F. Erice (coord.), Los comunistas en Asturias (1920-1982), Gijón, Trea, 1996, p. 41; Juan
Avilés Farré, «El impacto de la revolución rusa en España, 1917-1922», en J. Tusell et al. (eds.), La
política exterior de España en el siglo XX, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000, pp. 124-125.
[13] Juan Díaz del Moral, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas – Córdoba
(Antecedentes para una reforma agraria, Madrid, Alianza, 1977, 2.
a ed., pp. 265-366. Con tono
desmitificador, véase el clásico trabajo de Manuel Tuñón de Lara, Luchas obreras y campesinas en la
Andalucía del siglo XX. Jaén (1917-1920). Sevilla (1930-1932), Madrid, Siglo XXI, 1978, pp. 1-121.
Más recientemente, Ángeles González, «La construcción de un mito. El trienio bolchevique en
Andalucía», en M. González de Molina y D. Caro Cancela (coords.), La utopía racional. Estudios
sobre el movimiento obrero andaluz, Granada, Universidad de Granada/UGT de Andalucía, 2001, pp.
175-219.
[14] Observaciones de Pestaña, en Rafael Cruz, «¡Luzbel vuelve al mundo! Las imágenes de la Rusia
soviética y la acción colectiva en España», en R. Cruz y M. Pérez Ledesma (eds.), Cultura y
movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1997, pp. 281-282. Sobre circular de
Gobernación, M. Tuñón de Lara, Luchas obreras y campesinas en la Andalucía del siglo XX, cit., p. 69;
Ángeles Barrio, El sueño de la democracia industrial (Sindicalismo y democracia en España 1917-
1923), Santander, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cantabria, 1996, p. 126. Reacción y
recomposición llevada a cabo por las nuevas burguesías y las elites tradicionales, en el ya clásico libro
de Charles S. Maier, La refundación de la Europa burguesa. Estabilización en Francia, Alemania e
Italia en la década posterior a la I Guerra Mundial, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social,
1989.
[15] F. J. Romero Salvadó, España 1914-1918. Entre la guerra y la revolución, cit., pp. 216 y ss.;
Fernando del Rey Reguillo, «El empresario, el sindicalista y el miedo», en R. Cruz y M. Pérez Ledesma
(eds.), Cultura y movilización en la España contemporánea, cit., pp. 235-272; Francisco Erice Sebares,
«Entre la represión y el paternalismo. Actitudes burguesas ante lo popular en la España de la
Restauración», en J. Uría (ed.), La cultura popular en la España contemporánea. Doce estudios,
Madrid, Biblioteca Nueva, 2003, pp. 146-150; Ángeles Barrio Alonso, «La oportunidad perdida: 1919,
mito y realidad del poder sindical», Ayer 63 (2006), pp. 175, 182 et al.; Antonio Elorza, «Utopía y
revolución en el movimiento anarquista español», en B. Hofmann et al. (eds.), El anarquismo español y
sus tradiciones culturales, Madrid, Vervuert/Iberoamericana, 1995, p. 88.
[16] Manuel Buenacasa, El movimiento obrero español 1886-1926. Historia y crónica, Gijón, Júcar,
1977, p. 50; Joaquín Maurín, Revolución y contrarrevolución en España, París, Ruedo Ibérico, 1966,
Apéndice «Sobre el comunismo en España», p. 246.
[17] Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, Queridos camaradas. La Internacional Comunista y
España, 1919-1939, Barcelona, Planeta, 1999, p. 38; C. Forcadell, Parlamentarismo y bolchevización.
El movimiento obrero español, 1914-1918, cit., pp. 259, 284 y 290. Según Ángeles Barrio Alonso («La
cultura política libertaria», en C. Forcadell y M. Suárez Cortina [eds.], La Restauración y la República
1874-1936, vol. III de Historia de las culturas políticas en España y América Latina, Madrid, Marcial
Pons, 2014, p. 258), «la fascinación de los anarquistas por la transgresión llevaría a muchos de ellos, ya
puritanos, ya posibilistas, a adoptar discursos revolucionarios ajenos».
[18] Se saldó con 71 muertos, 156 heridos y dos millares de detenidos. Véase Carlos Forcadell
Álvarez, «Conflicto social y movilización obrera. De la huelga general a la Dictadura de Primo de
Rivera», en M. Redero (coord.), Sindicalismo y movimientos sociales (Siglos XIX y XX), Madrid,
Centro de Estudios Históricos de UGT, 1994, p. 106.
[19] Carlos Forcadell Álvarez, «El primer sindicalismo de masas en España: la movilización social y
política de 1916-1920», en M. D. de la Calle Velasco y M. Redero San Román (eds.), Movimientos
sociales en la España del siglo XX, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2008, pp. 65-80.
[20] Manuel Tuñón de Lara, El movimiento obrero en la historia de España, Barcelona, Laia, 1977,
t. II, p. 258; Carlos Gil Andrés, «La aurora proletaria. Orígenes y consolidación de la CNT», en J.
Casanova (coord.), Tierra y libertad. Cien años de anarquismo en España, Barcelona, Crítica, 2010, p.
105; Pere Gabriel, «Propagandistas confederales entre el sindicato y el anarquismo. la construcción
barcelonesa de la CNT en Cataluña, Aragón, País Valenciano y Baleares», Ayer 43 (2002), pp. 105-
145, cifras especialmente en p. 123.
[21] Á. Barrio, El sueño de la democracia industrial (Sindicalismo y democracia en España 1917-
1923), cit., pp. 111-124; Francisco Sánchez Pérez, La protesta de un pueblo. Acción colectiva y
organización obrera. Madrid, 1901-1923, Madrid, Cinca/Fundación Largo Caballero, 2006; José Luis
Martín Ramos, «Huelga y revolución. Apunte sobre la política comunista en la primera posguerra»,
Ayer 4 (1991), pp. 83-115.
[22] J. Avilés, La fe que vino de Rusia, cit., pp. 114-116; Antonio Bar, La CNT en los años rojos
(Del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo, 1910-1926), Madrid, Akal, 1981, pp. 525-537;
G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 320-325.
[23] J. Avilés, La fe que vino de Rusia, cit., pp. 153-168; Ángel Pestaña, Consideraciones y juicios
acerca de la Tercera Internacional (Segunda parte de la Memoria presentada al Comité de la
Confederación Nacional del Trabajo), Algorta (Vizcaya), Zero, 1970
[24] A. Bar, La CNT en los años rojos, cit., p. 561; M. Buenacasa, El movimiento obrero español
1886-1926, cit., p. 74; A. Elorza y M. Bizcarrondo, Queridos camaradas. La Internacional Comunista
y España, 1919-1939, cit., pp. 39-40; Eduardo Comín Colomer, Historia del Partido Comunista de
España. primera etapa (I), Madrid, Editora Nacional, 1967, 2.
a ed., p. 119; Pelai Pagès, Historia del
Partido Comunista de España (Desde su fundación en abril de 1920 hasta el final de la Dictadura de
Primo de Rivera, enero de 1930), Barcelona, Hacer, 1978, pp. 70-72; Stanley G. Payne, Unión
Soviética, comunismo y revolución en España (1931-1939), Barcelona, Plaza & Janés, 2003, pp. 25-27;
G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 499-507.
[25] G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 510-519.
[26] A. Bar, La CNT en los años rojos, cit., pp. 569-572; P. Pagès, Historia del Partido Comunista
de España (Desde su fundación en abril de 1920 hasta el final de la Dictadura de Primo de Rivera,
enero de 1930), cit., pp. 66-77.
[27] Luis Arranz, «La ruptura del PSOE en la crisis de la Restauración: el peso del Octubre ruso»,
Estudios de Historia Social 32-33 (1985), p. 8; C. Forcadell, «La recepción de la revolución rusa en
España (1917-1921)», cit., p. 151.
[28] José Luis Martín Ramos, Historia de la UGT, vol. 2: Entre la revolución y el reformismo, 1914-
1931, Madrid, Siglo XXI, 2008, pp. 54 y 62-63; C. Forcadell, Parlamentarismo y bolchevización. El
movimiento obrero español, 1914-1918, cit., pp. 273 y 284; Paul Heywood, El marxismo y el fracaso
del socialismo organizado en España, 1879-1936, Santander, Universidad de Cantabria, 1993, p. 119.
[29] Sobre ese clima, J. L. Martín Ramos, «Huelga y revolución. Apunte sobre la política comunista
en la primera posguerra», cit., o Geoff Eley, Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa,
1850-2000, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 157-229.
[30] C. Forcadell, Parlamentarismo y bolchevización. El movimiento obrero español, 1914-1918,
cit., pp. 253-254 y 282-283; Luis Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del movimiento
comunista en España», Estudios de Historia Social 14 (1980), pp. 194-195; G. H. Meaker, La izquierda
revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 154-160.
[31] C. Forcadell, «La recepción de la revolución rusa en España (1917-1921)», cit., p. 152.
[32] Josep Termes y Ramón Alquézar, Historia del socialismo español. 2 (1909-1931), Barcelona,
Conjunto Editorial, 1989, p. 152-153; F. Erice, «El PCE en Asturias, de los orígenes a la guerra civil»,
cit., p. 42.
[33] L. Arranz, «La ruptura del PSOE en la crisis de la Restauración: el peso del Octubre ruso», cit.,
pp. 10 y 77-89; J. Avilés, La fe que vino de Rusia, cit., pp. 119-120.
[34] J. Avilés, La fe que vino de Rusia, cit., p. 110; J. L. Martín Ramos, Historia de la UGT, vol. 2,
cit., pp. 104-106; J. Termes y R. Alquézar, Historia del socialismo español. 2 (1909-1931), cit., p. 154.
[35] G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 307-308 y 332-338;
J. Avilés, La fe que vino de Rusia, cit., pp. 116-118; M. Tuñón de Lara, El movimiento obrero en la
historia de España, cit., t. II, p. 264.
[36] Postura de Llaneza en Enrique Moradiellos, El Sindicato de los Obreros Mineros de Asturias
1910-1930, Oviedo, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo, 1986, p. 65; J. Avilés, La
fe que vino de Rusia, cit., pp. 125-127; G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España (1914-
1923), cit., pp. 350-355.
[37] P. Heywood, El marxismo y el fracaso del socialismo organizado en España, 1879-1936, cit., p.
179.
[38] J. L. Martín Ramos, Historia de UGT, vol. 2, cit., pp. 110 y 119-124.
[39] P. Heywood, El marxismo y el fracaso del socialismo organizado en España, 1879-1936, cit.,
pp. 133-135; M. Tuñón de Lara, El movimiento obrero en la historia de España, cit., t. II, pp. 323-330;
Fernando de los Ríos, Mi viaje a la Rusia soviética, Madrid, Impr. de R. Caro Raggio, 1921. Texto de
las «21 condiciones», en Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, cit., pp. 109-
114.
[40] J. Avilés, La fe que vino de Rusia, cit., pp. 123-124; A. del Rosal, «Consideraciones y vivencias
sobre la fundación del PCE y sus primeros años», cit., pp. 76 y ss.; Luis Arranz, «Los “cien niños” y la
formación del PCE», en Contribuciones a la historia del PCE, cit., pp. 95-173; C. Forcadell, «La
recepción de la revolución rusa en España (1917-1921)», cit., pp. 156-157; E. Comín, Historia del
Partido Comunista de España. primera etapa (I), cit., p. 119; Luis Portela, «El nacimiento y los
primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., pp. 203-204.
[41] Rafael Cruz, «La organización del PCE (1920-1934)», Estudios de Historia Social 31 (1984), p.
224.
[42] J. Avilés, La fe que vino de Rusia, cit., p. 124 y 148; G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria
en España (1914-1923), cit., pp. 338-344.
[43] Luis Arranz, «La ruptura del PSOE en la crisis de la Restauración: el peso del Octubre ruso»,
cit., pp. 11-23.
[44] P. Heywood, El marxismo y el fracaso del socialismo organizado en España, 1879-1936, cit., p.
141; F. Erice, «El PCE en Asturias, de los orígenes a la guerra civil», cit., pp. 44-45; P. Pagès, Historia
del Partido Comunista de España (Desde su fundación en abril de 1920 hasta el final de la Dictadura
de Primo de Rivera, enero de 1930), cit., pp. 29-30; L. Portela, «El nacimiento y los primeros pasos del
movimiento comunista en España», cit., p. 206.
[45] J. Avilés, La fe que vino de Rusia, cit., pp. 217, 260 et al.; M. Izquierdo, La Tercera
Internacional en España (1914-1923), cit., pp. 72-74. Informe de Graziadei sobre la unificación,
reproducido en Siegfried Bahne (ed.), Archives de Jules Humbert-Droz. I Origines et débuts des partis
communistes des pays latins (1919-1923), Dordrecht (Holanda), D. Reidel Publishing Company, 1970,
pp. 113-131.
[46] S. Bahne (ed.), Archives de Jules Humbert-Droz, cit., pp. 131-145. L. Avilés, La fe que vino de
Rusia, cit., pp. 260-261.
[47] M. Izquierdo, La Tercera Internacional en España (1914-1923), cit., p. 71; R. Cruz, «La
organización del PCE (1920-1934)», cit., pp. 227-234.
[48] A. Elorza y M. Bizcarrondo, Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-
1939, cit., pp. 22-23; R. Cruz, «La organización del PCE (1920-1934)», cit., p. 234; G. H. Meaker, La
izquierda revolucionaria en España (1914-1923), cit., pp. 596-602; Manuel Tuñón de Lara, «De la
Dictadura de Primo de Rivera al Congreso de Sevilla», en Contribuciones a la historia del PCE, cit.,
pp. 176-178; P. Pagès, Historia del Partido Comunista de España (Desde su fundación en abril de
1920 hasta el final de la Dictadura de Primo de Rivera, enero de 1930), cit., pp. 48-50; L. Portela, «El
nacimiento y los primeros pasos del movimiento comunista en España», cit., p. 214; José Bullejos, La
Komintern en España. Recuerdos de mi vida, México, Impresiones Modernas, 1972, pp. 44-47.
[49] F. Erice, «El PCE en Asturias, de los orígenes a la guerra civil», cit., p. 48; S. Bahne (ed.),
Archives de Jules Humbert-Droz, cit., pp. xxiv-xxvi.
[50] Adrian Shubert, Hacia la revolución. Orígenes sociales del movimiento obrero en Asturias,
1860-1934, Barcelona, Crítica, 1984, pp. 161-165; E. Moradiellos, El Sindicato de los Obreros Mineros
de Asturias 1910-1930, cit., pp. 70-76; Ceferino Álvarez, El Sindicato Único de Mineros de Asturias,
Oviedo, KRK, 2004, pp. 156-162.
[51] L. Carro, «Escritos autobiográficos», Estudios de Historia Social 32-33 (1985), pp. 339-371;
Óscar Pérez Solís, Memorias de mi amigo Óscar Perea, Madrid, Compañía Ibero-Americana, 1929; J.
Bullejos, La Komintern en España, cit., pp. 31 y ss.
[52] J. Termes y R. Alquézar, Historia del socialismo español. 2 (1909-1931), cit., p. 170; J. L.
Martín Ramos, Historia de UGT, vol. 2, cit., pp. 138.-140; L. Portela, «El nacimiento y los primeros
pasos del movimiento comunista en España», cit., p. 213.
[53] Véase el intento de hacerlo de G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España (1914-
1923), cit., pp. 612 y ss.
[54] J. Bullejos, La Komintern en España, cit., p. 26.
III. AUGE Y OCASO DEL MUNDO
SURGIDO DE LA REVOLUCIÓN
12. Del fin del ciclo de Octubre al Frente Popular
José Luis Martín Ramos
LA REVOLUCIÓN DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN
El fin de la fase revolucionaria y la política de frente único
Los bolcheviques habían concebido la revolución soviética como el primer
momento de la revolución mundial, que en meses, antes que en años, habría
de verse acompañado por el desencadenamiento generalizado de la
revolución social en Europa dando paso a la sustitución del capitalismo por el
socialismo. No era una profecía, ni tampoco una consideración determinista,
sino la única respuesta que, en su opinión, podía dar el movimiento obrero a
la gran catástrofe de la Gran Guerra y la quiebra del orden burgués liberal que
con ella se había producido; entre esa quiebra y el relevo de sistemas era
imprescindible la decisión política sin la cual el capitalismo se repondría,
como la que los propios bolcheviques habían tomado en octubre de 1917. La
mayor esperanza estaba puesta en Alemania, donde se esperaba una próxima
explosión revolucionaria que un sólido movimiento obrero y una importante
izquierda socialdemócrata podrían conducir hacia su desenlace socialista,
continuando lo empezado en Rusia y proporcionándole los recursos que la
sociedad soviética no podía aportar para la transformación socialista. No
obstante, esa esperanza tardó en cumplirse y durante un largo año la
Revolución rusa fue un primer momento en suspenso, amenazado además por
la naciente guerra civil y la intervención extranjera. Por esa razón
fundamental los bolcheviques retrasaron la ejecución de una de las
propuestas fundamentales de Lenin, la constitución de una nueva
Internacional que proporcionara a la revolución mundial su organismo de
decisión política, su correspondiente partido mundial.
Hasta que el estallido de la revolución contra la guerra y el Imperio en
Alemania, en noviembre de 1918, pareció cumplir la expectativa; entonces
fue cuando en el mes siguiente se convocó la primera reunión que daría lugar
a la fundación de la Internacional Comunista (IC), en Moscú, en los primeros
días de marzo de 1919[1]. Cuando llegó este momento, el fracaso de la
huelga general revolucionaria promovida por el Partido Comunista Alemán
(KPD) en enero de 1919 y, sobre todo, el éxito en las elecciones para la
Asamblea Constituyente de la República de participación y resultados, en
favor del SPD y sus aliados el Centro Católico y el Partido Demócrata
Alemán, habían empezado a decidir que el desenlace de la revolución
alemana no sería una ruptura sistémica, como la de 1917 en el Imperio ruso,
sino una revolución política, en la que Estado alemán nacido en 1870
sobrevivía aunque cambiaba de régimen, lo que no era poco. Un mal augurio
inicialmente compensado en la primavera de 1919 por la Revolución húngara
y su proyección sobre Eslovaquia, y la Revolución bávara, episodios breves
que acabaron con una derrota general. La intervención militar francesa, que
se apoyó además en la rumana, y el divorcio entre el proletariado húngaro y
bávaro y sus respectivos entornos campesinos ahogó aquellas revoluciones
que, en propiedad, lo fueron de Múnich y Budapest, pero no del resto del
territorio bávaro o húngaro. Cerrado el ciclo insurreccional, quedó por
algunos meses la esperanza de que las oleadas de huelgas en Italia, Francia, el
Reino Unido y Checoslovaquia abrieran nuevos cursos de la revolución
mundial. Ilusión excesiva. Las huelgas de 1919-1920 acompañaron el debate
sobre las Internacionales y la disyuntiva entre reforma y revolución en el
movimiento obrero occidental, estorbaron la intervención franco-británica
contra el Estado soviético, pero no constituyeron ningún paso directo hacia la
revolución socialista. Ni siquiera en Italia, donde la ruptura revolucionaria
pareció estar al alcance de las masas proletarias del Norte y Centro Norte, sin
conseguir incorporar, tampoco, al campesinado ni al Mezzogiorno; por el
contrario, la reacción fascista, surgida asimismo en el mundo urbano del
Norte, logró establecer un eje de fuerza con los propietarios agrarios y ofrecer
la vía de supervivencia del sistema y del reino. Después de que en octubre de
1921 se diluyera el espejismo de la guerra soviético-polaca como hipotética
guerra de expansión revolucionaria –así se presentó en el transcurso del II
Congreso de la Internacional Comunista en el verano de 1920–, la
expectativa de que la guerra mundial acabara en revolución mundial se cerró
de manera definitiva y la soviética tuvo que resignarse a sobrevivir como
revolución en un solo país por un tiempo que nadie podía prever.
El Estado soviético tuvo que adaptarse a la supervivencia sin revolución
mundial y la Internacional Comunista, aceptar que su asalto general a la
fortaleza capitalista solo había conseguido tomar una torre lateral y que era
obligado pasar a un nuevo escenario. No se consideró un cambio de ciclo
histórico, la disyuntiva seguía planteada entre capitalismo o socialismo; sí un
cambio de fase, de la de la oportunidad revolucionaria generada por la
quiebra del sistema capitalista burgués a la de la recuperación de la
estabilidad de este último, que alejaba tal oportunidad. La revolución mundial
seguía siendo la perspectiva histórica, pero su ritmo de desarrollo se había
ralentizado; en palabras de Trotsky, en el III Congreso de la IC, en 1921, su
realización ya no era cuestión de meses sino de años. Hasta que no se
produjera un nuevo cambio de fase, habría que adoptar una política de
transición que consolidara lo conseguido y avanzara en la preparación de las
condiciones para que, cuando se produjera, la clase trabajadora pudiera
lanzarse de nuevo al asalto. El Estado soviético abandonó el «comunismo de
guerra» –no previsto en 1917 sino derivado de la guerra civil– y emprendió
una nueva política que restableciera la alianza entre el proletariado y el
campesinado, deteriorada por la guerra interna. En paralelo, la IC entre el
tercer y cuarto congreso (en 1921 y 1922) propuso una nueva línea política
que tuvo como objetivo preferente «la conquista de la mayoría de las clases
trabajadoras» mediante la articulación de un «frente único» para defender las
mejoras conseguidas, entre ellas la supervivencia del Estado soviético. Era un
cambio de 180 grados con respecto a las rupturas de 1919 y la rectificación
no resultó fácil, necesitando de toda la autoridad de Lenin –apoyado en esta
cuestión por Trotsky– para imponerse a quienes no la compartieron, para
empezar a Zinóviev y Bujarin. Zinóviev era el presidente del Comité
Ejecutivo de la Internacional Comunista (CEIC), y su posición reticente,
manifestada de manera directa o mediante interpretaciones particulares de las
propuestas políticas que no compartía, tenía su base de apoyo mayor en los
principales partidos comunistas europeos, empezando por el francés y el
italiano y una parte creciente del alemán. Por su parte Bujarin publicó en
diciembre de 1921 un artículo en La Internacional Comunista, órgano del
CEIC, en el que dio soporte a la «teoría de la ofensiva» asumida como señal
de identidad del ala izquierda del KPD, liderada por Ruth Fischer, Arkadi
Maslow y Thalmänn; Bujarin, que había empezado a rectificar sus posiciones
«de izquierda» por lo que se refería al Estado soviético, tardó bastante más en
hacerlo en relación con los tiempos de la revolución mundial[2]. Apoyada esa
«teoría de la ofensiva» por otros cuadros importantes del CEIC de la época,
como Béla Kun, el líder de la revolución húngara de 1919, fue compartida de
manera singular por el Partido Comunista Italiano (PCI), dirigido entonces
por Bordiga con el apoyo de los ordinovistas, uno de cuyos exponentes,
Umberto Terracini, sostuvo que la consigna de conquistar la mayoría de las
clases trabajadoras era innecesaria, y que lo único que importaba era
conseguir que los partidos comunistas fueran capaces de arrastrar a las masas
en el momento de la lucha.
A pesar de la respuesta de Lenin, que calificó las posiciones contrarias al
frente único y a la conquista de la mayoría de «bobería de izquierda» que
llevaría a la ruina al movimiento comunista, y de que las tesis finalmente
aprobadas en congreso fueron las que él y Trotsky defendieron, la «teoría de
la ofensiva» se mantuvo viva en el seno de la IC, en disociación creciente con
la nueva política interna e internacional del Estado soviético. Tenía la virtud
de acomodarse mejor al paso dado de la ruptura con el pasado
socialdemócrata y además se sustentaba en una variante de la «teoría del
derrumbe capitalista», muy popular en el seno de la II Internacional antes de
la guerra[3], que en sustancia suponía que el capitalismo estaba abocado, por
sus propias contradicciones, a un hundimiento catastrófico y que toda
estabilización solo sería aparente y precaria; una nueva crisis final
determinaría de manera indefectible la explosión revolucionaria. Ese
catastrofismo economicista, manifestado en la relación determinista entre
crisis/depresión económica y revolución, estaba demasiado enraizado en la
vulgata del marxismo político, y no se derrumbó hasta que los
acontecimientos de los años treinta y el avance explosivo del fascismo y el
autoritarismo no lo dejaron en evidencia por completo. Si la revolución era
indefectible como consecuencia forzosa de los problemas cíclicos del
capitalismo, no había tiempo para la conquista política de la mayoría de las
clases trabajadoras; lo pertinente era convertir al partido comunista no en la
vanguardia sino en el ariete autopropulsado de la revolución y destruir
cualquier influencia de la socialdemocracia sobre las clases trabajadoras,
considerado principal obstáculo del proceso revolucionario. Ni siquiera la
Marcha sobre Roma y el acceso al poder de Mussolini, que influyó en las
deliberaciones del IV Congreso de la IC, en noviembre de 1922, modificó ese
voluntarismo economicista; Zinóviev despreció el episodio con el exabrupto
de que el fascismo no era más que una comedia y Bordiga, convertido en
referente principal de la corriente izquierdista en el seno de la IC, recurrió a
su habitual conclusión de que cuanto peor mejor[4]: con Mussolini en el
gobierno, los comunistas lo tendrían mejor para desarrollar su labor.
Del frente único por la base al «socialfascismo»
La línea de la «teoría de la ofensiva» se manifestó de manera permanente
en el seno del KPD mediante la oposición del ala izquierda a las iniciativas
que su dirección, encabezada por Brandler, fue tomando tanto en la
aplicación de la propuesta del frente único como en el impulso de una nueva
iniciativa, que había de coronar la rectificación política iniciada en 1921: la
propuesta del «gobierno obrero», de un gobierno conjunto de las
organizaciones obreras con el que estas completarían su unidad de acción
dentro del sistema capitalista, antes de que fuera posible un nuevo asalto
revolucionario y la instauración de la dictadura del proletariado. El
historiador Miloš Hájek afirmó que esa propuesta fue la consigna central
entre las denominadas «de transición», previstas para el periodo intermedio
de reflujo y reorganización antes de que se presentara una nueva coyuntura
revolucionaria[5]. No se trató de una propuesta de laboratorio, se planteó por
primera vez en respuesta al putsch de Kapp en marzo de 1920 y tuvo una
primera aproximación efectiva con el apoyo del KPD a los gobiernos del
SPD en los Länder de Sajonia y Turingia desde finales de aquel mismo año.
No era un imposible; en octubre de 1921 el SPD inició conversaciones con el
Partido Socialista Independiente (USPD) y el KPD para formar un nuevo
gobierno de la República de Weimar. Tampoco era fácil; ese nuevo gobierno
habría estado en minoría y necesitado del apoyo exterior de algún partido
«burgués» –probablemente el católico–. El KPD se negó a integrarse en él y
las conversaciones no prosperaron. No obstante, el resultado de ese episodio
fue la aprobación por parte del Comité Central del KPD, en noviembre de
1921, de la propuesta del gobierno obrero, dejando abierta poco después la
posibilidad de que el partido entrara en él, si así lo determinaban la voluntad
de las masas. La izquierda se opuso, sin éxito, pero encontró apoyo en
Zinóviev, quien en el II Pleno Ampliado del CEIC, en junio de 1922, redujo
el concepto de gobierno obrero a sinónimo, o pseudónimo, de dictadura del
proletariado, vaciándolo por tanto de su sentido transitorio y convirtiéndolo
en una mera fórmula de maniobra propagandística.
El recurso de la relectura creó escuela. Ruth Fischer y Arkadi Maslow lo
aplicaron también a la consigna del frente único, que propusieron que se
limitara a un «frente único por la base», con la misma consecuencia de vaciar
de contenido real la propuesta; confluir desde el partido comunista con las
bases socialistas pero no con sus dirigentes no podía sino entenderse por
parte socialista –tanto dirigentes como militantes– como una maniobra para
romperlos, y vino a reforzar a los que en esos partidos habían rechazado en
todo momento el frente único, sin coletillas. El IV Congreso de la IC, en
noviembre de 1922, al que todavía pudo asistir Lenin, descartó ambas
relecturas, acordó la aprobación definitiva del frente único, sin ponerle
condicionantes y, también, la del gobierno obrero, como consigna general de
la IC, rechazando la interpretación de Zinóviev. Radek fue tajante: el
gobierno obrero no era la dictadura del proletariado, sino un «momento de
transición». Meses más tarde, el III Pleno Ampliado del CEIC, celebrado en
junio de 1923, añadió la fórmula del «gobierno obrero y campesino», que
señaló la activación del interés en el seno del movimiento comunista por
considerar la validez general –no solo «rusa»– de la alianza social entre el
proletariado y el campesinado, propuesta por Lenin y actualizada mediante
las NEP después de las negativas repercusiones de la guerra civil.
El curso de la rectificación había llegado en el verano de 1923 a su mayor
desarrollo en el seno de la IC. Poco después, el desenlace adverso de los
conatos insurreccionales comunistas en Bulgaria y Alemania, en septiembre y
octubre, y la agravación de las disensiones en el seno del Partido Comunista
Ruso (PCR), después de la muerte de Lenin en enero de 1924, generaron un
nuevo escenario propicio a la rectificación de la rectificación, a la
deformación del rumbo emprendido en 1921 y la confirmación de la
tendencia al ensimismamiento de los partidos comunistas que, a fuerza de ir
contra la realidad, confundieron en la práctica la política con la propaganda o
simplemente con la agitación. En Bulgaria, el Partido Comunista –
abiertamente enfrentado a Stamboliski y su partido campesino, con una
concepción rígidamente obrerista de la revolución, que le había llevado a
despreciar por pequeñoburgués el reformismo agrario– asumió, bajo la
orientación de Zinóviev, una posición de «neutralidad» ante el sangriento
golpe de junio de 1923 que derrocó a Stamboliski y lo sustituyó por una
dictadura reaccionaria; para pretender poco después una insurrección propia,
en la que apeló de manera infructuosa al campesinado, sofocada en una
semana sin conseguir trascender del ámbito urbano[6]. En Alemania, la grave
crisis de 1923 desencadenada por la ocupación francesa de la cuenca del
Ruhr, a comienzos de año, reavivó en la dirección de la IC el sueño de un
«Octubre alemán». Tomando como plataformas de lanzamiento los avances
conseguidos en la concreción del frente único en los Länder de Sajonia y
Turingia, donde el KPD se incorporó a los gobiernos del SPD –a fin de
promover una fuerza armada proletaria que habría de ser el brazo militar de la
revolución–, se pretendió conseguir que la Asamblea de Consejos Obreros de
toda Alemania llamara a una huelga general insurreccional; la general
estupefacción de los asistentes a la asamblea ante la propuesta llevó a la
dirección del KPD, a Brandler, a retirar por sí mismo la llamada a la huelga y
a la insurrección. La insurrección búlgara y la non nata insurrección alemana
sellaron definitivamente no ya el ciclo revolucionario en Europa, que se había
cerrado antes, sino el de su expectativa como acontecimiento inmediato.
La insurrección búlgara había ignorado en la práctica la rectificación
política de la línea de la IC. La alemana la había tergiversado, convirtiendo
las fórmulas de una política de transición en meros recursos propagandísticos
y de instrumentalización al servicio de un levantamiento decidido y
organizado por el KPD, sin contar en ningún momento con la mayoría de las
clases trabajadoras, de las organizaciones que la encuadraban, incluidos los
consejos obreros. En Bulgaria, las masas campesinas, demográficamente
mayoritarias, no habían seguido, y en Alemania no lo habían hecho las masas
obreras, las únicas llamadas en su caso a la revolución. En los cuatro años
siguientes, la disyuntiva entre la política de transición y la política de
ofensiva se vio además interferida por la decisión de Zinóviev, con el
respaldo de Stalin y Bujarin, de introducir en la política de la Internacional el
debate del Partido Comunista Ruso. Una interferencia a la que se sumó
también Trotsky, buscando en el «partido mundial» el apoyo que no obtuvo
en su sección nacional, rusa; con una clara falta de prudencia, Radek
manifestó de manera pública a mediados de diciembre que si la mayoría del
Comité Central del PCR(b) no daba su apoyo a Trotsky, el partido ruso
tendría en su contra a las mayorías de los comités centrales del KPD y del
Partido Comunista Francés (PCF). El comportamiento posterior de la
Presidencia de la IC buscó anular los apoyos que Trotsky pudiera obtener,
hipotéticamente, entre los defensores de la rectificación de 1921, calificados
en delante de «oportunistas de derecha», y neutralizar al mismo tiempo la
aproximación de quienes desde la izquierda pudiera sintonizar con Trotsky
poniéndose él mismo, Zinóviev, a la cabeza de la corrección de «izquierdas»
de la línea de la Internacional. En el V Congreso de la IC, en los comienzos
del verano de 1924, apoyado por la izquierda del KPD que se había hecho
con el control del partido después del fiasco de octubre, y del PCI, a cuyo
frente seguía Bordiga, Zinóviev pudo por fin imponer la relectura de la
política de frente único, que habría de considerarse en principio solo por la
base, salvo excepciones forzadas por la correlación de fuerzas, y además
había de ser considerada como una consigna de agitación y movilización;
también la del gobierno obrero, que se impuso como sinónimo de dictadura
del proletariado. El congreso, además, incorporó también otra propuesta
anunciada tiempo atrás por Zinóviev: la socialdemocracia pasó a ser
considerada como ala izquierda del fascismo, y no ya como ala reformista de
la burguesía. En el inicio del punto álgido de la «estabilización capitalista» en
Europa y Norteamérica, la IC se empeñó en confundir la política con la
propaganda y cerrar filas sobre la base de la autoafirmación, no del acierto en
la respuesta a esa estabilización.
Los acuerdos del V Congreso parecieron ser respaldados por la deriva
creciente de la socialdemocracia hacia posiciones de plena adaptación al
sistema. La teoría del «capitalismo organizado» del alemán Hilferding
proporcionaba una legitimación a la política de coalición del SPD,
invitándole a ser en adelante el gestor consciente del proceso inevitable de
evolución de la economía capitalista hacia una economía socialista, sin
solución de continuidad. Además, en 1925 Kautsky se pronunció en favor de
un levantamiento contra el sistema soviético en la URSS. Magro consuelo –si
es que lo fuera–, la realidad resultaba adversa a la nueva política comunista
que como máximo podía aspirar a fidelizar a sus militantes. No
menospreciable en tiempos no solo de estabilización capitalista sino de
desazón comunista ante la profundidad de la ruptura que se estaba
produciendo en la URSS, resultaba empero de una ambición política muy
limitada. El KPD perdió entre las elecciones de mayo y diciembre de 1924
casi un millón de votos, más de la cuarta parte de los obtenidos en la primera;
en abierto contraste con el SPD, que se acercó a los dos millones de votos
más y se consolidó como primer partido del Reichstag. El Partido Comunista
Francés (PCF), por su parte, se felicitó aquel año por la obtención de un 10
por 100 de votos en sus elecciones nacionales; pero las elecciones pusieron
de manifiesto que la SFIO, mantenida por la minoría del congreso de 1921 en
el que la mayoría se había adherido a la IC, se había resarcido de sobras,
doblando el porcentaje electoral de los comunistas. El aislamiento del PCF,
solo compensado por el avance de su sindicato, la CGTU –aunque siempre
algo por debajo de la CGT–, se reflejó en el estancamiento de su militancia,
alrededor de los 55.000, la mitad de los que tenía en su fundación. En las
elecciones presidenciales de 1925 en Alemania, de las que salió elegido
Hindenburg, quedó en evidencia que la estabilización capitalista podía estar
acompañada además por consecuencias políticas aún más adversas. En la
dirección de la IC y en el KPD se planteó una modulación de los acuerdos de
1924, llegando a ofrecerse al SPD para apoyar un gobierno republicano a
cambio de medidas contundentes en la depuración del aparato del Estado; el
SPD no se prestará, pero el KPD había diferenciado circunstancialmente
entre fascismo y socialdemocracia, incluso entre esta y autoritarismo. La
política de la IC tuvo algo de errática entre 1925 y 1927, influida por los
giros de la pugna en el seno del PCR(b) que se tradujeron en la destitución de
Zinóviev de la presidencia de la IC en julio de 1926 y su sustitución de hecho
por Bujarin, en calidad de delegado principal del PCR(b) en el CEIC.
Algunos gestos de modulación del frente único por la base y de la denuncia
de la socialdemocracia, a la que se calificaba alternativamente como ala del
fascismo o como ala de la burguesía, contrastaron con la exasperación de la
interpretación más radical de los acuerdos del quinto congreso. Así ocurrió en
el Partido Comunista Chino (PCCh) bajo la influencia de unos delegados de
la IC habitualmente próximos a las posiciones de Stalin, en particular
Lominadze y Neumann. El PCCh, que combinó inicialmente un estricto
obrerismo con la alianza con el Kuomintang, no fue capaz de responder a la
ruptura de este último con los comunistas, promovida por Chiang Kai-shek,
ampliando su base de apoyo político y social; por el contrario, se enredó en
una respuesta frontal que culminó en la aventura de la insurrección del
partido en Cantón el 11 de diciembre de 1927, reprimida a sangre y fuego por
las tropas nacionalistas. La política del PCCh fue el mayor ejemplo de la
inadecuación de la «teoría de la ofensiva» y de cómo esta podía conducir a la
práctica liquidación de un importante partido comunista de masas.
La relativa oscilación en la que se movió la política de la IC en los años
centrales de la década de 1920 se reforzó con la apertura del nuevo conflicto
interno en el PCR(b) entre Bujarin y Stalin, presentada ya en XV Congreso
del partido, en diciembre de 1927, en el que ambos empezaron a discrepar
sobre la profundidad de la estabilización capitalista y la inmediatez de una
nueva fase revolucionaria negada por Bujarin y sugerida por Stalin. En el
transcurso del congreso, Lozovsky y Lominadze acusaron a Bujarin de
sobrevalorar esa estabilización y de caer en las posiciones de Hilferding. El
descenso de la producción de grano en 1928, que produjo un nuevo episodio
de desabastecimiento parcial en las ciudades, abrió la brecha entre los dos
dirigentes que recientemente se habían impuesto a la oposición interna
liderada por Trotsky. Stalin, asumiendo la implementación de una política
punitiva contra el campesinado propietario y la adopción de un programa de
industrialización acelerada, fijado por el Primer Plan Quinquenal, inició el
ataque a la línea de flotación de la NEP, que habría de significar la
confrontación definitiva entre ambos y el triunfo de Stalin en la URSS y al
frente del movimiento comunista internacional. Una vez más, el conflicto en
el seno del PCR(b) se trasladó al interior del KPD; esta vez en forma de un
ataque generalizado del ala izquierda liderada por Thälmann desde 1925[7]
contra Brandler y Thalheimer, cabezas de fila de la «derecha» defensora de la
política del IV Congreso, y contra los que, discrepando de estos dos últimos,
no compartían la posición de Thälmann y Ulbricht de resolver en términos
punitivos la discrepancia, a los que se etiquetó como «conciliadores». El
aislamiento del KPD, su deliberado ensimismamiento, hacía cada vez más
abstrusa la confrontación interna; explicarla aquí de manera comprensible
excedería la extensión del presente capítulo, baste con señalar cómo se
interrelacionó con el debate entre Bujarin y Stalin y la orientación de la
Internacional Comunista. Bujarin compartía las posiciones de los
«conciliadores», sobre todo por lo que se refería a la resolución punitiva de la
discrepancia, incluso en el seno del Estado soviético al rechazar la expulsión
de Trotsky a Turquía; no obstante, consideró que el conflicto y la
confrontación principal era la que se estaba produciendo en el seno del
PCR(b), lo que le llevó a comportamientos de contemporización en el seno de
la IC, bajo su dirección teórica desde el verano de 1926. Por ello decidió no
aceptar una confrontación frontal con Stalin en el seno de la misma, lo que
favoreció la maniobra de este último, que asimismo se hizo fuerte sobre el
PCR(b), sobre su militancia obrerista, en la que crecía la desconfianza hacia
el mundo campesino –acusado del desabastecimiento de las ciudades– y, por
extensión, hacia la NEP[8]. El equívoco de la interpretación discrepante en
los ritmos sobre la estabilización capitalista se mantuvo en el VI Congreso de
la IC, desarrollado entre julio y agosto de 1928, que ratificó a Bujarin al
frente de la Internacional Comunista. La rapidez del advenimiento del «tercer
periodo» que ya se anunció, que ponía fin a la estabilización y abría la puerta
a la revolución, quedó sin resolver. Y también se adoptó una solución de
compromiso entre la tesis de la delegación alemana, sostenida por Stalin y la
delegación rusa, sobre la transformación de la socialdemocracia en
«socialfascismo» y la de Bujarin, compartida por Togliatti, que rechazaban
esta última denominación e incluso aceptaban que la socialdemocracia, en un
cambio de coyuntura, podría situarse como partido de oposición al poder
burgués; la denominación de «socialfascismo» no fue formalmente aprobada
y se aceptó una interpretación múltiple de la socialdemocracia que venía a
mantener la principal, considerarla como un ala de la burguesía. En lo que no
hubo ambigüedad, en cambio, fue en el endurecimiento del «frente único por
la base», que se restringió por completo a los individuos, rechazando toda
excepción e incluso la posibilidad de pactos a escala local con organizaciones
socialistas disidentes de sus direcciones; la represión sangrienta a cargo de las
milicias socialistas de las manifestaciones comunistas del 1.o de mayo de
1928 en Varsovia y del 1.o de mayo de 1929 en Berlín consagró
definitivamente la adhesión masiva de la militancia comunista a esa
restricción máxima que era ya la total anulación de la consigna del frente
único y el triunfo de la tesis del «socialfascismo» en el X Pleno Ampliado del
CEIC, de julio de 1929. Poco antes, en abril, un pleno ampliado del Comité
Central del PCR(b) había significado la primera derrota general de Bujarin,
con su destitución de la dirección de Pravda y de su condición de
representante del PCR(b) en el CEIC y, por tanto, de miembro de la dirección
de la IC, que quedó de nuevo en manos de Manuilski acompañado de cuadros
fieles a Stalin, Kuusinen, y, en aquel momento, Piatnitsky o Knorin. En
noviembre de aquel mismo año el Comité Central del PCR(b) acordó el fin
definitivo de la NEP, la colectivización agraria forzosa y la exclusión de
Bujarin del Buró Político del partido. En la IC, de la que Stalin se
desentendió dejando ocasionalmente en manos de Molotov el papel de
representarlo en sus debates en el CEIC, a la liquidación de la política de
frente único se añadió un complemento a la tesis, plenamente oficializada ya,
del «socialfascismo», que fue el de considerar como la peor expresión de esa
nueva supuesta función de la socialdemocracia la representada por el ala
izquierda de la socialdemocracia. Todo ello en vísperas de la crisis y la
depresión que habrían de desmentir la reinterpretación de la «teoría del
derrumbe» por Stalin y poner dramáticamente en evidencia la inadecuación
de la línea política de la IC a la realidad.
La excepcionalidad italiana
En la elaboración de la línea política de la IC hubo desde el primer
momento un referente principal, el ruso, representante de la única revolución
que había triunfado y único partido que gestionaba un estado revolucionario,
cuya defensa era una natural prioridad de la IC. El segundo referente fue el
KPD; con un peso que variaba en función de la expectativa de ruptura
revolucionaria en Alemania. Las líneas soviética y alemana constituían, por
ese orden, las coordenadas principales. Entre ellas, o por debajo de ellas,
existía un margen autónomo de las secciones nacionales, en la interpretación
inicial de los acuerdos tomados en los organismos dirigentes de la IC e
incluso en la elaboración de doctrina propia en el ámbito nacional. Sin esa
posibilidad solo pudo ser materializada allí donde la sección nacional tenía un
peso específico relevante en el movimiento obrero y donde existió un grupo
dirigente capaz de construir esa doctrina propia; así ocurrió en la italiana. En
otras secciones nacionales las manifestaciones de autonomía se malograron:
fuera por su debilidad como partido y como parte integrante del movimiento
obrero, como fue el caso de la británica; o por la carencia de ese grupo
dirigente capaz de hacer valer, o respetar, sus decisiones dentro de la sección
y en los órganos dirigentes de la IC, como ocurrió hasta los años treinta en la
francesa.
El PCI tuvo desde sus orígenes una personalidad singular, con un molde
propio que empezó a dibujar en las respuestas revolucionarias dadas a la
crisis del Partido Socialista Italiano en los años anteriores a la guerra
mundial[9]; el impacto de la Revolución rusa y la experiencia de las
movilizaciones obreras de 1919-1920, analizadas con sentido crítico, acabó
horneando el molde definitivo. Esa personalidad singular le llevó a ser
durante algún tiempo una sección discrepante en el seno de la IC; «genios
incomprendidos», como con ironía se autocalificó Gramsci en una carta a
Togliatti a finales de 1923[10]. Aunque extrañe a la vista de las posiciones
posteriores, discrepante desde posiciones que Lenin calificaría de
izquierdistas, rechazando el frente único, manteniendo una confrontación con
el Partido Socialista que prolongaba la escisión de 1921 –y que se defendía
precisamente como salvaguarda de la razón histórica de esa escisión– y
subvalorando el peligro del acceso del fascismo al poder y su capacidad para
construir una dictadura de naturaleza nueva. En el segundo congreso del PCI,
en Roma, en marzo de 1922, Gramsci rechazó que pudiera concebirse el
gobierno obrero como una coalición de diversas organizaciones; pensaba
todavía en los términos de la ofensiva obrera de 1919-1920, que consideraba
repetible a condición de que se sacara a la clase obrera de la depresión, en
que se encontraba tras aquel ciclo de ataque, mediante su reorganización para
darle de nuevo una capacidad de maniobra defensiva. Se razonaba en
términos muy semejantes a los de la «teoría de la ofensiva» y desde luego en
términos de revolución proletaria, de principio a fin. Todavía, ante la
convocatoria de las elecciones de abril de 1924, que habrían de consolidar
aquel acceso de Mussolini al poder con un respaldo social que fue mucho
más allá de la trampa institucional de una ley electoral abusiva[11], Togliatti
(Gramsci estaba en Moscú y luego en Viena desde mayo de 1922 hasta mayo
de 1924) interpretó la propuesta de una candidatura de «unidad proletaria»
por el CEIC como una maniobra para dejar en evidencia al ala reformista del
socialismo italiano (Turati) y romper al PSI, que se debatía entre los
partidarios de fusionarse con el PCI (Serrati) y los contrarios a ello (Nenni);
que Togliatti acertara con su previsión del rechazo del partido de Turati no
quita que su concepto de la «unidad proletaria» fuera simplemente
instrumentalista, y que su procedimiento de forzar la ruptura en el seno del
PSI favoreciera la minorización del sector partidario de la fusión con el PCI.
No obstante, la lección del triunfo de Mussolini –ratificada después con la
supervivencia del fascismo al episodio del asesinato del diputado socialista
Mateotti– fue bien tomada por el nuevo grupo dirigente promovido por
Gramsci con la colaboración fundamental de Togliatti, que desplazaría de la
dirección del partido a Bordiga, empeñado en mantener la línea izquierdista
inicial. El cambio lo inició Gramsci en los últimos meses de su estancia en
Moscú y empezó a socializarlo al resto del partido en carta al Comité
Ejecutivo del PCI el 12 de noviembre de 1923, con un planteamiento que era
ya radicalmente distinto. El motivo de su reflexión fue la discusión sobre el
título de un nuevo periódico del partido, para el que Gramsci propuso
L’Unità, como símbolo de la unidad entre el proletariado y el campesinado,
que se materializaría en la nueva consigna del gobierno obrero y campesino.
Esa unidad, añadió, había de situar la relación entre obreros y campesinos no
solo como una relación de clase, sino también «y especialmente como un
problema territorial, esto es, como uno de los aspectos de la cuestión
nacional», introduciendo en la estrategia de la revolución el asunto del
Mezzogiorno como cuestión central. Gramsci subrayó el carácter
específicamente italiano que había de tener la revolución y por tanto la
propuesta estratégica, concluyendo que consideraba «personalmente» que la
consigna de «gobierno obrero y campesino» debía ser adaptada en Italia en
los términos de «República federal de los trabajadores y los campesinos».
Gramsci abandonaba la consideración estrictamente movilizadora o
propagandística de la consigna del gobierno obrero y campesino; adaptada a
la situación italiana, se convertía en un objetivo político sustantivo, una
propuesta alternativa de clase y nacional, un anillo efectivo de una cadena
histórica. Por otra parte, la asunción de la cuestión meridional como
integrante fundamental de la estrategia revolucionaria italiana se acompañó
con una autocrítica explícita sobre las movilizaciones de 1919-1920 y la
política estrictamente obrerista seguida entonces y hasta ese momento;
aquellas movilizaciones habían sido finalmente neutralizadas sin poder
desembocar en una salida revolucionaria porque no se había conseguido
implicar en ellas al campesinado y, sobre todo, al campesinado pobre del sur
de Italia.
Gramsci atrajo a sus nuevas posiciones a Togliatti y Terracini, así como a
antiguos seguidores de Bordiga, como Grieco, y aglutinó un nuevo grupo
dirigente que fue construyendo un discurso no solo propio sino innovador,
que se apartaba de la esterilidad creciente del de la IC y sus movimientos
ondulatorios entre golpes de izquierda y lecturas bizantinas de las consignas
acordadas. La consideración del objetivo de la República federal de
trabajadores y campesinos llevaba a la aceptación de las reivindicaciones
democráticas del campesinado no ya como una maniobra de la burguesía. La
construcción de una estrategia propia de la revolución italiana siguió
avanzando en otro terreno del análisis del fascismo, abandonando la
subvaloración inicial y concluyendo en contradicción con Bordiga que entre
el fascismo y su alternativa definitiva, el socialismo, podría producirse una
salida intermedia promovida por la propia burguesía y los sectores liberales y
reformistas antifascistas, de carácter políticamente democrático. El anillo de
la transición, considerado primero en términos negativos, en beneficio de la
burguesía y del sistema capitalista, pasó a ser considerado finalmente en
términos positivos. No solo la burguesía tendría la opción de dar una salida
diferente al fascismo, también esta podía y habría de ser, precisamente, la
opción diferente que sellaría la alianza italiana entre el proletariado y el
campesinado, cuya movilización conjunta contra el fascismo adquiriría la
naturaleza de una revolución popular: el anillo transitorio de la república de
los trabajadores y los campesinos, a los que se añadirían luego segmentos de
la clase media, intelectuales y profesionales. El concepto de la revolución
popular, como motivo político, como objetivo de lucha por el poder y de
organización del nuevo poder, sintetizó esa elaboración estratégica
excepcional que se fue construyendo en el PCI.
La singularidad de ese discurso fue asumido por sus autores, aunque sus
detractores en la dirección de la Internacional Comunista, los tildaron
despectivamente de una pretensión de excepcionalidad. Acabado el X Pleno
del CEIC, la delegación italiana –Togliatti, Grieco y el sindicalista Di
Vittorio– fue llamada a capítulo en una reunión en la que fue sometida a una
andanada de invectivas por parte de Manuilski, Ulbricht, Stepanov,
responsable entonces del Secretariado Latino del CEIC, y el ucraniano
Vasiliev, una de las piezas básicas del aparato de organización del CEIC[12].
Ulbricht acusó al PCI de no ser combativo con el fascismo y ser demasiado
permeable a las concepciones «socialfascistas»; Manuilski, de haber
sobrevalorado las consignas transitorias, y Vasiliev se lanzó a fondo en su
acusación de gradualismo al PCI y la condena de la concepción de la
revolución popular como expresión de ese gradualismo, que no podía ser otra
cosa que reformismo enmascarado. Todos ellos reprochaban a la dirección
del PCI de haberse situado, por sí misma, en una posición de excepción
dentro de la IC. Toda la delegación rechazó sin fisuras las acusaciones,
aunque correspondió a Togliatti, como era lógico, las respuestas más
contundentes y… la adopción de una solución también «transitoria» para la
nueva tormenta que se producía entre la dirección de la IC y el PCI. Sobre la
relación con la socialdemocracia, Togliatti se había negado siempre a adoptar
el término «socialfascista» y se mantuvo en la interpretación de la
socialdemocracia como ala de la burguesía; y, frente a la acusación de
gradualista, defendió la revolución popular, apoyándose en Lenin: «Se trata
de una de las características de la revolución. La revolución en Italia ha de
tener esa característica, sin la cual no vencerá», reiterando la autocrítica de
las movilizaciones de postguerra, que habían ignorado «la cuestión
campesina». Di Vittorio detalló: «las fuerzas motrices de la revolución
italiana son: la clase obrera, los trabajadores agrícolas, los campesinos pobres
del Mezzogiorno en Italia (que constituye una clase semiproletaria que se
encuentra en situaciones peores que el proletariado) y las minorías
nacionales».
La discusión iba camino de una nueva ruptura que el PCI, clandestino y con
un cuerpo militante muy frágil, no podía permitirse. Togliatti propició una
salida, a lo Copérnico, a la espera de tiempos mejores. «Siempre hemos dicho
que era tarea de nuestro partido estudiar la situación particular en Italia […]
Si la Komintern nos pide no hacerlo más, no lo haremos más. Pero, ¿no es un
problema político estudiar la particularidad de la región italiana? […] Si
hacer eso es “excepción” no lo haremos más; pero, ya que no se puede
impedir pensar, nos guardaremos para nosotros estas cuestiones y nos
limitaremos a hacer afirmaciones personales. Sin embargo yo afirmo que este
estudio debe hacerse»[13]. Eppur si muove. Togliatti evitó hacer una
autocrítica, pero aceptó no desarrollar la «excepcionalidad» de manera
concreta mientras la Komintern, la expresión de la mayoría política de la IC,
se lo pidiera, y esperar a que lo que estaban haciendo dejara de ser
considerado excepción; conocedor de todo el panorama –de la situación de
Italia, de la URSS y de la IC– y responsable efectivo del partido, se tragó el
sapo, sin reconocer nunca que fuera buena comida; aceptó incluso compartir
dirección con Longo y las juventudes comunistas, que se alineaban con el
CEIC en las críticas a la política del partido en los últimos años. No solo
salvó la unidad del grupo dirigente y probablemente la del partido; salvó la
propuesta que se estaba haciendo y que Gramsci ampliaba y profundizaba en
su cuadernos de la cárcel, que, también Togliatti con el leal Piero Sraffa, se
encargó de poner a salvo y de sacar a la luz cuando el partido, por fin, era lo
suficientemente fuerte para ser y defender su excepcionalidad[14].
HACER FRENTE A LA CONTRARREVOLUCIÓN
El Frente Popular
La llegada de Hitler al poder, en enero de 1933, estableció el imperio de la
realidad. El beneficiario político de la depresión económica, con el
imprescindible concurso de las políticas deflacionistas con las que los
gobiernos europeos la quisieron gestionar, fue la nueva derecha
antirrevolucionaria y contrarreformista, ya fuera fascista o autoritaria. Tanto
el CEIC como el KPD habían sostenido desde que se inició el ascenso
meteórico del nazismo a partir de 1930 que este no tenía suficiente
consistencia por sí mismo para mantenerlo y consolidarlo y que, más
temprano que tarde, el nazismo empezaría a declinar. Les costó enmendarlo.
Las primeras reacciones oficiales del KPD y del CEIC al nombramiento de
Hitler como nuevo canciller de Alemania continuaron sosteniendo que el
triunfo nazi, al ser una manifestación de la agonía del capitalismo, no hacía
sino encabezar la inmediata marcha de la procesión revolucionaria. Era una
mezcla de inercia y de incapacidad por dar un giro político radical, para el
que la dirección de la IC no se sentía con fuerzas. Por otra parte, tampoco
Stalin reaccionó de manera inmediata y se mantuvo a la expectativa, a la
espera de que los cambios internos en Alemania no afectaran a las relaciones
de privilegio entre ambos Estados establecidos en el Tratado de Rapallo de
abril de 1922; cuando menos no quiso ser él, Stalin, el que con un primer
movimiento diera el pretexto a Hitler para acabar con ellas. Por el momento
solo hubo movimientos parciales. Ante una llamada de la Internacional
Obrera y Socialista (IOS) a la IC, en febrero de 1933, para estudiar una
posible colaboración frente al fascismo, el CEIC no dijo ni que no ni que sí;
por primera vez en mucho tiempo, se mostró dispuesto a aceptar acuerdos
nacionales, pero todavía no un acuerdo general. La respuesta desalentó a la
IOS, que no volvió a repetir propuestas semejantes. Meses más tarde, en los
primeros días de junio, se reunió en la Sala Pleyel de París el segundo
congreso del movimiento impulsado por Henri Barbusse –militante
comunista con acceso directo a Stalin sin pasar por la IC– y por Romain
Rolland, movimiento nacido el año anterior en Ámsterdam bajo el lema
«Contra la guerra imperialista»; en ese segundo congreso el lema se cambió
significativamente por el de «Contra el fascismo y la guerra». Eran cambios
de matiz, pasos de tanteo. Como el que dio también Stalin, después de que
miembros importantes del partido nazi –Rosenberg– y del gobierno de Hitler
–Hugenberg– plantearan, aquella misma primavera, un canje de territorios
entre Alemania y Polonia a expensas de la URSS: la Ucrania polacohablante,
territorio soviético, a cambio del corredor de Danzig. Como réplica, el
gobierno soviético suspendió la aplicación de las clausulas secretas de
cooperación militar del Tratado de Rapallo, recién ratificado en mayo de
1933. La URSS exploró nuevas opciones en el ámbito de la política exterior y
aquel otoño el gobierno soviético y el gobierno francés, encabezado por el
radical Herriot, firmaron un pacto de no agresión y de remisión de todos los
conflictos que pudieran presentarse entre ambos países a la mesa de
negociación[15]; Herriot tuvo que abandonar el gobierno, pero la URSS no
abandonó el camino iniciado. A comienzos de diciembre Stalin estaba
seriamente preocupado por la carrera de armamentos que había iniciado
Alemania; convencido de que, ante la pasividad británica y la polaca, el único
recurso preventivo era apoyarse en el gobierno francés, o para ser más
exactos en aquellos políticos franceses que descartaban un nuevo acuerdo con
Alemania –como lo empezaban a hacer Laval y Flandin– y se pronunciaban
por la aproximación a la URSS. Cuando en enero de 1934 la Alemania nazi
firmó un tratado de cooperación económica y política por diez años con
Polonia, Stalin dejó de estar a la expectativa para concluir que el acuerdo
germano-polaco no podía sino ser en perjuicio de la Unión Soviética, y ante
el XVII Congreso del PCR(b), desarrollado entre enero y febrero de 1934,
declaró que la Alemania nazi había pasado a ser el enemigo principal.
Como sucedió quince años atrás, las dinámicas nacionales e internacionales
entraron en un periodo de intensa y turbulenta interacción. Ahora, empero,
habría de tener un sentido diferente: no se trataba de acelerar, por arriba y por
abajo, desde el Estado soviético y desde los partidos comunistas europeos, el
ritmo de la revolución mundial; el objetivo que la realidad imponía era
conjugar esa interacción para frenar la toma de iniciativa de la política
exterior nazi, que habría de apoyarse sin duda en la oleada fascista o
autoritaria que se había desencadenado en Europa. El punto de inflexión se
produjo con el inicio del giro de la política exterior soviética en otoño. La IC,
debilitada por la derrota y destrucción del KPD, por la falta de autoridad real
de Manuilski y sus compañeros de dirección, por la evidencia del fracaso de
la política del X Pleno Ampliado del CEIC y la ausencia de respuestas
convincentes a las críticas que crecían en el seno de las secciones nacionales,
por el menosprecio de Stalin en fin, dejó pasar todo el año sin tomar la
decisión de reaccionar. Todavía en el XIII Pleno del CEIC, desarrollado entre
noviembre y diciembre de 1933, se empeñó en manifestar su confianza en
que la llegada del nacionalsocialismo al poder tenía como consecuencia
principal el desenmascaramiento de la «democracia burguesa» y de la
socialdemocracia lo que, sin duda, acercaba el momento de la revolución.
Hasta que los sucesos de los primeros días de febrero de 1934, en Francia y
Austria, situó a la IC ante la evidencia de que la realidad no era la que se
había codificado en el discurso oficial y que se estaba en un nuevo periodo de
peligro contrarrevolucionario inminente.
En Francia un escándalo de corrupción –el «affaire» Stavisky– que implicó
a políticos del Partido Radical, gobernante entonces, fue aprovechado por la
extrema derecha para desencadenar un movimiento contra la república
democrática, con el consentimiento pasivo de sectores de la derecha
tradicional partidarios de una reforma autoritaria de la Tercera República. El
movimiento culminó el 6 de febrero en París con un intento de asalto de la
extrema derecha a la Asamblea Nacional, frustrado por la policía, al que
siguieron jornadas de contramanifestaciones de la izquierda para enfrentarse
a lo que se considera un intento de golpe fascista; manifestaciones que se
extendieron por toda Francia y en la que participaron trabajadores,
campesinos, intelectuales, miembros delas clases medias alertados ante el
fascismo y no seducidos por él[16]. En el desarrollo de esas manifestaciones
y mítines se generó una dinámica unitaria que iba a marcar el sentido futuro
de la movilización antifascista. Aquel mismo mes, el Partido Socialista
Austriaco reaccionó al autogolpe autoritario de Dollfuss resistiéndose con las
armas, con la acción de las milicias socialistas a las que se unieron en la lucha
las del Partido Comunista. Los desenlaces fueron diferentes: la resistencia
armada de los trabajadores austriacos fue aplastada el 16 de febrero por el
ejército, mientras que en Francia la movilización de la extrema derecha no
consiguió sus objetivos y la Tercera República pudo sobrevivir, no sin que se
despejara por completo la amenaza de una involución autoritaria, que siguió
defendida por la derecha conservadora tradicional y sus portavoces Tardieu,
Flandin y Laval, mutado en nuevo valor puente entre esa derecha y sus
facciones nacionalistas o fascistas antirrepublicanas. Más allá de esa
diferencia, tanto en Francia como en Austria se había producido una unidad
de acción que liquidó definitivamente la doctrina del «socialfascismo» y situó
de nuevo al frente único no como una consigna de agitación e
instrumentalización sectaria, sino como una propuesta realmente unitaria,
entre militantes y entre organizaciones. Con ese escenario de fondo, Stalin
decidió en marzo asumir aquella respuesta unitaria como un factor clave para
evitar que Francia cayera en manos de los partidarios del entendimiento con
Alemania, o en cualquier caso de los que se oponían al incipiente cambio en
las relaciones exteriores con la URSS. Para ello tenía que imponer a la IC una
rectificación para la que no consideraba que tuvieran suficiente capacidad, ni
autoridad, los gestores circunstanciales del CEIC encabezados por Manuilski;
como alternativa aprovechó la presencia de Dimitrov en Moscú, recién
liberado de su prisión en Alemania –donde había sido condenado como
inductor político del incendio del Reichstag– para encomendarle que llevara
adelante esa rectificación[17], lo que haría cumpliendo de sobras la
expectativa.
Contando con el apoyo de Stalin, Dimitrov emprendió su tarea con
iniciativa propia, llevando la implementación de la política del frente único y
el abandono del sectarismo hacia la socialdemocracia más allá de lo que el
propio líder soviético había contemplado inicialmente. Este último habría
querido mantener algunas continuidades, en la política comunista;
considerando que el frente único por la base tenía que mantenerse como
cimiento de los pactos que pudieran acordarse por arriba o que la unificación
sindical habría de hacerse bajo el signo de la hegemonía comunista. Dimitrov
logró imponer su criterio de no seguir condicionando la política unitaria, ni
en el frente único ni en la unidad sindical, y consiguió también el apoyo de
Stalin para superar la resistencia que en el seno del CEIC opusieron Béla Kun
y Knorin a la rectificación de 180 grados impulsada por el búlgaro[18]. En
pleno intercambio de opiniones entre Stalin y Dimitrov, en el curso del cual
este logró mantener su iniciativa, y de la confrontación con parte del CEIC, el
giro de la IC, que inicialmente se ciñó a los parámetros estrictos de una
alianza de clase, obrera, con objetivos movilizadores defensivos, quedó
inesperadamente desbordada por otra iniciativa, que para mayor sorpresa
procedió de la dirección del PCF. Inesperada y todavía hoy sorprendente,
habida cuenta de los antecedentes del comunismo francés, que venía
arrastrando un problema crónico de estabilidad de su dirección, de ausencia
de un grupo dirigente políticamente coherente, y de falta de iniciativa política
original y convincente. A pesar de ello, seguía siendo una fuerza importante
en la sociedad francesa. Aunque no pudo superar a la SFIO, mejor repartida
sobre el territorio y con un aparato partidario más estable, el PCF había
conseguido en las elecciones legislativas de 1924 prácticamente un 10 por
100 de los votos (876.000) y en 1928 los incrementó hasta 1.064.000 (el 11,4
por 100) por más que el sistema electoral a dos vueltas y la negativa a pactar
para la segunda con los socialistas penalizaron su resultado en escaños (pasó
de 26 a 14). El retroceso real se había iniciado después de 1929, y
manifestado en las elecciones de mayo de 1932 cuando no solo volvió a
perder diputados sino, lo más grave, un importante número de votos, cayendo
a 795.000; un retroceso reflejado también en el número de militantes,
estabilizado en los más de 50.000 a lo largo de los años veinte y que se
precipitó hasta un suelo de casi 29.000 en 1933[19]. Era evidente que el
problema mayor lo estaba produciendo la política autista implantada en la IC
a partir del X Pleno. A pesar de todo, el PCF había conseguido una
implantación territorial estable y notable en el Norte/Pas de Calais, en las
comarcas mineras septentrionales, en la región de París –en sus territorios
obreros– y en diversas regiones campesinas del centro del país[20]; y por otra
parte tenía en la Confederación General del Trabajo Unitaria (CGTU) un
brazo sindical importante. Mayor iniciativa, y acierto, de su dirección y la
política practicada le habrían llevado probablemente a una presencia política
mayor, pero eso no se produjo hasta la coyuntura extraordinaria de 1934. Un
año que, desde la perspectiva de sus enredos de dirección, empezó de la
manera habitual con la confrontación entre Thorez, secretario general del
partido, que lideraba la organización obrera en el Norte, y Doriot, alcalde de
Saint-Denis, que lo hacía en la región parisina.
La iniciativa fue una respuesta acertada a la fuerza unitaria de las
movilizaciones de febrero, jalonadas por las del día 9 en París, impulsadas
por el PCF, a la que se sumó en la calle la militancia socialista, y la huelga
general del 12 de febrero convocada por la CGT y la SFIO, a su vez
secundada también por la CGTU y los comunistas. Las invocaciones a la
unidad con que finalizó la manifestación del 9 marcaron en adelante el
desarrollo de la movilización antifascista; incluso a pesar de las reticencias –
cuando no oposiciones– que en el seno de las direcciones del PCF y de la
SFIO se mantenían. Y asimismo fue una acertada lectura del proceso de
polarización política que se produjo en Francia, acumulando a las disyuntivas
sociales las nacionales, y obligando por tanto a una suma de fuerzas no sobre
un eje, sino sobre los dos. La unidad de acción entre el PCF y la SFIO, la
materialización del frente único contra el fascismo, se consumó en el pacto
del 27 de julio entre ambos partidos; después de superar duros procesos de
debates internos, en los que en el campo socialista se dejó atrás la hostilidad
de Paul Faure, defensor celoso de una «autonomía socialista» que se resistía a
acuerdos firmes con el PCF, y en el comunista se asistió al enredo de la
confrontación entre Thorez y Doriot. Este fue el episodio más extraño del
proceso unitario. Doriot, el primer defensor del acuerdo por abajo y por
arriba con los socialistas, se enfrentó públicamente a la defensa de la línea
oficial de la IC –que todavía se mantenía en los términos de finales de 1933–
hecha por Thorez, secretario general del partido. La negativa de Doriot a
acatar las reglas del juego organizativas de la IC y debatir con el CEIC las
diferencias le valieron su expulsión; por el contrario Thorez, que sí acudió a
Moscú para esa discusión, lo hizo para coincidir con el inicio del giro político
imprimido por Dimitrov, sumarse a él y volver a Francia para dirigir al PCF
en la nueva etapa del frente único.
El episodio, posteriormente magnificado por la evolución anticomunista de
Doriot, es complejo y merecería una explicación mayor, pero en cualquier
caso quedó rápidamente superado por dos veces. En primer lugar, porque
Thorez, a partir de su regreso a finales de mayo a Francia, se convirtió en el
abanderado de la propuesta del pacto de unidad entre las organizaciones
obreras; y en segundo, y sobre todo, porque el propio Thorez, en los primeros
días de octubre, añadió al frente único una propuesta nueva, dirigida al
Partido Radical y a otras entidades, empezando por la Liga de Defensa de los
Derechos del Hombre. La razón de esa propuesta fue la amenaza de una
nueva crisis gubernamental y las presiones de la derecha tradicional sobre el
Partido Radical para que este se sumara a la línea de política de autoridad,
léase autoritaria, de Tardieu o Flandin; una parte del radicalismo, a la que se
sumó Daladier, rechazó esa presión, y en la izquierda obrera se interpretó, no
sin motivo, que el autoritarismo significaría el camino francés hacia el
fascismo, como lo estaba siendo en Austria y como lo había sido, de la mano
de Von Papen, en Alemania. Tanto para evitar la caída del Partido Radical en
manos de la derecha antidemocrática como para reforzar la movilización
antifascista Thorez decidió, en vísperas de las elecciones cantonales del 7 y
14 de octubre de 1934, y ante las propuestas de reforma constitucional hechas
por el gobierno Doumergue-Flandin-Laval, llamar a los radicales a sumarse a
la oposición de comunistas y socialistas a esa reforma y a la unidad de acción
contra el fascismo[21]. Días más tarde, entre las dos vueltas de las cantonales
dio un paso más, el fundamental: en el Comité de Coordinación entre el PCF
y la SFIO propuso ampliar el pacto hasta un rassemblement populaire,
hablando en términos de conseguir una alianza estable entre la clase obrera y
las clases medias para hacer frente al fascismo[22]; y en el mitin del PCF del
10 de octubre, ante las elecciones del domingo y en apoyo a los trabajadores
españoles, manifestó que los comunistas estaban dispuestos a desistir en
favor de los candidatos radicales, siempre que estos rechazaran la política de
«Unión Nacional» del gobierno, poniendo como ejemplo de esos rechazos a
Pierre Cot y a Daladier. Thorez acabó el mitin llamando a un «frente común
de la libertad y de la paz».
El nuevo frente, «común», «nacional» y finalmente «popular» –
denominación definitiva– se convirtió en la nueva bandera política del PCF
por iniciativa y decisión propia de Thorez, con el respaldo local del delegado
de la IC en Europa occidental, Eugen Fried[23]. No lo hizo respondiendo a
ninguna orientación del CEIC en ese sentido, todo lo contrario; la primera
reacción de Dimitrov, que ya había tenido que defender al PCF y a Thorez
frente a Stalin[24], fue enviar de inmediato a Togliatti para evitar que
prosiguiera en esa línea y se atuviera a la política de frente único, sin sumarle
a ella una propuesta nueva de alianza de clases ni de coalición ampliada a los
radicales. Thorez no cedió a la presión de Togliatti y nuevamente en un mitin
comunista celebrado en Nantes el 24 de octubre, en vísperas de la celebración
del congreso del Partido Radical, insistió y precisó la propuesta del Frente
Popular antifascista. Quien cedió, no ante Thorez sino ante la realidad, fue
Dimitrov, y es significativo que no fueran las palabras de este las que
recogiera el secretario general del PCF en sus intervenciones de octubre, sino
que fuera Dimitrov el que recogiera los términos de Thorez en su informe al
VII Congreso de la IC, en el verano de 1935, en el que se proponía la línea de
«frente único y frente popular antifascista»[25]. Dimitrov no fue un teórico y
su margen de innovación quedaba en los límites de lo que Stalin estaba
dispuesto a aceptar por lo que se refería a las secciones nacionales de la IC;
por otra parte la nueva política exterior de la IC necesitaba un PCF fuerte,
con presencia dinámica en la política francesa capaz de contrarrestar las
dudas radicales e incluso socialistas, por lo que también Stalin tenía límites
en sus recelos ante las iniciativas de Thorez y el respaldo que le dio Dimitrov.
Volviendo a este último, su mayor virtud fue reconocer la realidad, enmendar
los errores de análisis y de línea política que se habían derivado de ellos, y
proponer una alternativa táctica –en el mejor sentido del término– acorde con
una lectura más acertada de la realidad. Resulta significativo que, en un texto
dirigido al Partido Comunista Búlgaro a mediados de aquel mayo de 1934,
Dimitrov reconociera que los dos errores que no podía perdonarse haber
cometido en sus 35 años de lucha política eran, por este orden, la decisión de
adoptar una posición «neutral» ante el golpe de junio de 1923 contra
Stamboliski y, el otro –que no asumió personalmente sino que lo atribuyó a
todo el partido–, haber retrasado el proceso de «bolchevización»[26]. La
realidad evidenció el error de esa «neutralidad» y Dimitrov dijo no habérselo
perdonado nunca; y no es especulativo pensar que también hubiera hecho una
lectura autocrítica de la política comunista en Alemania, de la que él también
había sido partícipe hasta su detención tras el incendio del Reichstag en 1933.
Algo semejante podría decirse de Thorez, que acertó a interpretar la realidad
francesa de 1934 no desde el prejuicio sino desde la necesidad de hacer frente
a la evidencia. En esa actitud Dimitrov y Thorez sintonizaron, como también
lo habían hecho en su relación con la IC que, a diferencia de Doriot, nunca
fue desde la invocación de la disidencia sino desde la aceptación de las reglas
de juego internas y de la ley de la mayoría; algo en lo que también coincidió
Togliatti, quien se destacó, a diferencia de Dimitrov y Thorez, por su
capacidad de teorizar la realidad dada y de conectarla con la tesis de la
revolución popular[27].
La iniciativa de Thorez, a la que Dimitrov ya no se opuso una vez ratificada
en público, tenía una difícil marcha atrás. Darle esa reversa habría supuesto
una importante desestabilización del PCF, precisamente cuando la formación
el 8 de noviembre de un gobierno todavía más a la derecha, presidido por
Flandin, con Herriot y Louis Marin –de la derecha católica republicana en
plena deriva hacia el fascismo– como ministros de Estado abrió un gran
interrogante sobre la continuidad de la aproximación entre Francia y la
URSS; en el panorama político francés la fuerza del PCF, que había obtenido
un claro éxito en las cantonales bajo el liderazgo de Thorez y con sus lemas,
era la principal garantía para que no se diera carpetazo a la política exterior
de apertura al Este. Por otra parte, el desenlace de la insurrección de octubre
en España, como lo había sido el de la de los socialistas y comunistas
austriacos en febrero, había dejado en evidencia que una estricta respuesta
obrerista, por muy de frente único que fuera, no podría contrarrestar el avance
del fascismo o del autoritarismo. A pesar de todo, no fue aceptada ni
inmediata ni fácilmente en la dirección de la IC. Dimitrov venía quejándose a
Stalin del «desorden» existente en el seno del CEIC, y su dietario apunta la
pugna constante que mantuvo al respecto del cambio de política con los hasta
entonces pesos pesados del CEIC, no solo con Knorin, Piatnitsky o Béla Kun,
los más hostiles, sino también con Manuilski, que maniobraba para mantener
una «dirección colegiada» y se oponía al peso creciente y singular de
Dimitrov. Además, Dimitrov no pudo estar presente en el momento de la
discusión definitiva en el seno del CEIC de la nueva política del PCF, ya que
permaneció convaleciente en Crimea entre finales de noviembre de 1934 y
comienzos de febrero de 1935. La discusión en el CEIC no se cerró hasta
mediados de enero, cuando la propuesta de Thorez, que pudo finalmente
conseguir la aceptación de Stalin, fue aprobada por la dirección de la IC, por
el momento como una excepción francesa.
Generalización y evolución de la propuesta frentepopulista
Tres días después de que el CEIC aprobara la propuesta de Thorez, tuvo
lugar en París la primera reunión del «Reagrupamiento popular», con la
participación del Partido Radical, la SFIO, el PCF, la CGT, la CGTU, la Liga
de Defensa de los Derechos del Hombre y diversos comités de movimientos
antifascistas, encabezados por el Amsterdam-Pleyel y el Comité de
Vigilancia de los Intelectuales Antifascistas. El proceso ya no tuvo marcha
atrás en Francia y se extendió fuera de ella, aunque solo consiguió prosperar
en España, donde la dirección del PCE lo asumió bajo la influencia directa de
los comunistas franceses. Que avanzara, o no, no dependió únicamente del
peso de los partidos comunistas, sino sobre todo de las dinámicas políticas
locales y de la inminencia del peligro fascista, imprescindible para que se
rompieran las resistencias del resto de fuerzas a participar en una coalición
con los comunistas. El PCE no tenía más fuerza que el Partido Comunista
Belga en enero de 1935, pero su éxito resultó muy dispar. La propuesta del
PCB fue rechazada por el Partido Obrero Belga, de la mano de Henri De Man
y del que hasta entonces era el líder de la corriente de izquierdas en el
partido, Paul-Henri Spaak, que prefirieron el pacto y la coalición con el
Partido Católico[28]; una decisión que les llevó a la vergonzosa política de
neutralidad ante la expansión del nazismo en Europa y la guerra de España y
que, finalmente, no les ahorró la invasión en 1940. Por el contrario el PCE,
resistiendo la tentación de constituir un bloque exclusivo con el caballerismo
que prolongaba una estricta respuesta obrerista, consiguió superar su
inferioridad cuantitativa al convertirse en la lanzadera del tejido de un frente
popular que se impuso como única respuesta eficiente al asalto de la derecha
antidemocrática al poder, desplazando lo que habían pasado a ser respuestas
parciales e insuficientes, la del obrerismo caballerista y la de la conjunción
republicano-socialista que había sido la que pretendió restablecer Azaña, por
más que Prieto –más lúcido en esta ocasión– le convenció de que solo una
nueva alianza que incorporara a los comunistas podría ser electoralmente
competitiva e impedir la victoria definitiva de esa derecha antidemocrática.
La posición del PCF fue la base del triángulo popular en cuyo vértice se
situó, con su aceptación, Azaña y el republicanismo de izquierda; el lado
débil de ese triángulo, por el contrario, estuvo siempre en la división
socialista y en la falta de asunción por parte del caballerismo de la nueva
coalición política y de la alianza social que le dio soporte[29].
Con el debate en el seno del CEIC resuelto y con la política frentepopulista
en ascenso en Francia, se celebró por fin el VII Congreso de la IC, que la
estableció como línea general, añadida y no alternativa a la del frente único.
No hace falta recordar en este capítulo el proceso conocido de los triunfos del
Frente Popular en España y en Francia, en febrero y mayo de 1936, que
confirmaron el acierto del cambio de línea. Prefiero acabar esta síntesis con la
cuestión de fondo sobre la naturaleza del Frente Popular y la evolución que
experimentó en su confrontación con el fascismo. La propuesta de Dimitrov,
si bien era rompedora en el terreno táctico, tenía una limitación clara en las
implicaciones y consecuencias estratégicas del cambio de línea y también en
la profundización de algunas consecuencias previsibles de ese cambio.
Ciertamente, Dimitrov recuperó de manera explícita la concepción de una
etapa transitoria a la que corresponderían consignas asimismo transitorias,
pero había en esa recuperación una diferencia, y no solo de matiz, con la
elaboración que de esa problemática había hecho el PCI y seguía haciendo
Gramsci en sus reflexiones desde la cárcel. Dimitrov presentó la
transitoriedad como una coyuntura, inevitable pero circunstancial que, de
manera inmediata, sería sustituida –superada– por la dictadura del
proletariado así que lo permitiera la lucha de masas; como una transitoriedad
defensiva y no prospectiva[30]. Por esa razón, la profundización de las
implicaciones y las consecuencias del éxito político del frente popular quedó
en suspenso por lo que se refería a la cuestión fundamental del poder, del
gobierno. Ante las diferencias que sobre la cuestión empezaban ya a
plantearse entre Dimitrov y Thorez, y como consecuencia de la concepción
estrictamente defensiva del frente popular, que dejaría de perder su sentido
una vez que la amenaza fascista y de guerra se hubiese conjurado, el dirigente
de la IC decidió no abordar la cuestión y dejarla a resolver en cada lugar y
momento según las circunstancias; una actitud plenamente compartida por
Stalin, quien no creía que existiera en el mundo occidental ningún camino, ni
propio ni «mundial», de la revolución –dependiente para él solo de la
existencia de la URSS–, por lo que su prioridad era que el movimiento
comunista, una vez fortalecido en el sistema político nacional, no interfiriera
las relaciones entre la URSS y los gobiernos occidentales con una pretensión
de presencia en ellos que pudiera inquietar a los miembros no proletarios de
tales gobiernos. En el VII Congreso, Dimitrov trató de la hipótesis de un
gobierno de frente único y la cuestión de la participación comunista en él,
saldando cuentas con lo ocurrido en Alemania en 1923, pero eludió qué se
haría si se formaba un gobierno de frente popular, sobre el que en la práctica
no hizo ninguna reflexión concreta, limitándose a decir que, si este último se
llegaba a formar, «los comunistas, sin dejar de ser enemigos irreconciliables
de todo gobierno burgués y partidarios del Poder soviético, estarían
dispuestos, ante el creciente peligro fascista, a apoyar un tal gobierno»[31]. A
apoyar, no a participar. La posición de Thorez volvió a estar en esta cuestión
un paso por delante de la de Dimitrov. El secretario general del PCF se
manifestó en dos ocasiones en favor de la participación del PCF en el
gobierno del Frente Popular, lo que había obligado a una concepción más
elaborada de este último no solo como propuesta defensiva, sino de ejercicio
del poder; las dos lo fueron en respuesta a la invitación que en tal sentido le
hizo Léon Blum al PCF: la primera, después del triunfo electoral de mayo de
1936, y la segunda en marzo de 1938, en un último intento para salvar al
Frente Popular ante la acometida de la reactivada derecha del Partido Radical.
En ambas ocasiones la posición de Thorez quedó en minoría en la dirección
del PCF y fue rechazada por Dimitrov. El éxito de la fórmula en su acepción
defensiva jugó una mala pasada. La amenaza del fascismo se diluyó en
Francia entre 1936 y 1939, a pesar de la persistencia de una agitación
terrorista de la extrema derecha que, en esa etapa, no tuvo salida política ante
el retraimiento de la derecha tradicional después de su derrota; eso reforzó el
criterio de la no participación gubernamental, pero ese criterio se mostró
insuficiente para hacer frente a los retos mayores a los que pasó a enfrentarse
el Frente Popular tras el inicio de la guerra de España, la política expansiva
de Hitler y la quiebra de la unidad antifascista francesa como consecuencia
del dilema entre contemporizar o pasar al contraataque. La ausencia del PCF
en el gobierno del Frente Popular no pudo evitar su caída hacia la
contemporización, su subordinación a la política de apaciguamiento del
gobierno británico; y con ello no pudo evitar el desdibujamiento progresivo
del Frente Popular y su quiebra definitiva con el acceso de Daladier al frente
del ejecutivo en abril de 1938.
El rechazo a la participación gubernamental se produjo también en España
en febrero de 1936; sin que en este caso hubiera cuestión, por cuanto ni a
Azaña ni a Prieto se les ocurrió nunca la conveniencia de la participación
comunista en el gobierno. Esa posición se vino abajo cuando la naturaleza de
la confrontación entre fascismo y antifascismo mutó con la sublevación
militar de julio, convertida en guerra civil mediante el apoyo de Hitler y
Mussolini a los sublevados. A partir de ese momento ya no se trató de una
lucha por el poder entre fascismo y antifascismo, sino de una lucha entre dos
poderes, el de los sublevados y el del antifascismo. La desestabilización del
Estado republicano producida por la sublevación y la inesperada situación de
poder en la que se encontró el antifascismo propició una primera etapa de
fragmentación, de división política extrema en el campo antifascista; también
de eclipse del Frente Popular ante la adversidad en el campo de batalla y la
multiplicación de propuesta revolucionarias, entre las que las de los
anarquistas y del POUM desbordaron de manera explícita el marco político y
de alianza social frentepopulista, particularmente en Cataluña[32]. La
recuperación de una respuesta de este signo a la sublevación, la única capaz
de enfrentarse al poder fascista con posibilidades de victoria, obligó al PCE a
reconsiderar su participación en el poder y, contra el criterio de Dimitrov y de
Stalin, a exigirla en el gobierno de guerra que constituyó Largo Caballero en
septiembre de 1934. No solo eso. En Cataluña, la amplitud y profundidad de
las movilizaciones revolucionarias –también las contradicciones entre los
sectores sociales antifascistas: el proletario, el campesino y el de clases
medias– obligó a responder a la mutación de la naturaleza de la lucha contra
el fascismo con una mutación también de su propuesta, que pasó de defensiva
a prospectiva; recuperando el PSUC el concepto de revolución popular,
haciendo de él su bandera histórica, y proponiendo un programa de
transformaciones revolucionarias del sistema económico y político que
respondiera a un pacto de transición entre las clases trabajadoras, los
segmentos populares del campesinado, y los de la clase media que se
identificaban con la defensa de la democracia. Dimitrov tuvo que aceptar la
presencia del PCE en el gobierno republicano, la tercera excepcionalidad de
esta historia, y Stalin tuvo incluso que abandonar su propósito, formulado de
nuevo a comienzos de 1938, de que los comunistas abandonaran el gobierno
y regresaran a su posición de apoyo desde fuera; el PCE y el PSUC, apoyados
en esto por Togliatti, salvaron su criterio. Después de los Sucesos de Mayo de
1937 en Cataluña y el restablecimiento de la política de Frente Popular con el
gobierno Negrín, la revolución popular puesta en práctica en Cataluña, con la
instauración de un sistema mixto de economía que en la industria dejaba en
posición mayoritaria las colectivizaciones sindicales y en el campo, por el
contrario, las explotaciones familiares, se mantuvo. A pesar de la oposición
de Azaña, Negrín respetó la legislación económica y social de la Generalitat
de Cataluña, restringiendo la intervención gubernamental republicana a los
imponderables de la economía de guerra. Y si esa legislación no avanzó más
en el ámbito de la propiedad urbana o de la economía campesina, como
proponía el PSUC, fue como consecuencia del bloqueo que sobre ambas
cuestiones impuso Esquerra Republicana de Catalunya que, de la mano de
Tarradellas, se sumó a partir de la segunda mitad de 1937 a la nueva
orientación del radicalismo francés en la perspectiva de un «frente nacional»
y no del «popular».
Con el Frente Popular reducido en Francia a un pacto de mínimos, que fue
retrocediendo en proporción directa al avance del apaciguamiento, su imagen
principal pasó a ser la española. El Frente Popular fue en la Europa y en la IC
de 1934 a 1936 una cuestión fundamentalmente francesa; y, entre 1936 y
1939, una cuestión de referencia española. La consecuencia de ese relevo, no
deseado ni deseable porque no sumó, fue que todo el futuro inmediato de la
nueva política quedó a expensas del desenlace de la guerra de España. La
derrota de la República en la Guerra Civil Española en la primavera de 1939
significó la derrota del combate desarrollado desde 1934; no, empero, el fin
de la propuesta. El Frente Popular se eclipsó de nuevo, para reaparecer con
una combinación de naturaleza defensiva y prospectiva en la resistencia
durante la Segunda Guerra Mundial. Una prosecución compleja y finalmente
derrotada de nuevo en las primeras batallas de la Guerra Fría que habrán de
ser, cuando sea la ocasión, objeto de un nuevo texto.
[1] Las principales obras de síntesis sobre la IC utilizadas han sido: Aldo Agosti, La Terza
Internazionale. Storia documentaria, Roma, Editori Riuniti, 6 volúmenes, 1974-1979; Aldo Agosti,
Bandiere rosse. Un profilo storico dei comunismo europei, Roma, Editori Riuniti, 1999; Pierre Broué,
Histoire de l’Internationale communiste, 1919-1943, París, Fayard, 1997; Miloš Hájek, Historia de la
Tercera Internacional. La política de frente único (191-1935), Barcelona, Crítica, 1984 (traducción de
la edición checa de 1983); Silvio Pons, La rivoluzione globale. Storia del comunismo internazionale,
Turín, Einaudi, 2012; Serge Wolikow, L’Internazionale communiste (1919-1943), París, Les Editions
de l’Atelier, 2010.
[2] Stephen A. Cohen, Bujarin y la revolución bolchevique, Madrid, Siglo XXI, 1976.
[3] Un resumen de la teoría y el debate socialdemócrata sobre el derrumbe, en Paul M. Sweezy,
Teoría del desarrollo capitalista, México, Fondo de Cultura Económica, 1945.
[4] Paolo Spriano, Storia del Partito Comunista Italiano, Turín, Einaudi, vols. I y II, 1967 y 1969.
[5] M. Hájek, Historia de la Tercera Internacional, cit.
[6] Dimitrov fue uno de los principales organizadores y líderes de la insurrección de septiembre. M.
Stankova, Georgi Dimitrov. A Biography, Nueva York, I. B. Taurus, 2010.
[7] Después de que Ruth Fischer y Arkadi Maslow hubiesen sido apartados de la dirección por
«ultraizquierdismo» en 1925 al oponerse a las modulaciones de la política de frente único por la base.
[8] Aldo Agosti recoge, en sus introducciones a la Storia documentaria, el testimonio de un cuadro
próximo a Bujarin en aquella época, Volk; aunque no lo da por definitivo, sí le concede posible
credibilidad; desde luego, es congruente con el comportamiento incluso negligente en ocasiones de
Bujarin en la dirección de la IC entre 1928 y 1929.
[9] Ernesto Raggioneri, La Terza Internazionale e il Partito Comunista Italiano, Turín, Einaudi,
1978.
[10] Paolo Spriano, Storia del PCI. De Bordiga a Gramsci…, cit., p. 295.
[11] La Ley Acervo, promovida por Mussolini en 1923, por la que la candidatura que alcanzara más
del 25 por 100 de los votos, se alzaría con 2/3 de los escaños; no habría necesitado ese abuso, la «lista
nacional» de Mussolini obtuvo más del 66 por 100 de los votos.
[12] «Togliatti, Grieco e Di Vittorio alla comisióne italiana del X Plenum della Internazionale
Comunista» con introducción de Ernesto Raggioneri, Studi Storici 1 (1971).
[13] Ibid.
[14] Aldo Agosti, Togliatti. Un uomo di frontiera, Turín, Utet Università, 2003; Giuseppe Vacca,
Vita e pensieri di Antonio Gramsci.1926-1937, Turín, Einaudi, 2012.
[15] Jean-Baptiste Duroselle, Politique étrangère de la France. La décadence, 1932-1939, París,
Imprimerie Nationale, 1979; Sabine Dullin, Des hommes d’influences. Les ambassadeurs de Staline en
Europe, 1930-1939, París, Payot, 2001.
[16] Serge Wolikow, 1936, le monde du Front Populaire, París, Cherche Midi, 2016; Jean Vigreux,
Histoire du Front Populaire. L’échappée belle, París, Tallandier, 2016.
[17] He explicado con un poco más de detalle ese episodio y sus consecuencias en José Luis Martín
Ramos. El Frente Popular. Victoria y derrota de la democracia en España, Barcelona,
Pasado&Presente, 2016.
[18] Georgi Dimitrov, Diario. Gli anni di Mosca (1934-1945), Turín, Einaudi, 2012; Alexander
Dallin y F. I. Firsov, Dimitrov and Stalin. 1934-1943. Letters from the soviet archives, New Haven,
Yale University Press, 2000.
[19] Stéphane Courtois, Marc Lazar, Histoire du Parti communiste français, París, PUF, 1995. Roger
Martelli, L’empreinte communiste: le PCF et la société française, París, Éditons Sociales, 2010.
[20] Jean Vigreux, La faucille après le marteau, Besançon, Presses Universitaires de Franche-Comté,
2012.
[21] L’Humanité, artículo editorial de Thorez, «La réforme de l’État et la defense de les libertés
démocratiques».
[22] L’Humanité, 12 de octubre de 1934, texto de Thorez en el mitin del 10 de octubre.
[23] Annie Kriegel y Stéphane Courtois, Eugen Fried. Le grand secret du PCF, París, Éditions du
Seuil, 1999, Reconocen que Fried secundó más que instruyó a Thorez en esta cuestión.
[24] Georgi Dimitrov, Diario. Gli anni di Mosca (1934-1945), cit., 20 de mayo.
[25] Compárese algunos fragmentos del editorial de Thorez del 4 de octubre de 1934 con el texto de
Dimitrov del 20 de agosto de 1935.
[26] George Dimitrov, «Sobre el viraje del partido» en Obras escogidas,1, Madrid, Akal, 1977.
Dimitrov dio suficiente importancia a esa autocrítica como para incluirla también en su dietario el 17 de
mayo.
[27] Aldo Agosti, Togliatti. Un uomo di frontiera, cit.
[28] Togliatti negli anni del Komintern (1926-1943). Documenti inediti dagli archivi russi. A cura di
Aldo Agosti, Roma, Carocci, 2008.
[29] José Luis Martín Ramos, El Frente Popular. Victoria y derrota de la democracia en España, cit.
[30] Aldo Agosti, La Terza Internazionale. Storia documentaria, cit.
[31] Georgi Dimitrov, Obras escogidas,1, cit., p. 615.
[32] He desarrollado ese proceso y la reconstrucción ofensiva del frentepopulismo en José Luis
Martín Ramos, La rereguarda en guerra. Catalunya, 1936-1937, Barcelona, L’Avenç, 2012 y Territori
capital. La guerra civil a Catalunya, 1937-1939, Barcelona, L’Avenç, 2015.
13. El imaginario de la Revolución rusa en la Guerra
Civil Española[1]
Josep Puigsech Farràs
El carácter excepcional de la Guerra Civil Española dentro del contexto
nacional e internacional permitió que otro proceso excepcional en ambas
dimensiones uniese su camino con ella, en este caso la Revolución rusa. No
fue sorprendente, ni casual. Al fin y al cabo, los conflictos estructurales de la
España del siglo XIX explotaron en julio de 1936 en un marco de crecientes
turbulencias en el ámbito nacional, marcadas por el final de la monarquía y el
desarrollo de una etapa republicana no precisamente estable, junto con un
conflictivo contexto internacional, marcado por el ascenso del fascismo. Por
su parte, los conflictos estructurales de la Rusia decimonónica explotaron,
primero en 1905 y, posteriormente, en 1917 en un contexto de cambio
político y social, unido a un marco de conflictividad internacional generado
por una guerra mundial. Así, pues, una y otra, la Guerra Civil Española y la
Revolución rusa, unían sus caminos aunque, ciertamente, con una diferencia
cronológica. Más concretamente, la Guerra Civil Española convertía la
Revolución rusa en un factor transversal, permanente y presentista en la
España republicana.
El imaginario de la Revolución rusa en la Guerra Civil Española fue
transversal porque se erigió en un factor de comunión entre las distintas
fuerzas del ámbito republicano, desde los anarcosindicalistas hasta los
liberales, pasando por los comunistas ortodoxos, los comunistas heterodoxos
y los socialistas. La Revolución rusa se mostró, por lo tanto, como uno de los
mejores ejemplos de la simbología frentepopulista: una propuesta en positivo,
adaptada a la transversalidad social y política de la República, que tenía como
trasfondo la revolución del pueblo o, en otras palabras, un ejemplo de
participación popular de carácter transversal que a partir de diferentes
procedencias sociales, políticas y sindicales realizaba una propuesta en
positivo[2]. La propuesta se sintetizaba en la unión de los esfuerzos para
alcanzar la victoria en la guerra, contra un enemigo considerado fascista. Pero
también en la voluntad de llevar a cabo un proyecto de transformación
político y social para la retaguardia, aunque cada colectivo interpretase esta
transformación según sus propios parámetros. Dicha dinámica tuvo su cenit
en la franja comprendida entre julio de 1936 y abril de 1937. En cambio, a
partir de los Sucesos de Mayo de 1937 acaecidos en Barcelona y en el resto
de principales ciudades catalanas[3], el carácter transversal empezó a
erosionarse por la salida forzada del círculo de uno de sus integrantes, el
comunismo antiestalinista. El resto de fuerzas políticas y sindicales fueron
perdiendo presencia paulatinamente como resultado del devenir del frente de
batalla, hasta el punto que los comunistas ortodoxos monopolizaron esta
dinámica en los meses finales de la Guerra Civil.
En segundo lugar, fue permanente porque estuvo presente en el imaginario
político y social de la República durante toda la Guerra Civil, aunque no
siempre con la misma intensidad. El estrechamiento de las relaciones entre la
República y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS),
cristalizadas con la llegada de la primera misión diplomática soviética a
España a finales de agosto de 1936 y la segunda a inicios de octubre del
mismo año, la llegada de suministros militares y asesores soviéticos a inicios
de octubre de 1936, junto con el establecimiento de acuerdos comerciales
entre ambos países[4], extendió la imagen de la Revolución rusa como
génesis del apoyo de la URSS a la República. Los fastuosos actos de
conmemoración del XIX aniversario de la Revolución rusa celebrados en
Barcelona el 8 de noviembre de 1936 fueron la prueba más evidente de ello.
La Revolución rusa pasó a formar parte del imaginario colectivo republicano
a partir de ese momento. Y ello ya no se abandonaría durante el resto de la
Guerra Civil. Ahora bien, la intensidad se fue erosionando a partir de finales
de 1937 y, especialmente, durante el año 1938 y los primeros meses de 1939.
Sirva como prueba el XXI aniversario de la Revolución rusa en noviembre de
1938, que prácticamente ya no fue conmemorado en suelo republicano[5].
Finalmente, y en tercer lugar, el imaginario de la Revolución rusa en la
Guerra Civil Española fue presentista porque la primera fue utilizada con ojos
del presente para los intereses del presente. Ahora bien, lo fue
bidireccionalmente. Obviamente, lo fue desde la perspectiva republicana.
Pero también desde la soviética. En este último caso, la Guerra Civil
Española fue el marco que permitió que, a través de la referencia a la
Revolución rusa, se activasen los mecanismos para iniciar la campaña de
marginación, y posterior eliminación, del comunismo heterodoxo en España.
Por otro lado, en clave interna española la interpretación presentista fue
utilizada en algún caso para reclamar la aplicación de un determinado
proyecto político para la retaguardia republicana. Y, en la inmensa mayoría,
para llevar a cabo una ingente campaña de agitación y propaganda para
movilizar la opinión pública de cara al frente de batalla y, especialmente, a la
resistencia en la retaguardia. Eso sí, en todos los casos, del primero al último,
siempre brilló una misma estrella común: la Revolución rusa como génesis de
la URSS, es decir, génesis del único Estado que apoyaba a la República
Española en la lucha contra la agresión del fascismo internacional.
Los comunistas antiestalinistas fueron quienes buscaron un mimetismo
entre el noviembre de 1917 ruso y el julio de 1936 español. Consideraron la
Revolución rusa como una revolución específicamente proletaria y, a partir
de aquí, situaron en España la continuación natural de dicho proceso[6]. En
cambio, desde el anarcosindicalismo se la identificó positiva y genéricamente
como una revolución proletaria de contenido social, sin entrar más allá ni
establecer ningún paralelismo con el caso español[7]. Por su parte, los
comunistas ortodoxos también la identificaron como una revolución
proletaria, pero consideraron que no tenía equivalente en la actual situación
española más allá de aportar un referente en forma de la lucha de los
revolucionarios rusos en su Guerra Civil contra la intervención extranjera[8].
Los socialistas españoles la valoraron como una revolución social y le
aplicaron el mismo equivalente que el Partido Comunista de España (PCE)
como un referente contra la intervención extranjera[9]. Finalmente, los
liberales republicanos la consideraron como un proceso progresista y de
cambio, eso sí, de largo recorrido temporal y material, cuyo único punto en
común con la situación española era la resistencia armada contra la
intervención extranjera[10].
Como vemos, una gran parte de las fuerzas políticas y sindicales
republicanas utilizaron la Revolución rusa como ejemplo de resistencia
armada en un contexto de guerra civil. Concretamente, la Guerra Civil rusa y,
más específicamente, el asedio de Petrogrado en 1919 por parte de las tropas
del Ejército Blanco. Este caso fue equiparado con el asedio de Madrid por
parte de las tropas sublevadas y sus aliados fascistas europeos. Con ello, se
desdoblaba así el imaginario de la Revolución rusa en dos aspectos, el
identificado con la revolución como sujeto de cambio y el que la equiparaba
con la resistencia armada en un contexto bélico. Ello sería especialmente
perceptible durante los actos conmemorativos del XX aniversario de la
Revolución rusa en España que, además, visualizarían cómo el factor de la
resistencia armada primaría por encima del resto[11].
Sin lugar a dudas, en la España republicana entre noviembre de 1936 y
marzo de 1939 se generó un ambiente en favor de la Revolución rusa, de
simpatía hacia ella que, por otro lado, no implicaba una apuesta en favor de
establecer un modelo como el revolucionario ruso de noviembre de 1917 ya
que, de hecho, esta tesis solo era defendida por los comunistas
antiestalinistas. La Revolución rusa pasó a convertirse en un elemento
permanente del imaginario republicano y lo hizo, fundamentalmente, como
sinónimo de solidaridad internacional en la causa contra la agresión
internacional sobre el pueblo español y en favor de la resistencia armada
contra el enemigo extranjero. Todo ello fue resultado de una natural empatía
republicana hacia la Revolución rusa. No se trató en ningún caso de una
dinámica importada o implementada por vía forzosa desde la URSS. Primero,
porque los soviéticos en ningún momento intentaron sovietizar la República
Española, sino que su proyecto pasaba por apoyar el modelo liberal
republicano español fundamentalmente para intentar acercarse a Gran
Bretaña y Francia de cara a tejer una hipotética alianza antifascista europea
en el marco de la política exterior soviética de la Seguridad Colectiva[12].
Ciertamente, desde la URSS se utilizaron mecanismos de propaganda para
difundir la imagen de la Revolución rusa en España –junto con otros muchos
elementos propagandísticos del mundo soviético– realizados a través de la
agencia internacional creada a mediados de los años veinte para estos
menesteres, la Sociedad para las Relaciones Culturales con el Extranjero
(VOKS)[13]. Pero una cosa era difundir propaganda y otra, y segundo, se
necesitaba una empatía por parte de la ciudadanía republicana respecto a esta
temática para que la publicidad pudiera ser efectiva. Es más, la ciudadanía
republicana no requirió de esta propaganda para llegar a concluir de forma
autónoma que la Revolución rusa, vía la URSS, era el vector de la única
ayuda internacional a su causa. Finalmente, y tercero, no olvidemos que antes
de la Guerra Civil Española existía un tejido asociativo en España que se
identificaba específicamente con la Revolución rusa y la URSS. Nos
referimos a los Amigos de la Unión Soviética (AUS), una entidad creada en
España en 1927 vía el fomento desde la URSS, pero que rápidamente
encontró una base sobre la que desarrollarse en suelo español. Un sustrato
que encontraría su terreno abonado en los años de la Guerra Civil.
Los actos conmemorativos del XIX aniversario de la Revolución rusa
celebrados en la geografía republicana en noviembre de 1936 se convirtieron
en un buen termómetro para situar este imaginario. Aunque hubo intentos de
que fueran actos multitudinarios y diversificados geográficamente, lo cierto
es que quedaron localizados en el núcleo de Barcelona.
Madrid y Bilbao, dos de las cuatro ciudades más relevantes de la España
republicana, organizaron actos a través de los AUS pero quedaron limitados a
un mitin en un local de la ciudad vasca y con poca participación, mientras
que en Madrid lo que generó más asistencia fue la proyección de películas
soviéticas[14]. En cambio, el domingo 8 de noviembre de 1936 en Barcelona,
la segunda ciudad en orden de importancia de la República y capital de la
Cataluña autonómica, se convertía en el escenario de mayor valor
cuantitativo y cualitativo de los actos conmemorativos de la Revolución rusa
en el conjunto de la España republicana. Madrid no estaba en condiciones
para hacerlo. El reciente traslado del Gobierno de la República y de la
capitalidad a Valencia, unido al asedio de las tropas sublevadas sobre la
histórica capital, creó un escenario nada propenso para unos actos
conmemorativos majestuosos. Por otro lado, Valencia, la estrenada nueva
capital republicana, no había tenido tiempo material para llevar a cabo los
preparativos para unos actos de este calado. Barcelona, por su parte, contaba
con diferentes factores que jugaron a su favor. Primero, la implicación
institucional por parte republicana, a través de la implicación activa del
Gobierno de la Generalitat en la celebración de dicho actos y en su
institucionalización[15]. Segundo, el efecto generado por la llegada del
Zirianin al puerto de Barcelona, el carguero soviético que llegó a mediados
de octubre de 1936 con toneladas de alimentos para la población catalana y
que con ello generó un ambiente de euforia popular[16]. Y, tercero, el papel
del consulado soviético en Barcelona, muy activo para fomentar una
celebración multitudinaria, que estuvo acompañado por la implicación de las
diferentes fuerzas políticas y sindicales de la retaguardia[17].
Los actos se iniciaron la tarde del 7 de noviembre de 1936 con una
recepción en la sede del consulado de la URSS, donde estuvo presente una
representación de primer nivel de las instituciones políticas, judiciales y
militares de la ciudad y de las instituciones republicanas en Cataluña. La lista
empezaba por el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y continuaba
con diferentes consejeros del Gobierno de la Generalitat o, entre otros, el
alcalde de la ciudad, el cónsul de Turquía y el oficialmente corresponsal de
prensa soviético en España, Iliá Ehrenburg.
Esa misma noche, el Comisariado de Propaganda de la Generalitat organizó
un acto de homenaje a la Revolución rusa en el Palau de la Música Catalana.
Contó con la presencia del cónsul, Vladímir Antonov-Ovseenko, el secretario
consular, Alekséi Strajov, los ya citados Ehrenburg y Companys, así como
Jaume Aiguader, ministro sin cartera del Gobierno de la República, o, entre
otros, Artemi Aiguader, consejero de Seguridad del Gobierno de la
Generalitat. Se proyectó la película soviética Las amigas, así como el
documental deportivo y también soviético Juventud, además de interpretarse
diferentes piezas musicales y literarias soviéticas y republicanas. Pero el acto
no quedó exento de polémica y, en este caso, como resultado de la lectura
presentista que se realizó por parte soviética. El Comisariado de Propaganda
de la Generalitat tuvo poca mano izquierda al enfocar el papel del ahora
cónsul soviético en Barcelona y años atrás figura clave del asalto al Palacio
de Invierno y de la Guerra Civil rusa. Los folletos que se repartieron en este
acto incluían referencias bibliográficas de Lev Trotsky sobre la Revolución
rusa. Ello generó las iras inmediatas de Ehrenburg, que acusó al redactor del
folleto, Fermí Vergés, de ser trotskista. Desde el Comisariado de Propaganda
de la Generalitat replicaron que Trotsky había sido una figura de la confianza
de Vladímir Lenin y había ocupado un papel central en el proceso
revolucionario que culminó con el asalto al Palacio de Invierno. Además, la
referencia que se realizaba sobre la relación entre Trotsky y Antonov-
Ovseenko se hacía únicamente respecto a la pericia militar con la que este
último había actuado durante la Revolución rusa. Los folletos finalmente
fueron retirados[18]. Y, con ello, se retiró de la luz pública un elemento
incómodo en la lectura presentista que se realizaba desde la esfera soviética.
Una situación que, no obstante, contrastaba con las imágenes de exaltación
que se transmitían a la población soviética a través del principal periódico del
país, Pravda, que calificaría los actos celebrados en Barcelona el día 8 no
solo como una manifestación eufórica y la más multitudinaria de toda la
historia de Cataluña, sino también como una muestra fehaciente del
compromiso de la URSS en favor de la lucha antifascista a nivel mundial y
del apoyo incontestable tanto a Cataluña como al conjunto de la
República[19].
El 8 de noviembre se celebró la multitudinaria manifestación
conmemorativa del XIX aniversario de la Revolución rusa. La participación
se situó entre trescientas y quinientas mil personas que desfilaron durante
más de cinco horas por el centro de la ciudad. Antonov-Ovseenko y
Companys presidieron el acto desde el balcón del Palau de la Generalitat,
dejándonos una de las imágenes más icónicas del imaginario de la
Revolución rusa durante la Guerra Civil. La participación recogió el conjunto
de fuerzas políticas y sindicales del ámbito republicano en Cataluña, así como
representantes del tejido asociativo como la Asociación de Intelectuales, el
Socorro Rojo Internacional o, por ejemplo y entre otros, los AUS[20].
Ahora bien, estos actos fueron instrumentalizados de forma presentista por
los representantes soviéticos en España. El consulado soviético, con el apoyo
del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), es decir, los unificados
catalanes que se situaban en una esfera de influencia limitada en el marco
comunista ortodoxo, intentó marginar al Partido Obrero de Unificación
Marxista (POUM), es decir, el comunismo heterodoxo, de la escena política
republicana. Es más, con ello se inició la campaña antitrotskista en la
República y el proceso para marginar y, posteriormente, eliminar el POUM
del escenario republicano. El consulado soviético intentó que se le excluyera
de la manifestación conmemorativa. Y al no conseguirlo, tanto por las
denuncias públicas realizadas desde el POUM como por la presión que
ejerció la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en favor de este, el
consulado intentó marginarlo y degradarlo como primer paso para llevarlo
hacia su demolición política, aunque a una velocidad más lenta de lo deseado.
Ello explica que el POUM acabase situado prácticamente al final de la
comitiva, separado de los principales partidos y sindicatos que, como era de
esperar, ocupaban la cabecera de la comitiva conmemorativa[21].
Sin lugar a dudas, el análisis presentista que el POUM realizaba sobre la
Revolución rusa lo convertía en un factor de choque frontal con el
comunismo ortodoxo. Los poumistas concebían la Revolución rusa como una
revolución del proletariado, con la cual se había derrotado no solo a la
burguesía rusa sino también a la contrarrevolución europea. Desde su punto
de vista, esta caracterización de la Revolución rusa era la que había permitido
establecer una república de soviets, identificada como una dictadura del
proletariado y, por extensión, como una democracia obrera. La Revolución
rusa se había erigido también en un referente internacional, porque había
permitido que el proletariado dispusiera de un patrón a nivel mundial que,
además, se liberaba de la claudicación que había supuesto la
socialdemocracia a raíz de sus posiciones frente a la Primera Guerra Mundial.
Por ello, desde las filas del POUM no se dudaba en hacer un llamamiento
para que se reprodujera esa revolución en España. Desde su perspectiva
existían numerosos puntos de encuentro que así lo permitían pensar. Si se
comparaba la situación de la Revolución rusa con la situación actual
española, la dinámica revolucionaria estaba en manos del proletariado en el
primer caso y de los trabajadores, que incluía a obreros y campesinos, en el
segundo. También se podía decir lo mismo del carácter internacional de los
sucesos rusos y españoles, puesto que uno y otro vivían en el mar de la lucha
contra la intervención internacional que quería derrocar el proceso
revolucionario pero, al mismo tiempo, ello generaba una oleada de
solidaridad entre los trabajadores de ambos países. La guinda al pastel se
situaba en los puntos de comunión entre Petrogrado en 1919 y Madrid en
1936, emblemas de las resistencias ante la agresión contrarrevolucionaria
internacional. Siguiendo esta clave presentista, el POUM aprovechó la
Revolución rusa para deslegitimar tanto al comunismo ortodoxo español, en
tanto que ejemplo de posiciones moderadas como en su momento lo
representaron los mencheviques, como a Iósif Stalin y al estalinismo,
calificados de destructores de la Revolución rusa. El actual dirigente
soviético y su estructura de poder habían convertido la revolución proletaria
internacionalista de noviembre de 1917 en una caricatura antinatural que
defendía la tesis del socialismo en un solo país. Por ello, los poumistas veían
la oportunidad de que la revolución iniciada en España permitiese recuperar
la esencia de la Revolución rusa y, con ello, no solo implementar el modelo
de noviembre de 1917 en España, sino recuperar su esencia para una URSS
que caminaba hacia la deriva, no por culpa de sus ciudadanos, sino del
estalinismo[22].
El comunismo antiestalinista coincidía con la CNT a la hora de caracterizar
la Revolución rusa como una revolución proletaria. Pero esta última, primero,
diluía el carácter comunista que sí le otorgaba el POUM, para transferirle otro
más genérico como social. Y, segundo, su empatía con la Revolución rusa se
situaba explícitamente en el apoyo que la URSS daba a la República en forma
de armamentos y suministros, así como en su denuncia de la farsa del Comité
de No Intervención[23].
Por su parte, el comunismo ortodoxo reconocía, como lo habían hecho el
POUM y la CNT, que la Revolución rusa había sido una revolución
proletaria. Pero, como en el caso de los cenetistas, consideraba que la actual
situación española no albergaba similitudes con la situación vivida en Rusia
en noviembre de 1917 más allá de la dinámica generada en los años de la
Guerra Civil rusa. El PCE participaba así del proyecto propositivo positivo y
transversal frentepopulista. Pero lo hacía ensamblando dicha realidad con dos
factores nada menospreciables que le condicionaban plenamente: 1) la táctica
del Frente Popular desarrollada en el VII Congreso de la Internacional
Comunista, que situaba como prioridad para las secciones nacionales de
dicho organismo internacional, entre las que estaba el PCE, la lucha contra el
fascismo a través del apoyo comunista al modelo liberal democrático en
Europa y, al mismo tiempo, apostaba por el acercamiento de los comunistas a
la izquierda socialista para formar un nuevo tipo de partido, el partido único
del proletariado, que desde las filas obreristas pudiera hacer frente a la
amenaza fascista[24]; 2) la presencia del PCE en el Gobierno de la
República. Los comunistas ortodoxos habían dejado de ser un partido de
oposición y minúsculo durante su trayectoria desde inicios de los años veinte
para convertirse ahora en un partido de gobierno que, de hecho, les situaba
como el primer partido comunista de Europa occidental que pasaba a formar
parte de un Gobierno. Su entrada en el ejecutivo de Francisco Largo
Caballero en septiembre de 1936, que continuaría en el segundo Gobierno de
Largo Caballero, también había implicado una actuación distinta a la
propuesta por Stalin, debido a la dinámica particular que habían generado las
circunstancias propias de la situación española. El programa del PCE tras su
entrada en el Gobierno, como era previsible, quedó alejado del ideario
revolucionario del marxismo y apostó por una relectura y actualización del
ideario liberal republicano[25]. No obstante, ello no impediría que sacasen
punta a esta presencia para realizar su particular interpretación sobre la
Revolución rusa y de paso legitimar, basándose en la génesis del movimiento
comunista –la Revolución rusa–, su participación en dicho Gobierno.
En definitiva, ¿cómo podía ensamblarse una revolución de la que se
reconocía su carácter proletario con una dinámica como la Guerra Civil
Española en la que el PCE había adoptado una posición distante de cualquier
veleidad revolucionaria obrera? La respuesta se encontraba en considerar la
Revolución rusa como génesis del actual Estado soviético. Y, a partir de aquí,
presentar a la URSS como baluarte de la solidaridad internacional en la lucha
contra el fascismo a nivel mundial. La implicación soviética al lado de la
República así lo demostraba. Y, a partir de aquí, establecía un paralelismo
entre la Guerra Civil rusa y la Guerra Civil Española a través del Gobierno
revolucionario ruso y el Gobierno del Frente Popular español. El nexo común
entre ambos era el mismo: la designación popular. Uno y otro eran
presentados como la única vía posible de centralización del poder político en
un contexto bélico que en Rusia había permitido y en España permitiría
alcanzar la victoria en el campo de batalla. Así, pues, Rusia había señalado el
camino entre 1917-1924. Y la República Española recogía el guante en el
marco de 1936.
Para acabar de dar forma a esta interpretación presentista de la Revolución
rusa, desde las filas del comunismo ortodoxo se establecieron puntos de
contacto entre los progresos materiales alcanzados en la URSS a partir de la
Revolución rusa y los que se habían empezado a conseguir en España tras el
inicio de la Guerra Civil. Con ello se situaba el progreso material como el
principal valor emanado de la Revolución rusa. En este sentido, los
comunistas ortodoxos destacaban los paralelismos entre la liberación
nacional que había aportado la Revolución rusa a los pueblos –que no
naciones– que conformaban el antiguo imperio zarista y los que había
aportado el Gobierno del Frente Popular iniciado en febrero de 1936 y
vigente hasta el momento –aunque con modificaciones a partir de julio de
1936– a los pueblos catalán, vasco, gallego y valenciano, en el primer y
segundo caso mediante la concesión de estatutos de autonomía. Otro caso
presentado fueron los progresos en la esfera de la igualdad de género, que en
el caso soviético y español habían conducido a una creciente incorporación
de la mujer en la esfera pública y en las actividades económicas, así como su
apoyo en la esfera militar. Pero el acento se situó especialmente en las esferas
en las que el PCE tenía el control de los ministerios del Gobierno de la
República. Así, en el caso de Agricultura, con Vicente Uribe al frente, se
destacó cómo se había despojado de la propiedad de las tierras a los
defensores de la España sublevada para transferir su explotación a obreros y
campesinos y, además, hacerlo con los recursos materiales necesarios para
explotarlas con éxito. También se presentó el caso del Ministerio de
Instrucción Pública, bajo control de Jesús Hernández. En este caso con dos
ejes. El primero de ellos, el social. La extensión de la educación pública a una
gran parte de la población republicana que, además, no se concebía solo en
un estadio inicial sino también más allá de la enseñanza primaria. Y, el
segundo, el técnico, puesto que era necesario formar nuevos cuadros técnicos,
indispensables para la supervivencia material de la España democrática[26].
Tras los comunistas heterodoxos, los anarcosindicalistas y los comunistas
ortodoxos, fueron los socialistas los que se sumaron a la reivindicación
propositiva positiva de la Revolución rusa. Identificada como revolución
bolchevique, pero no como revolución proletaria, no dudaron en considerarla,
literalmente, una magnífica gesta gloriosa. El hecho de que no la
identificasen como revolución proletaria, sino como una revolución social,
les permitía abrir un cajón de sastre en el que situaban a los obreros como
protagonistas de la Revolución rusa y, con ello, establecían puntos de
conexión con los principios socialistas. Superado este escollo, los socialistas
españoles insistieron en situar la Revolución rusa como ejemplo de lucha
heroica popular contra la agresión militar extranjera, ilustrada con la
resistencia de Petrogrado en 1919. Como resulta fácil deducir, a partir de aquí
establecieron un símil con la resistencia de Madrid en 1936. Los trabajadores,
en el sentido más genérico del término, tanto de Madrid como de los
diferentes frentes de batalla de la España republicana, debían unir sus fuerzas
para resistir frente a la agresión extranjera inspirándose en el ejemplo ruso de
1919[27].
Si dejamos de lado la esfera del obrerismo, el ámbito del liberalismo
republicano realizó una lectura de la Revolución rusa no menos propositiva
que la de sus correligionarios obreristas. Dos ejemplos dentro de este campo
resultarán ilustrativos debido a la diversidad que representan. Por un lado, la
Unión Republicana (UR) de Diego Martínez Barrio, una formación de
carácter estatal que presentó una línea argumentativa extensible al conjunto
de la esfera liberal republicana. Y, por otro lado, el caso de una formación de
carácter autonómico como Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), con
Companys a la cabeza.
La Revolución rusa fue considerada como un suceso glorioso, fantástico e
ingente desde las filas de la UR. Sin precisar mucho, la línea generalista con
la que se afrontó, la situó como un proceso de ruptura ante un pasado
putrefacto en forma de autocracia zarista y liberalismo decadente de los
Gobiernos Provisionales. La Revolución rusa entró en escena como un
proceso de construcción de un nuevo marco de progreso material. En otras
palabras, la Revolución rusa como sinónimo de progreso con base en los
cambios modernizadores que había vivido el país durante los planes
quinquenales. El espejo del desarrollo material de la URSS fue concebido
como el resultado de la tenacidad del pueblo soviético, una tenacidad que
había emanado de la Revolución rusa y, con ello, se podía emparentar la
Revolución rusa y la Guerra Civil Española. La tenacidad mostrada durante la
resistencia de Petrogrado era ahora el referente en el que tenía que inspirarse
Madrid en 1936. Pero no era solo un espejo. También era materia. La
tenacidad, constancia y progreso que había emanado de la Revolución rusa
había permitido que la URSS estuviese en condiciones de prestar ayuda
material a la República Española[28].
Por su parte, ERC no se alejaba de este planteamiento. La formación de
Companys, coincidiendo con la UR, caracterizaba la Revolución rusa como
un proceso de progreso y, especialmente, de estabilidad. Con ello recuperaba
la idea de ruptura que había propuesto la UR. Pero, en este caso, más que
hablar de putrefacción de la etapa anterior a la Revolución rusa, lo hacía en
términos de conflicto social y político. Por ello, la Revolución rusa era vista
como un proceso de larga duración que había proporcionado estabilidad en el
marco ruso-soviético y, siempre, desde una vertiente positiva[29].
Vistos todos estos posicionamientos, resulta incuestionable el carácter
propositivo positivo con el que se caracterizó la Revolución rusa en el
imaginario de la República Española a partir de noviembre de 1936. De
hecho, el aniversario de la Revolución rusa se convertiría en un elemento
permanentemente del calendario republicano durante los tres años de la
Guerra Civil. Y, derivado de ella, también pasarían a formar parte del
imaginario republicano otras conmemoraciones características de la URSS,
como especialmente la celebración del 1 de Mayo. Además, no deben
olvidarse las cinco delegaciones oficiales españolas que visitarían la URSS
durante los años de la Guerra Civil Española, teniendo su plato fuerte en los
actos conmemorativos de la Revolución rusa celebrados en Moscú[30].
Ahora bien, pese a que la celebración del XX aniversario de la Revolución
rusa en noviembre de 1937 fue otro ejemplo propositivo en positivo, se
detectó un cambio significativo respecto a noviembre de 1936. A partir de
ahora la imagen de la Revolución rusa estuvo menos cargada de significado
político y social en tanto que proceso revolucionario y mucho más de su
componente de solidaridad interestatal. Barcelona también cedió su
protagonismo, en este caso a Madrid y, especialmente, a Valencia. Pese a no
contar con una manifestación multitudinaria como la de Barcelona de
noviembre de 1936, el XX aniversario contó con una serie de festejos que
duraron desde el 1 hasta el 8 de noviembre de 1937. El acto central se llevó a
cabo el 7 de noviembre. Consistió en una celebración pública en la que
participaron todos los miembros de la Comisión de Homenaje a la
Revolución rusa, con discursos, espectáculos deportivos, musicales y
mociones de amistad hacia la URSS que, de hecho, se alargaron hasta la
madrugada del día 8. Pero en este caso ya no hubo participación del POUM.
Los comunistas antiestalinistas habían sido excluidos de los actos debido al
ambiente de persecución antitrotskista posterior a los Sucesos de Mayo de
1937 que había ensombrecido el amplio espectro propositivo y aglutinador de
los actos de un año antes. La Revolución rusa seguía siendo un elemento
transversal en el imaginario republicano. Pero la exteriorización de la misma
había quedado erosionada. Uno de sus activos, el POUM, quedaba fuera del
circuito.
Por todo ello, no resulta viable aceptar que el XX aniversario de la
Revolución rusa marcó el punto culminante de los actos propagandísticos a
favor de la URSS en la España republicana[31]. Cualitativamente no fue así.
Los actos del XIX aniversario marcaron una movilización popular y una
praxis frentepopulista que abrazó a todos los colectivos republicanos, tanto
cuantitativa como cualitativamente, que no se divisó en noviembre de 1937.
Otra cosa es, ciertamente, que la cantidad de actos propagandísticos fuese
mayor en noviembre de 1937 que en noviembre de 1936. El asentamiento de
Valencia como capital de la República lo favoreció. La coincidencia
cronológica de los actos del XIX aniversario con el inicio del asedio a Madrid
y el traslado de la capitalidad republicana a la zona levantina no permitieron
esa dinámica. Ahora, en noviembre de 1937, sí.
El XX aniversario de la Revolución rusa fue el momento a partir del cual el
presentismo marcó con mayor intensidad el imaginario de la Revolución rusa.
Ello fue debido al recrudecimiento de la situación militar para los intereses de
la República, ya que situó la Revolución rusa en su momento de máxima
utilización como referente del pasado para el presente. La coincidencia
cronológica lo favorecía: se trataba de un número redondo, el veinte
aniversario de la Revolución rusa, y el primer aniversario de la resistencia de
Madrid.
El PCE, por boca de su secretario general José Díaz, interpretó el XX
aniversario de la Revolución rusa como un pozo de enseñanzas y
experiencias del pasado útiles para los menesteres del presente español,
vestidas por un eje transversal en forma de solidaridad del pueblo soviético
con el español. Díaz estableció un paralelismo nítido entre la Revolución rusa
y la Guerra Civil Española. Esta última era una guerra de independencia
nacional contra el invasor y el fascismo, que tenía numerosos puntos de
similitud
con
la
lucha
del
pueblo
ruso
contra
los
ejércitos
contrarrevolucionarios e invasores de la patria que, además, tuvieron que
luchar solos contra esta coalición, mientras que en el caso español esta
soledad se había podido ponderar gracias, precisamente, a la ayuda soviética.
Sacrificio, trabajo y lucha eran los valores que Díaz otorgaba al pueblo
soviético en el camino que este inició en noviembre de 1917. Ello le permitía
asimilar la defensa de Petrogrado en 1919 a la defensa de Madrid en 1937,
donde la capacidad de sacrificio, resistencia y fe en la victoria eran los
valores que debían seguirse.
Así, pues, la Revolución rusa era concebida como válvula de agitación y
propaganda para la resistencia republicana. Pero también como instrumento
para reclamar la aplicación de una política para el frente de batalla, basada en
el proyecto del PCE. A saber: la creación de un Ejército Regular sobre la base
del servicio militar obligatorio; la creación de una potente industria de guerra;
la depuración de los mandos militares; la intensificación de la producción
agraria e industrial; la consolidación del poder institucional en la retaguardia;
la necesidad de diluir los proyectos anarquistas y poumistas para el frente, así
como separar a unos y otros, especialmente estos últimos, de los organismos
de gestión en la esfera política y militar republicana. Con esta lógica no
resultaba nada sorprendente que el PCE concibiese el 7 de noviembre de
1917 como una revolución proletaria, como había sucedido un año atrás, pero
ahora resaltando aún más que tenía una clara coincidencia con el 7 de
noviembre de 1937 en España: veinte años de revolución proletaria en Rusia
y un año de resistencia revolucionaria popular madrileña –y por extensión
republicana– frente al asedio de la capital histórica del país por parte del
fascismo. ¿Su nexo? Una y otra luchaban por el progreso de la
Humanidad[32].
Así, pues, apartado el comunismo heterodoxo de la escena, la Revolución
rusa quedó identificada fundamentalmente como una enseñanza que alentaba
a los republicanos a mantener una férrea y monolítica resistencia armada
contra el enemigo en un contexto de guerra civil. La Revolución rusa se
convertía en un instrumento cuyo valor central era la agitación y propaganda
para la resistencia armada contra el enemigo. Ahora bien, es igualmente
cierto que ello no empañaba la categorización política de la Revolución rusa.
No solo para los comunistas ortodoxos, que como hemos visto seguían
reconociéndole su carácter proletario, sino también para los socialistas. Estos
últimos presentaron el 8 de noviembre de 1937 un titular nada
menospreciable en este sentido:
Noviembre 1917 – noviembre 1936. Doble aniversario de dos hechos iguales: doloroso
alumbramiento de un estado social en España y radiante plenitud del Socialismo en la U.R.S.S.
[33].
El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) seguía la línea interpretativa
que había marcado justo un año antes al afrontar la caracterización ideológica
de la Revolución rusa: se trataba de una revolución social. Pero ahora
acentuaba su papel como génesis de un nuevo tipo de Estado surgido al calor
de la revolución. La URSS se había configurado, pues, como un Estado
marxista tras años de resistencia armada contra la agresión extranjera y los
vaivenes políticos y económicos internos. Pero había alcanzado un progreso
inigualable que, precisamente, le había permitido apoyar militar y
diplomáticamente a la República Española.
El anarcosindicalismo tampoco se escondió. La CNT puso en valor el
componente obrerista de la Revolución rusa y, derivado de él, el desarrollo y
éxito económico de la URSS, así como de su política de denuncia del Comité
de No Intervención. No obstante, el peso de los Sucesos de Mayo de 1937
convirtió a la CNT en un factor disgregador de la valoración positiva de la
Revolución rusa dentro del imaginario republicano. Los cenetistas
denunciaron las persecuciones realizadas durante la etapa revolucionaria
posterior a noviembre de 1917, con la voluntad de emparentarlas
implícitamente con la situación en la que se encontraban los comunistas
antiestalinistas y, también, el sector izquierdista anarcosindicalista. Por ello
no dudaron en reconocer el papel que actualmente jugaba Stalin en la URSS.
Pero al mismo tiempo situaban como figuras destacadas de la Revolución
rusa no a este, sino a Lenin y Trotsky[34].
Mientras tanto, el liberalismo republicano seguía manteniendo un
escrupuloso respeto por una Revolución rusa, de la que centraban su imagen
en los éxitos materiales que había generado para el Estado soviético y, con él,
la disponibilidad de generar el apoyo militar que actualmente estaba
recibiendo la República[35].
Llegados a este punto, empezó un descenso vertiginoso de la Revolución
rusa como factor de referencia en el imaginario republicano. No se abandonó.
Pero quedó muy compactado. Su presencia como elemento referencial quedó
limitado a sus más fieles seguidores, mientras que en la esfera estricta de las
formaciones políticas y sindicales su interés prácticamente no fue más allá
del comunismo ortodoxo. 1938 y los primeros meses de 1939 no fueron
precisamente un periodo de euforia en la República. Por un lado, la guerra se
estaba perdiendo por parte de la República y, lo peor de todo, había
conciencia de ello. Y, por otro lado, la llegada de material propagandístico
soviético a la República se había reducido también drásticamente, llegando al
extremo de ser casi inapreciable. Y, por si no fuera suficiente, los AUS
también estaban bajo mínimos y, en algunos casos, incluso habían dejado de
existir[36].
Teniendo presente este trasfondo, no resulta nada sorprendente que el
último aniversario de conmemoración de la Revolución rusa pasase
prácticamente desapercibido. Entre los actos más destacados que se
realizaron en Barcelona, la nueva capital republicana y, por tanto, centro del
poder de la República, se encontró el homenaje realizado en la Universitat
Autònoma de Barcelona. Allí se reunieron algunos docentes y el ministro de
la República José Giral, que identificaron la Revolución rusa con los
progresos materiales de la URSS, así como con su política internacional
antifascista[37]. Por su parte, los AUS en Barcelona publicaron algunos
boletines conmemorativos, aunque los actos que celebraron fueron escasos.
Tres cuartas partes de lo mismo en Madrid, que pasó por la celebración de
una conferencia en el Ateneo[38]. Un bagaje claramente de mínimos.
La situación en la esfera de las formaciones políticas y sindicales no fue
mucho mejor. Al contrario. El comunismo ortodoxo se convirtió en el único
que recordó el aniversario de la Revolución rusa. Pero, incluso en este caso,
sin poderse liberar de las urgencias militares de la República. Así, pues, si en
noviembre de 1937 la equiparación de Petrogrado 1919 con Madrid 1936
había sido ya el motor del imaginario sobre la Revolución rusa, en noviembre
de 1938 se acentuó aún más. Eso sí, se mantuvo la imagen de una Revolución
rusa como sinónimo de progreso material para el Estado que se había gestado
tras ella, especialmente en términos de desarrollo económico. Y, también, su
referente internacional como baluarte de la lucha contra la agresión
internacional.
Así finalizaba, pues, el imaginario de la Revolución rusa en la Guerra Civil
Española. Lo hacía monopolizado por el comunismo ortodoxo. Pero no por
voluntad de este último, sino por el devenir natural de una Guerra Civil que
había ido alejando paulatinamente al resto de fuerzas políticas y sindicales de
la Revolución rusa. La prioridad de la guerra y, más concretamente, de la
conciencia de una guerra que se estaba perdiendo, había focalizado el interés
de socialistas, liberales republicanos e incluso anarcosindicalistas en el factor
bélico. Ciertamente, el referente de la Revolución rusa había sido utilizado
para estos menesteres a partir de noviembre de 1936 y, especialmente, a partir
de noviembre de 1937. No obstante, la gravedad de la situación bélica en
noviembre de 1938 y los meses posteriores había provocado que el carácter
transversal de la Revolución rusa hubiera quedado diluido en la mayor parte
del imaginario republicano. Pero, pese a ello, seguía estando presente en
algún sector y, como mandaban los cánones con los que se había manifestado
desde el primer momento, mantenía un carácter presentista.
El ADN del imaginario de la Revolución rusa en la Guerra Civil Española
no ofrecía ninguna duda. Ni en los momentos más difíciles. Los momentos
del camino irreversible de la derrota de la República. Pero, a pesar del trágico
final de la República, ello no invalidaba la aportación que la Revolución rusa
había realizado tanto a las actividades de agitación y propaganda como a la
contribución a la moral republicana y, también, a los proyectos políticos que
cada fuerza política y sindical defendía, aunque cada uno realizase una
lectura bien particular al respecto.
[1] Este trabajo ha sido posible gracias al proyecto financiado del Ministerio de Ciencia e Innovación
referenciado como HAR2014-53498 «Culturas políticas, movilización y violencia en España, 1930-
1950».
[2] J. L. Martín Ramos, El Frente Popular. Victoria y derrota de la democracia en España,
Barcelona, Pasado & Presente, 2015, pp. 8-10.
[3] Á. Viñas, El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo
de 1937, Barcelona, Crítica, 2007, pp. 487-628.
[4] Á. Viñas, La soledad de la República. El abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión
Soviética, Barcelona, Crítica, 2006, pp. 139-180 y 197-236.
[5] D. Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española, Barcelona, Crítica, 2003, p. 178.
[6] R. Tosstorff, El POUM en la revolució espanyola, Barcelona, Base, 2009, p. 201.
[7] Solidaridad Obrera, Barcelona, núm. 1426, 1936, p. 2.
[8] Mundo Obrero, Madrid, número extraordinario, 1936, p. 2.
[9] El Socialista, Madrid, núm. 8290, 1936, p. 1.
[10] ABC, Madrid, núm. 10437, 1936, p. 13.
[11] L. Harana y J. M. Rúa. «Commemorar una revolució en plena guerra: el PSUC i el XX
aniversari de la Revolució d’Octubre», Barcelona, 2016, p. 12. Comunicación presentada en el II
Congrés d’Història del PSUC, celebrado en Barcelona los días 6, 7 y 8 de octubre de 2016.
[12] R. Donaldson y J. L. Nogee, The Foreign Policy of Russia. Changing systems, enduring
interests, Nueva York/Londres, M. E. Sharp, 2005, pp. 37-74.
[13] M. Garrido, Las relaciones entre España y la Unión Soviética a través de las Asociaciones de
Amistad
en
el
siglo
XX,
Murcia,
Universidad
de
Murcia,
2006,
pp.
161-170
[
http://hdl.handle.net/10201/186].
[14] D. Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española, cit., p. 169.
[15] J. Puigsech, «El triángulo de la propaganda soviética en la Cataluña de la Guerra Civil»,
Alcores. Revista de Historia Contemporánea 14 (2012), pp. 171-172.
[16] Ibid., pp. 173-176.
[17] J. Puigsech, Falsa leyenda del Kremlin. El consulado y la URSS en la Guerra Civil española,
Madrid, Biblioteca Nueva, 2014, pp. 127-128.
[18] Ibid., pp. 128-131.
[19] J. Puigsech, «Una comparativa republicanosoviètica. La premsa governamental davant la imatge
del consolat de l’URSS durant la Guerra Civil», Afers. Fulls de recerca i pensament 71/72 (2012), p.
284.
[20] Diari de Barcelona, Barcelona, núm. 264, 1936, pp. 5-6.
[21] J. Puigsech, Falsa leyenda del Kremlin. El consulado y la URSS en la Guerra Civil española,
cit., pp. 131-135.
[22] La Batalla, Barcelona, núm. 84, 1936, p. 1.
[23] Solidaridad Obrera, Barcelona, núm. 1427, 1936, p. 12.
[24] Pierre Broué, Histoire de l’Internationale communiste 1919-1943, París, Fayard, 1997, pp. 660-
673.
[25] F. Hernández Sánchez, Guerra o revolución. El Partido Comunista de España en la guerra
civil, Barcelona, Crítica, 2010, pp. 110-112.
[26] Mundo Obrero, Madrid, número extraordinario, 1936, pp. 14-15, 21 y 23-26.
[27] El Socialista, Madrid, núm. 8290, 1936, p. 1.
[28] ABC, Madrid, núm. 10437, 1936, p. 13.
[29] La Humanitat, Barcelona, núm. 1468, 1936, p. 3.
[30] D. Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española, cit., p. 168.
[31] Tesis defendida por D. Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española, cit., p. 176.
[32] Mundo Obrero, Madrid, número especial, 1937, p. 2.
[33] El Socialista, Madrid, núm. 8618, 1937, p. 1.
[34] Solidaridad Obrera, Barcelona, núm. 1726, 1937, p. 4.
[35] La Humanitat, Barcelona, núm. 1775, 1937, p. 3.
[36] M. Garrido, Las relaciones entre España y la Unión Soviética a través de las Asociaciones de
Amistad en el siglo XX, cit., p. 261-263.
[37] La Vanguardia, Barcelona, núm. 23290, 1938, p. 5.
[38] D. Kowalsky, La Unión Soviética y la guerra civil española, cit., p. 178.
14. Guerra, reconstrucción y estancamiento. Del
estalinismo maduro al socialismo desarrollado (1939-
1968)
José M. Faraldo
En 1939 el mundo parecía lanzarse de nuevo a un abismo. Las democracias
europeas habían sido sustituidas en muchos países por dictaduras, en Asia el
imperio japonés se alzaba amenazador contra el poderío tanto de la URSS
como de Estados Unidos. Para entonces la Unión Soviética había fracasado
por completo en el terreno internacional. Stalin había intentado formalizar
una alianza con los países occidentales que le permitiera crear un sistema de
seguridad colectivo con respecto a la agresiva Alemania hitleriana, pero no lo
había conseguido. Su apuesta a medias por el régimen republicano en la
Guerra de España había acabado en un desastre militar y diplomático, aunque
le proporcionara pingües beneficios económicos. El conflicto sino-japonés
acercaba poco a poco la guerra a sus fronteras y elevaba el nivel de paranoia
de un régimen que se veía –justificadamente o no– acosado por todos lados.
La URSS se encontraba completamente aislada, el mundo que la rodeaba se
volvía progresivamente más amenazador y la guerra aparecía como algo
inevitable en un futuro cada vez más cercano[1]. El país no contaba con
aliados fiables, pero el momento de crisis le concedió a Stalin la posibilidad
de buscar una solución provisional a ese problema acuciante. No sería, sin
embargo, hasta después de 1945 que la URSS dispondría de un campo
socialista que le protegiera del contacto directo en Europa con la disolvente
presencia de las potencias occidentales.
LA GRAN GUERRA PATRIA
La firma del ignominioso pacto con Hitler en agosto de 1939 fue el primer
paso[2]. El pacto puede leerse en dos sentidos que, en cualquier caso, no son
excluyentes: uno sería contemplarlo como una fórmula para ganar tiempo y
evitar que el previsible estallido de la guerra alcanzara al país sin
preparación; este fue el alcance que le intentó dar la propaganda del
movimiento comunista en su momento. Ello no evitó que el escándalo
impulsara muchas deserciones, en especial en el Partido Comunista de
Estados Unidos.
El otro sentido es el de la firme convicción de Stalin de que podía llegar a
un acuerdo con Hitler para repartirse Europa. Stalin fue mucho más activo y
presto para la colaboración de lo que después le habría gustado recordar. Los
intercambios comerciales y militares entre ambas potencias fueron intensos,
el dictador soviético no tuvo reparo en felicitar a Hitler por la conquista de
Europa occidental. Las fuentes muestran con claridad que Stalin creyó en la
alianza.
El pacto, como se sabe, tenía una parte secreta en la que se desglosaban
esos anhelos colaborativos del dictador soviético –escasamente compartidos
por un Hitler que tenía claro que iba a invadir tarde o temprano la URSS–.
Hoy día parece seguro que Stalin realmente creyó en la palabra del germano.
Probablemente se veía a sí mismo como una parte de un nuevo orden
internacional: el de unos sistemas que habían acabado con las democracias.
La prensa soviética comenzó a evitar los ataques, antes tan habituales, a
Hitler y al nacionalsocialismo. La censura eliminó los abundantes discursos
literarios o periodísticos contra el fascismo[3]. El régimen hitleriano, tan
denigrado hacía solo unas semanas, se había convertido de pronto en otro
socialismo, uno más nacional, pero interpretado de alguna manera como
próximo. Stalin no estaba siendo ingenuo: tanto la preparación para la guerra
como la alianza de los totalitarismos eran acciones posibles e inteligibles en
la época.
Esta alianza se hizo manifiesta en la casi inmediata invasión de Polonia por
parte de ambos países. La parada militar conjunta de ambos ejércitos en la
ciudad de Brest en el acto de entrega de la ciudad –capturada por los
alemanes– a los soviéticos mostró, de forma gráfica, cómo los dos sistemas
podían colaborar. También la cooperación entre las respectivas policías
políticas, la Gestapo nazi y el NKVD soviético, se puso de manifiesto en la
persecución conjunta de resistentes polacos, comunistas alemanes y en el
intercambio de información para la represión de los nacionalistas de diversos
tipos en los territorios recién anexionados por la URSS[4].
La URSS extrajo toda una serie de enseñanzas de la invasión de Polonia y
de las sucesivas anexiones de Estonia, Letonia, Lituania y Moldavia, unas
lecciones que le serían luego muy útiles cuando invadieran Europa central en
1944/1945 y se instauraran los regímenes de «democracia popular»[5]. La
combinación de amenaza, propaganda y quintacolumnismo, sellada con
referendos trucados, dio sus frutos para la primera anexión de estos territorios
y sería luego reutilizada –en forma diferente– para la construcción del
sistema de Estados socialistas de posguerra[6].
Todo esto no impidió que el designio hitleriano de invasión del «espacio
vital» eslavo se cumpliera. El 22 de junio de 1941 las tropas alemanas, junto
con sus aliados, cruzaron la frontera e invadieron la URSS[7]. Por un
momento, la guerra estuvo a punto de destruir el sistema. La famosa imagen
de Stalin, casi escondido en su dacha el primer día del ataque alemán, lleno
de estupor e incapaz de reaccionar, tan solo muestra el convencimiento de la
cúpula bolchevique de que sus días estaban contados. Stalin buscó una
justificación a la traición en la creencia de que se trataba de una conspiración
de los generales de la Wehrmacht y que Hitler no sabía nada. Stalin leía la
realidad nazi en una forma muy similar a la suya propia, encerrado en su
obsesión con la existencia de conspiraciones y quintas columnas por
doquier[8]. Por suerte, pese a lo demoledor del ataque, el ejército soviético
supo ganar tiempo y, a costa de enormes pérdidas, consiguió detener lo
suficiente al enemigo como para poder reaccionar. Luego vinieron cuatro
años de una guerra feroz e inhumana que llevó consigo estrategias de
brutalización por los dos bandos. Los alemanes realizaron una guerra racial,
sin cuartel ni para los eslavos, considerados subhumanos, ni mucho menos
para los judíos, destinados a ser destruidos sin más.
Por su parte, los jerarcas soviéticos utilizaron a sus soldados como mera
carne de cañón e impusieron sobre sus ciudadanos obligaciones colosales y a
veces imposibles. Durante la guerra el régimen deportó masivamente a los
alemanes étnicos, a los finlandeses, polacos, italianos, griegos, rumanos,
chechenos, ingusetios, kalmukos, balkarios, kurdos, azeríes, tártaros de
Crimea, entre otros. En total, más de dos millones y medio de personas.
Muchos murieron por el camino, otros no volvieron jamás a sus territorios.
Como las provincias occidentales de la URSS eran las más pobladas, hasta un
40 por 100 de la población soviética quedó bajo la bota alemana en algún
momento[9]. La «colaboración» fue inexcusable y muchos ciudadanos lo
pagarían caro tras la liberación.
Pero, pese a todo, Stalin ganó la guerra. La URSS, el paria de entreguerras,
se había convertido en una de las dos únicas superpotencias que surgían del
conflicto.
LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA
La percepción que de la guerra tuvieron los ciudadanos soviéticos fue muy
diversa:
Algunos vieron la guerra como un Armagedón bolchevique, una purificación final de los
elementos que se habían entrometido en la deseada armonía socialista, marcando el comienzo de la
era del comunismo. Otros consideraron que era un sacrificio de sangre necesario para redimir los
males anteriores del régimen. Todavía otros vieron la guerra como el anhelado golpe mortal a una
empresa maligna. Pero para todos, la guerra marcó el punto culminante en la revolución socialista,
sancionando los siempre cambiantes métodos empleados para alcanzar el objetivo final de una
sociedad homogénea y armónica[10].
La revolución bolchevique, se puede decir, terminó el día en que se acabó
la guerra. Lo que le siguió fue ya la reconstrucción de un Estado-nación.
Las pérdidas humanas de la URSS se estiman, para el periodo de 1941 a
1945, en 27 millones de muertes directas, entre militares y civiles. Las
estimaciones acerca de la población perdida (por no nacidos por causa de la
Guerra) llegan hasta los 48 millones[11]. Tras la guerra, errores del liderazgo
y los propios efectos del sistema incrementaron los efectos de la hambruna de
1946 a 1947, que afectó en buena medida a los territorios recientemente re-
anexionados, como Moldavia[12]. Resulta sin embargo sorprendente el
comprobar que, pese a la intensa mortandad y a las destrucciones, el giro
dado hacia la urbanización y la militarización, provocaron un incesante y
rápido crecimiento demográfico en el periodo 1946-1962 que cubrió y superó
las pérdidas de la guerra en pocos años[13].
A principios del conflicto los campos de trabajo del sistema del Gulag
contenían a más de tres millones de internos, pero este número se rebajó
ligeramente durante esos años. En julio de 1945 Stalin concedió una amnistía
que liberó casi a medio millón de presos comunes o redujo significativamente
las condenas de otro medio millón, aunque los convictos por delitos
«políticos» no se vieron afectados por ella. Sin embargo, el número de
detenidos siguió creciendo con los prisioneros del Eje, con las decenas de
miles de soldados soviéticos que volvían de los campos alemanes –
considerados desertores– y con nuevas olas de depuración, sobre todo de
minorías, deportadas de los nuevos terrenos conquistados. En 1953, el año de
la muerte de Stalin, en los campos había cinco millones y medio de
prisioneros, el mayor número de su historia.
Las destrucciones en el terreno económico habían sido devastadoras. Las
regiones ocupadas eran las más industrializadas y desarrolladas del país. Un
tercio de la riqueza nacional había sido destruido, más de un cuarto de los
bienes de equipo habían sido destruidos –o desmontados y llevados a otras
regiones–, la producción industrial y agrícola estaba por los suelos. Sin
embargo, y si comparamos con otros países europeos, la economía soviética
de 1945 no estaba especialmente deprimida: según Harrison, había
retrocedido diez años, mientras que países como Austria, Francia o los Países
Bajos habían perdido medio siglo o más. La recuperación soviética fue rápida
(un 8 por 100 de crecimiento anual), pero algunos otros países fueron más
rápidos: los mencionados países occidentales experimentaron un crecimiento
de dos dígitos durante su periodo de reconstrucción[14].
Para 1948, sorprendentemente, ya se había recuperado el nivel de
producción de acero de preguerra, aunque los bienes de consumo no
volverían a alcanzar ese nivel hasta casi veinte años después de terminado el
conflicto. Esto se debía a los propios objetivos económicos del estalinismo,
que priorizaban la industria pesada en detrimento del consumo individual, del
mismo modo que la industrialización forzada de los años treinta se había
centrado en los bienes de equipo y el acero[15]. En cualquier caso, la
recuperación de la economía soviética se hizo con unos pocos créditos
británicos, sin ayuda del plan Marshall –que los soviéticos rechazaron–. La
base de la recuperación fue la consolidación del liderazgo estalinista: los
instrumentos de control y represión se habían «normalizado» después de
1937 y la guerra los había optimizado. Stalin podía ahora manejar la
economía con mano de hierro[16].
LA CONSTRUCCIÓN DEL IMPERIO SOVIÉTICO
El Ejército Rojo había avanzado como una horda a través de Europa
oriental. A la resistencia encarnizada del invasor alemán, los soldados del
ejército estalinista habían respondido con un arrojo que rozaba el desprecio a
la vida[17]. En buena medida la presión de una disciplina atroz les impulsaba
hacia delante, espoleados también por una propaganda que –reflejo de la
nacionalsocialista o de la norteamericana– deshumanizaba al enemigo y lo
convertía en objeto al que destruir.
La liberación de Polonia, Eslovaquia y Chequia y la conquista de los
antiguos aliados del Reich como Hungría, Rumanía y Bulgaria, la ocupación
y derrota final de Alemania y Austria, trajeron consigo la presencia inmediata
de millones de soldados del Ejército Rojo en Europa central. El
comportamiento de los soldados soviéticos en los territorios ocupados distó
mucho de ser el de unos liberadores y solo en los primeros momentos, si
acaso, fueron percibidos por los habitantes locales como tales. A su paso, los
soldados iban arrancándoles a los territorios liberados todo lo que podían: la
sed de objetos de consumo, imposibles de encontrar en la URSS, así como la
posibilidad de un enriquecimiento rápido, convertía a los soldados en
verdaderas aves de rapiña. Independientemente de la violencia ejercida con
motivos políticos por órdenes y estrategias provenientes del poder central, el
pillaje, las violaciones, el asesinato y la violencia indiscriminada se
extendieron por toda Europa central[18]. Se calcula en más de dos millones
las mujeres violadas en Alemania, mientras que miles de mujeres entre diez y
setenta años fueron forzadas en Hungría[19]. Los abusos se extendieron
también a las mujeres de pueblos supuestamente «amigos», como las polacas
o las checas, así como a las presas liberadas de campos de concentración. Los
soldados borrachos se entretenían bombardeando con sus tanques o cañones
aldeas enteras o edificios singulares: en Prusia Oriental y en Pomerania, una
parte importante de las destrucciones de cascos urbanos tuvo lugar después
del fin de las hostilidades. Luego llegaron las detenciones de nazis y
colaboracionistas, pero también de antifascistas opuestos a los soviets,
partisanos socialistas, anarquistas, nacionalistas, cristianos. Y simples
ciudadanos con mala suerte. A veces, los soviéticos producían aún más terror
que la ocupación alemana porque se llevaban a la gente «no se sabe por qué,
no se sabe cuándo y no se sabe a dónde»[20].
El ejército soviético fue expulsando a los alemanes y ocupaba los territorios
por los que iba pasando. Al mismo tiempo, emprendía la destrucción
sistemática de los partisanos antifascistas como acción necesaria para asentar
la influencia soviética sobre media Europa. Si nos atenemos a las fuentes, no
parece que las intenciones fueran las de ocupar territorios en forma
clásicamente imperialista, aunque sí se llevaron a cabo ciertas correcciones
de fronteras, entre ellas la reocupación del Báltico, las regiones orientales
polacas –Bielorrusia y Ucrania Occidentales– y buena parte de la Prusia
Oriental. El objetivo estratégico real era el de imponer una serie de gobiernos
aliados que impidieran un nuevo ataque directo al territorio soviético. El
origen de esta política estaba en una convicción muy antigua, que veía a
Rusia rodeada de enemigos, y que la invasión hitleriana de la Unión Soviética
parecía haber verificado. La paranoia estalinista previa a 1939 daba la
sensación de haberse convertido en hechos. Además, las razones para
imponer un glacis de Estados-satélite no eran meramente estratégicas, sino
que había un componente ideológico en ellas[21]. El fervor expansivo de los
comunistas y la idea de una revolución mundial no se habían apagado del
todo. La violencia del ejército soviético fue dando paso al control progresivo
de los ejércitos y policías secretas –de nueva fundación– de cada país, lo que
no frenó hasta la completa consolidación de los gobiernos de las nuevas
democracias populares.
Uno de los rasgos más duraderos de la construcción del sistema imperial
fue la presencia militar del ejército soviético. Bien como ocupante en los
antiguos países del Eje, bien como supuesta fuerza amiga en Polonia y
Checoslovaquia, los soviéticos impusieron su control directo en la mitad de
Europa. La reconstrucción que habría de venir se vería por tanto delimitada
en sus formas y alcances por la fuerza disciplinaria del poder militar
soviético. El sistema que se perseguía era por fuerza deudor del ocupante-
liberador. Lo había dejado muy claro Stalin en una conversación con Milovan
Djilas en abril de 1944, el resultado de la guerra iba a ser muy diferente del
de las guerras anteriores: quien ocupara un territorio también impondría su
propio sistema social. «Todo el mundo impone su sistema social mientras su
ejército tenga poder para hacerlo»[22]. O, como les hizo ver el mismo
dictador soviético a los miembros del Comité Central del Partido Comunista
Polaco (PPR) unos meses después, en octubre de 1944, que la presencia del
ejército soviético en su país les daría tal poder «que incluso si tú dices que
dos por dos son dieciséis, tus enemigos tendrán que asumirlo»[23].
El otro rasgo importante es el de la construcción de una serie de redes
internacionales (interestatales o transestatales), que aseguraban la ligazón
entre los países componentes del campo socialista y su incardinación en el
proyecto imperial soviético[24]. Así, a toda una serie de tratados bilaterales
de tipos muy diversos y de acuerdos comerciales –a veces rayanos en la
explotación económica de los países centroeuropeos– se unieron en 1949 el
Consejo de Ayuda Mutua Económica (conocido como el COMECON, una
organización de índole comercial) y en 1955 el Tratado de Amistad,
Colaboración y Asistencia Mutua (conocido como el Pacto de Varsovia, una
alianza militar)[25]. Esta tupida red de organizaciones y alianzas, que
establecían y conservaban la primacía soviética, se reforzaban con una
actuación simbólica cuasicolonial de muy amplio espectro: el progresivo
establecimiento del idioma ruso como lengua común y asignatura obligatoria
en los estudios; la costumbre de poner en todo lugar la bandera soviética por
encima de la del propio país; la instalación general de monumentos y lugares
de memoria relacionados, no solo con la liberación después de la guerra
mundial, sino con las a veces débiles conexiones históricas entre Rusia y los
otros Estados socialistas; el reconocimiento servil en todo discurso
ideológico, empezando por la escuela, de los lazos y la supremacía de la
URSS en todos los aspectos, lo que, encarnado en «Rusia», se proyectaba
también al pasado; en fin, la tendencia que finalizaría en los años setenta con
la introducción en las constituciones de varios países de la expresión acerca
de la «inquebrantable amistad con la URSS».
De este modo, a la altura de 1953, buena parte de Europa había sido
convertida en un temeroso apéndice del gigantesco Estado soviético[26].
EL APOGEO DE LA DICTADURA
El nuevo proceso iniciado por la guerra mundial con sus numerosas
transformaciones (fin de gran número de políticas «izquierdistas»,
afianzamiento de la relación con el pasado prerrevolucionario, consecución y
expresión de un nacionalismo estatalista férreo, incremento de la inseguridad
y del sentimiento de amenaza, lo que produjo en la cúpula el nuevo recurso a
la presión violenta sobre la sociedad) constituyó, quizá, el preludio a la fase
más verdaderamente totalitaria del sistema: el estalinismo de posguerra[27].
Esto, que se produjo en los ámbitos sociales, culturales y políticos, se nos
muestra como un proceso en realidad distinto al ocurrido en los años treinta.
Tras la guerra se llevó a cabo una estabilización del sistema en sus bases
económicas y sus presupuestos políticos, y la acción policial violenta sobre la
sociedad poseyó un sentido conservador, antes que constituirse en nuevo
producto de transformaciones sociales[28]. Tras la violenta hecatombe del
proceso industrializador y de la ingeniería social de los años treinta, el
estallido de la guerra impidió que el sistema alcanzara una cierta seguridad.
El periodo de reconstrucción lo permitió: una estabilidad basada en el
monopolio estatal de la economía y de la toma de decisiones políticas. Una
estabilización que se produjo en los aspectos mecánicos del sistema, pero no
en sus elites, que habían sido descabezadas en el proceso de las diversas
purgas por razones y motivos muy variados, y que sintieron siempre –
mientras vivió Stalin– el aliento de la represión en sus nucas[29].
Tanto la reorganización de la economía en un sentido socialista como la
propia reconstrucción material enlazaban con la necesidad de producir una
nueva disposición de los materiales discursivos de la nación, con la creación
concreta de una nueva visión del futuro nacional y social, así como de la
necesaria reescritura de su historia. Llegó así a su apogeo la centralización de
la economía y la sociedad en manos de un partido que, si bien era
formalmente revolucionario, había asumido sobre sus hombros la obligación
ya antigua de modernizar la sociedad y la economía en un Estado que se
había sentido atrasado en su desarrollo con respecto a «Europa»[30].
Aunque el socialismo de Estado tuvo mucho que ofrecer a una sociedad
cansada por la guerra y que recordaba las turbulencias de los años treinta, no
fueron sus aspectos positivos –su capacidad de organizar la miseria–, sino la
memoria omnipresente de la violencia continuada –las «purgas»,
deportaciones,
encarcelamientos
de
opositores,
ejecuciones
de
colaboracionistas, reales o imaginarios– lo que permitió el afianzamiento del
estalinismo tras la guerra[31]. Para el ciudadano medio de la URSS, el
comunismo iba unido a una violencia extrema, reforzada por la experiencia
de la guerra y la ocupación. La modernización, industrialización y las
oportunidades de ascenso social que el periodo de reconstrucción permitía
fueron claves a la hora de lograr legitimación y asegurar continuidad al
sistema. Pero los socialismos fueron sistemas inestables por naturaleza y sus
habitantes, conscientes de ello, se mantenían en la expectativa constante de
que, tarde o temprano, algún nuevo cataclismo afectara sus vidas[32].
La muerte de Stalin permitió el final de su política de conservación del
liderazgo –las purgas y ejecuciones extrajudiciales– y dio lugar a una
inmovilización de los elementos característicos del sistema: el partido único,
la economía estatalizada, el discurso ideológico, el impulso hacia un Estado-
nación (si bien compleja y desigualmente desarrollado y con rasgos
federales). A partir de ahí se sucederían diversas políticas de gestión del
sistema que intentarían transformar determinados aspectos (liberalizaciones
de hecho, vaivenes económicos, políticos o culturales…) para mantener sin
embargo las ya mencionadas características. Como principal «vaca sagrada»
se mantuvo siempre el papel rector del partido, en evidente autoconciencia de
una elite que ya no veía amenazada su cabeza por una purga sangrienta. Por
esta razón se pudieron ir desarrollando en el interior del aparato rector
alternativas que contemplaban la transformación, e incluso eventual
desaparición, de algunas características hasta entonces consideradas
fundamentales, pero jamás la del propio partido[33]. De este modo se pueden
entender los sucesivos intentos de reformas (como las de Alekséi Kosygin en
1965, tras la derrota de Jrushchov) como transformaciones parciales en lo
económico, pero nunca en lo político[34].
El discurso ideológico fue la primera víctima, lo que trajo consigo la
necesidad de una pluralidad o apertura en la libertad de expresión. El
marxismo –que ya era un discurso vacío– se convirtió en una simple cáscara
retórica. Otros aspectos vinieron a ocupar su lugar, las posibilidades de
expresarse aumentaron –con toda una serie de tabúes y limitaciones– y los
medios de comunicación llegaron a una «normalización» discursiva que
acercó la vida pública soviética a las experiencias de sociedades de masa
occidentales. Esto, con vaivenes, se produjo a partir de Jrushchov y, con
excepciones, se mantuvo en la etapa brezhnevita (a la que se podría
denominar, algo jocosamente, como un «Estado del bienestar», llevado al
extremo y con una policía muy activa). Evidentemente esta ampliación de la
libertad de expresión no debe ser confundida con nada al estilo de las
democracias occidentales, habida cuenta de que la propiedad material de los
medios de expresión era del Estado y su usufructo efectivo fue mantenido por
la intelligentsia soviética que, en gran medida, era la beneficiaria del
sistema[35]. Lo cual implicaba unos límites bastante estrechos, pero cada vez
más ampliables, especialmente en aspectos que cuadraban con tendencias
más o menos ocultas del sistema: el ejemplo más claro es el del
nacionalismo, tanto del ruso como de otros –bálticos, ucranianos– que fueron
cobrando importancia con el tiempo[36].
Paradójicamente, la muerte de Stalin y el proceso desestalinizador –
entendido como de largo plazo y que abarca incluso los años de la
estagnación brezhnevita– produjeron una estabilidad relativa de la sociedad.
La estabilidad era engañosa, como demostraron tanto los acontecimientos
posteriores como muchos conflictos, sobre todo en el nivel internacional, que
estaban sucediendo por entonces. Pero, en lo referente a la sociedad, en la
URSS –como en otros países socialistas– los años sesenta y setenta
constituyeron una cierta Edad de Oro.
EL DESHIELO Y SUS CONSECUENCIAS
Los hielos habían empezado a derretirse con la muerte del dictador[37]. Iliá
Ehrenburg, escritor soviético cercano a Stalin, había publicado en 1954 la
primera parte de una novela corta con el título El deshielo. Reproducida de
inmediato en toda la Europa del Este y más allá, la historia de Ivan
Yuravliov, un ingeniero estalinista que, ciego por los objetivos del plan, no
atiende a las necesidades de sus obreros, mostraba a todas luces las grietas
abiertas en la represión cultural del sistema. La historia terminaba de modo
esperanzador, con el ingeniero castigado por su hybris y la posibilidad de un
nuevo comienzo. La esperanza del cambio existía, pero faltaba un impulso
desde arriba.
Al mismo tiempo que miles de presos de los campos de trabajo comenzaban
a regresar a casa y se iniciaba la rehabilitación jurídica de muchos de ellos,
Nikita Jrushchov, que había conseguido librarse de sus enemigos políticos
más acérrimos, daba un golpe de mano utilizando los argumentos de la
memoria histórica y la justicia transicional. En la medianoche del 25 de
febrero de 1956, utilizando un informe elaborado por una comisión que había
tenido acceso a los archivos de la policía secreta, Jrushchov describía de
forma detallada y concienzuda los crímenes de Stalin en un discurso famoso,
que se suponía secreto, pero que estaba pensado para lanzar al mundo la
verdad acerca de lo que había sucedido en el país en los años 1937-1938.
Jrushchov solo se refirió a las represiones que habían afectado a miembros
del partido, no se atrevió a ir más allá, pero ya fue un paso de gigante. Su
decisión estaría en la raíz del cisma ideológico con el comunismo chino e
implicaría un definitivo desprestigio de la imagen de Stalin fuera del país.
El discurso de Jrushchov cruzó el telón e hizo desmoronarse muchas
voluntades de comunistas occidentales, aunque no sería hasta final de año
que estas sufrirían el golpe más duro con la explosión de Budapest. El
discurso también ofreció una esperanza a las poblaciones del Este, algo que
ni siquiera les había suscitado la propia muerte de Stalin. Apenas fallecido el
dictador, toda una serie de «revueltas de masas» [massoviie bespariadki] se
extendieron por toda la URSS, en especial en los campos de
concentración[38]. La amnistía de 1953 arrojó a la calle a miles de presos
comunes y contribuyó a la llamada «hooliganización» del país, con un
crecimiento de la inseguridad ciudadana y una lumpenización de
determinados sectores sociales[39]. El desempleo encubierto se hizo notar y
la criminalidad creció[40].
En 1953, las presiones sobre la sociedad en la RDA estallaron en un
conflicto abierto cuyo origen último estuvo en un amplio movimiento
huelguístico y un levantamiento obrero[41]. Las huelgas en el ramo de la
construcción en Berlín del 16 de junio se convirtieron al día siguiente en un
verdadero alzamiento, con asalto de cárceles y liberación de presos, quema de
objetivos estatales y enfrentamientos con las fuerzas represoras. En toda la
RDA hubo entre medio millón y millón y medio (las cifras son muy
variables) de huelguistas. Hubo incluso alguna región fronteriza (la zona de
Görlitz, en el Bajo Lausitz), en el que los gobernantes del dirigente Partido
Socialista Unificado de Alemania (SED) fueron expulsados y los alzados
ocuparon los resortes del poder local. El levantamiento fue de inmediato
aplastado por las fuerzas de ocupación soviética, con ayuda de la declaración
de la ley marcial[42]. Al menos 34 manifestantes murieron durante los
hechos, aunque hay otras veinte muertes no confirmadas. Cinco personas
fueron juzgadas por los órganos de seguridad del ocupante soviético, dos por
los tribunales de la RDA, ocho murieron en las cárceles por malos tratos o
suicidio y cinco miembros de las fuerzas de seguridad fueron asesinados,
incluyendo al menos un miembro de la Stasi[43]. Hubo cientos de deportados
a campos de trabajo soviéticos, más de mil personas condenadas a diversas
penas en cárceles de la RDA, y una ola continuada de despidos, expulsiones
del partido y diversas medidas represivas. El hecho innegable de que se había
tratado de un levantamiento obrero fue cubierto por el partido comunista con
la acusación de haber sido un alzamiento «fascista», promovido desde fuera.
No hay documentos de ningún tipo que avalen tal hipótesis y esta ha de ser
considerada una leyenda propagandística.
La siguiente rebelión de importancia fue la de Poznań en junio de 1956[44].
En la revuelta de una multitud de obreros que pedían mejoras salariales,
murieron al menos 57 personas, de los que unos nueve eran soldados y
«ubekos», miembros de la policía secreta (alguno de estos había sido
linchado). Hubo también casi 600 heridos de ambos bandos. La rebelión fue
un duro golpe para los comunistas polacos. Quienes habían luchado contra
ellos eran obreros, precisamente la clase social que legitimaba su dominio. Si
los obreros, presuntamente los mayores beneficiarios del sistema, se alzaban
contra ellos, ¿qué les quedaba entonces? Aunque se intentó utilizar la vieja
fórmula estalinista de motejarlos de espías extranjeros y agentes de la CIA –
como en la RDA–, lo cierto es que el propio poder comunista no tuvo más
remedio que reconocer que sus reivindicaciones básicas eran justas. Esto se
reflejó en la forma en que se trató a los rebeldes: solo veinte personas fueron
enjuiciadas y de ellas solo diez condenadas a penas relativamente leves.
Sorprendió también cómo los abogados defensores se atrevieron a darle la
vuelta a las acusaciones y a mostrar que los gerifaltes comunistas eran los
verdaderos culpables. El miedo, quebrado por los cambios en Moscú, había
comenzado a desaparecer.
Apenas unos meses después, en Budapest, en noviembre del 1956, una
manifestación pacífica de apoyo a las reformas en Polonia se transformó en
otro alzamiento armado[45]. Los obreros de los suburbios de Budapest se
acercaron al centro de la ciudad, se hicieron con armas –incautadas o cedidas
por policías y soldados afines–, y enseguida se les unieron numerosos
estudiantes. Por toda la ciudad se sucedieron los enfrentamientos armados.
Intervinieron los primeros tanques soviéticos. Ese fue el comienzo de una
batalla que, en Budapest, duró cinco largos días y en los que un número
indeterminado de insurrectos se enfrentó al Ejército Rojo, las fuerzas armadas
de la policía política y a algunas milicias del partido. Un reformista
comunista, Imre Nagy, que había sido retenido durante los primeros días,
formó un gobierno que pareció tener la aprobación pública. Los combates
cesaron entre el 28 de octubre y el 4 de noviembre. Nagy declaró la salida de
Hungría del Pacto de Varsovia –que había sido firmado apenas un año atrás–
y su intención de crear un sistema socialista, pero multipartidista. Asumía
también buena parte de las peticiones populares: disolución de la policía
secreta, amnistía para los insurgentes, petición de salida del país de las tropas
soviéticas… en las provincias y en las fábricas había comenzado la
implantación de consejos obreros y revolucionarios para sustituir a las
instituciones comunistas.
Aunque en un principio el gobierno soviético pareció aceptar la situación y
hasta estuvo dispuesto a llevarse las tropas, nuevos estallidos de violencia
contra la policía secreta, y el linchamiento de comunistas, les sirvieron de
excusa para repensar la decisión. Jrushchov, que con sus medidas de
desestalinización había perdido muchos apoyos en el partido, no se podía
permitir el derrochar una ocasión de mostrar su liderazgo. Se ordenó la vuelta
de las tropas y la operación, esta vez, tuvo todas las características de una
invasión militar. Diecisiete divisiones se lanzaron a reprimir la revolución. El
ataque indiscriminado contra objetivos militares y civiles dejó más de 2.500
muertos (por unos setecientos caídos soviéticos).
El Deshielo había liberado fuerzas en las sociedades europeas que –incluso
aplastadas por la violencia– dejarían su huella sobre un sistema que se
pretendía humanizar.
1968 COMO RESULTADO DE 1945
El desastre económico y político de Jrushchov condujo a su destitución en
un golpe palaciego incruento que llevó a un gobierno más conservador en lo
político, aunque con algunas intenciones reformistas en lo económico[46].
Esto supuso el agotamiento del impulso desestalinizador, algo que se
manifestó claramente en la tragedia de la invasión de Praga en 1968 por los
ejércitos del Pacto de Varsovia.
Para el bloque del Oeste, la búsqueda de la ampliación de márgenes de
libertad que supuso 1968 se había entendido como la lucha contra unas
estructuras sociales y culturales que se presentaban caducas, con el objetivo
de conseguir un cambio, en definitiva, comprendido en el sentido milenarista
clásico. De ahí el apoyo en unos marxismos más o menos renovados, el
nuevo auge del anarquismo, el vocabulario revolucionario y hasta los rituales
y métodos de lucha callejera[47].
Al otro lado del río Elba, sin embargo, esa misma superestructura cultural
de lenguaje y ritualidad marxistas formaba parte sustancial del discurso de
constitución del propio sistema político y de la propia estructura social. El
sistema se había ido alejando cada vez más, incluso discursivamente, del
milenarismo revolucionario que aún impregnara los años anteriores a 1953.
Poco a poco, los socialismos de Estado se habían ido sumergiendo en el
lenguaje del conservadurismo ideológico de quienes ya han padecido
excesivos cataclismos sociales en demasiado poco tiempo, desplazando los
discursos de movilización y de cambio hacia el terreno de la construcción
nacional y el etnocentrismo[48].
A lo largo de los años sesenta, las dictaduras de modernización que son, en
el fondo, los comunismos fueron dejando a un lado la discursividad
emancipatoria y social y se desplegaron como mecanismos de
nacionalización[49]. La reconstrucción social y socializante de naciones
destruidas por la guerra había exigido también del uso del cemento
nacionalista; los intentos de reformas sistémicas de los cincuenta se habían
hecho muchas veces en nombre de la nación. Sin embargo, pese a sus
reiterados llamamientos a la unidad nacional, los estalinismos de posguerra
habían ejercido a partir de 1948 una acción abiertamente abrasiva sobre la
tradición nacional-liberal que había conformado los estándares de cultura
nacional en Europa central y oriental desde el siglo XIX, desterrando autores
«ideológicamente dudosos» o intentando fomentar una «tradición socialista y
patriótica» propia. La centralización extremada e insoportable del estalinismo
contribuyó, qué duda cabe, a estabilizar la situación de unos países cuyas
estructuras sociales habían sido devastadas hasta puntos a veces difíciles de
comprender.
Sin embargo, la imposibilidad de mantener la épica económica y social del
periodo de reconstrucción posbélico era tan evidente, que la muerte de Stalin
liberó una serie de fuerzas que habría sido imposible contener. Comenzó así
un proceso de reformas, denominado al principio desestalinización, pero que
llegó mucho más lejos. De este modo, 1968 estalló en la República
Checoslovaca como una necesidad imperativa de una sociedad que había
superado el trauma de la ocupación y de la guerra, pero cuya
desestalinización se había retrasado demasiado[50].
DEL REFORMISMO AL POPULISMO COMUNISTA
Los movimientos del 1968 en el centro y el este de Europa se encontraban
encuadrados en el marco de un proceso de reforma del socialismo iniciado
tras la muerte de Stalin, acelerado en 1956, ralentizado e incluso con
retrocesos después, pero que en torno a 1965 acabó por cuajar en un modelo
de socialismo de Estado que podemos llamar maduro. Era un modelo que –
pese a sus problemas– se constituía en posibilidad de proyección de futuro.
En alguna medida, y a diferencia del estalinismo tardío, los sistemas surgidos
a partir de los años sesenta no fueron sistemas estancados sino abiertos[51].
Los gobiernos de Władysław Gomułka en Polonia y de János Kádár en
Hungría, nacidos de movimientos de quiebra con el estalinismo de signo muy
distinto, comenzaron con reformas muy pronto[52]. Gomułka fue incapaz de
llevarlas adelante; Kádár, impulsado por su pecado original de haber llegado
al poder como vencedor en la contienda contra sus propios compatriotas,
convirtió las reformas en una especie de plebiscito cotidiano para legitimar su
gobierno[53]. Walter Ulbricht en la República Democrática Alemana, quien
tras la quiebra del estalinismo había hecho amagos reformistas, se vio incapaz
de mantenerse en el poder y hubo de cederlo a Erich Honecker que, a primera
vista, parecía prometer una mejora del sistema. En Rumanía, Gheorghe
Gheorghiu-Dej, quien había probado alguna reforma, fue sucedido a su
muerte en 1965 por Ceauşescu, a quien se veía a la vez como reformador y
defensor de la soberanía nacional. 1968 le sirvió al nuevo caudillo para
lanzarse de pleno a un nacional-comunismo que, en 1971, con las llamadas
Tesis de Julio se transformó en dictadura personal, continuando al mismo
tiempo la construcción de un socialismo de Estado clásico. En
Checoslovaquia, la dominancia social y el arraigo del partido comunista
habían llevado a retrasar la desestalinización[54]. La crisis económica
evidente en un país de por sí industrializado llevó a una reforma de la
economía que a su vez trajo reformismos políticos.
Todo este proceso reformador produjo sin embargo contradicciones. En
unos casos, como en Polonia, que empezó como primer país con las reformas,
la esclerotización fue muy temprana, de ahí las dos sucesivas explosiones –
estudiantes en 1968 y obreros en 1970– que terminaron con Gomułka[55]. En
la República Checoslovaca la explosión fue de otro tipo: liberalización
política aplastada por un sector antirreformista del partido en connivencia con
la intervención militar. La RDA transformó sus escasas reformas en un
proyecto de nation-building que, a primera vista, resultaba en buena medida
satisfactorio. De la misma forma Rumanía optó por sumergir las reformas en
una afirmación soberanista que privaba de sentido a la liberalización[56].
Solo Hungría parecía mantener el mismo camino y avanzar de hecho hacia un
modelo propio, escaldadas sus elites como estaban por la experiencia de
1956[57].
En toda la Europa comunista, la debacle de la intervención del Pacto de
Varsovia en Checoslovaquia significó el nacimiento de un nuevo pacto social
que –en opinión de los jerarcas– debía mantener el orden social a cambio de
concesiones nacionalistas y de mayores posibilidades de consumo.
EL HORIZONTE MENTAL DEL CAPITALISMO
A lo largo de la década de 1960 y, sobre todo, de los años setenta, la
jerarquía soviética llegó a un pacto con la sociedad que, al cabo, se
mantendría hasta los años ochenta. Una mayor inversión en bienes de
consumo y una relativa libertad individual hicieron que la población se
retirara a la vida privada, permitiendo a cambio gobernar al partido sin
grandes recusaciones[58]. Durante el Deshielo Jrushchov había intentado
toda una serie de reformas económicas y, en algún caso, de índole política,
que habían fracasado por completo[59]. La mera disminución de la presión
represiva sobre la sociedad, sin embargo, había conseguido que se ampliaran
los espacios autónomos en la esfera pública y que, al cabo, esto repercutiera
en una ampliación de libertades económicas. Sometida a los vaivenes
represivos del poder, que a veces recuperaba la ideología de la austeridad
para aplicarla a su albur, todo un sector de economía clandestina se afanaba
por cubrir las necesidades de consumo que el sistema no era capaz de
satisfacer. Al mismo tiempo, la posibilidad de pleno empleo y la cada vez
mayor libertad a la hora de elegir un trabajo o de cambiarlo –no olvidemos
que el absentismo laboral incluso de un solo día estaba penado con tres años
de cárcel durante los años treinta– ejercían un efecto liberador muy peculiar:
si las presiones eran excesivas, lo que se hacía era cambiar de trabajo o
incluso de ciudad[60].
Desde los años veinte, el sistema soviético había tenido mucho éxito a la
hora de construir imágenes de prosperidad y progreso en los medios de
comunicación, pero la realidad de la miseria económica era patente. Aunque
a partir de los años cincuenta las hambrunas desaparecieron y el país pudo
alimentar a su población con regularidad, lo cierto es que el sistema de
economía centralizada se había mostrado incapaz de distribuir eficaz y
racionalmente los bienes y servicios. El cambio de objetivos hacia un mayor
desarrollo de las industrias relacionadas con el consumo individual, patente
desde Jrushchov, pero desarrollado sobre todo por Brézhnev, permitió un
respiro a la población, dulcificando sus vidas. La posibilidad de viajar
libremente dentro de la URSS y, a veces, salir a los países socialistas,
contribuyó a crear una sensación de globalización y cosmopolitismo en un
país que se había sentido encerrado –tanto física como mentalmente– desde
los años veinte.
La economía de ordeno y mando estaba llena de cuellos de botella por
doquier que le impedían mantener la pauta del consumo masivo propio de
una sociedad moderna. La sociedad soviética se había ido urbanizando cada
vez más a lo largo de estos años, hasta el punto que ya a mitad de los años
cincuenta había cruzado el umbral y, para entonces, más del 50 por 100 de la
población vivía en las ciudades. La porosidad del Telón de Acero –a través
de la radio, la prensa, el cine y la televisión– homologaba las costumbres y
los estilos de vida, dentro de las posibilidades de la economía, con los de
Occidente[61]. Los styliagi de los años cincuenta, los hippies de los sesenta y
setenta, como los heavies, punks y otras tribus de los ochenta, se sentían más
cercanos a sus coetáneos de Berlín o California, que a unas Juventudes
Comunistas cuyos dirigentes podían tener fácilmente sesenta o setenta
años[62].
Y lo cierto es que tanto las jerarquías comunistas como la sociedad en sí no
habían conseguido superar el horizonte mental del capitalismo. El sistema se
había construido como una mímesis del capitalismo con el control absoluto
de la producción y de la distribución por parte del partido-Estado. El Estado
se convertía pues en propietario supremo, pero, en sí, conservaba las
estructuras mentales del sistema capitalista: produccionismo, desarrollismo,
maximización de beneficios –aunque ineficaz en su caso–, consumo de
masas, jerarquización de arriba abajo.
La gran debilidad del sistema era la desigualdad social, que no dependía
tanto de la posición en el sistema productivo, como de la situación en la red
de contactos que permitía acrecentar las posibilidades de consumo[63]. Las
jerarquías comunistas tenían acceso a bienes y servicios especiales,
inalcanzables para la masa de la población[64]. Pero las situaciones
específicas permitían otros accesos: por ejemplo, el trabajador de una fábrica
de dulces podía robar con regularidad parte de la producción y cambiársela a
un vecino que trabajara en una fábrica de papel higiénico por los productos
que este tenía a su alcance; los dependientes podían reservar productos
escasos para sí o sus conocidos, intercambiándolos por otros. Había aspectos
que permitían escalar puestos en las colas, como el haber participado en la
Gran Guerra Patria, o determinadas condecoraciones[65]. A la larga,
gestionar la vida cotidiana costaba un esfuerzo y un tiempo que se les robaba
a otros aspectos productivos o al desarrollo personal. Era un continuo
infierno de búsqueda desesperada de objetos o servicios necesarios para la
supervivencia, pero también de aquellos que podríamos considerar
superfluos, pero que estaban absolutamente inscritos en el diseño de la vida
de los individuos soviéticos. El homo sovieticus, en sus anhelos y
expectativas, no era diferente en casi nada del individuo propio del
capitalismo.
CONCLUSIONES
El trauma del colapso económico y social en 1991 y el desastre financiero
de finales de los años noventa, justo cuando parecía que lo peor había pasado,
llevó a buena parte de la población rusa a hacer un balance positivo de su
pasado comunista. La exaltación nacionalista de la era de Vladímir Putin, en
especial tras la invasión de Crimea en 2014, reforzó aún más esa valoración.
Era una emoción que no tenía nada que ver con una nostalgia de naturaleza
política, sino con una añoranza de estabilidad económica, de seguridad
personal y, al mismo tiempo, de un sentimiento –percibido como legítimo–
de orgullo nacional. Mientras que en los noventa la nostalgia se dirigía hacia
la «época de oro» de los setenta, cuando el precio del petróleo y los créditos
extranjeros habían permitido un pacto social que incrementó las posibilidades
de consumo, la añoranza –a menudo vicaria– por el pasado soviético en los
tiempos putinistas se expresa a menudo en torno a una valoración positiva de
Stalin como líder victorioso de la Gran Guerra Patriótica (1941-1945).
Y es que, si los dos primeros planes quinquenales (1928-1937) sirvieron
para tender las líneas maestras del modelo clásico de economía soviética, lo
cierto es que fue la experiencia de la guerra la que cimentó el Estado y la
sociedad[66]. Esto sucedió al mismo tiempo que la URSS se convertía en un
imperio y su poder se extendía más allá de sus fronteras. El país que surgía de
la gigantesca hecatombe se conectaba así, no a la Revolución de Octubre, que
había perdido casi todo su atractivo y poder movilizador, sino a la victoria en
la Gran Guerra Patria contra el invasor nazi[67].
Tras 1953, el Estado soviético posterior a Stalin evolucionó en la dirección
de la profesionalización de las instancias ejecutivas y administrativas, lejos
ya de la ocupación por parte del Partido de todos los nudos de decisión. Y
esto fue así porque la mayor liberalidad del régimen, la desaparición de la
violencia en el interior del Partido, dejó a este reducido a un selecto club que
servía para repartir privilegios, pero cuyos integrantes formales tenían la
posibilidad de mantenerse ideológicamente ajenos a él. La vanguardia del
proletariado que luchaba por traer un nuevo mundo en los años veinte, los
profesionales de la construcción de la utopía de los treinta o la columna
vertebral de la sociedad durante la Gran Guerra Patria, habían dado paso a un
ejército de funcionarios atentos a los combates por ascender en el escalafón,
pero libres de temer que cualquier fallo trajese la eliminación de sus cabezas
en el sentido más literal del término. Después de los inmensos sufrimientos
padecidos por los pueblos soviéticos durante la revolución, la guerra civil, la
ocupación nazi y la reconstrucción de la posguerra, a la altura de 1968, el
socialismo real tan solo servía para mantener desigualdades sociales, cubrir
con deficiencias las necesidades básicas y reforzar nacionalismos.
[1] Silvio Pons, Stalin e la guerra inevitabile (1936-1941), Milán, Einaudi, 1995.
[2] Bernhard H. Bayerlein, «Der Verräter, Stalin, bist Du!»: Vom Ende der linken Solidarität.
Komintern und kommunistische Parteien im Zweiten Weltkrieg, 1939-1941, Berlín, Aufbau, 2008;
Roger Moorhouse, The Devils’ Alliance: Hitler’s Pact with Stalin, 1939-1941, Londres, The Bodley
Head, 2014.
[3] Iurii V. Galaktionov, Germanskii fashism v zerkale istoriografii 20-40-x godov, Kemerovo,
Kemerovski Universitet, 1996.
[4] R. Moorehouse, The Devils’ Alliance, cit. [epub], parágrafo 134 y siguientes.
[5] Elena Zubkova, Kreml i pribaltika, 1940-1953, Moscú, ROSSPEN, 2008.
[6] Jan Tomasz Gross, Revolution from Abroad. The Soviet Conquest of Poland’s Western Ukraine
and Western Belorussia, Princeton, Princeton University Press, 2003.
[7] Xosé M. Núñez Seixas, Imperios de muerte: la guerra germano-soviética, 1941-1945, Madrid,
Alianza, 2007.
[8] Oleg V. Khlevniuk, Stalin: New Biography of a Dictator, New Haven, Yale University Press,
2015, pp. 198-200. Véase también Alfred J. Rieber, «Stalin as foreign policy-maker: avoiding war,
1927-1953», en Sarah Davies y James Harris (eds.) Stalin. A New History, Cambridge, Cambridge
University Press, 2005, p. 147-148.
[9] Igor Yermolov, Tri goda bez Stalina. Okkupatsiya: sovetskiye grazhdane mezhdu natsistami i
bolshevikami, 1941-1944, Moscú, Tsentrpoligraf, 2010, p. 7.
[10] Amir Weiner, Making sense of war: the Second World War and the fate of the Bolshevik
Revolution, Princeton, Princeton University Press, 2001, p. 7.
[11] Chris Bellamy, Absolute War. Soviet Russia in the Second World War, Nueva York, Alfred
Knopf, 2007 [epub], parágrafos 48-50.
[12] Véase como un ejemplo el documento del Buró del Comité Central del PC de Moldavia con
fecha 1-02-1947, acerca de los errores en la gestión de la hambruna: Archivo de las Organizaciones de
la República de Moldavia (AOPSRM), Fond 51, inventar 68, dosar 11, pp. 3-5.
[13] Charles Becker, S. Joshua Mendelson y Kseniya Benderskaya, Russian Urbanization in the
Soviet and Postsoviet Areas, International Institute for Environment and Development (iied),
noviembre de 2012
[http://pubs.iied.org/pdfs/10613IIED.pdf].
[14] Mark Harrison, «The Soviet Union After 1945: Economic Recovery and Political Repression»,
Past & Present 210 (2011), pp. 29-46.
[15] Elena Osokina, Za fasadom stalinskogo izobiliya. Raspredeleniye i rynok v snabzhenii
naseleniya v gody industrializatsii (1927-1941), Moscú, ROSSPEN, 1999.
[16] R. W. Davies, Soviet Economic Development from Lenin to Khrushchev, Cambridge, Cambridge
University Press, 1998.
[17] Catherine Merridale, La guerra de los ivanes, Barcelona, Debate, 2007.
[18] Norman M. Naimark, The Russians in Germany. A History of the Soviet Zone of Occupation,
1945-1949, Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1997.
[19] Miriam Gebhardt, Als die Soldaten kamen. Die Vergewaltigung deutscher Frauen am Ende des
Zweiten Weltkriegs, Múnich, DVA, 2015; James Mark: «Remembering Rape. Divided Social Memory
and the Red Army in Hungary 1944-1945», Past & Present 188 (2005), pp. 133-161.
[20] En palabras de una oficial del ejército polaco en un informe secreto. Véase Marcin Zaremba,
Wielka Trwoga, Polska 1944-1947, Cracovia, Znak, 2012, p. 376.
[21] Mikhail Narinsky, «Soviet Foreign Policy and the Origins of the Cold War», en Gabriel
Gorodetsky (ed.), Soviet Foreign Policy 1917-1991. A Retrospective, Nueva York, Routledge, 2013
(1994), pp. 105-110.
[22] Milovan Djilas, Conversations with Stalin, Nueva York, Harcourt, Brace & World, 1962, p. 90.
[23] «Protokoł posiedzenia Biura Politycznego KC PPR z dnia 9 pazdziernika 1944 g.», en
Aleksander Kochański (ed.), Protokoły posiedzeń Biura Politycznego KC PPR, 1944-1945, Varsovia,
Instytut Studiów Politycznych, 1992, pp. 19-20.
[24] R. Stone, Satellites and Commissars: Strategy and Conflict in the Politics of Soviet-Bloc Trade,
Princeton, Princeton University Press, 1996.
[25] Oscar Sanchez-Sibony, Red Globalization. The Political Economy of the Soviet Cold War from
Stalin to Khrushchev, Cambridge, Cambridge University Press, 2014; Jenny Brine, Comecon: The Rise
and Fall of an International Socialist Organization, New Brunswick y Londres, Transactions, 1993;
Adam Zwass, Der Rat für gegenseitige Wirtschaftshilfe 1949 bis 1987. Der dornige Weg von einer
politischen zu einer wirtschaftlichen Integration, Viena, Springer, 1988; Vojtech Mastny y Malcolm
Byrne, Cardboard Castle? An Inside History of the Warsaw Pact, Budapest, Central European
University Press, 2005; Laurien Crump, The Warsaw Pact Reconsidered. International relations in
Eastern Europe, 1955-69, Londres y Nueva York, Routledge, 2015.
[26] Balazs Apor, Peter Apor y E. A. Rees (eds.), The Sovietization of Eastern Europe: New
Perspectives on the Postwar Period, Washington, New Academia, 2008.
[27] Juliane Fürst, Stalin’s Last Generation: Soviet Post-War Youth and the Emergence of Mature
Socialism, Oxford, Oxford University Press, 2010.
[28] Elena Zubkova, L. P. Kosheleva, G. A. Kuznetsova, A. I. Minuk y L. A. Rogovaya, Sovetskaya
zhizn’, 1945-1953, Moscú, ROSSPEN, 2003.
[29] Elena Zubkova, Poslevoennoe sovetskoe obshchestvo: politika i povsednevnost’, 1945-1953,
Moscú, ROSSPEN, 2000.
[30] Anna Sosnowska, Zrozumieć zacofanie. Spory historyków o Europę Wschodnią (1947-1994),
Varsovia, Trio, 2004.
[31] Don Filtzer, Soviet Workers and Late Stalinism. Labor and the Restoration of the Stalinist
System after World War. Cambridge, Cambridge University press, 2002.
[32] Malte Rolf, «Die Renaissance des Ausnahmezustands im Zeitalter der “Stabilität”: Zur
sowjetischen Mobilisierungsdiktatur und der Krise des Staatssozialismus in der Breschnew-Ära», en
Cornelia Rauh y Dirk Schumann (eds.) Ausnahmezustände: Subjekt- und Gesellschaftskonstitution und
ihr Wandel seit 1945, Berlín, Wallstein, 2014, pp. 92-112.
[33] Aleksandr Pyzhikov, Politicheskiie preobrazovaniia v SSSR (50-60e gody), Moscú, Kvadrat C,
1999.
[34] V. I. Andriyanov, Kosygin, Moscú, Molodaya Gvardiia, 2003.
[35] Vladislav Zubok, Zhivago’s Children. The Last Russian intelligentsia, Cambridge (Mass.),
Harvard University Press/Belknap, 2009.
[36] José M. Faraldo, «Imagen destronada. Nacionalismo soviético, nacionalismo ruso y espacios de
identidad nacional en el socialismo de estado», en Ruth Ferrero (ed.), Nacionalismos y minorías en
Europa Central y Oriental, Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, 2004, pp. 165-192.
[37] Iurii Aksiutin, Khrushchevskaia ’ottepel’ i obshchestvennye nastroeniia v SSSR v 1953-1964
gg., Moscú, ROSSPEN, 2010, segunda edición.
[38] Vladímir Kozlov, Massoviie bespariadki v SSSR pri Khrushcheve i Brezhneve, 1953-1980gg,
Novosibirsk, Sibirskii khronograf, 1999.
[39] Vladímir Kozlov, Nieisvienni SSSR. Protivostoianniie naroda I vlasti, 1953-1985, Moscú,
Olma-Press, 2006, pp. 63-70.
[40] V. Kozlov, Massoviie bespariadki v SSSR pri Khrushcheve i Brezhneve, 1953-1980gg, cit., pp.
95-101.
[41] Sobre las crisis de la desestalinización, véanse Jan Foitzik (ed.), Entstalinisierungskrise in
Ostmitteleuropa 1953-1956, vom 17. Juni bis zum ungarischen Volksaufstand. Politische, militärische,
soziale und nationale Dimension, Paderborn, Ferdinand Schöningh Verlag, 2001; más amplio, Kevin
McDermott y Matthew Stibbe (eds.) Revolution and Resistance in Eastern Europe: Challenges to
Communist Rule, Dorset, Berg Publishers, 2006.
[42] Christian F. Ostermann (ed.) Uprising in East Germany. The Cold War, the German Question
and the First Major Upheaval Behind the Iron Curtain. National Security Archive Cold War Readers,
Nueva York, Central European University Press, 2001, Documento número, 35, pp. 200-201.
[43] Véanse los resultados del proyecto de investigación sobre las víctimas del levantamiento:
http://www.17juni53.de/tote/recherche.html (consultado el 6 de abril de 2017).
[44] Edmund Makowski, Poznański Czerwiec 1956– pierwszy bunt społeczeństwa w PRL, Poznań,
Wydawnictwo Poznańskie, 2002; Stanisław Jankowiak y Edmund Makowski (eds.) Poznański
Czerwiec 1956. Wybór dokumentów, Poznań, IPN, 2012.
[45] Ricardo Martín de la Guardia, Guillermo Á. Pérez Sánchez e István Szilágyi, La Batalla de
Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956, Madrid, Actas, 2006; Csaba Bekes, Malcolm
Byrne y Janos M. Rainer (eds.), The 1956 Hungarian Revolution: A History In Documents, Budapest,
Central European University Press, 2002.
[46] Thomas Crump, Brezhnev and the Decline of the Soviet Union, Londres, Routledge, 2014.
[47] Robert Gildea, James Mark y Anette Warring (eds.), Europe’s 1968: Voices of Revolt, Oxford,
Oxford University Press, 2015.
[48] Katheryne Verdery, National Ideology under Socialism, Identity and Cultural Politics in
Ceauşescu’s Romania, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press, 1991.
[49] José M. Faraldo, «Introducing Polish identities», en J. M. Faraldo, Europe, Nationalism,
Communism. Essays on Poland, Nueva York y Fráncfort, Peter Lang, 2008.
[50] Maud Bracke, Which socialism, Whose détente? West European Communism and the
Czechoslovak crisis of 1968, Budapest, Central European University Press, 2007.
[51] Geoffrey Swain y Nigel Swain, Eastern Europe since 1945, Londres, Macmillan Press Ltd,
1998.
[52] Ibid., pp. 118 y ss.
[53] Brian Porter-Szűcs, Poland in the Modern World. Beyond Martyrdom, Chichester, Wiley
Blackwell, 2014.
[54] Véase Paulina Gulińska-Jurgiel, «Czechoslovak media and the European dimensions of the
Prague Spring: a case study on Literárky», Cuadernos de historia contemporánea 31 (2009), pp. 55-68.
[55] Véase Andrea Genest, «From oblivion to memory: Poland, 1968, and the democratic
opposition», Cuadernos de historia contemporánea 31 (2009), pp. 89-106.
[56] Vladimir Tismăneanu, Stalinism for All Seasons: A Political History of Romanian Communism,
Berkeley, University of California Press, 2003.
[57] Nigel Swain, Hungary: The Rise and Fall of Feasible Socialism, Londres y Nueva York, Verso,
1992.
[58] Denis Kozlov, The Thaw: Soviet Society and Culture during the 1950s and 1960s, Toronto,
University of Toronto Press 2013.
[59] Valery Vasiliev, «Failings of the Sovnarkhoz reform: the Ukrainian experience», en Jeremy
Smith y Melanie Ilic (eds.) Khrushchev in the Kremlin. Policy and government in the Soviet Union,
1953-1964, Londres, Routledge, 2011, pp. 112-132.
[60] Andrei Markevich, «Soviet urban households and the road to universal employment, from the
end of the 1930s to the end of the 1960s», Continuity and Change 20(3) (2005), pp. 443-473.
[61] György Péteri, «Nylon Curtain – Transnational and Transsystemic Tendencies in the Cultural
Life of State-Socialist Russia and East-Central Europe», Slavonica 10 (2) (2004), pp. 113-123.
[62] Mark Edele, «Strange Young Men in Stalin’s Moscow: The Birth and Life of the Stiliagi, 1945-
1953», Jahrbücher für Geschichte Osteuropas 50(1) (2002), pp. 37-61; William Jay Risch, «Soviet
“Flower Children”. Hippies and the Youth Counter-culture in 1970s L’viv», Journal of Contemporary
History 40(3) (julio de 2005), pp. 565-584.
[63] Mark Edele, Stalinist Society 1928-1953, Oxford y Nueva York, Oxford University Press, 2011.
[64] Alexandre Sumpf, De Lénine à Gagarine: Une histoire sociale de l’Union soviétique, París,
Gallimard, 2014, especialmente capítulo 4.
[65] Mark Edele, «Veterans and the Welfare State: World War II in the Soviet Context»,
Comparativ. Zeitschrift für Globalgeschichte und vergleichende Gesellschaftsforschung 20(6) (2010),
pp. 18-33.
[66] Amir Weiner, Making sense of war: the Second World War and the fate of the Bolshevik
Revolution, cit.; Elena Zubkova, Russia After the War: Hopes, Illusions, and Disappointments, 1945-
1957, Armonk (NY), M. E. Sharpe, 1998.
[67] Joachim Hössler, «Der “Große Vaterländische Krieg” in der postsowjetischen Historiographie»,
en Lars Karl e Igor J. Polianski (eds.) Geschichtspolitik und Erinnerungskultur im neuen Russland,
Gotinga, Böhlau, 2009, pp. 237-248.
15. Moscú cada vez más lejos: el PCI en las décadas de
1970 y 1980
Michelangela Di Giacomo y Novella di Nunzio
Como bien se ha señalado, a lo largo del siglo XX las relaciones entre el
Partido Comunista Italiano (PCI) y Moscú fueron bastante variables.
Contamos con multiplicidad de estudios en los que se intentan reconstruir los
términos políticos, económicos y hasta psicológicos de unos vínculos
plasmados en una auténtica «doble lealtad», que dio lugar a una de esas
relaciones incómodas y, sin embargo, difíciles de romper. En este artículo
procuraremos resumir a grandes rasgos los cambios políticos y culturales de
los últimos años de la historia del partido.
UN PROBLEMA LINGÜÍSTICO
La historia de las relaciones entre el PCUS y el comunismo de Europa
occidental constituye un relato cuya trama puede estudiarse desde una
perspectiva «lingüística», siempre y cuando entendamos el adjetivo en una
acepción amplia que se irá aclarando a lo largo de este ensayo. Se trata de un
enfoque de gran utilidad, que arroja luz de forma inédita sobre aspectos
históricos, políticos y culturales significativos y, por ende, resulta sumamente
adecuado para analizar el caso del PCI, el mayor partido comunista de la
«vieja Europa». El carácter particular y distintivo del comunismo italiano
provocó casi inmediatamente una importante contradicción, que evolucionó
de forma silenciosa y velada, sobre todo a partir del fin de la Segunda Guerra
Mundial, y fue saliendo a la luz a lo largo de los años. Su existencia, que
dependía de la evolución de la aventura soviética y el socialismo real, era
cada vez más evidente, pero fue una importante fuente de vivacidad,
creatividad y originalidad política al menos hasta finales de la década de
1980.
Ahora bien, el paso de la reticencia a la exteriorización fue un proceso
largo, esencialmente narrativo, que podemos seguir. Surge no solo porque
metalingüísticamente términos como «silencio», «expresión», «reticencia» o
«exteriorización» remitan al ámbito de la comunicación oral, sino también
por motivos estrictamente histórico-políticos. El hecho de que Italia no
formara parte del Pacto de Varsovia, firmado en el contexto de la división del
mundo en dos bloques que orbitaban en torno a Estados Unidos y la URSS
respectivamente, de hecho neutralizó una posibilidad concreta de revolución
socialista. En Italia los conceptos de lucha y resistencia popular estaban
fuertemente ligados a la oposición antifascista y, por lo tanto, a una
experiencia en la que habían participado una pluralidad de fuerzas políticas
que, pese a ser poco homogéneas, habían logrado crear sin demasiados
conflictos un gobierno democrático de unidad nacional. En otras palabras: el
modelo de la Rusia soviética no podía trasponerse directamente en el ámbito
de la acción.
Al no poder recurrir a la práctica, hubo que trabajar con un lenguaje que
tenía un gran potencial estratégico, no solo de cara a las relaciones con la
URSS, sino asimismo para favorecer el uso, ante el electorado y los
opositores políticos italianos, de una forma de expresión e interpretación a la
que se fue recurriendo cada vez más abiertamente con el paso de los años
hasta que, a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, en los
últimos años de vida del PCI, llegó a constituir un elemento esencial del
debate político. Inclinó la balanza en la «cuestión del nombre», condujo al
«punto de inflexión de la Bolognina» y fue el principal instrumento para
criticar o reivindicar la fidelidad al ideario original de los diversos sectores de
un partido escindido en miglioristi, izquierda interna y svoltisti. Recurriendo
a este enfoque podemos convertir la historia del PCI y de sus relaciones con
Rusia en la historia de un relato propio, que nos permite apreciar una
interesante evolución en el uso de las figuras retóricas privilegiadas por los
dirigentes del partido. La retórica articuló al PCI, definiendo y caracterizando
a las diversas fases de su evolución de un modo que aún hoy resulta válido y
pertinente, no solo a nivel historiográfico y periodístico, sino asimismo para
la memoria colectiva.
En un principio, cuando se reconocía la existencia de una relación de
identidad[1] no conflictiva entre la teoría marxista, la idea de comunismo y la
praxis soviética, el autorrelato del PCI partió de un «nivel retórico cero».
Entre 1921 y el Congreso de la Komintern sobre los frentes populares
antifascistas internacionales de 1935, la identificación del PCI con el modelo
ruso tampoco requirió de los artificios y ajustes propios de la retórica. En
cuanto al adjetivo «comunista», que se impuso pese a la llamativa evolución
del marco histórico-político mundial tras la Segunda Guerra Mundial y hasta
la caída del muro de Berlín, siempre fue acompañado del término netamente
denotativo «revolución».
Tras 1935 se inicia un distanciamiento lento y gradual entre el modelo
soviético y el comunismo italiano, así como entre las referencias teórico-
ideológicas marxistas y el socialismo real, tan característico de la segunda
mitad del siglo XX. Desde el punto de vista lingüístico-narrativo, ese
distanciamiento se tradujo en una disminución gradual del uso denotativo con
el consiguiente incremento de injerencias connotativas. En otras palabras, el
término «revolución» ya no se entendía en sentido literal, como un acto de
subversión del status quo por parte de la clase trabajadora, pues
experimentaba de cuando en cuando un incremento de la carga semántica que
neutralizaba la agresividad original. Algo similar ocurría con el término
«comunismo», que se iba distanciando cada vez más de su referente
originario, la Rusia soviética, hasta desligarse de ella casi por completo.
Sin embargo, pese a la «diversidad» del caso italiano que se manifiesta
sobre todo en el periodo berlingueriano[2], el modelo soviético siguió siendo
un punto de referencia para los comunistas italianos. Puede que tuviera una
importancia más emotiva que estratégica, pero fue dando lugar a una
rectificación progresiva de las injerencias connotativas y condujo al discurso
hacia el espacio retórico de la hipérbole (adynaton) y la paradoja.
Occidentalismo, democracia, comunismo y fascinación por lo soviético
pudieron convivir merced a una manifiesta contradicción en los términos, a
una yuxtaposición de polos opuestos que generó una tensión que estuvo a
punto de provocar un cortocircuito en el sistema. Pero el modelo, con la
atracción que suscitaba la Rusia soviética y la reafirmación en clave
emocional del alma comunista del PCI, logró sobrevivir gracias a su negación
simultánea.
Palmiro Togliatti solía recurrir en su relato a la paradoja. Por ejemplo, en el
último documento político que escribió antes de morir, el «Memorial de
Yalta», el secretario definía el movimiento comunista internacional con
ayuda de una yuxtaposición de contrarios: «unidad en la diversidad». Esta
estrategia retórica alcanzaría su clímax, también desde un punto de vista
mediático, con Enrico Berlinguer, protagonista de un relato caracterizado por
el uso de fórmulas especialmente eficaces y elocuentes, en las que yuxtaponía
elementos que contrastaba: «socialismo» y «libertad», rechazo a una
«planificación económica rígida y centralizada», la convicción de que «las
fórmulas capitalistas […] ya no funcionan», la idea de la «función esencial»
del mercado y de la necesidad de «superar el capitalismo»[3], etcétera. Este
es el relato que el PCI propuso hasta el fin de su historia, y lo expresó por
medio de una fórmula ambigua: «ruptura en la continuidad».
El fracaso del compromiso histórico y, sobre todo, la muerte de Berlinguer,
acabaron con la hábil política de equilibrio que había dotado de estabilidad al
PCI entre Europa occidental, Estados Unidos y Rusia y, al menos por un
tiempo, en su relación con la Democracia Cristiana y el Partido Socialista
Italiano. Todo esto tuvo consecuencias de naturaleza política, que a su vez
dieron lugar a las nuevas configuraciones retórico-lingüísticas de la estrategia
autonarrativa del partido: del adynaton agonista y enérgico del hic et nunc se
pasó a una aproximación tenue e infinita, proyectada hacia un futuro
impreciso e inalcanzable. En otras palabras, la paradoja buscada y
manifestada voluntariamente, con la que el PCI había intentado salvar
desesperadamente al alma comunista en su seno y en la inmanencia
histórica[4], se extrae y proyecta más allá del sujeto histórico-político real, el
PCI, hacia un plano de existencia alternativo, ficticio e ideal.
En este contexto se considera oportuno y funcional tomar prestado el
concepto de «extra-localización» de Bajtín, transfiriéndolo del plano literario
y el espacio textual al plano de la realidad y el espacio cultural[5].
Según el teórico ruso, el personaje literario constituye, tanto para el autor
como para el lector, una alteridad persistente objeto de un diálogo infinito.
Esta alteridad se manifiesta en «un nuevo plano de la existencia» y puede
representar, sin gran peligro de subversión, «valores transgresores» para las
sociedades de las que forman parte autores y lectores. De hecho, «tras
contemplarnos a través de los ojos del otro, en la vida nos volcamos hacia
nosotros mismos, y el suceso último, el sintético por así decirlo, se realiza en
nosotros»[6].
En los relatos autorreferenciales se atribuyó valor de personaje literario al
comunismo ideal (que quedaba así explícita y estratégicamente desconectado
de su realización histórica y transferido «a un nuevo plano de existencia»,
sobre todo tras 1956, es decir, a partir de los sucesos de Hungría), y valor de
autores y lectores a los dirigentes del PCI, así como a los receptores e
intérpretes en Italia de la teoría marxista, de la fenomenología de la historia
soviética y de la idea de comunismo. En la fase posterior a los adynata
berlinguerianos, los «valores transgresores» para la sociedad italiana y los
principios democráticos occidentales siguieron coexistiendo con base en esta
equivalencia de la teoría bajtiana: no en virtud de una contradicción en los
términos activa en el presente, sino mediante su extra-localización, es decir,
su avance hacia un horizonte inalcanzable hacia el que, sin embargo, no deja
de tender.
Berlinguer consideraba que la mayor fuerza y potencial del PCI radicaba en
esta «diversidad» con todo lo que implicaba: no suscribía el socialismo real,
pero también se diferenciaba de las izquierdas europeas en su acercamiento a
la utopía comunista y en cierta medida también a la URSS, que la
representaba aunque no de forma óptima. Pero como la diversidad perdía
consistencia y tendía a anularse, se empezó a buscar una respuesta al
problema de la imposibilidad comunista en la extra-localización, que acabó
siendo un instrumento retórico muy característico del lenguaje utilizado por
el ala izquierda del PCI. Pietro Ingrao constituye uno de los mejores ejemplos
de aproximación autonarrativa de este tipo (el recurso a la imagen del
horizonte resulta significativo y no es casual). En efecto, en el relato
propuesto por el líder del ala izquierda del PCI, este utiliza frecuentemente el
sintagma «horizonte del comunismo»[7], introducido, como bien señala Aldo
Tortorella, por Cesare Luporini, para expresar «algo que no se alcanza
nunca», una «imagen de referencia» que Tortorella prefería definir como un
«punto de vista»[8].
El último acto de la empresa autonarrativa del PCI puede interpretarse
como una inversión de sentido defendida sobre todo por el grupo de los
svoltisti: tras la inmanencia del adyton y las sucesivas extra-localizaciones en
un horizonte al que se tiende sin alcanzarlo jamás, la imposibilidad del
comunismo revierte sobre el partido hasta el punto de su introyección. Pero
este acto de introyección desencadena un proceso autodestructivo que
conduce a la negación del nombre y, en definitiva, a la desaparición del PCI,
lo que permite recurrir a un nuevo acto de extra-localización, esta vez
entendido en el sentido propiamente literario analizado por Bajtín. Desde el
Congreso de Rímini, celebrado el 3 de febrero de 1991, hasta nuestros días, la
imposibilidad del comunismo se sigue abordando de forma narrativa,
comparando internamente relatos, memorias y novelas[9], en las que la
progresiva distancia histórica y la perspectiva de ficción parecen ejercer una
influencia cada vez mayor. Se siguen publicando muchos libros de este tipo,
que han convertido al PCI en uno de los mayores y más fascinantes sujetos
épicos de la Italia de la segunda mitad del siglo XX. Un sujeto que, superada
la necesidad y la contingencia histórico-política, puede asumir con plena
libertad una andadura personal, emocional, hermenéutica y definitivamente
de ficción.
UN PROBLEMA POLÍTICO
Tras las décadas de 1970 y 1980, el comunismo italiano se enfrentó a un
movimiento ondulatorio que le brindó su mayor triunfo y provocó la más
rápida de las implosiones. El fenómeno, debido en gran parte a
transformaciones intrínsecas de las sociedades occidentales, que habían
desembocado en una crisis del sistema de bienestar y en la falta de
representatividad de los mecanismos surgidos de las ruinas de la Segunda
Guerra Mundial, supuso para los comunistas italianos el inicio de la búsqueda
de una nueva identidad y de un nuevo rol social, y condujo a una revisión de
sus vínculos con la Unión Soviética. Las tres secretarías, la de Berlinguer, la
de Alessandro Natta y la de Achille Occhetto (1969-1989) fueron momentos
muy distintos aunque con algunas características comunes: la voluntad de
reafirmar que el comunismo italiano era una fuerza plenamente democrática;
el deseo de desempeñar un papel pleno en el orden internacional,
sustituyendo en ocasiones a la diplomacia del Estado; la fascinación que
sentía buena parte de las bases del partido por las raíces ideales; la ambición
y la aspiración de ser un modelo positivo para los países del Este desde la
óptica de una reforma deseada, que quizá nunca se considerara realmente
posible. La actuación interna del PCI se caracterizó por un persistente nexo
bidireccional entre la acción política nacional y las perspectivas
internacionales: escenarios en los que no siempre podían coincidir unos
objetivos estratégicos[10], que en teoría legitimaba la historia, aunque en la
práctica tendiera a debilitarlos. Las relaciones con la URSS se desarrollaron a
lo largo de estos ejes, y se quiso alcanzar cierto equilibrio creando un frente
único con otros partidos comunistas de Europa occidental, primero, y
procurando la convergencia con los partidos socialistas, después; todo ello
mezclado con la relectura de la propia historia y mitos fundacionales. En
definitiva, paradójicamente, todo se fundamentaba en una cierta dosis de
«cambio dentro de la continuidad», la fórmula mágica para adoptar
decisiones radicales sin que lo parecieran. Así, el eurocomunismo no fue, ni
quiso ser, un momento de ruptura respecto de un proceso de larga duración,
sino el punto de llegada de una vía que hundía sus raíces en las décadas de
1930 y 1940 y era una mezcla de keynesianismo y gramscismo. Se quiso
reformar esta tradición utilizando sus propios recursos políticos y culturales,
pero la reforma quedó «inacabada», o al menos no se concluyó con la
coherencia que esperaban quienes habían seguido su evolución. Como
demuestran las elecciones de 1976, muchos militantes del PCI depositaron
esperanzas muy reales en la posibilidad de definir un comunismo europeísta,
cualitativamente distinto al soviético o chino, y la constatación de que el
experimento se había agotado bien pudo ser el primer paso hacia la crisis de
la década siguiente[11]. Sin embargo, el eurocomunismo también contenía in
nuce las palabras de los órdenes sucesivos. No se puede entender el PCI de
Berlinguer sin tener en cuenta la duplicidad de su visión política y el hecho
de que esta, tanto en la versión de la década de 1970 como en el así llamado
«segundo Berlinguer», fue fruto de una íntima correlación entre la situación
internacional y las decisiones de política interna, que, sustentándose
mutuamente, permitían definir la unidad del comunismo italiano. El binomio
«eurocomunismo»/«compromiso histórico» fue clave para formular una
definición de la visión orgánica del papel del PCI como mediador en las
dicotomías de la Guerra Fría y como sujeto activo en su superación. Una de
las opciones interpretativas era que el «eurocomunismo» definía esa
«diversidad» tan característica de la segunda fase (la posterior a 1980) como
un nuevo punto de partida y una marcha atrás respecto de posturas defendidas
en la década de 1970. De manera que el «segundo Berlinguer», el de la
«cuestión moral», nunca hubiera llegado a existir si el secretario general del
PCI no se hubiera convencido, a lo largo de la década anterior, de que a su
partido le correspondía un papel peculiar, diferente al de todos los demás,
incluidos los comunistas.
La trayectoria que emprendieron les llevó a una resuelta reivindicación de
la democracia, que se convirtió en la vara de medir de la comunicación
existente entre el PCI y el resto de interlocutores internos y del escenario
internacional. Por otro lado, fueron definiendo cada vez más claramente
cierta autonomía en política exterior, que condujo a una nacionalización
progresiva y a un distanciamiento respecto de las acciones de sus socios,
tanto en relación a la situación internacional como a las preferencias
soviéticas. La primera etapa transcurrió entre 1968 y 1969, cuando se tomó
postura respecto de los sucesos de Praga[12]; además, se vio marcada por la
asistencia a la Conferencia Mundial de Partidos Comunistas celebrada en
Moscú[13]. Es en esa Conferencia donde surgen las primeras líneas de
convergencia entre el PCI y quienes más tarde serían sus socios
eurocomunistas, que reivindicaban la independencia de juicio y la
imposibilidad de alcanzar una unidad internacionalista, aunque con las
críticas también pretendían reforzar un movimiento internacional del que
todos los partidos seguían sintiéndose parte[14]. La segunda etapa se inicia
en 1973, cuando, tras la elección de Berlinguer como secretario el año
anterior, el partido, escindido entre Este/Oeste y Europa/Atlántico, decidió
resolver sus contradicciones. Berlinguer acuñó la fórmula «una Europa ni
antisoviética ni antiamericana», que no rompía con el modelo dicotómico de
las relaciones internacionales, pero impregnaba al discurso del PCI de un
fuerte tono europeísta[15]. Desde el punto de vista de la «doctrina
Brézhnev», que consideraba que la distensión se debía exclusivamente a la
acción soviética, la propuesta de Berlinguer aportaba nuevo material a la lista
de recriminaciones que los soviéticos hacían a los italianos. Sin embargo, el
PCI no pudo o no quiso hacer explícito su disenso con el gran patrono
soviético para lograr una autonomía real en política exterior. En septiembre,
Berlinguer utilizó la sorpresa del golpe chileno para pisar el acelerador
anunciando su teoría del «compromiso histórico»[16]. La formulación de una
postura coherente en política exterior legitimaba un programa de política
internacional y viceversa: lo uno era la prolongación de lo otro y todo seguía
siendo sólidamente togliattiano. El mismo año de la Conferencia de Partidos
Comunistas de Europa occidental, celebrada en Bruselas en enero de
1974[17], italianos, franceses y españoles se reafirmaron en tres principios
comunes: la cohesión de un movimiento autónomo independiente de otros
partidos, la necesidad de diálogo con otras fuerzas del movimiento obrero y
una política europea democrática y pacífica[18]. Al estabilizar esta red de
alianzas, el PCI intentaba llenar el vacío creado por los gobiernos italianos y
resaltar su propia peculiaridad en relación al juego político de su país[19]. El
eurocomunismo nació en 1975, tras el encuentro en Livorno entre Berlinguer
y Carrillo[20]. Poco antes el PCI había dejado de pedir la salida de Italia de la
OTAN y obtenido un 33,4 por 100 de los votos en las elecciones
administrativas. Los puntos clave de la nueva estrategia eran: la convergencia
con el resto de fuerzas del movimiento obrero y democrático del continente,
el socialismo como expansión de la democracia y la economía mixta. Su
traducción práctica encalló en la Conferencia de Berlín, celebrada en junio de
1976, en la que tuvo lugar un encuentro con los franceses[21]. Berlinguer se
dirigió a los partidos europeos para compensar sus diferencias con la URSS y
reafirmar su propia capacidad de renovación fijando su postura respecto de
las alianzas internacionales de Italia. El giro se hizo patente en junio, cuando
en una célebre entrevista concedida a Giampaolo Pansa, Berlinguer dio otra
vuelta de tuerca: «Yo creo que, puesto que Italia no forma parte del Pacto de
Varsovia, tenemos la absoluta certeza de poder avanzar por la vía italiana al
socialismo sin condicionamiento alguno». «Resumiendo, ¿el Pacto Atlántico
puede ser un escudo útil para construir el socialismo en libertad?» «Me siento
más seguro a este lado [del telón de acero]»[22]. Este cambio de dirección
anticipaba posturas aún no ratificadas por el partido y el secretario las suavizó
observando, que, aunque pareciera paradójico afirmar que «el Pacto Atlántico
defiende eso que llamamos “eurocomunismo”, puede que para construir el
socialismo en libertad sea conveniente estar a este lado»[23]. A un lado del
telón había un déficit de democracia, al otro de socialismo. El PCI y Europa
se habían erigido en mediadores, pero la armonía entre el PCI y el PCF era
cada vez más ficticia y también empezaron a surgir fricciones con el PCE.
1977 se considera el año de mayor éxito del eurocomunismo, con la cumbre
de Madrid y la publicación del libro de Carrillo Eurocomunismo y Estado,
pero también marcó el inicio de su estancamiento. En la primera ocasión
quedó claro que Carrillo quería formular una condena explícita de la
represión de los fenómenos de disidencia política que se estaban registrando
en los países socialistas, algo a lo que Berlinguer no quería exponerse[24].
Desde el punto de vista de los eurocomunistas, reiterar que defendían la
democracia y el pluralismo bastaba para hacer ver que no iban a aceptar otros
modelos. El encuentro de los tres secretarios en la capital española desató las
protestas del PCUS, que dio rienda suelta a su hostilidad con ocasión de la
publicación del libro de Carrillo[25]. El PCI se limitó a emitir un breve
comunicado en el que afirmaba que en el libro se expresaban opiniones
personales de Carrillo y negaba cualquier enfrentamiento entre el
eurocomunismo y la Unión Soviética[26]. El PCI mantenía su duplicidad.
Los comunistas italianos pensaban tranquilizar a los soviéticos con esta
actitud y un viaje a Moscú, pero, mientras tanto, estrechaban lazos con los
españoles[27]. La última etapa del eurocomunismo se desarrolló entre 1978 y
1980, cuando la cuestión del «marxismo-leninismo» volvió a acercar el PCI
al PCE. Ambos partidos dejaron de usar en sus respectivos congresos una
fórmula basada en lo que consideraban un concepto rancio. Los líderes
volvieron a encontrarse en Barcelona, donde los desacuerdos que impedían el
diseño de una estrategia europea verdaderamente unitaria se hicieron
evidentes[28]; además, parecía imposible que el PCUS superara sus
prejuicios contra el eurocomunismo[29]. En 1978, Berlinguer realizó algunos
viajes para difundir el eurocomunismo, pero no tenía mucho margen. La
invasión de Afganistán y la evolución de la situación polaca, unidas al
creciente malestar que provocaba el precio a pagar por la democracia en los
países del «socialismo real», produjeron cierto recelo entre los comunistas
italianos. Las perspectivas de formar gobierno eran cada vez más remotas y
las grandes alianzas parecían impracticables, sobre todo teniendo en cuenta el
desafío de los socialistas de Craxi. El PCI no tuvo más remedio que redefinir
sus estrategias, y Berlinguer recurrió a nuevas fórmulas que no había definido
con precisión cuando murió en 1984. La «alternativa democrática»[30], la
«cuestión moral»[31] y el predominio asignado a la clase obrera definían su
política interna; sus decisiones sobre política externa se basaban en la
«ruptura con Moscú»[32]. La pretendida «diversidad», nacional e
internacional, de los comunistas italianos no supuso el abandono de su
horizonte cultural: al contrario, el PCI pudo asumir el riesgo de enrocarse y
emprender su propia andadura[33]. Además, la ruptura con la URSS fue un
gesto que tuvo un enorme impacto y permitió al PCI conservar una posición
de fuerza, que estaban perdiendo a marchas forzadas los partidos fielmente
prosoviéticos. El intento de definir sus estrategias basándose en acuerdos y
juegos diplomáticos con unos y con otros dejó al PCI aislado, sumido en la
«desorientación estratégica»[34] a la muerte de Berlinguer. Sin el genio que
había creado este sistema basado en el equilibrio, el partido no supo
mantenerlo ni acabar con las contradicciones.
La muerte del secretario desató el imaginario de millones de italianos,
comunistas y no comunistas, y supuso un punto de inflexión. Su sucesor,
Natta, hubo de responder a preguntas apremiantes y abiertas, combinando el
ímpetu proactivo con la defensa de sus posturas, sin saber cómo avanzar y sin
que hubiera marcha atrás[35]. Siguió al cien por cien las directrices de su
predecesor para la transformación del partido, pero al carecer del carisma
necesario para hacer frente al mito construido por el secretario sardo, al
aspecto «innovador» de sus ideas, perdió fuste. Eligió la vía de la
colegialidad y la mesura para dirigir el partido, y mientras fue secretario se
reforzaron todas las corrientes internas, por informales que fueran. No fue un
secretario débil sino uno conciliador, que quería seguir a grandes rasgos los
pasos de Togliatti-Berlinguer, pero a un ritmo más lento para evitar el riesgo
de escisiones. Durante su secretariado, el PCI se erigió en un sujeto fuerte de
la escena política italiana, lo que permitió a su leadership mediar en el
conflicto generado por las posibles soluciones que dividían al grupo dirigente
y fijar la dicotomía que definía al PCI como un sujeto diferente, como ese
«otro» que tendía, cada vez más, a imponer un cambio de referentes
culturales que lo acercara a la esfera del nuevo socialismo. En cuanto a su
postura en el ámbito internacional, una vez agotado el experimento
eurocomunista, el PCI de Natta daba una de cal y otra de arena, sondeando el
terreno con la URSS sin dejar de promover al mismo tiempo muchas
iniciativas (por ejemplo la realización de estudios conjuntos) con los
socialistas europeos[36]. En 1985, Gorbachov recibió en el Kremlin a una
delegación de la secretaría de Natta, lo que se interpretó como una
reconciliación entre ambos partidos tras la «ruptura» de Berlinguer, a pesar
de que Natta había sido muy claro sobre el sentido de su viaje antes de
partir[37]. No pretendían distanciarse de la línea precedente sino solo dejar
claro que el PCI veía con buenos ojos «las agudas reflexiones críticas de los
últimos quince años» promovidas por los nuevos rectores del PCUS, así
como su actitud aperturista en relación al diálogo con la socialdemocracia.
Por otro lado, el XVII Congreso del PCI introdujo una novedad fundamental:
«Nos consideramos parte integrante de la izquierda europea»[38] (y no del
«movimiento obrero» de Europa occidental, como afirmara Berlinguer en el
XVI Congreso celebrado en 1983), «con la que vamos a elaborar un nuevo
programa». Con esta afirmación se reconocía, de hecho, la victoria del ala
migliorista de Giorgio Napolitano sobre el centro «togliattiano» del partido, y
se premiaba su labor de la década precedente en defensa de un acercamiento
a la socialdemocracia[39]. Este reconocimiento se tradujo en la «promoción»
de Napolitano a la dirección de la política exterior y las relaciones
internacionales del partido, que hasta entonces había estado en manos de
Giancarlo Pajetta[40]. El bienio 1986-1987 trajo consigo importantes
novedades en el plano del imaginario: por un lado, se rechazaron las ideas de
Gorbachov y los soviéticos (también de los italianos) sobre las claves del
reformismo; por otro, hasta el mismísimo Gramsci fue objeto de una
relectura. En cuanto al primer punto, podemos analizar el ejemplo de la
evolución que tuvo lugar entre la publicación del suplemento de L’Unità de
febrero de 1986, dedicado a los sucesos del 1956, que centraba toda su
atención en el XX Congreso del PCUS y en la «vía italiana al socialismo»
concediendo un espacio muy limitado a los eventos de Hungría[41], y la
entrevista concedida por Natta en otoño en la que se vio obligado a rehabilitar
a Imre Nagy. Aquellos sucesos se reinterpretaron en el marco de «una
revisión y renovación que nunca hemos interrumpido»[42]. Se desligó a
Gramsci de Lenin y de los análisis de la Revolución de Octubre[43], y se
describió al pensador sardo como un defensor de valores europeos y
esencialmente democráticos para obtener una base teórica susceptible de
legitimar la «diversidad» del PCI[44].
Occhetto, en cambio, acabó el año festejando el 31 de diciembre en Moscú,
donde se reunió con Gorbachov y Anatolii Dobrinin, responsable de
relaciones exteriores del PCUS. Cuando comentó estos encuentros con la
prensa, Occhetto señaló que se respiraba otro ambiente, que permitía abordar
con serenidad argumentos que en el pasado hubieran sido tabú[45]. En esta
tesitura, unos alimentaban la esperanza de que la URSS dejara de ser el
agujero negro del comunismo, mientras otros criticaban al PCI por aprestarse
a volver al redil en cuanto Moscú pareciera más presentable[46]. Occhetto
pensaba en ambos grupos cuando afirmó: «Lo que he visto y me ha dicho
Gorbachov confirma el buen juicio de Berlinguer, pues el grupo dirigente
soviético habla hoy de un profundo estancamiento de la sociedad y del
sistema político»[47]. El PCI adoptó un cauto optimismo: tras el pleno del
Soviet de finales de junio, en el que se propusieron importantes cambios en el
sistema electoral, quiso mediar entre quienes mostraron simpatía y
entusiasmo y los más moderados. Napolitano acogió con alegría los intentos
de renovación y creía que había margen para una democratización de la
URSS, pero al mismo tiempo consideró prematura la revisión de los juicios
formulados por el PCI, que solo debían alterarse si esos primeros signos se
transformaban en un proceso de cambio concreto y coherente[48].
La necesidad de mantener el equilibrio entre Este y Oeste seguía siendo uno
de los puntos débiles del partido, pues requería una lectura del propio pasado.
Cuando los socialistas eligieron ese ámbito para desacreditar al PCI y hacerse
con los tránsfugas, los comunistas no pudieron replicar. Mientras el PCI
intentaba emanciparse de la URSS y reforzar su posición en el seno del
socialismo europeo, el pasado se convirtió en un campo de batalla político y
en un pilar del nuevo perfil cultural de un PSI que convirtió al PCI en su
enemigo y procuró revitalizar el anticomunismo por medio de una relectura
de la historia republicana[49]. Cuando Gorbachov anunció la rehabilitación
de Bujarin, se sometieron a discusión la figura de Togliatti y la postura del
PCI en relación a las políticas soviéticas en el seno de la polémica
historiográfica planteada por los intelectuales del entorno del PSI[50]. La
clave de la discusión fue el paradigma totalitario, utilizado para desacreditar
tanto a los enemigos internos como a los externos[51]. La polémica se desató
en marzo de 1988, cuando Mondoperaio organizó un congreso sobre el
estalinismo en la izquierda italiana del que se habló durante meses en las
páginas del Avanti y de L’Unità[52]. El PCI reaccionó defendiéndose a sí
mismo y a Togliatti, «uno de los padres de la constitución republicana, que
concibió una democracia de masas, buscó una vía original hacia el socialismo
y supo ver, ya en la década de 1950, la necesidad de luchar por la paz»;
además, su aprobación de los procesos estalinistas había sido «desmentida
hacía tiempo»[53].
Occhetto, a la sazón vicesecretario[54], intervino alterando en parte la
tradición comunista: todos habían dejado atrás «un pasado definitivamente
sepultado» y convenía pensar en un futuro distinto, capaz de dotar a la
izquierda de una nueva unidad. Cuando se convirtió en secretario en 1988
siguió en esta línea. Inauguró un monumento en memoria de Togliatti, y
aunque reconoció que era «corresponsable de las decisiones adoptadas y los
actos sancionados durante la época estalinista»[55], lo alabó por considerarlo
un hombre de grandes méritos, que sin embargo pertenecía a un pasado que
había que liquidar para «hacer cosas nuevas y diversas». El partido tomó nota
de las palabras de Occhetto, y el resultado fue que Togliatti pasó a formar
parte de los precursores ideales del «nuevo rumbo» fijado por el
secretario[56]. En el discurso de apertura del Comité Central de julio de aquel
año, Occhetto intervino de nuevo, haciendo hincapié en la búsqueda de una
nueva identidad y en la relación del partido con su propia historia[57]:
El problema es determinar cuál es nuestra función en la Italia de hoy; tenemos que definir la
identidad actual de nuestro partido […] debemos ajustar cuentas con nuestra propia historia porque
es el mejor modo de defender nuestro pasado. Ninguno de nosotros ha sentido la necesidad de
acabar con los mitos porque nunca los hemos creado […] sabemos hace tiempo que no podemos
limitarnos a reconducir a nuestro partido, su organización y su adecuación política a la Revolución
de Octubre. Ahora, nuestra misión es sacar a la luz la pluralidad y riqueza de nuestras fuentes
históricas y definir nuestra relación con ellas.
De manera que diseñaron un nuevo e inesperado Olimpo de los padres
ideales del comunismo italiano, que acabaron convertidos en Olof Palme,
Willy Brandt y Enrico Berlinguer[58]. En 1989 Occhetto volvió a utilizar este
recurso cuando reflexionaba sobre la Revolución francesa, reabriendo la
herida del disenso en torno a la interpretación de revoluciones pasadas[59].
Lo cierto es que dio con un hilo rojo que le condujo de la «reubicación de la
Revolución de Octubre» al discurso pronunciado por Gorbachov ante la ONU
el 12 de diciembre, que en su opinión no «podían resolver la problemática del
presente»[60]. En realidad no fue algo tan inesperado[61]: la Fiesta de
L’Unità de Florencia se había anticipado a las celebraciones organizadas con
ocasión del aniversario de la Revolución francesa. Rinascita publicó diversos
artículos en conmemoración de aquellos sucesos, y ya en 1988 el periódico
comunista se vendía con el suplemento Francia 1789. Cronaca della
rivoluzione, de Michael Winock[62], en la que se contraponían un 1789
«bueno» y un 1793 «malo» y se denunciaba al jacobinismo como un
fenómeno totalitario.
En marzo de 1989, el XVIII Congreso tomó nota del cambio en el PCI[63].
Gabriele De Rosa, un democristiano histórico, comentaba:
Ya no queda nada del «pasado», nada de Togliatti ni de Gramsci, nada de Marx o Lenin, que «ya
no existen», todo es «Gorbachov». El PCI se ha vuelto ecologista, feminista, pacifista, por fin
supranacional y, de hecho, «mundial». Se ha olvidado del Mezzogiorno [sur de Italia] y de sus
campesinos; vuela por las nobles y desencantadas esferas de los derechos humanos: es una Iglesia
secularizada[64].
Las elecciones europeas de junio fueron cruciales por la búsqueda de
convergencia con el resto de partidos de la izquierda europea: un banco de
pruebas para la labor diplomática desarrollada hasta entonces[65]. La política
de relaciones internacionales implementada por Napolitano en 1985 se
basaba en la creación de redes de contacto con los partidos de la Internacional
Socialista. Hubo encuentros periódicos con Lionel Jospin, Fernando Claudín,
Felipe González, Javier Solana y Willy Brandt gracias a la intensa actividad
cultural desplegada por las fundaciones nacionales de investigación y el
Comité de Acción Jean Monnet. Natta había abierto en 1987 los canales de
debate con los líderes socialistas portugueses y españoles, y Occhetto
emprendió un rumbo análogo: su primera cita fue con Pierre Mauroy, y
durante el encuentro no dejó de definir al PCI como el único homólogo
italiano de la Internacional Socialista[66]. Tuvo un segundo encuentro con
Lech Wałęsa, jefe del sindicato polaco Solidaridad: «símbolo de la gran
batalla por la libertad y la democracia», que hermanaba al movimiento polaco
con los comunistas italianos[67]. El siguiente paso fue Barcelona. La capital
catalana, un lugar cargado de significado, había sido el escenario del último
encuentro entre Berlinguer y Carrillo. Fue allí donde Occhetto formuló la
idea de crear en el Parlamento Europeo «un grupo de la izquierda europea»,
que no se autodenominaría «comunista» y englobaría «a partidos comunistas,
socialistas daneses y otras fuerzas». El grupo, que efectivamente crearon,
estaba formado por representantes del PCI, del Partido Popular Danés y de la
Izquierda Unida española y recibió el nombre de «Izquierda Unitaria
Europea»[68].
Mientras, el marco mundial mutaba rápidamente en un proceso de
superación del esquema bipolar que se aceleraba por momentos. El PCI
condenó inmediata y severamente los sucesos de la Plaza de Tiananmén en
Pekín, y acabó más convencido que nunca de que, ante la imposibilidad de
crear un movimiento comunista internacional, lo justo era definirse como una
fuerza democrática integrada en el socialismo europeo[69]. Cuando el partido
húngaro decidió rehabilitar a Imre Nagy, Occhetto participó en los funerales
solemnes afirmando: «Togliatti se equivocó»[70]; por primera vez invitaron
al PCI al Congreso de la Internacional Socialista como «observador». Todo
apuntaba por entonces a que Solidaridad sería capaz de formar un nuevo
gobierno[71]; en Lituania, Estonia y Letonia se formó una cadena humana
para pedir la independencia de la URSS y más de seis mil prófugos de la
Alemania del Este refugiados en Hungría obtuvieron permiso para cruzar las
fronteras de Occidente. Gorbachov anunció la anticipación del Congreso del
PCUS, tras declarar el primer estado de crisis de su gobierno debido a la
oleada de huelgas que recorría todas las repúblicas soviéticas. Mientras tanto,
en Alemania del Este, cerraron todas las fronteras en un intento por detener
un éxodo incesante que ya había sacado del país a once mil personas; las
manifestaciones contra el régimen de Honecker se multiplicaron hasta que
este se vio obligado a dimitir. En Hungría, el proceso de refundación concluía
con la desaparición de los términos «comunista» y «república popular» de la
constitución.
El 3 de noviembre, en medio de este clima de fervor, Occhetto envió una
carta a Brandt para comunicarle que el PCI llevaba tiempo animando al resto
de los países del Este a adoptar soluciones análogas a las de Polonia y
Hungría[72] con la ayuda de Occidente, coordinada por el PCI y la
Internacional Comunista. El 9 de noviembre, Alemania del Este eliminó las
restricciones a la libre circulación hacia Occidente. En la noche del 10 al 11
de ese mes, las masas derribaron el muro de Berlín presas del delirio[73].
Napolitano se encontraba con Brandt, Occhetto y el laborista Kinnock en
Bruselas[74], defendiendo una colaboración entre el PCI y la Internacional
Socialista que Brandt deseaba, pero a la que Craxi se oponía[75].
El 11 de noviembre, Occhetto participó por sorpresa en una reunión de
expartisanos de la Bolognina, el área histórica del comunismo boloñés. Su
modelo era Gorbachov, que acababa de anunciar el inicio de la Perestroika en
una reunión de veteranos de la Segunda Guerra Mundial. No recurrió a la
retórica oficial y en las únicas imágenes que conservamos de los viejos
partisanos, estos se muestran más sobresaltados que entusiasmados por el
nacimiento de una nueva criatura[76]. «Abandonemos los caminos trillados e
inventemos nuevos con el mismo valor que demostramos en la resistencia»,
había que echar a andar por rutas ignotas que lo «contemplen todo», hasta el
abandono del epíteto «comunista»[77]. Aunque no era una propuesta
concreta, todos tuvieron claro que no se refería a una idea sino a un hecho.
Pensándolo bien, no era algo tan sorprendente; el PCI llevaba más de un año
inmerso en un proceso de revisión que estaba cambiando la fisionomía del
partido independientemente de las presiones procedentes del ámbito
internacional. Bastaba con prestar atención al talante del secretario para que,
quien pensara que la transformación no era lo suficientemente innovadora,
comprendiera que cualquier cosa era posible. El factor humano tuvo un
enorme peso en las decisiones adoptadas en aquellos momentos, pues las
impresiones que obtuvo Occhetto en sus viajes del último periodo le
«afectaron profundamente» [78]. No cabe duda de que «el giro» fue fruto de
un lento proceso de transformación y de una difusa exigencia de cambio en el
seno del partido[79], tanto si se debió al devenir de los tiempos, como si fue
obra del carácter del nuevo secretario del PCI; tanto si fue el fruto de la
reflexión colectiva o el resultado de una improvisación solitaria; tanto si se
trató de una asociación apresurada entre la historia del PCI y la del
comunismo «real», como si fue un intento de salvar lo que pudiera salvarse.
La búsqueda de una nueva identidad y de un papel novedoso que desempeñar
en el seno de la sociedad italiana, que tan a menudo había incitado a la
búsqueda de nuevas experiencias, acabó en un proceso inconcluso, que aun
así tuvo un gran valor en sí, no por sus resultados, sino por su permanente
disposición a evolucionar[80].
[1] Utilizamos aquí conscientemente el término «identidad» por oposición al término berlingueriano
de «diversidad» del PCI, abordado en la primera parte del ensayo.
[2] El concepto de «diversidad» que utilizó el PCI es ambiguo y polisemántico. Fue expresado y
reivindicado por Berlinguer, pero solo tras el fracaso del «compromiso histórico» y la fase de la
«cuestión moral», aunque logró convertirse en algo intrínseco al partido, al menos desde la época de la
secretaría de Togliatti. De hecho, la «diversidad» del PCI lo distinguía tanto del «socialismo real», que
avanzaba en una dirección democrática, como del resto de la izquierda socialista y comunista
occidental, debido al estatus privilegiado que conservaba para los italianos el referente ruso: un caso
único en Europa.
[3] E. Berlinguer, Un’altra idea del mondo. Antologia 1969-1984, P. Ciofi y G. Liguori (eds.),
Roma, Editori Riuniti, 2015, p. 242.
[4] Debemos recordar que el término ya no era un referente unívoco, sino que estaba sujeto a
diversas interpretaciones, encaminadas, en su especificidad y diferencia, a distinguir entre la tradición
teórico-ideal del comunismo y el socialismo real.
[5] Bajtín, como los demás, dota al concepto de extra-localización de diversos de niveles de
aplicación aparte del estético (cfr. M. Bachtin, L’autore e l’eroe. Teoria letteraria e scienze umane
[1979], Turín, Einaudi, 1988, pp. 3 ss.).
[6] Ibid., pp. 14-15.
[7] P. Ingrao, «Tenere aperto l’orizzonte del comunismo», en Coniugare al presente. L’Ottantanove
e la fine del Pci. Scritti [1989-1993], Roma, Ediesse, 2015, pp. 98-99.
[8] A. Tortorella, «Pietro Ingrao: una lezione duratura al tempo della svolta» [«Laboratorio
culturale»], Il Manifesto, 29 de septiembre de 2015.
[9] Sobre el elevado número de memorias escritas en primera persona durante los últimos años del
PCI por numerosos dirigentes del partido, cfr. A. Romano, Compagni di scuola: ascesa e declino dei
post comunisti, Milán, Mondadori, 2007. En cuanto a las contribuciones literarias más recientes, véanse
F. Piccolo, Il desiderio di essere come tutti, Milán, Mondadori, 2014; C. Sereni, Via Ripetta 155,
Florencia-Milán, Giunti, 2015; V. Sermonti, Se avessero, Milán, Garzanti, 2016.
[10] S. Pons, «Il Pci, l’Urss e il “socialismo reale”», en G. Acquaviva y M. Gervasoni (eds.),
Socialisti e comunisti negli anni di Craxi, Venecia, Marsilio, 2011, pp. 173 ss.
[11] G. Santomassimo, «L’eredità degli anni Ottanta», Italia contemporanea 260 (2010), pp. 383-
391.
[12] A. Höbel, « Il Pci, il ’68 cecoslovacco e il rapporto col PCUS», Studi Storici 4 (2001) y, del
mismo autor, Il Pci di Luigi Longo (1964-1969), Nápoles, Esi, 2011.
[13] Vamos a permitirnos citar un par de textos nuestros: M. Di Giacomo, «Identità eurocomunista:
la traiettoria del Pce negli anni Settanta», Studi Storici 2 (2010), pp. 461-494, y «Prospettive
eurocomuniste. La strategia del Pci e i rapporti con il Pce negli anni ’70», Dimensioni e problemi della
ricerca storica 2 (2011), pp. 173-206; T. Nencioni y G. Pala, «La nueva orientación de 1968», en T.
Nencioni y G. Pala (eds.), El inicio del fin del mito soviético, Barcelona, El Viejo Topo, 2008; y de los
mismos, «I comunisti spagnoli e il Sessantotto cecoslovacco», Italia Contemporanea 258 (junio de
2008), pp. 205-225.
[14] A. Agosti, Storia del Partito Comunista Italiano, Roma-Bari, Laterza, 1999.
[15] Archivio del Partito Comunista Italiano – Fondazione Istituto Gramsci Roma (a partir de ahora
APC), Direzione, Verbali, 31/1-1/2/1973, mf. 041, 420-453; S. Pons, Berlinguer e la fine del
comunismo, Turín, Einaudi, 2006, pp. 23-25.
[16] A. Höbel, «Pci, sinistra cattolica e politica estera», Studi Storici 2 (2010), p. 440.
[17] M. Azcárate, «La conferencia de Londres», Mundo Obrero, 6 de febrero de 1971; «26-28 de
enero en Bruselas, Conferencia de los PC de Europa capitalista», Mundo Obrero, 15 de noviembre de
1973; «Hacia la conferencia en Bruselas», Mundo Obrero, 12 de diciembre de 1973.
[18] «L’impegno comune dei PC occidentali: il documento di Bruxelles», L’Unità, 30 de enero de
1974.
[19] E. Berlinguer, «Intesa e lotta di tutte le forze democratiche e popolari per la salvezza e la
rinascita dell’Italia», en PCI, XIV Congresso del PCI, Roma, Editori Riuniti, 1975.
[20] «Dichiarazione comune del Pce e del Pci», en E. Berlinguer, S. Carrillo y G. Marchais, La via
europea al socialismo, Roma, Newton Compton, 1976, p. 53.
[21] S. Pons, Berlinguer e la fine del comunismo, Turín, Einaudi, 2006, pp. 60-75.
[22] E. Berlinguer y G. Pansa, «Il Pci e la Nato», Corriere della Sera, 15 de junio de 1976.
[23] G. Fiori, Vita di Enrico Berlinguer, Roma-Bari, Laterza, 1989, pp. 276-280.
[24] G. Pajetta, «Informazione sui rapporti e sui più recenti incontri con i partiti comunisti ed
operai», en APC, Direzione, Verbali, 16/2/1977, mf. 288, 0126-0130.
[25] APC, Estero, 1977, mf. 298, 2333-2352.
[26] «L’Eurocomunismo, Tempi Nuovi e noi», L’Unità, 27 de junio de 1977.
[27] «Minucci e Pajetta a colloquio con Carrillo e Azcárate», L’Unità, 20 de julio de 1977; «Conclusi
i colloqui Pci-Pce», L’Unità, 23 de julio de 1977; Nota a segreteria su incontro con Azcárate, APC,
Note a Segreteria, 12/9/1977, mf. 0304, 0354-0356; E. Polito, «Confronto sull’Eurocomunismo»,
L’Unità, 11 de septiembre de 1977; «Eurocomunismo y eurosocialismo, debate en Modena», Mundo
Obrero, 22-28 de septiembre de 1977.
[28] El discurso de Berlinguer en «Concepción común del socialismo, la democracia y la paz»,
Mundo Obrero, 1-7 de junio de 1978.
[29] APC, Direzione, Allegati, 19/10/1978, mf. 7812, 67-72; APC, Direzione, Verbali, 19/10/1978,
mf. 7812, 33-44.
[30] La conferencia del 28 de noviembre de 1980, en A. Tatò (ed.), Conversazioni con Berlinguer,
Roma, Editori Riuniti, 1984, pp. 212 ss.; R. Gualtieri, «L’ultimo decennio del Pci», en P. Borioni (ed.),
Revisionismo socialista e rinnovamento liberale, Roma, Carocci, 2000, pp. 179-180; F. Barbagallo, «Il
Pci dal sequestro Moro alla morte di Berlinguer», Studi Storici 42(4) (oct.-dic. de 2001), pp. 856-857.
[31] La fórmula en una entrevista de Eugenio Scalfari del 28 de julio de 1981, ahora en A. Tatò (ed.),
Conversazioni con Berlinguer, cit., pp. 250 ss.
[32] La «ruptura» en RAI, Tribuna politica, 15 de diciembre de 1981 citado en G. Fiori, Vita di
Enrico Berlinguer, cit., pp. 466-467.
[33] F. Barbagallo, Enrico Berlinguer, Roma, Carocci, 2006; del mismo autor, «Il Pci di Berlinguer
nella crisi italiana e mondiale», en S. Colarizi y P. Craveri (eds.), Gli anni ’80 come storia, Soveria
Mannelli, Rubbettino, 2006; S. Hellmann,«Il partito comunista fra Berlinguer e Natta», en P. Corbetta y
R. Leonardi (eds.), Politica in Italia, Bolonia, Il Mulino, 1987; C. Valentini, Berlinguer il segretario,
Milán, Mondadori, 1987; R. Gualtieri, Il Pci nell’Italia repubblicana, Roma, Carocci, 2001.
[34] L. Barca, Cronache dall’interno del vertice del Pci, Soveria Mannelli, Rubbettino, pp. 782-783.
[35] A. Asor Rosa, La sinistra alla prova, Turín, Einaudi, 1996, p. 69.
[36] Véase Tradizioni e prospettive della sinistra oggi (Residence di Ripetta, Roma, 14 de febrero de
1986), sobre el congreso organizado por los socialistas y comunistas italianos con la colaboración de
las fundaciones Friedrich Ebert del Partido Socialista Alemán, Pablo Iglesias del PSOE y el Institut
Socialiste d’Études et Recherches del Partido Socialista Francés –aparte de la Fundación Otto Bauer.
[37] E. Roggi, «Con Gorbaciov ci siamo detti…», L’Unità, 9 de febrero de 1986; L. Barca, Cronache
dall’interno del vertice del Pci, cit., pp. 1007-1008.
[38] Barth Urban J., «Il XVII Congresso del Pci e il ‘nuovo internacionalismo», en P. Corbetta y R.
Leonardi (eds.), Politica in Italia 1987, Bolonia, Il Mulino, 1987, pp. 131-148.
[39] Napolitano, puede que exagerando, dijo que el Congreso «sancionaba la salida del PCI del
movimiento comunista» (la cita en M. Morando, Riformisti e comunisti? Dal Pci al Pd. I «Miglioristi»
nella politica italiana, Roma, Donzelli, 2010, p. 44); G. Napolitano, Dal Pci al socialismo europeo,
Roma-Bari, Laterza, 2006, p. 206.
[40] Ibid., pp. 221-222.
[41] VV.AA., Da Krusciov a Gorbaciov, suplemento de L’Unità, 23 de febrero de 1986.
[42] U. Baduel, L’Ungheria 1956, il Pci, la sinistra, entrevista a Natta, L’Unità, 12 de octubre de
1986.
[43] F. Ottolenghi y G. Vacca, «Intervista a Natta a 50 anni dalla scomparsa di Gramsci», L’Unità,
18 de enero de 1987; B. De Giovanni, «Perché si parla tanto di Gramsci?», en Rinascita, número 15, 18
de abril de 1987; VV.AA., Gramsci. Le sue idee nel nostro tempo, suplemento de L’Unità, 12 de abril
de 1987.
[44] A. Possieri, Il peso della storia, Bolonia, Il Mulino, 2007, pp. 201 ss.
[45] F. Cucurnia, «Gorbaciov ammette le difficoltà», La Repubblica, 31 de diciembre de 1986.
[46] M. Fuccillo, «Il Pci e la “madre Russia” “non ci basta Gorbaciov”», La Repubblica, 7 de enero
de 1987.
[47] Citado en M. Fuccillo, «Gorbaciov l’ha confermato: Berlinguer aveva ragione», La Repubblica,
8 de enero de 1987. Cfr. la entrevista concedida por Natta a Tribuna Politica, recogida en S. Bonsanti,
«Berlinguer aveva ragione», La Repubblica, 29 de enero de 1987; A. Occhetto, La gioiosa macchina,
Roma, Editori Internazionali Riuniti, 2013, pp. 244 ss.; A. Rubbi, Incontri con Gorbaciov. I colloqui di
Natta e Occhetto con il leader sovietico: giugno 1984-novembre 1989, Roma, Editori Riuniti, 1990.
[48] P. Garimberti, «Nel Pci è una scossa. Craxi: “è solo l’inizio”», La Repubblica, 28 de enero de
1987.
[49] A. Giovagnoli, «Cattolici e politica dalla prima alla seconda repubblica», en S. Colarizi, A.
Giovagnoli y P. Pombeni (eds.), L’Italia contemporanea dagli anni Ottanta ad oggi, vol. 3: Istituzioni e
Politica, Roma, Carocci, 2014, p. 192.
[50] M. Gervasoni, «Una guerra inevitabile: Craxi e i comunisti dalla morte di Berlinguer al crollo
del muro», en G. Acquaviva, y M. Gervasoni (eds.), Socialisti e comunisti negli anni di Craxi, cit., pp.
70 ss.; L. Pellicani, «La battaglia culturale contro il comunismo», en ibid., pp. 159-168.
[51] R. Gualtieri, L’Italia dal 1943 al 1992: Dc e Pci nella storia della repubblica, Roma, Carocci,
2006, pp. 225 ss.
[52] «Lo stalinismo nella sinistra italiana», Actas del congreso organizado por Mondoperaio, Roma,
16-17 de marzo de 1988, Roma, s.n., 1988.
[53] A. Salimbeni, «E su Togliatti al Psi diciamo», L’Unità, 7 de marzo de 1988; P. Ingrao,
entrevistado por Enzo Biagi el 1 de marzo de 1988; G. Boffa, «Bukharin e il Pci», L’Unità, 13 de
febrero de 1988.
[54] A. Occhetto, «Sinistra in campo aperto», La Repubblica, 10 de marzo de 1988.
[55] A. Occhetto citado en L’Unità, 9 de julio de 1988.
[56] F. Ottolenghi, «I conti col presente», Rinascita, 23 de julio de 1989; G. Liguori, «Ciò che
conferma “l’archivio Togliatti”», en ibid, 13 de agosto de 1988; G. Caldarola, «Il confronto con
Togliatti», en ibid., 27 de agosto de 1988; G. Cervetti, «Togliatti e il “nuovo pensiero”», en ibid., 10 de
septiembre de 1988.
[57] A. Occhetto, «Relazione al CC 19-21/7/1988», L’Unità, 20 de julio de 1988.
[58] A. Occhetto, «Così costruiamo il nuovo Pci», L’Unità, 18 de septiembre de 1988.
[59] A. Occhetto, en F. Adornato, «Siamo figli dell’89», L’Espresso, 23 de enero de 1989, también
en A. Occhetto, Un indimenticabile ‘89, Milán, Feltrinelli, 1990.
[60] M. De Angelis, Post, confessioni di un ex comunista, Milán, Guerini, 2003, p. 65.
[61] V. Timperi, « Il Pci e il Pcf nel 1989: ascesa e caduta della Rivoluzione», en M. Di Giacomo y
A. Gori (eds.), Sguardi sulle prospettive della nuova ricerca storica. Persistenze o Rimozioni 3, Roma,
Aracne, 2013, pp. 177.
[62] D. Losurdo, «Rivoluzioni “buone” e rivoluzioni “cattive”», Rinascita, 28 de mayo de 1988; M.
Prospero, «L’eredità dell’89», en ibid., 27 de agosto de 1989; M. Winock, «Francia 1789. Cronaca
della rivoluzione», suplemento de L’Unità, 18 de diciembre de 1989.
[63] A. Bosco, Comunisti. Trasformazioni di partito in Italia, Spagna e Portogallo, Bolonia, Il
Mulino, 2001, p. 159.
[64] G. De Rosa, La storia che non passa. Diario politico 1969-1989, Soveria Mannelli, Rubbettino,
1999, p. 437. A. Spiri, «Tra sogno e realtà. L’unità socialista nelle carte di Craxi», en S. Colarizi, A.
Giovagnoli y P. Pombeni (eds.), L’Italia contemporanea dagli anni Ottanta ad oggi, vol. 3, cit., p. 273.
[65] L. Bardi, «Le terze elezioni del Parlamento europeo. Un voto per l’Italia o un voto per
l’Europa?», en R. Catanzaro y F. Sabetti (eds.), Politica in Italia, Bolonia, Il Mulino, edición de 1990,
pp. 103-122.
[66] «Parliamo di eurosinistra», L’Unità, 12 de abril de 1989.
[67] G. Bertinetto, «Walesa abbraccia Occhetto», L’Unità, 22 de abril de 1989. «Por entonces
nosotros, al contrario que Gorbachov, dirigíamos nuestra mirada hacia el papa Wojtyła […] El pontífice
consideraba «inaceptable que la desconfianza hacia el socialismo real convirtiera al capitalismo en el
único modelo de organización económica»» (M. De Angelis, Post, confessioni di un ex comunista, cit.,
p. 62).
[68] F. Rondolino, «Una sinistra per l’Europa», L’Unità, 23 de abril de 1989.
[69] M. D’Alema, « Quel che Pechino ci insegna», L’Unità, 6 de junio de 1989; A. Occhetto, «Con i
giovani e i lavoratori della Tienanmen», en A. Occhetto, Un indimenticabile ‘89, cit.
[70] A. Occhetto citado en M. Sappino, «Occhetto: siamo eredi di Nagy», L’Unità, 17 de junio de
1989.
[71] K. Pietras, «L’opposizione nella Germania dell’Est e nella Polonia durante l’ultima decade della
Guerra Fredda», en V. Lomellini y A. Varsori (eds.), Dal Sessantotto al crollo del Muro, Milán,
FrancoAngeli, 2014, pp. 193-210.
[72] A. Occhetto, «Aiutiamo la Perestrojka, lettera a Brandt», L’Unità, 3 de noviembre de 1989.
[73] L. Gruber y P. Borella, Quei giorni a Berlino, Turín, Nuova Eri-Edizioni Rai, 1990.
[74] M. De Angelis, Post, confessioni di un ex comunista, cit., p. 29; A. Occhetto, Il sentimento e la
ragione, Milán, Rizzoli, 1994, p. 64 y, del mismo, Secondo me, Casale Monferrato, Piemme, 2000, p.
296.
[75] G. Napolitano, Dal Pci al socialismo europeo, cit., pp. 245-246.
[76] L. Telese, Qualcuno era comunista, Milán, Sperling & Kupfer, 2009. pp. 29-35; G. Moltedo y
N. Rangeri, Pci. La grande svolta, Roma, Edizioni Associate, 1989; C. Valentini, Il nome e la Cosa,
Milán, Feltrinelli, 1990.
[77] W. Donati, «Occhetto ai veterani della Resistenza», L’Unità, 13 de noviembre de 1989.
[78] A. Occhetto, Secondo me, cit., pp. 290 ss.; del mismo, Il sentimento e la ragione, cit., p. 63.
[79] A. Agosti, Bandiere Rosse, Roma, Editori Riuniti, 1999, pp. 334 y 336.
[80] I. Ariemma, Il tramonto di una generazione, Roma, Castelvecchi, 2014, p. 60.
IV. LA REVOLUCIÓN HOY: IMÁGENES,
DISCURSOS Y MEMORIAS DEL 17 EN LA
ACTUALIDAD
16. De la utopía revolucionaria a la revolución
distópica. Desmemoria de 1917 y cultura política en la
España reciente[1]
Jesús Izquierdo Martín y Jairo Pulpillo López
Todos los símbolos tienen memoria y, como el futuro, su corazón es antiguo.
Solo los mediocres piensan que la historia nació con ellos.
Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, octubre de 2016
Cierto es: no habría símbolo sin memoria. Es obvio pues, ¿cómo emplear el
signo sin el recuerdo, aunque débil, lejano, de sus significados? Si somos
efecto de los signos que nos conducen a hacer interpretaciones del mundo,
especialmente conceptos y categorías, tenemos que recordar lo que aquellos
significan. En caso contrario, no tendremos ni identidad ni reconocimiento…
Ahora bien, si no queremos caer en una tesis formal del signo según la cual el
símbolo contiene, en su misma forma, una memoria, deberemos apuntar a
que la memoria del signo no está dentro de sí. Más bien procede de la
comunidad histórica donde adquiere su sentido. Es más, ni todos los símbolos
quedan incorporados en la memoria pública de una comunidad ni mantienen
constantemente un significado dentro de un colectivo cambiante y, a menudo,
contingente. A Pablo Iglesias le asiste la razón: el puño en alto, símbolo al
que apela su texto, es un símbolo que es reconocido en la vieja memoria de la
crítica contra el capitalismo y contra los efectos que nocivamente produce en
la convivencia entre ciudadanos; sin embargo, no es tan cerrada la relación de
identidad con la realidad a la que tal símbolo parece en principio representar,
concretamente la que es materia de este texto, el acontecimiento que
decisivamente contribuyó a dar una determinada vida política al signo: la
Revolución de Octubre de 1917[2]. Apuntemos algo más alto: lo que no está
tan claro es que el puño alzado pueda seguir encarnando dicha memoria de
1917, aunque solo sea porque no poseemos una única memoria de dicho
acontecimiento o, si apuramos, quizá esta memoria solo pertenezca ya a
algún historiador anticuario o algún político nostálgico o neo-
regeneracionista.
Los símbolos viven en las resignificaciones que acaban dando vida a
nuestras acciones: las reinterpretaciones cierran puertas de presente
antiutópico, abren ventanas al aire fresco de las utopías e incorporan los
vientos pútridos de las distopías, esos deseos o temores de que el futuro,
pensado como posible, pueda realizarse. Si viven es porque se recuerdan, y si
se recuerdan es porque su referente persiste como acontecimiento relevante
para el presente de una comunidad. Y el asalto al Palacio de Invierno, como
metáfora de la revolución proletaria, es uno de esos acontecimientos
convertido en símbolo de lo posible que ha tenido distintas memorias en la
cultura política española, al igual que en otras culturas de nuestro entorno[3].
Distintas memorias porque la Revolución rusa de octubre no habla por sí
misma: nos topamos con ese acontecimiento, el cual nos exige que lo
enunciemos pero sin decirnos cómo hacerlo dado que la realidad, pasada,
presente o futura, cobra significación solo a través de las comunidades
hermenéuticas a las que pertenecemos[4]. Este es el nódulo del trabajo de la
memoria y de la historia: cargar de anacronía el pasado que nos apela. Y es
que aunque únicamente hubiera un Octubre de 1917, no tenemos acceso
directo a él salvo desde la mirada actualizada, de manera que solo podemos
evocarlo desde los topoi culturales que lo convierten en un momento
histórico que, alimentado por múltiples interpretaciones, sigue aconteciendo.
1917, Octubre, la toma del poder por parte de los bolcheviques, la
construcción del Estado soviético, el desplazamiento de los mencheviques,
existieron; pero existieron de formas muy variadas según los relatos que
contaron lo sucedido. Es más, para muchos ciudadanos ni siquiera ocurrieron:
la memoria colectiva ha acabado tan ocupada en otros asuntos que o no lo
recuerdan o simplemente lo desconocen. Cosas de la historia. La cultura
política española fue muy activa en las interpretaciones del acontecimiento;
lo incorporó como referente y desarrolló diferentes significaciones simbólicas
que variaron con los cambios de identidad colectiva y personal de sus
intérpretes. 1917 fue deseado pero también vilipendiado. Deseado porque
parecía abrir a un mundo nuevo, habitado por sujetos también novedosos que
creían estar realizando el sueño utópico en el cual la humanidad estaba
alcanzando una sociedad emancipada e igualitaria donde el gobierno de los
hombres dejaría paso a la administración de las cosas. Y fue vilipendiado
como realización del terror genocida y la burocracia estatal autoritaria,
interpretado por sus resultados, como una más de nuestras habituales
tautologías: cada vez más simbolizado en la memoria pública como
manifestación ineludible de violencia y dictadura, su poder simbólico fue
menguando hasta quedar casi apagado en el recuerdo colectivo y convertirse
en materia casi exclusiva del erudito[5].
En las culturas políticas en pugna durante la transición a la democracia
concurrió el símbolo de Octubre. Concurrió con debilidad; lo hizo, por
ejemplo, en la esfera cultural, especialmente en los cines, donde las películas
soviéticas lograron ganarse un cierto espacio. Pero también se encarnó en
algunas organizaciones políticas y movimientos sociales a la izquierda del
PCE, una vez que este partido lo desplazó en su memoria tras el giro
eurocomunista e integrador. Por el camino fue perdiendo su fuerza simbólica
a medida que la presión por el reconocimiento institucional se imponía en
dichos partidos y el símbolo se resignificaba hasta convertirse durante la
democracia en arma arrojadiza no solo de la derecha posfranquista sino
también de la izquierda instituida, crecientemente antiutópicas y para las
cuales el acontecimiento se vincula además a un radicalismo distópico que
podía amenazar el nuevo orden de 1978 construido sobre las ideas de
reconciliación y consenso. El progresivo desencanto de la izquierda radical
ante los derroteros reformistas que fue tomando la transición democrática fue
trastocando la subjetividad revolucionaria, haciendo que el hilo rojo que
retrotraía su memoria colectiva hasta el momento octubrista acabara
rompiéndose en mil pedazos y, entre sus costuras, campara a sus anchas la
cultura de la modernización constante, el consumo siempre creciente y la
democracia del protocolo. Se incrustó, en suma, el relato hegemónico de
progreso que supuestamente nos había devuelto a la Historia y su gramática
de redención consumada en la que no había espacio para recordar otras
posibles memorias de lucha histórica antifranquista.
La ausencia del símbolo en las nuevas generaciones postransicionales es
parte de una memoria hegemónica, aunque organizaciones como Podemos,
con la influencia indudable del 15M, reivindiquen ahora algunos significados
del concepto revolución, si bien desde reinterpretaciones que no remiten
directamente a tal acontecimiento, figurado como violento y autoritario.
Resulta tentador, por lo tanto, llenar dicha ausencia de memoria con un
«deber ser» del recuerdo de 1917, especialmente si lográramos eliminar su
interpretación más tautológica desde el estalinismo totalitario y genocida. Sin
embargo, no es esta la pretensión de este texto, al menos porque su matriz
interpretativa no procede del pensamiento utópico sino de un planteamiento
histórico que desea explicar la normalidad de dicha ausencia actual a partir de
los avatares experimentados por las comunidades hermenéuticas que se
toparon con dicho símbolo en los cien años transcurridos desde 1917 y de la
pérdida de una tradición que lo vinculen con él. Ahora bien, desde una
historia responsable con su presente, política, cabe reconocer su presencia en
la Transición, aunque solo sea como constatación de que hubo otros relatos
posibles, quebrados, olvidados en la memoria que tornó hegemónica; relatos
que narraban la revolución como utopía posible, aunque esta fuera autoritaria
y violenta, y que convierten el relato transicional dominante en una narrativa
meramente vencedora entre otras muchas. Solo por ello, quizá, la relación
entre 1917 y la izquierda revolucionaria española de aquellos años merezca
ser recordada.
LAS HEBRAS LEJANAS DE LA UTOPÍA
Antes de la República nuestro deber era traer la República; pero establecido este régimen,
nuestro deber es traer el socialismo. Y cuando hablamos de socialismo, no nos hemos de
limitar a hablar de socialismo a secas. Hay que hablar de socialismo marxista, de socialismo
revolucionario. Hay que ser marxista y serlo con todas sus consecuencias. La República
burguesa hay que transformarla en República socialista. A eso no renunciamos.
Largo Caballero, Cine Europa, 12 de enero de 1936
En la costura de la democracia del 78 en España, no estuvieron ausentes las
hebras que representaban Octubre de 1917. Los acontecimientos se habían
sucedido desde el mismo instante en el que el Palacio de Invierno fue
asaltado por los soviets aquel octubre ruso e impactaron decisivamente en el
movimiento obrero español[6]. Las principales organizaciones políticas y
sindicales de la izquierda, la CNT y el PSOE, recibieron con desigual
entusiasmo la revolución socialista en el contexto de la Primera Guerra
Mundial, y mientras la primera se mostró favorable al bolchevismo, el
segundo se mantuvo a la expectativa por temor a que la salida rusa del
conflicto bélico dividiera al socialismo e incrementara el poder del
autoritarismo de raíz germánica. Acabada la guerra, sin embargo, ambas
organizaciones repensaron sus vínculos con la Revolución rusa a partir del
formato institucional de la Internacional Comunista, organizada en Moscú en
1919; especialmente por las condiciones de ingreso en dicha organización,
genéricamente englobadas en el reconocimiento de una única sección por
país, el sometimiento a la disciplina fijada desde la URSS y la expulsión de
líderes y militantes considerados reformistas o moderados según los criterios
hegemónicos tras la dinámica revolucionaria.
Las 21 condiciones de ingreso eliminaron gran parte del entusiasmo inicial
de la CNT y del PSOE, a lo que se sumaron las interpretaciones de la
revolución que algunos de los representantes de ambas organizaciones
hicieron tras visitar la nueva Unión Soviética. A partir de ahí, socialistas y
anarquistas se distanciaron de 1917 y del modelo soviético de construcción
del socialismo, modelo interpretado desde entonces por sus efectos,
considerados perjudiciales para la emancipación de la clase obrera[7]. Si en
1921 el PSOE se inclinaba mayoritariamente por la Internacional de Viena,
cuyo objetivo era reunificar un socialismo internacional ajeno al modelo de
1917, una minoría partidaria de la Tercera Internacional se escindía del PSOE
y fundaba el Partido Comunista Obrero Español, organización que acabaría
fusionándose con el Partido Comunista Español (constituido en 1919 por las
Juventudes Socialistas) para dar lugar al Partido Comunista de España (PCE),
baluarte en principio de la memoria histórica y utópica de la Revolución de
Octubre.
El desencanto de los anarquistas de la CNT hacia la revolución soviética
llegó tras la discusión sobre el concepto de dictadura del proletariado y su
aplicación mediante un partido único, concepto que contradecía la autonomía
del sindicato como organización revolucionaria. Con todo, aquel
desencuentro no se afianzó hasta la conferencia nacional de 1922: en ella no
solo se rechazó la incorporación de la CNT en toda institución de índole
comunista; también se protestó insistentemente contra la represión de los
bolcheviques al negar la crítica desarrollada desde posiciones alternativas. A
partir de entonces, los ecos de la Revolución rusa quedaron instituidos en el
seno del PCE al tiempo que socialistas y anarquistas arremetían contra aquel
partido integrado en el seno de una Internacional defensora de la experiencia
de 1917 pero cuya debilidad dentro de la cultura política de la izquierda
española era todavía manifiesta antes del fracasado golpe militar de 1936 y su
desembocadura en una guerra civil sin precedentes.
Como se puede inferir del texto atribuido al líder socialista Largo Caballero
que inicia este epígrafe, durante la Segunda República las culturas políticas
del PSOE y de la CNT no dejaron de lado el símbolo de la revolución social
como utopía posible que podía realizarse una vez concluida la revolución
democrática republicana. Sin embargo, el referente revolucionario de 1917
quedó en ambos partidos desplazado tras su identificación con un desenlace
identificado
como
dictadura
de
partido
–reconocimiento
hecho
principalmente por la CNT–, esto es, como autoritarismo antidemocrático. El
surgimiento de la lógica frentepopulista, apoyada por la URSS, desplazó
paradójicamente la alternativa de 1917 como símbolo utópico, pues el
crecimiento del Partido Comunista y su apoyo a una alianza democrática
entre fuerzas de izquierdas y republicanas detuvo estratégicamente el
llamamiento de la Internacional Comunista a la revolución de tipología
soviética, un proceso que se acentuó durante la guerra. Por su parte, las
culturas políticas prorrevolucionarias de los movimientos a la izquierda del
PCE, dentro del debate sobre ganar la guerra o apostar por una
transformación social radical, se habían distanciado del modelo –por
autoritario– de la experiencia soviética –considerada fallida–. En todo caso,
en el verano de 1936 se habían actualizado referentes revolucionarios que
solo en parte miraban a 1917 y que se situaban en el horizonte de
expectativas de toda una generación para la que se abrían posibilidades de
realización. Sin embargo, el triunfo arrollador sobre el Frente Popular por
parte de una de las derechas más reaccionarias de Europa acabaría dando
lugar a una lectura distópica de 1917 y de todo tipo de revolución. La
duración de la derrota y la asimilación paulatina de dicho fracaso serían clave
en la desmemoria de aquel acontecimiento en una gran parte de la población
española[8].
LA DISTOPÍA QUE VIENE
Si la utopía revolucionaria de 1917 se había realizado finalmente, para la
gran mayoría de las organizaciones de la izquierda lo había hecho contra la
clase trabajadora por considerar intolerable el autoritarismo de partido y las
despóticas condiciones de incorporación a la III Internacional. Incluso
durante los años sesenta, el PCE tuvo que alejarse del referente del 17 en una
estrategia que buscaba, en primer término, pactar con otras fuerzas
democráticas y después introducirse en la lógica consensual y reformista que
la transición a la democracia acabaría instaurando. El eurocomunismo fue así
la respuesta más clara de una organización que pretendía –en el seno de la
naciente democracia– hacer concurrir sus demandas con las de otros partidos
que no se limitaran a formaciones progresistas. En la Segunda Conferencia
Nacional de 1975, el PCE defendía «que ya desde hoy habría que comenzar a
elaborar el proyecto de una formación política capaz de aunar todas las
tendencias socialistas sin sofocar ninguna, sin anular sus características
ideológicas, sin comprometer su fisionomía particular, su independencia, su
campo de acción propio». Era el tono general en las fuerzas comunistas de
Occidente: los depositarios de la memoria de 1917 desplazaban ese recuerdo
en un sentido pragmático para adaptarse a un programa gradual y no
revolucionario de socialismo con la «voluntad de construir el socialismo en la
democracia y en la libertad»[9].
Con una praxis más distanciada de la tradición leninista y del patrón
revolucionario de 1917, el eurocomunismo se acercó cada vez más a la
estrategia reformista de la socialdemocracia hasta el punto de que dicha
posición fue calificada por filósofos de tradición marxista revolucionaria
como Manuel Sacristán como «la insulsa utopía de una clase dominante
dispuesta a abdicar graciosamente y una clase ascendente capaz de cambiar
las relaciones de producción sin ejercer coacción»[10]. Esta estrategia
gradualista y alejada de los dictámenes soviéticos tuvo lugar especialmente
en 1968 tras la invasión de Checoslovaquia, si bien ya había dado sus
primeros pasos después de la ocupación de Hungría en 1956[11]. En este
sentido, el eurocomunismo definió vías nacionales al socialismo que no eran
dependientes de la ortodoxia del PCUS y lo acercaban a la democracia
parlamentaria, de manera que podía ir adecuándose a las pautas del proyecto
que se estaba esbozando en España tras la muerte de Franco.
Para los comunistas de los años setenta, 1917 estaba demasiado vinculado a
la idea de un enfrentamiento directo con el Estado en una tradición marxista-
leninista que no encajaba bien con las mutaciones laborales y culturales que
se habían producido en los años sesenta. Y el eurocomunismo se adaptó al
momento culminante del consenso transicional especialmente a partir de la
legalización del PCE, cuando los pactos puntuales con el poder franquista se
interpretaron como parte de una progresión más lenta y larga hacia el
socialismo por la vía democrática. Entonces el partido precisaba alejarse del
imaginario autoritario y prosoviético que el acontecimiento, interpretado
desde sus consecuencias, simbolizaba no solo para los herederos del
franquismo, sino también para las fuerzas de la oposición que pretendían
desacreditar a los comunistas acusándolos de conformar una organización
coactiva cuyo objetivo era el asalto violento del Estado. El problema era
cómo conservar el matiz revolucionario de un partido comunista manteniendo
a la vez el formato político liberal. Pues bien, el eurocomunismo terminó
renunciando a la transformación radical de la sociedad en favor de una vía
reformista y pacífica al socialismo que se plasmó en una práctica política
moderada y pragmática, una estrategia en la cual 1917 perdió fuerza como
referente utópico entre quienes ahora abogaban por la contención de los
movimientos sociales, el consenso político y el régimen institucional del
78[12].
El definitivo alejamiento del signo 1917 en el partido que más claramente
lo incorporaba en su cultura política tuvo lugar en el IX Congreso del PCE,
celebrado entre el 19 y el 23 de abril de 1978. En dicha convocatoria, el
ideario reformista no solo se consolidó como doctrina oficial del
eurocomunismo «consensuador»; también se suprimió la identificación del
partido con el leninismo como elemento doctrinal por considerarlo desfasado
y contrario a una praxis que debía evitar el enfrentamiento con el Estado y la
lógica organizativa excluyente. Se conseguía así contestar la imagen violenta
y estalinista edificada por sus competidores políticos al tiempo que el PCE
lograba «tomar distancias con la fraseología comunista tradicional y con la
ideología oficial de la Unión Soviética» y asumía tajantemente que «hoy no
cabe mantener la idea restrictiva de que el leninismo es el marxismo de
nuestra época»[13].
El Partido Socialista, por su parte, no incorporaba desde los años veinte el
recuerdo de 1917, aunque la necesidad de hacerse un hueco entre las fuerzas
de izquierda y, sobre todo, la competencia con un PCE que había
hegemonizado la movilización social durante el tardofranquismo le obligaron
a radicalizar su discurso y a abrazar de manera explícita el marxismo a
principios de la Transición. En todo caso, la estrategia fue más bien una
maniobra política que nunca hizo del problema un objetivo de reflexión
teórica. El rechazo originario del partido a la revolución bolchevique y el
cariz pragmático del grupo más aglutinado de los nuevos socialistas, el de
Sevilla, no propiciaban la defensa de un proceso revolucionario violento
contra el Estado, para empezar porque rechazaban «la potencialidad
transformadora de la clase obrera frente al esperanzador dinamismo de los
nuevos sectores profesionales intermedios» al igual que «cualquier práctica
radical considerada pueril por ilusa y contraproducente para los objetivos
democratizadores inmediatos»[14].
En 1972, en el XII Congreso del PSOE en el exilio, los jóvenes se hicieron
con la dirección del partido y le dieron un tono más extremista facilitando sus
relaciones con el PCE para futuras plataformas de negociación sin que se
mezclaran con las líneas seguidas por los comunistas. Dos años más tarde,
Felipe González fue reconocido por la Internacional Socialista al tiempo que
el PSOE era identificado como principal fuerza representante de la izquierda
socialista, precisamente por no aceptar resoluciones políticas que
sobrepasaran por la izquierda a la organización internacional y por
publicitarse como organización cuya radicalidad –así lo entendieron sus
principales «tutores» extranjeros, especialmente alemanes federales y
estadounidenses– era solo una estratagema política diseñada para adquirir
fuerza en el escenario político del momento.
Desde entonces, la moderación se iría imponiendo. A medida que el
contexto reformista se iba instituyendo, el partido asumía la superación de la
ruptura con las posiciones franquistas no involucionistas y planteaba la
posibilidad de alcanzar democráticamente el gobierno sin necesidad de
aliarse con otras fuerzas políticas. Formalmente la radicalidad seguía en
vigor. En una de las declaraciones más extremas del PSOE, realizada en el
XXVII Congreso de 1976, se establecía que su ideario conducía «a rechazar
cualquier camino de acomodación al capitalismo o a la simple reforma de
este sistema» y que el programa y acción se dirigían «a la superación del
modo de producción capitalista mediante la toma del poder político y
económico y la socialización de los medios de producción, distribución y
cambio por la clase trabajadora»[15]. Con todo, el partido se sumaba a la
experiencia contra-ejemplar de la URSS y apoyaba el socialismo
autogestionario, ajeno al estatismo soviético.
Mientras el PCE mantenía una estrategia de relativa moderación para
alejarse de los procesos revolucionarios violentos y las maneras autoritarias
de gestión política, el PSOE iba en sentido contrario, articulando una táctica
formalmente marxista que no lo vinculara a la moderación que otras
organizaciones denunciaban en los socialistas. Sin embargo, como ya
denunció el jurista socialdemócrata Luis García San Miguel, tal definición de
«marxista» tuvo un carácter accidentalista, próxima a la Segunda
Internacional y a la tradición socialdemócrata que reivindicaba un camino
progresivo hacia el socialismo y la defensa del Estado existente como
precondición para el cambio.
Pronto se puso en evidencia. Una vez abierta la etapa del consenso durante
la Transición, el discurso del PSOE se fue atemperando, dejando claro que el
marxismo era una excusa para movilizar a sus potenciales militantes y
votantes frente a su principal competidor, el PCE, y una justificación para
suprimir la hegemonía comunista dentro de la oposición al régimen
franquista. El marxismo, como ha planteado Juan A. Andrade, fue así un
«señuelo» en la lucha con otras fuerzas de oposición antifranquistas cuyo
éxito se puso de relieve en las elecciones generales de junio de 1977. En ellas
el partido logró atraerse a grupos desideologizados que apoyaban la
democracia con ciertos resabios sociales pero sin apelar a otras fuerzas con
proyectos más radicales. El PSOE quedó convertido de hecho en la principal
organización de la oposición a la UCD sin tener que pugnar en radicalidad
con un PCE cuyos resultados electorales fueron decepcionantes. Y por el
camino los militantes más proclives a la ruptura con el régimen dictatorial
fueron desplazados por nuevos afiliados cuya cultura política era más
moderada, más construida en el entorno del desarrollismo socioeconómico y
la política del orden.
En este contexto no hubo veleidades prorrevolucionarias ni hacia 1917 ni
hacia cualquier revolución que se le pareciera. Todo lo contrario. La
moderación culminó con la participación del PSOE en la redacción del texto
constitucional, donde ratificó su apoyo a la reforma pactada frente a la
ruptura y tras el cual el partido resolvió que la etapa de consenso y la
transición habían concluido. Legalizado e instituido en la democracia en
ciernes, reconociendo que debía evitar toda crítica procedente de la derecha
por su marxismo o por su antiimperialismo, y que su nuevo papel era el de
competidor plausible de la UCD, el PSOE decidió en el Congreso
Extraordinario de 1979 –subsiguiente al XXVIII Congreso– optar por un giro
político interclasista en el cual se eliminó el marxismo de la descripción de la
organización. La memoria revolucionaria volvía a entenderse como símbolo
de una distopía cargada de violencia que no podía tener cabida en el universo
consensual de una democracia modernizadora que se ponía en marcha
mirando principalmente a Europa occidental y a los Estados Unidos.
LA REVOLUCIÓN SIN APENAS INVIERNO
La huelga general revolucionaria… Era una ilusión… huelga de hambre, o sea, me pego
todo hasta que me muera. Hacemos una cosa y conseguimos otra, si hacemos un acto, a por
él… lo que es la toma del palacio de invierno.
Peio Urdíain
En esa situación te importa una mierda lo de la policía. ¿Sabes por qué? Porque estabas
arropado por miles de personas, y la policía… ¡hostia!, que toque aquí poquita cosa, por si
acaso, ¿entiendes? Porque esas personas, según en qué momento de la huelga podían ir a la
toma del palacio, o sea, tranquilamente, ¿eh?, tranquilamente.
Mateo Arakistáin[16]
La cultura de la Transición fue cosiendo un relato en el cual las hebras del
consenso y el reformismo, frente al conflicto entre dictadura, por un lado, y
movimientos sociales y organizaciones políticas, por el otro, fueron
haciéndose hegemónicas. Al PCE, única fuerza que podía encarnar la
tradición del 17, le fue paulatinamente arrebatado el protagonismo como
ejemplo de resistencia antifranquista, obligándolo a silenciar su conexión con
aquel acontecimiento en el que se fundaba originalmente su propia existencia
en favor de una estrategia de creciente moderación cuyas raíces estaban en la
ideología eurocomunista. Pese a su discurso marxista pragmático y
estratégico, el PSOE había sido crucial en la presión reformista y consensual
que decantó al PCE hacia una posición cada vez más moderada, renunciando
al leninismo y alejándolo del estatismo prosoviético. A fin de cuentas, la
política tardofranquista escribió un guion que inclinó a ambos partidos a
situarse en posiciones no rupturistas y desde las cuales no había ya
posibilidad de plantear un asalto al poder por la vía de la violencia
revolucionaria. La tradición franquista conseguía dos aliados –principales
partidos de izquierda– para construir una interpretación crecientemente
distópica o antiutópica del acontecimiento.
Aquella cultura política de la moderación, sin embargo, no logró en
principio imponerse en las organizaciones que se situaron a la izquierda del
PCE durante el periodo transicional[17]. Como evidencian las citas que abren
este epígrafe, hubo todo un elenco de posiciones políticas, sindicales y
sociales que consideraron la revolución insurgente como una alternativa
plausible dentro del marco de cambio sociopolítico y que creyeron en el
proyecto de ruptura tajante con el régimen anterior acusándolo de sustentarse
en una dictadura burguesa cuyas bases eran la pobreza y la desigualdad
social. Formaciones anticapitalistas como el Partido Comunista de España
(marxista-leninista) [PCE (m-l)], el Partido del Trabajo de España (PTE), la
Liga Comunista Revolucionaria (LCR), la Confederación Nacional del
Trabajo (CNT), el Movimiento Comunista (MC), la Organización
Revolucionaria del Trabajo (ORT) o el Partido Comunista de España
(reconstituido) [PCE (r)] formaron parte del fragmentado espacio de
confrontación antifranquista que deseaba una transformación revolucionaria
con el fin de que la desigualdad no limitara la democracia. Durante el
proceso, sin embargo, se iría produciendo una suerte de dislocación entre este
ideal utópico de emancipación y una praxis cada vez más constreñida por el
progresivo triunfo de la reforma y la necesidad de reconocimiento electoral;
una praxis programática para la cual la implantación de la democracia
burguesa, del Estado de derecho, de la república y del derecho de
autodeterminación se convirtió en el centro de una revolución pacífica en la
que tenía poco sentido la evocación de 1917[18].
Esa militancia clandestina, impulsada por los movimientos asamblearios
que a nivel de empresa se convocaban desde los años sesenta y por la ruptura
del orden universitario que tuvo lugar a partir de aquella misma década, en un
entorno de desigualdad social no parejo al crecimiento económico, se alejó en
los inicios de la década de 1970 de la política moderada del PCE. Una gran
parte de la izquierda radical se inclinó, por ejemplo, hacia el maoísmo como
rechazo a la política de reconciliación nacional auspiciada por los
comunistas, como fue el caso del PCE (m-l), el cual apostó por la violencia
contra la dictadura a través del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota
(FRAP), o la ORT, marxista-leninista, muy cercana a las convenciones
maoístas también compartidas por el PCE (i) o el PTE.
Estas fueron las organizaciones más cercanas al referente de 1917. Ahora
bien, el apoyo a la instauración de una dictadura del proletariado que llevara
al socialismo fue paulatinamente ocupando un lugar secundario por ejemplo
tras la integración de algunas de estas organizaciones en la Junta Democrática
Española, conformada en 1974, encabezada por el PCE y a la que se unieron
el PTE y el PSP, y cuyo objetivo era la ruptura democrática a través de la
movilización y la participación ciudadana. O la incorporación del MC y la
ORT a la Plataforma de Convergencia Democrática, constituida en 1975 bajo
el auspicio del PSOE, cuyo objetivo era también la quiebra tajante con la
dictadura pero sin ampliar la base ciudadana.
Unidas ambas plataformas en 1976 en la Coordinación Democrática o
Platajunta, su estrategia era construir un Estado democrático y laico,
auspiciado en la mayoría de los casos por Europa, en defensa de un
pluralismo que era difícil de vincular al asalto violento al poder y al
autoritarismo transformador. Resultaba complicado defender algo así cuando
se pretendía contar con una plataforma que renunciaba a la movilización
desde la base social a cambio de una organización más extensa conformada
por las cúpulas cuyo objetivo era abrir el diálogo con la dictadura. Es cierto
que la LCR, OIC y PCE (r) se mantuvieron fuera de los espacios unitarios
porque no creían en un gobierno provisional democrático que promoviera la
ruptura sino en la unión de fuerzas obreras que no pactaran con la burguesía;
o que el PCE (m-l) y el PCE (r) siguieran apostando por la insurrección o la
guerra revolucionaria. Con todo, la Transición fue imponiendo sus lógicas de
moderación y exclusión de ideales considerados crecientemente radicales y
desestabilizadores.
El progresivo triunfo de la línea reformista y consensual, auspiciada desde
los partidos del orden como el PCE y el PSOE en una estrategia de
reconocimiento legal antes de las elecciones de 15 de junio de 1977, no jugó
a favor de lecturas y prácticas revolucionarias de organizaciones todavía
ilegales en aquellos comicios. El pactismo con el franquismo reformista,
especialmente evidente tras la ponencia constitucional y la firma de los
Pactos de la Moncloa de aquel año, y la necesidad de asegurarse un lugar en
la carrera parlamentaria tras aquella primera jornada electoral situaron los
referentes revolucionarios en un segundo lugar. Otras organizaciones, como
el movimiento libertario o la corriente revolucionaria de la autonomía obrera,
que pretendía armonizar cristianismo y anticapitalismo, no lograban
referenciar 1917 debido a que enarbolaban una crítica antiautoritara y
antijerárquica contra los partidos marxistas e incluso contra los sindicatos,
especialmente desde sus ateneos libertarios. Pese a ser un sindicato pequeño
en comparación con el pasado, la CNT mantuvo un gran poder de
convocatoria, como se demostró en los tres mítines organizados entre 1976 y
1977 en Mataró, San Sebastián de los Reyes y en Jaén; pero la Revolución de
Octubre no entraba en un movimiento que ya desde los años veinte había sido
crítico con la dictadura soviética y reivindicaba prioritariamente aumentos
salariales y solidaridad de clase contra los despidos y la represión policial.
Las referencias históricas se diluían a favor de la actualización de la praxis.
Por ejemplo, para la ORT el maoísmo era «un referente ideológico lejano que
no tenía influencia determinante en el trabajo diario del partido ni en la línea
política, más allá de declaraciones generales»[19]. Es más, aunque el
maoísmo insurgente formara parte integral de la ideología de alguna de estas
organizaciones, la posterior crítica maoísta a la experiencia soviética iba en
contra del reconocimiento de 1917, pues el encuadramiento de la burocracia
en el Estado podía generar una nueva burguesía –idea que, en parte, está
detrás del surgimiento de la Revolución Cultural–, lo que explica el
distanciamiento hacia Octubre especialmente agravado en 1962 tras la toma
de posición antisoviética por parte de la República Popular China.
La izquierda radical mantuvo pues la utopía revolucionaria durante la
Transición pero fue desvinculando el acontecimiento de 1917 de sus
programas políticos. Supeditó sus lógicas referenciales a las difíciles
condiciones de la institucionalización de un proceso de cambio político
donde la reforma política iba exigiendo la asunción del pluralismo
democrático para obtener reconocimiento legal. Además, mientras la lucha
fue desde la clandestinidad, las bases, centradas en combatir la represión
desde células aisladas y jerarquizadas por los grupos de dirección, no tenían
capacidad para repensar las tradiciones ideológicas que las podían vincular a
aquel
momento
histórico.
Sobrevivir
legítimamente
durante
el
tardofranquismo y obtener el reconocimiento institucional durante la
Transición se convirtieron en elementos de constricción doctrinal.
En todo caso, aquellas fuerzas no consiguieron detener el progresivo giro
hacia el reformismo ni tampoco pudieron combatir con la izquierda moderada
en la lucha por el voto debido a su incapacidad para articular una protesta
generalizada en favor de la ruptura revolucionaria. Mientras el PCE y el
PSOE se inclinaban por apoyar a Adolfo Suárez y su cambio reformista,
iniciado con la Ley para la Reforma Política de septiembre de 1976,
organizaciones como el PTE y la ORT todavía apostaban por un mayor
ahondamiento democrático a través de la legalización de todos los partidos, la
amnistía generalizada, la autodeterminación de todos los pueblos, el
desmantelamiento del franquismo y un referéndum sobre la forma de Estado,
con la pretensión de colocarse en un lugar institucional desde el cual quebrar
la sociedad capitalista. Ahora bien, tras la victoria del sí en el referéndum del
15 de diciembre de 1976, la ruptura y la iniciativa de la izquierda
revolucionaria experimentaron uno de sus primeros desconciertos, al tiempo
que constataban que «el conflicto entre dictadura y movimientos sociales
pasaba a ser sustituido por una dinámica de negociación entre la elite
reformista y la opositora»[20].
En 1977, es decir, sesenta años después de la Revolución de Octubre, las
organizaciones revolucionarias todavía estaban manifestándose a favor de la
ruptura y por la república en un ambiente en el que el PCE había sido ya
legalizado. Ahora bien, los sectores de la izquierda radical, en espera de su
admisión en las elecciones de ese mismo año y en un ambiente de intensa
represión, iban asumiendo que la consecución de la democracia no era
posible a través de la insurrección y el asalto al Estado burgués, que debían
lograr una democracia más cívica y hacerse con una hegemonía social
conducente al socialismo.
Es cierto que la cultura política de las fuerzas más destacadas de la
izquierda revolucionaria nunca dejó de contemplar la idea de que la
democracia representativa era solo el rostro amable del dominio burgués
sobre un proletariado acosado por el aumento de la pobreza y la desigualdad
derivada de la crisis económica de la primera mitad de los años setenta. De
ahí que fuerzas como el PTE, la ORT o el PCE (m-l) apostaran todavía por la
dictadura del proletariado como pieza clave para liquidar el capitalismo a
través de un partido único. Ahora bien, desde el fracaso electoral en 1977 la
idea de ruptura fue moderando su alcance al tiempo que crecía el ideal de que
el socialismo podía alcanzarse mediante un proceso pacífico y negociado
dentro de los límites de la democracia liberal.
Incluso así, con esta ponderación del concepto de ruptura con el régimen
anterior, la izquierda radical no fue capaz de aunar las reivindicaciones de los
movimientos sociales por la mejora de vida o de las relaciones laborales, por
un lado, con su frente político anticapitalista pacífico, por el otro. Una
incapacidad que probablemente esté relacionada con la configuración
identitaria moderada que generó el desarrollismo franquista y la distopía del
miedo a lo radical que quedó incrustada en la memoria hegemónica de los
españoles tras la interpretación de la guerra de 1936 como «locura colectiva»,
especialmente desde los años sesenta, y que definía cualquier alternativa al
proyecto de cambio consensual, cada vez más hegemónico, como amenaza al
orden social[21]. Y eso que, aunque en las elecciones de 1977, la izquierda
revolucionaria incluyera en sus programas la nacionalización de las grandes
industrias y de la banca o la reforma agraria, estas propuestas fueran
presentadas como políticas que podían abrirse desde la negociación. En el
entorno de la cultura política ya dominante, el desastre electoral de la
izquierda radical de 1977 –todavía ilegal y presentándose con otras siglas–
acabó confirmando el escaso impacto de proyectos que tuvieran veleidades
octubristas o que pretendieran sobrepasar el apoyo a movimientos vecinales,
juveniles o feministas.
Siguieron criticando –a diferencia de la lógica eurocomunista del PCE, que
acabaría apostando por una alianza con la derecha a través de la asunción de
los Pactos de la Moncloa o de la Constitución de 1978– la política del
consenso, porque para ellos impedía la transformación estructural socialista.
Por ello, se opusieron a los Pactos de la Moncloa por su sesgo neoliberal
basado en el incremento del desempleo, la disminución de los salarios y el
aumento del beneficio empresarial como vía de escape a una crisis capitalista;
o a la amnistía del 15 de octubre de 1977 por el hecho de que excluía de la
libertad a ciertos grupos y no contemplaba el castigo a los perpetradores del
terror franquista. Ahora bien, para ello no alentaron un programa de violencia
revolucionaria, sino medidas anticíclicas keynesianas proclives al aumento
del gasto público contra el desempleo y la nacionalización de ciertos sectores
económicos, o las primeras reivindicaciones de investigación y justicia a
favor de las víctimas de la dictadura.
En cualquier caso, su impacto sobre la sociedad civil siguió en declive. Por
ejemplo, la demanda por la república, crucial en la legitimidad de aquella
izquierda, fue quedando desdibujada debido no solo a la imbricación
políticamente creciente entre reforma y monarquía –apoyada por el PSOE y
el PCE para lograr su legalización–, sino también a la ausencia de impacto en
una sociedad cada vez más condescendiente o temerosa. Tampoco consiguió
involucrar a los ciudadanos en su oposición al consenso antiterrorista
promocionado por UCD –consenso que solo suscribirían la ORT y el PTE– o
en su negativa a la redacción y aprobación de la Constitución de 1978. La
izquierda radical, tras no lograr el surgimiento de un gobierno provisional
que redactara sin tutelas franquistas una constitución que fuera avanzadilla
del socialismo, terminó comprobando, tras el referéndum de 1978, que el
camino a la ruptura se había clausurado y que la lógica política les exigía no
rebasar el sistema en formación sino adaptarse a él a través de la obtención de
representación parlamentaria[22]. Consiguió finalmente representación legal
pero muy limitada: los fracasos en las elecciones generales y municipales de
1979 solo sirvieron para producir un creciente desencuentro entre la
militancia y las cúpulas de las organizaciones que pronto devino en un
intenso desencanto nostálgico por parte de la primera y la huida hacia
adelante por el lado de las segundas.
Si el fin último de la alternativa revolucionaria había sido la construcción
de una sociedad socialista, aunque no fuera ya a través de la violencia ni del
autoritarismo de partido, a mediados de 1979 era evidente que la revolución
no iba a tener lugar. El PTE y la ORT se plantearon la posibilidad de
renunciar definitivamente a la estrategia leninista de toma del poder del
Estado en un proceso de unificación entre ambas organizaciones que terminó
fracasando. Tres años después ambas organizaciones se habían disuelto. La
LCR conservó sus debates internos sin conseguir vertebrar un proyecto
uniformador, la CNT se disgregaba en luchas internas, y el movimiento
asambleario retrocedía ante la competencia de un sindicalismo instituido que
apostaba por el consenso bajo el dominio del PSOE y el PCE. Por su parte, el
MC se paralizaba ante la competencia de HB, mientras que el PCE (m-l) se
disgregaba internamente. Por el camino, el movimiento vecinal y sus
reivindicaciones anticapitalistas iban siendo vampirizados por una izquierda
moderada en una estrategia que los encuadraba en partidos y limitaba su
participación a las lógicas protocolarias de la democracia liberal.
Justo antes del intento de golpe de Estado de 1981, la revolución se había
convertido principalmente en una apuesta por la profundización democrática,
un proyecto que además había entrado en recesión por la falta de apoyo de la
sociedad, especialmente de una clase obrera que ya reivindicaba
mayoritariamente la reforma política casi concluida, si bien con apoyos
puntuales a una democracia más participativa (que contradecía la
organización interna –autoritaria y jerárquica– de las organizaciones
radicales) y a políticas públicas tendentes a limitar la desigualdad y la
pobreza, sinónimos de un imaginario que se distanciaba del ideal
revolucionario de asalto al Estado burgués.
Mientras tanto, la cultura política de las clases medias, la mediocracia
creada durante el segundo franquismo, y la derecha reformista heredera del
régimen irían relacionando todo proyecto de ruptura –y, consiguientemente, a
la izquierda revolucionaria– con una supuesta violencia que amenazaba el
proceso democrático que estaba teniendo lugar. El fracaso del golpe de
Estado hizo derivar hacia el conservadurismo a las fuerzas políticas con
presencia en el parlamento y alentó la interpretación distópica de cualquier
veleidad de la izquierda considerada radical, un adjetivo, por cierto, cada vez
más temido en la conciencia política española. Al tiempo crecía también un
gran frente antiutópico y las cúpulas de las organizaciones revolucionarias no
lograban, debido a la mencionada ausencia de democracia interna, debatir con
sus bases siquiera los potenciales avances hacia el socialismo dentro de las
reformas y libertades conseguidas. Sus militancias, por su parte, se
desencontraban con el proyecto revolucionario huyendo o bien hacia otros
partidos moderados o hacia el comunitarismo menos trascendente, o bien
hacia el interior de subjetividades nostálgicas que se reprochaban la
experiencia propia, vivida ahora como un fracaso. La derrota electoral de
1982 fue, en cierto sentido, la gota que colmó el vaso de las expectativas, una
vez que la fuerza que supuestamente encarnaba la Revolución de 1917, el
PCE –el partido que se opuso a convertir la movilización social en
movimiento político rupturista– experimentó tal caída electoral que incluso
su secretario general, Santiago Carrillo, tuvo que presentar la dimisión.
Contempladas en perspectiva, hay que recordar que las organizaciones
radicales fueron cruciales en la lucha antifranquista desde los años sesenta,
una lucha nutrida de una clase obrera protagonista principal de los
movimientos sociales pero integrada finalmente en el proceso de reforma
auspiciado desde el PCE y el PSOE. En la cultura política de dichas
organizaciones, muy condicionadas por la falta de democracia constitutiva, la
referencia a la Revolución de 1917 no fue motivo de discusión teórica; fue
más bien un referente idealizado, especialmente en los partidos de raigambre
leninista. No hubo durante la Transición uniformidad en relación al concepto
de ruptura, de la misma forma que tampoco la hubo respecto a la idea de
revolución. Si la ruptura tuvo finalmente un sentido común para las
organizaciones fue como conformación de un gobierno provisional
democrático que alentara, a partir de reformas pausadas, un socialismo de
rostro humano, no una insurrección a lo bolchevique que evocara la
Revolución de 1917. Solo el PCE (m-l) y el PCE (r) dejaron trazas de este
ideario revolucionario, cada vez más diluido en la sociedad española.
Bajo la presión de la violencia política del aparato represivo heredado del
franquismo, la Transición se desarrolló desde la tutela del régimen anterior,
en un proceso de reforma que fue paulatinamente aceptado por el PSOE y el
PCE y las instituidas organizaciones sindicales, progresivamente dirigidas
por ambas organizaciones, con el objetivo de lograr el reconocimiento
político de los tutores y dejando de lado la posibilidad de una amplia
movilización en favor de la ruptura[23]. En todo caso, la renuncia del ideal
leninista del principal partido antifranquista, el PCE, había comenzado antes
con la estrategia eurocomunista, compartida con otras fuerzas políticas de la
órbita mediterránea. La utopía quedó en manos del resto de las
organizaciones revolucionarias, cada vez más acuciadas por los derroteros
reformistas que estaba tomando el proceso de cambio democrático. El
llamamiento a la revolución, aunque fuera una revolución pacífica y gradual,
no logró crear una identidad colectiva en la que se aunaran las inquietudes de
la movilización social –amnistía, libertad, democracia pero también mejor
nivel de vida y acceso al consumo– con las de una revolución poco definida y
siempre bajo la sospecha de violencia insurreccional y autoritarismo del
clase.
En la cultura política posfranquista, la mediocracia burguesa consumista,
del orden y la paz, fue adquiriendo visos de convertirse en ideología
hegemónica, bien alimentada por los procesos de modernización capitalista
que articularon el país tras la victoria socialista de 1982. Ante una mayoría de
población que iba asentando su identidad en la idea de que la democracia no
podía ser otra cosa que el pluralismo liberal resultante del proceso, la
izquierda revolucionaria fue incapaz de persuadir a la población resultante de
las luchas antifranquistas con otros referentes democráticos obreros cuyos
ejemplos eran sobre todo países prosoviéticos o prochinos, incluso aunque
movimientos revolucionarios como el cubano o el nicaragüense parecieran
mostrar que la utopía era posible. Tales referentes se transformaron en el
centro de las críticas vertidas por la izquierda moderada y por la derecha
reformista, alentando la construcción de estereotipos negativos basados en la
idea de que todo concepto de revolución era nocivo aunque la izquierda
radical ya hubiera adaptado sus prácticas políticas a la reforma, a la
consecución parlamentaria de derechos políticos y sociales. La Transición, tal
y como fue finalmente configurada, impuso a los actores políticos sus pautas
y sus límites hasta crear un guion al que algunos de ellos no pudieron
adaptarse, condenándolos a desaparecer.
UN EPÍLOGO: SÍMBOLO SIN APENAS MEMORIA
La revolución que pretendía la izquierda radical durante la Transición
buscaba la transformación social y política a través de la construcción de una
identidad colectiva dentro de movimientos sociales proclives que, sin
embargo, no se sintieron finalmente interpelados por el símbolo
revolucionario, en cualquiera de sus sentidos. La cultura hegemónica del
momento consensual, sustentada en valores de moderación, consumo y
orden, valores herederos del segundo franquismo y alimentados por el
discurso de la modernización conservadora del PSOE tras su victoria en
1982, fue ampliando su alcance más allá de las nuevas clases medias hasta
llegar a una clase obrera cada vez más atrapada en el ideal de una ciudadanía
concebida desde los derechos civiles pero no desde sus deberes cívicos.
Puede que algunas de las organizaciones revolucionarias tuvieran como
símbolo la Revolución de Octubre de 1917, pero la cultura de la distopía, que
establecía un vínculo entre revolución y violencia, entre revolución y
autoritarismo, no operó en favor de aquel referente de la izquierda radical
especialmente en un contexto de represión personal e institucional del
recuerdo revolucionario de 1936 tras décadas de genocidio franquista.
En una situación en la que el PCE, principal salvaguarda de aquella
memoria, había girado progresivamente hacia la moderación del
eurocomunismo, los partidos radicales se irían inclinando mayoritariamente
hacia un modelo de revolución donde la insurrección quedaba desplazada por
el cambio gradual a través de la democracia liberal. Es más, si cabía todavía
un modelo revolucionario por la vía democrática al socialismo, el golpe de
Estado perpetrado en Chile contra la Unidad Popular en 1973 vino a advertir,
no solo a eurocomunistas y socialistas sino también a las organizaciones
radicales, de que la experiencia represiva podía extenderse más allá de
América Latina. Los distintos fracasos electorales y la represión o su
amenaza hicieron que el patrón revolucionario de la izquierda quedara cada
vez más obsoleto, dando lugar entre sus militantes a una identidad cada vez
más moldeada por el desencanto. El futuro pasado de aquella militancia
transitó gradualmente de la euforia por un horizonte utópico transcendente,
de sacrificio de lo cotidiano a un futuro mesiánico, a un presente señalado por
la derrota donde el sentido quedó quebrado, marcado por la experiencia de un
cambio imposible. Si cabe plantearlo así, esta fue la gran revolución
identitaria de una época, una ruptura cultural relevante para entender la
posterior ausencia de referentes revolucionarios postransicionales a
excepción de los rescoldos épicos que seguirían ardiendo durante unos
cuantos años en la organización ETA mezclados con la nueva leña del
nacionalismo excluyente[24].
Una revolución que venía precedida por una primera oleada de cambio a la
que los partidos radicales no prestaron demasiada atención debido a su sesgo
poco dialogante; que se originó en algunos movimientos sociales y culturales,
y que cabe datar en las protestas universitarias de 1965. Una primera oleada
que no solo fue crítica con la modernidad y el occidentalismo que arropaban
al segundo franquismo o con la esclerosis del comunismo autoritario, sino
también con la democracia protocolaria y con el relato cientificista y moral de
carácter universalista que consideraba con relativa naturalidad las injusticias
perpetradas contra quienes quedaban fuera del progreso. Es la primera oleada
de pensadores y literatos que se extiende por los años setenta y más allá, con
ejemplos como Agustín García Calvo, Manuel Sacristán, Josep Ventura,
Martín Santos, Eugenio Trías, Juan García Hortelano, o con revistas de
alcance como Revista Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, El Viejo Topo o
Ajoblanco. También ellos ampliarán, desde otro lugar, el desaliento del
desencanto que va marcando a las organizaciones radicales de la izquierda.
Esta subjetividad del desencanto, esta sensación melancólica hacia el
pasado, fue atrapando el alma de los revolucionarios, quienes vivieron con
tristeza la disipación de la euforia de la liberación al tiempo que el relato y
los símbolos que lo conformaban fueron paulatinamente arrinconados por la
hegemónica presencia de una memoria del cambio político cada vez más
oficial y triunfalista. Si la utopía de 1917 ya estaba debilitada antes de la
Transición, ya fuera por la interpretación en los años veinte contra sus medios
por violentos y contra sus resultados por autoritarios, ya fuera por el salvaje
asalto franquista contra cualquier veleidad radical –práctica o evocadora– tras
la derrota republicana de 1939, el futuro eufórico de la revolución de los años
setenta, entendida esta como cambio radical pero incruento, como
transformación sociopolítica sin posible retorno, perdió entre la militancia sus
posibilidades de realización después del avance reformista de los partidos del
régimen del 78. Los sesenta habían sido momentos de subjetividad activista y
de sacrificio en favor de un futuro que parecía ineludible, pero el final de la
década, tras las victoriosas experiencias de consenso entre franquismo y
reformismo y la conversión de la utopía revolucionaria en una amenazadora
distopía contra el orden y contra las expectativas modernizadoras –con la
solicitud de responsabilidad, por ejemplo, a organizaciones sindicales como
UGT y CCOO en 1979–, fue testigo de la aparición entre los más
comprometidos militantes de una sensación de resignación fatalista y de
necesidad de deserción.
La subjetividad radical fue cayendo en la sima del anacronismo, mientras la
identidad de clase como referente revolucionario perdía su sentido en un
proceso agravado por la reestructuración industrial y por la incapacidad de las
organizaciones para formar asambleas con trabajadores desencantados con
sus propuestas. Como afirma el investigador David Beorlegui, «la
experiencia de la desilusión constituye un encuentro entre un futuro que se
cierra y un pasado que retorna en forma de ruina» mientras el presente se
impone triunfante[25]. El símbolo revolucionario, 1917 u otras alternativas,
no dejó de estar en la memoria colectiva de aquellos grupos, pero se
resignificó en el recuerdo verbalizado como materia de nostalgia o
simplemente de melancolía. Para aquellos que comenzaban a pensar que no
merecía la pena esperar en un futuro inminente, ya no tenía sentido sacrificar
la vida privada en favor de la liberación del presente.
A partir de los años ochenta, se produjo un proceso de re-encantamiento de
formas utópicas más limitadas y más presentistas, o maneras de desafección
que se dejaban acompañar por la antipolítica o las implosiones subjetivas del
«vivir al día». Fue una etapa donde gran parte de la militancia abandonó los
partidos revolucionarios en los que habían construido su identidad o
simplemente desplazó dicha militancia a la izquierda moderada, en una
actitud pragmática y a menudo oportunista. Muchos quedaron enganchados
en los cantos de sirena de las mediocracias consumistas del desarrollismo
tardofranquista y de la modernización socialista. Hubo también quien pasó a
conformar comunas alternativas que rompían básicamente con el pasado y se
aglutinaban en el desarrollo de lo colectivo y personal, en un neorruralismo
que entendía el año 1978 como final de un ciclo sin sentido y, por lo tanto,
sin experiencias que mereciesen la pena ser recordadas. Y, por supuesto,
hubo mucha posmemoria que se afincó en las generaciones de los hijos de
aquella profunda sensación de derrota, algunos de los cuales acabaron
habitando los lugares culturales del punk del futuro imposible, de la movida
hedonista o simplemente de la evasiva heroína.
Este enflaquecimiento político puso de manifiesto la ruptura del horizonte
utópico trascendente de la revolución y el agujero sin fondo por donde se
arrojó el material de derribo del recuerdo de 1917. Y es que la modernidad y
su temporalidad se activaron para recordar que el progreso ilimitado tenía
costes y exigía sus víctimas; que más valía avanzar abandonando los futuros
mesiánicos y abrazando un presente menos ambicioso que condujera por
caminos más seguros y trillados. La cultura podía devenir inmanente y
centrarse en dimensiones individualistas, estéticas… precisamente porque no
suponía sacrificar la vida cotidiana. Por la puerta de atrás entraba el vendaval
antiutópico y, sin embargo, miraba por las ventanas mostrando un rostro
distópico que desafiaba a quien lo mirara a los ojos.
Pablo Iglesias probablemente tenga razón: todo símbolo tiene su historia y
1917 tiene muchas y distintas. Pero la cuestión, como ya se señaló, es que el
acontecimiento se aloje en la memoria pública y que esa memoria se
convierta en recuerdo verbalizado y, por lo tanto, en material de construcción
de identidades combativas contra el horizonte de desigualdades y pobreza al
que nos encamina el tren del progreso en el que estamos subidos sin apenas
percibir su desenfrenado avance[26]. Es cierto que estos años de crisis han
despertado corazones y razones a favor de algunas de las víctimas y
movimientos vulnerados por el relato hegemónico de la Transición, relato
que los ocluyó o simplemente los borró de la memoria colectiva de este país
dejándolos sin tradición política para combatir lo que la gran estafa de la
crisis actual ha hecho de nosotros. Quienes construyeron su personalidad en
aquel momento, aunque solo fuera con la inspiración lejana de 1917, lo
hicieron con subjetividades luego consideradas como identidades para el
olvido. Lo mismo ocurrió con la utopía que llegó a encerrar aquel
acontecimiento: el discurso victorioso y reformista de la Transición se
impuso fijando una narrativa según la cual aquel hecho histórico es
inseparable de su violencia y su autoritarismo consecuente, como si los
grupos que se alzaron en aquel octubre de 1917 indefectiblemente quisieran
haber comenzado el proceso revolucionario pensando en su final estalinista y
criminal. La utopía revolucionaria se transformó en una revolución distópica
cuyo resultado fue, paradójicamente, el encumbramiento de un pensamiento
antiutópico según el cual 1917 ya no podía ser más que pensado como
acontecimiento histórico que, afortunadamente, había sido superado.
Durante la Transición hubo movimientos que trataron de revigorizar aquella
dinámica revolucionaria identificándose, con grandes dificultades ideológicas
y prácticas, con los orígenes sociales de aquel proyecto, aunque solo fuera
como un referente lejano que permitiera pensar en una sociedad alternativa
por mucho que la constatación del estalinismo o del maoísmo generasen
espacios de tensión casi irresolubles. La lógica del consenso, sin embargo,
desplazó en su relato hegemónico y glorioso aquella hebra hasta el punto de
que hoy en día no forma prácticamente parte de la cultura política y social de
la izquierda española. Tampoco es que el mundo que nos rodea esté por la
labor evocativa. Desde 1989, la crisis mundial del socialismo y sus
representaciones es palpable, si bien esta retirada del escenario público era ya
palmaria en la Europa occidental de la primera mitad de los años setenta[27].
El caso español, por lo tanto, no se distingue en exceso de lo acontecido en
países de nuestro entorno: los partidos de la izquierda europea también
experimentaron la pérdida de referentes revolucionarios para pasar primero a
la reforma y al gradualismo, y luego a posiciones defensivas frente a una
derecha cada vez más asertiva y sin complejos. Una posición que ha
convertido las políticas de izquierda actual en un dislate que seguramente
haría sonrojar a algunos representantes socialdemócratas de la segunda
posguerra mundial. La pérdida de apoyos a los partidos y a los sindicatos de
izquierda fue común en el último tercio del siglo pasado, en gran medida por
la merma del ímpetu revolucionario de la clase trabajadora debido al boom
económico y a la emergencia de una nueva clase media procedente de la
tecnificación del capitalismo. Probablemente la gran diferencia de la
izquierda radical española estuviera en su nivel originario de entusiasmo
revolucionario como consecuencia del punto de partida, una dictadura que
había mostrado toda su virulencia fascista y su posterior apoyo a un
capitalismo de rostro tan poco humano para la clase trabajadora.
Lo que está claro es que, con el desmenuzamiento de la representación
utópica del movimiento leninista de 1917, la izquierda perdió uno de los
principales referentes con los que construyó y mantuvo sus propias dinámicas
sociales. Ahora son muchos los ciudadanos que consideran que ser de
izquierdas es simplemente un anacronismo, una vez que aquel episodio se
identifica comúnmente con una violencia y un autoritarismo incompatibles
con nuestras sociedades pacificadas y democráticas donde todo parece poder
dialogarse sin tapujos. Si el bicentenario de la Toma de la Bastilla, en 1989,
no produjo demasiada evocación de las ancestrales raíces de la izquierda,
tampoco parece plausible que el centenario de 1917 vaya a cambiar la actitud
general hacia su referencialidad política. Su poiesis persuasiva parece muerta
y enterrada.
Puede que Podemos reivindique signos de la vieja izquierda que remiten a
otros símbolos damnificados por la desmemoria colectiva: puños alzados que
podrían evocar acontecimientos históricos o utópicos como 1917. Cuando el
relato hegemónico desde la Transición nos ha vinculado al pasado de forma
tan redentora o épica, como si el presente fuera el epítome del progreso a
pesar de la crisis social y política que nos atraviesa, resulta pertinente
repensar tradiciones, reinterpretar el ayer y construir narrativas alternativas
que abran a nuevas expectativas[28]. Ya va siendo hora de desestabilizar el
relato liberal escatológico construido desde el concepto «reconciliación»
como si este fuera un a priori moral metafísico que la mayoría de los
españoles descubrimos algún día y desde el cual hemos encontrado una
cultura uniforme de olvido y moderación que, para empezar, no considera
posiciones de salida tan divergentes como la de la generación de 1956 –
fetichizada en aquel relato–, los críticos repolitizadores sesentayocheros o el
PCE del Pacto por la reconciliación de 1956. Una narrativa que parece
normalizarnos según los cánones europeos de posguerra a partir de la idea de
que somos una mera evolución no traumática de un régimen meramente
autoritario –que, al parecer, solo prohibió partidos políticos y confesiones
religiosas– y cuyas inercias modernizadoras crearon las bases del cambio de
1978. Un relato que, en suma, ocluye otras narrativas emancipadoras y
excluye distintos combates democráticos, al tiempo que separa historia y
política en favor de una epopeya de reintegración moral y científica en la
Historia Universal.
Ahora bien, la comunión de Podemos con la praxis de la democracia
parlamentaria y su obsesión con la fundación de una nueva política que
mezcla valores ilustrados con otros socialistas no deja demasiado espacio
para repensar aquel acontecimiento de 1917 como material de uso[29]. Para
el movimiento 15M y Podemos, como parte de la oleada historicista que
pretende dar un nuevo sentido al presente y al futuro, el espacio memorístico
de la utopía no lo conforma la Revolución rusa, cuya concepción se mueve en
las coordenadas «fracaso» y «horror», sino la Revolución francesa y sus
valores de libertad, igualdad y fraternidad. Existe ciertamente un «hilo rojo»
que une la reivindicación de la Segunda República y el socialismo a las
aspiraciones revolucionarias de 1789[30]. La experiencia soviética, no
obstante, se entiende como un exceso injustificable que no puede repetirse.
Queda, si acaso, la posibilidad de recuperar la figura de Lenin, pues como
sostiene Jorge Moruno, exresponsable de Discurso de Podemos, «Lenin
pervive en el tiempo, no tanto por hechos concretos en un tiempo fijado en el
calendario… Interesan las herramientas que Lenin nos ofrece para olfatear y
no el olor que los bolcheviques supieron detectar»[31]. Esta es, entre otras,
otra de las consecuencias de nuestra obsesión por el dialogismo y,
consecuentemente, de nuestra incapacidad para repensar la violencia como
elemento consustancial de las dinámicas históricas que fundan y hacen
funcionar la democracia, por ejemplo.
Cabe finalmente preguntarnos si necesitamos aquella vieja memoria del 17
para reconstituir nuestra comunidad política y encaminarnos por derroteros
más cívicos y solidarios que los definidos como exclusivos por el relato
vencedor de la Transición. Es posible que la Revolución de 1917 no sea un
modelo a imitar –¿qué es imitable en nuestro horizonte de contingencia?–,
debido quizá a que estamos atrapados en la cultura dialógica donde la
revolución se concibe, si acaso, como cultural y pacífica. Aun así, podríamos
resignificar el símbolo no como signo –un espejo negativo– con el que
confirmar las bondades de la narrativa clausurada del 78, su mirada
claudicante frente a las distintas vertientes dictatoriales del régimen, su
interpretación equidistante entre franquismo y Segunda República, o su
negativa a reconocer los combates democráticos de nuestra historia reciente;
sino, más bien, como acontecimiento que provoque nuestro extrañamiento
con respecto a aquella narrativa consensual. Si recordamos que durante el
cambio posfranquista hubo propuestas revolucionarias alternativas, aunque
no las suscribamos en términos políticos, podremos iniciar la
desestabilización epistemológica del vínculo que nos une al pasado de forma
tan épica. Rescatar el pasado de la enorme prepotencia de la posteridad, como
en su momento hizo el marxismo cultural de Edward P. Thompson o una
gran parte de la historiografía poscolonial[32]. Podríamos negar de este modo
la legitimidad de la idea de que detrás de todo cambio o pensamiento
revolucionario se esconde el radicalismo político, el desorden social y el
desajuste económico, las marcas de la distopía y la antiutopía que señalan el
tiempo de nuestros días[33]. Y reconocer que, aunque de forma distinta a la
revolución soviética, el capitalismo no fue resultado «de una evolución
pacífica en virtud de su coherencia con la naturaleza humana», sino
«impuesto tras siglos de violencia revolucionaria»[34].
[1] Los autores quieren agradecer a Rafael Orcas, Luis Toledo, Nuria Canalda, David Beorlegui y
Germán Labrador sus críticas tan constructivas a este escrito. Este texto ha sido realizado al amparo del
proyecto de investigación Historia del futuro: la utopía y sus alternativas en los horizontes de
expectativa del mundo contemporáneo (siglos XIX-XXI) (HAR2015-65957-P), dirigido por Juan Pro.
[2] De hecho, las apelaciones al puño en alto del secretario general de Podemos han ido acompañadas
de la memoria de movimientos como los Panteras Negras y no del referente 1917.
[3] Sobre la influencia de la revolución en las culturas de la izquierda mundial, véase Luis Fernando
Medina Sierra, El fénix rojo. Las oportunidades del socialismo, Madrid, La Catarata, 2014.
[4] Jorge Alemán, en una entrevista reciente con Pablo Iglesias, apuntaba que vivimos en un
momento de duelo de la palabra «revolución». Un duelo que debe mucho a las experiencias del siglo
XX y su consecuente destrucción de la cotidianeidad. «Otra Vuelta de Tuerka – Pablo Iglesias con
Jorge Alemán (programa completo)», disponible en YouTube [https://www.youtube.com/watch?v=b-
LxeTKs38w&t=1978s].
[5] Eric Hobsbawm, respondiendo a la pregunta ¿qué es el comunismo en el siglo XXI?, diferenciaba
entre un comunismo fallido, el soviético, de planificación social y económica, y un comunismo vivo
como motivación de libertad, igualdad y fraternidad. Aurora Intxausti, entrevista a Eric Hobsbawm, El
País, 12 de abril de 2004.
[6] Véase, sobre este asunto, Juan Avilés Farré, «El impacto de la revolución rusa en las
organizaciones obreras españolas (1917-1923)», Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, Historia
Contemporánea, 13 (2000), pp. 17-31.
[7] Sobre este tema es recomendable también José Luis Martín Ramos, «El socialismo español», en
Donald Sassoon, Cien años de socialismo, Barcelona, Edhasa, 2001, pp. 880 y ss.
[8] Todavía sigue siendo referencial para este tema el artículo de Ronald Fraser, «Guerra civil, guerra
de clases: España 1936-1939», Zona Abierta 21 (1979), pp. 125-137.
[9] Manifiesto-Programa de la II Conferencia Nacional del PCE, 1975, citado en Dolores Ibárruri y
Santiago Carrillo, La propuesta comunista, Barcelona, Laia, 1977, p. 193.
[10] En opinión de Sacristán, el planteamiento eurocomunista de pactar con las oligarquías para
lograr una sociedad socialista era un error tan monumental como apostar por un sistema de partidos que
dejara fuera las iniciativas ciudadanas. Frente al asalto del Estado, la estrategia gramsciana implicaba la
penetración política en la sociedad civil con el fin de persuadir a sus ciudadanos en términos culturales
y políticos. Manuel Sacristán, «A propósito del eurocomunismo», en Intervenciones Políticas.
Panfletos y Materiales, Barcelona, Laia, 1985, vol. III, p. 1.
[11] Sobre el distanciamiento entre el PCE y la URSS, véase también Jesús Sánchez, Teoría y
práctica democrática en el PCE (1956-1982), Madrid, Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM),
2004, pp. 301-306.
[12] Bajo el paraguas teórico de Antonio Gramsci, en un Occidente donde existe sociedad civil, la
ocupación del Estado deja de ser el punto de partida de la revolución, por tanto, no hay lugar para una
revolución como la rusa. Acerca de la relación entre el eurocomunismo y Gramsci véase Christine
Buci-Glucksmann, «Eurocomunismo y problemas del Estado. Gramsci en cuestión», en VV.AA.,
Gramsci y el eurocomunismo, Barcelona, Materiales, 1978.
[13] Las dinámicas entre el PCE y el PSOE han sido diseccionadas, en una interpretación que inspira
parte del presente texto, por Juan A. Andrade, El PCE y el PSOE en (la) transición. La evolución
ideológica de la izquierda durante el proceso de cambio político, Madrid, Siglo XXI, 2012, pp. 111 y
112.
[14] Ibid., p. 118-119.
[15] Declaración de principios de la resolución política del XXVII Congreso, Fundación Pablo
Iglesias, Archivo y Biblioteca, 1976.
[16] Mateo Arakistáin (pseudónimo), nacido en Zumaia el 16 de junio de 1949, y Peio Urdíain
(pseudónimo), nacido en Estella el 8 de julio de 1955. Exmilitantes de la Organización Izquierda
Comunista y Liga Komunista Iraultzailea, respectivamente. Entrevistas realizadas por David Beorlegui
el 14 de marzo de 2014 y el 9 de mayo de 2010. Depositadas en el Archivo Ahoa. Colección Nuevos
Movimientos Sociales y Activismo Sociopolítico en el País Vasco durante las décadas de 1970 y 1980.
[17] La cultura radical de las organizaciones políticas de la Transición ha sido interpretada con
sutileza por Gonzalo Wilhelmi, cuyo trabajo ha sido esencial en la elaboración de este ensayo. Véase G.
Wilhelmi, Romper el consenso. La izquierda radical en la Transición española (1975-1982), Madrid,
Siglo XXI, 2016.
[18] Sobre los referentes ideológicos de la izquierda revolucionaria son relevantes los siguientes
trabajos: José M. Roca, «Una aproximación sociológica, política e ideológica a la izquierda comunista
revolucionaria en España», en J. M. Roca (ed.), El proyecto radical. Auge y declive de la izquierda
revolucionaria en España (1964-1992), Madrid, La Catarata, 1994, p. 38; José Luis Martín Ramos
(coord.), Pan, Trabajo y Libertad. Historia del Partido del Trabajo en España, Barcelona, El Viejo
Topo, 2011, p. 343; y Consuelo Laiz, La lucha final. Los partidos de la izquierda radical en la
transición española, Madrid, La Catarata, 1995, pp. 87-95.
[19] G. Wilhelmi, Romper el consenso, cit., p. 93.
[20] G. Wilhelmi, Romper el consenso, cit., p. 140.
[21] Sobre la presencia continuada de esta distopía «guerracivilista», véase Rafael del Águila y
Ricardo Montoro, El discurso político de la transición española, Madrid, Centro de Investigaciones
Sociológicas, 1984.
[22] Al respecto, véanse los documentos «La Organización Revolucionaria de Trabajadores no se
considera de extrema izquierda», El País, 14 de febrero de 1979; y Eladio García Castro, «El PTE, una
izquierda diferente», El País, 22 de febrero de 1979.
[23] En relación con la violencia de aquellos años, veáse Mariano Sánchez Soler, La transición
sangrienta. Una historia violenta del proceso democrático en España (1975-1983), Barcelona,
Península, 2010.
[24] A este respecto, véase la atractiva investigación de David Beorlegui Zarranz, La experiencia del
desencanto en el País Vasco (1976-1986): memoria, subjetividad y utopía, Leioa, 2016 (tesis doctoral
inédita), especialmente pp. 43-45.
[25] D. Beorlegui, La experiencia del desencanto en el País Vasco (1976-1986): memoria,
subjetividad y utopía, cit., p. 205.
[26] Esta fue la gran denuncia de la dinámica a la que nos lleva el tiempo de la modernidad hecha por
Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Bogotá, Ediciones desde Abajo, 2010.
[27] Sobre esta pérdida de vigor de la izquierda desde finales del siglo XX, véase L. F. Medina
Sierra, El fénix rojo. Las oportunidades del socialismo, cit.
[28] La tensión entre el relato hegemónico y los alternativos en el pensamiento de la crisis
sociopolítica actual es el centro del provocativo libro de Manuel Artime Omil, España. En busca de un
relato, Madrid, Dykison, 2016.
[29] Esta noción de utopía se encuentra en obras como Pablo Iglesias, Disputar la democracia,
Madrid, Akal, 2014; Íñigo Errejón y Chantal Mouffe, Construir pueblo: hegemonía y radicalización de
la democracia, Barcelona, Icaria, 2015, p. 14; y Carlos Fernández Liria, En defensa del populismo,
Madrid, La Catarata, 2016. En esta última aparece de forma muy explícita la defensa de los valores
ilustrados ante los excesos del capitalismo.
[30] La reivindicación republicana, en Juan Carlos Monedero, La Transición contada a nuestros
padres. Nocturno de la democracia española, Madrid, La Catarata, 2011.
[31] Así mismo, defiende que «El Lenin que se puede recuperar de su tiempo histórico es el Lenin
que, ante todo, muestra la ruptura y discontinuidad poniendo nombre a la valencia que muestra cómo la
historia no está escrita, que la audacia y subjetividad política son campos de fuerza desde donde actuar
y modificar la realidad. Lenin es astucia, inteligencia, análisis de coyuntura y, ante todo, simboliza la
capacidad de construir, no tanto un partido de vanguardia anquilosado en su foto fija, sino sobre todo
un cuerpo biopolítico». En fin, pasamos del líder revolucionario al líder populista, según la
conceptualización de Laclau y Mouffe; Jorge Moruno, La fábrica del emprendedor: trabajo y política
en la empresa-mundo, Madrid, Akal, 2014, pp. 208 y 219.
[32] Edward P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid, Capitán Swing,
2012, p. 30.
[33] Sobre la actualidad del pensamiento antiutópico, véase Graciela Fernández, Utopía.
Contribución al estudio del concepto, Mar del Plata, Ediciones Suárez, 2005.
[34] Neil Davidson, Transformar el mundo. Revoluciones burguesas y revolución social, Barcelona,
Pasado y Presente, 2013, p. 8.
17. Estigma, menoscabo y caricatura de la militancia
comunista en la novela de la transición. Un
acercamiento
Constantino Bértolo
TRES NOVELAS
Historia de un idiota contada por él mismo o El contenido de la
felicidad[1]
Estigma: marca o señal en el cuerpo. Desdoro, afrenta, mala fama. Marca impuesta con
hierro candente, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud.
La novela, en todo su desarrollo, acepta el registro de la autobiografía para
contarnos los diversos momentos de su vida en los que el narrador y
protagonista entiende que tuvieron lugar sus encuentros y desencuentros con
la idea de felicidad. De su contenido resumiremos tan solo el bloque narrativo
donde hace memoria y balance de su paso por la universidad, citando en
largo aquellos momentos que entendemos como más significativos de cara a
su valoración de la militancia política, cuando, después de hablarnos de su
infancia y primera adolescencia, pasa a narrar su experiencia universitaria:
La Universidad española, por el mero hecho de ser española, mal podía ser una Universidad, de
modo que ingresé en la Cualquiercosa española, sección Ciencias, con la intención de hacer
Exactas sin poner los pies en el centro, ni en ninguna de sus secciones y subsecciones, dado que
tenía superada la felicidad pedagógica y esperaba, en cambio, descubrir nuevos datos sobre una
forma reciente de felicidad a la que no tengo más remedio que llamar por su nombre: la militancia
política de extrema izquierda revolucionaria.
Entiende además que los miembros de esa militancia «eran decididos
partidarios de la felicidad (social, internacional, proletaria, planetaria) y, por
tanto, unos beduinos errantes por la polvareda del futuro, sin mejor oficio que
la untuosa vigilancia de prosélitos y militantes» y proseguirá explicando los
resultados de su conocimiento directo:
Presentaban, como si de un fenómeno circense se tratara, al Héroe Popular bajo el aspecto de un
tornero-fresador con mono azul –el cual, por cierto, se hizo transexual en cuanto reunió cuatro
duros y adoptó como nuevo apellido el de «Andersen», encantador homenaje a la sirenita, otro
bicho con el sexo hecho un lío–, o incluso bajo el aspecto de El Minero Asturiano –otro ejemplo
mal elegido pues años más tarde se dejaría crecer la corbata y figuraría como secretario general de
uno de los partidos comunistas, toda una carrera–, sin consideración hacia los mineros y torneros-
fresadores, los cuales son como yo, es decir, enemigos declarados de la felicidad, por muy
proletaria que sea.
Mi experiencia en el terreno de la felicidad planetaria fue triunfal. Y el cenit lo constituyó una
semana de trabajo –en realidad conspiración y agit-prop– en una factoría de Sabadell en donde se
trataban pieles de cordero con fines que me siguen estando vedados. En aquel estupendo ambiente,
con un hedor que nunca más he podido disfrutar, y en amable camaradería con los hermanos
proletarios, nos dedicamos, mi célula y yo, a instruirles sobre la miseria que padecían y el futuro
feliz que les esperaba, con solo que se dejaran matar un poco. Lo cierto es que a los cinco minutos
nos palmeaban la espalda al grito de «¿no te jode el estudiante?» y pretendían llevarnos de putas.
Al término de nuestra labor de agitación y propaganda nos hicimos una foto y acudimos a cobrar.
El empresario, un hombre tan parecido a Sánchez Bella que por un instante creí estar soñando, nos
entregó el sobre de estraza con una invitadora sonrisa y susurró que nos había añadido algún billete
más que a los restantes hermanos proletarios, porque él tenía un hijo en la mili y sabía lo que es
pasar necesidad. El jefe de célula (hoy conspicuo urbanista al servicio de una inmobiliaria
californiana) tuvo un movimiento altivo, pero nos lo llevamos a rastras gritando «pues muchas
gracias» hasta tenerlo encerrado en el ascensor, en donde nos afeó la conducta mientras nosotros le
hacíamos ver la inexistencia de contradicción entre aceptar aquel pequeño detrimento de la
plusvalía patronal y el último discurso de Fidel sobre la cosecha del siglo.
¡Magníficos camaradas los de la militancia en la extrema izquierda revolucionaria! ¡Así nos luce
el pelo! En cuanto alguien ni siquiera tan relevante como Sánchez Bella les ofreció una parcelita
de promoción pública, se dieron de codazos para entrar en Palacio. España es hoy una así llamada
democracia porque lo decidieron de este modo los torturadores, los explotadores y los estafadores.
La libertad conseguida como gracioso obsequio es un fruto venenoso; Adán y Eva también
recibieron gratuitamente su Paraíso, pero nuestros primeros padres tuvieron la prudencia de decir
«no, gracias» y largarse a la desdicha, es decir, al hogar, a lo habitable. Nuestros vendedores de
felicidad planetaria tenían tan poca fe en su propia mercancía que acabaron por comprar el
producto de la competencia, el contenido de la felicidad que vendía el enemigo.
La Quincena Soviética[2]
Menoscabo: disminuir algo quitándole una parte, acortarlo o reducirlo. Causar mengua o
descrédito en la honra o en la fama. Deteriorar o Deslustrar algo quitándole parte de la
estimación que antes tenía.
La novela de Vicente Molina Foix, aun teniendo un protagonista y narrador
identificado, cuenta la historia de un grupo de ocho jóvenes militantes
burgaleses del Partido Comunista que, obligados por la caída de la cúpula del
aparato provincial, se trasladan a Madrid para seguir allí desarrollando su
militancia –«Éramos todos jóvenes, todos de poco más o menos de veinte
años, pero en todos estaba firme la conciencia política y el deseo de entrega a
los requerimientos del Partido»–. Cuatro de ellos, que han estudiado las
enseñanzas medias con beca, tienen como destino entrar en la universidad
mientras que los otros cuatro habrán de buscar trabajo en fábricas y talleres.
Entre ellos hay una sola mujer que, a tenor de la descripción que de ella se
nos proporciona, no será causa de ninguna tentación sentimental –«la
camarada Marcela espantaba los sentimientos, excepto si cabe, los fraternales
con sus manazas de paisana joven que ha conducido bueyes, su corpacho, sus
tres dientes en falta»–. Todos ellos siguen las medidas correspondientes a las
condiciones de radical clandestinidad: «La consigna de los primeros meses de
infiltración fue hacerse pasar por miembros de una tuna universitaria de
provincias […] Repugnaba a nuestros principios vestir ese disfraz de cintas
[…] cantando a los turistas norteamericanos y recibiendo de ellos, peones del
imperialismo, enemigos de clase, dinero fuerte». Y todos, al instalarse en
Madrid, sufren los cambios que produce el trasvase de lo rural a lo urbano:
«La ciudad es abstracta», «En la ciudad la militancia es menos franca que en
el campo, donde la entrega a cuerpo entero de sus pobladores tiene en sí algo
de profundo compromiso». Cuando empiece el curso, la célula burgalesa se
separará en dos grupos distintos; los universitarios se matriculan en Derecho,
los otros cuatro pasan a hacer agitación de base en una factoría de Pegaso.
Será después de la separación que empiecen los problemas: «en las aulas,
aislados los cuatro estudiantes por estrategia, aunque al tanto todos de la
rutina de los restantes, hizo su aparición la vida personal».
En la facultad se integran con prudencia de neófitos en la organización
universitaria del Partido y atienden las consignas de sus dirigentes: «nuestro
enlace del comité universitario, Rosa Laínez, una de cuarto vestida siempre
muy convincentemente de burguesa». Pero pronto la propia vida en las aulas
les va introduciendo en el ambiente de los movimientos estudiantiles de
protesta y militancia antifranquista. En el bar de Filosofía y Letras conocen,
por ejemplo, a los miembros de otras organizaciones de izquierda: «Allí
estaban los estudiantes que no estudian pero saben», «Su grupúsculo de
ambigua
denominación
libertadora,
“espontáneo”
y
“abierto”,
“antiestalinista”, seguía una vía al socialismo francamente tortuosa y
aventurera».
El gobierno prepara un Referéndum Nacional[3] para la aprobación de la
nueva Ley Orgánica del Estado y los recién incorporados a la lucha
estudiantil asisten a la concentración que, en clave de humor grueso, los del
grupúsculo abierto y antiestalinista han montado. Entra la policía y se arma
un enorme revuelo que acaba con el asalto al despacho del decanato y la
intervención violenta de los grises y los fachas de Defensa Nacional. Los
militantes burgaleses, siguiendo indicaciones de sus responsables, evitan
«formar parte de esa acción precipitada llena de riesgos y provocaciones
contraproducentes».
En Navidad se reencuentran todos de nuevo: «brindamos con sidra mientras
los camaradas obreros contaban conmovedoras escenas de afiliación masiva
en sus talleres» y, al reanudarse el curso, otra vez «la vida personal», en esta
ocasión en forma de atracción amorosa, sale a su encuentro a pesar de que ya
su enlace les ha exhortado a evitar «las caras monas sin nada aquí dentro que
tanto abundan en esta facultad». El narrador, del que seguimos
desconociendo su nombre, abandona los verbos en persona de plural, el
nosotros, para cambiar, al menos momentáneamente, al singular: «Me
avergüenza decir que en febrero había encontrado novia. Cáceres, el tercero
del grupo, enseguida se dio cuenta. Sin duda porque él mismo se había
prendado de una coruñesa de ojos azules que leía siempre en el tranvía libros
de Freud, sin relación alguna con las materias de clase. Así formamos una
alianza tácita de mutua ocultación frente a Marcela y el cuarto de la clase,
López-López, que no habían caído en los enredos del amor». Su novia,
Marisa, era hija de un sastre militar, dato importante para la posterior trama
de la novela, y seguidor entusiasta del régimen.
Poco a poco la célula incrementa su actividad revolucionaria y después de
participar, con éxito, en los preparativos de una huelga para reclamar la
constitución de un sindicato libre de estudiantes en el distrito, su responsable
en la universidad, Rosa Laínez, les comunica en nombre de la alta cúpula
dirigente que, aunque Comisiones Obreras cada vez tiene más implantación
en las fábricas, una parte de la Iglesia empieza a mostrar su disconformidad
con el régimen, y hasta grupos capitalistas y financieros cuestionan los
métodos fascistas impuestos por Franco, no se estima adecuado todavía la
convocatoria de una Huelga Nacional Política pero se convoca una gran
acción subversiva, la Quincena Soviética, que el Partido pondrá en marcha en
estrecha colaboración con la organización de los camaradas intelectuales,
«quienes, por su mayor madurez y preparación ideológica, están capacitados
para formar la vanguardia». Una iniciativa que va a implicar para los
estudiantes y obreros redoblar el tiempo y los esfuerzos que hasta el
momento han dedicado a sus actividades clandestinas a fin de preparar con
intensidad su participación en esa acción programada por el Partido. El grupo
burgalés se reúne en una iglesia con camaradas de otras organizaciones de
obreros y estudiantes,
pero el grueso lo formaban los intelectuales, un poeta de verso libre que había cantado al obrero
asturiano, dos novelistas del Sur, una ensayista vasca que servía de enlace con los trabajadores de
la margen izquierda del Nervión, y un autor teatral de mucho éxito en los escenarios burgueses de
Madrid, el Comediógrafo del Día, el hombre que a las siete entretiene a las damas con
chascarrillos de adulterio y por la noche contribuye a la revolución con las grandes taquillas de sus
obras.
Mientras tanto el protagonista, del que pronto sabremos, al sincerarse
emotivamente con su novia en la noche post primera coyunda, que se llama
Simón –si bien ese es su nombre de guerra y en realidad se llama Ramiro–, se
ha ganado la confianza de su futurible suegro y empieza a frecuentar con
asiduidad el taller donde este guarda sus colecciones de ropa militar. Hace su
aparición por entonces en el escenario de la clandestinidad un nuevo dirigente
del frente intelectual, el apuesto Juan Anido, de pelo blanco y ligero deje
gutural, que expone que la Quincena Soviética consistirá en una serie de
jornadas culturales donde se realizarán distintos actos literarios, conferencias
y proyecciones semiclandestinas de cine soviético, dedicadas a «recapitular
las conquistas del comunismo en la URSS, homenajeando en el año en que se
va a cumplir el glorioso cincuentenario de la Revolución al gran país
fraterno».
Ramiro-Simón, que había ganado la confianza del padre de su novia, entra,
con nocturnidad y alevosía, en el taller del sastre militar y roba trece
uniformes de la Policía Armada, de los grises. Asiste a una manifestación,
con la consiguiente carga de la caballería de las fuerzas represivas, el mismo
día programado para la intervención decisiva y central de la Quincena, que va
a desarrollarse durante los actos de clausura de una jornadas internacionales
de Teatro que se están celebrando y a la que asistirán tanto la crema de la
intelectualidad madrileña como importantes figuras del mundo cultural
europeo. Se prepara «el asalto al teatro de invierno». Un grupo de militantes,
disfrazados con los uniformes que Simón ha robado, se reparten por el teatro
con el subterfugio de velar por su seguridad. Cuando la obra finaliza, Rosa
Laínez y otra camarada suben a escena y leen un manifiesto antifranquista
contra la represión de los derechos de asociación y libertad sindical que es
aplaudido por la sala de manera mayoritaria. Un éxito. Los falsos policías,
menos Juan Anido, junto con las dos camaradas salen del teatro sin
problemas, pero Anido es finalmente detenido y a partir de su caída las
detenciones se ponen en marcha y Simón se ve obligado a iniciar su «tocata y
fuga», no sin antes ser víctima de una especie de «caída del caballo» de ecos
marcusianos –«Huida al interior de uno mismo»–, así como de una especie de
revelación mística que tiene lugar bajo los frescos de la iglesia madrileña de
san Antonio de los Alemanes. El Partido le facilitará su llegada a Valencia
con parada en Mota del Cuervo, donde se une con otros camaradas que
vienen huyendo de la represión pasándose la noche contando, a modo de un
Decamerón Rojo, historias y experiencias. Los últimos capítulos de la novela
nos contarán su años de estancia en Valencia. Allí entra en conocimiento con
la camarada Cuca, quien se mueve en las ondas y tendencias culturales más
actuales, desde la poesía de Gil de Biedma a los haikus dadaístas pasando por
los psicotrópicos, y que le incita a «refundarse», a ponerse al día:
«¡Vapulearlo todo, cargarse todo, y que caiga en pedazos lo que en nuestra
verdad pueda caer hecho pedazos! […] ¡Seamos creadores en el bien y en el
mal! No olvides que el mejor mal forma parte de la mejor verdad. Y aun así
haremos la revolución. ¿Cuál? ¡Ahí voy!». Más tarde se reencuentra con el
camarada Anido, huido de Carabanchel, y a sus órdenes reanuda su trabajo en
el aparato de propaganda que reparte material por los pueblos. Pero no todo
será «transporte de octavillas», pues la vida personal vuelve a salir,
fatalmente, a su encuentro: ve el mar por primera vez y vuelve a tener un
momento de transfiguración mística: «La ruidosa compañía del mar era el
mejor estímulo de un estar conmigo que quería evitar».
El Partido sigue reclamando su colaboración para celebrar en Valencia «el
exacto Cincuentenario de la Revolución» y una nueva acción reivindicativa
se pone en marcha. Disfrazados con monos de trabajo, un nuevo grupo de
camaradas pinta con nitrato de plata y por la noche la hoz y el martillo en la
fachada del palacete de la Lonja valenciana para provocar que, cuando le dé
el sol al nitrato, pueda verse el signo comunista coincidiendo en el tiempo
con un acto gubernamental. La acción tiene éxito también pero, más allá del
éxito, Simón vuelve a sentirse raro y extraño y se aparta del entusiasmo de
sus camaradas. Vigilante el Partido, Juan le convoca para una cita donde le
soltará una diatriba que se mueve retóricamente entre la reprimenda y la
autocrítica con voz ajena:
El hombre que organiza su vida sin contar con el otro es amoral; el pequeño burgués. El muerto.
El que no escucha la llamada de los demás. Soy un observador por obligación, Simón ¡Simón! ¿No
estarás cayendo en los fetiches del para-ti? […]. El Partido no te pierde de vista, y te alienta, por
mucho que lo que yo te digo te parezca un freno. Solo te estoy pidiendo una cosa: sé indulgente
con tus camaradas, y piensa que ellos le tienen miedo a la soledad en la que tú te rodeas.
El protagonista, a pesar de la perorata, mantiene sin embargo su
desconcierto. Hacia el final de la novela hay de nuevo una caída en el Partido,
siempre con mayúscula, con nueva detención de Juan Anido y la inevitable
huida y refugio de la militancia en una finca donde Simón y otros camaradas
descubrirán una especie de cueva-capilla-altar comunista erigida a modo de
sanctasanctórum en recuerdo de un comunista desaparecido. La historia se
cierra con la llegada de la policía nacional justo después de que «el
camarada-vigilante» les manifestase, a modo de coda final, que la revolución
«Es cuestión de seguir probando. Nos falta práctica. Si insistimos con toda la
perseverancia del mundo. Si resistimos. Si aprendemos bien lo que hay que
hacer, aparecerá».
El buque fantasma[4]
Caricatura: dibujo satírico en que se deforman las facciones y el aspecto de alguien. En
Méx.: película de cine hecha de una serie de dibujos animados que simulan el movimiento.
En primera persona Martín Benavente De Juan, el narrador y protagonista
de la novela El buque fantasma, rememora, más de veinte años después, un
momento de su vida que tuvo lugar en la estación de tren de V.: «Fue cuatro
días después del atentado a Carrero Blanco, el mismo día de Nochebuena por
la mañana». La estación estaba llena de policías que buscaban a los cabecillas
de la Universidad. Algunos de ellos ya habían sido detenidos y uno de ellos,
Gaztelu, había delatado a sus camaradas, entre ellos a ese narrador y
protagonista que ese día está en la estación después de haberse escondido en
casa de un tío suyo. Allí, en la estación, ve cómo se le acerca un policía de la
Brigada Político-Social y, aguantando el miedo, aparta con el pie el bolso de
viaje, pues «Esa mañana había tenido la inspiración de meter en él unos
números de Pekín informa, algunos más de Nuestra lucha y, por espíritu
ecuménico, uno o dos “mundos obreros”». Afortunadamente sale bien librado
del encuentro y constata con decepción la pasividad curiosa de la gente que,
sin acercarse, se había dado cuenta del suceso –«Los mirones se dispersaron
decepcionados. Casi seguro que a los muy miserables les habría gustado
verme detenido, solo para tener luego algo extraordinario que contar al llegar
a sus casas»–. Mientras, él mismo se siente mortificado «por la indignidad de
haber sido, por pánico, simpático con quien únicamente podía repugnarme».
Un año y medio antes de ese episodio, Martín había llegado a esa ciudad
para estudiar en la Universidad, alojándose en un principio en casa de su tío
Narciso, veterinario un tanto peculiar, de posición económica desahogada y
con buenas relaciones con las autoridades franquistas de la provincia. Martín,
que ha venido cargando en su maleta con libros de Engels, Freud y Tamames,
tiene el propósito de encontrar, por medio de su familiar, trabajo para pagarse
la carrera –«yo estaba sinceramente convencido de que pagando mis estudios
con el sudor de mi frente contribuía tanto a remediar las injusticias sociales
en el mundo como a una más pronta llegada del comunismo a España. Porque
una cosa era segura: el comunismo acabaría por llegar a España y yo lo
recibiría en una fábrica. Eso por descontado».
En la Facultad conoce a José Rei –«Había algo en él que recordaba a uno de
esos revolucionarios irlandeses. No sé. Quizás esa fatalidad de los que tienen
una causa justa, una juventud hermosa y la audacia en los ojos, pese a lo cual
no pueden evitar ser unos perdedores sin remedio. Había algo en su mirada
que lo delataba así»–, que le va a poner en contacto con dos militantes,
Gabriel y Gaztelu, de la organización política en la que participa –«Gabriel
era una persona rara, un rigorista […] escribía con la izquierda, no fumaba,
no bebía nunca, no iba al cine jamás, no salía nunca por la noche, nada […]
Usaba el violín únicamente para interpretar en él unas versiones inquietantes
y poco humanas de la “Internacional” y otros himnos revolucionarios que
elevaban su moral y exaltaban su ardor combativo. Tampoco se reía nunca»–.
En Rei, Martín encuentra una especie de mentor político –«Fueron desde
luego días muy provechosos. Y así fue también como me explicó Rei las
diferencias que existían entre una sociedad feudal y otra industrializada…»–
y, a la vez, un amigo y confidente –«Yo tuve que confesarle que no había
tenido hasta el momento ninguna novia, pero que no lo descartaba y que
desde luego me gustaría que también fuera fija»–. Poco a poco nuestro
protagonista se va viendo implicado en la actividad política de sus nuevas
amistades –«Había también un problema añadido. Rei y Gabriel empezaron,
cada vez con mayor frecuencia, a pasarme propaganda ciclostilada»–. Y
pronto Rei le hace la propuesta de organizarse en la Juventud Comunista, que
acabará aceptando con un tanto de miedo a la vez que se siente atraído por el
peligro y la vanidad –«Qué lástima que la clandestinidad tenga que ser
clandestina. Qué pena que el mundo no pueda conocer mi secreto […]
arrancarle a una admiradora un pequeño “olé”. Qué le vamos a hacer»–.
Empieza entonces a vivir y sufrir las incoherencias y absurdos de la
militancia y el enfrentamiento sectario entre revisionistas y maoístas, el
irracionalismo de los partidos comunistas –«No hagas preguntas. Eso es la
disciplina de partido, el centralismo democrático»– y, siguiendo las consignas
de la organización –«Tenemos que conocer mejor a todo el mundo. Hay que
trabajar con la gente»–, entra en contacto con dos compañeras vascas, las
hermanas Lola y Celeste: «A mí me parece que eran las más guapas de clase,
de modo que empecé mi trabajo por ellas».
A partir de ese momento la historia del militante Martín Benavente De Juan
se estructura a través de un nuevo eje, el sentimental que se suma e integra
con su trayecto existencial: «No puedo decir que la universidad española se
portara mal conmigo: en el primer trimestre me hizo marxista-leninista-
pensamiento maotsetung y, a la vez, un enamorado clásico, es decir,
romántico, desesperado, doliente»; «Me veía a mí con las dos, con Lola y con
Celeste, viviendo y durmiendo con ellas, que me aceptaban sin problemas.
Me imaginaba un comunismo ideal, un día con una, otro con otra, otro con
las dos, sin orden, sin prejuicios, sin fines, con la cama sin hacer todo el día».
Un momento de desidia en el puesto de trabajo que el tío finalmente le
consigue provoca la pérdida temprana de ese empleo y el abandono del
domicilio familiar. En estas circunstancias, da comienzo su relación con una
mujer madura, bella y de «clase social alta», Dolly, con la que tiene su
primera experiencia sexual plena y con la que va a establecer una relación
que basculará entre la amistad y el sexo. En el entretanto, la actividad política
se centra en la preparación de las interminables asambleas de estudiantes:
«En los dos meses de clase habríamos hecho ya unas treinta o cuarenta
asambleas, de clase, de grupo, de curso, de comunes, otra vez de clase, luego
de facultad, luego de grupos, que resultaba imposible aburrirse».
Entiendo que, con lo resumido hasta el momento de la historia de este
personaje –Martín Benavente De Juan– que la novela desarrolla, se ha
ofrecido materia narrativa suficiente para que el lector de este breve ensayo
se haga «una composición de lugar». En el posterior desarrollo de la historia
de Martín habrá espacio para narrar una manifestación estudiantil
–«Apretamos más aún las filas. Gritamos todavía con determinación más
enérgica. Si hubiera sido a voces, las cosas en España habrían cambiado
aquella misma mañana»–, dar cuenta del desvanecimiento de sus relaciones
con Lola y de los acontecimientos que origina la delación de uno de los
camaradas. También se nos dará a conocer la permanencia de sus encuentros
con Dolly, su traslado a vivir en una pensión, la relación entre Rei y Celeste y
la rutinaria cotidianidad revolucionaria: «Y así fue transcurriendo el curso.
Asambleas, exámenes parciales, conatos de manifestación que duraban dos o
tres minutos, cursillos leninistas, reuniones de célula. Lo de costumbre».
A nivel argumental, la novela se cerrará con la implicación de Martín en la
detención de un compañero de piso, la detención de Rei, el
desenamoramiento de Celeste, la falsa acusación de confidente de la policía,
su entrada a trabajar en la sucursal provincial del diario Pueblo, la
desconfianza de sus camaradas y el apartamiento de la actividad política, su
tristeza al «ver a mis viejos camaradas destrozados e inanes sobre el asfalto
de la existencia» para finalizar la historia con las críticas, decepciones y
desilusiones de Rei, su desencanto final y su esperable suicidio.
MÁS ACÁ O MÁS ALLÁ DEL DESENCANTO
La elección de estas tres novelas para la realización de este acercamiento y
estudio del tratamiento de la militancia comunista que se lleva a cabo en la
narrativa española de la transición, pretende evitar lo que de arbitrariedad
personal toda selección supone, en aras de concederles una significación que
supla los límites y limitaciones que el acercamiento reconoce. Es evidente
que la constelación de novelas en las que la militancia política es abordada
con mayor o menor intensidad va mucho más allá de lo que esta trinidad
recoge. De algunas de ellas hablaremos a la hora de analizar las tres que se
proponen, pero otras muchas quedan fuera de esta oportunidad. Al respecto,
parece insoslayable citar de manera prioritaria el trabajo El desencanto en el
PCE de la Transición, analizado a través de la novela y el cine[5] realizado
por el profesor Marcello Caprarella que, en cierto sentido, marca las
coordenadas analíticas desde las que hemos abordado nuestra reflexión
aunque, en nuestro caso, hemos ampliado, más allá del PCE, nuestra mirada
hacia otras militancias comunistas. En la novela de Azúa expresamente se
habla de militancia de extrema izquierda, en La Quincena Soviética no hay
dudas de estarse ocupando de la militancia en el PCE, mientras que en El
buque fantasma se habla de un grupo de filiación maoísta, a la izquierda del
PCE.
Es fácil apreciar que los resúmenes que hemos ofrecido de cada una de las
tres novelas han buscado claramente resaltar aquellos perfiles que ponen de
manifiesto las posiciones estéticas, y por tanto políticas y morales, con que se
aborda el tema de la militancia comunista. Son, han querido ser en ese
sentido, resúmenes argumentales no porque resuman el argumento narrativo,
aunque también, sino porque se constituyen como pruebas argumentales de
ese menoscabo, estigma y caricatura que las caracteriza.
Sin duda, el mismo hecho de que las tres novelas se integren en ese
subgénero que podemos nombrar como novelas de la militancia estudiantil
durante el franquismo, explica la repetición en cada una de ellas de lo que
Caprarella denomina «convenciones argumentales», entre las que fácilmente
podemos señalar: el entusiasmo inicial, la universidad como espacio
iniciático, la captación de los nuevos militantes, el destacado rol de la
atracción amorosa y sexual en la convivencia grupal y, de manera especial,
entre militantes de distinta «extracción social», los escenarios de la protesta
intrauniversitaria, las manifestaciones, la represión brutal de la policía, las
huidas, las detenciones, «la caída» como clímax, la rigidez, vigilancia y
puritanismo de las organizaciones respecto a la vida privada de los militantes,
la autocrítica como autorrepresión, el dogmatismo y acartonamiento en las
exposiciones ideológicas, la repetición rutinaria de fórmulas doctrinales, las
delaciones, el proceso de desengaño, la decepción, el abandono final. Que
estos elementos aparezcan como lugares comunes nada tendría de extraño en
una narrativa que limita su espacio dramático a un mundo tan concreto como
el mundo universitario de los años finales del franquismo supone. En todo
caso, a esta reiteración de topoi y tópicos difícilmente se le podría achacar esa
visión negativa de la militancia que el título de esta exposición anuncia. Si
acaso reproches de corte estético, como el que apunta la voz narrativa de la
que se sirvió el escritor Isaac Rosa en su novela El vano ayer[6] al abordar el
tema:
Atención: la mecánica repetición narrativa, cinematográfica y televisiva de ciertas actitudes,
roles o simples anécdotas descriptoras de un determinado fenómeno o periodo consigue convertir
tales elementos en tópicos, más o menos afortunados clichés que, cuando son utilizados en relatos
que no van más allá del paisajismo o el retrato de costumbres (dentro de un tránsito tranquilo por
géneros habituales), provocan a la vez el malestar del lector inquieto y el sosiego del lector
perezoso. Mientras este se acomoda en unos esquemas que exigen poco esfuerzo y en que
reconoce a unos personajes bastante ocupados en conservar el estereotipo, el lector inquieto se
desentiende con fastidio ante la enésima variación –pequeña variación además– de un tema viejo,
como una cansina representación de esa commedia dell’arte en que hemos convertido nuestro
último siglo de historia.
Ocurre sin embargo, y entiendo que los resúmenes ofrecidos son testimonio
más que suficiente, que no trata solamente de lugares comunes, semantemas
propios del género «novelas de la oposición al franquismo», sino de
decantaciones
ideológicas
que
manifiestan
lecturas
y
prejuicios
extranarrativos que tiñen la mirada de los narradores que, en las tres novelas,
rememoran en primera persona hechos y actitudes que tuvieron lugar en años
ya muy distantes biográfica y mentalmente del momento en que la
rememoración se inicia. Sobre ese distanciamiento entre los hechos narrados
y el momento de la rememoración volveremos luego. Quisiera ahora seguir
reflexionando sobre el carácter distorsionante que tiñe los semantemas
propios de este subgénero que conforman «las novelas de la oposición al
franquismo» y que, por acumulación, funcionan como elementos de
degradación de la propia actividad política, la militancia, sobre las que se
construye su eje narrativo.
Algunas interpretaciones y autointerpretaciones al respecto se apoyan en el
carácter irónico de las poéticas desde las que esas novelas se habrían
construido. Entiendo que la ironía[7] es en principio forma de decir lo que no
se puede decir. Dice lo que no se dice. Decir otra cosa de lo que dice. Pero lo
que define el ser de la ironía no es tanto su función retórica, su efecto, sino la
situación que la provoca. La ironía es, en origen, el hablar del débil delante
del fuerte. No es un recurso que el débil use para hablar al fuerte, sino un
código encriptado utilizado por los débiles en una situación marcada por la
presencia siempre vigilante del poder. Ese es el terreno constituyente de la
ironía: la situación de desigualdad. La ironía en ese contexto jerárquico es el
medio que tiene cualquier hablante de ir en contra de la ley o la norma sin
tener que asumir las represalias que conllevaría una incitación al combate.
Sin embargo, en los textos de las tres novelas comentadas, el recurso a la
ironía nada tiene que ver con la desigualdad ni con la voluntad de debilitar la
posición del poder y sus discursos. Su función en esas novelas, y en otras que
ahora no vienen al caso, responde más a una estrategia exhibicionista –de ahí
el auge de la autoironía, tan abundante en esa narrativa en primera persona
que nos ocupa– que a la construcción de una obligada clandestinidad
semántica. La ironía entre iguales, entre el narrador y los lectores en unas
condiciones comerciales de libertad de expresión, no es ironía sino
complicidad, guiño de identidades, muestra de pertenencia, ornato gratuito
que a nadie pone en peligro, que nada oculta porque gusta precisamente de
mostrarse como inteligencia compartida y que, encantada de haberse
conocido, no hace otra cosa que mirarse en el confortable espejo de una
superioridad moral, estética o política.
Claro que se podría alegar que precisamente esas novelas recurren a la
ironía porque se enfrentan al poder real o simbólico que la militancia
comunista detentaría en los momentos en que esas novelas aparecen, 1986,
1988 y 1992. Nada más alejado de la realidad, como ya veremos cuando
acudamos a la palabra de los historiadores que se han interesado por el tema.
En esos momentos es el PSOE el que ha acaparado prestigio y hegemonía
mientras que las organizaciones comunistas sufren un fuerte deterioro de su
imagen pública y política. Precisamente son los momentos de dominio
cultural de un PSOE que, como organización, ningún relato de oposición, de
militancia antifranquista, puede ofrecer. En esas situaciones la ironía deja su
lugar al sarcasmo, que es procedimiento retórico que parte también de una
situación de desigualdad pero en condiciones absolutamente contrarias a la
ironía, pues el sarcasmo es el recurso de un fuerte contra el débil y está
encaminado a provocar el aplauso y el reconocimiento de los otros fuertes
que participan en la escena. Fuertes contra débil. Un punto de partida
propicio para la producción de burla y crueldad. Burla y crueldad dirigidas
hacia alguien, las militancias comunistas, que ostenta una posición más débil;
son formas de dominio semántico y narrativo. La crueldad es una forma de
catarsis aristocrática, funciona de arriba abajo. Como versión retórica de la
crueldad gratuita, el sarcasmo es también un recurso que crea reconocimiento
y recuento entre los que detentan poder, y es quizá por eso que suelen
utilizarlo los que se sienten inseguros de tal pertinencia. El sarcasmo
devendría entonces, más que muestra de dominio, gesto servil y disfraz del
miedo, atemorizada impotencia, jactancia vana.
No se debe, por tanto, ni a la presencia de esos semantemas en el entramado
de la acción narrativa, ni a la comparecencia de una mirada inquisitiva e
interesada en dar cuenta de los errores, por exceso o defecto, que se hayan
podido dar en los movimientos y militancias antifranquistas, lo que provoca
que en estas tres novelas la militancia aparezca, se revista y se ofrezca como
un fenómeno más necesitado de estudio psicológico que de reflexión política.
«Aquel idiota –opinará Azúa de su protagonista– que había creído en todas
las mentiras ideológicas con el único fin de no tener que comprometerse con
su propia vida y empuñar su responsabilidad». Esos mismos elementos que el
subgénero parece desprender, y el cuestionamiento de la militancia, están
presentes en otras novelas de esa misma constelación narrativa sin que la
estigmatización vía ridículo aparezca como recurso de mediación casi único
entre el texto y el lector. En novelas como La larga marcha de Chirbes, El
vano ayer de Rosa o en la reciente El grupo de Ana Puértolas, la militancia
muestra ángulos de complejidad suficientes para que el lector asuma su
problemática política y humana aunque sea también verdad que no faltan en
ella esa convenciones argumentales tan tópicas como la utilización de
subtramas amorosas que se asocian a la militancia: «La verdad es que, a
finales de aquel curso, las parejas habían empezado a tejerse y destejerse
velozmente: se inició el baile sentimental y político con extrema animación.
La gente se afiliaba con precipitación a las organizaciones políticas y también
al amor»[8]; «… fueron los universitarios, que cayeron los primeros,
seguramente por su imprudencia… en esa última reunión, cuando llegamos
nos lo encontramos allí con su novia, que era muy buena chica y muy
comunista y todo lo que quiera, pero qué pintaba en aquella reunión, que era
solo de los enlaces de sector»[9]; «El entusiasmo amoroso crecía con el ardor
revolucionario, y, juntos, pasaban de preparar un cartel antiimperialista para
colocar en la delegación de estudiantes o en el barrio a otras actividades
menos combativas pero no menos arrebatadas»[10].
En estas últimas novelas hay al menos una voluntad, lograda en mayor o
menor medida, de alcanzar una comprensión de la militancia política que
evita la tentación de caer en el regusto por la sátira o el pastiche, mientras que
en las tres seleccionadas la óptica narrativa va encaminada no a la
comprensión sino al descrédito y, por consiguiente, su objetivo y efecto no es
la narración del desencanto como fenómeno que históricamente sobrevino
como efecto colateral de la «normalización democrática», sino la
neutralización y degradación estética de la militancia y el compromiso
político. Es ahí donde este acercamiento se aproxima al excelente ensayo de
Marcello Caprarella ya citado, al mismo tiempo que se aparta de algunos de
sus predicados.
LA OPOSICIÓN ANTIFRANQUISTA, ENTRE LA HISTORIA Y
LA NARRATIVA
Comentábamos antes la necesidad de tener en consideración la diferencia
de tiempos de la narración que encontramos a la hora de abordar las tres
novelas seleccionadas. Localizar el año en que transcurre la aproximación del
protagonista de la novela de Félix de Azúa a la militancia resulta dudoso. Por
un lado habla de Sánchez Bella como ministro de Educación, cuando este
personaje del franquismo nunca fue ministro de Educación sino de
Información y Turismo entre 1969 y 1973, por lo que habría que ubicar las
experiencias de su protagonista en el campo de la extrema izquierda dentro de
esa horquilla temporal. La Quincena Soviética ubica de modo claro el
calendario de su acción, puesto que la acción tiene como eje el año, 1967, en
que se celebra el Cincuentenario de la Revolución de 1917, y en El buque
fantasma se nos dice que la peripecia se inicia cuando «El Proceso de Burgos
(1970) estaba todavía muy cerca». Por consiguiente, podemos afirmar que las
tres historias transcurren durante la última década del franquismo.
Sobre ese periodo los historiadores que han analizado las actividades de la
oposición al franquismo señalan algunas características tanto de la oposición
política en general como de la estudiantil y universitaria. Así Juan Andrade,
al estudiar el papel del PCE[11] en los cambios que van a afectar a los
intelectuales y estudiantes, expone que
«Razones de distinto tipo y envergadura explican esta afluencia de intelectuales a las filas del PCE.
Conviene tener en cuenta que en las décadas de los sesenta y setenta se produjeron cambios en la
estructura socioeconómica por impacto de lo que se dio en llamar la revolución científico-técnica,
en virtud de la cual los trabajadores intelectuales se masificaron y proletarizaron, entrando en
contradicción con el marco de relaciones vigente» (p. 175); «Durante la segunda mitad de los
sesenta los comunistas desempeñaron también un papel determinante en la constitución de
sindicatos democráticos de estudiantes. […] La experiencia de los sindicatos democráticos
languideció en los setenta como consecuencia, entre otras cosas, de la irrupción de perspectivas
ideológicas radicales de inspiración sesentayochista que provocaron la atomización del
movimiento estudiantil y la ascendencia sobre él de organizaciones que se situaban a la izquierda
del PCE» (p. 71).
Para Eduardo González Calleja[12] la protesta estudiantil antifranquista que
tiene como centro la desaparición del SEU y la creación de sindicatos
democráticos «se convirtió en una auténtica “cuestión universitaria”»,
abriendo desde febrero de 1965 «un periodo de revuelta permanente, una
especie de crisis endémica de la vida “normal” en la Universidad»; «A partir
de 1965 comenzaron a aparecer en los campus grupos radicales a la izquierda
de un PCE […] Mientras que hasta 1966-67 el PCE quería que se participara
en la elecciones oficiales a través de comisiones y plataformas para después
proclamar el SEU como sindicato único y unitario, los grupos a su izquierda
aceptaban esa táctica solo para los centros más atrasados». Y Gregorio
Valdevira[13] no duda a la hora de afirmar que
sin duda, las mayores movilizaciones y las más graves alteraciones del orden y, desde luego, las
más numerosas, contra el régimen de Franco fueron protagonizadas por los estudiantes. En aquel
tiempo de silencio, de miedo e inseguridad, de más de dos décadas, casi las únicas voces de
disenso que se oyeron fueron las de los estudiantes universitarios […] El impacto de la oposición
universitaria fue superior a los demás por su continuidad, la proyección de su protesta en la calle,
en la que libraba auténticas batallas con la policía, el descontrol, la intransigencia y la política
utópica y radical de un largo periodo, su influencia en las clases medias y su resonancia en los
medios de comunicación.
Pues bien, asumiendo lo que estos historiadores constatan acerca del papel
tan positivo de las movilizaciones estudiantiles en la resistencia
antifranquista, parecería coherente denunciar como una falsificación narrativa
esa visión llena de descrédito, burla e irrisión que en estas novelas se
encuentran. Entre lo que los libros de historia nos dicen y lo que estás novelas
reflejan parece haber algo más que una contradicción, pues dan la impresión
de estar refiriéndose a dos mundos políticos y morales diferentes; uno, lleno
de ingenuidad, torpeza y manipulación, y otro repleto de entrega, coraje y
firmeza. Para resolver tal incoherencia sin caer en la denuncia paranoica, por
«conspiración narrativa», de esas tres novelas, parece conveniente acudir de
nuevo a la distancia temporal que se produce entre los hechos narrados y el
momento en que esos hechos son rememorados por esos narradores en
primera persona que los tres autores eligen como voz narrativa. En todos los
casos han transcurrido más de tres lustros y, en el ínterin, en España se ha
producido la muerte del dictador, el cambio de Régimen, la aprobación de la
Constitución de 1978, la entrada en la Comunidad Europea y la llegada al
gobierno del Partido Socialista Obrero Español. Cabe por tanto pensar que es
la nueva situación, «la normalización democrática», la que permite e impulsa
ese mirar atrás con burla, desdoro, desconsideración y marcada altanería
hacia ese fenómeno político, la militancia comunista, al que estas tres novelas
–y no solo ellas– parodian y denigran. Cabe sumarse a la opinión que a
propósito de la novela de Muñoz Molina El dueño del secreto expresa Justo
Serna[14] cuando sugiere que «los narradores cuentan algo más o menos
remoto que les afectó profundamente. Cuando lo rememoran tiempo más
tarde, ya disfrutan de cierto acomodo o de cierta estabilidad: estabilidad
mediocre, pero aceptable». Estaríamos ante lo que Serna denomina «el
antifranquismo imaginario», ante unas muestras narrativas representativas de
la mirada hacia el pasado político que la llamada transición democrática
española produjo como narración global. Entiendo que esta perspectiva
permite entender mejor el magma cultural, político y narrativo que la
transición va a escribir como relato hegemónico. La propia posmodernidad
como espacio ideológico y cultural sin duda ayudó a la creación de unas
subjetividades colectivas en las que el compromiso político, las ideologías
transformadoras, el comunismo en cualquiera de sus versiones, se
arrinconaron como muebles obsoletos y trasnochados. En apenas unos años la
militancia comunista, como el propio marxismo o la idea de revolución, se
vieron descalificadas como espacios muertos, groseros, feos, antiguos. Lo
que estas novelas revelan, más allá de sus valores literarios, escasos en algún
caso y más apreciables en otros, es la desvalorización de aquellas ideologías
que trataron y tratan de construir una vivencia a partir del ser como un ser y
un estar entre y con los otros. Al fin y al cabo, son novelas que abordan un
hecho, la militancia, que no deja de ser una expresión del «nosotros» como
valor de vida. Unas experiencias del nosotros que han sido narradas en un
momento en el que el yo se ha convertido en el paradigma dominante. Algo
que casi proféticamente la camarada Cuca, en La Quincena Soviética anuncia
y propone al desorientado camarada Simón hacia el final de su historia: «Pero
¿y tú? Tu tú. Mi yo. El él de él. De este, de aquel. ¿Dónde los metemos?
Todo hay que interpretarlo. Buscar nuestros significados a las viejas palabras
aprendidas, y si son distintos pues que lo sean».
LA NOVELA TIENE RAZONES QUE LA VERDAD NO
COMPRENDE
Iniciamos esta reflexión adelantando que la utilización casi única de las tres
novelas seleccionadas conllevaba el importante riesgo de que cualquier
generalización resultaría sospechosa, aun cuando les otorgáramos la
condición de textos significativos para poder acercarse al tema de la
militancia antifranquista en la novela española de la transición. Sin duda que,
para extraer conclusiones menos dudosas, será necesario realizar un chequeo
más exhaustivo de nuestra narrativa. Pero, aun con esas limitaciones,
esperamos que esta aproximación coloque al menos sobre el tapete literario,
en compañía de otros trabajos de indudable mérito, el tema de la novela y la
representación de las realidades políticas en el tardofranquismo. No quisiera
sin embargo cerrar la exposición sin referirme a dos problemas que entiendo
atañen a esa narrativa de la oposición.
Por un lado, constatar que la lectura del repertorio de novelas que tienen su
tema en esa área histórica permite constatar una carencia muy señalada; la
mayoría de ellas se centran en personajes pertenecientes al mundo de la
juventud universitaria, lo que indudablemente reduce su alcance.
Al investigar la cuestión de la defección o abandono de la militancia, el
profesor francés Olivier Fillieule[15] recuerda que en todas las biografías
marcadas por un tiempo de militancia es necesario prestar atención a las tres
áreas biográficas en las que la actividad inevitablemente incide: la
participación política, la vida en familia y la vida profesional. La elección del
espacio estudiantil como objeto de la narrativa de la militancia introduce
serias reservas a la hora de establecer su relevancia y repercusión pues,
aunque suelen prestar la atención más o menos necesaria para que se conozca
su participación política[16], en lo que atiende a su vida familiar no suelen ir
más allá del tópico de la ruptura con la familia conservadora o de la
introducción ya señalada de subtramas de amor, pasión y atracción sexual
que alteran y ponen en cuestión la normalidad de una militancia que se
presenta como un valor por encima de cualquier otro. En las tres novelas
estudiadas abundan las limitaciones señaladas al tiempo que podemos
observar una ausencia casi absoluta de aquello hechos y situaciones que
tengan que ver con la vida profesional, por cuanto un personaje estudiante se
corresponde con una situación anterior al inicio de esa vida profesional.
Este hecho es el que da lugar al segundo de los problemas que pueden
observarse en nuestra reciente narrativa del antifranquismo: la ausencia casi
absoluta de protagonistas o personajes pertenecientes al mundo del trabajo,
ya del sector primario (que, sin embargo, dio lugar en la primera mitad del
siglo XX a toda una narrativa que tiene en Los campesinos de Joaquín
Arderíus, en Réquiem por un campesino español de Ramón J. Sender o en La
mina de Armando López Salinas tres excelentes referentes), ya del sector
servicios (con la relevante y excepcional novela de Fernando Díaz Panfleto
para seguir viviendo), ya del sector industrial que aparece como un territorio
casi virgen desde el punto de vista narrativo (aunque cabría citar como
singular muestra Komatsu PC-340 de Javier Mestre).
Los trabajadores como clase social son los grandes ausentes de nuestra
narrativa. Cierto que en La larga marcha y en La caída de Madrid de
Chirbes, o en El grupo de Ana Puértolas, aparecen figuras de trabajadores,
pero siempre desempeñando un papel secundario en la trama y sin que nunca
asistamos al desarrollo de su actividad como militantes en su propio espacio
y ambiente de trabajo. En La mano invisible, el escritor Isaac Rosa parece
hacerse consciente de esta carencia sistemática y aborda, aunque desde
perspectivas más alegóricas que realistas, el mundo del trabajo.
Parece casi evidente que las poéticas de la novela hoy más establecidas
buscan los elementos novelescos que faciliten la lectura a sus posibles
clientes. La amalgama del entramado político y el entramado amoroso sexual
responde sin duda a esos planteamientos que buscan más la seducción del
cliente lector que la densidad representativa necesaria para dar cuenta de una
relación social complicada. Más allá de las reservas ideológicas mencionadas,
las novelas actuales han venido favoreciendo la atención prioritaria a los
movimientos del yo individual, desconfiando de cualquier condición que
moleste a los necesarios egoísmos que la vida competitiva impone. En esas
poéticas narrativas centradas en el yo se mueve nuestra actual narrativa, pero
no deja de ser posible, y ya han aparecido textos en esa dirección, que la
crisis económica del 2008 dé impulso a nuevas formas de militancia que a su
vez den lugar a novelas representativas de este momento político. Esperemos.
[1] Esta novela de Félix de Azua fue publicada por la editorial Anagrama en 1986.
[2] El 7 de noviembre de 1888, La Quincena Soviética fue galardonada, por unanimidad, con el VI
Premio Herralde de Novela por un jurado compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Luis Goytisolo,
Esther Tusquets y el editor Jorge Herralde.
[3] Hace referencia al Referéndum sobre Ley Orgánica del Estado celebrado el 14 de diciembre de
1966.
[4] En abril de 1992, diecisiete años después de la muerte del general Franco, catorce después de la
aprobación de la Constitución Española y diez después de la llegada del primer gobierno socialista al
poder, se concede el VIII Premio de Novela Internacional Plaza & Janés a la novela El buque fantasma
de Andrés Trapiello. El jurado que perpetró el premio estaba formado por Soledad Puértolas, Néstor
Luján, Manuel Gutiérrez Aragón, Enrique Badosa como secretario y Enrique Murillo como presidente.
[5] M. Caprarella, «El desencanto en el PCE de la Transición, analizado a través de la novela y el
cine», en M. Bueno, J. Hinojosa y C. García (coords.), Historia del PCE. I Congreso (1920-1977), vol.
II, Madrid, Fundación de Investigaciones Marxistas, 2007.
[6] I. Rosa, El vano ayer, Barcelona, Seix Barral, 2004.
[7] C. Bértolo, «La ironía, el gato, la liebre y el perro», Revista UDP. Pensamiento y cultura 8
(2007), Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, pp. 132-133.
[8] R. Chirbes, La larga marcha, Barcelona, Anagrama, 1996.
[9] I. Rosa, El vano ayer, cit.
[10] A. Puértolas, El grupo, Barcelona, Anagrama, 2016.
[11] J. Andrade, El PCE y el PSOE en (la) transición, Madrid, Siglo XXI, 2015.
[12] E. González Calleja, Rebelión en las aulas, Madrid, Alianza, 2009.
[13] G. Valdevira, La oposición estudiantil al franquismo, Madrid, Síntesis, 2006.
[14] J. Serna, Españoles, Franco ha muerto, Madrid, Punto de Vista Editores, 2015.
[15] O. Fillieule (dir.), Le désengagement militant, París, Belín, 2005.
[16] Pero conviene hacer notar que la inclinación de esta narrativa a retratar la militancia
correspondiente a pequeños partidos o grupúsculos inevitablemente le resta potencia y representación.
18. ¿Qué anticomunismo se leerá en el siglo XXI?
Guillem Martínez
En un número especial de Mientras tanto con motivo del centenario del
fallecimiento de Marx (1983), Manuel Sacristán firmaba un artículo que
quitaba el hipo. Su título: «¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?». Y su
particularidad: casi no hablaba, como quien dice, de Marx. Hablaba de
Goethe. Sacristán –el único marxista de gran entidad intelectual que ha dado
el biotopo al decir de Gregorio Morán, un gran periodista y ensayista y, a su
vez, el responsable del PCE del interior que duró más en su cargo sin que le
pillaran los malos, es decir, un tipo listo– exponía que, desde el siglo XVIII,
cada siglo ha escogido un Goethe. Bueno, no lo ha escogido. Lo ha escogido
su época, esa variable tan poderosa que, para ahorrar tiempo, siempre hemos
llamado época. Uno, en fin, se parece a su época más que a su padre y a su
madre. Cada época, así, ha obviado a todos los Goethe salvo a uno. El de, lo
dicho, la época. En el XIX, la época escogió a El joven Werther, es decir, la
pasión. Y en el siglo XX, al viejo Fausto, es decir, la razón. O peor: la post-
razón, la razón de un viejo que ha dejado de creer en la razón. Sacristán venía
a decir que una obra, un fenómeno cultural sólido y cargado de significado,
universal, va variando de énfasis y significado en cada época. En el artículo,
y siento hacerles este spoiler, Sacristán repasaba las recepciones de Marx y
apostaba por la vuelta a la razón de la pasión en el siglo XIX. Es posible, por
cierto, intuirla ya en el ambiente –no sé si les parece–, varias décadas después
del redactado del artículo.
Bueno. Todo esto viene a huevo de este capítulo. El comunismo –o algo
alguna talla menos, el marxismo– ha sido, tal vez junto al psicoanálisis y la
incorporación explosiva de la mujer al mundo de las tres dimensiones, una
arruga en el cerebro del siglo XX, su hecho diferenciador. Es, por tanto, un
fenómeno que ha modulado al Goethe del siglo XX, una parte importante de
las gafas con las que se ha leído a Goethe o cualquier otro objeto en el siglo
XX. Pero, por lo mismo, un objeto tan voluminoso como el comunismo ha
recibido tantas lecturas desde el siglo XIX como, al menos, Goethe. Este
capítulo, en fin, les hablará –el encargo de los editores era ese– de
comunismo y anticomunismo en las dinámicas políticas actuales y locales. El
comunismo, ya lo sabemos gracias a Sacristán, tenía que ver con Werther en
el XIX y con Fausto en el XX. Es decir, no ha sido una percepción
inamovible. Y, me temo, el anticomunismo, por lo tanto y por lo mismo, pues
tampoco. Y supongo que ambos conceptos no serán, en el siglo XXI, lo
mismo a lo que fueron en el XIX y en el XX. Parece sencillo, pero el siglo
XXI, sea lo que sea, es también una época en la que –dato importante, y que
ha acabado contradiciendo, ahora que lo pienso, la tesis de Sacristán en su
fabuloso artículo– Goethe no existe, un indicio que apunta también sobre la
existencia de Marx. Una brecha cultural, generacional, tecnológica, un antes
y un después, una dinámica social y de mentalidades no prevista, o no
prevista en su brutalidad, ha acabado, me temo, con las humanidades, que
parece ser que participan poco o nada en la elaboración de categorías o,
incluso, de microcategorías aplicables a la vida privada. Algo que, sin duda,
modificará la transmisión de conceptos. Y que, tal vez, suponga la
eliminación de muchos. Como, glups, igual es el caso no solo de Goethe, sino
del comunismo tal y como lo conocemos. Me estoy liando. Si les parece,
empezaré situando el comunismo –algo que técnicamente ya no existe y que,
por tanto, debe ser explicado y situado y retornado a su significado– a través
de su partícula anti. El anticomunismo, en cierta manera, se inventó a la vez
que el comunismo. Curiosamente, se inventó en algo que se podría
denominar, tranquilamente, la izquierda. Y en la cultura española hay uno de
sus primeros, pioneros y más brillantes testimonios, emitido por una
anarquista, también primigenio. Un testimonio, por cierto, sorprendente y
fascinante que no nace del contacto de un anarquista con el marxismo sino,
agárrense, del contacto de un anarquista con el propio Marx.
Está en las memorias de Anselmo Lorenzo. Anselmo es delegado de la
Región Española de la AIT en el Congreso de la AIT en Londres en el que
marxistas y antiautoritarios se van a dar para el pelo, enviando la AIT al
garete / a Nueva York. En su autobiografía, Anselmo explica que llega a
Londres el día antes de la sesión de la AIT, a las tantas de la noche. Sin
conocimiento de la lengua, como puede, llega hasta donde tiene previsto ser
acogido para dormir. Se trata del mismísimo domicilio de Marx. Sin duda,
Marx ha hecho todo lo posible para que Anselmo duerma con él y, así, poder
brindarle honores. Desde hace tiempo hay una pugna entre Marx y los
antiautoritarios por España, una pieza clave para crear una mayoría
continental, marxista o antiautoritaria, en la AIT. Marx y Bakunin han
barrido, en ese sentido, para adentro todo lo que han podido. Bakunin, más y
con mayor astucia. En 1868, tras la primera revolución democrática local,
envió a Madrid y a Barcelona al diputado italiano Giuseppe Fanelli con la
intención de incorporar al incipiente movimiento obrero español a la AIT, sí,
pero desde posicionamientos antiautoritarios. Giuseppe Fanelli triunfa,
relativamente, en Madrid, donde logra crear un núcleo de la AIT proclive a
Bakunin, y en el que se incorpora el joven y futuro viejo Anselmo Lorenzo.
Y triunfa, por todo lo alto, en Barcelona, donde se crea un grupo más
numeroso y más entusiasta al respecto. Algunos de sus miembros llegarán a
disfrutar de la amistad y la intimidad con Bakunin. Pero Fanelli la lía. Sin, al
parecer, mala fe, por simple incompetencia y desorganización personal, se
confunde con la documentación facilitada a los nuevos afiliados, de manera
que no ingresan en la AIT, como creen, sino en una organización secreta,
fundada por Bakunin, cuyo cometido era, desde la discreción, copar la AIT y
alejarla del marxismo en la medida de lo posible. No se pierdan ese dato.
Cuando Marx descubra el pastel se producirá un segundo momento en el
dibujo del anticomunismo, si bien esta vez será un boceto algo menos
original y más internacional. Pero les hablaba de la aparición de la primera
descripción de algo parecido a anticomunismo, y les había dejado a Anselmo
Lorenzo, pelado de frío, llamando, en plena noche londinense, a la puerta de
Marx. Pom-pom.
La puerta se abrió con rapidez, a pesar de las altas horas. No le abrió la
criada, que ya estaría haciendo nonas, sino Marx, un hombre afable y
venerable, vestido de andar por casa, que recibió a un Anselmo cautivado al
instante ante sus besos y abrazos. Es importante lo de los besos. Anselmo,
como muchos de los anarquistas de primera hornada, era masón. O, como
decía Galdós en esta época, un besucón. Con cariño y besos –ese símbolo de
fraternidad tan apreciado por los anarquistas–, Marx se había ganado a
Anselmo. Se fueron a la cocina. Comieron lo que encontraron, y estuvieron
de cháchara animada y apasionada –es el siglo de Werther– hasta la
madrugada. Hablaban, por cierto, en castellano. Sobre el Siglo de Oro.
Fundamentalmente, de Lope de Vega, del que Marx se reveló como un gran
conocedor. Anselmo quedó seducido, más aún, por el seductor Marx. Esa
franca historia de amor se hizo añicos a la mañana siguiente, cuando
Anselmo, ya en el Congreso, pudo ver a Marx ejerciendo el socialismo
científico e infalible, moviendo los hilos disciplinados de la asamblea,
ejerciendo la treta, la astucia, la intriga, la autoridad, la fuerza, la trampa y el
cálculo, todo ello en detrimento de la opción antiautoritaria. Un Anselmo
Lorenzo estupefacto formula entonces sus reparos hacia Marx y su ideología.
Este primer anticomunismo dibujó algo, que aún no se llama comunismo
propiamente, como manipulador, frío, oscuro, autoritario. Dibujó, vamos,
más que una ideología, y esto es importante, un carácter. Como ven, la
sentimentalización de la política viene de lejos. Quizás porque en ocasiones
construye imágenes buenas.
Ese carácter codificado por Lorenzo se amplía con la segunda formulación
anticomunista, coetánea, realizada por el mismo autor, a la vez que otros
antiautoritarios europeos. Sucede cuando salta la liebre de que toda la Región
Española de la AIT está adscrita, como les decía, a la asociación secreta de
Bakunin. Engels, al enterarse, pone el grito en el cielo y Marx envía a
España, con cierta astucia, a Lafargue, a poner orden, acabar con la diversión
y mandar parar. Se trata de una sabia elección. Lafargue habla castellano con
acento cubano, y es tal vez el marxista más carnal y cachondo del momento.
Triunfa por todo lo alto en Madrid, si bien fracasa en Barcelona. Lo que, a su
vez, vuelve a prefigurar un dato ya aludido: el comunismo y el
anticomunismo es, en España, algo territorial. Tras el reajuste Lafargue, el
marxismo se hace fuerte en Madrid, y débil en Barcelona. Si bien siempre
habrá marxistas en Barcelona –los hubo, por ejemplo, en el Congreso Obrero,
en 1868–, no estarán organizados, como quien dice, hasta la II República, no
tendrán fuerza hasta la Guerra Civil, y no serán hegemónicos, o, al menos, no
estarán cachas, hasta el tardofranquismo –todo ello fija cierto retraso catalán
al respecto de la incorporación del marxismo en su mochila colectiva–. Los
antiautoritarios de Madrid emigran a Barcelona o, al parecer, pierden
visualización en su ciudad. Es en este momento cuando se crea en Madrid el
PSOE, el primer partido marxista del Estado. ¿Qué es en este momento un
marxista/comunista? Vuelve a ser dibujado. Es un autoritario, un doctrinario,
una persona físicamente débil, sin personalidad, influenciable y dada al
secretismo. Y, otra vez, frío. Paulino Iglesias –es decir, Pablo Iglesias, tal y
como se le conocerá en los folletos del futuro– viene a ser la encarnación de
todo ello para Anselmo Lorenzo, para el fundador, en cierta manera, de la
historiografía anarquista española y, también por ello, creador del canon
libertario del comunismo, ese carácter patológico, por lo visto. Con la
formación de un partido obrero marxista, el comunista –el anticomunismo–
gana por cierto un nuevo rasgo negativo. En las Casas del Pueblo, a
diferencia de los locales anarquistas, se fuma y se sirve café y alcohol. Lo que
indica que el socialista es, además, un disoluto. Carece de firmes valores
morales, etcétera.
¿Eran así los primeros marxistas? No necesariamente. En todo caso, el
obrero organizado no inspira muchas descripciones positivas, sea marxista o
antiautoritario. José Somoza es uno de los primeros anarquistas españoles que
reivindican ese nombre, varias décadas antes de la formulación de la AIT. Es
militar, llega a ser ministro en la I República, con Pi i Margall. Entiende el
anarquismo como control del Estado –un ente autoritario, peligroso y
enemigo de la libertad– que, dividido en entidades federales que se
contraponen y controlan, puede llegar a ver disminuir su capacidad
autoritaria. El anarquismo es también para él democracia radical,
individualismo y libertad personal. Ha escuchado que hay otras personas,
mucho más jóvenes que él, que se autoproclaman anarquistas y que forman
parte de un grupo misterioso e internacional que se llama AIT. Los conoce,
por fin, al final de la I República. En una barricada. Los describe como no
individualistas, que priman el grupo al individuo. Son fanáticos y fríos. Es
decir, los describe como Anselmo Lorenzo –con quien coincidirá en
Barcelona, trabajando para la Escuela Moderna de Ferrer i Guàrdia– describe,
a su vez, a los marxistas. Unos años antes de la I República, por cierto,
Castelar y Pi i Margall –sin duda, un político libertario, como reconoce Max
Nettlau, el historiador, a tiempo real, del anarquismo de esta época; Pi i
Margall es traductor e introductor de Proudhon e inventor, unos meses antes
que Proudhon, del término «federalismo», esa asociación de personas antes
que de Estados– protagonizan la primera polémica periodística sobre
socialismo en España. Los futuros presidentes de la República vienen a
defender un socialismo voluntario, no disciplinado, no dogmático, no
autoritario, no vertical. Y, por encima de todo, el individualismo o, al menos,
la existencia del individuo en el grupo, algo que, implícitamente, no perciben
en el marxismo y el anarquismo ad hoc, se diría. Posiblemente, con esa
descripción, formulaban y describían, a su vez, su percepción del marxismo y
el anarquismo bakuninista. Dos ideologías que, nuevamente, vuelven a ser,
zas, un solo carácter, y no dos ideologías.
El primer anticomunismo, como el primer antianarquismo, vamos, vienen a
definir, se diría, caracteres personales antes que proyectos políticos. En
ocasiones, la sensación es que el marxismo/el PSOE tiene, para los
anarquistas, un solo hecho o descripción política. Por supuesto, negativo. La
inoperancia, consistente, básicamente, en apostar por la política. El
sindicalismo marxista/UGT, presente en unas zonas del territorio –Asturias,
Euskadi, Madrid–, pero inexistente en otras –como Catalunya–, es percibido
en las zonas sin UGT como algo sin operatividad. La UGT, de hecho, se
funda en Barcelona, pero tiene que trasladar su sede a Madrid ante la escasez
de simpatías y militantes. Precisamente por sus tácticas, sustentadas en la
huelga con caja de resistencia, el sindicalismo anarquista lo valora como un
sindicato inútil. De hecho, no ha ganado ninguna huelga. Y el gran qué de
Solidaridad Obrera y, después, la CNT, es que en sus huelgas sin caja de
resistencia, rápidas, duras, contundentes, beligerantes, fulminantes, se
consiguen las primeras victorias sindicales de la Restauración. Nada
desdeñables. La primera gran huelga de la CNT supone, como efecto
secundario, la jornada de ocho horas. Pero para posicionamientos no
anarquistas o marxistas, el anarquismo y el marxismo suelen ser un mismo
carácter. Frío, doctrinario, táctico, calculador, etc. Para los anarquistas,
curiosamente, eso son, precisamente, los marxistas. Hay un momento de
cambio, no obstante, en el que el –¿carácter?– marxista gana simpatía en el
pack anarquista. Y es, precisamente, con el nacimiento literal del comunismo
en la tradición marxista. Con la Revolución rusa.
Con la revolución rusa, se crea cierto estupor en el conglomerado
anarquista. Es valorada, en un primer momento, como un éxito de clase.
Como una fantasía anarquista realizada por no anarquistas. Tal vez por algo
con más efectividad que el anarquismo, y del que se conoce poco en los topoi
sin tradición marxista. Se crea, así, una corriente de simpatía hacia los
bolcheviques, que coexiste con cierta desinformación y apriorismo. La
Revolución rusa, en fin, es un lío. Por una parte, existe, es, y no es anarquista.
Pero tiene un componente anarquista que, en la lejanía y la nebulosa, se
aumenta e idealiza. Posee un léxico y, hasta cierto punto, una estética
anarquista, difundida y canalizada por Lenin en los escritos más próximos a
la revolución, lo que da pie a cierto imaginario libertario sobre lo que está
pasando en la URSS, ese nuevo Estado. No es hasta el viaje de Ángel
Pestaña, secretario general de la CNT, a la URSS, y la publicación de su
posterior informe, cuando se perfila el comunismo como algo más que un
carácter. Y se formula, de paso, otra emisión de anticomunismo de
izquierdas. Ese informe es importante. Por una parte, es uno de los primeros
posicionamientos críticos ante el comunismo/leninismo desde la izquierda
europea no socialdemócrata. Prolonga y matiza la tradición anticomunista en
las zonas del Estado sin tradición marxista. Pero, en esta ocasión, el
anticomunismo no es solo la descripción de un carácter. Es la descripción de
una economía, de unas instituciones, de una dinámica, de un nuevo tipo de
líder, de una nueva cultura, de un Régimen, de un funcionamiento interno.
Viene a ser autoritarismo, verticalidad, dictadura, dogmatismo, obediencia,
ausencia de libertades. El comunismo ya, definitivamente, no es anarquismo.
Y es algo inquietante para el anarquismo. En cierta manera, un opuesto, algo
diferente, otro itinerario y otro final.
La simpatía inicial, en fin, mudó a frontalidad. Comunista o, mejor,
bolchevique viene a ser el adjetivo con el que el anarquismo español viene a
canalizar, describir o caricaturizar sus disensiones internas, desde ese
momento hasta la Guerra Civil. ¿Qué es un bolchevique? Al parecer, se
utiliza esa palabra en Sudamérica y en España para diferenciar la tradición
anarquista, sustentada en la educación, la ayuda mutua, la solidaridad y, por
todo ello, en la lentitud, respecto de una nueva generación de anarquistas
autoformulados tras la revolución soviética. Es un anarquismo con prisa, con
propensión a la violencia y a la audacia, y que se asumía a sí mismo, ojo al
palabro, como vanguardia revolucionaria. Por ello mismo era proclive a cierta
profesionalización y a los golpes de fuerza internos. A crear e imponer
situaciones no previstas o no deseadas por el resto del movimiento libertario,
más horizontal y con otras dinámicas en su toma de decisiones. Hubo
diversas oleadas de anarquistas que fueron tildadas –o insultadas– como
bolcheviques por el resto del movimiento. Incluso hubo corrientes marxistas
en la CNT, miradas con cara de póquer y expulsadas del sindicato. La
palabra, no obstante, parece ser que cristalizó en individualidades y grupos de
afinidad dispares y contradictorios, en ocasiones a la greña, en los años veinte
y treinta. Los Solidarios, posteriormente Nosotros, o el grupo de Abad de
Santillán, que importó la tendencia y el trademark anarcobolchevique de
Sudamérica a Barcelona. Abad de Santillán escribió lo que Chomsky califica
como único libro de economía anarquista, un libro aparecido poco antes de la
Guerra Civil. Curiosamente, defiende una economía centralizada, pero no
planificada por el Estado, sino por los sindicatos de la CNT. Abad de
Santillán, no obstante, defendía que la centralización económica carecía de
agilidad, por lo que tendría que coexistir con la pequeña empresa y el
pequeño comercio que, colectivizado o no, ya se las ingeniaría para suplir
carencias y sustos con rapidez.
En ausencia de un partido comunista reconocible en España, es curioso que
el anarcobolchevismo, calificado como faísmo por la prensa convencional
barcelonesa –algo contradictorio; la FAI no era, antes del 36, una
organización nutrida; además, los grupos de afinidad que la conformaban
eran, mayoritariamente, del sector más culturalista y alejado de los hombres
de acción anarcobolcheviques–, que lo describió a través de valores y
caracteres personales negativos –crueldad, violencia, frialdad, incultura,
dogmatismo–, sea el núcleo visual y referencial sobre el que se elabore el
anticomunismo de Estado –ya llegaremos a ello–, en el franquismo, cuando el
partido comunista, tras una meteórica carrera exponencial, durante la Guerra
Civil, llegue por fin a existir como percepción finalizada.
Curiosamente, en un Estado sin muchos comunistas, con un partido
comunista débil, testimonial, sin perfil y no muy nutrido ni determinante –el
primer PCE, vamos–, la caricatura del anarcobolchevique viene a renovar la
percepción del marxista, del comunista, del bolchevique en un nuevo
anticomunismo anarquista, una vez que el anarcobolchevismo y el resto de
tradiciones del anarquismo local hacen las paces, en 1936, y vuelven a
cohabitar en un espacio común libertario. Un espacio que va dibujando un
nuevo anticomunismo. Así, el comunismo es en el 36, y en las zonas sin
tradición marxista hasta ese momento, lo que había sido en el siglo XIX, pero
con un nuevo dato. No es revolucionario. Es un aliado de la burguesía.
Protege y ofrece orden y estabilidad, de hecho, a aquel pequeño comerciante
e industrial que iba a ser respetado y potenciado en el mundo de la economía
centralizada sindical. En el 37 el comunista va ganando más caracteres. Es
delator, es espía, es asesino, edifica checas –un habitáculo, por otra parte, que
también tuvo diseñadores anarquistas–. Es un ser adoctrinado, frío,
dogmático, al servicio de una potencia extranjera. En cierta manera, no se
salvan de esa descripción –o de esa sospecha– ni siquiera los comunistas
fuera del PCE y más próximos a la CNT. Como los del POUM.
El anticomunismo anarquista queda poco después formulado, y finiquitado,
como empezó. Con un beso. Es decir, en las reuniones entre masones
anarquistas y del resto de formaciones de izquierda republicanas y no
marxistas, que culminaron en el golpe de Casado. Un golpe contra la
prolongación de la guerra, percibida ya como una sangría inútil, defendida
por Negrín y por el disciplinado PCE. En cierta manera es, por tanto, un
golpe anticomunista. El anticomunismo anarquista persistirá sin cambios en
el exilio, salvo, tal vez, su énfasis, que aumenta. Pero se diluirá en el interior
a lo largo de una larga dictadura, en la que la CNT del interior mantendrá su
fidelidad a la República y al Frente Popular, y la memoria contradictoria de
haber sido Gobierno, lo que le obligará al contacto desdramatizado y sincero
con el comunismo del interior y, con ello, a una mayor tolerancia con ese otro
«carácter», por otra parte, diferenciado absolutamente del fascismo
imperante. El motor del anticomunismo deja de ser el anarquismo y pasa a
ser otro. Es violento y descomunal. Es todo lo contrario al anarquismo. El
Estado.
Hay pocas alusiones cotidianas al comunismo, desde percepciones políticas
y mediáticas, anteriores a la guerra. La razón es el aludido carácter endeble
del partido comunista, más si lo comparamos con la UGT, en zonas de
predominio marxista, o la CNT, en zonas sin tradición marxista. Además, hay
cierta tradición en el Estado de no citar directamente al «enemigo». El
anarquismo –una palabra que nace como insulto; su primera utilización
positiva es, precisamente, en Barcelona, en una obra de teatro de 1835, El
Bullanguero–, por ejemplo, pocas veces es llamado así en los medios
convencionales. En las últimas décadas del XIX, se le denomina terrorismo.
La primera revuelta anarquista del siglo XX –Barcelona, 1909–, según la
autoridad competente del momento, no fue anarquista sino «separatista», un
adjetivo que, por lo que sea, interesó más al Estado. El anarquismo, como
palabra directa y como problemática, es común en los medios y en los
discursos del poder con la Dictadura de Primo. Y tiene rango de amenaza
seria, incívica, subversiva, en la República, sobre todo en la prensa e
instituciones barcelonesas, que dibujan el anarquismo como un
anticatalanismo, un españolismo, una tradición –la tradición política en activo
más antigua de Catalunya, por cierto– foránea, el fruto amargo y fatal de una
emigración andaluza o murciana, pobre, inculta y fanática, que por
degeneración, incluso racial, ha sustituido la fe católica por otros dogmas.
Curiosamente, el comunismo, en la República y en la Guerra Civil, no será
percibidos así en Catalunya, no será una tradición anticatalana.
El comunismo –es decir, en este caso, el anticomunismo derechista–
aparece, a su vez, como tema conflictivo a través de Falange, durante la
República. Seguramente, es una sobreactuación, una mímesis de dinámicas
italianas y alemanas. Y un madrileñismo –otra vez la cosa territorial–. El
comunista es, en ese momento, inculto, fanático y equivocado. En vez de ser
católico, profesa una suerte de fe materialista, que le embrutece. Es un
extranjerismo. Obedece, ciegamente, a una entidad extranjera. No es español.
Curiosamente, el anarquista sí. O, al menos, hubo, incluso, contactos –
marginales, no oficiales– entre FE y CNT en Barcelona. Se dice que la
bandera de Falange –de los mismos colores que la bandera anarcosindicalista,
inventada en Barcelona, en 1931, de la mano de un grupo
anarcobolchevique– era, según confesión de José Antonio, un homenaje a la
clase obrera. El comunista, en fin, es peligroso, tiene un proyecto peligroso, y
es preciso defenderse de él, de manera organizada.
El anticomunismo oficial, de Estado, es un componente fuerte y enérgico de
la cultura franquista. Es un componente tan básico y tan intenso de la
propaganda de Estado, tan sólido, tan constante, que modifica percepciones
del pasado. Un ejemplo. En los años veinte, un joven Josep Pla escribe una
serie de artículos de viajes por la URSS. En ese momento, Pla es un
intelectual de, incluso, izquierda moderada. Esos artículos, que fueron
consumidos con avidez por un lector liberal, que quería conocer más sobre la
Unión Soviética, esa novedad planetaria, aparecieron luego en forma de libro
exitoso –Viatge a Rússia–. Uno de los capítulos giraba en torno a una
excursión con Andreu Nin –«anarcobolchevique» precoz; fue a la URSS
como militante de la CNT, se quedó y asumió altos cargos sindicales en el
nuevo régimen; salió por piernas de la URSS, por su posterior adscripción
trotskista; durante la Guerra Civil fue raptado en Barcelona por los servicios
de inteligencia soviéticos y, al parecer, torturado y asesinado en Madrid– a su
dacha de dirigente, junto a su compañera soviética. El capítulo, muy
divertido, que presentaba a un Andreu Nin joven, responsable, simpático,
honesto, giraba en torno de la imposibilidad cósmica de realizar una paella
fuera de la franja mediterránea. Lo cual, si bien no viene al tema, es
absolutamente cierto. El libro volvió a editarse en los setenta, dentro de la
obra completa de Pla. Con el capítulo sobre Nin reescrito completamente.
Sigue sin ser posible hacer una paella con mantequilla. Pero Nin pasa a ser un
cínico dirigente soviético, que disfrutaba del privilegio de una dacha y de la
desigualdad. Tiene amplias carencias culturales y morales. Por ejemplo, había
dejado abandonados esposa e hijos en Barcelona, y se había liado con una
funcionaria más joven que él, etc. Es, en fin, un disoluto. ¿Qué ha pasado
entre la primera edición del libro y la segunda? El franquismo. Una nueva
emisión de anticomunismo. Emitida, en un inicio, de manera precaria. Con lo
que se tenía a mano. El anarquismo.
En efecto, los primeros dibujos del franquismo hablan del comunismo, al
parecer, de oídas, recogiendo la tradición de Falange al respecto. Lo que no
es mucho en ese momento. La sociedad española, en fin, no conocía muchos
ejemplos de comunistas antes del 36. De manera que la propaganda absorbe
clichés visuales anarquistas. En Raza, film bélico escrito por Jaime de
Andrade, pseudónimo de Franco, las tropas y mandos republicanos que
aparecen van caracterizados más como milicianos anarquistas mal equipados,
que no como lo que se pretende, comunistas. El comunista es aquí un
anarquista que es comunista. Es inculto, de baja catadura moral, proclive a la
injusticia, a la violencia, al egoísmo, al desorden, a la indisciplina. Por todo
ello, perdió la guerra. No es católico, es antiespañol, es un fenómeno externo
a la españolidad, afortunadamente extirpado. «Porque España es así / y el
ruso, ruso / preferimos el retraso en Cristo / que del progreso / el reflejo
iluso», dice Panero, del grupo del falangista, anticomunista y, posteriormente,
socialdemócrata Ridruejo, en un poema.
Es curiosa, empero, la desaparición del cliché anarquista, de la palabra, del
concepto, ya en plena guerra, dando paso a la potenciación del enemigo
comunista. Tal vez porque el anarquismo, a estas alturas de partido, es un
localismo, mientras que el comunismo es una organización y un fenómeno –
también un enemigo– internacional. Es, por tanto, un mensaje fácil de
comunicar, supongo. Mucho más que el anarquismo, supongo. Por otra vez
mímesis alemana e italiana, se potencia el componente comunista del bando
republicano. Las leyes de represión se hacen, nominalmente, contra masones
y comunistas. No contra anarquistas, si bien también se les aplica a ellos, con
mucha más dureza inicial, pues en la primera posguerra la resistencia recae,
principalmente, en el movimiento libertario. El estribillo que explicaba quién
era el nuevo enemigo del nuevo Régimen –una conjura judeo-masónico-
marxista– excluía al anarquismo, la gran originalidad española, la mayor
masa obrera organizada de la historia en España. Y la única revolución
anarquista efectiva en todo el planeta. La aludida gran represión inicial contra
el anarquismo activo, así como una propaganda asentada en el
anticomunismo, que fue creciendo cuando el Régimen, tras la Segunda
Guerra Mundial, intentó maquillar su fascismo con anticomunismo, ese
estándar internacional, hizo desaparecer el anarquismo del paisaje y de la
percepción. Un anarquista del interior, se diría, era un superviviente, una
rareza, mientras que un comunista era una amenaza real, peligrosa y
cotidiana. Y, por lo tanto, efectiva. El anarquismo era irreal; el comunismo,
real. En lo que sin duda era un efecto secundario no deseado por la
propaganda, el comunismo pasó a ser sexy para muchos ciudadanos en
fricción con el Estado. Era un peligro real para el Régimen, al parecer. Por
otra parte, no era una seta. Existía en todos lo países. Había, incluso, Estados
que eran comunistas. Del anarquismo no hablaba, ni siquiera, Franco.
El Régimen no sufrió cambios aparentes en su anticomunismo. El juicio a
Comorera, en los sesenta, no fue tanto el juicio a un dirigente republicano,
que llegó a ser conseller en la Generalitat de la Guerra Civil, como el juicio a
un secretario general de un partido comunista –el PSUC; uno de los partidos
comunistas mas determinantes, por cierto, de Europa; fijó el modelo y la
estética de unificación de partidos socialistas y comunistas que, en la
posguerra europea, Stalin exportaría a los países del Este–, que fue
caracterizado con el dibujo habitual. Comorera era comunista, es decir: frío,
calculador, doctrinario, fanático, un vendido a una potencia extranjera, y un
cobarde y despiadado asesino edificador de checas. El juicio aunó, en ese
sentido y con cierta tosquedad, las posibilidades propagandísticas del
fascismo local y las de la Guerra Fría, bajo el epígrafe de anticomunismo, en
una época en la que se intuía la sobreactuación.
Frente al anticomunismo total de un Estado en el que el anarquismo está
debilitado, desprestigiado, ampliamente infiltrado por la policía en el exterior
y el interior, en la sociedad no rural se fue dibujando todo lo contrario al
desprestigio comunista. En amplias zonas del territorio, donde nunca se vio
un comunista en el momento de acabar la guerra, y en zonas del territorio,
republicanas durante la guerra, en las que se percibió el comunismo como un
compendio disciplinado y ordenado, contrapuesto al anarquismo, surge cierto
prestigio hacia el comunista. Un comunista es alguien noble. Pertenece a una
asociación abnegada y valiente, que se juega el tipo. Posee conocimientos de
economía. Una cultura, vamos. Posee un corpus de lecturas y la capacidad
para interpretarlas. Es disciplinado. Posee un proyecto. Sabe hablar. Sabe
adónde va la humanidad y los tiempos. Es moderno. Está en contacto con
cosas que pasan en otras partes, en un país en el que no pasa nada. En el
campo de la oposición al Régimen, el comunismo conforma los trazos más
identificados e identificables. Los socialistas son imperceptibles. Los
anarquistas, en el interior, son indisciplinados, son lo que Lenin denominaría
unos izquierdistas; además, son hedonistas después del 68, sin organizaciones
fuertes e identificables. En el exilio, son viejos y fanáticos. Los comunistas,
en fin, han ganado después de un siglo y pico de picar piedra, el premio al
glamour, que empezaron perdiendo en el primer combate Marx-Lorenzo.
Este es quizás el plano de identidades del comunismo en el momento de la
Transición. Diría que el anticomunismo labrado durante el franquismo, y el
cierto glamour comunista consignado desde los sesenta, se siguen
conservando. Algo curioso, en un momento en el que el comunismo no se
conserva. El PCE es un partido residual, sin grandes ventanas ni contactos
con la sociedad. El PSUC, el otro gran partido comunista peninsular, si
exceptuamos el Partido Comunista Portugués, ha sido, junto al PCI, el único
gran partido comunista europeo que se ha autodisuelto. La participación del
partido comunista en la Transición fue a la vez determinante –desactivó la
movilización social y la beligerancia política y cultural–, como anecdótica –
no coló ningún gol, no moduló ningún legado, de manera que no hay legado
del partido comunista, al menos político e institucional–. No obstante, existe
un potente imaginario anticomunista –el comunista como ser inculto,
dogmático, autoritario…; la novedad post-Transición es que también es
antidemocrático; todo ese pack, por lo que oigo, es denominado posco, los
poscos, por las nuevas derechas: el 15M, Podemos, Els Comuns, En Marea…
son, así, poscos– que se aplica hacia formas y formaciones que ya no son
comunistas. Es curioso, pero en Barcelona, además de posco, la derecha
catalana también utiliza otro marco lejano, no existente ni verificable, para
aludir a las nuevas izquierdas. Faïsme/faísmo. Lo que invita a pensar que una
parte de la sociedad contempla el presente y el futuro bajo categorías que no
existen, y que ya no aluden a nada que exista.
A su vez, en esas formas y formaciones nuevas, hay un respeto y una
simpatía enormes, diría yo, hacia el partido comunista. O lo PC, mejor. Un
respeto entre generaciones jóvenes que no acaba de cuadrar con el papel y el
resultado de los últimos cuarenta años de partido comunista. Por lo que sea,
el comunismo y el anticomunismo –dos cosas que no pueden existir sin
partidos comunistas vivos y con algo que decir– son marcos lejanos, que se
utilizan para formular nuevos individuos y nuevos partidos, con amplia
satisfacción de todos los usuarios. Los que reivindican el comunismo o el
anticomunismo como legado.
También está el tema territorial. He escuchado decir a Ada Colau, por
ejemplo, que Els Comuns, en contraposición con Podemos Madrid, son «más
libertarios». Lo que interpreto como una manera de apuntar que el núcleo
fundacional –o, je, je, irradiador– de Podemos sería, por lo mismo, más
comunista. Y, en efecto, sorprende el número de gente joven que en Madrid
se autodenomina comunista, y que en Barcelona suele autodenominarse
libertaria. Sorprende mucho más si pensamos que las formas de la nueva
política en Barcelona o Madrid no son, respectivamente, netamente –o
incluso nebulosamente– libertarias o comunistas.
Posiblemente, comunismo y anarquismo, dos objetos del siglo XIX que
sufrieron, como Goethe, varias lecturas a lo largo del siglo XX, están
volviendo a ser un carácter. No lo sé.
Exploremos, no obstante, esa vía brevemente. ¿Cómo funciona la
autopercepción comunista, nacida en un momento de forja del
anticomunismo de Estado, y no variada tras la debacle táctica del comunismo
español, en los setenta, y del comunismo, así a lo bruto, en los noventa? La
pregunta tiene su qué. España es el único país europeo que ha vivido una
revolución democrática en el siglo XXI. Se trata del 15M, un fenómeno
próximo y, por tanto, difícil de describir, pero que ha aportado novedades no
esperadas. La primera, sin duda, es una ruptura cultural sin precedentes. La
cultura democrática local, forjada entre los setenta y ochenta, vertical, dotada
de una capacidad inaudita para trasladar mensajes del gobierno a la sociedad.
En su momento fundacional, se trata de una cultura en la que colaboró el
partido comunista, como ha quedado apuntado, desmovilizando cultura y
movimientos. De alguna manera, también, el resultado final de esa cultura
forjada en la Transición –despolitizar la política, convertirla en el punto en el
que
se
realiza
la
cohesión
social
y
dejarla
en
manos
de
intelectuales/sacerdotes, que conectan la sociedad y el Estado a través de
obras y opiniones que, básicamente, son la agenda y el sentido común del
Estado, antes que de la sociedad– se relaciona con el centralismo
democrático, última forma de una disciplina PC. Bueno, pues sorprende que
el 15M, un movimiento que cuestiona cuarenta años de cultura, un sistema de
partidos y una dramaturgia de la política –es decir, también cuestiona al
partido comunista, a IU, su última forma–, cuando se organiza e
institucionaliza parece optar por formas e imaginario remotamente
comunista, en las zonas de tradición marxista.
Es curioso que un movimiento que se cuestiona la representatividad, la
verticalidad de los partidos y de la política, en Madrid –si no el epicentro
histórico de la tradición marxista, sí uno de sus polos– adopte imaginario y
algo más –estética, costumbres, dinámicas– comunistas. En ese sentido, en el
Podemos de Madrid se escuchan alocuciones –«Estoy al servicio del
secretario general», «Haré lo que el secretario general me pida»–, se modulan
opciones de partido fuerte, disciplinado y centralizado –Vistalegre I y II–, se
centralizan y oficializan opiniones a través de informes de líderes, se crean
núcleos de poder reducidos, alejados de los oficiales, y se tiende a un
enfrentamiento entre tendencias que, en ocasiones, adopta la estética y la
solución –la purga o, al menos, la marginalización de los sectores
derrotados–, a través del recuerdo o percepción comunista. O, incluso, a
través de mucho menos. A través de la sentimentalización del comunismo,
como se puede interpretar del hecho de que, en un acto oficial, en el que
coincidieron Julio Anguita y Pablo Iglesias, Pablo Iglesias lloró emocionado.
Estaba ante lo que consideraba un héroe. Una idea de local de héroe, que es –
como sucede con todos los héroes locales del mundo– incomprensible a 600
kilómetros. Iglesias emitía, en fin, una emoción ante el partido comunista que
el 15M, que no es anticomunista –no es tampoco proanarquista o
antianarquista: no es anti, en general, diría yo–, no comprende y no posee en
su disco duro colectivo.
Quizás todo ello dibuja una zona, una cultura –Madrid–, en la que hay un
anticomunismo derechista latente y reformulado –como ha quedado
señalado–, y una reinterpretación del comunismo. Por lo visto, algo normal
en zonas de tradición marxista. Por lo que, aparentemente, el Podemos de
Madrid es un objeto diferenciado de otros Podemos. No es otros Podemos, no
es el Podemos asturiano, menos dado al enfrentamiento interno y a la idea de
partido cerrado, y vinculado a los recuerdos de una cultura de pacto entre
anarquismo y comunismo. Como Podem Catalunya, partido que parece
reivindicar el PSUC del tardofranquismo, pero que parece evitar sus
instituciones internas. Como el Podemos de Andalucía, el de Aragón, el de
Euskadi.
Es curioso igualmente que otras formas de la nueva política y del 15M que,
si bien comparten, tal vez en menor grado, características del Podemos de
Madrid –verticalidad, liderazgo carismático, núcleo reducido de líderes,
acceso al núcleo vía contacto con el líder, toma de decisiones en grupos
reducidos…–, al estar ubicadas en zonas de tradición no marxista, no
recurran a esa tradición, ni a esa estética, ni a esa sentimentalidad comunista.
En Comú, de hecho, parece reivindicar pasado y líderes anarquistas
barceloneses. La alcaldesa de Barcelona, por ejemplo, tiene en su despacho
una foto de Frederica Montseny, anarquista de la cual pocos anarquistas
conservan, de hecho, alguna reivindicación.
Quizás, y pido disculpas, por esta interpretación, de la que no puedo estar
seguro, pero a la que me aboca este texto, el comunismo –y más ismos, como
el anarquismo–, ideologías que se diferenciaron entre sí como caracteres en el
XIX, es posible que vuelvan a ser eso, sí. Pero, tal vez, algo incluso menos.
Estéticas, lecturas del pasado y de la identidad. Algún tipo de pasaporte o
ubicación en zonas, respectivamente, de tradición marxista o de tradición no
marxista. Interpretaciones de Goethe cuando nadie ya lee a Goethe.
19. Tiempos salvajes
A cien años de la revolución soviética
Álvaro García Linera
Estamos viviendo tiempos salvajes. Es difícil para la gente de nuestra generación adaptarse
a la nueva situación. Pero a través de esta revolución, nuestras vidas se purificarán y las cosas
mejorarán para los jóvenes.
S. Semyonov, primavera de 1917[1]
LA REVELACIÓN
Su estallido dividió el mundo en dos; más aún, dividió el imaginario social
sobre el mundo en dos. Por un lado, el mundo existente con sus
desigualdades, explotaciones e injusticias; por otro, un mundo posible, de
igualdad, sin explotación, sin injusticias: el socialismo. Sin embargo, eso no
significó la creación de un nuevo mundo alternativo al capitalista, sino el
surgimiento, en las expectativas colectivas de los subalternos del mundo, de
la creencia movilizadora en que era posible alcanzarlo.
La revolución soviética de 1917 es el acontecimiento político mundial más
importante del siglo XX, porque cambia la historia moderna de los Estados,
escinde en dos y a escala planetaria las ideas políticas dominantes, transforma
los imaginarios sociales de los pueblos devolviéndoles su papel de sujetos de
la historia, innova los escenarios de guerra e introduce la idea de otra opción
(mundo) posible en el curso de la humanidad.
Con la revolución de 1917, lo que hasta entonces era una idea marginal, una
consigna política, una propuesta académica o una expectativa guardada en la
intimidad del mundo obrero, se convirtió en materia, en realidad visible, en
existencia palpable. El impacto de la Revolución de Octubre en las creencias
mundiales –que son las que al fin y al cabo cuentan a la hora de la acción
política– fue similar al de una revelación religiosa entre los creyentes, a
saber, el capitalismo era finito y podía ser sustituido por otra sociedad mejor.
Eso significa que había una opción diferente al mundo dominante y, por
tanto, había esperanza; en otros términos, había ese punto arquimediano con
el que los revolucionarios se sentían capaces de cambiar el curso de la
historia mundial.
La Revolución rusa anunció el nacimiento del siglo XX[2], no solo por el
cisma político planetario que engendró, sino sobre todo por la constitución
imaginaria de un sentido de la historia, es decir, del socialismo como
referente moral de la plebe moderna en acción. Así, el espíritu del siglo XX
fue revelado para todos; y, desde ese momento, adeptos, opositores o
indiferentes tendrán un lugar en el destino de la historia.
Pero así como sucede con toda «revelación», la revelación cognitiva del
socialismo como opción realizable vino acompañada por un agente o entidad
canalizadora de este des-cubrimiento: la revolución.
Revolución se convertirá en la palabra más reivindicada y satanizada del
siglo XX. Sus defensores la enarbolarán para referirse al inminente
resarcimiento de los pobres frente a la excesiva opresión vigente; los
detractores la descalificarán por ser el símbolo de la destrucción de la
civilización occidental; los obreros la convocarán para anunciar la solución a
las catástrofes sociales engendradas por los burgueses y, a la espera de su
advenimiento, la usarán –al menos como amenaza– para dinamizar la
economía de concesiones y tolerancias con la patronal, lo que dará lugar al
Estado de bienestar. En contraparte, los ideólogos del viejo régimen le
atribuirán la causa de todos los males, desde el enfrentamiento entre Estados
y la disolución de la familia, hasta el extravío de la juventud.
En los debates filosóficos y teóricos, la revolución será para unos la
antesala de una nueva humanidad por venir, el estruendo que desata la
creatividad autoconsciente y autodeterminada de la sociedad. En cambio,
para la curia del viejo régimen, será la anulación de la democracia y la
encarnación diabólica de las oscuras fuerzas que intentan destruir la libertad
individual. Sin embargo, lejos de vislumbrar una degeneración del debate,
esta derivación religiosa de los argumentos en pro o en contra de la
revolución refleja el profundo enraizamiento social que desató el
antagonismo revolución/contrarrevolución, que incluso llegó a movilizar las
fibras morales más íntimas de la sociedad.
En definitiva, la revolución (ese hecho político-militar de las masas que
toman por asalto el poder político, esa insurrección armada que demuele el
viejo Estado y levanta el nuevo orden político) será la intermediaria
privilegiada y portadora de una opción realizable de mundo. Y alrededor de
este suceso se construirá toda una narrativa de producción de la historia
futura, con tal fuerza que será capaz de movilizar las pasiones, sacrificios e
ilusiones de más de la mitad de los habitantes de todos los continentes.
A partir de 1917, la lucha por la revolución, su preparación, realización y
defensa, captarán no solo el interés y laboriosidad de millones personas, sino
la voluntad y predisposición a esfuerzos y sacrificios pocas veces antes vistos
en la historia de la humanidad. Clandestinidad, carencias materiales, torturas,
encarcelamientos, destierros, desapariciones, mutilaciones y asesinatos se
constituirán en el costo ilimitado que miles y miles de militantes estarán
dispuestos a pagar para alcanzarla. Tal será su capacidad de entrega a la causa
revolucionaria que la mayoría de ellos soportará cada una de las estaciones
del suplicio aun a sabiendas de que, con mucha probabilidad, no serán
capaces de disfrutar de su victoria. Y esa entrega con devoción al sacrificio
histórico, con la confianza de que la siguiente o subsiguiente generación
pueda presenciar el amanecer humano producido por la inminente revolución,
nos remite a la presencia de un tipo de «gasto heroico» bataillano[3] en torno
a ella y a los revolucionarios; de hecho, se trata del derroche y generosidad de
esfuerzo humano más planetario (geográficamente) y más universal
(moralmente) de la historia social.
En los últimos cien años morirán más personas en nombre de la revolución
que en nombre de cualquier religión, con la diferencia de que, en el caso del
sacrificio religioso, la entrega se da a favor del propio espíritu del sacrificado;
mientras que, en la revolución, la inmolación es a favor de la liberación
material de todos los seres humanos, lo que hace del hecho revolucionario un
tipo de producción de comunidad que adelanta episódicamente a la
comunidad universal deseada.
LA REVOLUCIÓN COMO MOMENTO PLEBEYO
En cierta medida, la historia de las sociedades se asemeja al movimiento de
las capas tectónicas de los continentes. Internamente, debajo de ellos, hay
potentes flujos de lava incandescente que los ponen en movimiento lento pero
continuo. Y allí donde una masa continental empuja a otra, pueden
visibilizarse fisuras, sismos y terremotos temporales aunque, en general, la
fisonomía continental y la predominante estabilidad de la superficie se
mantiene. Sin embargo, existen momentos de la vida terrestre en los que las
poderosísimas fuerzas interiores de la lava incandescente estallan, rompen la
capa externa de la tierra y brotan intempestivamente como mineral y roca
fundidos que arrasan todo a su paso. Esa materia en estado ígneo, ardiente, se
desborda por la superficie terráquea como un incontrolable caballo de fuego
puro. Pero, a medida que su fuerza volcánica se enfría, la lava se solidifica, y
lo hace modificando drásticamente la fisonomía de la tierra, las
características de los continentes y la propia topografía de la superficie
terrestre.
Las sociedades también son así. La mayor parte del tiempo se presentan
como una compleja superficie relativamente tranquila y regulada por las
relaciones de dominación. Existen conflictos, tensiones continuas y
movimiento, pero son regularizados y subsumidos por las relaciones de poder
prevalecientes. Entonces, debajo de estas relaciones de poder pre-dominantes,
hay intensos flujos de fuerzas, luchas de clases, acumulaciones culturales
internas que son los fuegos sociales que le dan vida a la sociedad, pero que
no son visibles, es decir, que permanecen subterráneos o están sumergidos en
la profundidad de las estructuras colectivas nacionalitarias y de clases.
No obstante, existen momentos precisos de la historia en los que la
superficie externa de la sociedad, la capa superior de las relaciones de
dominación, se resquebraja, tiembla. Y no solo se resquebraja, sino que se
parte y se quiebra porque las fuerzas interiores emergen como una lava
volcánica. Se trata de las luchas sociales y los movimientos sociales
emancipativos que, rompiendo décadas o siglos de silencio, se rebelan contra
el orden establecido, se reagrupan subterráneamente, vencen dificultades,
temores, represalias, prejuicios y se levantan contra todo lo existente. Es el
fuego creador de la lava volcánica, la capacidad creativa de la multitud en
acción que desborda los dispositivos construidos en décadas y siglos de
dominación, los arrasa a su paso desmontando los dispositivos de mando
existentes e impone la huella de su presencia colectiva como nación, como
clase, como colectividad social en estado de fusión, es decir, en estado de
democracia absoluta.
Estas explosiones volcánicas de lava social son las revoluciones y emergen
desde abajo, desde las fuerzas y capacidades más íntimas tejidas a lo largo de
muchos años, que se abren contra todas las «lozas» de sumisión acumuladas
en el tiempo, de pronto incapaces de detener la insurgencia social, siendo por
tanto rebasadas y arrasadas de la superficie por un flujo de iniciativas, voces
y acciones colectivas que se sobreponen a todo. Se trata del momento fluido
de la acción colectiva, el momento en que la sociedad no es superficie ni
institución ni norma: es flujo colectivo, creatividad ilimitada de las personas.
El momento en que la sociedad se construye a sí misma, sin externalidades ni
sustitutos. La revolución es el momento plebeyo de la historia, el momento
autopoiético si se quiere, en el que la sociedad en su conjunto se siente con
capacidad de autocrearse y autodeterminarse.
Mientras dura la revolución, la sociedad es movimiento creativo en estado
ígneo, es decir, en cuanto sus decisiones comienzan a cosificarse o a
institucionalizarse, nuevas iniciativas colectivas se sobreponen para mantener
el flujo colectivo en acción. Su movimiento es similar al de la lava volcánica
que, cuando se enfría, empieza a solidificarse, aunque el ímpetu de más flujo
de lava que continúa su paso puede volver a fundirla. Las instituciones y
relaciones dominantes son precisamente eso: el resultado de antiguas luchas y
flujos sociales en estado ígneo (Marx le llama a esto «trabajo vivo»), que con
el tiempo se estabilizan (se enfrían) como relaciones sociales, instituciones,
juicios y prejuicios socialmente predominantes. Ese es el momento de la
solidificación del flujo social (Marx le llama a esto «trabajo muerto»). La
forma estatal es fruto de antiguas luchas, capacidades y limitaciones en
estado fluido de la sociedad que, al «enfriarse», al «solidificarse», se
institucionalizan y dejan, como la huella histórica viva de su potencia y de
sus límites, a las estructuras estatales y económicas que regirán y regularán la
sociedad bajo la forma de relaciones de poder y dominación durante las
siguientes décadas, hasta un nuevo estallido.
Mientras la revolución está en pie, es como si todo lo sólido se volviera
líquido, pues en cuanto alguna relación social se institucionaliza,
inmediatamente vuelve a ser rebasada por una nueva acción colectiva en
flujo, que vuelve a sobreponer el «trabajo vivo», el hacer en marcha, por
encima del «trabajo muerto», de las relaciones sociales solidificadas y a la
larga enajenadas como relaciones de poder. Solo quien ha vivido una
revolución puede entender el desborde humano que ella implica: miles de
acciones colectivas que se suman y se sobreponen unas a otras en medio de
un caos creador, originando, de manera imprevisible, un torrente que no bien
parece encaminar todo hacia un solo destino, vuelve a interrumpirse para dar
lugar a mil nuevas direcciones contrapuestas; creatividad humana que supera
cualquier expectativa previa; coyunturas políticas que se modifican de un
minuto a otro; asociación y fragmentación social que se combinan y se
suceden de manera anteriormente imposible. Es como si el espacio-tiempo se
comprimiera y lo que antes requería décadas y extensos territorios dilatados,
ahora se condensa en un solo día y en un mismo lugar pero de manera
simultánea en toda la geografía social; como si el universo fuera a nacer en
cada instante y en cada lugar del país. Y, entonces, a riesgo de ser devorado
por el remolino, hay que asirse para establecer una dirección en medio del
caos creador, hay que orientarse para poder orientar el despliegue de ese
magma en estado ígneo de la acción colectiva.
El momento plebeyo de la sociedad, a saber, la revolución, es pues la
sociedad en estado de multitud fluida, autoorganizada, que se asume a sí
misma como sujeto de su propio destino. Es el momento de conocimiento
sobre sí, sobre sus capacidades, posibilidades y hasta cierto punto sus límites;
y, a partir de ello, su proyección como destino, sueño compartido, proyecto
colectivo. Al final, cuando la revolución hace brotar la energía vital contenida
de la sociedad y da paso a la solidificación de las cosas, la
institucionalización y la regularidad de las relaciones sociales, lo que queda
es la correlación de fuerzas del proceso revolucionario hecha ley y derecho
colectivo. Por eso, aunque en comparación al resto de la vida institucional y
regular de la sociedad, las revoluciones duren poco tiempo en su explosión
vital, ellas son las que en realidad la moldean y diseñan las estructuras
sociales y las topografías institucionales.
Así como a medida que los volcanes y las grandes explosiones tectónicas
(que son en principio lava fluida que se mueve como montañas) se enfrían y
se solidifican, y al hacerlo esculpen el nuevo escenario de cordilleras, valles y
montañas que caracteriza la superficie por un largo tiempo; igualmente el
momento plebeyo, revolucionario, desborda el orden establecido, las leyes y
normas del viejo régimen, las disuelve ante la fuerza de la multitud en acción
y, luego, una vez pasada la cresta de la ola revolucionaria, comienza a
cristalizarse en las relaciones de fuerzas que se manifiestan durante el
proceso, dando lugar al nuevo orden social dominante, a las nuevas
estructuras sociales. Las audacias y retrocesos, los acuerdos e iniciativas
desplegadas en el momento revolucionario, ahora se institucionalizan,
legalizan, materializan y objetivan como normas, procedimientos, hábitos,
juicios y sentido común colectivo que habrá de regular la vida de la sociedad
por una longue durée (un largo tiempo), hasta que una nueva explosión
revolucionaria se lleve por delante lo construido previamente. Estas
estructuras sociales constituidas, si bien siguen siendo relaciones y por tanto
flujos sociales, ya no tienen ni la velocidad de fluidez ni la volatilidad del
momento ígneo de la revolución. Son relaciones con fluidez lenta y hasta
cierto punto regulable y, en ese sentido, en constante proceso de
solidificación.
Ya sea como fluidez ígnea o como solidificación institucional, las
revoluciones marcan la arquitectura duradera de las sociedades. Si triunfan y
logran mantenerse por un largo tiempo, o aun cuando se quedan a medias o
son derrotadas, lo que queda como relación social visible, estable y
dominante es lo que la revolución ha podido lograr, ha tenido que ceder o
abdicar. Ese es, por excelencia, el papel creativo que tienen todas las
revoluciones en la sociedad. Por ello, no es erróneo señalarlas como
momentos fundadores de las estructuras sociales duraderas.
El significado de la Revolución rusa
¿En qué consistió esa revolución que logró capturar el imaginario más
generoso de los pobres y demostró que no existen límites posibles a la hora
del sacrificio por una creencia?
Por lo general, y de manera errónea, la revolución es reducida a la toma de
las instalaciones de gobierno –ni siquiera del Estado– por parte de los
revolucionarios. Y, evidentemente, ese es el momento más visible, pero no el
más importante ni mucho menos el característico de una revolución. En el
caso de octubre de 1917, la Revolución rusa quedó graficada con la toma del
Palacio de Invierno del zar Nicolás II por parte de obreros, campesinos y
soldados armados. Ciertamente, el que el pueblo ocupara militarmente unas
instalaciones secularmente vedadas a la presencia de los trabajadores del país
fue un momento épico, pero queda claro que esta imagen inmortalizada por el
cineasta Serguéi Eisenstein[4] no es la revolución, sino tan solo uno de sus
efectos infinitesimales.
Una segunda reducción de la revolución, en términos más políticos, es la
referida al hecho insurreccional, es decir, al momento político militar de la
acción de masas que culmina con la instauración de un nuevo gobierno y
nuevas instituciones de decisión estatal. En el caso de 1917, este hecho se
remonta a la decisión magistralmente tomada por Lenin para desencadenar la
insurrección, al debate contra las corrientes opuestas y los preparativos
militares para desplegar el acto revolucionario[5]. Ciertamente, aquí se
condensan intensas correlaciones de fuerzas sociales, reacomodos de clases
sociales y profundos debates teóricos sobre el poder, el Estado, las vías de la
revolución, etc. Sin embargo, el que un partido político se plantee seriamente
la toma del poder por la vía insurreccional no es una ocurrencia asumida
intempestivamente. En el caso ruso, ¿por qué los bolcheviques y no otro
partido? ¿Por qué en octubre y no en otro mes o año? ¿Por qué a través de un
alzamiento armado y no de elecciones? Porque, previamente, se requirió de
un despliegue sin precedentes de las luchas de clases para sacar a luz las
«contradicciones que han madurado a lo largo de décadas y hasta de
siglos»[6]; se necesitó la emergencia de una predisposición social, una
radicalización colectiva de las clases subalternas que, por millones[7], se
lancen a las calles, a las asambleas y a los debates públicos sobre el destino
común de la sociedad. Se requirió que la propia sociedad creara, por
experiencia propia, formas organizativas territoriales que asumieran en sus
manos la deliberación y control de los asuntos comunes, los soviets, que en
los hechos crearon una dualidad de poderes efectiva, sobre la cual los
bolcheviques no hicieron más que proponer su realización a escala nacional.
Y, por supuesto, también fue necesario un largo y paciente trabajo previo de
influencia, presencia y liderazgo político y moral de los bolcheviques entre
las clases sociales laboriosas, especialmente obreras, que permitiera que sus
consignas y acciones no solo hallasen el respaldo de las clases laboriosas ya
insurrectas sino, sobre todo, que sean asumidas, ejecutadas y enriquecidas por
ellas[8]. Todo eso representó la revolución en marcha.
Por tanto, la revolución no constituye un episodio puntual, fechable y
fotografiable, sino un proceso largo, de meses y años, en el que las
estructuras osificadas de la sociedad, las clases sociales y las instituciones se
licúan y todo, absolutamente todo lo que antes era sólido, normal, definido,
previsible y ordenado, se diluye en un «torbellino revolucionario»[9] caótico
y creador.
En realidad, la revolución soviética de octubre se inició antes, en febrero,
cuando, en medio de un descontento generalizado por la escasez de pan en
Petrogrado, se suman las grandes marchas de la «gente común» de la
ciudad[10], las huelgas de los obreros y, de manera decisiva, el
amotinamiento de los soldados recientemente reclutados para engrosar un
Ejército golpeado y desmoralizado por las derrotas militares en la guerra
contra Alemania[11]. La negativa de los soldados a reprimir a la población y,
luego, su incorporación misma a la movilización, ayudan a construir la
confianza de los movilizados en la efectividad de su movilización, punto
decisivo para una articulación en cadena de nuevos contingentes que, después
de muchos años, comienzan a experimentar nuevamente la eficacia de su
acción colectiva[12]. De pronto, las calles se llenan de gente de distintas
clases sociales participando de marchas y protestas: alumnos, comerciantes,
funcionarios públicos, taxistas, niños, damas, obreros, soldados, en una
mezcla festiva de la multitud que ocupa los emblemas geográficos de la
ciudad: las avenidas, las calles y los monumentos.
Los residentes alimentan a los revolucionarios en sus cocinas… los propietarios de los
restaurantes alimentaron a los soldados y a los trabajadores sin cobrarles nada… Los comerciantes
convirtieron sus tiendas en bases para los soldados y en refugios para la gente cuando la policía
disparaba en las calles… los taxistas declararon que solo llevarían a los dirigentes de la revolución.
Los estudiantes y niños correteaban con recados y los soldados veteranos obedecían sus órdenes.
Toda clase de personas se presentaron para ayudar a los médicos a cuidar a los heridos. Fue como
si la gente de la calle, de repente, se hubiera unido a través de una gran red de hilos invisibles, y
fue eso los que les aseguró la victoria[13].
Cayó el Palacio de Invierno, abdicó el zar y comenzaron a formarse los
Consejos de diputados obreros, campesinos y soldados: los soviets, que se
expandieron territorialmente a lo largo de todo el país como órganos de
deliberación y ejecución política de las masas trabajadoras, es decir, como
órganos de poder. Fue la primera fase de lo que Marx denominó las
«oleadas» de toda revolución[14].
Si bien desde 1913 Lenin y los bolcheviques estuvieron atentos y teorizaron
sobre el surgimiento de una «situación revolucionaria» y una «crisis política
nacional» en Rusia[15], la revolución estalló por una combinación
excepcional de acontecimientos que tomaron por sorpresa a todos los
revolucionarios rusos. Incluso Lenin, un mes antes del estallido de febrero,
afirmaba lo siguiente: «nosotros, los de la vieja generación, quizá no
lleguemos a ver las batallas decisivas de esa revolución futura»[16].
Entonces, queda claro que ninguna revolución verdadera está fijada de
antemano con fecha ni es el resultado calculado, así sea del más eficiente,
perspicaz o inteligente partido o teórico revolucionario.
Las revoluciones son acontecimientos excepcionales, rarísimos, que
combinan de una manera jamás pensada corrientes de lo más disímiles y
contradictorias, que lanzan a la sociedad entera, anteriormente indiferente y
apática, a la acción política autónoma. El propio Lenin lo admitirá con
sorpresa al señalar que la revolución surge debido a la «situación histórica en
extremo original», en la que se unen «en forma asombrosamente “armónica”,
corrientes absolutamente diferentes, intereses de clase absolutamente
heterogéneos, aspiraciones políticas y sociales absolutamente opuestas»[17].
Ciertamente, es posible que entre esa multitud de circunstancias que se
entrelazaron de manera original, el trabajo de organización, propaganda,
difusión y debate desplegado por los revolucionarios ayudara a los
preparativos de la revolución. Pero una vez que esta estalló, todo ese paciente
y laborioso trabajo previo de las organizaciones revolucionarias (el viejo topo
de Marx[18]) se constituyó en una corriente interna al interior del impetuoso
flujo revolucionario, y el reforzamiento o debilitamiento de ese flujo de lucha
de clases y, en definitiva, la irradiación de ese torrente social desplegado
como fuerza políticamente dirigente y moralmente aceptada, dependía de las
acciones conscientes que desde ese momento desplegaran las distintas
organizaciones político-intelectuales.
En 1921, Lenin afirma: «triunfamos en Rusia, y además con tanta facilidad
porque preparamos nuestra revolución durante la guerra imperialista. Esa fue
la primera condición»[19]. Y tiene razón, pues durante la Primera Guerra
Mundial (que estalla el 28 de julio de 1914), los bolcheviques, ya forjados en
el exilio zarista y en la revolución de 1905, despliegan una intensa actividad
de propaganda, agitación y labor clandestina de organización al interior de la
tropa del Ejército ruso[20]. Por ello, cuando estas tropas, en retirada a las
comunidades rurales o acantonadas en las ciudades, comienzan a tener una
participación decisiva en las movilizaciones y amotinamientos contra sus
oficiales, canalizan la influencia bolchevique en la conducción de los
acontecimientos, en la participación de los soviets de obreros y soldados,
acrecentando la influencia de los comunistas en las fuerzas activas de la
sociedad. Pero el definitivo arte político e ingenio de los revolucionarios se
pone a prueba una vez que la revolución estalla.
Al interior de las masas plebeyas, obreras, campesinas y barriales
politizadas bullen múltiples tendencias político-ideológicas. Por un lado,
están las corrientes conservadoras que una vez que aplauden la destitución
del despotismo zarista, ven con enorme preocupación la desestructuración del
orden político que anula la estabilidad y previsibilidad del mundo al que
están acostumbrados, por lo que reclaman «mano dura» para acabar con la
«anarquía» reinante. Por otro lado, están los revolucionarios moderados que
centran su mirada en el orden redistributivo de la gran propiedad agraria y
que pretenden acomodar y limitar el mundo a esta democratización de la
pequeña propiedad rural; allí se encuentran las corrientes de los artesanos,
obreros y soldados golpeados por el hambre y la desocupación, que buscan
que el nuevo Estado les garantice alimentación y una paga digna para su
trabajo. Luego está la corriente de los revolucionarios obreros e intelectuales
radicalizados, que ven la oportunidad de tomar, ellos mismos, el mando del
país y resolver los problemas de la guerra y el hambre, desplazando del poder
a los grandes capitalistas. Por último, se encuentra la tendencia de los
ultrarrevolucionarios que creen posible abolir, de un día para el otro, el
mercado, el trabajo asalariado, el Estado y la autoridad, para instaurar modos
de autogobierno popular local[21]. En fin, las tendencias, las facciones de
clase y los partidos políticos (varios de los cuales representan a parte de estas
tendencias) hacen referencia a muchas revoluciones desplegándose al interior
de «la revolución»; por lo que la influencia de cada movimiento táctico,
consigna, convocatoria o propuesta en la acción de los soviets, en las
orientaciones y acciones de la gente movilizada depende del eco que puedan
tener en la multitud en acción.
Aparentemente, no es posible predecir el estallido de una revolución; sin
embargo, una vez que esta irrumpe, su curso depende de las acciones tácticas,
iniciativas y consignas conscientemente planificadas por personas y
organizaciones políticas, que tienen la capacidad de catalizar las
potencialidades sociales y los estados de ánimo latentes en la inmensa
mayoría de la sociedad movilizada. De ahí que se pueda sostener que una
revolución es, por excelencia, una intensa guerra de posiciones y una
concentrada guerra de movimientos[22] ideológico-políticos en las que día a
día se va definiendo el curso, la orientación y el desenlace del proceso
insurgente.
Lenin afirma que «los bolcheviques triunfaron, en primer lugar, porque
estaban respaldados por la inmensa mayoría del proletariado»[23]. Y no se
trata de una frase retórica, sino de todo un programa de trabajo partidario de
construcción de hegemonía política nacional, que define el curso socialista de
la revolución. Los soviets –auténticos órganos de poder político de las clases
plebeyas– surgen en febrero de 1917 y se expanden rápidamente a toda
Rusia. De representar unas decenas a fines de abril, pasan a ser 900 en
octubre de ese año[24]. Igualmente, los Comités de fábrica, órganos de
defensa y gestión de las empresas afectadas por el abandono gerencial, se
fundan inicialmente en las fábricas estatales, y se expanden a las principales
empresas privadas de las ciudades[25]. Y lo que es más importante, la fuerza
vital de la sociedad, principalmente urbana pero también rural, se encuentra
canalizada a través de esas estructuras revolucionarias creadas
autónomamente por las masas populares «por iniciativa directa de las masas
desde abajo», por encima de sindicatos y partidos.
El gobierno provisional (surgido a la caída del zar) no tiene poder real de ninguna clase, y sus
órdenes se aplican solo en la medida en que lo permite el Soviet de diputados de trabajadores y
soldados. Este último controla la fuerza más esencial del poder, pues las tropas, los ferrocarriles y
los servicios postales y telegráficos están en sus manos. Se puede afirmar con franqueza que el
gobierno provisional existe solo en la medida en que se lo permite el Soviet[26].
Esto significa que el destino de la revolución dependía de los soviets, la
criatura más pura y representativa del movimiento. Cuando, en sus famosas
«Tesis de abril», Lenin propugna «que todo el poder del Estado pase a los
soviets»[27], lo hace a sabiendas de que los bolcheviques constituyen la
minoría: conforman menos del 4 por 100 de los delegados en los soviets de
Petrogrado y Moscú[28]. Mas todo lo que desde ese instante le propone al
partido –las consignas, iniciativas y directrices organizativas– está destinado
a convertirlos en la fuerza dirigente y conductora de las acciones e iniciativas
de las masas organizadas en soviets y, en general, de las clases sociales
laboriosas de todo el país.
Las consignas de terminar con la guerra, de redistribuir las tierras entre los
campesinos y ocupar las fábricas (abril); de presionar al gobierno provisional,
de resistir la represión interna (junio y julio); de retirar la consigna del poder
a los soviets (sometidos entonces al gobierno provisional), de movilizarse
desde las fábricas y los soviets contra los intentos de golpe de Estado
reaccionarios (agosto); de retomar la consigna de todo el poder a los soviets
cuando los bolcheviques se vuelven la mayoría en ellos (septiembre); la
adopción por parte de los bolcheviques del programa agrario planteado por el
partido «socialista revolucionario» semanas antes de la insurrección[29];
demuestran, en toda su magnitud, una intensa lucha por la hegemonía política
al interior de las clases subalternas.
En los hechos, ya en octubre de 1917 los bolcheviques son el poder
ideológico-político del proceso revolucionario. En mayo, dirigen la mayoría
de los Comités de fábrica de las principales industrias[30]; para agosto su
influencia en las tropas acantonadas en las ciudades tiene tal magnitud que es
suficiente para impedir la obediencia de la tropa al gobierno provisional y al
mando militar oficial[31]. A fines de julio, de no tener ningún órgano de
prensa a inicios de la revolución, alcanzan una tirada, en sus múltiples
periódicos distribuidos en las fábricas y los cuarteles, de más de 350.000
ejemplares diarios[32]. En septiembre asumen el control del Soviet de
Petrogrado, en tanto que sus consignas son propugnadas por la mayoría de los
soviets –incluso en aquellos que aún están bajo influencia de los partidos
centristas–; los consejos de soldados los tienen al frente en los principales
regimientos militares; y, de facto, las principales guarniciones responden
técnicamente al partido bolchevique[33]. Las fábricas se encuentran tomadas
y solo los bolcheviques consideran ese acto como necesario para garantizar el
trabajo de los obreros. Es así que, con la adopción del programa agrario del
partido campesino –que se niega a aplicar su propio programa, que tiene
plena aceptación en las zonas rurales–, los bolcheviques ya habían construido
un poder ideológico, un liderazgo moral y una conducción política para la
inmensa mayoría de la sociedad movilizada. Figes argumenta:
La polarización social que se produjo durante el verano proporcionó a los bolcheviques su
primer apoyo masivo como partido que basaba su principal reclamo en el rechazo plebeyo de toda
autoridad superior. […] Las mayores fábricas de las ciudades importantes, donde el sentido de
solidaridad de clase de los obreros estaba más desarrollado, fueron las primeras en sumarse en
grandes cantidades a los bolcheviques. A finales de mayo, el partido ya había obtenido el control
de la oficina central de comités de fábrica y, aunque los sindicalistas mencheviques siguieron
contando con su ascendencia hasta 1918, también empezaron a conseguir que se aprobaran sus
resoluciones en importantes asambleas sindicales. […] Los bolcheviques obtuvieron importantes
avances en las elecciones de la Duma (parlamento) en la ciudad en agosto y septiembre. En
Petrogrado aumentaron su porcentaje de voto popular y pasaron de 20 por ciento en mayo al 33 por
ciento el 20 de agosto. En Moscú, donde los bolcheviques habían obtenido un simple 11 por ciento
en junio, llegaron a la victoria el 24 de septiembre, con el 51 por ciento de los votos[34].
En realidad, la insurrección de octubre simplemente consagró el poder real
alcanzado previamente por los bolcheviques en todas las redes activas de la
sociedad laboriosa. Más que conquistar el poder –que ya habían alcanzado en
toda la estructura reticular de la sociedad subalterna rusa–, la insurrección
anuló el cuerpo zombi del viejo poder burgués que se encontraba registrado
en las viejas instituciones estatales. La insurrección culminó un largo proceso
de construcción fundamentalmente ideológico-política de poder desde la
sociedad –en desconocimiento y sustitución del viejo poder del Estado– e
inició la concentración monopólica de ese poder, construido desde la
sociedad, bajo la forma de Estado, de poder de Estado institucionalizado.
Dado el carácter plebeyo de la Revolución rusa, y en general de cualquier
revolución, esta construcción social de poder desde abajo necesariamente se
presenta, más que como «dualidad de poderes»[35], como «multitud de
poderes locales»[36]. En 1918, V. Tijomirnov comenta:
Había soviets de ciudad, soviets de pueblo, soviets del seló y soviets suburbanos. Esas entidades
no reconocían a nadie más que a sí mismas y, si llegaban a reconocer a alguien, era solo hasta «el
grado» de que pudiera serles casualmente ventajoso. Cada soviet vivía y luchaba según lo que le
permitían las condiciones circundantes, como podía y quería hacerlo[37].
En los siguientes meses, el proceso de centralización de esos múltiples
poderes plebeyos representa el proceso de estatalización del poder político
disperso en la sociedad.
Las antinomias aparentes de la revolución
En síntesis, y en primer lugar, las revoluciones son por tanto largos
procesos históricos de semanas, meses o años, que licúan las relaciones de
poder prevalecientes para instaurar un nuevo orden de mandos, influencias y
propiedades, inicialmente fragmentadas, sobre los bienes de la sociedad.
Dentro del movimiento de la historia interna de las clases sociales, una
revolución modifica drásticamente la arquitectura de las relaciones entre
ellas, al expropiar los bienes y las influencias poseídas por unas, para
redistribuirlas parcial o totalmente entre otras clases o bloques de clases que,
en ese momento, ocupan posiciones de decisión o influencia sobre esos
bienes.
En segundo lugar, una revolución es un desmoronamiento de las estructuras
de poder moral de las antiguas clases dirigentes, una disolución de las ideas
dominantes y de las influencias políticas que consagran la pasividad de las
clases subalternas[38]. Las tolerancias morales entre gobernantes y
gobernados se licúan dando lugar a iniciativas políticas directas de las clases
laboriosas que van produciendo, armando o aceptando nuevos esquemas
discursivos, nuevas estructuras morales ordenadoras del papel de los
individuos en la sociedad. Esta lucha es el motor de toda revolución, y de sus
resultados emerge una institucionalidad capaz de objetivar ese magma social,
esto es, de organizar y regularizar esas influencias modificadas, ya sea sobre
los bienes comunes de la sociedad o sobre los bienes privados, dando lugar a
una nueva estructura estatal adecuada a la estructura de propiedad e
influencias de clase. Esto significa que las revoluciones primero se las gana
en la propia sociedad, en el liderazgo político y organizativo activo de las
clases subalternas; y, solo después, esto puede devenir inicialmente en
estructura estatal y luego en monopolización y unicidad de poder. Todas las
historias de las revoluciones políticas y sociales de los siglos XX y XXI
tienen, e inevitablemente tendrán, estas características.
En realidad, una revolución son múltiples y contradictorias revoluciones en
paralelo, en concordancia con las múltiples iniciativas desplegadas por las
diversas clases y fracciones de clase que concurren y se construyen en el
transcurso de la propia revolución. Una revolución es la destrucción de
antiguas relaciones de propiedad y de influencia, para dar lugar a nuevas
relaciones de propiedad material e influencia estatal. Una revolución es, en
definitiva, la lucha encarnizada por el nuevo monopolio duradero de las
influencias ideológico-políticas de la sociedad, por nuevas hegemonías de
largo plazo. De ahí que toda revolución sea también una manera de
nacionalización de la sociedad[39].
1. Participación revolucionaria armada o participación democrática
electoral
Por ello, la contraposición entre revolución y democracia es un falso
debate. Se afirma que la democracia es un régimen de participación pacífica
de la sociedad en los asuntos políticos, que garantiza los derechos de las
personas; mientras que la revolución es un hecho violento que desconoce
esos derechos[40]. Como se puede constatar al estudiar cualquier revolución,
si algo caracteriza a un proceso revolucionario es la incorporación rápida y
creciente de personas de distintas clases sociales a la participación en los
asuntos públicos de una sociedad. Personas apáticas, que anteriormente eran
convocadas a elegir cada cuatro o cinco años a unos representantes para que
tomaran decisiones a su nombre, rompen, con la revolución, esa
complacencia frente a las elites gobernantes y se involucran, discuten y
participan en la definición de los asuntos comunes de la sociedad. De pronto,
todos se convierten en especialistas en todo; todos se creen con derecho a
opinar y a decidir sobre los asuntos que les afectan.
Un periodista norteamericano que estaba en Rusia durante los meses
iniciales de la revolución realizaba los siguientes comentarios:
Los siervos y los porteros de las casas piden consejos respecto a qué partido deben votar en las
elecciones de distrito. Todas las paredes de la ciudad están llenas de carteles de reuniones y
conferencias, congresos, propaganda electoral y anuncios […] Dos hombres discuten en una
esquina de la calle e inmediatamente se ven rodeados por una emocionada multitud. Incluso en los
conciertos, la música ya se ve diluida por los discursos políticos de oradores famosos. La avenida
Nevsky se ha convertido en una especie de Quartier Latin. Los vendedores de libros llenan las
aceras y anuncian a gritos folletos sensacionales acerca de Rasputín y Nicolás, de quién es Lenin y
de cuánta tierra van a recibir los campesinos[41].
Parafraseando a Rancière, una revolución es una «viralización» de «partes
que no tienen parte»[42], de sujetos políticos constituidos sobre la acción en
marcha que visualizan carencias, necesidades o derechos y que asumen
directamente la solución de dichas «partes». En verdad, una revolución es la
realización absoluta de la democracia porque la gente del pueblo, que
anteriormente depositaba en los «especialistas» la gestión de los comunes que
le involucran, ahora asume ese involucramiento directo en los asuntos
comunes como una necesidad propia. Y, así, de pronto lo común se convierte
en un asunto de los comunes; todos se transforman en diputados, se sienten
ministros y se ven moralmente compelidos a hablar por sí mismos, a definir
ellos mismos las cosas que les afectan. Es la democracia absoluta en acción
que eleva la participación de la sociedad en los asuntos políticos a niveles
jamás alcanzados por ninguna elección electoral.
De cierta manera, una revolución, con sus asambleas multiplicadas por
todas partes debatiendo los temas de interés público, con sus concejos
deliberantes en centros de trabajo, barrios, oficinas o comunidades,
definiendo con base en razones la conducción de sus vínculos compartidos,
es el horizonte límite alcanzado por las propuestas sobre la «democracia
deliberativa»[43]; con el añadido de que, en el caso del proceso
revolucionario, la desigualdad en la influencia deliberativa, resultante de la
desigualdad en el acceso a bienes culturales, académicos o informacionales
que da lugar a la manipulación o elitización de la deliberación, queda
neutralizada porque está fusionada a la ejecución conjunta de lo deliberado.
Claro, si la deliberación es inmediatamente la ejecución conjunta por parte de
los deliberantes, para poder realizarse tiene que haberse producido
previamente una neutralización de las desigualdades comunicativas a fin de
garantizar una adhesión comprensiva de efectos prácticos. De esta manera, la
deliberación deviene en una actividad social irradiante y además sin los
límites de la microterritorialidad local a la que hacen referencia los filósofos.
Por otra parte, en la medida en que las revoluciones son momentos
constituyentes de hegemonía, es decir de dirección y de dominación[44],
estas luchas se resuelven fundamentalmente en las ideas, en los preconceptos
e inclinaciones morales dominantes de las personas. Por eso, las revoluciones
son, por excelencia, luchas y cambios drásticos en el orden y los esquemas
mentales con los que las personas interpretan, conocen y actúan en el mundo.
De ahí su cualidad democrática y deliberativa, y, además, su carácter
fundamentalmente pacífico. Si la revolución quiebra la tolerancia moral entre
gobernantes y gobernados para sustituirla por una nueva estructura de afectos
morales y esquemas cognitivos de la realidad, dicha transformación del
mundo simbólico de las personas se realiza principalmente por medio del
conocimiento, la disuasión, la convicción lógica, la adhesión moral y el
ejemplo práctico; es decir, a través de métodos pacíficos de convencimiento.
Cuando, en la Rusia revolucionaria, los soldados vuelcan sus gorras en
desconocimiento de la vieja jerarquía militar; cuando las mujeres que salen a
las calles optan por usar pantalones y botas militares, invirtiendo el viejo
orden social y sexual; cuando los meseros (camareros) marchan rechazando
las propinas y reclamando un trato digno por su trabajo; cuando las
trabajadoras del hogar reclaman que se las trate de «usted» y ya no del «tú»
utilizado anteriormente con los siervos; en fin, cuando los campesinos
queman las casas de los terratenientes que habían gobernado sus vidas
durante siglos, o cuando los obreros ocupan las fábricas para hacerlas trabajar
por su cuenta y mando, todo el orden lógico de la vieja sociedad queda
literalmente invertido por la fuerza de una decisión moral de los subalternos,
que, al tomarla, automáticamente dejan de serlo[45]. Así, la revolución se
muestra fundamentalmente como una revolución cultural, una revolución
cognitiva que vuelve lo imposible y lo impensado en realidad. Los preceptos
lógicos, normas morales, conocimientos y tradiciones que anteriormente
cohesionaban todas las dominaciones, estallaban ahora en mil pedazos y
habilitan otros criterios morales y otras maneras de conocer, otras razones
lógicas que colocan a los dominados, es decir, a la inmensa mayoría del
pueblo, como seres constructores de un orden en el que ellos mandan,
deciden y dominan.
En todo ello, la pluralidad de ideas, los medios de comunicación plurales, la
libertad de asociación; esto es, el conjunto de derechos democráticos propios
de las sociedades modernas, desempeña un papel decisivo e insustituible. Sin
libertad de asociación, ¿de qué tipo de asambleas o consejos se puede hablar?
Sin pluralismo, ¿cuál es el tipo de deliberación, de liderazgo intelectual y
moral que se puede construir? ¡Ninguno! De ahí que las libertades y garantías
democráticas se presenten como el único terreno húmedo y fértil en el que
cualquier proceso revolucionario puede crecer; e incluso, a veces, el punto de
inicio de las revoluciones es la conquista de esos derechos.
Esto hace de toda revolución –y las revoluciones latinoamericanas de
principios de siglo XXI no son una excepción– un hecho democrático por
excelencia
y
pacífico
por
naturaleza.
Únicamente
circunstancias
excepcionales, de violencia armada contrarrevolucionaria que bloquean la
conversión de la convicción socialmente constituida en institución estatal
regularizada, llevan a la necesidad de una acción de fuerza, armada, para
desbloquear el flujo revolucionario. En el caso de la revolución soviética, las
acciones violentas del gobierno conservador que en julio de 1917 ilegalizan
al partido bolchevique, buscan reprimirlo violentamente y luego eliminarlo
físicamente mediante un golpe de Estado, le llevan a Lenin a abandonar la
convicción de que esta iba a triunfar pacíficamente: «la vía pacífica de
desarrollo se ha vuelto imposible […] todas las esperanzas de un desarrollo
pacífico de la revolución rusa se han desvanecido para siempre»[46], afirma,
obligado a refugiarse en Finlandia y preparar desde entonces la vía de la
insurrección.
Por tanto, en la medida en que se presenta un curso revolucionario
bloqueado, es decir, un proceso de constitución de una nueva hegemonía
cultural revolucionaria sitiado o acorralado por métodos violentos
contrarrevolucionarios que cercenan la capacidad organizativa y deliberativa
de la sociedad –lo que obliga a las fuerzas y clases insurgentes a defender y
liberar el torrente emancipativo que ha emergido previamente–, cabe hablar
del carácter revolucionario del método de la lucha armada, guerrilla,
insurrección o guerra prolongada. Así pues, la lucha armada se presenta
entonces como un habilitador del despliegue de las capacidades democráticas
de la propia sociedad y, solo en estos términos, como un hecho
revolucionario.
2. Guerra de movimientos o guerra de posiciones
Una segunda interpretación equívoca de la revolución soviética, ligada a la
anterior, es la referida a que las revoluciones son un tipo de «guerra de
movimientos», de estrategia de asalto rápido susceptible de llevarse adelante
en países con una sociedad civil débil, «gelatinosa», propia de las sociedades
«asiáticas» caracterizadas por Estados que lo absorben todo pero con
hegemonías políticas débiles; en tanto que en las sociedades de «Occidente»,
por la presencia de un Estado sustentado en una sociedad civil robusta con
innumerables trincheras y fortificaciones construidas por el propio poder de
Estado, que sostienen el poder de clase pese al debilitamiento del aparato
estatal, necesariamente hay que emplear una estrategia de larga «guerra de
posiciones», de pacientes asedios a esa estructura de fortalezas y casamatas
de la sociedad civil. Gramsci introduce esta diferenciación para explicar el
concepto de «frente único», propuesto por Lenin en los debates de la
Internacional Comunista.
En Oriente el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre
Estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una
robusta estructura de la sociedad civil. El Estado solo era una trinchera avanzada, detrás de la cual
existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas; en mayor o menor medida de un Estado a
otro, se entiende, pero esto precisamente exigía un reconocimiento de carácter nacional[47].
A lo largo de la historia moderna es posible que sea más difícil encontrar,
en los Estados europeos, acciones destinadas a «sofocar» las aspiraciones
populares, porque se trata de países «en los que no se ve pisotear las leyes
fundamentales del Estado ni se ve cómo domina la arbitrariedad»[48], lo que
llevaría, según Gramsci, a un debilitamiento de la lucha de clases en ellos.
Sin embargo, el fenómeno del fascismo europeo en la primera mitad del siglo
XX muestra que la imposición, el pisoteo de las leyes, la arbitrariedad y la
desenfrenada violencia estatal, en su excepcionalidad, no son ajenas a la
cultura política occidental. El porqué esas circunstancias no dan lugar a un
victorioso movimiento revolucionario, es tema de otro debate. Con todo,
existe una verdad irrefutable en esto: para un observador extranjero que visita
Europa o Estados Unidos, una de las primeras experiencias impactantes es
ver que, paralelamente al funcionamiento regular de las instituciones
gubernamentales y a las condiciones de satisfacción de necesidades básicas
de la mayoría de la población, se tiene una apodíctica interiorización de los
preceptos del orden social por parte de los ciudadanos; como si la lógica
estatal estuviera adherida a la piel de las personas, en una especie de Estado
individuado, que no requiere de aparatos estatales visibles para la
reproducción del orden. Así, cuando alguien rompe la norma, la presencia
rápida, oportuna, puntual y brutal de los cuerpos de seguridad infunde una
mayor indolencia frente al destino de los demás. Como Gramsci afirma, allí
donde existe un orden que funciona, se vuelve más difícil pelear porque este
sea sustituido por uno nuevo. En todo caso, más que de una sociedad civil
sólida y «equilibrada» frente al Estado, se trata de un Estado muy fuerte y
ramificado en los poros más íntimos de la sociedad civil –algo así como una
sociedad civil estatalizada–, lo que ciertamente hace que el aparato
gubernamental, pese a las fisuras que pueda llegar a presentar en algún
momento, encuentre una infinidad de trincheras, aprovisionamientos,
reemplazos y apoyos en la sociedad civil, que lo hacen resistente y mucho
más sólido que los Estados menos adheridos a ella. Quizá la obsesión de la
academia norteamericana por el estudio de los «roles»[49] sea la sombra de
esta omnipresencia reticular del orden estatal en el orden individual de los
ciudadanos.
Vistas así las cosas, la lógica gramsciana podría invertirse: las sociedades
«orientales» tienen una sociedad civil más vigorosa y activa y un Estado más
gelatinoso y frágil, a pesar de su arbitrariedad –de hecho, la arbitrariedad
viene a sustituir la falta de adherencia social o sustento estructural–; mientras
que las sociedades «occidentales» tienen un Estado omnipresente por estar
enraizado profundamente en la propia sociedad civil y, a la vez, sus
sociedades civiles son más plurales y diversas aunque políticamente menos
activas e inmersas en un tipo de conformismo civil generalizado.
3. Excepcionalidad histórica o disponibilidad social universal
Pero independientemente del modo de composición política de la sociedad
contemporánea[50], la universalidad de la revolución soviética radica
precisamente en la victoria cultural, ideológica, política y moral de las
corrientes bolcheviques en la sociedad civil, en sus organizaciones plebeyas
más activas, antes y como condición de la propia insurrección. Lenin se
refiere a esto cuando afirma categóricamente que los bolcheviques triunfan
porque se encuentran «respaldados por la inmensa mayoría del proletariado».
Y ese respaldo, apoyo, influencia y liderazgo en los sectores movilizados de
las clases plebeyas hasta el punto de que «están dispuestas a morir» por la
revolución, refleja la profunda transformación ideológico-moral que se había
producido, entre abril y octubre de 1917, en la mentalidad de las clases
subalternas; en términos gramscianos, muestra el exitoso despliegue de una
«guerra de posiciones» fulminante contra las casamatas y trincheras de la
vieja sociedad civil. En síntesis, la batalla por el liderazgo y conducción
política de las clases populares movilizadas es la clave de la revolución;
mientras que la audacia insurreccional que derrumba definitivamente el viejo
poder estatal es una contingencia emergente del curso de esa lucha previa por
la hegemonía.
Toda revolución es fundamentalmente una transformación radical de los
esquemas de sentido común de la sociedad, del orden moral y del orden
lógico que monopoliza el poder político centralizado. El asalto armado al
Palacio de Invierno representa la eventualidad de un proceso de profundas
transformaciones ideológico-políticas que construyen el poder político
soviético, antes que este quede refrendado por un hecho de ocupación
institucional de los símbolos del poder. En este sentido, se puede hablar de un
«Lenin gramsciano» que deposita en la hegemonía cultural y política la llave
del momento revolucionario.
No obstante, lo que sí puede ser asumido como una excepcionalidad rusa,
más que «oriental», es la compresión de los tiempos de esa «guerra de
posiciones». Normalmente, la construcción de un nuevo sentido común[51] y
del monopolio de los esquemas de orden que guían los comportamientos
cotidianos de las personas son procesos de construcción hegemónica a largo
plazo. Pueden transcurrir décadas, incluso siglos, durante los cuales se va
sedimentando en las estructuras mentales de las personas, de las clases y de
los subalternos, el conformismo moral y lógico con la dominación[52]. Por lo
general, romper estas baldosas que comprimen el cerebro de las personas es
una tarea titánica, también de décadas, que requiere, a decir de Gramsci,
«tácticas más complejas» y «cualidades excepcionales de paciencia y de
espíritu inventivo»[53]. En Rusia, esto acontece extraordinariamente más
rápido. Pero no hay que dejar de lado el hecho de que en medio había una
guerra mundial que estaba llevando a la muerte a millones de jóvenes del
Imperio ruso; que se tenía un país económicamente quebrado que había
arrastrado a su población hacia condiciones de consumo inferiores a las
existentes años atrás; que se tenía una estructura mundial imperial estallando
en crisis y en reconfiguración, etcétera.
Esta excepcionalidad de circunstancias irrepetibles para cualquier otro país
en cualquier otro momento, comprime los tiempos, acorta los plazos y lleva a
la sociedad rusa a una crisis de hegemonía, a una disponibilidad social
general de nuevas certidumbres y a una porosidad y predisposición de las
clases populares a recepcionar nuevas emisiones discursivas capaces de
ordenar el mundo incorporándolos a ellos como sujetos activos e influyentes
de ese nuevo mundo a erigir. Lo que en otros tiempos habría requerido
décadas e incluso siglos, se puede alcanzar en meses, y está claro que algo así
difícilmente podrá volver a suceder en mucho tiempo. Excepcionalidades
como estas, únicas e irrepetibles en la historia, suelen acontecer en la vida de
todas las naciones y, por lo general, quedan registradas en la historia como un
extraño, pasajero y confuso tiempo turbulento. Y cuando esta
excepcionalidad tumultuosa de la historia viene acompañada de una férrea
voluntad política organizada para buscar gatillar todas las potencialidades
creativas contenidas en ese excepcional tiempo turbulento, las revoluciones
que cambian la historia del mundo estallan. Eso pasó con la Revolución rusa:
la excepcionalidad devino regla, la potencia se convirtió en flujo creativo y la
lucha por el nuevo sentido común se hizo institución.
La convergencia de contradicciones y disponibilidades sociales que
paralizan la institucionalidad estatal, como sucedió en Rusia el año 1917,
constituye una excepcionalidad histórica. Sin embargo, el que en algún
momento de su historia un país presente alguna grieta o un quiebre en su
reforzada coraza estatal, algún estupor en su perfecta maquinaria social de
letargo colectivo, de tal forma que se habilite un régimen de nuevas
apetencias discursivas, es un hecho universal. El que una hegemonía estatal
se derrumbe tan rápidamente es una excepcionalidad histórica. Pero la
existencia de potencialidades emancipativas, democratizadoras del poder en
las formas organizativas propias de las clases subalternas, es un hecho
universal. Y, entonces, el papel de las asociaciones, ligas o partidos
revolucionarios radica en sitiar, en horadar pacientemente –como el viejo
topo– la fortaleza estatal y cultural del régimen dominante. Y si la
excepcionalidad histórica imprevisible toca la puerta cuando uno está vivo,
hay que aprovechar con indoblegable voluntad de poder cada resquicio, fisura
u oportunidad a fin de apuntalar las potencialidades democratizadoras
acumuladas e inventadas por las clases plebeyas. Así es como debemos
entender la labor de los comunistas revolucionarios que, de acuerdo al joven
Marx:
No proclaman principios especiales a los que quisieran amoldar el movimiento [y] en las
diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan
siempre los intereses del movimiento en su conjunto[54].
4. Momento jacobino leninista o momento gramsciano hegemónico
Existe un momento puntual pero decisivo que toda revolución en marcha no
puede obviar pues, dependiendo de la actitud que se tome frente a ella, el
curso de la revolución o bien continuará o terminará para dar lugar a una
terrible etapa contrarrevolucionaria. Nos referimos al momento jacobino o
punto de bifurcación de la revolución[55], que no tiene que ver con la
ocupación de las instalaciones y símbolos del viejo poder que pasan a ser
reemplazados en sus funciones y en la condición de clase de sus ocupantes.
Tampoco se trata del desplazamiento y sustitución de las autoridades
gubernamentales, legislativas y ejecutivas del viejo Estado. Las revoluciones
del siglo XXI muestran que esto último llega a realizarse por la vía de
elecciones democráticas. Ambos son momentos derivados del poder político-
cultural previamente alcanzado por las fuerzas insurgentes y, dependiendo de
las circunstancias, pueden ser realizados por la vía pacífica, electoral o,
excepcionalmente como en el caso de la Revolución rusa, por la vía armada.
A pesar de ello, lo que inevitablemente requiere de un hecho de fuerza, de
un despliegue de coerción, es la derrota del proyecto de poder de las clases
desplazadas del gobierno. Las viejas clases dominantes pueden perder la
dirección cultural de la sociedad por un tiempo, a la espera de retomar la
iniciativa, una vez que pase el «torbellino social», mediante la propiedad de
los medios de comunicación, las universidades y el peso de las creencias
impresas durante décadas en las mentes de las personas; pueden perder el
control del gobierno, del Parlamento y de parte de sus propiedades, pero
preservan los resortes financieros, los conocimientos administrativos, el
acceso a mercados, las propiedades en otras áreas de la economía, las
influencias y los negocios externos que temporalmente les permiten mantener
un poder económico capilarizado en la sociedad. Los bolcheviques tomaron
el poder en octubre de 1917, pero el Banco Central seguía entregando dinero
a los representantes del antiguo gobierno provisional incluso hasta fines de
noviembre. En enero de 1918, los funcionarios de los ministerios aún se
mantenían en huelga en desconocimiento a los nuevos ministros[56]; en tanto
que administrativos de gobiernos locales seguían sin obedecer al nuevo
gobierno aun entrados los primeros meses de 1919.
Por tanto, lo que las viejas clases dominantes nunca aceptan de manera
dialogada es la anulación de su proyecto de poder, esto es, el sistema de
influencias, acciones y medios mediante los cuales articulan su persistencia y
su proyección histórica como clase dominante. En la Revolución rusa, ni el
gobierno provisional ni la asamblea constituyente, ni siquiera la toma de las
instalaciones del Estado por parte de los bolcheviques, fueron el escenario de
condensación de la derrota del proyecto político conservador; lo fue la guerra
civil. La mayor cantidad de muertes, los mayores horrores de la lucha de
clases, la movilización más extensa de las fuerzas contrarrevolucionarias
internas y extranjeras, los discursos más anticomunistas y la verdadera
confrontación armada entre los dos proyectos de poder se dieron durante la
guerra civil[57], y ahí se definió también la victoria de la revolución además
de las características del nuevo Estado. Lenin describirá este momento
decisorio de manera muy precisa:
A fines de 1917… la burguesía… lo que dijo fue: «ante todo lucharemos por el problema
fundamental: determinar si ustedes son realmente el poder de Estado o solo creen serlo; el
problema, desde luego, no será resuelto con decretos, sino por medio de la violencia y la guerra»…
[58].
El punto de bifurcación o momento jacobino es este epítome de las luchas
de clases que desata una revolución. Y puesto que toda clase o bloques de
clases con voluntad de poder han de reclamar la unicidad y monopolio del
poder de Estado, el cuerpo estatal en pugna emerge en su realidad desolada y
arcaica: como «violencia organizada»[59]. Es en ese terreno donde se define
la naturaleza del nuevo o viejo Estado, el monopolio del poder político y la
dirección general de la sociedad para todo un largo ciclo estatal. Por lo
general, esto sucede después del desplazamiento del gobierno de las fuerzas
conservadoras, pero no del poder real. En un extraordinario texto, Marx
describe este momento al afirmar que la conquista del poder gubernamental
por parte del proletariado «no hará desaparecer a sus enemigos ni a la vieja
organización de la sociedad» y, por tanto, «deberá emplear medios violentos
y, por consiguiente, recursos de gobierno»[60]. Por ello, el momento jacobino
es un tiempo donde los discursos enmudecen, las habilidades de
convencimiento se repliegan y la querella por los símbolos unificadores se
opacan. Lo único que queda en el campo de batalla llano es el despliegue
desnudo de fuerza para dirimir, de una vez por todas, el monopolio territorial
de la coerción y el monopolio nacional de la legitimidad.
El momento jacobino en la revolución cubana fue la batalla de Girón
(invasión de la Bahía de Cochinos); en el gobierno de Salvador Allende, el
golpe de Estado de Pinochet; en la revolución bolivariana de Venezuela, el
paro de actividades de PDVSA y el golpe de Estado en 2002; y, en el caso de
Bolivia, el golpe de Estado cívico-prefectural de septiembre de 2008. En
todas estas revoluciones, el gobierno ya estaba en manos de los
revolucionarios y se presentaban distintos tipos de «gobierno dividido»[61],
con alguna de las cámaras legislativas o de los gobiernos regionales en poder
del bloque conservador. Pero, lo que es más importante, la fuerza beligerante
tenía aún un proyecto de poder, una voluntad de dominio y unas estructuras
reticulares de poder político, a partir de las cuales buscaba reorganizar una
base social de apoyo, la defensa de sus estructuras de propiedad económica y
el apoyo de medios armados (legales o ilegales, internos o externos) para
retomar lo antes posible la lucha por el poder de Estado. Entonces,
inevitablemente emerge un choque desnudo de fuerzas, o, al menos, de
medición de fuerzas de coerción, del que solo puede resultar la derrota militar
o la abdicación de una de las fuerzas sociales beligerantes, es decir, la
unicidad o el monopolio final de la coerción del Estado.
El momento jacobino o también «leninista» –porque Lenin fue un maestro
en este tipo de operación política– es, en última instancia, el momento
dirimidor de la unicidad del poder de Estado, a partir del cual se tendrá, en
los cerebros de las personas, en las instituciones de gobierno y en las propias
clases derrotadas, un solo proyecto estatal. Por tanto, la fuerza derrotada entra
en situación de desbande o de desorganización y, lo peor, de pérdida de fe en
sí misma. No es que las clases sociales derrotadas desaparezcan; lo que
desaparece, por un buen tiempo, es su organización, su fuerza moral, su
propuesta de país ante la sociedad. Materialmente son clases en proceso de
dominación, pero fundamentalmente dejan de ser sujeto político. Consolidar
esta derrota depende de que las fuerzas sociales victoriosas den golpes
puntuales al régimen de propiedad de los grandes medios de producción,
debilitando sus estructuras organizativas en la sociedad civil, incorporando
banderas suyas en el proyecto victorioso, reclutando cuadros administrativos,
impulsando los diversos tipos de transformismo político[62] de la antigua
intelligentsia, etc., dando lugar a una nueva fase de irradiación de la
hegemonía correspondiente al periodo de estabilización del nuevo poder.
La importancia de este momento «jacobino-leninista» radica en instituir, de
forma duradera, el monopolio de la coerción, de los impuestos, de la
educación pública, de la liturgia del poder y de la legitimidad político-
cultural. La contraparte de esta victoria sobre las fuerzas conservadoras es la
concentración del poder que, de no ser continuamente regulada, afecta a las
estructuras sociales de poder plebeyas que inicialmente habían dado inicio al
proceso revolucionario. La concentración y unicidad real del poder significa
que el poder político de las viejas clases pudientes ha sido derrotado. Sin
embargo, la contrafinalidad de todo esto es que la democratización del poder
en las estructuras populares, obreras, campesinas, juveniles o barriales que
dan inicio al proceso revolucionario también sean afectadas por este destino
maquinal del Estado (de cualquier Estado) de concentrar e imponer su
unicidad. La importancia de concentrar el poder frente a las viejas clases
dominantes, y simultáneamente desconcentrarlo frente a las clases laboriosas,
a la larga define el curso de la revolución.
En todo caso, al momento gramsciano de construcción de hegemonía
político-cultural que erige el poder político de las clases insurgentes de la
revolución –una vez conquistado el gobierno, por la vía democrática–,
sobreviene una batalla desnuda de fuerzas, el momento jacobino-leninista,
que dirime de manera duradera la unicidad del poder de Estado. Sin este
momento imprescindible, la estrategia gramsciana podrá ser cercada
internamente y, más temprano que tarde, expulsada del poder político bajo la
forma de una contrarrevolución exitosa que arrasará despóticamente con todo
el avance organizativo y democratizador logrado por las clases sociales
plebeyas. De ahí que toda revolución con un momento gramsciano sin un
momento leninista sea una revolución trunca, fallida. No existe revolución
verdadera sin momento gramsciano de triunfo político, cultural y moral,
previo a la toma del poder estatal. Pero tampoco se tiene unicidad de poder de
Estado ni disolución de las antiguas clases gobernantes como sujetos
portadores de un proyecto de poder beligerante, sin un momento leninista
dirimidor.
La revolución soviética será el laboratorio más extraordinario y dramático
de esta contradicción viva entre centralización y democratización que define
el destino de esta y de cualquier revolución contemporánea.
5. Democracia local o democracia general. Democratización o
monopolización de decisiones
El estallido de la revolución hace explotar las jerarquías del viejo sistema
social, incluyendo las militares. Los soviets de soldados y campesinos y los
Comités militares en los cuarteles, que desconocen la autoridad militar para
sustituirla por asambleas, muestran la radicalidad y extensión del derrumbe
del viejo poder estatal, constituyéndose en el punto de apoyo para el
fortalecimiento de las huelgas y consejos de obreros en las fábricas. Cada
cuartel, región y ciudad se desenvuelven como un mini-Estado con su propia
y autónoma fuerza de coerción. A pesar de ello, durante la guerra civil
desatada inmediatamente, frente a los regimientos disciplinados y
jerarquizados de la contrarrevolución, apoyados por tropas extranjeras
invasoras, las tropas revolucionarias se muestran tácticamente inferiores,
débiles ante la fuerza antagónica y presa fácil de la desbandada ante las
primeras derrotas[63]. La excesiva democracia al interior del instrumento de
coerción armada, inicialmente necesaria para desmoronar la autoridad del
viejo Estado, ahora lo arrastra ante la inminente derrota frente a la
contrarrevolución. La necesidad de imponer la disciplina militar y de
restablecer jerarquías (acompañadas, por supuesto, de comisarios políticos a
la cabeza de la formación política de la tropa) hace que el Ejército Rojo
retome la iniciativa y derrote la invasión extranjera y a los ejércitos
contrarrevolucionarios. La defensa de la revolución triunfa, pero a costa de
reducir la democracia en los cuarteles. Algo similar sucede en los soviets
campesinos, en los soviets y sindicatos obreros. El núcleo de la revolución se
constituye cuando los productores directos, obreros y campesinos, inician el
desmontamiento de las antiguas relaciones de poder productivo. Eso acontece
cuando los terratenientes son desplazados y los soviets de campesinos ocupan
las tierras y las distribuyen internamente entre los miembros de la comunidad
agraria. Igualmente, la cualidad obrera de la revolución despunta cuando los
Comités de fábrica asumen el control del funcionamiento de las empresas
para impedir el despido obrero, el cierre de la empresa o la pérdida de
derechos laborales.
Sin embargo, en el momento en que cada fábrica comienza a actuar por su
cuenta, a fijarse solo en el bienestar de sus trabajadores sin considerar el
bienestar del resto de los trabajadores de otras fábricas y de los habitantes de
las ciudades o de los campesinos; el momento en que los soviets de
campesinos solo se preocupan del abastecimiento de sus afiliados, dejando de
lado a los trabajadores de las ciudades que están sin alimento; es decir, el
momento en el que cada institución democrática obrera solo se fija en sí
misma, sin tomar en cuenta el conjunto de los trabajadores y ciudadanos del
país, se produce una hecatombe económica que paraliza el intercambio de
productos y potencia los egoísmos entre sectores que se desentienden de los
demás, llevando a la disminución de la producción, el cierre de empresas, la
pérdida de trabajo, la escasez, el hambre y el malestar en contra del propio
curso revolucionario.
Entonces, a corto plazo, la democracia local, desentendida de la democracia
global (general) en todo el país, conduce a una parálisis productiva que
empuja a los mismos trabajadores a ver como enemiga la revolución que
todos, en su conjunto, ayudaron a crear. Más que el exceso de democracia en
cada comunidad o fábrica, se trata de la ausencia de una democracia general,
articuladora de todos los centros de trabajo, capaz de guiar las iniciativas y
necesidades de cada uno de ellos, de cada comunidad agraria o fábrica, con
las necesidades e iniciativas del resto de los centros de trabajo de todo el país.
Este desencuentro entre dimensiones territoriales de la democracia laboral es
lo que provoca, entre los propios trabajadores a nivel local, el surgimiento de
malestar, molestia y enemistad contra la propia revolución que logran
construir. ¿Hasta dónde ampliar o restringir la democracia local? ¿Cómo
crear modos de participación democrática general que permitan una
experiencia obrera y campesina de articulación de iniciativas de todas las
fábricas, las comunidades rurales y barrios? Allí radica el núcleo de la
continuidad de la revolución y del socialismo. De hecho, el comunismo
representa la posibilidad de una articulación general desde lo local sin ningún
tipo de mediación; la extinción del Estado que, a la larga, no es más que la
realización final de la revolución.
La imposibilidad temporal o lentitud de articulación nacional, general y
rápida entre todos los centros de trabajo obrero y las comunidades rurales,
está presente en todas las revoluciones sin excepción. Es como si en los
momentos iniciales de la revolución, la capacidad de autoorganización directa
de los trabajadores solo alcanzara a los centros de trabajo y a las
comunidades por separado, aisladas e incluso confrontadas entre ellas,
develando así los límites de la experiencia social y el peso del pasado
localista en la acción revolucionaria de los trabajadores. Al parecer, aún no
existen las condiciones materiales para una autounificación política directa –
sin mediación– de los trabajadores, capaz de habilitar una planificación
general y directa entre ellos. Entonces, ante el riesgo de que su propia obra
revolucionaria los devore o los lleve a una confrontación encadenada de
egoísmos y localismos autodestructivos, cerrando las puertas de una entrada
victoriosa, militar y moral, la constitución de una organización que asuma la
gestión de lo general, que unifique las acciones locales hacia un camino, que
impulse a que las fábricas y comunidades se ayuden una a otras y que, al
hacerlo, mantengan la revolución, se vuelve necesaria.
La presencia de esta organización especializada en lo universal, en la
administración de lo general, es el Estado. Y, en el caso de la organización
que administra los asuntos comunes y generales de las acciones de los
trabajadores, es el Estado revolucionario que, al final, mediante su
centralización, protege la revolución del colapso económico y de los
egoísmos localistas, aunque a costa de sustituir la autounificación de los
trabajadores por la administración monopólica de esta, que si bien está
compuesta por los mismos trabajadores, nace de sus propias luchas y tiene la
mirada puesta en defenderlos, también se constituye en un organismo
especializado de concentración de decisiones.
La paradoja de toda revolución es que ella existe porque los trabajadores
rompen jerarquías, mandos y asumen la gestión de su vida; mas no logran
hacerlo a escala nacional, general. Y una revolución se defiende solo si puede
actuar a nivel nacional, tanto en contra de la conspiración interna de las
antiguas clases dominantes, como de la guerra externa de los poderes
mundiales. Pero eso solo se logra mediante un organismo que comienza a
monopolizar las decisiones (el Estado), en detrimento de la democracia local
de la propia revolución. Este fetichismo del Estado revolucionario y, en
general, de todo Estado, no se supera proclamando su «supresión», el reino
de la anarquía o lo que fuere. La fuerza de los hechos impone una derrota de
la revolución debido a los faccionalismos internos de los trabajadores y el
asedio unificado de la contrarrevolución, o la constitución de un Estado
revolucionario que vaya monopolizando las decisiones en detrimento del
disperso y debilitante democratismo local.
Si la defensa de la revolución debilita en exceso la democracia local, su
energía íntima se pierde por la asfixia centralizadora; y si debilita la
centralización nacional, el asedio centralizado de la contrarrevolución la
ahoga. Por tanto, la administración de esta lógica paradojal se debe dar
reforzando, según la correlación de fuerzas, uno de los polos frente a otro, sin
anularlo, pues esa es la única manera de mantener vivo el curso de la
revolución frente al asedio contrarrevolucionario, pero también frente a la
fragmentación autocentrada del pluralismo local. Mientras no se modifiquen
las condiciones materiales de la producción del vínculo político entre las
personas, en tanto partícipes de una comunidad real que asuman directamente
la gestión de los asuntos comunes de toda la sociedad, la mediación estatal
será necesaria. Sin embargo, la constitución de esa comunidad real general,
en sustitución de la «comunidad ilusoria»[64] estatal, depende de la
construcción de una comunidad real de productores libremente asociados que
gestionen a escala social universal sus medios de vida materiales, es decir,
depende de la superación de la ley del valor que unifica a los productores no
de manera directa, sino abstracta, por medio del trabajo humano abstracto. Al
final, la necesidad temporal de un Estado revolucionario está anclada en la
persistencia de la lógica del valor de cambio en la vida económica de las
personas. Y la existencia de un Estado revolucionario, que en sí mismo es
una antinomia, es a la vez el camino necesario y obligado para dar curso a la
revolución, hasta el momento en que la contradicción se disuelva en una
nueva sociedad.
6. Forma dinero y forma Estado
La forma dinero tiene la misma lógica constitutiva que la forma Estado, e
históricamente ambas corren paralelas alimentándose mutuamente. Tanto el
dinero como el Estado recrean ámbitos de universalidad o espacios de
socialidad humanas. En el caso del dinero, este permite el intercambio de
productos a escala universal y, con ello, facilita la realización del valor de uso
de los productos concretos del trabajo humano, que se plasma en el consumo
(satisfacción de necesidades) de otros seres humanos. Sin duda esta es una
función de socialidad, de comunidad. No obstante, se cumple a partir de una
abstracción de la acción concreta de los productores, validando y
consagrando la separación entre ellos, que concurren a sus actividades como
productores privados. La función del dinero emerge de esta fragmentación
material entre los productores/poseedores, la reafirma, se sobrepone a ellos y,
a la larga, los domina en su propia atomización/separación como
productores/poseedores privados; aunque únicamente logra hacer todo ello y
reproducir este fetichismo, porque simultáneamente recrea socialidad y
sedimenta comunidad, aun cuando se trata de una socialidad abstracta, de una
«comunidad ilusoria» fallida, que funciona en la acción material y mental de
cada miembro de la sociedad. De la misma forma, el Estado cohesiona a los
miembros de una sociedad, reafirma una pertenencia y unos recursos
comunes a todos ellos, pero lo hace a partir de una monopolización
(privatización) del uso, gestión y usufructo de esos bienes comunes.
En el caso del dinero, este proceso acontece porque los productores no son
partícipes de una producción directamente social que les permitiría acceder a
los productos del trabajo social sin su mediación, sino como simple
satisfacción de las necesidades humanas. En el caso del Estado, se da porque
los ciudadanos no son miembros de una comunidad real de productores que
producen sus medios de existencia y de convivencia de manera asociada,
vinculándose entre sí de manera directa, sino a través del Estado. Por ello, es
posible afirmar que la lógica de las formas del valor y del fetichismo de la
mercancía, descrita magistralmente por Marx en el primer tomo de El
capital[65], es, indudablemente, la profunda lógica que también da lugar a la
forma Estado y a su fetichización[66].
En síntesis, la protección de la revolución frente al asedio de las clases
pudientes necesita del Estado revolucionario para asumir, temporal y solo
temporalmente, esta articulación nacional, esta unificación general y esta
mirada de conjunto del movimiento entre los distintos sectores sociales; para
garantizar el funcionamiento de las fuentes de trabajo, la circulación de
bienes materiales y, con ello, la protección y defensa de la revolución en
contra de sus detractores, pero, fundamentalmente, del pasado que se agolpa
en la cabeza de los revolucionarios que «recuerdan» que antes vivían mejor.
Lo que los bolcheviques hicieron al asumir el control de los soviets después
de octubre de 1917, al comenzar a fusionarlos con el Estado, al desplazar «el
centro del poder industrial de los comités de fábrica y los sindicatos al
aparato administrativo del Estado»[67], fue precisamente eso. La frenética
preocupación posterior de Lenin, en su debate contra Stalin y Trotsky, acerca
de los límites de la centralización estatal en detrimento de la democracia
local, en el caso de las nacionalidades[68], de la federación o de los
sindicatos[69] en las empresas, definirá el futuro de la revolución soviética y
lo que habrá de entenderse por socialismo a raíz de la experiencia práctica de
las clases laboriosas.
Al final, pareciera ser una regla universal que los procesos revolucionarios
son excepcionalidades presentes en la historia larga de todas las naciones
modernas. Y ello obliga a un trabajo paciente e imaginativo de «guerra de
posiciones» ideológico-cultural a fin de abrir fisuras en el armazón de la
sociedad civil y del Estado, que puedan contribuir a la emergencia
excepcional de una época revolucionaria. También es una regla universal que
el liderazgo ideológico-político se constituya en la victoria inicial y
fundamental que ha de ser alcanzada en el proceso revolucionario antes de la
«toma del poder», característica que justamente le brinda la cualidad de ser
una construcción del poder político de abajo hacia arriba. Ahí está Gramsci y
el alcance de su pensamiento. Sin embargo, una vez conquistada,
democráticamente, la institucionalidad del Estado, esta será efímera y
materialmente impotente ante la contrarrevolución despótica, si no garantiza
la unicidad del nuevo poder y la derrota plena del poder conservador. Ese es
Lenin y la influencia de su pensamiento. Y, de ahí, nuevamente a construir,
expandir, reactualizar y sedimentar las nuevas estructuras mentales de
tolerancia lógica y moral de la sociedad emergente de la revolución. Pero eso,
más que Gramsci otra vez, es Durkheim.
REVOLUCIÓN Y SOCIALISMO
¿Fue la revolución soviética una revolución socialista? ¿Qué es una
revolución socialista? Y, en definitiva, ¿qué es el socialismo?
La última pregunta nos remite a un viejo debate que se remonta al inicio de
las primeras corrientes socialistas del siglo XIX. El propio Manifiesto
comunista tiene una sección dedicada a la crítica de varias de las tendencias
socialistas que prevalecían en su tiempo[70], desde la feudal, clerical,
pequeñoburguesa, e incluso la burguesa. Por su parte, en un prólogo
posterior, Engels señala que en 1847 el socialismo designa a un movimiento
burgués, en tanto que el comunismo se refiere a un «movimiento
proletario»[71]. De ahí que Marx y Engels prefieran denominar a la corriente
que impulsan simplemente como «comunista»[72] y, a veces, como
«socialismo revolucionario»[73] o «socialismo crítico»[74]. En sus textos
más importantes publicados en vida, Marx se refiere exclusivamente al
comunismo como una sociedad de «productores libremente asociados»[75],
que supera las contradicciones e injusticias de la sociedad capitalista.
La idea del socialismo como un periodo social previo al comunismo es
difundida principalmente por Engels[76], apoyado en la diferenciación que
Marx hace entre revolución social y revolución política[77] y sus reflexiones
acerca de la «primera fase de la sociedad comunista, tal y como brota de la
sociedad capitalista… [y] la fase superior de la sociedad comunista»[78].
La conformación del partido socialdemócrata, tanto en Alemania como en
el resto de los países europeos, le brinda una mayor irradiación al concepto
de socialismo como régimen social intermedio entre el capitalismo y el
comunismo[79]. Lenin, miembro del partido socialdemócrata ruso, recoge
esta herencia conceptual y la desarrolla[80]. Hoy, a modo de duelo por el
derrumbe del muro de Berlín, hay quienes proponen el abandono del
concepto de socialismo como un modo de superar precisamente el fracaso de
una revolución que concentró los poderes en el Estado, impuso una
centralización del capital y redujo la libertad de la sociedad[81].
Ciertamente, en la actualidad el concepto de socialismo se encuentra
desacreditado, no solo por los efectos de la caída de los llamados
«socialismos reales», sino también por la estafa política de los denominados
partidos «socialistas» que, tanto en Europa como en algunos países de
América Latina, sencillamente legitimaron y administraron con una eficiencia
extraordinaria las políticas de despojo social del neoliberalismo. De ahí que
últimamente el concepto de comunismo vaya adquiriendo una mayor
notoriedad como horizonte radical alternativo al capitalismo[82].
Sin embargo, la pregunta crucial es ¿cuál es el régimen de transición
nacional o regional entre el modo de producción capitalista, cuya medida
geopolítica es planetaria, y otro modo de producción, cuya medida
geopolítica no puede ser también más que planetaria?
Es sabido que el capitalismo engendra infinitas desigualdades, injusticias y
contradicciones, aunque ninguna de ellas lo lleva, de manera automática, a su
fin; más al contrario, este ha demostrado tener una inusual capacidad para
subsumir formal y realmente las condiciones de vida de las sociedades[83] a
su lógica, convirtiendo sus contradicciones y límites temporales en el
combustible de su reproducción ampliada. A pesar de ello, sin duda, las
injusticias y disponibilidades colectivas no se recepcionan de manera
homogénea en todos los países. Unos tienen mayor capacidad de
compensación económica que otros frente a las crisis recurrentes; unas
naciones tienen acumuladas mayores experiencias organizativas y
capacidades culturales autónomas que otras. Por tanto, las luchas,
resistencias, iniciativas sociales y revoluciones acontecen –y lo seguirán
haciendo– de manera excepcional y dispersa en unos países y no en otros.
Hasta el día de hoy, la historia real verificada –no la que sale de los deseos
bienintencionados de algún reformador ideal del mundo– muestra que esas
contradicciones, injusticias y frustraciones se condensan en un momento
dado, en un territorio dado, estallando de manera sorpresiva y excepcional en
el «eslabón más débil» de la cadena del capitalismo mundial, dando lugar a
un hecho revolucionario. Por lo general, este eslabón se rompe en un país o, a
veces, en un conjunto de países, mas nunca de manera planetaria; y
frecuentemente, en las «extremidades del cuerpo burgués»[84] que son los
lugares donde, de manera más lenta, el cuerpo planetario del capital puede
reaccionar y compensar los desbalances y las contradicciones generadas
continuamente por su lógica de acumulación.
Las formas de estas rupturas históricas del orden mundial son muy diversas
y nunca se repiten. Pueden surgir debido a motivos económicos, como el
hambre, el desempleo, la contracción de capacidad de gasto de la población,
el bloqueo en los procesos de reenclasamiento social; o por motivos políticos,
como una crisis estatal, una guerra, una represión que quiebra la tolerancia
moral de los gobernados, una injusticia, etcétera.
Ciertamente, cualquiera que sea el proceso revolucionario, si a la larga este
no se irradia a otros países y continentes, termina agotando su ímpetu de
masas, termina siendo cercado internacionalmente, soportando enormes
sacrificios económicos por parte de su población, y finalmente perece de
manera inevitable. Obligada a defenderse a toda costa –como lo había
prevenido Rosa Luxemburg–, la Revolución rusa lo hace pagando el precio
de centralizar cada vez más las decisiones y sacrificar el libre flujo de la
creatividad revolucionaria del pueblo[85]. Así, la energía revolucionaria
queda nuevamente subsumida de manera real a la lógica de la acumulación
ampliada del capital. Mas si no se hace nada; si no se entregan todas las
energías sociales, todas las capacidades humanas y toda la creatividad
comunitaria para alcanzar, consolidar y expandir la revolución, la
acumulación del capital se consagra rápidamente arrastrando tras de sí el
sufrimiento de millones de personas y no solo eso, sino que –lo peor– lo hace
bajo la mirada contemplativa y cómplice de los desertores sociales que
continuarán engolosinados con sus ociosas especulaciones acerca de una
«verdadera revolución mundial», cuya eficacia irradiadora apenas alcanzará
para remover la taza de café que tienen en frente.
Uno desearía hacer muchas cosas en la vida, pero la vida nos habilita
simplemente a hacer algunas. Uno desearía que la revolución fuera lo más
diáfana, pura, heroica, planetaria y exitosa posible –y está muy bien trabajar
por ello–, pero la historia real nos presenta revoluciones más complicadas,
enrevesadas y riesgosas. Uno no puede adecuar la realidad a las ilusiones,
sino todo lo contrario; debe adecuar las ilusiones y las esperanzas a la
realidad, a fin de acercarla lo más posible a ellas, abollando y enriqueciendo
esas ilusiones a partir de lo que la vida real nos brinda y enseña.
Por tanto, a este periodo histórico de inevitables y esporádicos estallidos
sociales revolucionarios, capaces de plantearse, de una u otra manera, la
superación de alguna o de todas las injusticias engendradas por el
capitalismo; a estos momentos históricos que despiertan, en la acción de la
sociedad trabajadora, formas de participación política llamadas a absorber las
funciones monopólicas del Estado en el seno de la sociedad civil; que
producen iniciativas capaces de suprimir la lógica del valor de cambio como
modo de acceso a las riquezas materiales; a todo ello hay que asignarle un
nombre, uno que no es propiamente el de comunismo, ya que hablamos de
islas o de archipiélagos sociales que dan paso a un nuevo orden económico
social planetario, como objetivamente tendrá que ser el comunismo. Se trata
de luchas fragmentadas, de revoluciones nacionales o regionales en curso,
que buscan apuntalarlo, pero que aún no son el comunismo. Es la fluidez
social que «brota de la propia sociedad capitalista», que contiene dentro de sí
al propio capitalismo, pero también a las luchas económicas y políticas que lo
niegan de manera práctica, a escala local, nacional o regional. A esta
«primera fase» –según Marx– que no es capitalismo ni comunismo en pleno,
sino la lucha abierta y descarnada entre capitalismo y comunismo, se le puede
dar un nombre provisorio aunque necesariamente distinguible: socialismo,
socialismo comunitario, etcétera.
No obstante, ¿cómo distinguir las revoluciones, los levantamientos y las
revueltas que impugnan el capitalismo de aquellas que buscan reformarlo? La
frontera entre unas y otras es en realidad inexistente. La revolución soviética
demostró que la lucha contra el capitalismo se inició como una lucha por
reformas. Las consignas movilizadoras de «pan, paz, libertad»[86] no
hablaban de comunismo ni de socialismo. En mayo de 1917, cuando el
comandante en jefe del Ejército ruso, Brusilov, visitó la División de soldados
que habían expulsado a los oficiales, les preguntó qué querían: «“Tierra y
libertad”, gritaron todos. “¿Y qué más?” La respuesta fue simple: “¡¡¡Nada
más!!!”»[87]. Incluso la consigna de «todo el poder a los soviets» fue una
consigna democrática. Lo que pasa es que la población nunca pelea ni se
moviliza por abstracciones. Desde hace siglos atrás hasta el día de hoy, la
población se reúne, debate, entrega su tiempo, esfuerzo y compromiso, se
moviliza, lucha, etc., por cosas prácticas que le afectan, que requiere o que le
indignan: el pan, el trabajo, las necesidades básicas, el abuso, la represión, el
reconocimiento, la participación, etc.; todas ellas necesidades de carácter
democrático. Pero es justamente en la conquista de estas necesidades o
modos de acción colectiva, que la propia población no solo se decanta en
sujetos movilizados –proletarios, campesinos, plebeyos, multitud, pueblo,
etc.–, sino que además construye, sobre la marcha, los medios para hacerlo –
asambleas, consejos, soviets, comunas–. Y, a partir de esa experiencia, se va
proponiendo, en una cadena de condicionantes gradualmente más radicales,
nuevas medidas que modifican la naturaleza social del levantamiento popular
hasta plantearse temas como el poder de Estado, la propiedad de la riqueza,
los modos de gestionar esas riquezas. Esta potencialidad creativa de la acción
colectiva es la que se encuentra simbolizada en la frase: «toda huelga oculta
la hidra de la revolución»[88]. Pero eso no significa que de cada huelga se
pueda pasar inmediatamente a la revolución –el mismo Lenin nos previene
contra esa fraseología[89]–, sino que, bajo ciertas circunstancias de
condensación excepcional de contradicciones, los grandes objetivos y las
grandes luchas de clases surgen de pequeñas y relativamente simples
demandas colectivas.
A mediados de junio de 1917 –comenta Figes–, solo en Petrogrado más de
medio millón de trabajadores se declararon en huelga:
La mayoría de las demandas de los huelguistas eran económicas. Querían salarios más altos para
resistir la inflación y suministro de alimentos más fiables. Querían mejores condiciones de trabajo
[…]. No obstante, en el contexto de 1917, cuando toda la estructura del Estado y el capitalismo
estaba siendo redefinida, las demandas económicas eran inevitablemente politizadas. El círculo
vicioso de huelga e inflación, de salarios más altos persiguiendo precios más altos, llevó a muchos
trabajadores a exigir que el Estado controlara más el mercado. La lucha de los trabajadores para
conseguir controlar su propio ambiente laboral, sobre todo para evitar que sus patronos hundieran
la producción para mantener sus beneficios, los llevó a exigir cada vez más que el Estado se
encargara de la dirección de las fábricas[90].
Los viejos conceptos leninistas de contenido de clase («fuerzas sociales» de
la revolución), organización de clase («condición subjetiva») y objetivos de
clase («contenido económico-social» o «condición objetiva»)[91], describirán
la naturaleza social de la revolución soviética que, por cierto, no está definida
de antemano y se va haciendo y rehaciendo en el mismo transcurso de la
acción. Eso quiere decir que ninguna revolución tiene un contenido
predeterminado, sino que ese contenido emerge, se devela y se transforma
con el propio despliegue en acto de las fuerzas sociales antagonizadas, pues
su naturaleza no solo depende de los sujetos populares constituidos, sino de
las acciones de las propias clases dominantes cuestionadas[92]. Todo el
debate entre bolcheviques y mencheviques acerca del carácter de la
revolución de 1905; las complicadas construcciones teóricas sobre la
«revolución burguesa» dirigida por el proletariado; la «dictadura
revolucionaria democrática del proletariado y del campesinado» que no
completa la revolución democrática en el agro[93]; la «revolución proletaria»
que entrega el poder a la burguesía[94]; la primera etapa de la revolución
proletaria[95]; la revolución proletaria que da «pasos hacia el
socialismo»[96] o la imposibilidad de conquistar la República y la
democracia «sin marchar hacia el socialismo»[97]; hablan de la complejidad
de la Revolución de Octubre y de todas las revoluciones que, en realidad, son
relaciones sociales en estado ígneo y fluido, por lo que es imposible
establecer el momento en que un contenido de clase se consolida de manera
sólida. La revolución como licuefacción de relaciones sociales entremezcla,
sobrepone, enfrenta, articula y suma de manera simultánea a clases sociales,
objetivas y estructuradas, y solo la voluntad organizada de uno de los bloques
sociales puede sobreponer determinados intereses colectivos sobre otros,
destacando unos contenidos sociales de la revolución sobre otros. Al final,
fruto de la cualidad de las estructuras de movilización (los soviets), de las
frustraciones que producen las decisiones del gobierno provisional frente a
las masas trabajadoras, y de todo el trabajo por modificar la mentalidad
dominante, la relación entre revolución democrática y revolución socialista
consiste en que
… la primera se transforma en la segunda. La segunda resuelve al pasar los problemas de la
primera, la segunda consolida la obra de la primera. La lucha, y solo la lucha, determina hasta qué
punto la segunda logra rebasar a la primera[98].
En medio de este «caos creador», uno no puede actuar a ciegas o por
capricho teórico conceptual para definir la cualidad de la revolución en
marcha. Existen referentes universales que van develando la naturaleza social
del proceso revolucionario en curso. Modo de constitución de sujetos
políticos, modo de organización de la acción colectiva y modo de proyección
de la comunidad actuante, establecen, en el primer caso, el contenido de clase
o la manera de fusión de las clases plebeyas como sujetos políticos actuantes;
en el segundo caso, la manera de participar y democratizar decisiones para la
acción colectiva; y, en el tercer caso, las metas y objetivos que la plebe en
acción se va planteando, a partir de su propia experiencia de lucha, para
lograr lo que considera un derecho, una necesidad o un desagravio moral. A
partir de ello, existen posibilidades de rebelión contra el capitalismo si los
sujetos constituidos como bloque movilizado son los trabajadores, los
productores de riqueza material e inmaterial, los pobres, las comunidades
campesinas y, en general, la plebe subsumida por la acumulación ampliada
del capital. En la medida en que el «trabajo vivo», en sus infinitas
modalidades, es el que se constituye en sujeto político, existe un potencial
anticapitalista en marcha.
Igualmente, existen posibilidades de una revolución social en marcha si los
modos organizativos de la plebe en acción superan la cáscara fosilizada de la
democracia representativa e inventan nuevas y más extendidas maneras de
participación plena de las personas en la toma de decisiones sobre los asuntos
comunes. Existen tendencias socialistas si la revolución genera mecanismos
que incrementan por oleadas y exponencialmente la participación de la
sociedad en el debate, en las decisiones que le afectan; y, más aún, si estas
decisiones que toman, las toman pensando en el beneficio colectivo,
universal de toda la sociedad y no solamente en el rédito individual o
corporativo. Finalmente, existe un anticapitalismo en acción si las decisiones
tomadas en el ámbito de la base material de la sociedad y de la economía
buscan abrir resquicios a la lógica del «valor de cambio» como orden
planetario e introducen, con medidas prácticas –una y otra vez, avanzando,
fracasando y volviendo a avanzar–, al «valor de uso» como modo de
relacionamiento de las personas con las cosas (las riquezas) y de las personas
con las personas a través de las cosas.
Clase, grupo en fusión[99] y valor de uso constituyen por tanto los clivajes
estructurales que abren las oportunidades históricas de una nueva sociedad.
El socialismo no es la estatización de los medios de producción
En este dramático aprendizaje del socialismo, no como modo de producción
ni como régimen, sino como un contradictorio y condensado campo de luchas
en el que el Estado revolucionario desempeña un papel rector, mas no
decisivo en todo el movimiento, la revolución soviética es excepcional.
Tras la insurrección de octubre, lo primero que hacen los bolcheviques al
momento de tomar el poder de Estado es nacionalizar las tierras de los
grandes terratenientes, disolver las grandes haciendas para distribuirlas en
pequeñas parcelas campesinas[100], nacionalizar algunas industrias,
establecer el monopolio estatal del cereal y nacionalizar los bancos[101]. Es
el cumplimiento de las medidas que habían sido anunciadas por los
bolcheviques y debatidas en los soviets. Con ello, se democratiza el acceso a
los medios de producción en el campo, en tanto que, en el ámbito de la
industria y la banca, se centraliza estatalmente la propiedad y la gestión.
Lenin estaba consciente de que, si bien la estatización no representaba
directamente la socialización de la producción que, en todo caso, requería de
una articulación social con las otras empresas del país y el control directo de
esta forma de articulación[102] por parte de los trabajadores, sí constituía un
medio de expropiación de parte del poder económico de la burguesía y de su
concentración en la administración del Estado.
En 1918, en medio del acoso por la guerra civil, del asedio de los ejércitos
extranjeros, del sabotaje económico de la burguesía, pero también con la
convicción de que, de esta manera, se profundizaban las medidas
socialistas[103], se asume lo que fue denominado como el «comunismo de
guerra». Según Trotsky,
… (el comunismo de guerra) en su concepto original perseguía fines más amplios. El gobierno
soviético confiaba, se esforzaba por transformar directamente estos métodos de reglamentación en
un sistema de economía planificada de distribución y de producción. Dicho de otro modo, a partir
del (comunismo de guerra), confiaba cada vez más, aunque sin echar abajo el sistema, en implantar
un comunismo verdadero[104].
Para garantizar la alimentación en las ciudades bajo un sistema de control
estatal, todos los excedentes agropecuarios que quedaban una vez descontado
lo indispensable para la familia campesina, son requisados para su
distribución planificada. Y al requisarse los excedentes, no queda nada para
comercializar, con lo que simultáneamente se suprime el comercio agrícola;
los mercados rurales son prohibidos; se suprime el dinero como modo de
intercambio y se implanta el trueque regulado por el Estado[105].
Previniendo la resistencia campesina a esta expropiación y, con la perspectiva
de impulsar el trabajo asociado, se promueve, desde el Estado, la creación de
granjas colectivas en tierras asignadas por este. En el ámbito industrial-
urbano, se militarizan los sindicatos a fin de garantizar una férrea disciplina
laboral obrera frente al asedio externo; paralelamente, se suprime la compra y
venta de productos entre empresas del Estado; y el intercambio de insumos es
definido por la administración de gobierno. Al mismo tiempo, se impulsa la
toma de pequeñas empresas por parte de los obreros en los distintos
municipios y se define el salario de manera plana para todas las
personas[106]. Y, en lo que será un ataque directo a la propiedad privada, se
ilegaliza la herencia de bienes[107]. En los hechos, de la expropiación de la
propiedad de las tierras y las empresas por parte del Estado, se transita hacia
intentos por suprimir parcialmente el mercado e incluso el dinero como
medio de intercambio entre productores y empresas. Hablamos de una
medida impuesta desde el Estado, que aparece no solo como el gran
propietario sino como el medio de intercambio y de circulación de los
productos. Analicemos esto más de cerca a fin de develar la fuerza y el límite
de una medida tan audaz.
Claramente, esta decisión representa un esfuerzo por sustituir la ley del
valor y el tiempo de trabajo abstracto (valor de cambio) como medida y
medio del acceso a otros productos del trabajo considerados útiles para otras
personas (valor de uso); sin embargo, no constituye una superación
económica del valor de cambio –tal como Marx la imaginó[108]–, sino una
coacción extraeconómica que es utilizada para buscar anularlo. Tampoco se
trata del Estado actuando como sujeto de decisiones generales y universales,
sino de algunos funcionarios públicos definiendo, a cada momento y de
manera personal, el modo de supresión de la lógica del valor de cambio por
una manera subjetiva de entender el «valor de uso». Claro, al momento de
«medir» lo que una empresa «X» debía entregar a otra empresa «Y» por el
acceso a sus respectivos productos, el cálculo y criterio subjetivo del
funcionario estatal determina la magnitud del valor de uso intercambiado. Por
tanto, esta preponderancia del valor de uso sobre el valor de cambio no
funciona como una regla universal aplicada bajo criterios universales, sino
como una norma universal aplicada bajo criterios personales. Es decir, el
valor de uso es aquí básicamente una voluntad subjetiva y no una relación
social general. Entonces, el valor de uso se sobrepone al valor de cambio en
el cálculo de medida de la riqueza intercambiable, como resultado de una
decisión, de un poder personalizado, esto es, como un modo de privatización
no de la propiedad sino de la gestión del modo de intercambio de riquezas.
Por consiguiente, la «superación» de la ley del valor en realidad representa
una coacción gradualmente privada, privatizada en las decisiones de esa
«parte» de la sociedad que se encuentra en las funciones de administración
estatal. Y si bien estas decisiones personales delegadas por el poder del
Estado no incrementarán la riqueza personal del decisor (valor de cambio que
incrementa valor de cambio de su poseedor) y se ejecutarán con el objetivo
de buscar el bienestar general de la sociedad, sí aumentarán el poder político
acumulado por el decisor y por ese grupo («parte») de administradores
estatales. En términos bourdianos[109], nos encontramos frente a una
reconversión del «capital económico» hacia una forma de «capital político»
acaparado por la burocracia estatal y no ante la supresión ni la superación de
la ley del valor, que es el núcleo del capitalismo moderno. En el fondo, esto
es lo que se encuentra en juego en las distintas modalidades de capitalismo de
Estado, con la diferencia de que, en unos casos, se busca regular estatalmente
la reproducción ampliada del capital privado para reducir los costos sociales
de la anarquía del mercado capitalista; mientras que, en otros, como en el
caso de la Rusia soviética, se trata del tránsito necesario para expropiar
rápidamente el poder económico («capital económico») a la burguesía y
reconvertirlo en «capital político» e, inmediata y gradualmente, buscar
democratizarlo o devaluarlo crecientemente de manera que finalmente deje
de ser un «capital político» acumulable.
Todo el debate y los giros conceptuales leninistas respecto al «capitalismo
de Estado» y su relación con el «socialismo»[110] se resumen en la
complejidad política de esta reconversión forzosa de poder económico
(capital económico) de las clases propietarias –incluida la campesina–, en
poder político de los administradores del Estado (capital político) y la
búsqueda de vías y, sobre todo, de alianzas necesarias para lograr la extinción
de ese capital acaparable y reintegrarlo a la sociedad como una más de las
funciones de administración ejecutable por todos. En términos leninistas: «el
socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado puesto al
servicio de todo el pueblo y que, por ello, ha dejado de ser monopolio
capitalista»[111]. Pero esta ruta de gran expropiación y centralización de la
propiedad y la contabilidad económica, que debiera dar lugar luego a su
disolución en la sociedad, tiene el efecto de unir al proletariado y al Estado
frente a los capitalistas, y también frente a los campesinos, que son
propietarios y utilizan el mercado para realizar su excedente. Por tanto,
enfrenta a «la pequeña burguesía más el capitalismo privado, que luchan
tanto contra el capitalismo de Estado como contra el socialismo»[112].
A tres años de este recorrido, la revolución soviética genera como resultado
una creciente fractura entre obreros y campesinos y un desastre económico
que lleva a que la industria pesada caiga al 20 por 100 de la producción de
1913; que el 75 por 100 de las locomotoras no funcionen; que el mercado
negro se imponga sobre la prohibición del comercio; y que las ciudades más
grandes pierdan el 50 por 100 de sus habitantes[113]. En menos de tres años,
la inflación llega al 10.000 por 100, el Producto Interno Bruto de 1920
alcanza apenas al 40 por 100 de su nivel en 1913; la producción industrial cae
al 18 por 100 y la productividad al 23 por 100, en tanto que la producción
agrícola llega al 60 por 100 en el mismo periodo[114]. Petrogrado pierde dos
terceras partes de sus habitantes, que prefieren ir al campo en busca de
fuentes de alimentos[115]. Pero lo peor de todo es que, a pesar de toda la
radicalización de medidas en contra del mercado, del uso del dinero y del
valor de cambio como medida de la riqueza, las relaciones capitalistas en
realidad no habían sido alteradas. De ahí que Lenin, al evaluar los resultados
del llamado «comunismo de guerra» (que buscaba acelerar la construcción de
relaciones socialistas en la economía), admite el fracaso de ese intento y la
inevitabilidad de permanecer «en el terreno de las relaciones capitalistas
existentes»[116]. Adelantándose a Gramsci en la utilización de categorías de
estrategia militar –«guerra de posiciones» y «guerra de movimientos»– al
ámbito de la lucha social, sostiene que se había cometido el error de querer
emprender el paso inmediato a la producción y distribución comunistas:
En la primavera de 1921 se hizo evidente que habíamos sufrido una derrota en nuestro intento de
implantar los principios socialistas de producción y distribución mediante el «asalto directo»… La
situación política… nos mostró que… era inevitable… pasar de la táctica del «asalto directo» al
«asedio»[117].
Pero, ¿qué supuso ese «asalto directo»? Las expropiaciones estatales de las
grandes empresas industriales, de los excedentes de la producción agrícola; la
supresión del mercado por coacción estatal; el pago salarial nivelado por
decreto a todos por igual. «Suponíamos que al introducir la producción
estatal y la distribución estatal, habíamos creado un sistema económico de
producción y distribución diferente al anterior»[118], pero fracasamos –
sostendrá Lenin–; al final, el resultado fueron nuevas «relaciones
capitalistas». En 1921, la autocrítica leninista será lapidaria pero exacta al
momento de anular estas medidas: pese a todas las estatizaciones, la
supresión del dinero y los mercados, el capitalismo se mantiene y «la verdad
es que la expresión de Unión de Repúblicas Socialistas significa la voluntad
de poder soviético de realizar el tránsito al socialismo, y de ningún modo que
las nuevas formas económicas puedan ser consideradas socialistas»[119].
Esta reflexión leninista es decisiva a la hora de evaluar el imaginario
programático de la izquierda de los últimos cien años. Hasta 1921, para los
izquierdistas –y probablemente para Lenin–, la estatización de los medios de
producción era la principal medida que separaba al capitalismo del
socialismo. De ahí que no existiera programa, para ningún partido político
socialista o comunista, que no pusiera, como máxima tarea a instaurar, la
estatización de la industria, la banca, el comercio exterior, etc. Sin embargo,
la argumentación de Lenin a partir de la experiencia de la revolución en
marcha es que no importa cuánta estatización se pueda hacer, ello no implica
un nuevo «sistema de producción y distribución diferente»; más aún, esas
estatizaciones se siguen desenvolviendo al interior de las «relaciones
capitalistas existentes».
Claro, la estatización concentra y monopoliza la propiedad de fábricas,
dinero y bienes materiales de las clases poseedoras. Al estatizar esos
recursos, el Estado les quita la base material a las anteriores clases
propietarias, que no solo pierden recursos, dinero y ahorros, sino que además
pierden poder de decisión, de influencia social y probablemente poder
político. Esto debilita a la antigua burguesía como clase y extingue su
condición demográfica, estadística[120]. Políticamente, es una medida que
socava el poder de las burguesías gobernantes y abre un espacio de acción de
las clases insurrectas para consolidar su poder y sus iniciativas históricas.
Pese a todo ello, la contabilización del tiempo de trabajo abstracto sigue
regulando el intercambio de las mercancías en el mercado interno y externo,
vía exportaciones e importaciones de insumos, maquinaria, etcétera.
El gerente y administrador de la fábrica puede ser desalojado y los
trabajadores asumir en asamblea la toma de decisiones sobre la producción –
ciertamente, un gran paso revolucionario en la conciencia proletaria porque
derrumba en el imaginario de los obreros la creencia de que el dueño y
gerente son los únicos que «saben» cómo realizar la actividad productiva–,
pero luego hay que comercializar los productos para acceder a materia prima,
pagar las deudas y garantizar el salario de los obreros que se alimentan y
consumen de lo que se produce en otras fábricas y en la agricultura. Eso
obliga a volver a la medida del valor de cambio, al tiempo de trabajo
abstracto capitalista como medida de cambio de los productos entre las
fábricas, con los proveedores y con los propios trabajadores que han tomado
el poder en el centro de trabajo. Se puede expropiar los bancos para quitarles
la propiedad y el poder a los banqueros, pero el dinero continuará siendo el
equivalente general del tiempo de trabajo abstracto que guía los
comportamientos y pensamientos de las personas en su vida diaria, en sus
transacciones, en sus cálculos económicos familiares.
Si bien la intervención del poder de Estado, sobre la base de la coerción,
puede reemplazar el tiempo de trabajo abstracto (el dinero) para el
intercambio de productos de una fábrica con otra sin que pasen por el
mercado; puede regular, sobre la base de criterios de necesidades, el
intercambio entre productos industriales y agrícolas; puede sustituir el salario
por una asignación de insumos para el consumo familiar; con todo eso,
simplemente se produce una suspensión aparente de la ley del valor, de la
lógica fundante del capitalismo. Los administradores estatales, apoyados en
el monopolio de la coerción, legitiman y sustituyen aquí la función del
dinero, del mercado y del valor de cambio. Sin embargo, se trata de una
suspensión y supresión aparente de la ley del valor y del mercado. Aparente,
porque en su lugar no se tiene una nueva relación económica que la sustituya,
sino una coacción extraeconómica que la impide. Además, al tratarse de una
relación política que sustituye a la relación económica, su límite radica en
que solo se ejecuta al interior del país que la asume y no en su relación con el
resto de países que siguen regulando sus intercambios y su producción según
la ley del valor de cambio. E incluso al interior del país en cuestión, la
relación política solo es efectiva allá donde llega el poder político, vía
funcionarios, y donde ellos no hayan sido expulsados y asesinados por los
campesinos sublevados[121].
Mas, como la burocracia estatal no puede estar presente en cada uno de los
poros de la sociedad o en cada actividad social, la lógica económica de las
cosas, tatuada en el cerebro de las personas, en sus hábitos y cálculos
económicos personales y familiares, brota por todos lados, convirtiendo los
microespacios públicos y legales en los que el Estado impone su criterio, en
simples archipiélagos asediados por un mar de relaciones económicas reales
clandestinas. Así, surge el mercado negro[122] en las comunidades rurales y
los barrios, no solo para la venta de productos agrícolas, sino también de
insumos industriales para los pobladores[123]; emergen los privilegios de
acceso a mayores bienes de consumo para las personas cercanas a las
estructuras estatales[124]: según Pipes, de las 21 millones de cartillas de
racionamiento de las ciudades, solo 12 correspondían a la población
realmente existente[125], mientras que el resto (9 millones) quedaba en
manos de la burocracia, además de que gran parte de los productos
comercializados en el mercado negro eran los que el Estado entregaba
gratuitamente a las personas[126]. Retorna el trueque como medida informal,
generalizada y clandestina de la ley del valor de cambio; surge la doble
contabilidad industrial, una para conocimiento de la administración del
Estado, otra para establecer la sostenibilidad real de las empresas. Y si a ello
le sumamos el hecho de que todos los intercambios de productos con otros
países (materias primas, tecnología, maquinarias, repuestos, productos
elaborados, ropa, alimentos, etc.), cada vez más intensos por la propia
mundialización de la producción, el conocimiento y la tecnología, se tienen
que hacer con dinero, bajo las reglas del mercado y el imperio de la ley del
valor de cambio, una fuerza económica extranacional entra en acción para
presionar cada segundo sobre las actividades de las familias y empresas
puestas bajo control revolucionario. Surge el tráfico de productos de las
economías familiares y de las propias industrias estatales, más una especie de
esquizofrenia social: la lógica del valor de uso en las actividades reguladas y
controladas por el Estado; la lógica del valor de cambio en las actividades
subterráneas y cotidianas, de intercambios internos y externos. Lenin se
refiere a esto cuando habla del fracaso de la implementación del comunismo
de guerra:
Suponíamos que al introducir la producción estatal y la distribución estatal, habíamos creado un
sistema económico de producción y distribución diferente del anterior… Dijimos esto en marzo y
abril de 1918, pero no nos preguntamos sobre los vínculos de nuestra economía con el mercado y
el comercio[127].
En síntesis, por la fuerza histórica de su existencia previa y de su existencia
externa mundial en medio de la cual se desarrollan intercambios obligatorios
y necesarios, la lógica económica automática del trabajo abstracto se impone
sobre la coerción política. Y, a la larga, la suspensión del capitalismo se
devela como aparente al no contarse con una nueva relación económica que
lo sustituya, sino simplemente con una voluntad política impuesta, tanto más
débil cuanta más coacción requiera; tanto más inútil cuanta más vigilancia
burocrática necesite[128]; tanto más injusta cuantos más privilegios de una
pequeña elite política admita. Si a ello le sumamos el hecho de que la
condiciones de vida primordiales que se regulan estatalmente son inferiores a
las establecidas por el viejo régimen, toda la fuerza del pasado se abalanza
sobre la memoria de los ciudadanos en busca de reconstruir las viejas lógicas
económicas del mercado, el salario y la acumulación en los hábitos
cotidianos. Ciertamente, el socialismo jamás podrá ser la socialización o la
democratización de la pobreza, porque fundamentalmente es la creciente
socialización de la riqueza material.
Internamente vista, la coerción estatal extraeconómica tampoco implanta un
sistema universalizable. Los intercambios entre empresas que sustituyen al
mercado dependen de las apreciaciones personales de los funcionarios que
definen, a partir de criterios subjetivos, lo que debe recibir una empresa a
cambio de la entrega de determinado producto. Igualmente, las requisas a los
excedentes agrícolas se imponen suponiendo condiciones de consumo
promedio; en tanto que la sustitución del salario por una asignación de bienes
de consumo familiar promedio presupone un nivel de condiciones de vida
que nada tiene que ver ni con el desempeño laboral (trabajo manual, trabajo
intelectual, trabajo intensivo, condiciones insalubres, etc.) ni con un nivel de
necesidades socialmente acordado. Al asumir la responsabilidad de decidir la
cantidad «necesaria» de los intercambios a fin de sustituir el dinero y el valor
de cambio, el Estado no solo se ve arrastrado a cometer un sinnúmero de
abusos y extorsiones, e incluso a confiscar las propias condiciones mínimas
de subsistencia de obreros y campesinos[129], sino que, además, hace recaer
en un grupo de personas, en una «parte» de la sociedad (los administradores
del Estado), lo que le corresponde a toda ella; con lo que esa «parte»
decisional deviene en un cuerpo privado sobrepuesto al cuerpo general. Así,
la sustitución del dinero y del mercado que, supuestamente, debería suprimir
el poder de unos pocos (los poseedores de capital económico) por el poder de
toda la sociedad, únicamente reinscribe el poder de otros pocos (los
poseedores de capital político) por sobre toda la sociedad. Con ello –y de
mantenerse esa división de funciones por mucho tiempo–, la lógica política
del capitalismo simplemente se vuelve a reinstalar pero ya no en términos de
propiedad sobre los medios de producción y poder económico concentrado,
sino de administración monopólica de los medios de producción y poder
político concentrado. En términos marxistas, cuando el Estado actúa como
«terrateniente soberano» –también podríamos decir como «empresario
soberano»–,
la
expropiación
del
«trabajo
excedente»
por
vías
extraeconómicas implica algún tipo de servidumbre y de «pérdida de la
libertad personal»[130]. Todo el debate sobre la «militarización del trabajo»
y «el trabajo obligatorio», en los hechos, reedita, bajo ropaje marxistoide,
esta tendencia al renacimiento de relaciones serviles[131].
A contracorriente de lo que la izquierda mundial creyó durante todo el siglo
XX, la estatización de los grandes medios de producción, de la banca y del
comercio, no instaura un nuevo modo de producción ni instituye una nueva
lógica económica –mucho menos el socialismo–, porque no es la
socialización de la producción. Esto requiere otro tipo de relaciones
económicas en la producción y de relaciones sociales en el intercambio, muy
distintas a la sola intromisión o presencia estatal. En otras palabras, uno de
los fetiches de la izquierda fallida del siglo XX: «la propiedad del Estado es
sinónimo de socialismo», es un error y una impostura. Incluso hoy se tiene un
izquierdismo deslactosado que, desde la cómoda cafetería en la que planifica
terribles revoluciones al interior de la espuma del capuchino, le reclama a los
gobiernos progresistas más estatizaciones para instaurar el socialismo
inmediatamente.
En los hechos, la revolución soviética demostró que esa postura radical es
solo una ilusión. Las estatizaciones derrumban el poder de la burguesía, sí,
pero en el marco del dominio de las relaciones capitalistas de producción. Las
estatizaciones crean condiciones para una mayor capacidad política de las
iniciativas de las fuerzas revolucionarias, sí, pero mantienen inalterable la
lógica del valor de cambio en los intercambios y el comercio de productos del
trabajo social. No importa cuántos decretos se emitan combinando las
palabras estatización y socialismo. Solo una política precisa de alianzas entre
las clases plebeyas para gestionar a escala nacional los asuntos comunes de
toda la sociedad; solo un impulso hacia nuevas formas asociativas voluntarias
de los trabajadores en los propios centros de producción y su creciente
articulación con otros centros de producción; solo una constante
democratización de las estructuras estatales que apoyen esos procesos
comunitarios; solo una estabilidad económica que garantice las condiciones
básicas de vida, pero ante todo tiempo para estos aprendizajes colectivos;
solo una irradiación de la revolución a otros países, pueden crear las
condiciones de una nueva sociedad. Más todavía, el socialismo es ese proceso
de luchas, alianzas y aprendizajes contradictorios.
En la Rusia revolucionaria, la estatización, no como sinónimo de
construcción del socialismo, sino como un medio flexible y temporal para
crear las condiciones que ayuden a las iniciativas de la sociedad trabajadora,
emerge de los debates y las acciones que sustituyen el fracaso del
«comunismo de guerra» y la implementación de la llamada Nueva Política
Económica (NEP), obligando, según Lenin, a «reconocer… un cambio
radical en toda… nuestra visión del socialismo»[132].
La base material de la continuidad revolucionaria: la economía
La NEP desmonta los mecanismos de la socialización aparente que
introduce el «comunismo de guerra» –que, al final, no tiene nada de
comunismo–; aplaca el sobredimensionamiento que se le había otorgado al
Estado revolucionario como constructor decisivo del socialismo; y restituye
la economía y las relaciones económicas (empezando por el bienestar de la
población) como el escenario decisivo donde, una vez conquistado el poder
político, se concentran las luchas fundamentales para la construcción del
socialismo[133].
Ya en 1918 se modifica el sistema salarial diferenciando el salario de los
especialistas
«según
escalas
que
corresponden
a
relaciones
empresariales»[134]. En los hechos, la práctica demuestra que las funciones
administrativas y técnicas en las fábricas e instituciones estatales requieren de
un conocimiento especializado, y que aquellos que poseen esos
conocimientos imprescindibles para poner en marcha la industria no
pertenecen a las clases laboriosas ni están dispuestos a trabajar por la escasa
remuneración ofrecida por el Estado, de manera general para todos,
especialistas y no especialistas. La parálisis de los centros productivos obliga
a los bolcheviques a modificar su escala salarial única y a pagar salarios
mucho más elevados a los expertos, para garantizar el funcionamiento de la
producción. Con ello, queda claro que el ideal comunista de nivelación de
ingresos no puede imponerse ni hacerse de manera inmediata, y mucho
menos como nivelación hacia abajo.
La reintroducción de escalas diferenciadas en la remuneración salarial es la
primera «abolladura» conceptual que los bolcheviques tienen que asumir para
garantizar la continuidad de la producción material y, con ello, la continuidad
del proceso revolucionario capaz de modificar a la larga esa producción
material. Y es que, a excepción de las clases propietarias de los grandes
medios de producción que deben ser expropiadas para diluir su poder
económico-político, la revolución se juega su hegemonía solo si es capaz de
mejorar –no de empeorar– las condiciones de vida de las clases laboriosas. La
regla básica del marxismo de que la base material influye en las otras esferas
de la sociedad, no siempre es tomada en cuenta por los revolucionarios, que
pueden llegar a sobredimensionar la voluntad y la acción política como
motores de cambio. Si bien estos últimos son factores dinámicos que
construyen identidad colectiva, conducen acciones, articulan y potencian
esperanzas; emergen aleatoriamente de una base material, abren un abanico
de opciones de cambio y son eficientes en la medida en que
permanentemente retroalimenten cambios en esa base material. Sin base
material, no existen potencialidades revolucionarias que espolear y, por tanto,
devienen en impotencia discursiva.
La NEP derrumba buena parte de las ilusas concepciones preconstituidas
acerca de la construcción del socialismo, ayuda a precisar lo que el
socialismo es en realidad y fija con claridad las prioridades que una
revolución en marcha debe resolver.
Desde 1921, la confiscación de granos de las familias campesinas es
sustituida por el impuesto en especie, liberando la producción excedentaria
para el comercio agrícola[135]. Y las granjas colectivas (sovjovi) creadas
durante los primeros años de la revolución, se comienzan a arrendar a
personas privadas que debían pagarle una renta al Estado. Se garantiza el
funcionamiento de la antigua comunidad rural (mir) con su distribución
periódica de tierras, pero también la posibilidad, si desea el campesino, de
quedarse con la tierra, arrendarla y contratar jornaleros agrícolas[136]. Para
darle mayor estabilidad al campesino, si bien la tierra le pertenece al Estado,
el derecho a usufructuarla se le garantiza por tiempo indefinido, al igual que
el derecho a disponer de los excedentes de sus productos en el mercado
libre[137].
Complementariamente, para apoyar a la economía campesina, se toman
medidas que impulsan el restablecimiento de las pequeñas industrias privadas
vinculadas al abastecimiento de sus insumos[138]. Las industrias con no más
de veinte trabajadores quedan fuera de las nacionalizaciones y se autoriza el
arrendamiento de pequeñas y medianas empresas del Estado a personas
privadas y cooperativas a fin de sacarlas del estancamiento en las que se
hallan. En cuanto a las grandes industrias estatales, se establece que los
intercambios con otras industrias ya no dependan de la burocracia estatal,
sino que cada una de ellas disponga directamente de sus recursos financieros
y materiales[139]. Para 1923, según E. H. Carr, el 85 por 100 de las
industrias llegan a estar en manos privadas, pero el 84 por 100 de los obreros
industriales se ubican en las grandes empresas estatales[140].
Al suprimirse la remuneración homogénea y la obligatoriedad de cada
empresa estatal de velar por su funcionamiento a partir de sus propios
recursos, se restablecen los principios comerciales en la gestión de las
empresas, lo que lleva a que la remuneración de los trabajadores sea
considerada en los balances generales como salario[141], sometida a la ley
del valor de cambio.
Desde ese momento, cada industria estatal y privada comienza a depender
oficialmente del mercado para la provisión de sus insumos (incluido el
combustible) y la realización de sus productos, lo que les obliga a esforzarse
en sus estructuras de costos y productividad a fin de garantizar su
funcionamiento, ya que el acceso a créditos estatales se encuentra
obligatoriamente subordinado a su cálculo de rentabilidad[142]. Desaparecen
las subvenciones para las empresas estatales y, con ello, también el
estancamiento técnico y productivo que tiende a caracterizar a este tipo de
gestión estatal subvencionada cuando, en vez de una medida temporal
redistributiva, es asumida como un modo de gestión económica permanente.
En 1922, a través de un decreto, se prohíbe todo tipo de reclutamiento
laboral forzoso y se restablecen los procedimientos de contrato y despido
como modos regulares de acceso a fuerza laboral[143]. Ya desde 1921 los
salarios habían sido ligados a la productividad. Se fija un salario mínimo
obligatorio en tanto que los sindicatos vuelven a ser las estructuras
mediadoras entre el trabajador y la gerencia empresarial para establecer las
condiciones de empleo[144]. En 1922, bajo las nuevas relaciones de
contratación, se despiden a cerca del 40 por 100 de los trabajadores en la
industria ferroviaria, en tanto que en la industria textil, la cantidad de obreros
por cada 1.000 telares pasa de ser 30 durante el «comunismo de guerra», a
menos de la mitad, 14. Desde entonces, la filiación sindical es voluntaria; se
suprimen los subsidios estatales a los sindicatos[145], y estos últimos son
retirados del control de la seguridad social que queda a cargo de una instancia
estatal[146].
Al tiempo que se restablecen los mecanismos del comercio privado tanto en
las ciudades como en el campo[147], las restricciones en la disposición de
dinero por parte de las personas particulares son levantadas a la vez que es
eliminado cualquier riesgo de confiscación de los ahorros bancarios en las
cooperativas y bancos municipales que empiezan a surgir. También se crea
un banco estatal como ente regulador de la economía nacional[148] y
numerosas cajas de ahorro estatales[149] para el fomento del ahorro
ciudadano. Complementariamente, se establecen nuevas tasas impositivas
sobre la venta de productos, e incluso sobre los elevados ingresos
salariales[150].
En conjunto, la NEP restablece las formas regulares de la economía de
mercado y de la economía capitalista que, como bien recuerda Lenin, siguen
existiendo pese a la radicalidad de las medidas adoptadas durante el
«comunismo de guerra». La supresión de las requisas y el restablecimiento
del comercio de productos agrícolas reorganiza, sobre nuevas bases, la
relación política entre los obreros de la ciudad y del campo. En una sociedad
con una base campesina mayoritaria o grande, ningún poder estatal –y mucho
menos el que se instaura a nombre de las mayorías sociales populares–, se
puede ejercer coercitivamente en contra de esa mayoría social. A corto plazo,
ello provoca no solo sublevaciones campesinas e incluso obreras contra el
Estado revolucionario[151], sino que es a todas luces un contrasentido pues
se trata de una nueva «minoría», ahora obrera o «revolucionaria», antes
burguesa, imponiéndose por la fuerza sobre la mayoría de la población.
Precisamente esto es lo que comienza a suceder en la Rusia revolucionaria,
fruto de la hambruna generalizada y de los abusos en las requisas de grano en
las zonas rurales. Incluso hay momentos en los que las tropas leales al
gobierno se sublevan en contra de él, y las principales ciudades se llenan de
huelgas y movilizaciones obreras (algunas de las cuales reclaman el regreso
del mercado libre)[152].
Entonces, cualquier posibilidad de disolución del poder de Estado en la
sociedad –que en realidad es el horizonte y la finalidad de cualquier
revolución social– queda convertida en un imposible político, económico y
demográfico. El socialismo, como construcción de nuevas relaciones
económicas, no puede ser una construcción estatal ni una decisión
administrativa; sino, por encima de todo, una obra mayoritaria, creativa y
voluntaria de las propias clases trabajadoras que van tomando en sus manos
la experiencia de nuevas maneras de producir y gestionar la riqueza.
En realidad, la restitución de las relaciones de mercado entre productores y
empresas, en el comercio de productos al detalle, legaliza algo que nunca
había dejado de existir ni en la actividad económica real ni en la cabeza
lógica de las personas. Lo que los funcionarios del gobierno hacían durante
los años de «comunismo de guerra» era como caminar en una noche oscura
con una linterna. Allí donde su luz alcanzaba a alumbrar, el control estatal se
imponía, pero en los alrededores infinitos donde esta luz no llegaba, las
relaciones subrepticias del mercado seguían regulando la realidad económica
de las personas, por lo que la posibilidad de superación de las leyes del
mercado, del valor de cambio, por otras relaciones económicas y no político-
coercitivas efímeras, ni siquiera asomaba en lo más mínimo. Las propias
reflexiones leninistas mencionan que estas solo podían surgir después de un
largo proceso de creación de nuevas formas asociativas de producción y de
revoluciones culturales[153] capaces de hallar un correlato a escala mundial.
Por su parte, la fijación de reglas de rentabilidad en las empresas del Estado
restituye la función óptima de una empresa estatal; quita el poder económico
y político a la burguesía y lo deposita en la sociedad como directamente
beneficiada por la estatización; es decir, permite que la sociedad entera (no el
administrador estatal ni únicamente los trabajadores de la empresa)
usufructúe de la riqueza generada. Sin embargo, existen dos degeneraciones
de la estatización de las empresas. La primera, que consiste en que los
beneficios económicos generados por estas empresas vayan solo a sus
trabajadores vía salarios, bonos, redistribución de ganancias, empleo seguro,
etc. En ese caso, las empresas nacionalizadas cambian de propietario pero, en
el fondo, siguen beneficiando solo a una minúscula «parte» de la sociedad, a
saber, a los trabajadores de esas empresas, que devienen en usufructuarios
privados de una propiedad que debería ser común a toda la sociedad. Esta
modalidad de nacionalización de facto es una forma ambigua de
privatización, que vuelve a anular modos de socialización de los medios de
producción y de la riqueza social. Por lo general, las experiencias de
autogestión obrera aislada se mueven en el umbral de esta modalidad de
privatización corporativa de la riqueza.
Esta degeneración de la nacionalización puede pervertirse aún más en la
medida en que los trabajadores de las empresas estatales no solo se apropien
privadamente de los recursos que generan como empresa pública, sino que
además requieran y absorban los recursos del resto de la sociedad, la riqueza
generada en otros centros de trabajo, a través de subvenciones duraderas del
Estado. En ese caso, la privatización corporativa de la riqueza productiva
deviene también en expropiación privada de riqueza social, que succiona los
recursos a la sociedad para mantener los privilegios de un pequeño sector de
ella.
La segunda degeneración de la nacionalización consiste en que los
administradores de las empresas, los funcionarios públicos encargados de su
gestión, utilicen su posición para sustituir decisiones colectivas obreras por
monopolios administrativos. Se trata de una acumulación de poder político
burocrático que expropia el poder político a los trabajadores. Adicionalmente,
dependiendo de las circunstancias, esa posición de poder puede ser
aprovechada por los funcionarios para acceder a privilegios en cuanto a
remuneraciones, beneficios personales, propiedades, etc. En caso de que estos
poderes y beneficios individuales se vayan institucionalizando y
sedimentando en el tiempo en un mismo grupo estable de funcionarios
públicos, nos encontramos frente a modalidades de formación de una
burguesía dentro del Estado[154].
Una decisión de suma importancia asumida por el gobierno soviético,
aunque poco discutida posteriormente por las izquierdas, es el tema de las
concesiones a las empresas extranjeras en áreas de trabajo del sector
petrolero, minero, maderero, etc.[155]. Lo mencionamos aquí, porque el
debate en torno a este tema logra redondear el profundo significado de lo que
en un principio fue denominado como «retrocesos» de la NEP, pero que en
realidad permite delinear, sobre la marcha de la acción colectiva, un camino
estratégico respecto a la construcción del socialismo moderno.
¿En qué consistían estas concesiones? En la otorgación, al concesionario
extranjero, del derecho a desarrollar determinada actividad económica allá
donde el Estado revolucionario no contaba con recursos para hacerlo por
cuenta propia. El concesionario invertía en tecnología, instalaba la industria,
la infraestructura, caminos, etc., y recibía en pago una parte del producto
obtenido. La otra parte quedaba en manos del Estado, para su utilización,
venta, etc. A fin de garantizarle al concesionario la total compensación por el
riesgo y la recuperación de la tecnología invertida, se le otorgaban plazos de
concesión prolongados y, después de un tiempo mutuamente acordado, esas
inversiones pasaban a poder estatal. La URSS garantizaba «que los bienes del
concesionario, invertidos en la empresa» no iban a ser «sujetos a
nacionalización, confiscación ni requisa»[156].
En ese sentido, las justificaciones eran claras: necesidad de dinero para
realizar compras de tecnología que permitan implementar planes sociales,
como pueda ser la electrificación de toda la población; necesidad de recursos
financieros para crear una infraestructura que integre todo el territorio;
necesidad de tecnología y recursos para levantar la gran industria estatal;
necesidad de conocimientos para fundar nuevas empresas. El Estado
revolucionario no disponía de los recursos financieros ni de la tecnología de
conocimientos requeridas para todo ello; obtenerlos se presentaba no como
una posibilidad de crecimiento, sino fundamentalmente como una obligación
a fin de satisfacer las necesidades básicas del pueblo y, a través de ello,
garantizar la propia continuidad del proceso revolucionario. Tal será la
importancia que se le otorgará a la mejora de las condiciones económicas de
la población, y del país en su conjunto, que Lenin casi sentenciará a los
comunistas a aprender a manejar la economía, porque de lo contrario el poder
soviético no iba a poder existir[157].
De hecho, la caída real del salario de los trabajadores soviéticos a menos
del 10 por 100 respecto a 1913; las largas filas para poder conseguir pan; el
nomadismo de los obreros, que los obliga a ser temporalmente campesinos
para poder complementar la alimentación, y la hambruna generalizada de
esos años, no solo llevan a una creciente separación entre el gobierno
soviético y amplios sectores populares, sino a sublevaciones obreras y
campesinas que ponen en riesgo la continuidad del gobierno bolchevique, que
se ve forzado a establecer la ley marcial en las ciudades que anteriormente
habían sido sus bastiones. El asalto a la fortaleza de Kronstadt[158]
representa el epítome de esta riesgosa modificación de la correlación de
fuerzas al interior del bloque popular, provocada por la crisis económica y la
reducción de la libertad política del «comunismo de guerra».
Entonces, estabilidad económica, crecimiento económico y revolución
mundial se constituyen, en este nuevo punto de la revolución que ya había
tomado el poder político, en los temas centrales donde esta define su destino:
En el mar del pueblo no somos, después de todo, sino una gota en el océano, y solo podremos
dirigir si expresamos con acierto lo que el pueblo piensa. De otro modo el Partido Comunista no
conducirá al proletariado, el proletariado no conducirá a las masas, y toda la maquina se vendrá
abajo. El pueblo, todas las masas trabajadoras, consideran que lo fundamental en este momento es
ayudarlas a salir de las necesidades y el hambre extremas… No pudimos implantar la distribución
comunista directa. Nos faltaban fábricas y la maquinaria necesaria para equiparlas. Por
consiguiente debemos proveer a los campesinos de lo que necesitan por medio del comercio, y
proveerlos tan bien como los capitalistas, pues en caso contrario el pueblo no soportará esa
administración. Esa es la clave de la situación[159].
En su debate en contra del ultraizquierdismo que le reprocha el hacer
demasiadas concesiones a los capitalistas en detrimento de las
expropiaciones, Lenin argumenta que dadas las circunstancias del poder del
Estado en manos de las clases trabajadoras, el ocuparse por mejorar el
desarrollo de la industria y la agricultura, «incluso sin las cooperativas o sin
transformar directamente este capitalismo en capitalismo de Estado»,
contribuirá infinitamente más a la construcción socialista, que el estar
divagando sobre «la pureza del comunismo»[160].
¡Claro! Antes de cualquier revolución, la tarea de los revolucionarios ha de
centrarse en la construcción de ideas con capacidad de resumir las tendencias
sociales y de movilizar las capacidades autoorganizativas de la sociedad. La
lucha por un nuevo sentido común y estructuras organizativas de las clases
laboriosas son las tareas fundamentales en el proceso revolucionario; esto es,
el impulso a convertir la fuerza de movilización autónoma de la sociedad en
poder político capaz de desmontar las estructuras de poder de las antiguas
clases dominantes. Pero una vez pasado ese punto de bifurcación o momento
jacobino, el orden de prioridades cambia: la economía, la mejora de
condiciones de vida de la mayoría de la población laboriosa, y la creación de
condiciones estrictamente económicas de regulación y planificación, ocupan
ahora el puesto de mando para garantizar la continuidad del proceso
revolucionario y del poder político de las clases trabajadoras. Una vez
garantizada esa continuidad, es posible pasar, inmediatamente, a la
construcción de nuevas formas comunitarias de producción y a continuas
revoluciones
culturales,
que
vayan
modificando
los
hábitos
y
comportamientos individuales de la sociedad y refuercen a esas formas
comunitarias; eso hasta el momento en que nuevas experiencias
revolucionarias a nivel mundial permitan crear las condiciones materiales
para la construcción de un comunismo planetario.
La economía y la revolución mundial representan entonces las
preocupaciones post insurreccionales. Refiriéndose nuevamente a las
concesiones, Lenin señala:
Cada concesión será indudablemente un nuevo tipo de guerra –una guerra económica–, la lucha
elevada a otro plano […] [pero] no podemos plantear seriamente la idea de un mejoramiento
inmediato de la situación económica sin aplicar una política de concesiones… debemos estar
preparados para aceptar sacrificios, privaciones e inconvenientes, debemos estar dispuestos a
romper con nuestras costumbres, posiblemente también con nuestras manías, con el único
propósito de llevar a cabo un cambio notable y mejorar la situación económica en las ramas
principales de la industria. Eso hay que lograrlo a toda costa[161].
Y respecto a los peligros que pudiera representar estas concesiones al
capital extranjero, responde:
¿No es peligroso recurrir a los capitalistas? ¿No significa eso un desarrollo del capitalismo? Sí,
significa un desarrollo del capitalismo, pero no es peligroso, porque el poder seguirá en manos de
los obreros y campesinos, y los terratenientes y capitalistas no recuperarán sus propiedades… El
gobierno soviético vigilará que el capitalista arrendatario cumpla el contrato, que el contrato nos
resulte ventajoso, y que, como resultado, mejore la situación de los obreros y campesinos. En tales
condiciones, el desarrollo del capitalismo no es peligroso, y el beneficio para los obreros y
campesinos está en la obtención de una mayor cantidad de productos[162].
El problema fundamental de toda revolución es el poder, escribe Lenin
pocos días antes de la insurrección de octubre[163]. Y esta tesis organizadora
la mantiene y refuerza en el momento del desarrollo económico de la
revolución. Se puede retroceder en la tolerancia de determinadas actividades
económicas secundarias en manos de los sectores empresariales para
garantizar el abastecimiento de insumos para la industria y la pequeña
agricultura. Se puede aceptar la presencia de los capitalistas extranjeros a fin
de obtener el financiamiento y la tecnología necesaria para el país. Se puede
convivir con las relaciones de mercado en tanto se preparan las condiciones
económicas para otras formas de intercambio. Es posible aceptar todo ello,
forzados por las circunstancias del cerco extranjero, del atraso tecnológico
del país, de la necesidad de garantizar condiciones de vida favorables para los
trabajadores. Es posible solo si nos ayuda a mantener el poder político en
manos del bloque de poder revolucionario. Porque en la medida en que le
brinda permanencia y estabilidad al poder revolucionario, se gana tiempo
para crear las circunstancias materiales y culturales que al final harán posible
la continuidad del proceso revolucionario socialista: formas asociativas y
comunitarias de producción que deben brotar de la experiencia voluntaria de
los trabajadores; modos crecientes de democratización de las funciones
públicas; transformación cultural y cognitiva de las clases laboriosas que
superen las estructuras mentales individualistas heredadas del viejo régimen y
que incluso ayuden a restablecer el metabolismo mutuamente vivificante
entre el ser humano y la naturaleza[164].
Entonces, el tiempo se constituye en el bien más preciado que una
revolución necesita para llevar adelante, una y otra vez, el aprendizaje
práctico de las clases laboriosas en el esfuerzo de crear nuevas condiciones de
trabajo comunitario que, por definición, tienen que surgir de las propias
experiencias de los trabajadores y no de las decisiones administrativas del
Estado, por muy revolucionario que este sea. Al fin y al cabo, el comunismo
es una sociedad construida en común por la propia sociedad laboriosa y no un
dictamen administrativo.
El tiempo es necesario para abrir resquicios de comunismo a través de la
actividad práctica de los trabajadores en el ámbito de la producción y el
consumo; para aprender las experiencias de los errores de otras experiencias
colectivas previas y volver a lanzarse con mayor vigor en la construcción de
esta red de trabajo y conducción común de la economía; para transformar las
mentalidades de las personas y hacer surgir nuevos seres humanos portadores
de nuevas aptitudes culturales rumbo al comunismo; para superar la apatía de
las clases plebeyas, que se presenta una vez que se alcanzan los primeros
logros y llega el descenso de las oleadas de la revolución[165]; para
remontar, con una nueva oleada de movilizaciones sociales, los
corporativismos y las desviaciones de una parte de las elites dirigenciales
laborales que buscan usufructuar, individual o sectorialmente, de las
posiciones de poder que ocupan en el nuevo Estado; en fin, para esperar el
despliegue de revoluciones en otras partes del mundo, sin cuya presencia,
cualquier intento de revolución en cualquier país, a la larga, es impotente y
está condenado al fracaso; para apoyar los cambios en los otros Estados y las
otras economías del mundo con las que, de manera inevitable, un Estado
revolucionario mantiene vínculos de compra de tecnología, de exportaciones,
de transacciones financieras, de intercambios culturales, de las cuales es
imposible sustraerse, incluidas las determinaciones de división internacional
del trabajo.
Por ello, la crítica de los ideólogos, cuyo aprendizaje sobre la historia de las
revoluciones se nutre únicamente de «The History Channel», que demandan a
las experiencias revolucionarias la desconexión del mercado mundial o la
ruptura de la división internacional del trabajo, resulta ridícula y demagógica.
¿Dónde se consigue la tecnología para la industria minera o
hidrocarburífera? ¿Dónde se exportan las materias primas, los alimentos y los
productos elaborados que un país produce, si no es a los mercados
extranjeros? ¿Dónde se obtiene la tecnología de comunicación o los
conocimientos científicos que el país necesita, si no es del mercado mundial?
¿Dónde se accede a los recursos financieros para crear infraestructura o
nuevas industrias? ¿Dónde se comercializan los productos de las propias
empresas nacionalizadas, que no se consumen internamente? Hoy, ninguna
economía es autárquica ni jamás podrá serlo, a no ser que se quiera regresar a
las condiciones de vida del siglo XVI. Ningún país está al margen del
mercado mundial, esto es, de la trama de intercambios del trabajo humano
que tupe el planeta con infinidad de vínculos financieros, técnicos,
cognitivos, culturales, lingüísticos, comunicacionales, consuntivos. Una
maquinaria, un micrófono, un televisor, un automóvil, el asfalto, una
lámpara, un celular, las computadoras, los programas, la ciencia, las
matemáticas, la cultura, el cine, internet, la literatura, un libro, un traje, una
bebida, la historia, todo, absolutamente todo lo que usamos a diario, está
interconectado con lo que producimos acá y con lo que se produce en Estados
Unidos, China, Japón, India, Brasil, Argentina, Alemania, etc. El mundo está
entrelazado. Hoy, el mundo es producto del mismo mundo y ningún país
puede quedar ya al margen de esta obra colectiva.
Este hecho material no desaparecerá por mucho que mezclemos palabras
como «soberanía», «revolución» «anarquía», o las que fueren. Por eso
precisamente, es imposible que el comunismo triunfe en un solo país –es un
contrasentido–, pues es una comunidad universal que solo podrá existir y
triunfar de manera mundial, planetaria, universal. Pero así como el
comunismo o es mundial o no es nada, no existe revolución alguna que pueda
«salirse» de ese mercado mundial, de las relaciones y flujos de la división
internacional del trabajo. Al informar al Congreso de los soviets sobre la
necesidad de obtener tecnología y recursos del mercado mundial, a fin de
garantizar la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, Lenin
afirma taxativamente: «la República socialista… no puede existir sin vínculos
con el mundo»[166]. El lugar que una nación ocupa en la red de la división
internacional del trabajo se puede modificar, pero jamás salir de ella. Una
nueva división internacional del trabajo, o quizá su extinción como división,
únicamente podrá ser fruto de una revolución mundial, que es a lo que
precisamente cada revolución local debe apuntalar.
En definitiva, una vez que estalla por circunstancias excepcionales en algún
país, lo que una revolución social necesita es tiempo, tiempo y más tiempo.
Tiempo para aguardar el estallido de otras revoluciones en otros países, a fin
de no quedar aislada e impotente frente a las exigencias de una nueva
economía y de una nueva sociedad que solo podrá construirse a escala
mundial. Tiempo para convertir el poder cultural, la hegemonía política y la
capacidad de movilización popular, que le llevaron a la toma del poder de
Estado, en formas organizativas comunitarias y cooperativas en la
producción, en el comercio. «Para nosotros el simple desarrollo de la
cooperación… se identifica con el desarrollo del socialismo»[167], reitera
obsesivamente Lenin en los últimos escritos antes de su muerte. El Estado
revolucionario puede imponer cosas o prohibirlas; es parte del poder político
que monopoliza. Incluso puede modificar la propiedad de los bienes y
concentrar la propiedad del dinero. Se trata de acciones políticas que influyen
en las acciones económicas. Pero lo que no puede hacer es construir
relaciones económicas duraderas; y menos aún relaciones económicas
comunitarias capaces de superar la lógica del valor de cambio. Eso solo
puede ser una creación social, una creación colectiva de los propios
productores.
El Estado es, por definición, monopolio; el comunismo es, por definición,
creación común de riqueza común: la antítesis del Estado. Entonces, el
trabajo asociado, cooperativo, común, solo puede ser una creación gradual,
compleja y con continuos ascensos y descensos logrados directamente por los
trabajadores de varios, y luego de muchos, centros de trabajo. Eso requiere
tiempo. Tiempo para desplegar por oleadas los modos de ocupación
democrática de los trabajadores, de la sociedad entera, de las grandes
decisiones del Estado y, ante todo, de los centros de producción
fundamentales. Tiempo para superar el individualismo burgués, pero
principalmente el corporativismo laboral que reintroduce el individualismo de
clase y la privatización en las decisiones estatales y laborales. Tiempo para
transformar los esquemas lógicos y morales de las clases trabajadoras –
heredados de la vieja sociedad burguesa– y construir colectivamente, con
numerosas revoluciones culturales de por medio, nuevos sentidos comunes y
esquemas mentales que reestructuren los sistemas de valor de la vida
cotidiana de la sociedad entera. Tiempo para desmontar los poderes
monopolizados por el Estado a fin de diluirlo en la sociedad. Todo eso
requiere que la propia sociedad atraviese la experiencia de la construcción de
decisiones comunes sobre su vida en común, la invención de tecnologías
sociales aún inexistentes que articulen a la totalidad de la sociedad en las
decisiones sobre esos asuntos comunes; y lo más importante, que todas estas
nuevas prácticas sociales se desplieguen no como hechos extraordinarios,
insurreccionales, sino como hechos rutinarios, como lo son la decisión de
alimentarse o descansar.
Desde este punto de vista, la revolución se presenta como la conquista de
tiempo para la sincronía universal de la emancipación de las clases plebeyas y
de los pueblos del mundo. La función del Estado «revolucionario» no es crear
el socialismo ni mucho menos el comunismo. Eso sencillamente no puede
hacerlo. Eso escapa al objeto fundante de su existencia como Estado. Lo
único que puede hacer el Estado, por muy revolucionario que sea, es dilatar,
habilitar y proteger el tiempo para que la sociedad, en estado de
autodeterminación, en lucha, en medio, por arriba, por abajo y entre los
intersticios del capitalismo predominante, despliegue múltiples formas de
creatividad histórica emancipativa y construya espacios de comunidad en la
producción, en el conocimiento, en el intercambio, en la cultura, en la vida
cotidiana; para que fracase y lo vuelva a intentar muchas veces, de manera
más amplia y mejor; para que invente, desde las grietas del capitalismo,
espacios irradiantes de comunidad y de cooperación voluntaria en todas las
esferas de la vida; para que los desmantele a medio camino; para que haga
todo eso una y otra y otra vez, hasta que, llegado un momento, las sincronías
de múltiples comunidades brotando por todos lados, en todos los países,
rebasen el umbral de orden, y lo que eran espacios nacidos en las grietas de
la sociedad dominante, devengan en espacios plenos, universales,
irradiadores de una nueva sociedad, de una nueva civilización que reproduzca
nuevas formas de comunidad, pero ya no como una lucha a muerte del
capitalismo, sino como el libre y normal despliegue de la iniciativa humana.
Eso es el comunismo.
El Estado no puede crear comunidad, porque es la antítesis perfecta de la
comunidad. El Estado no puede inventar relaciones económicas comunistas,
porque ellas solo surgen como iniciativas sociales autónomas. El Estado no
puede instituir la cooperación, porque ella solo brota como libre acción social
de producción de los comunes. El Estado por sí mismo es incapaz de
restablecer el metabolismo mutuamente vivificante entre ser humano y
naturaleza. Si alguien ha de construir comunismo es la propia sociedad en
automovimiento, a partir de su experiencia, sus fracasos y sus luchas. Y
tendrá que hacerlo en el ambiente adverso de predominancia agresiva de la
sociedad capitalista. A diferencia de las revoluciones burguesas precedentes –
que contaron con condiciones muchísimo más favorables, pues las relaciones
económicas burguesas florecieron al interior de la vieja sociedad tradicional
durante varios siglos previos[168]–, las revoluciones sociales se enfrentan a
una estructura capitalista universalizada; y las nuevas relaciones económicas
y políticas comunistas solo se desarrollarán, a partir del estallido
revolucionario, en lucha a muerte con las relaciones capitalistas dominantes.
De hecho, la revolución social en realidad abre el espacio temporal para el
despliegue intersticial, fragmentado, dificultoso, permanentemente asediado,
del crecimiento de las nuevas relaciones comunistas en la política, economía
y cultura, en medio de un predominio generalizado, debilitado y en crisis,
pero aún dominante, de las relaciones capitalistas de producción. Al resumir
la experiencia de la revolución soviética sobre este debate, Lenin argumenta:
Teóricamente no cabe duda que entre el capitalismo y el comunismo media determinado periodo
de transición que debe combinar los rasgos y las propiedades de estas dos formas de economía
social. Este periodo de transición tiene que ser por fuerza un periodo de lucha entre el capitalismo
agonizante y el comunismo naciente, o, en otras palabras, entre el capitalismo que ha sido
derrotado, pero no destruido, y el comunismo que ha nacido pero que es todavía débil[169].
En definitiva, el socialismo es este periodo histórico contradictorio y de
antagonismo desatado entre relaciones capitalistas dominantes en todas las
esferas de la vida, y relaciones sociales comunistas emergentes, que la
sociedad laboriosa ensaya e intenta desplegar una y otra vez, de manera
intersticial, fragmentada e intermitente, por diversos caminos, en todos los
terrenos de la vida. En todo ello, lo único que el Estado revolucionario hace
es proteger estas iniciativas antiestatales, comunitarias, cooperativas;
apoyarlas y brindarles tiempo mediante la mejora de las condiciones de vida
de las clases trabajadoras, de manera que puedan desarrollarse e irradiarse
hasta un tiempo y momento en que traspasen el umbral de orden que
sincronice con las múltiples construcciones comunistas de otros países y
otros continentes, en un movimiento universal irreversible. El concepto
central de «dictadura del proletariado»[170] debe ser entendido así: como el
uso coercitivo del poder de Estado de las clases laboriosas frente a las clases
y las costumbres burguesas para proteger, dar tiempo y apoyar las iniciativas
comunitarias, comunistas, que esas clases laboriosas son capaces de
experimentar y de crear.
En síntesis, el socialismo es un larguísimo periodo histórico de intenso
antagonismo social, en el que, en lo económico, las relaciones capitalistas de
producción y la lógica del valor de cambio siguen vigentes, pero que, en su
interior, desde sus entrañas, en el ámbito local, nacional, surgen una y otra y
otra vez incipientes, intersticiales y fragmentadas formas de trabajo
comunitario, asociado, que pugnan por expandirse a escalas regionales y
nacionales. En tanto que en lo político, las clases laboriosas
toman/construyen el poder de Estado, lo que significa que impulsan, en
oleadas sucesivas, múltiples modalidades de democratización absoluta de la
gestión, de la administración de los asuntos comunes; y todo ello para
respaldar, proteger e irradiar esas experiencias comunitarias/comunistas en la
economía que, de manera reiterada, con fracasos y nuevos resurgimientos,
impulsan las clases trabajadoras. El socialismo no es pues un modo de
producción ni un destino. Es un espacio histórico de intensas luchas de clases
en las que los trabajadores se valen del poder de Estado para proteger e
irradiar las iniciativas económicas comunistas/comunitarias que ellos mismos
son capaces de construir por iniciativa libre y asociada. La victoria del
socialismo es su extinción para dar lugar a la sociedad comunista. Y si esto se
da, inevitablemente deberá ser un hecho mundial.
¿Qué sucedió después con la revolución soviética? ¿Por qué fracasó? En
general, toda revolución social que no ensambla con otras revoluciones
sociales a escala mundial, tarde o temprano fracasa y habrá de fracasar de
manera inevitable. Por sí sola, inexorablemente se verá conducida al fracaso
en su intento por construir el comunismo; aunque ciertamente durante todo el
tiempo del despliegue de su desarrollo puedan lograrse grandes e
irreversibles conquistas sociales, laborales y materiales para la población
trabajadora no solo del país insurrecto, sino de todos los países del mundo,
motivados por la presencia –amenazante para las burguesías o estimulante
para las clases trabajadoras– de la revolución socialista en marcha. Ante la
inexistencia de una propagación mundial, las revoluciones sociales
emergentes prolongan su permanencia dependiendo de la actitud frente a los
factores de contenido revolucionario.
Si el Estado asume el protagonismo de los cambios y las decisiones
sociales, el fracaso es más inminente y rápido. Si la sociedad laboriosa asume
gradual e intermitentemente el protagonismo democrático en la toma de
decisiones cotidianas del país, el fracaso se aleja. Si el Estado toma
coercitivamente el mando en la construcción de relaciones asociativas en la
producción, el fracaso toca las puertas. Si las clases laboriosas construyen y
deconstruyen para volver a construir nuevas y crecientes formas expansivas
de trabajo comunitario, asociativo, el fracaso se diluye por un buen tiempo. Si
el Estado no puede garantizar mejoras en las condiciones de vida o promover
continuas revoluciones culturales que revitalicen las oleadas revolucionarias,
el fin de la revolución se acerca. Si el poder de Estado se mantiene en manos
de las clases trabajadoras, de sus organizaciones vitales que ayudan a
desbrozar el camino de la libre iniciativa del pueblo trabajador, las
posibilidades de la continuidad revolucionaria se amplían mucho más.
Una vez cumplidos sus diez primeros años, el curso de la revolución
soviética justamente va inclinándose por cada una de las dualidades negativas
arriba señaladas: concentración del poder de Estado en manos del partido y
expropiación gradual del poder de manos de las organizaciones sociales;
impulso burocrático de formas asociativas de trabajo que anulan la capacidad
creadora de la propia sociedad en la construcción de nuevas relaciones
económicas. Es así que, desafortunadamente, a inicios de los años treinta, la
Revolución de Octubre finaliza dando lugar a una compleja constitución
imperial, primero, y estatal-nacional, después[171].
¿Qué queda ahora de esta revolución? La experiencia más prolongada, en la
historia contemporánea, de una revolución social, de sus potencialidades
organizativas, de sus iniciativas prácticas, de sus logros sociales, de sus
características internas y dinámicas generales que pueden volverse a repetir
en cualquier otra nueva ola revolucionaria. Pero también queda y nos hereda
sus dificultades en la construcción de alianzas; sus desviaciones corporativas,
burocráticas, privatistas; sus límites que finalmente la llevaron a la derrota.
Queda, entonces, el fracaso de la revolución, su derrota.
Hoy recordamos la revolución soviética porque existió, porque por un
segundo en la historia despertó en los plebeyos del mundo la esperanza de
que era posible construir otra sociedad, distinta a la capitalista vigente, sobre
la base de la lucha y la comunidad en marcha de la sociedad laboriosa. Pero
también la recordamos porque fracasó de manera estrepitosa, devorando las
esperanzas de toda una generación de clases subalternas. Y hoy
diseccionamos las condiciones de ese fracaso porque justamente queremos
que las próximas revoluciones, que inevitablemente estallan y estallarán, no
fracasen ni cometan los mismos errores que ella cometió; es decir, que
avancen uno, diez o mil pasos más allá de lo que ella –con su ingenua
audacia– logró avanzar.
A cien años de la revolución soviética, continuamos hablando de ella
porque añoramos y necesitamos nuevas revoluciones; porque nuevas
revoluciones que dignifiquen al ser humano como un ser universal, común,
comunitario, vendrán. Y esas revoluciones venideras que toquen el alma
creativa de los trabajadores no podrán ni deberán ser una repetición de lo
acontecido hace un siglo atrás; tendrán que ser mejores que ella, avanzar
mucho más que ella y superar los límites que ella engendró, precisamente
porque fracasó y, al hacerlo, nos dio a las siguientes generaciones las
herramientas intelectuales y prácticas para no volver a fracasar, o, al menos,
para no hacerlo por las mismas circunstancias por las que ella fracasó.
BIBLIOGRAFÍA
Ali, Tariq, La idea de comunismo, Madrid, Alianza, 2012.
Aron, R., Introducción a la filosofía política: Democracia y revolución,
Barcelona, Página Indómita, 2015.
Avrich, P., Kronstadt 1921, Buenos Aires, Anarres, Colección Utopía
Libertaria, 2005.
Badiou, A., The communist Hypothesis, Londres-Nueva York, Verso, 2010.
Balibar, É., Sobre la dictadura del proletariado, España, Siglo XXI, 2015.
Bataille, G., La parte maldita, Barcelona, Icaria, 1987.
Bebel, A., La mujer y el socialismo, Madrid, Akal, 1977.
Berkman, A., La rebelión de Kronstadt, Madrid, La Malatesta, 2011.
Bettelheim, Ch., Las luchas de clases en la URSS. Segundo periodo, 1923-
1930, Madrid y México, Siglo XXI, 1980.
—, Les luttes de classes en URSS, 3: période 1930-1941, París, Éditions du
Seuil-Maspero, 1983.
Boffa, G., La Revolución rusa, 2 tt., México, Era, 1976.
Bosteels, B., The actuality of communism, Londres-Nueva York, Verso,
2014.
Bourdieu, P., Meditaciones pascalianas, Barcelona, Anagrama, 1999.
Bukharin, N., The Path to Socialism en Russia, Nueva York, Omicron Books,
1967.
Carr, E. H., La revolución rusa, Madrid, Alianza, 2014.
—, ¿Qué es la Historia?, Buenos Aires, Planeta, 1993.
—, El interregno (1923-1924), vol. II de la Historia de la Rusia soviética,
Madrid, Alianza, 1987.
—, La revolución rusa: de Lenin a Stalin, 1917-1929, Madrid, Alianza, 1981.
—, La Revolución bolchevique (1917-1923), vol. I de la Historia de la Rusia
soviética, Madrid, Alianza, 1978.
—, Historia de la Rusia soviética, varios vols., Madrid, Alianza, v.a.
—, El socialismo en un solo país 1924-1926, vol. III de la Historia de la
Rusia soviética, Madrid, Alianza, 1974.
—, Dostoievski 1821-1881. Lectura crítico-biográfica, Barcelona, Laia,
1972.
Chamberlain, W. H., The Russian Revolution, 1917-1921, Nueva York,
Macmillan, 1935.
Chavance, B., El sistema económico soviético, Madrid, Talasa, 1987.
Dean, J., El horizonte comunista, Barcelona, Bellaterra, 2013.
Durkheim, É., Las formas elementales de la vida religiosa, Madrid, Akal,
1982.
Eisenstein, S. y Grigori A., Oktyabr [Película cinematográfica], Rusia,
Productora Sovkino, 1928.
Engels, F., Anti-Dühring, México, Ediciones de Cultura Popular, 1980.
Figes, O., La Revolución rusa 1891-1924: La tragedia de un pueblo,
Barcelona, Edhasa, 2006.
García Linera, Á., La nueva composición orgánica plebeya de la vida
política en Bolivia, discurso en la Solemne Sesión de Honor en
conmemoración a los 191 años de independencia de Bolivia. Solemne
Sesión organizada por la Asamblea Legislativa Plurinacional, Tarija, 6 de
agosto de 2016.
—, Identidad boliviana. Nación, mestizaje y plurinacionalidad, La Paz,
Vicepresidencia del Estado, 2014.
—, Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del Proceso de
Cambio, La Paz, Vicepresidencia del Estado, 2011.
Goffman, E., Encounters: Two Studies in the Sociology of Interaction,
Indianapolis, Bobbs-Merrill Company, 1961.
Gramsci, A., Antología, selección, traducción y notas de Manuel Sacristán,
Buenos Aires, Siglo XXI, 2004 [nueva edición en Madrid, Akal, colección
Cuestiones de Antagonismo, 2013].
—, Cuadernos de la cárcel, México, Era, 1984.
—, Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado Moderno,
traducción y notas de José Aricó, Madrid, Nueva Visión, 1980 (Buenos
Aires, 1972).
—, «Democracia obrera y socialismo», Pasado y presente, año IV, 1, nueva
serie (abril-junio de 1973), Córdoba (Argentina), Edigraf, pp. 103-140.
Habermas, J., Facticidad y validez, Madrid, Trotta, 2010.
Hobsbawm, E. J., Historia del siglo xx (1914-1991), Barcelona, Crítica,
1994.
Jones, M., Electoral Laws and the survival of presidential democracies,
Notre Dame, University of Notre Dame Press, 1995.
Kautsky, K., La revolución social: El camino del poder, México, Cuadernos
de Pasado y Presente n.o 68, 1978.
Korsch, K., ¿Qué es la socialización?, Barcelona, Ariel, 1975.
Lenin, V. I., Obras Completas, 50 tt., México, Ediciones Salvador Allende,
1978; Madrid, Akal, 1974 ss.
Lewin, M., El siglo soviético. ¿Qué sucedió realmente en la Unión
Soviética?, Barcelona, Crítica, 2006.
Linton, R., The Study of Man. An introduction, Nueva York, Appleton-
Century-Crofts, 1936.
Luxemburg, R., «La revolución rusa», en Rosa Luxemburg o el precio de la
libertad, Jörn Schütrumpf (ed.), Berlín, Karl Dietz Verlag, 2007, pp. 65-96.
—, Reforma o Revolución, Buenos Aires, Ediciones Pluma, 1976 [para una
edición reciente en bolsillo, véase Reforma o Revolución, Madrid, Akal,
2015].
Marx, K., El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Madrid, Fundación Federico
Engels, 2003; El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, en K. Marx y F.
Engels, Obras escogidas, vol. 1, Madrid, Akal, 2016, pp. 246-351.
—, La guerra civil en Francia, Madrid, Fundación Federico Engels, 2003; La
guerra civil en Francia, en K. Marx y F. Engels, Obras escogidas, vol. 1,
Madrid, Akal, 2016, pp. 491-571.
—, El capital, tres tomos en 8 vols., trad. y notas de Pedro Scaron et al.,
México, Siglo XXI, 1987 [reed. en tres únicos volúmenes, Madrid, Siglo
XXI, 2017; para una práctica edición en bolsillo, véase El capital, 8 vols.,
trad. y notas de Vicente Romano, Madrid, Akal, 2000].
—, Los apuntes etnológicos de Karl Marx, transcritos, anotados e
introducidos por Lawrence Krader, Madrid, Siglo XXI/Editorial Pablo
Iglesias, 1988.
—, Miseria de la filosofía. Respuesta a la filosofía de la miseria de
Proudhon, México, Siglo XXI, colección Biblioteca del Pensamiento
Socialista, 1987.
—, Grundrisse. Lineamientos fundamentales para la crítica de la economía
política 1857-1858, trad. de Wenceslao Roces, México, Fondo de Cultura
Económica, 1985 [para la traducción de J. Aricó, M. Murmis y P. Scaron,
véase Elementos fundamentales para la crítica de la economía política,
1857-1858 (Grundrisse), 3 tt., Madrid, Siglo XXI, 2013].
—, Las luchas de clases en Francia de 1848-1850, Moscú, Editorial
Progreso, 1979; Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, en K.
Marx y F. Engels, Obras escogidas, vol. 1, Madrid, Akal, 2016, pp. 112-
245.
Marx, K. y Engels, F., Collected Works, Londres, Lawrence & Wishart, 2010
(edición digital).
—, Obras fundamentales, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.
—, La Internacional, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.
—, Sobre la revolución de 1848-1849, Moscú, Editorial Progreso, 1981.
—, El sindicalismo: teoría, organización y actividad, Barcelona, Laia, 1976.
—, Escritos económicos varios, México, Fondo de Cultura Económica, 1975.
—, Obras escogidas, 3 tt., Moscú, Editorial Progreso, 1974.
—, La ideología alemana, México, Ediciones de Cultura Popular, 1974 [para
una edición reciente de esta traduccion de Wenceslao Roces, véase Madrid,
Akal, colección Cuestiones de Antagonismo, 2014].
—, Manifiesto del Partido Comunista, Moscú, Editorial Progreso, 1974 [para
una edición reciente en bolsillo, véase Manifiesto comunista, Madrid, Akal,
2004].
Negri, T., Goodbye Mr. Socialism. Las crisis de la izquierda y los nuevos
movimientos revolucionarios, Barcelona, Paidós Iberica, 2007.
Pipes, R., La Revolución rusa, Madrid, Debate, 1992.
Quiroga, M. y Gaido, D. (eds. y trads.), «Karl Marx sobre la dictadura del
proletariado y la revolución en permanencia. Dos documentos del año
1850», Archivos de historia del Movimiento Obrero y la izquierda 1
(Argentina, septiembre de 2012), pp. 213-221.
Rancière, J., El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética,
Barcelona, Herder, 2011.
Sartre, J.-P., Crítica de la razón dialéctica, I, Buenos Aires, Losada, 2004.
Serge, V., El año I de la Revolución rusa, Madrid, Siglo XXI, 1967.
Sorlin, P., La sociedad soviética 1917-1964, Barcelona, Vicens Vives, 1967.
Trotsky, L., Historia de la revolución rusa [1932]. Recuperado de
[http://www.marxistsfr.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/index.htm].
Werth, N., Histoire de l’Union soviétique de Lénine à Staline (1917-1953),
París, Presses Universitaires de France, col. Que sais-je?, 2013.
[1] En O. Figes, La Revolución rusa, 1891-1924. La tragedia de un pueblo, Barcelona, Edhasa, 1990.
[2] Hobsbawm sostiene que el «corto siglo XX» se habría iniciado con la Primera Guerra Mundial y
finalizado con la caída de la Unión Soviética en 1989. Preferimos hablar de la Revolución rusa como
punto de inicio del siglo porque, a diferencia de la Primera Guerra Mundial, que significó una nueva
fase de la ininterrumpida mutación de la geografía estatal continental, los efectos de la revolución
polarizaron, como nunca antes había sucedido, la lucha política a escala mundial. Véase Eric J.
Hobsbawm, Historia del siglo XX (1914-1991), Barcelona, Crítica, 1995.
[3] Véase Georges Bataille, La parte maldita, Barcelona, Icaria, 1987.
[4] Eisenstein dirigió la película Oktyabr (Octubre) en 1928, con la que se consagró como un
importante director de cine a nivel mundial, en la cual se narran los acontecimientos ocurridos desde
febrero hasta octubre de 1917.
[5] V. I. Lenin, Obras Completas, t. 18: «marzo de 1912 – noviembre 1912», México, Ediciones
Salvador Allende, 1978. En adelante, para hacer referencia a los artículos incluidos en esta colección,
se utilizará la abreviación OC, seguida del número del tomo correspondiente.
[6] V. I. Lenin, «Jornadas revolucionarias» (31 de enero de 1905), en OC, t. 8, p. 100.
[7] «… es síntoma de toda revolución verdadera, la rápida decuplicación o centuplicación del número
de hombres capaces de librar una lucha política, pertenecientes a la masa trabajadora y oprimida, antes
apática». V. I. Lenin, «El “izquierdismo”, enfermedad infantil del comunismo» (27 de abril de 1920),
en OC, t. 33, p. 191.
[8] «Para que tenga lugar una revolución, es indispensable, primero, que la mayoría de los obreros (o
por lo menos la mayoría de los obreros con conciencia de clase, que piensan, políticamente activos)
comprenda plenamente que la revolución es necesaria y que esté dispuesta a morir por ella». Ibid.
[9] V. I. Lenin, «El triunfo de los Kadetes y tareas del Partido Obrero» (24-28 de marzo de 1906), en
OC, t. 10, p. 249.
[10] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit.
[11] Véase R. Pipes, La Revolución rusa, Madrid, Debate, 1992, pp. 302-305; Ch. Bettelheim, Las
luchas de clases en la URSS, Primer Periodo, 1917-1923, México, Siglo XXI, 1980.
[12] Ibid.
[13] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit., p. 367.
[14] «Pero el país que convierte a naciones enteras en obreros asalariados suyos, que con sus brazos
gigantescos abraza el mundo entero, el país que ya se hizo cargo en una oportunidad de los gastos de la
Restauración europea; el país en cuyas entrañas se han desatado las contradicciones de clase en la
forma más violenta y desvergonzada –Inglaterra– se asemeja a una roca contra la cual rompen las olas
revolucionarias y que quiere matar de hambre a la nueva sociedad todavía en el seno materno». K.
Marx, «El movimiento revolucionario» (1 de enero de 1849), en K. Marx y F. Engels, Sobre la
Revolución de 1848-1849, Moscú, Editorial Progreso, 1981. «Paralizada durante un momento por la
agonía que siguió a las jornadas de Junio, la República Francesa pasó desde el levantamiento del estado
de sitio, desde el 19 de octubre, por una serie ininterrumpida de emociones febriles: primero, la lucha
en torno a la presidencia; luego, la lucha del presidente con la Constituyente; la lucha en torno a los
clubs; el proceso de Bourges en el que, frente a las figurillas del presidente, de los monárquicos
coligados, de los republicanos “honestos”, de la Montaña democrática y de los doctrinarios socialistas
del proletariado, sus verdaderos revolucionarios aparecían como gigantes antediluvianos que solo un
diluvio puede dejar sobre la superficie de la sociedad o que solo pueden preceder a un diluvio social; la
agitación electoral; la ejecución de los asesinos de Bréa; los continuos procesos de prensa; las violentas
intromisiones policíacas del Gobierno en los banquetes; las insolentes provocaciones monárquicas; la
colocación en la picota de los retratos de Luis Blanc y Caussidière; la lucha ininterrumpida entre la
república constituida y la Asamblea Constituyente, lucha que a cada momento hacía retroceder a la
revolución a su punto de partida, que convertía a cada momento al vencedor en vencido y al vencido en
vencedor y trastrocaba en un abrir y cerrar de ojos la posición de los partidos y las clases, sus divorcios
y sus alianzas; la rápida marcha de la contrarrevolución europea, la gloriosa lucha de Hungría, los
levantamientos armados alemanes; la expedición romana, la derrota ignominiosa del ejército francés
delante de Roma. En este torbellino, en este agobio de la inquietud histórica, en este dramático flujo y
reflujo de las pasiones revolucionarias, de las esperanzas, de los desengaños, las diferentes clases de la
sociedad francesa tenían necesariamente que contar sus etapas de desarrollo por semanas, como antes
las habían contado por medios siglos». K. Marx, «Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850», en
K. Marx y F. Engels, Obras Escogidas, t. I., Moscú, Editorial Progreso, 1974, p. 259; «… las tres crisis
revelaron una forma de demostración nueva en la historia de nuestra revolución, una demostración de
un tipo más complejo, en la cual el movimiento se desarrolla por oleadas que suben velozmente y
descienden de modo súbito, la revolución y la contrarrevolución se exacerban, y los elementos
moderados son eliminados por un periodo más o menos largo»; V. I. Lenin, «Tres Crisis» (7 de julio de
1917), en OC, t. 26, p. 248.
[15] V. I. Lenin, «La celebración del primero de mayo por el proletariado revolucionario» (15 de
junio de 1913) y «El receso de la Duma y los desconcertados liberales» (5 de julio de 1913), en OC, t.
19, pp. 465, 507-509.
[16] V. I. Lenin, «Informe sobre la revolución de 1905» (enero de 1917), en OC, t. 24, p. 274.
[17] V. I. Lenin, «Cartas desde lejos» (Primera carta, 7 de marzo de 1917), en OC, t. 24, p. 340.
[18] «Y cuando la revolución haya llevado a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa
se levantará y gritará jubilosa: ¡bien has hozado, viejo topo!». K. Marx, El 18 Brumario de Luis
Bonaparte, Madrid, Fundación Federico Engels, 2003, p. 104.
[19] V. I. Lenin, «III Congreso de la Internacional Comunista» (22 de junio al 12 de julio de 1921),
en OC, t. 35, p. 376.
[20] Véase V. I. Lenin, «Las elecciones de la asamblea constituyente y la dictadura del proletariado»
(diciembre de 1919), en OC, t. 32.
[21] Véase la «Tercera Parte: Rusia bajo la revolución (febrero de 1917 – marzo de 1918)», en O.
Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit.
[22] «En el arte político ocurre lo mismo que en el arte militar: la guerra de movimiento se convierte
cada vez más en guerra, en la medida en que la prepara minuciosa y técnicamente en tiempos de paz.
Las estructuras macizas de las democracias modernas, consideradas ya sea como organizaciones
estatales o bien como complejo de asociaciones operantes en la vida civil, representan en el dominio del
arte político lo mismo que las “trincheras” y las fortificaciones permanentes del frente en la guerra de
posición: tornan solo “parcial” el elemento del movimiento que antes constituía “todo” en la guerra,
etc.». A. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado Moderno, Madrid,
Ediciones Nueva Visión, 1980 (Buenos Aires, 1972), p. 101.
[23] V. I. Lenin, «Las lecciones de la asamblea constituyente y la dictadura del proletariado»
(diciembre de 1919), en OC, t. 32, p. 246.
[24] Véase Ch. Bettelheim, Las luchas de clases en la URSS, cit., pp. 59-60.
[25] Véase R. Pipes, La Revolución rusa, cit., p. 442.
[26] «Carta de A. Guchkov, ministro de Defensa del Gobierno Provisional, a M. Alexeev,
comandante en jefe del Ejército Ruso, 9 de marzo de 1917», en O. Figes, La Revolución rusa 1891-
1924, cit., p. 407. Véase también R. Pipes, La Revolución rusa, cit., p. 350.
[27] V. I. Lenin, «Las tareas del proletariado en la actual revolución» (7 de abril de 1917; que
contiene las célebres Tesis de abril), en OC, t. 24, p. 438.
[28] Véase Ch. Bettelheim, Las luchas de clases en la URSS, cit.
[29] V. I. Lenin, «III Congreso de la Internacional Comunista» (junio-julio de 1921), en OC, t. 35, p.
360.
[30] R. Pipes, La Revolución rusa, cit., p. 442.
[31] Ibid., p. 443.
[32] Ibid., p. 444.
[33] «La agonía del Gobierno Provisional», en O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit.
[34] Ibid., pp. 509-511.
[35] Véase el Capítulo XI. «La dualidad de poderes», en L. Trotsky, Historia de la revolución rusa, t.
I., Marxists Internet Archive, s.l., diciembre de 2002.
[36] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit., pp. 407, 408, 516 y 746.
[37] R. Pipes, La Revolución rusa, cit., p. 555. Según este autor, de cada cinco empresas
nacionalizadas, solo una es resultado de la decisión del gobierno central, mientras que el resto, 80 por
ciento, es producto de la decisión de los soviets y las autoridades locales. Ibid., p. 750.
[38] «La revolución de 1917 debería considerarse como una verdadera crisis general de autoridad. Se
produjo un rechazo no solo del Estado, sino también de todos los representantes de la autoridad: jueces,
policías, funcionarios, oficiales del Ejército y de la Marina, sacerdotes, profesores, patrones, capataces,
terratenientes, ancianos del pueblo, padres patriarcales y maridos». O. Figes, La Revolución rusa 1891-
1924, cit., pp. 407 y 367.
[39] Véase Á. García Linera, Identidad boliviana. Nación, mestizaje y plurinacionalidad, La Paz,
Vicepresidencia del Estado, 2014.
[40] Véase R. Aron, Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución, Barcelona, Página
Indómita, 2015.
[41] Harold Williams, citado en O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit., p. 417.
[42] «La noción de “sin parte” […] es la figura de un sujeto político, y un sujeto político nunca puede
identificarse de golpe con un grupo social. Por esta razón, […] el pueblo político es el sujeto que
encarna la parte de los sin parte –lo cual no significa “la parte de los excluidos”, ni que la política sea la
irrupción de los excluidos, sino que la política es […] la acción de sujetos que sobrevienen
independientemente de la distribución de los repartos y las partes sociales–. [“La parte de los sin parte”]
define […] la relación entre una exclusión y una inclusión [esto es…,] designa a aquellos que no tienen
parte, a aquellos que viven sin más, y al mismo tiempo designa, políticamente, a aquellos que no solo
son seres vivos que producen, sino también sujetos capaces de discutir y decidir los asuntos de la
comunidad […] El corazón de la subjetivación histórica [de “los sin parte”…] ha sido la capacidad, no
de representar el poder colectivo, productivo, obrero, sino de representar la capacidad de cualquiera». J.
Rancière, «Universalizar la capacidad de cualquiera», en El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre
política y estética, Barcelona, Herder, 2011, pp. 233-234.
[43] Véase J. Habermas, Facticidad y validez, Madrid, Trotta, 2008.
[44] V. I. Lenin, «El impuesto en especie» (21 de abril de 1921), en OC, t. 35, pp. 200-239.
[45] Véase la «Tercera Parte: Rusia bajo la revolución (febrero de 1917 – marzo de 1918)», en O.
Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit.
[46] V. I. Lenin, «Sobre las consignas» (julio de 1917), y «La situación política (Cuatro tesis)» (10
de julio de 1917), en OC, t. 26, pp. 266 y 254.
[47] A. Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, cit., p. 83.
[48] A. Gramsci, «Tres principios, tres órdenes» (11 de febrero de 1917), en Antología, Buenos
Aires, Siglo XXI, 2004, p. 22.
[49] Véase Erving Goffman, Encounters: Two Studies in the Sociology of Interaction, Indianapolis,
Bobbs-Merrill Company, 1961; también se puede revisar R. Linton, The Study of Man. An introduction,
Nueva York, Appleton-Century-Crofts, 1936.
[50] Sobre el modo de composición política de la sociedad, véase Álvaro García Linera, «La nueva
composición orgánica plebeya de la vida política en Bolivia», discurso en la Solemne Sesión de Honor
en conmemoración a los 191 años de independencia de Bolivia, Tarija, 6 de agosto de 2016.
[51] Entendido como «creencias populares», convicciones y, en general, cultura, mediante las cuales
las personas «conocen» y actúan en el mundo sin necesidad de reflexionar sobre él. Véase A. Gramsci,
Cuadernos de la cárcel, t. 3, México, Era, 1984, p. 305.
[52] «Pues si, en cualquier coyuntura, los hombres no se entendieran sobre estas ideas esenciales, si
no tuvieran una concepción homogénea del tiempo, del espacio, de la causalidad, de la cantidad, etc.,
todo acuerdo entre las inteligencias se haría imposible y, con ello, toda vida común. Además las socie-
dades no pueden abandonar al arbitrio de los particulares las categorías sin abandonarse a sí misma.
Para poder vivir, no solo tiene necesidad de un conformismo moral suficiente; hay un mínimo de
conformismo lógico del que tampoco puede prescindir. Por esta razón ejerce el peso de toda su
autoridad sobre sus miembros para prevenir las disidencias». É. Durkheim, Las formas elementales de
la vida religiosa, Madrid, Akal, 1982, p. 15.
[53] Véase A. Gramsci, «Democracia obrera y socialismo», en Pasado y presente (Revista
trimestral), Año IV (1973), nueva serie, Argentina, Edigraf, pp. 103 ss.
[54] K. Marx y F. Engels, «Manifiesto del Partido Comunista», en Obras escogidas, t. I, Moscú,
Editorial Progreso, 1974, p. 122.
[55] Véase Á. García Linera, Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del Proceso de
Cambio, La Paz, Vicepresidencia del Estado, 2011.
[56] R. Pipes, La Revolución rusa, cit., pp. 569-572.
[57] Véase la «Cuarta Parte: La guerra civil y la formación del sistema soviético (1918-1924)», en O.
Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit.
[58] V. I. Lenin, «VII Conferencia del partido de la provincia de Moscú» (octubre de 1921), en OC,
t. 35, p. 537.
[59] K. Marx y F. Engels, «Manifiesto del Partido Comunista», op. cit., p. 130.
[60] K. Marx, «Resumen del libro de Bakunin Estatalidad y anarquía», en K. Marx, y F. Engels,
Obras Fundamentales (México, Fondo de Cultura Económica, 1988), t. 16, p. 481.
[61] Véase M. Jones, Electoral Laws and the survival of presidential democracies, Notre Dame,
University of Notre Dame Press, 1995.
[62] Véase A. Gramsci, Cuadernos de la cárcel, t. 5, México, Era, 1999.
[63] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit.
[64] «… por virtud de esta contradicción entre el interés particular y el interés común, cobra este
último, en cuanto Estado una forma propia e independiente, separada de los reales intereses particulares
y colectivos y, al mismo tiempo, una forma de comunidad ilusoria, pero siempre sobre la base real de
los vínculos existentes, dentro de cada conglomerado familiar y tribal, tales como la carne y la sangre,
la lengua, la división del trabajo en mayor escala y otros intereses y, sobre todo, como más tarde
habremos de desarrollar, a base de los intereses de las clases…». K. Marx y F. Engels, «Feuerbach.
Oposición entre las concepciones materialistas e idealistas» (I capítulo de La ideología alemana), en K.
Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. I, Moscú, Editorial Progreso, 1974, p. 31.
[65] Véase el «Capítulo I: La mercancía», en K. Marx, El capital, t. I, vol. 1, México, Siglo XXI,
1987, pp. 43-102.
[66] Es posible afirmar, de manera categórica, que el núcleo de la teoría marxista sobre el Estado y el
poder, es la teoría de las formas del valor tratada en el capítulo primero de El capital.
[67] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit., p. 685.
[68] V. I. Lenin, «Últimas cartas y artículos de V. I. Lenin» (22 de diciembre de 1922 – 2 de marzo
de 1923), en OC, t. 36, pp. 471-490. También, R. Pipes, La Revolución rusa, cit., p. 554.
[69] V. I. Lenin, «Los sindicatos, la situación y los errores del camarada Trotsky» (30 de diciembre
de 1920), en OC, t. 34, pp. 288-289.
[70] Véase el capítulo III (Literatura socialista y comunista) de K. Marx y F. Engels, «Manifiesto del
Partido Comunista», op. cit., pp. 130-139.
[71] F. Engels, «Prefacio a la segunda edición rusa de 1882», en K. Marx y F. Engels, «Manifiesto
del Partido Comunista», op. cit., p. 101.
[72] Véase K. Marx y F. Engels, «Manifiesto del Partido Comunista», op. cit., Y también K. Marx y
F. Engels, La ideología alemana, México, Ediciones de Cultura Popular, 1974.
[73] K. Marx, «Las luchas de clases en Francia de 1848-1850», op. cit., p. 288.
[74] Véase K. Marx, Miseria de la filosofía. Respuesta a la filosofía de la miseria de P. J. Proudhon,
México, Siglo XXI, 1987.
[75] «La figura del proceso social de vida, esto es, del proceso material de producción, solo perderá
su místico velo neblinoso cuando, producto de hombres libremente asociados, estos hayan sometido a
su control planificado y consciente»; K. Marx, El capital, t. I, vol. 1, México, Siglo XXI, 1987, p. 97.
También en su descripción de la Comuna, Marx sostiene que con ella se «pretendía abolir esa
propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos», que la «Comuna
aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una
realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son fundamentalmente
medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y
asociado»; K. Marx, La guerra civil en Francia, Madrid, Fundación Federico Engels, 2003, p. 72.
[76] F. Engels, Anti-Dühring, Sección Tercera, «Socialismo», México, Ediciones de Cultura Popular,
1980.
[77] Véase K. Marx, Miseria de la filosofía, cit.
[78] K. Marx, Crítica del programa de Gotha, en K. Marx y F. Engels, Obras escogidas, cit., t. III, p.
15. Este texto también es conocido como «Glosas marginales al programa del partido obrero alemán».
[79] Véase K. Kautsky, La revolución social y El camino del poder, México, Siglo XXI, Cuadernos
de Pasado y Presente, núm. 68, 1978; A. Bebel, La mujer y el socialismo, Madrid, Akal, 1977; R.
Luxemburg, «Reforma o Revolución», en Obras Escogidas, t. I, Buenos Aires, Ediciones Pluma, 1976;
K. Korsch, Qué es la socialización, Barcelona, Ariel, 1975.
[80] Véase V. I. Lenin, «A los pobres del campo. Explicación a los campesinos de lo que quieren los
socialdemócratas» (marzo de 1903) y «Proyecto de programa del partido obrero socialdemócrata de
Rusia» (enero-febrero de 1902), en OC, t. 6, pp. 385-459 y 43-50.
[81] Véase T. Negri, Goodbye Mr. Socialism, Barcelona, Paidós, 2007.
[82] Véase A. Badiou, The communist Hypothesis, Londres/Nueva York, Verso, 2010; Tariq Ali, La
idea de comunismo, Madrid, Alianza, 2012; J. Dean, El horizonte comunista, Barcelona, Bellaterra,
2013; B. Bosteels, The actuality of communism, Londres, Verso, 2014.
[83] Sobre la importancia del concepto de subsunción en la comprensión crítica del capitalismo,
véase el capítulo XIII: «Maquinaria y gran industria», en K. Marx, El capital, t. I, vol. 2, Buenos Aires,
Siglo XXI, 2003, pp. 451-613. Del mismo autor, El capital; Libro I, Capítulo VI (Inédito), México,
Siglo XXI, 1980; «Economic Manuscript of 1861-63», en K. Marx y F. Engels, Collected Works, vols.
30-34, Lawrence & Wishart, Digital Edition, 2010.
[84] «Por tanto, aún cuando las crisis engendran revoluciones primero en el continente, la causa de
estas se halla siempre en Inglaterra. Es natural que en las extremidades del cuerpo burgués se
produzcan estallidos violentos antes que en el corazón, pues aquí la posibilidad de compensación es
mayor que allí. De otra parte, el grado en que las revoluciones continentales repercuten sobre Inglaterra
es, al mismo tiempo, el termómetro por el que se mide hasta qué punto estas revoluciones ponen
realmente en peligro el régimen de vida burgués o hasta qué punto afectan solamente a sus formaciones
políticas». K. Marx, «Las luchas de clases en Francia de 1848-1850», op. cit., p. 295.
[85] R. Luxemburg, «La revolución rusa», en Rosa Luxemburg o el precio de la libertad, Jörn
Schütrumpf (ed.), Berlín, Karl Dietz Verlag, 2007, pp. 65-96.
[86] V. I. Lenin, «Cartas desde lejos. Primera carta» (7 de marzo de 1917), en OC, t. 24, p. 340.
[87] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit., p. 466.
[88] V. I. Lenin, «Séptimo Congreso extraordinario del PC (b) R (6-8 de marzo de 1918), en OC, t.
28, p. 301.
[89] Ibid.
[90] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit., pp. 415-416.
[91] V. I. Lenin, «Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática» (junio-julio de
1905), en OC, pp. 18, 24 y 50 ss.
[92] «La coincidencia de esta incapacidad de “los de arriba” de administrar el Estado al viejo estilo, y
de esta acrecentada renuencia de “los de abajo” a transigir con tal administración del Estado, constituye
precisamente lo que se denomina (admitamos que no con toda exactitud) una crisis política en escala
nacional». V. I. Lenin, «El receso de la Duma y los desconcertados liberales» (5 de julio de 1913), en
OC, t. 19, p. 508.
[93] V. I. Lenin, «Cartas sobre táctica» (8-13 de abril de 1917), en OC, t. 24, p. 459.
[94] V. I. Lenin, «La revolución en Rusia y las tareas de los obreros de todos los países» (marzo de
1917), en OC, t. 24, pp. 390-394.
[95] V. I. Lenin, «Las tareas del proletariado en la actual revolución» (7 de abril de 1917), en OC, t.
24, p. 437.
[96] V. I. Lenin, «La revolución proletaria y el renegado Kautsky» (noviembre de 1918), en OC, t.
30, p. 150.
[97] V. I. Lenin, «La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella» (10-14 de septiembre de
1917), en OC, t. 26, p. 442.
[98] V. I. Lenin, «Ante el IV aniversario de la Revolución de Octubre» (octubre de 1921), en OC, t.
35, p. 488.
[99] Véase J.-P. Sartre, Crítica de la razón dialéctica I, Buenos Aires, Editorial Losada, Biblioteca
de Obras Maestras del Pensamiento, 2004.
[100] R. Pipes, La Revolución rusa, cit., pp. 778-784.
[101] G. Boffa, La Revolución rusa, t. 2, México, Era, 1976, p. 258.
[102] V. I. Lenin, «Infantilismo de izquierda y la mentalidad pequeño burguesa» (mayo de 1918), en
OC, t. 29, pp. 87 ss.
[103] Véase N. Bukharin, The Path to Socialism in Russia, Nueva York, Omicron Books, 1967.
[104] Trotsky, citado en R. Pipes, La Revolución rusa, cit., pp. 727-728.
[105] Ibid., p. 729.
[106] Véase V. Serge, «El comunismo de guerra», en El año I de la Revolución rusa (Serie Historia y
Arqueología), México, Siglo XXI, 1967.
[107] R. Pipes, La Revolución rusa, cit., p.728.
[108] «Pero a medida que se desarrolla la gran industria, la creación de la riqueza real depende
menos del tiempo de trabajo y de la cantidad de trabajo invertido que de la potencia de los agentes
puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo y cuya poderosa efectividad no guarda a su vez
relación alguna con el tiempo de trabajo directo que ha costado su producción, sino que depende más
bien del estado general y del progreso de la tecnología o de la aplicación de esta ciencia a la
producción… En esta transformación, lo que aparece como el gran pilar fundamental de la producción
y de la riqueza no es ya el trabajo directo que el hombre mismo ejecuta, ni el tiempo durante el cual
trabaja, sino la apropiación de su fuerza productiva general, su capacidad para comprender la naturaleza
y dominarla mediante su existencia como cuerpo social; en una palabra, el individuo social. El robo de
tiempo de trabajo ajeno, en el que descansa la riqueza actual se revela como un fundamento miserable,
al lado de este otro, creado y desarrollado por la gran industria. Tan pronto como el trabajo en forma
directa deje de ser la gran fuente de riqueza, el tiempo de trabajo dejará y tendrá que dejar
necesariamente su medida y, con ello, el valor de cambio (la medida) del valor de uso. El plustrabajo
de la masa dejará de ser condición para el desarrollo de la riqueza general, lo mismo que la ausencia de
trabajo de los pocos dejará de ser condición para el desarrollo de las potencias generales de la cabeza
del hombre. Con ello, se vendrá por tierra la producción basada en el valor de cambio y el proceso
directo de la producción se despojará de su forma y de sus contradicciones miserables». K. Marx,
Grundrisse. Lineamientos fundamentales para la crítica de la economía política 1857-1858, t. II,
México, Fondo de Cultura Económica, 1985, pp. 114-115.
[109] Véase P. Bourdieu, Meditaciones pascalianas, Barcelona, Anagrama, 1999.
[110] Véase V. I. Lenin, «Economía y política en la época de la dictadura del proletariado» (30 de
octubre de 1919), en OC, t. 32, pp. 84-97; «La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella»
(10-14 de septiembre de 1917), en OC, t. 26, pp. 403-448; «El impuesto en especie» (21 de abril de
1921), en OC, t. 35, pp. 200-239.
[111] V. I. Lenin, «La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella» (10-14 de septiembre
de 1917), en OC, t. 26, p. 441.
[112] V. I. Lenin, «Infantilismo de izquierda y la mentalidad pequeño burguesa» (mayo de 1918), en
OC, t. 29, p. 90.
[113] Véase N. Werth, Histoire de l’Union soviétique de Lénine à Staline (1917-1953), París, Presses
Universitaires de France, col. Que sais-je?, 2013.
[114] R. Pipes, La Revolución rusa, cit., pp. 754-757.
[115] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit., pp. 666-670.
[116] V. I. Lenin, «VII Conferencia del partido de la provincia de Moscú» (29-31 de octubre de
1921), en OC, t. 35, pp. 527-552.
[117] Ibid., p. 539.
[118] Ibid., p. 534.
[119] V. I. Lenin, «El impuesto en especie» (21 de abril de 1921), en OC, t. 35, pp. 203-204.
[120] Véanse los capítulos 20 y 21, en M. Lewin, El siglo soviético. ¿Qué sucedió realmente en la
Unión Soviética?, Barcelona, Crítica, 2006.
[121] Véase «Kulaks, hombres de saco y encendedores de cigarrillo», en O. Figes, La Revolución
rusa 1891-1924, cit.
[122] Ibid.
[123] E. H. Carr, El Interregno (1923-1924): Historia de la Rusia Soviética, Madrid, Alianza, 1987,
p. 23.
[124] Véase «Camaradas y comisarios», en O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit.
[125] R. Pipes, La Revolución rusa, cit., p. 759.
[126] Ibid.
[127] V. I. Lenin, «VII Conferencia del partido de la provincia de Moscú» (29-31 de octubre de
1921), en OC, t. 35, p. 534.
[128] «Hubo extremos en los que la obsesión para controlar burocráticamente la gestión económica
lleva a que, en una sobreposición de vigilancias para vigilar a los que vigilan, más de 50 funcionarios
controlen el desempeño de 150 obreros». R. Pipes, La Revolución rusa, cit., p. 752.
[129] O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit., pp. 670-750.
[130] K. Marx, El capital, t. III, México, Siglo XXI, 2000, p. 1006.
[131] R. Pipes, La Revolución rusa, cit., pp. 765-768.
[132] V. I. Lenin, «Sobre el cooperativismo» (6 de enero de 1923), en OC, t. 36, p. 502.
[133] Véase V. I. Lenin, «Conferencia del partido de la provincia de Moscú» (octubre de 1921), en
OC, t. 35, pp. 527-552.
[134] Ibid., p. 533.
[135] V. I. Lenin, «X Congreso del PC(b)R» (8-16 de marzo de 1921), en OC, t. 35, pp. 9-116.
[136] E. H. Carr, Historia de la Rusia soviética. La Revolución bolchevique (1917-1923). 2. El orden
económico, Madrid, Alianza, 1978, pp. 302-303.
[137] Ibid., p. 310.
[138] Ibid., p. 310.
[139] Ibid., pp. 312-313.
[140] Ibid., p. 316.
[141] Ibid., p. 317.
[142] Ibid., pp. 318, 321.
[143] Ibid., p. 333.
[144] Ibid., pp. 334-335.
[145] Ibid., p. 342.
[146] Ibid., p. 342.
[147] Ibid., pp. 345-350.
[148] Ibid., pp. 359 y 366.
[149] Ibid., p. 370.
[150] Ibid., p. 368.
[151] Véase «La guerra contra el campo», en R. Pipes, La Revolución rusa, cit.
[152] Véase «El bolchevismo en retirada», en O. Figes, La Revolución rusa 1891-1924, cit.
[153] V. I. Lenin, «Sobre el cooperativismo» (6 de enero de 1923), en OC, t. 36, p. 502.
[154] Véase B. Chavance, El sistema económico soviético, Madrid, Talasa, 1987.
[155] V. I. Lenin, «Carta sobre las concesiones petroleras» (12 de noviembre de 1921), en OC, t. 34,
pp. 417-418.
[156] V. I. Lenin, «Reunión con los militantes de la organización del PC(b) de Moscú» (6 de
diciembre de 1920), en OC, t. 34, p. 174. También revisar «Informe sobre las concesiones» (6 de
diciembre de 1920) y «VIII Congreso de toda Rusia de Soviets», en OC, t. 34, pp. 150-217.
[157] V. I. Lenin, «XI Congreso del PC(b)R» (marzo-abril de 1922), en OC, t. 36, p. 242.
[158] Véase P. Avrich, Kronstadt 1921, Buenos Aires, Anarres, Colección Utopía Libertaria, 2005;
A. Berkman, La rebelión de Kronstadt, Madrid, La Malatesta, 2011.
[159] V. I. Lenin, «XI Congreso del PC(b)R» (marzo-abril de 1922), en OC, t. 36, p. 272.
[160] V. I. Lenin, «El impuesto en especie» (21 de abril de 1921), en OC, t. 35, p. 228.
[161] V. I. Lenin, «Reunión del grupo comunista del Consejo Central de Sindicatos de toda Rusia»
(11 de abril de 1921), en OC, t. 35, pp. 171 y 158.
[162] V. I. Lenin, «Discursos grabados en discos» (25 de abril de 1921), en OC, t. 35, p. 242.
[163] V. I. Lenin, «Uno de los problemas fundamentales de la revolución» (14 de septiembre de
1917), en OC, t. 26, p. 449.
[164] Sobre la relación hombre y naturaleza, que recorre las preocupaciones de Marx a lo largo de su
vida, véase K. Marx, «Manuscritos económico-filosóficos de 1844», en Escritos económicos varios,
México, Fondo de Cultura Económica, 1975, pp. 66-68; «Formas que preceden a la producción
capitalista», en Grundrisse 1857-1858, vol. 1, México, Fondo de Cultura Económica, 1985; El capital,
t. 1, México, Siglo XXI, 1987, pp. 610-613; Apuntes etnológicos de Karl Marx, transcritos, anotados e
introducidos por Lawrence Krader, Madrid, Siglo XXI/Editorial Pablo Iglesias, 1988.
[165] Ya para julio de 1917, en Petrogrado, de los más de 1000 delegados del soviet, «solo 400 o 500
asisten a sus reuniones». De los más de 800 soviets registrados, para octubre «muchos de ellos ya no
existían o solo existían sobre el papel. Los informes de las provincias indicaban que los soviets estaban
perdiendo prestigio e influencia […] y en Petrogrado y Moscú, ya no representaban toda la
“democracia”, porque muchos intelectuales y obreros se habían alejado de ellos». R. Pipes, La
Revolución rusa, cit., p. 508. A inicios de 1918, «la disolución de la Asamblea (Constituyente) fue
recibida con sorprendente indiferencia; no hubo nada parecido al furor que en 1789 habían provocado
los rumores de que Luis XVI pretendía disolver la Asamblea Nacional, precipitando la Toma de la
Bastilla. Tras un año de anarquía, Rusia estaba exhausta; todos anhelaban la paz y el orden, sin
importar como se consiguieran». Ibid., p. 600.
[166] V. I. Lenin, «Reunión del grupo comunista del CCS» (11 de abril de 1921), en OC, t. 35, p.
171.
[167] V. I. Lenin, «Sobre el cooperativismo (mayo de 1923), en OC, t. 36, p. 502. Sobre la
importancia dada por Marx a las cooperativas, véase K. Marx, «Trabajo cooperativo» (Resolución
elaborada por Marx y aprobada en el congreso de la Asociación Internacional del Trabajo [AIT],
Ginebra, 1866)» en K. Marx y F. Engels, El sindicalismo: teoría, organización y actividad, Barcelona,
Laia, 1976. También K. Marx, «Llamamiento del concejo general de la AIT a las secciones, sociedades
filiales y a todos los obreros» (septiembre de 1867), en K. Marx y F. Engels, La Internacional, México,
Fondo de Cultura Económica, 1988.
[168] V. I. Lenin, «Séptimo Congreso extraordinario del PC(b)R» (marzo de 1918), en OC, t. 28, p.
295.
[169] V. I. Lenin, «Economía y política en la época de la dictadura del proletariado» (30 de octubre
de 1919), en OC, t. 32, p. 84.
[170] K. Marx y otros, «Reglamento de la sociedad universal de los comunistas revolucionarios», en
Manuel Quiroga y Daniel Gaido, «Karl Marx sobre la dictadura del proletariado y la revolución en
permanencia. Dos documentos del año 1850», Archivos de historia del movimiento obrero y la
izquierda (2012, Argentina). También K. Marx, Crítica del programa de Gotha, en OE, t. 3; É. Balibar,
Sobre la dictadura del proletariado, Madrid, Siglo XXI, 2015 (1977).
[171] Sobre el curso de la Rusia soviética, véase B. Chavance, El sistema económico soviético, cit.;
Ch. Bettelheim, Les luttes de classes en URSS, 3: période 1930-1941, París, Éditions du Seuil-Maspero,
1983; W. H. Chamberlain, The Russian Revolution, 2 vols., Nueva York, Macmillan, 1935; P. Sorlin,
La sociedad soviética 1917-1964, Barcelona, Vicens Vives, 1967. Y, por supuesto, los libros de E. H.
Carr sobre la historia de la Revolución rusa.
20. Historizando el comunismo
Enzo Traverso
UN CAMALEÓN DEL SIGLO XX
A lo largo del siglo XX, el legado de la Revolución de Octubre ha oscilado
entre dos interpretaciones opuestas. La llegada al poder de los bolcheviques
rusos aparecía, por un lado, como el anuncio de una transformación socialista
global; por otro, como el evento que sentó las bases para una época de
totalitarismo. En 1927 Serguéi Eisenstein rodó Octubre, una película que
marcó la imaginación de varias generaciones al representar la revolución
como un levantamiento épico de masas. El equivalente historiográfico fue la
Historia de la Revolución rusa de León Trotsky (1932)[1], una
reconstrucción tanto cronológica como analítica del acontecimiento, en la que
la narrativa empática y colorida de uno de los principales participantes en los
hechos se fusionaba con la perspicacia conceptual del pensador marxista,
como una asombrosa amalgama de los estilos de Jules Michelet y Karl Marx.
En un capítulo de su biografía del jefe del Ejército Rojo titulado «El
revolucionario como historiador», Isaac Deutscher resumía el método de
escritura histórica de Trotsky comparándolo con la capacidad de Carlyle para
captar las emociones del pueblo oprimido convertido en agente político, pero
insistía en que el pensador bolchevique era capaz de combinar su «brío
imaginativo» con la «claridad cristalina»[2]. El resultado fue un libro escrito
con pasión e inteligencia. Durante un siglo, en todo el mundo, la mayor parte
de la izquierda –mucho más allá de los movimientos comunistas oficiales–
percibió la Revolución de Octubre de una forma similar: como la imagen
emblemática de las aspiraciones utópicas y la prueba irrefutable de una visión
teleológica que postulaba el socialismo como el final natural de la historia.
La interpretación opuesta presentaba a los bolcheviques como encarnación
de las potencialidades totalitarias de la modernidad. Tras la consolidación de
la URSS en la segunda mitad de la década de 1920, se abandonaron las
descripciones iniciales –debidas a la pluma de Churchill– de una manada de
babuinos saltando sobre un campo de ruinas y cráneos, pero el comunismo
siguió apareciendo como una patología peligrosa de las sociedades modernas.
Para muchos pensadores conservadores, desde Isaiah Berlin hasta Martin
Malia, desde Karl Popper hasta Richard Pipes, era una especie de
«ideocracia», el inevitable resultado de la transformación coercitiva de la
sociedad siguiendo un modelo abstracto y autoritario[3]. Según esa
convicción de la derecha, la voluntad de crear una comunidad de iguales
engendra una sociedad de esclavos. François Furet, por poner un ejemplo,
rechazó la «pasión» comunista junto con su ideología y las conectó a la
locura original de la propia Revolución, estableciendo una trayectoria lineal
desde el Terror jacobino al Gulag soviético: «Hoy el Gulag conduce a un
replanteamiento del Terror precisamente porque los dos proyectos se
entienden como idénticos»[4].
Las versiones más radicales de estas interpretaciones opuestas –el
comunismo oficial y el anticomunismo de la Guerra Fría– también convergen
en la medida en que, para ambas, el partido comunista era una especie de
fuerza histórica demiúrgica. Como observó irónicamente Claudio S.
Ingerflom, la mayoría de los eruditos de la Guerra Fría defendían «la versión
antibolchevique de una historia “bolchevizada”»[5]. Como en la versión
bolchevique, la ideología dominaba indiscutiblemente el paisaje y el partido
aparecía como su instrumento de confianza, aunque ahora la ruta hacia el
paraíso se hubiera convertido en el camino al infierno. Veinticinco años
después del fin de la URSS y del socialismo realmente existente, sólo la
primera variante de esa representación simétrica ha desaparecido; la segunda
todavía existe, mantiene una posición fuerte, aunque ya no sea hegemónica,
en los círculos académicos, y moldea profundamente los usos públicos del
pasado, desde las vulgarizaciones mediáticas a las políticas de la memoria.
La historización de la experiencia comunista significa, por tanto, superar
esa dicotomía entre dos narraciones –una idílica y la otra horrenda– que
también son fundamentalmente semejantes. Varias décadas después de su
agotamiento, la experiencia comunista no necesita ser defendida, idealizada o
demonizada; merece ser entendida críticamente como un todo, como una
totalidad dialéctica configurada por tensiones y contradicciones internas, que
presenta múltiples dimensiones en un vasto espectro de colores que va desde
el impulso redentor hasta la violencia totalitaria, desde la democracia
participativa y la deliberación colectiva hasta la opresión ciega y el
exterminio masivo, desde la imaginación más utópica hasta la dominación
más burocrática, pasando a veces de una a otra en un corto lapso de tiempo.
En 1991, escribiendo un nuevo prefacio al informe autobiográfico de su
ruptura con el Partido Comunista Francés, Edgar Morin propuso una
definición del estalinismo que capta al mismo tiempo la complejidad y el
carácter contradictorio de la experiencia comunista: fue, escribía, «el
monstruoso paso de una gigantesca aventura para cambiar el mundo»[6].
Inevitablemente, ese momento de pesadilla dejaba en la sombra al resto, y de
hecho a todo el siglo XX, pero esa aventura había comenzado antes y
continuó después de la caída del socialismo real. Así, historizar el
comunismo significa inscribirlo en esa «gigantesca aventura», tan antigua
como el propio capitalismo. El comunismo era un camaleón que no podía ser
aislado como una experiencia insular o separado de sus precursores y
herederos.
El comunismo surgió de la Revolución de Octubre, que fue todo un
proceso, aunque no reprodujo la visión evolutiva de Gibbon del Imperio
romano: orígenes, ascenso y caída. Ni su surgimiento ni su conclusión eran
inevitables, a pesar de sus premisas históricas, y muchos de sus virajes
resultaron de circunstancias inesperadas. Lejos de ser lineal, su trayectoria
fue quebrada, marcada por roturas y bifurcaciones. Incluye insurgencias
desde abajo y cambios radicales «desde arriba», saltos y regresiones
termidorianas que una visión retrospectiva podría inscribir en una sola
secuencia histórica. Lenin y Stalin no eran iguales, insiste Sheila Fitzpatrick,
pero pertenecen al mismo proceso: «Las guerras revolucionarias de Napoleón
pueden ser incluidas en nuestra concepción general de la Revolución
francesa, aunque no las veamos como encarnación del espíritu de 1789; y un
enfoque similar parece legítimo en el caso de la Revolución rusa»[7]. En su
libro, la Revolución rusa se desarrolla desde febrero de 1917 hasta las
grandes purgas de 1936-1938. Creyendo en una posible «regeneración» de su
espíritu original, Isaac Deutscher extendió el proceso hasta la
desestalinización de 1956. Hoy podemos fácilmente reconocer que su
diagnóstico era incorrecto, pero su percepción de un movimiento en marcha
era compartida por millones de personas en todo el mundo. La visión binaria
de un bolchevismo revolucionario opuesto a una contrarrevolución estalinista
permite distinguir entre violencia emancipatoria y represión totalitaria, pero
esconde las conexiones que las unen y se arriesga a resultar tan estéril como
la interpretación conservadora de una continuidad sustancial desde Lenin
hasta Gorbachov, enraizada en las bases ideológicas de la URSS.
Entender el comunismo como una experiencia histórica global requiere
distinguir entre movimientos y regímenes –como recomendó Renzo De
Felice[8] para la interpretación del fascismo italiano–, sin separarlos: los
movimientos no sólo se convirtieron en regímenes, sino que estos últimos
mantuvieron un vínculo simbiótico con los primeros, que orientaron sus
proyectos y acciones. El partido bolchevique anterior a 1917, compuesto en
su mayoría por intelectuales y parias exiliados, parece un universo muy
alejado del gigantesco aparato burocrático que dirigió la URSS durante las
décadas siguientes. Son dos mundos diferentes, pero muchos hilos los
conectan. Esto no afecta exclusivamente a la historia del bolchevismo ruso,
sino más bien a la historia del comunismo en su conjunto, al menos durante
sus primeras décadas. Mientras que en la URSS Stalin decidió eliminar a la
vieja guardia bolchevique y más allá (se estiman medio millón de ejecuciones
en la segunda mitad de la década de 1930 y durante la de 1940), los
comunistas dirigieron movimientos de resistencia contra el fascismo en
Europa occidental y organizaron una de las experiencias revolucionarias más
épicas del siglo XX con la Larga Marcha a través de China (1934-1935).
Muchos líderes comunistas, desde Palmiro Togliatti hasta Otto Braun, desde
Gueorgui Dimitrov hasta M. N. Roy y Hồ Chí Minh, vivieron o se formaron
en Moscú.
Como muchos otros «ismos» de nuestro léxico político y filosófico, el
comunismo es una palabra ambigua. Históricamente entendida, no es ni un
tipo ideal ni realmente un concepto, sino más bien una metáfora de múltiples
eventos y experiencias. Su ambigüedad no reside exclusivamente en la
distancia que separa la idea comunista –elaborada por muchos pensadores
utópicos hasta Marx– de sus encarnaciones históricas. Radica en la extrema
diversidad de sus expresiones. No sólo porque los comunismos ruso, chino o
italiano eran diferentes, sino también porque a largo plazo muchos
movimientos comunistas cambiaron profundamente, a pesar de mantener los
mismos líderes y referencias ideológicas. Considerado como un todo, el
comunismo parece más bien un mosaico de comunismos. Dibujando su
«anatomía» se pueden distinguir al menos cuatro formas amplias de
comunismo, interrelacionadas y no necesariamente opuestas entre sí, pero lo
suficientemente diferentes como para ser reconocidas como tales: el
comunismo como revolución; el comunismo como régimen; el comunismo
como anticolonialismo; y, finalmente, el comunismo como una variante de la
socialdemocracia. La Revolución de Octubre era su matriz común. Esto no
significa que todas ellas tengan un origen ruso, en la medida en que el propio
bolchevismo fue producto de un proceso histórico global; pero sí significa
que todas las formas del comunismo del siglo XX estaban relacionadas con la
Revolución rusa, el gran acontecimiento histórico en el que reconocían su
punto de partida y su epifanía.
EL PROCESO DE LA REVOLUCIÓN
La revolución es un proceso, explicaba hace casi veinte años Sheila
Fitzpatrick, pero la visión del comunismo como revolución se centra
principalmente en su momento inaugural y hace hincapié en su carácter
disruptivo. La revolución es el momento en que, recordando las palabras de
Deutscher, los seres humanos hacen su propia historia; es el momento
transicional, efímero, mágico, en que los oprimidos se convierten en sujetos
históricos, dan la vuelta al viejo orden social y político y tratan de sustituirlo
por uno nuevo. La revolución es una suspensión del tiempo histórico, cuando
la linealidad de un tiempo «homogéneo y vacío» se rompe violentamente,
abriendo nuevos horizontes y proyectando la sociedad hacia un futuro aún
por inventar. Citando una imagen sugerida por Walter Benjamin, se podría
comparar ese momento de ruptura con el «proceso de escisión del átomo»
que de repente «libera la enorme energía de la historia»[9]. Podríamos
llamarlo la etapa eisensteiniana del comunismo: Octubre no es una
reconstitución histórica de la Revolución rusa; es una obra maestra que capta
su impulso emancipador. La revolución trata de relaciones de poder, tácticas
y estrategia, movimientos y liderazgos, y del arte de la insurrección; pero
también trata de aspiraciones, rabia, resentimiento, felicidad, comunalidad,
utopías y memoria. En resumen, es un momento en el que la política se
inunda repentinamente de sentimientos y emociones. Es una práctica de lo
común exactamente opuesta al modelo de sociedad de individuos aislados
que compiten entre sí postulado por el liberalismo clásico. En tales
circunstancias históricas, los líderes son impulsados y orientados por estas
nuevas formas de actuación colectiva. Simplemente registran y formalizan las
decisiones de un poder constituyente que asciende desde abajo. En su
autobiografía, León Trotsky menciona vívidamente esa característica de
cualquier proceso revolucionario al describir la emocionante atmósfera de sus
discursos en el Circo Moderno de Petrogrado en 1917. La muchedumbre
penetraba en su subconsciente y hablaba a través de su voz: «Ningún orador,
por agotado que estuviera, podía resistir la tensión eléctrica de aquella
apasionada muchedumbre humana. […] En tales ocasiones sentía como si
estuviera escuchando al orador desde fuera, tratando de mantener el ritmo de
sus ideas, temiendo que, como un sonámbulo, pudiera caer desde el borde del
tejado al oír mi razonamiento consciente»[10].
Es importante recordar el estado de ánimo de la Revolución rusa porque
contribuyó a crear una imagen icónica que sobrevivió a las desgracias de la
URSS y proyectó su sombra sobre todo el siglo XX. Su aura atrajo a millones
de seres humanos en todo el mundo y se preservó relativamente incluso
cuando el aura de los regímenes comunistas se había cuarteado sin remedio.
En las décadas de 1970 y 1980 alimentó una nueva ola de radicalización
política que no sólo reclamaba su autonomía con respecto a la URSS y sus
aliados, sino que los percibía como enemigos.
La Revolución rusa se gestó durante la Gran Guerra. Fue el producto del
colapso del «largo siglo XIX», la era de los «cien años de paz», como dijo
Karl Polanyi[11], y el vínculo simbiótico entre la guerra y la revolución
configuró toda la trayectoria del comunismo durante el siglo XX. La Comuna
de París, nacida de la Guerra franco-prusiana de 1870, había sido precursora
de la política militarizada, como insistían a menudo muchos pensadores
bolcheviques; pero la Revolución de Octubre la amplió a una escala
incomparablemente mayor: la Guardia Nacional no era el Ejército Rojo y los
veinte distritos de la capital francesa no podían compararse con el Imperio
zarista. La Primera Guerra Mundial transformó al propio bolchevismo, que
cambió muchas de sus características: varias obras canónicas de la tradición
comunista como La revolución proletaria y el renegado Kautsky (1918) de
Lenin o Terrorismo y comunismo de León Trotsky (1920) habrían sido
inimaginables antes de 1914. Así como 1789 dio pie a un nuevo concepto de
revolución, que ya no tenía que ver principalmente con una rotación
astronómica, sino con una ruptura social y política, Octubre de 1917 la
reformuló en términos militares: crisis del viejo orden, movilización masiva,
dualidad de poder, insurrección armada, dictadura proletaria, guerra civil y
choque violento con la contrarrevolución. El Estado y la revolución de Lenin
(1917) formalizó el bolchevismo como ideología (una interpretación de las
ideas de Marx) y como un conjunto de preceptos estratégicos que lo
distinguían del reformismo socialdemócrata, una política perteneciente a la
agotada era del capitalismo del siglo XIX. El bolchevismo emergió de una
época de brutalización de la cultura y la política, en la que la guerra irrumpió
en la política, cambiando su lenguaje y su práctica. Fue un producto de la
transformación antropológica que, como decía George L. Mosse, configuró el
viejo continente al final de la Gran Guerra[12]. Ese código genético del
bolchevismo era visible en todas partes, de los textos a las lenguas, de la
iconografía a las canciones, de los símbolos a los rituales. Sobrevivió a la
Segunda Guerra Mundial y se mantuvo pujante en los movimientos rebeldes
de los años setenta, cuyos lemas y liturgias insistían obsesivamente en la idea
de un choque violento contra el Estado. El bolchevismo creó un paradigma
militar de la revolución que marcó a fondo la historia de los comunismos en
todo el planeta. La resistencia europea, así como los brotes socialistas en
China, Corea, Vietnam y Cuba, reprodujeron un vínculo simbiótico similar
entre la guerra y la revolución, de manera que el movimiento comunista
internacional acabó entendiéndose como un ejército revolucionario formado
por millones de combatientes, y esto tuvo consecuencias inevitables en
términos de organización, autoritarismo, disciplina, reparto de tareas y por
último, pero no menos importante, de jerarquías de género. En un
movimiento de guerreros, las líderes femeninas sólo podían ser excepciones.
Ni siquiera Gramsci, que trató de cuestionar el paradigma bolchevique para la
revolución en Occidente, eludió un marco teórico militar en el que distinguía
entre la «guerra de movimientos» y la «guerra de posiciones».
EL RÉGIMEN COMUNISTA
El régimen comunista institucionalizó esta dimensión militar de la
revolución, y con ello destruyó el espíritu creativo, anarquista y
autoemancipador de 1917, congelando y vaciando las formas y prácticas de la
democracia inventadas durante un año de efervescencia social y política; pero
al mismo tiempo se inscribió en el proceso revolucionario. El cambio de la
revolución hacia el régimen soviético pasó por diferentes etapas: la guerra
civil (1918-1921), la colectivización de la agricultura (1930-1933) y las
purgas políticas de los juicios de Moscú (1936-1938). Tras la disolución de la
Asamblea Constituyente, en diciembre de 1917, los bolcheviques afirmaron
la superioridad de la democracia soviética, pero al final de la guerra civil esta
última agonizaba. Durante aquel conflicto atroz y sangriento se reintrodujo la
censura, se suprimió el pluralismo político hasta abolir finalmente cualquier
fracción dentro del propio Partido Comunista, se militarizó el trabajo y se
crearon los primeros campos de trabajo forzado, se instituyó una nueva
policía secreta política (Cheka) y se sovietizaron coercitivamente naciones
cuyo derecho de autodeterminación se había sido proclamado anteriormente.
En marzo de 1921, la violenta represión de Kronstadt simbolizó el fin de la
democracia soviética, y la URSS que surgió de la guerra civil era ya una
dictadura de partido único. Diez años más tarde, la colectivización de la
agricultura puso fin brutalmente a la revolución campesina e inventó nuevas
formas
de
violencia
totalitaria
imponiendo
la
modernización
burocráticamente centralizada del país. Durante la segunda mitad de la
década de 1930, las purgas políticas eliminaron físicamente los últimos
vestigios del bolchevismo revolucionario y disciplinaron a toda la sociedad
estableciendo el imperio del terror. Durante dos décadas, la URSS fue un
gigantesco sistema de campos de concentración. Entre la colectivización y los
Procesos de Moscú, la revolución cultural que se había propagado después de
1917 fue brutalmente aplastada; la vanguardia estética fue erradicada y el
Realismo socialista se convirtió en la doctrina soviética oficial en la literatura
y las artes, al tiempo que se restauraba el nacionalismo ruso en todas las
repúblicas no rusas de la URSS. Esas transformaciones consolidaron lo que
se conoce como estalinismo.
Desde mediados de la década de 1930, la URSS correspondía
aproximadamente a la definición clásica del totalitarismo elaborada unos
años más tarde por muchos pensadores políticos conservadores: una ideología
oficial, liderazgo carismático, dictadura del partido único, supresión del
Estado de Derecho y del pluralismo político, monopolio de todos los medios
de comunicación puestos al servicio de la propaganda del Estado, terror
social y político organizado mediante un sistema de campos de
concentración, y sustitución del capitalismo de libre mercado por una
economía centralizada. Esta descripción, habitualmente utilizada para
subrayar las similitudes entre el comunismo y el fascismo, no es errónea pero
sí extremadamente superficial. Incluso si se ignoran las enormes diferencias
entre las ideologías fascista y comunista, así como el contenido social y
económico de sus sistemas políticos –ese es otro debate–, sigue en pie el
hecho de que una definición tan clásica del totalitarismo no capta la dinámica
interna del régimen soviético. Es simplemente incapaz de inscribirlo en el
proceso de la Revolución rusa. Presenta a la URSS como un sistema
monolítico estático, cuando en realidad el advenimiento del estalinismo
significó una profunda y prolongada transformación de la sociedad y la
cultura.
Igualmente insatisfactoria es la definición del estalinismo como
contrarrevolución burocrática o revolución «traicionada». El estalinismo
significó ciertamente un alejamiento radical de cualquier idea de democracia
y
autoemancipación,
pero
no
fue,
hablando
propiamente,
una
contrarrevolución. La comparación con el Imperio napoleónico es pertinente
en la medida en que el estalinismo vinculó conscientemente las
transformaciones engendradas por la Revolución rusa tanto a la Ilustración
como a la tradición del Imperio ruso, pero no significó la restauración del
Antiguo Régimen, ni política, ni económica, ni siquiera culturalmente. El
estalinismo pertenecía al proceso de la Revolución rusa, sugiere Stephen
Kotkin, porque su proyecto era la construcción de una nueva civilización. El
bolchevismo, insiste, «debe verse no sólo como un conjunto de instituciones,
un grupo de personalidades o una ideología, sino como un conjunto de
poderosos símbolos y actitudes, un lenguaje y nuevas formas de expresión,
nuevas maneras de comportarse en público y en privado, incluso nuevos
estilos vestimentarios; en resumen, como una experiencia en marcha a través
de la cual era posible imaginar y esforzarse por construir una nueva
civilización llamada socialismo». En relación con el bolchevismo, continúa,
«el estalinismo no era sólo un sistema político, y mucho menos la tiranía de
un individuo. Era un conjunto de valores, una identidad social, una forma de
vida»[13]. Lejos de restaurar el poder de la vieja aristocracia, el estalinismo
creó una nueva elite económica, administrativa, científica e intelectual,
reclutada entre las clases bajas de la sociedad soviética –especialmente el
campesinado– y educada por las nuevas instituciones comunistas. Esta es la
clave para explicar por qué el estalinismo se benefició de un consenso social,
a pesar del Terror y de las deportaciones masivas. Según Boris Groys, incluso
en el terreno estético el estalinismo desplegó, a pesar de sus formas
totalitarias, el espíritu creativo de la revolución. Por eso sería erróneo reducir
el Realismo socialista a una forma simple de neoclasicismo. Al igual que la
vanguardia, sugiere, «la cultura estalinista siguió orientada hacia el futuro;
era prospectiva más que mimética, una visualización del sueño colectivo del
nuevo mundo y de la nueva humanidad más que el producto del
temperamento de un artista individual; no se retiró al museo, sino que
aspiraba a ejercer una influencia activa sobre la vida. En resumen, no puede
considerarse simplemente como “regresiva” o antivanguardista»[14].
Interpretar el estalinismo como un paso en el proceso de la Revolución rusa
no significa admitir un recorrido lineal. La primera oleada de terror,
comparable con el terror jacobino de 1793-1794, tuvo lugar durante la Guerra
Civil, cuando la propia supervivencia del poder soviético estaba amenazada
por una coalición internacional. La brutalidad de la contrarrevolución blanca,
la violencia extrema de su propaganda y de sus prácticas –pogromos y
masacres– empujó a los bolcheviques a establecer una dictadura despiadada.
Stalin promovió la segunda y la tercera oleadas de terror –la colectivización y
las purgas– en la década de 1930, en un país pacificado cuyas fronteras
habían sido internacionalmente reconocidas y cuyo poder político no estaba
ya amenazado por fuerzas internas ni externas. Es evidente que el ascenso de
Hitler al poder en Alemania indicaba la posibilidad de una nueva guerra a
medio plazo, pero el carácter masivo, ciego e irracional de la violencia de
Stalin debilitó considerablemente a la URSS en lugar de reforzarla y
equiparla para hacer frente a ese peligro. El estalinismo fue una «revolución
desde arriba», una mezcla paradójica de modernización y regresión social,
cuyo resultado final fue la deportación masiva, un sistema generalizado de
campos de concentración, un conjunto de procesos que evocaban las fantasías
de la Inquisición y una oleada de ejecuciones en masa que decapitó al Estado,
al partido y al ejército. En las zonas rurales, el estalinismo significaba, según
Bujarin, el retorno a la «explotación militar feudal» del campesinado con
efectos económicos catastróficos[15]. De modo que la visión apologética de
Eric Hobsbawm, para el que Stalin no era sino un dictador adaptado a las
condiciones históricas de un campesinado cuya mentalidad recordaba la de la
plebe occidental del siglo XI, parece altamente cuestionable[16]. En el mismo
momento en que los kulaks morían de hambre en Ucrania, el régimen
soviético estaba transformando decenas de miles de campesinos en técnicos e
ingenieros. En resumen, el totalitarismo soviético fusionaba modernismo y
barbarie; era una tendencia prometeica peculiar y aterradora. Arno Mayer lo
definió como «una amalgama desigual e inestable de logros monumentales y
crímenes monstruosos»[17]. Por supuesto, cualquier estudioso o activista de
izquierda podría fácilmente compartir la valoración de Victor Serge sobre la
moral, filosófica y política, que separaba radicalmente al estalinismo del
auténtico socialismo, en la medida en que la URSS de Stalin se había
convertido en «un Estado totalitario absoluto y burocrático, ebrio de su
propio poder, para el que el individuo no contaba»; pero esto no cambia el
hecho, reconocido por el propio Serge, de que ese totalitarismo rojo se dio y
desarrolló en un proceso histórico iniciado por la Revolución de Octubre[18].
Evitando cualquier enfoque teleológico, se podría observar que ese resultado
no era históricamente ineluctable ni estaba inscrito en un patrón ideológico
marxista. Los orígenes del estalinismo tampoco se pueden imputar
simplemente, como sugiere el funcionalismo radical, a las circunstancias
históricas de la guerra y al atraso social de un país gigantesco con un pasado
absolutista, en el que construir el socialismo obligaba inevitablemente a
reproducir el azote de la «acumulación primitiva de capital». La ideología
bolchevique desempeñó un papel durante la Guerra Civil rusa en esa
metamorfosis de un impulso emancipador democrático a una dictadura
totalitaria y despiadada. Su visión normativa de la violencia como «partera de
la historia» y su culpable indiferencia hacia el marco jurídico de un Estado
revolucionario, históricamente transitorio y condenado a la extinción,
favoreció ciertamente el nacimiento de un régimen autoritario de partido
único. Múltiples hilos llevaban de la revolución al estalinismo, así como de la
URSS a los movimientos comunistas que actuaban en todo el mundo. El
estalinismo fue a la vez un régimen totalitario y, durante algunas décadas, la
corriente hegemónica de la izquierda a escala internacional.
EL MUNDO DESPUÉS DE OCTUBRE
La Revolución de Octubre estableció las premisas de la descolonización.
Debido a su situación intermedia entre Europa y Asia, con un territorio
gigantesco que se extendía a ambos continentes, la URSS, habitada por una
gran variedad de comunidades nacionales, religiosas y étnicas, se convirtió en
locus de una nueva encrucijada entre Occidente y el mundo colonial. El
bolchevismo podía dirigirse tanto a las clases proletarias de los países
industrializados como a los pueblos colonizados del Sur. Habría que
retroceder más de un siglo, hasta el vínculo simbiótico entre la Revolución
francesa y la haitiana, para encontrar un acontecimiento histórico con un
impacto global similar. Durante el siglo XIX el anticolonialismo era casi
inexistente en Occidente, con la notable excepción del movimiento
anarquista, cuyos activistas e ideas circularon ampliamente entre Europa
meridional y oriental, América Latina y diferentes países asiáticos. Después
de la muerte de Marx, el socialismo basó sus esperanzas y expectativas en la
creciente fuerza industrial, principalmente blanca y masculina, y se concentró
en los países capitalistas desarrollados de Occidente. Todos los partidos
socialistas de masas incluían poderosas corrientes que defendían la «misión
civilizadora» de Europa en todo el mundo. La violencia extrema del
colonialismo podría ser denunciada vigorosamente –como después del
exterminio de los herero en la Namibia alemana en 1904– sin poner en duda
el derecho histórico de los imperios europeos a gobernar Asia y África. Los
partidos socialistas –en especial los situados en los mayores imperios–
pospusieron la liberación colonial a la transformación socialista de Europa y
Estados Unidos. Cuando se debatió la cuestión colonial en los congresos de la
Segunda Internacional –en Ámsterdam en 1904 y tres años después en
Stuttgart–, la definición de los pueblos colonizados como «razas inferiores»
fue criticada, pero nadie cuestionó la legitimidad de sus defensores dentro de
los partidos socialistas, donde estaban bien representados.
La revolución bolchevique supuso una ruptura radical con esa tradición. El
segundo congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú en
junio de 1920, aprobó un documento programático que reclamaba
revoluciones coloniales contra el imperialismo; su objetivo era tanto la
creación de partidos comunistas en el mundo colonial como una clara ruptura
con las ambigüedades de la antigua socialdemocracia. Un par de meses
después, los bolcheviques organizaron un Congreso de los Pueblos de Oriente
en Bakú (Azerbaiyán), que reunió a casi tres mil delegados de la mayoría de
los once países asiáticos independientes y que terminó con un discurso de
Grigori Zinóviev en el que llamaba a la yihad contra el imperialismo[19].
Aquel congreso, en el que participaron intelectuales involucrados en los
primeros movimientos comunistas embrionarios, dirigentes sindicales y
asociaciones campesinas, así como representantes de varias corrientes
nacionalistas emergentes, tuvo un fuerte impacto que ocultó sus
ambigüedades y contradicciones internas, encarnadas en la presencia de
socialistas armenios y nacionalistas turcos –cinco años después del inicio del
genocidio decidido por el gobierno de los Jóvenes Turcos–, e incluso de
algunos nacionalistas chinos que iban a aplastar violentamente cinco años
después una sublevación en Cantón. Las relaciones conflictivas entre el
comunismo y el nacionalismo se clarificarían en las décadas siguientes, pero
la Revolución de Octubre fue el momento inaugural del anticolonialismo
global, en la medida en que reconoció a los pueblos colonizados como sujetos
políticos y agentes históricos. En pocas palabras, la Revolución de Octubre
puso fin a más de un siglo de «silencio del pasado», una época en la que la
Revolución haitiana había sido borrada de la historiografía y la conciencia
histórica de Occidente al resultar inconcebible según sus categorías
epistemológicas. Para Michel-Rolph Trouillot, el derrocamiento del dominio
colonial y la autoemancipación de los esclavos que tuvo lugar en Haití desde
1791 a 1804 desafió «las suposiciones ontológicas y políticas» de las culturas
occidentales, hasta poner en tela de juicio el «marco conceptual de
referencia» de sus corrientes políticas más radicales[20]. Su efecto en la
elaboración de una idea universalista heredada de la Ilustración era tan
influyente como oculta, inconsciente y, en definitiva, impensable. Como
resultado, la revolución haitiana fue completamente borrada del paisaje
intelectual de la izquierda. Octubre de 1917 la reintrodujo. Los jacobinos
negros de C. L. R. James, la historia de la transformación de los esclavos «en
un pueblo capaz de organizarse y derrotar a las naciones europeas más
poderosas de su tiempo»[21], fue publicado en 1938, pero el «marco
conceptual» de esa supresión se rompió en 1917. A partir de la década de
1920, el anticolonialismo pasó repentinamente del campo de la posibilidad
histórica al de la estrategia y la organización militar. La proclamación de la
República Popular de China en Pekín en 1949 fue el resultado de un proceso
que, desde el levantamiento de Cantón en 1925 hasta la Larga Marcha y la
guerra antijaponesa, encontraron una de sus premisas necesarias en la
revolución bolchevique.
Este giro histórico –tanto político como epistemológico– tuvo por supuesto
múltiples dimensiones. A la izquierda, significó la reconfiguración de la
relación entre raza y clase, extendiendo la concepción del sujeto político a los
pueblos colonizados. Este cambio tuvo lugar dentro del marco teórico del
marxismo y configuró toda su trayectoria durante el siglo XX como una
nueva etapa de la Ilustración radical: el comunismo se fusionó con el
humanismo, el anticolonialismo y el universalismo. A la derecha, significó la
racialización del propio bolchevismo. Desde la Guerra Civil rusa y los
levantamientos revolucionarios en Europa central, desde Berlín hasta
Budapest, la propaganda nacionalista había comenzado a presentar a los
bolcheviques como salvajes que encarnaban una forma peligrosa de «barbarie
asiática» que amenazaba a Occidente. Bajo la República de Weimar, el
pangermanismo asimiló a los pueblos eslavos a razas inferiores y presentaba
a los bolcheviques como los líderes de una gigantesca revuelta de esclavos.
Los estereotipos racistas –desde los orígenes asiáticos de Lenin al mito de
una cheka china– inundaban la literatura anticomunista. En la década
siguiente el nacionalsocialismo completó ese cuadro describiendo al
bolchevismo como la coalición de una subhumanidad no blanca dirigida por
una intelligentsia judía revolucionaria. En un famoso discurso pronunciado
en Düsseldorf en 1932 ante una audiencia de industriales alemanes, Hitler
presentó a la URSS como la principal amenaza para la «raza blanca» y la
civilización. Durante varias décadas el colonialismo, el antisemitismo y el
anticomunismo han sido dimensiones esenciales de la cultura política del
conservadurismo occidental, en un amplio espectro que fusionaba múltiples
corrientes desde Churchill hasta Hitler.
La alianza entre el comunismo y el anticolonialismo experimentó varios
momentos de crisis y tensiones, relacionadas tanto con conflictos ideológicos
como con los imperativos de la política exterior de la URSS. En los años
treinta, el giro antifascista adoptado por el Partido Comunista Francés
sobrevino como una extraña simbiosis de estalinismo y republicanismo
nacional, que inscribió la Revolución rusa en la tradición nacional del
jacobinismo y el internacionalismo socialista en su misión civilizadora
universal. Como consecuencia, el anticolonialismo fue dejado de lado. Al
final de la Segunda Guerra Mundial, el PCF participó en un gobierno de
coalición que reprimió violentamente las revueltas anticoloniales en Argelia
(1945) y Madagascar (1947), y en la década siguiente apoyó al primer
ministro Guy Mollet al comienzo de la guerra de Argelia[22]. En la India, el
movimiento comunista quedó marginado durante la Segunda Guerra Mundial
debido a su decisión de suspender la lucha anticolonial y apoyar al Imperio
británico, que había entrado en una alianza militar con la URSS contra las
potencias del Eje. Si bien esos ejemplos muestran las contradicciones del
anticolonialismo comunista, no alteran el papel histórico desempeñado por la
URSS como retaguardia de muchas revoluciones anticoloniales. Todo el
proceso de la descolonización tuvo lugar en el contexto de la Guerra Fría,
dentro de las relaciones de fuerza establecidas por la existencia de la URSS.
En muchos casos el comunismo anticolonial trascendió las fronteras del
estalinismo, la URSS y China, como demuestran los movimientos
guerrilleros latinoamericanos después de la Revolución cubana. La ola de
guerras neoimperiales que han barrido Oriente Medio desde el colapso de la
URSS muestra, aunque en forma puramente negativa, la conexión orgánica
que relacionaba comunismo y descolonización. Retrospectivamente, esta
última aparece como una experiencia histórica en la que las dos dimensiones
del comunismo mencionadas anteriormente –emancipación y autoritarismo,
revolución y poder dictatorial– se combinaron permanentemente. En la
mayoría de los casos, las luchas anticoloniales fueron concebidas y
organizadas como campañas militares llevadas a cabo por ejércitos de
liberación, y los regímenes políticos que establecieron fueron, desde el
principio, dictaduras de un solo partido. Algunas revoluciones coloniales
experimentaron sucesivamente dos fases: primero, el momento eufórico,
exaltante, gozoso pero a menudo efímero de la emancipación, cuando los
viejos gobernantes caían y los gobernados se convertían en hombres y
mujeres libres; y después, el oscuro momento abrumador de la opresión,
cuando los seres humanos perdían cualquier poder de decisión y eran de
nuevo esclavizados y transformados en un material reificado y consumible.
En Camboya, al final de un guerra feroz, la dimensión militar de la
revolución anticolonial sofocó completamente su impulso emancipador, y la
conquista del poder por los Jemeres Rojos dio lugar inmediatamente al
estableciendo de un poder genocida. La felicidad de La Habana insurgente el
primero de enero de 1959 y el terror de los campos de la muerte camboyanos
son los polos dialécticos del comunismo como anticolonialismo.
UN COMUNISMO SOCIALDEMÓCRATA
La cuarta dimensión del comunismo del siglo XX es la socialdemócrata, es
decir, su capacidad, en determinados países y periodos, de desempeñar el
papel tradicionalmente asignado a la socialdemocracia. Esto ocurrió en
algunos países occidentales, sobre todo en las décadas de posguerra, gracias a
un conjunto de circunstancias relacionadas con el contexto internacional, la
política exterior de la URSS y la ausencia o debilidad de los partidos
socialdemócratas clásicos, y también en algunos países nacidos de la
descolonización. Los ejemplos más significativos de este peculiar fenómeno
se encuentran en Estados Unidos en el momento del New Deal, en la Francia
e Italia de posguerra y en la India (Kerala y Bengala Occidental).
Evidentemente, el comunismo socialdemócrata estaba geográfica y
cronológicamente más circunscrito que los otros, pero aun así existía. En
cierta medida, el renacimiento de la propia socialdemocracia después de 1945
fue un subproducto de la Revolución de Octubre, que había cambiado el
equilibrio de poder a escala mundial y obligaba al capitalismo a una
transformación significativa, adoptando un «rostro humano».
Esta definición oximorónica no ignora los lazos que el comunismo francés,
el italiano o el indio tenían con las revoluciones, el estalinismo y la
descolonización, su capacidad de dirigir movimientos insurgentes –en
particular durante la Resistencia contra la ocupación nazi– o sus conexiones
con Moscú durante varias décadas, en la medida en que su primera crítica
abierta de la política exterior soviética no tuvo lugar hasta los años sesenta;
primero con el conflicto sino-soviético, y luego con la invasión de
Checoslovaquia por los tanques soviéticos. Incluso su estructura interna y
organización, así como su cultura, referencias teóricas e imaginación política
eran, al menos hasta finales de la década de 1970, mucho más estalinistas que
socialdemócratas. Pese a esas características reconocibles y nunca negadas,
estos partidos desempeñaron un papel socialdemócrata típico: reformar el
capitalismo, contrarrestar las desigualdades sociales, obtener atención
sanitaria, educación y ocio accesibles para el mayor número de personas; en
resumen, mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y darles una
representación política. Su objetivo no era la abolición del capitalismo, sino
más bien una reforma social global, dentro del marco del propio capitalismo.
Su política correspondía fundamentalmente a la «revisión» teórica del
marxismo clásico propuesta por Eduard Bernstein en su famoso ensayo Die
Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie
[Las precondiciones del socialismo y las tareas de la socialdemocracia,
1899], que preveía una transformación gradual del capitalismo que lo haría
evolucionar hacia el socialismo, aunque ningún partido comunista reconoció
nunca esa conexión. Su arsenal doctrinal seguía siendo fuerte y convincente,
aunque estuvieran construyendo las democracias liberales occidentales. En
Italia, sin embargo, el PCI trató de conceptualizar su orientación estratégica
inscribiéndola en la tradición canónica. La publicación de [una versión
expurgada de] los Quaderni del Carcere de Gramsci (1948-1951) con sus
reflexiones sobre la hegemonía, la cultura nacional, el bloque histórico,
Maquiavelo y las diferencias entre el Estado en Rusia y Occidente,
contribuyó a legitimar este giro socialdemócrata (esterilizando al mismo
tiempo la recepción de la obra de Gramsci[23]). El último intento de
proporcionar un fundamento teórico a este tipo de reformismo fue, a
mediados de los años setenta, la idea del eurocomunismo, que algunos
intelectuales elaboraron relacionándolo con la tradición austromarxista
encarnada en la primera mitad del siglo XX por pensadores como Otto Bauer,
Karl Renner y Rudolf Hilferding[24]. Con muy pocas excepciones –
notablemente Santiago Carrillo, antiguo líder de las Juventudes Socialistas
Unificadas durante la Guerra Civil Española, luego exiliado en Moscú y autor
de Eurocomunismo y Estado[25]–, la mayoría de los representantes de esta
corriente abandonaron cualquier referencia al comunismo después de 1989.
Uno de los rasgos peculiares del comunismo socialdemócrata fue por
supuesto su exclusión del poder político, aparte de un par de años entre el
final de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. A diferencia del Partido
Laborista británico, el SPD alemán o las socialdemocracias escandinavas, no
podía reclamar la paternidad del Estado del bienestar. En Estados Unidos el
partido comunista fue uno de los pilares de izquierda del New Deal, junto con
los sindicatos, pero nunca entró en la administración de Roosevelt. No
conoció el poder, sino las purgas del macartismo. En Francia e Italia, los
partidos comunistas influyeron notablemente en el nacimiento de las políticas
sociales de posguerra simplemente por su fuerza y apoyo social fuera del
gobierno. El terreno en el que ejercían su reformismo social era el
«socialismo municipal» en los bastiones de su hegemonía como Bolonia o el
«cinturón rojo» [banlieue rouge] parisino. En un país mucho mayor como
India, los gobiernos comunistas de Kerala y Bengala Occidental podrían ser
considerados formas «locales» poscoloniales equivalentes al Estado del
bienestar. La experiencia del comunismo socialdemócrata tenía dos
condiciones necesarias: por un lado, era un subproducto de la Revolución
rusa, una reforma del capitalismo amenazado por la alternativa comunista, y,
por otro, se inscribía en un ciclo de crecimiento económico permitido por la
reconstrucción de posguerra. En los años ochenta se agotó su trayectoria
cuando la caída de la URSS favoreció la consolidación una nueva ola de
capitalismo neoliberal. El tiempo del comunismo y de la socialdemocracia
había quedado atrás.
Excluidos del poder central, los partidos comunistas tendían a actuar como
«contrasociedades» en las que se remodelaba la existencia de sus miembros,
desde su jornada de trabajo (allí donde había células comunistas) hasta sus
prácticas culturales y su imaginación[26]. Los comunistas tenían sus propios
periódicos y revistas, editoriales, películas y música, sus propias actividades
de ocio y sus propios rituales. El comunismo era una especie de microcosmos
antropológico que envolvía su vida cotidiana. Como enfatizaban muchos
testimonios, el partido comunista era al mismo tiempo una iglesia, es decir,
una comunidad de fe; un ejército con jerarquía y disciplina; y una escuela con
fines educativos. Entrar en él suponía experimentar una conversión, y
abandonarlo era imposible sin apostasía y excomunión. Así, el comunismo
socialdemócrata no escapó al legado tanto del comunismo-revolución como
del régimen comunista: la revolución concebida según un paradigma militar y
el régimen construido como sistema de poder monolítico. La lógica de la
Guerra Fría reforzó ese patrón. Al presentar a los movimientos comunistas en
Occidente como cuerpos extraños y quintacolumnistas dentro de la
democracia liberal, el anticomunismo reforzó esa tendencia a actuar como
contrasociedades monolíticas e inmunes frente a cualquier influencia externa.
Los intelectuales y los artistas eran en su mayoría «compañeros de viaje», ya
que su pertenencia formal al partido habría sido letal para ellos.
El derrumbamiento del comunismo en 1989 cerró esa etapa tan épica como
trágica, tan emocionante como monstruosa, de la «gigantesca aventura
humana para cambiar el mundo». La descolonización y el Estado del
bienestar habían quedado atrás. El colapso del comunismo como régimen, sin
embargo, se llevó consigo al comunismo como revolución. En lugar de
liberar nuevas fuerzas, el fin del estalinismo generó una amplia conciencia de
la derrota histórica de las revoluciones del siglo XX: el naufragio del
socialismo real engulló también la utopía comunista. Las revoluciones del
siglo XXI se verán obligadas a reinventarse, a distanciarse de los patrones
anteriores. Crearán nuevos modelos, nuevas ideas y una nueva imaginación
utópica. Esa reconstrucción no será una tarea fácil, en la medida en que la
caída del comunismo dejó el mundo sin alternativas al capitalismo. Esto ha
creado un nuevo paisaje mental. La nueva generación ha crecido en un
mundo neoliberal en el que el capitalismo se ha convertido en una forma
«natural», casi ontológica, de vida. La izquierda redescubrió un conjunto de
tradiciones revolucionarias que habían sido suprimidas o marginadas a lo
largo de un siglo, ante todo el anarquismo, y reconoció una pluralidad de
sujetos previamente ignorados o relegados a una posición secundaria. Las
experiencias de los movimientos «altermundialistas», las revoluciones árabes,
Occupy Wall Street, los indignados españoles y Podemos, Syriza y el
movimiento francés Nuit Debout, son pasos en el proceso de la invención de
un nuevo «comunismo» discontinuo, alimentado por la memoria pero al
mismo tiempo separado de la Historia del siglo XX y privado de un legado
útil.
El comunismo del siglo XX, nacido como un intento de tomar el cielo por
asalto, se convirtió, como y contra el fascismo, en una expresión de la
dialéctica de la Ilustración. ¿No eran las ciudades industriales soviéticas, los
planes quinquenales, la colectivización agrícola, las naves espaciales, los
gulags convertidos en fábricas, las armas nucleares y las catástrofes
ecológicas diferentes formas del triunfo de la razón instrumental? ¿No era el
comunismo el rostro espantoso de un sueño prometeico, de una idea de
Progreso que había borrado y destruido cualquier experiencia de
autoemancipación? ¿No era el estalinismo una tormenta que «acumulaba
naufragio sobre naufragio» y que millones de personas llamaban
erróneamente «Progreso»[27]? El fascismo fusionó un conjunto de valores
conservadores heredados de la contra-Ilustración con un culto moderno a la
ciencia, la tecnología y la fuerza mecánica. El estalinismo combinaba un
culto similar de la modernidad técnica con una forma autoritaria radical de la
Ilustración: el socialismo transformado en una «utopía fría». Una nueva
izquierda global no tendrá éxito sin «asimilar» esa experiencia histórica.
Extraer el núcleo emancipador del comunismo de ese campo en ruinas no es
una operación abstracta puramente intelectual; necesitará nuevas batallas,
nuevas constelaciones en las que el pasado resurgirá y la «memoria brillará
de nuevo». Los intentos de historizar críticamente el comunismo son
necesarios pero ciertamente no suficientes para ello.
[1] Leon Trotsky, History of the Russian Revolution [1932], Chicago, Haymarket, 2012 [ed. cast.:
Historia de la Revolución rusa, París, Ruedo Ibérico (3 vols.), 1972].
[2] Isaac Deutscher, The Prophet Outcast, Trotsky, 1929-1940 [1954], Londres, Verso, 2003, p. 189
[ed. cast.: Trotsky, el profeta desterrado, México, Era, 1969].
[3] Enzo Traverso, Il totalitarismo: Storia di un dibattito, Verona, Ombre corte, 2015, pp. 77-88.
[4] François Furet, Interpreting the French Revolution, Cambridge, Cambridge University Press,
1981, p. 12. Edición original: Penser la Révolution française, París, Gallimard, 1978 [ed. cast.: Pensar
la Revolución francesa, Madrid, Petrel, 1980].
[5] Claudio Sergio Ingerflom, «De la Russie à l’URSS», en Michel Dreyfus (ed.), Le siècle des
communismes, París, Éditions de l’Atelier, 2000, p. 121.
[6] Edgar Morin, Autocritique, París, Éditions du Seuil, 1991, p. 7.
[7] Sheila Fitzpatrick, The Russian Revolution, Nueva York, Oxford University Press, 1994, p. 3 [ed.
cast.: La Revolución rusa, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005].
[8] Renzo De Felice, Le interpretazioni del fascismo, Bari, Laterza, 1969; trad. al inglés como
Interpretations of Fascism, Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1977 [ed. cast.: El fascismo.
Sus interpretaciones, Buenos Aires, Paidós, 1976].
[9] Walter Benjamin, The Arcades Project [1927-1940], Cambridge (Mass.), Harvard University
Press, 1999, p. 463. Texto original en Das Passagen-Werk, en Gesammelte Schriften. Band V,
Fráncfort, Suhrkamp Verlag, 1982 [ed. cast.: Libro de los Pasajes, ed. de Rolf Tiedemann, Madrid,
Akal, 2005].
[10] Leon Trotsky, My Life: An Attempt at an Autobiography [1929], Nueva York, Dover
Publications, 2007, p. 315 [ed. cast.: Mi vida, Madrid, Akal, 1979].
[11] Karl Polanyi, The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time
[1944], Boston, Beacon Press, 1971, p. 5 [ed. cast.: La gran transformación. Crítica del liberalismo
económico, Madrid, La Piqueta, 1989].
[12] George L. Mosse, Fallen Soldiers: Reshaping the Memory of the World Wars, Nueva York,
Oxford University Press, 1990.
[13] Stephen Kotkin, Magnetic Mountain: Stalinism as a Civilization, Berkeley, University of
California Press, 1995, p. 23.
[14] Boris Groys, The Total Art of Stalinism: Avant-Garde, Aesthetic Dictatorship, and Beyond,
Londres, Verso, 2011, p. 113 [ed. cast.: Obra de arte total Stalin, Valencia, Pre-Textos, 2009].
[15] Nicolas Werth, «Un État contre son peuple. Violence, répression, terreurs en Union soviétique»,
en Stéphane Courtois (ed.), Le livre noir du communisme: Crimes, Terreur, Répression, París, Robert
Laffont, 1997, p. 162.
[16] Eric Hobsbawm, Age of Extremes: A History of the World, 1914-1991, Nueva York, Vintage,
1994, p. 390 [ed. cast.: Historia del siglo XX, 1914-1991, Barcelona, Crítica, 1996].
[17] Arno J. Mayer, The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolutions,
Princeton, Princeton University Press, 2000, p. 607 [ed. cast.: Las Furias. Violencia y terror en las
revoluciones francesa y rusa, Zaragoza, Prensas Universitarias De Zaragoza, 2014].
[18] Véase Victor Serge, Memoirs of a Revolutionary [1942-1943], Nueva York, New York Review
of Books, 2012, p. 326 [ed. cast.: Memorias de un revolucionario, Madrid, Veintisiete Letras, 2011].
[19] Pierre Broué, Histoire de l’Internationale Communiste 1919-1943, París, Fayard, 1997, pp. 181-
182.
[20] Véase Michel-Rolph Trouillot, Silencing the Past: Power and the Production of History,
Boston, Beacon Press, 1995, p. 82.
[21] C. L. R. James, The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution
[1938], Londres, Croom Helm, 2.
a ed., 1980, p. ix [ed. cast.: Los jacobinos negros. Toussaint
L’Ouverture y la Revolución de Haití, Madrid, Turner-Fondo de Cultura Económica, 2003].
[22] Véase Jakob Moneta, Le PCF et la question coloniale, París, Maspero, 1971.
[23] Véase Perry Anderson, «After Gramsci», New Left Review 100 (2016), pp. 71-98 [ed. cast.:
«Los herederos de Gramsci», New Left Review (en español) 100 (sept.-oct. de 2016), pp. 79-110].
[24] Lucio Magri, The Tailor of Ulm: Communism in the Twentieth Century, Londres, Verso, 2011.
Edición original: Il sarto di Ulm. Una possibile storia del PCI, Milán, Il saggiatore, 2009 [ed. cast.: El
sastre de Ulm. El comunismo del siglo XX. Hechos y reflexiones, Barcelona, El Viejo Topo, 2010].
[25] Santiago Carrillo, Eurocomunismo y Estado, Barcelona, Crítica/Grijalbo, 1977.
[26] Annie Kriegel, Les Communistes français. Essai d’ethnographie politique, París, Editions du
Seuil, 1968.
[27] Walter Benjamin, «Theses on the Philosophy of History» [1940], en Illuminations, Nueva York,
Schocken Books, 1968, pp. 237-238. Texto alemán original en «Über den Begriff der Geschichte», en
Gesammelte Schriften, I, 2, ed. de Rolf Tiedemann, Fráncfort, Suhrkamp, 1991 [ed. cast.: «Tesis de
filosofía de la historia», en Angelus Novus, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 77-89].
Epílogo
El aliento de Lukanikos: percepciones de Octubre a lo largo de un
siglo
Fernando Hernández Sánchez
Como ya es conocido, el historiador británico Eric J. Hobsbawm, en su Age
of extremes, estableció la denominación de «corto siglo XX» para el periodo
cuyos hitos inaugurales y de clausura coinciden, respectivamente, con la
Revolución de Octubre y la caída del Muro de Berlín[1]. La centuria se
alumbró en Sarajevo, las trincheras de Verdún, el Somme y el asalto al
Palacio de Invierno de Petrogrado –en principio, un epifenómeno de la guerra
que acabó trascendiéndola– y murió entre 1989 y 1991, con el derrumbe del
bloque socialista y la desaparición de la Unión Soviética. Moshe Lewin se
refirió a esta época como el siglo soviético[2], un tiempo marcado por el
surgimiento, el esplendor, las contradicciones, los desgarros internos y la
implosión de un modelo alternativo al capitalismo a escala planetaria. 1917 y
1991 marcan el orto y el ocaso de la experiencia comunista o, como se decía
por entonces, del «socialismo realmente existente». Para tres generaciones, la
Revolución fue el haz y el envés de sus aspiraciones, y no siempre de manera
unívoca. Ya fuera para abrazar su ejemplo o para combatirlo, para militar
entre sus partidarios o entre sus enemigos, Octubre se erigió durante la era
contemporánea en el sujeto histórico y político de referencia.
¿HAY UNA LUZ EN ORIENTE? (1917-1923)
La primera década del novecientos fue testigo del derrumbe de la
civilización occidental tal como se había conformado hasta la fecha:
capitalista en lo económico, liberal-doctrinaria en lo político, mixtura de
ascenso burgués y languidez aristocrática en lo social, esplendorosa en cuanto
al desarrollo sin parangón de las ciencias, el conocimiento, la extensión de la
educación, las artes y el progreso técnico, eurocéntrica en lo tocante a la
sistematización de un planeta sobre el que el Viejo Continente derramó sus
productos, sus inventos y sus soldados. Un mundo que explosionó con la
Gran Guerra, la primera del ciclo de megamasacres por venir. Todo aquello
que parecía sólido, seguro e inmutable –las monarquías imperiales, los
parlamentos de propietarios, el progreso material como motor de un
inagotable crecimiento espiritual– entró en un vórtice destructivo o se vino
abajo estrepitosamente. Las luces que se apagaron en agosto de 1914, en la
afortunada metáfora del ministro del Foreign Office, sir Edward Grey, nunca
volvieron a verse encendidas.
Cuando, desde una perspectiva presentista se juzga hoy el periodo que
inauguró el cañoneo del crucero Aurora, criticando de forma anacrónica la
ruptura violenta con una supuesta dinámica que habría conducido de manera
natural a la Rusia prerrevolucionaria hacia una economía de mercado, una
democracia liberal y una sociedad abierta de no haber mediado el trauma
revolucionario, hay que recordar el contexto en que colapsó ese idílico
paisaje. El conflicto de 1914-1918 generalizó la brutalización a gran escala de
la política, de la diplomacia y –aunque parezca una redundancia inútil– hasta
de la propia guerra. Nunca antes la ingente capacidad para implementar una
tecnología de destrucción a escala industrial se había llevado a la práctica
aunque, por sí sola, no explique el monstruoso coste en vidas humanas –once
millones en la Primera Guerra Mundial, prólogo de los cerca de 187 millones
para todos los conflictos acaecidos entre 1914 y 1990–. La irrupción de la
«guerra total» supuso un salto cualitativo en la clásica concepción del
enfrentamiento armado entre ejércitos estatales: en la nueva era, el enemigo
era global, sin distinción entre combatientes y no combatientes; los
programas ideológicos se plantearían en términos de todo o nada, de triunfo o
de némesis; y los proyectos de transformación, limpieza u homogeneización
de territorios y poblaciones culminarían en el exterminio en virtud de
objetivos biopolíticos. El genocidio armenio, las matanzas del ejército de
Wrangler o las represalias del Ejército Rojo sobre las poblaciones alógenas
en la Guerra Civil rusa, Auschwitz, Hiroshima, Mi Lay, Camboya, Irak o
Ruanda son los hijos naturales de esta brutalización del conflicto en el «corto
siglo XX»[3].
El apocalipsis bélico resultó un buen conductor de la electricidad
revolucionaria. La mayor parte de los cambios radicales de sistema político y
social durante la centuria ocurrirían a raíz de una conflagración. Cuando, en
palabras de Jean Jaurès en su advertencia al Congreso de Basilea de la
Internacional Obrera, el capitalismo acabó trayendo la guerra como las nubes
dormidas la tormenta[4], el temporal encontró en Europa occidental a una
socialdemocracia mayoritaria abatida, plegada a las respectivas Unions
Sacrées de cada país, y a una izquierda internacionalista minoritaria e
inicialmente compartimentada en círculos solipsistas. La prolongación de una
matanza sin sentido propició que fuera uno de estos últimos, un cenáculo de
intelectuales rusos jacobinizantes, el que lograra metamorfosearse en una
organización de masas con el suficiente nivel de penetración entre
trabajadores y soldados y con el programa audaz requeridos para asaltar el
poder en el contexto de una crisis sistémica. Una fuerza política de nuevo
tipo dispuesta a emplear contra el viejo régimen las armas del
encuadramiento, la disciplina militar y una coerción implacable. Los
bolcheviques desbordaron a los partidos tradicionales que, reclamándose del
marxismo, habían arraigado lo suficiente como para querer arriesgar la
posición alcanzada en el envite de un órdago al sistema al que habían ido
arrancando reformas en pos de una evolución sin violencia[5]. Al mismo
tiempo, su organización y sus métodos superaron a los de las minorías
activistas como los narodniki o los propagandistas por el hecho anarquistas,
cuyos atentados, efectistas pero aislados, no habían pasado de un cuerpo a
cuerpo con las figuras emblemáticas de la oligarquía estatal, sin arrastre
movilizador alguno y con altos costes represivos.
Prueba de los marcos mentales en los que andaban las divisiones
tradicionales del movimiento obrero, socialistas y anarquistas, es que en
España, por ejemplo, los primeros acogieron con cierta inquietud no
desprovista de desasosiego la toma del poder por los bolcheviques por lo que
pudiera tener de impacto negativo en el mantenimiento del esfuerzo de guerra
de los aliados, a cuyo lado militaban ardientemente las huestes de Pablo
Iglesias desde la barrera de la neutralidad diplomática; o, por el contrario, el
alborozo de los anarquistas, sujetos aún al equívoco, inducido por la
propaganda conservadora, que identificaba a los bolcheviques como
maximalistas: en el fragor de los primeros tiempos llegarían a creer que, por
fin, se había hecho realidad una revolución liderada por los suyos[6]. Aunque
pronto acabaron por definirse los campos semánticos y las posturas respecto a
los hechos, con independencia de la adscripción de su ideario, el movimiento
obrero y las clases populares quisieron ver en Rusia la encarnación de sus
aspiraciones. Por encima de lo que realmente estuviese ocurriendo en el
gigante oriental, la Revolución se erigió en el espacio de sublimación de
todas las injusticias y también en la plasmación del infierno en la tierra para
todos sus adversarios. Sería una constante a partir de entonces y hasta los
estertores del sistema nacido de Octubre. Pese a Kronstadt, los bandazos
pendulares de la Komintern (Internacional Comunista o Tercera
Internacional, fundada en 1919), las purgas de los años treinta, el pacto
Molotov-Ribbentrop,
la
glaciación
estaliniana,
la
desacralización
jruschoviana o el anquilosamiento burocrático de la era Brézhnev, quienes se
alinearon con el comunismo en Europa y América lo hicieron en virtud de
una lectura radical del programa del movimiento obrero que había dejado
vacante o en suspenso una socialdemocracia a la que consideraban
amortizada. Y los que lo hicieron en Asia o África fue en virtud del
contramodelo que una Unión Soviética agigantada en breve tiempo mediante
la gestión planificada de sus propios recursos ofrecía frente al capitalismo
extractivo, la subordinación política y el atraso social y cultural impuestos
por sus metrópolis colonizadoras. Al margen de lo que sucediera de fronteras
hacia adentro, cuyo conocimiento enmascaraba la propaganda o se restringía
a un puñado de dirigentes cooptados, las masas de admiradores del Octubre
Rojo pusieron en valor los logros y confiaron, al menos hasta la década de
1960, en la naturaleza perfectible de sus errores.
MIEDO Y REFLUJO (1919-1933)
Recientes aún las ondas sísmicas de 1917, distintas réplicas en forma de
movimientos de fervor y terror paralelos recorrieron el mundo. Entre 1919 y
1922 –el denominado «trienio bolchevique»– Andalucía se agitó en lo que
parecía un contagio del ejemplo soviético: «En cada cortijo y en cada caserío
se celebran diariamente uno o varios mítines; periódicos, libros y folletos de
propaganda circulan profusamente; la masa analfabeta oye arrobada la lectura
de la buena nueva». «Rusia» era la palabra evocadora que inoculaba
desasosiego y miedo en las clases conservadoras y alimentaba las esperanzas
de los que aspiraban a la transformación del país[7]. La Dictadura de Primo
de Rivera vendría a invocar una difusa impunidad de la propaganda
comunista entre los motivos para su instauración, a pesar de que el PCE
contaba solo con un puñado de activistas en 1923. En otros países el «peligro
rojo» fue instrumentalizado urbi et orbi. Una falsificada carta del secretario
de la Komintern, Zinóviev, contribuyó a la derrota de los laboristas británicos
en las elecciones de 1924. La prensa norteamericana agitó el espantajo de los
inmigrantes radicalizados para barrer al sindicalismo izquierdista, como
ejemplificó el proceso contra Sacco y Vanzetti. En Alemania, los nazis
acusarían al Partido Comunista (KPD) del incendio del Reichstag como
pretexto para su ilegalización[8].
En 1923, con la derrota de la República de los Consejos Obreros de Béla
Kun en Hungría y de la Rätererepublik de Múnich, el ciclo revolucionario
iniciado en Octubre languideció[9]. Había que adaptarse a una realidad hostil.
La revolución mundial no había tenido lugar y la soviética quedaba confinada
al interior de unas fronteras menguadas, por lo demás, tras la derrota en la
Gran Guerra y los estragos de la propia guerra civil. La fortaleza del
proletariado quedaba aislada. El comunismo se configuró entonces como un
sistema basado en la existencia de un centro director, la URSS, y un
movimiento internacional articulado en la Komintern dispuesto a jugar sus
peones como si de un ejército mundial se tratase. La defensa de la Unión
Soviética como compromiso de adhesión al primer ensayo de un sistema
basado en el control, por parte de la clase trabajadora, de la producción y de
todos los resortes estatales del poder atrajo, desde sus orígenes y hasta los
años treinta, las simpatías y el propósito de emulación de amplios sectores del
movimiento obrero y de la intelectualidad progresista. Revistas como La
URSS en construcción, profusamente ilustradas en huecograbado, o los films
de Eisenstein contribuyeron a divulgar la épica de lo que parecía ser la
edificación de una nueva era.
La estrategia mundial de la Internacional Comunista puso en valor la figura
del kominteriano, el agente conspirador con tintes románticos que, a
diferencia del estilo de los viejos revolucionarios de 1848, tenía el perfil de
revolucionario profesional y dotes demostradas para organizar en los países
que se le encomendaran las secciones nacionales del ejército mundial del
proletariado, los correspondientes partidos comunistas[10]. Sería de ellos de
quienes saldrían en un futuro próximo los héroes de la resistencia y los
burócratas del bloque socialista, pero también, en expresión de Isaac
Deutscher, los herejes y los renegados, los que, habiendo pertenecido a ese
destacamento mundial de la revolución, se pasarían a las filas contrarias
llevando «sobre sí pedazos y andrajos del antiguo uniforme, complementados
con los más fantásticos y sorprendentes trapos nuevos». En buena medida, la
primera hornada de críticos fue servida por la frustración provocada por el
Termidor estaliniano. La revolución había terminado y dejado paso a la
construcción de un nuevo orden. Y en las diferencias en torno a ello afloraron
los primeros capítulos de lo que Ignazio Silone presagió como la lucha final
entre comunistas y excomunistas[11]. Antiguos responsables nacionales
como el italiano Amadeo Bordiga, el francés de origen ruso Boris Souvarine
o el belga Victor Serge acometieron desde distintas posiciones a la izquierda
de la izquierda la deriva autoritaria de Stalin[12]. Exdelegados de la
Internacional como Franz Borkenau o Arthur Koestler, miembros del Partido
Comunista Alemán (KPD), destacados ambos en España durante la Guerra
Civil, contribuirían a la denominada literatura del desengaño con El reñidero
español (1937), y World Communism[13]; Koestler, que escribió sobre sus
experiencias en la Guerra Civil en su Spanish Testament (1937), giró hacia el
anticomunismo en El cero y el infinito (1942) y narró su revelador viaje a la
URSS en el tercer volumen de su autobiografía, Euforia y utopía[14]. El
croata Ante Ciliga, fundador del Partido Socialista Obrero Yugoslavo
(comunista) y director del semanario Borba (La Lucha), se adhirió al
trotskismo y fue deportado a Siberia; escribió un libro testimonial de sus
vivencias titulado Au pays du grand mensonge (En el país de la gran mentira)
[15]; el peruano Eudocio Ravines, delegado de la Komintern para
Latinoamérica, y organizador del Frente Popular de Chile, rompió con el
estalinismo tras el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 y publicó La gran
estafa en 1952[16]. Jan Valtin, veterano espartaquista infiltrado en la
Gestapo, publicó en 1941 Sans patrie ni frontières, una obra autobiográfica
que, aunque publicada primero en Estados Unidos y luego en la Francia
colaboracionista, pese a denunciar las deformaciones del estalinismo se
convirtió, gracias a la lectura de su primera parte –la del activismo febril de
un veinteañero– en un auténtico manual de formación en técnicas de lucha
clandestina bajo la ocupación[17].
LOS MAÑANAS QUE CANTAN (1935-1945)
A la conmoción producida por la llegada al poder en la sexta parte del
globo de una fuerza política abiertamente hostil al capitalismo, con voluntad
de extender su modelo revolucionario a escala universal, se añadió desde
1929 una crisis derivada del colapso del mercado especulativo en Estados
Unidos y su inmediato efecto contagio en el fragilizado circuito financiero y
comercial internacional. La depresión de una profundidad sin precedentes que
se derivó de ello trastornó primero y modificó sustancialmente después el
paradigma del capitalismo sin reguladores. En este convulso contexto, las
democracias sufrieron la acometida de los fascismos, que amenazaron con
restringir su ámbito de influencia a una pequeña franja de la Europa nórdica y
a los territorios excéntricos de América del Norte y Australia. Al miedo a la
revolución igualitaria se opuso una contrarrevolución antimoderna,
chovinista y racista, una excrecencia reaccionaria de la modernidad basada en
la combinación de un confuso programa de contravalores antiilustrados con
las más avanzadas técnicas de agitación y movilización de masas.
La extrema crudeza de la confrontación política en los años treinta –
implantación de la dictadura nacionalsocialista en Alemania en 1933,
creación de regímenes corporativos con sustento militar en Europa oriental,
aplastamiento de la «Viena roja» por el canciller Dollfuss en 1934, altercados
promovidos por las ligas de excombatientes de extrema derecha en Francia,
«Bienio negro» en España– condujo al giro adoptado en el VII Congreso de
la Komintern de 1935 en el que se apostó por la formación de los Frentes
Populares, un poderoso movimiento aglutinante que coadyuvó tanto a la
conformación de un bloque antifascista de naturaleza transversal –socialistas,
comunistas, republicanos de izquierda– como al logro de decisivas reformas
laborales y sociales en lo que se considera la cimentación del Estado del
bienestar, que acabaría edificándose tras la Segunda Guerra Mundial. Fue
este uno de los más fructíferos periodos en cuanto a la formación de un
imaginario común del movimiento obrero organizado. Para los comunistas
occidentales, la era del Frente Popular renovó los votos revolucionarios hasta
el punto de que, en gran medida, se constituyó en una nueva epifanía del
programa transformador, superponiéndose al de un Octubre cuya evocación
remitía ya al ámbito de lo ceremonial. El frentepopulismo supuso la
ampliación de la base social del movimiento por la transformación social,
extendido a los intelectuales y la burguesía radical e ilustrada temerosa del
avance del fascismo. Por primera vez, sin una toma violenta del poder
político, se impuso una agenda social altamente beneficiosa para la clase
obrera –el reconocimiento de la interlocución de las secciones sindicales de
empresa, los convenios, la extensión de los subsidios y las primeras
vacaciones pagadas–. En contrapartida, se produjo el encuentro de esa clase
obrera, como parte integrante del pueblo, con la nación. En las
manifestaciones del 1 de mayo de 1936, por las calles de París, entre la
Bastilla y la plaza de la República se entonaron alternativamente La
Internacional y La Marsellesa. Cuando el golpe instrumentado por la trama
cívico-militar, monárquica y católica, fracasó en España, la alianza
multipartidista que sostenía al gobierno republicano apeló a la resistencia en
nombre de un proyecto revolucionario nacional-popular. Los mitos del
combate antifascista en el Madrid sitiado fueron, al mismo nivel, Tchapaief,
el guerrillero rojo y La Numancia de Cervantes revisitada por Alberti. La
modificación de los componentes del bloque antifascista se tradujo en la de
sus objetivos, diferentes a los del modelo soviético: reforma agraria frente a
colectivización,
alianzas
pluripartidistas
frente
a
partido
único,
cooperativismo, respeto a la pequeña propiedad, democracia popular de
nuevo tipo versus dictadura del proletariado.
La nacionalización del discurso izquierdista, hasta entonces coto privado de
las derechas conservadora y reaccionaria, inspiró a estas la imagen del
cuchillo entre los dientes para ilustrar el camuflaje de las verdaderas
intenciones de los revolucionarios. Los carteles electorales difundieron el
inquietante rostro bestial de un hombre de rasgos semiorientales con el
machete en la boca, hasta el punto de que los manifestantes antifascistas lo
caricaturizaron en las grandes demostraciones de masas, como recogieron los
noticiarios Pathé de la época. En cualquier caso, la revolución definió el
tablero político y hegemonizó el lenguaje. Todos hubieron de definirse como
pro y anti, y situarse respecto a la revolución: los partidarios, los adversarios,
los
enemigos
y
los
reformistas
homeopáticos
(centro-izquierda,
republicanos). Incluso los fascismos adoptaron el término «revolución» para
su repertorio léxico, despojándola del apellido «social» para adornarla con el
de «nacional». En el camino a la revolución que llegaría les lendemains en
chantant, la militancia activa fue vista como una puerta de acceso a la
modernidad. Militancia obrera, pero también de jóvenes –las cohortes más
numerosas correspondientes al boom demográfico posterior a 1918– y de
mujeres, especialmente de mujeres jóvenes. La afiliación a una organización
sindical o política de masas proporcionaba sensación de fuerza, de
pertenencia a un colectivo influyente, de posesión de las claves para
interpretar la realidad y avanzar en el sentido de la Historia. El partido en que
a los máximos dirigentes se les podía tutear y tratarles de camarada generó
una cultura que se mantendrá incólume hasta los años ochenta, como evocó
Rossana Rossanda:
Los del semisótano, los que pasaban de taller en taller o de casa en casa, al final del trabajo, para
recoger los sellos de la cuota de afiliación, configuraban una sociedad distinta dentro de esta. En la
que los comunistas querían ser los más iguales y los más disciplinados, los explotados y oprimidos
pero seguros de comprender más que los demás las leyes que mueven el mundo, con sencillez y
presunción[18].
Sobre este ánimo incandescente, marcado al mismo tiempo por la épica de
la lucha y la derrota de la República Española y la medrosa reacción
defensiva de las democracias frente al expansionismo nazi, cayó como una
bomba el pacto germano-soviético de agosto de 1939. Se abrió un paréntesis
de dos años, un periodo oscuro durante el que no pocos viajeros del tren de la
Historia decidieron bajarse de él hastiados de sus bandazos, como le ocurrió a
Koestler. Otros, los que podían haber sentido reavivarse el fuego interior del
entusiasmo revolucionario en las trincheras del Jarama, Brunete o el Ebro –
Berzin, Goriev, Antonov-Ovseenko, Koltsov–, resultaron purgados a su
retorno a la URSS. Los incombustibles, como el futuro jefe de la Orquesta
Roja, Leopold Trepper[19], procuraron confortarse con el argumento
emoliente de la «guerra interimperialista» con el que Stalin sofocó las
náuseas del movimiento comunista internacional. Solo desde el 22 de junio
de 1941, el color volvió a los rostros de quienes recuperaron la conciencia de
participar en la buena guerra del lado correcto. La lucha a muerte contra el
fascismo –el «partido de los 10.000 fusilados», Stalingrado, la bandera roja
ondeando sobre el Reichstag– llevó al cenit el prestigio de una URSS que,
ahora victoriosa fuera de sus fronteras, reclamaba de nuevo el carácter de faro
de la revolución.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el movimiento comunista parecía
destinado a extenderse tous azimuts, tanto por la suma de las nuevas
democracias populares en el glacis de seguridad soviético del este de Europa
como por la asunción del liderazgo en la Revolución china o en los rampantes
movimientos de descolonización. En estos dos últimos casos, el modelo ruso,
con su eclosión en un medio no industrializado y con un peso determinante
de la población campesina, ejerció una doble atracción: por una parte,
aportaba la ideología voluntarista y radical necesaria para quemar etapas e
impulsar gigantescos «saltos adelante» en el desarrollo de infraestructuras,
despegue industrial y producción de bienes de equipo; por otra, ofrecía el
modelo contrastado de una vía a la modernización mediante procesos de
planificación a cargo de un núcleo de dirección instruido y disciplinado. El
resultado a medio plazo, la implantación del dominio comunista en más de
una cuarta parte del globo, tuvo un doble efecto defensivo en el mundo
capitalista: si la percepción del peligro rojo desencadenó la confrontación
bipolar conocida como Guerra Fría, también propició el diseño de un cuadro
de reformas destinadas a integrar a la clase trabajadora en el sistema, un
escaparate que oponer al magnetismo que el comunismo pudiera ejercer sobre
la numerosa clase trabajadora industrial occidental. La universalización de
una arquitectura de redistribución de rentas y servicios conocida como Estado
del bienestar le debió su pujanza tanto al peso adquirido por las
organizaciones de izquierda en la resistencia antinazi como a su carácter de
preventivo contra la radicalización de la lucha de clases en el marco de una
reconstrucción posbélica marcada por la intensificación del capitalismo
fordista. Por ello, cuando el tiempo debilitara a aquellas y reconfigurara a
este, el Estado del bienestar pasaría a ser elemento de desguace.
LA GLACIACIÓN (1945-1956)
La decisiva contribución de la URSS a la derrota del nazismo –pagada al
alto coste de veinticinco millones de víctimas– contribuyó tanto a reforzar el
régimen soviético en el interior como a proyectar su influencia sobre la mitad
oriental de Europa y erigirse en modelo para los movimientos de liberación
que pugnaron desde los años cincuenta por sacudirse el yugo colonial. Sin la
cuota aportada por la Unión Soviética a la victoria sobre Hitler, el resultado
de la Segunda Guerra Mundial habría sido muy otro y el mundo occidental no
consistiría en distintas modalidades de regímenes parlamentarios liberales,
sino en diversas variedades de regímenes autoritarios y fascistas
homogeneizados étnicamente por la aplicación sin trabas de un intenso
programa biopolítico, con unos Estados Unidos sometidos a aislamiento y
bloqueo. Sin embargo, la propia pujanza de la URSS de posguerra, cuyo
último objetivo teórico seguía siendo la victoria sobre el capitalismo a nivel
mundial, estimuló a este a acudir a los recursos de la planificación económica
abandonando los viejos dogmas del laissez faire. El capitalismo, que había
tenido que hacer frente al triple reto del crack, el fascismo y la guerra, surgió
de esta renovado y con una nueva potencia líder en sustitución de la arrasada
Europa: los Estados Unidos de América. Se inició el periodo de
transformación económica, social y cultural más profunda, rápida y decisiva
conocida hasta entonces. Visto desde hoy –aún bajo los efectos de una nueva
depresión–, los años que van de 1947 a 1973 y que los franceses
denominaron «los Treinta Gloriosos» pueden considerarse la edad de oro del
capitalismo mundial. Su crecimiento prefiguró la globalización al crear, por
primera vez en la Historia, una economía mundial integrada cuyo
funcionamiento trascendía las fronteras estatales, basada en los principios de
Bretton Woods. Desde su atalaya imperial, Estados Unidos conformó un
ámbito atlántico de economía de mercado en el que quedó incluida toda la
Europa occidental, cuyos tentáculos se prolongaron por las fisuras que la
Guerra Fría abrió en las áreas periféricas del resto de los continentes. Al
propio tiempo, las experiencias socialistas de los nuevos países
independientes introdujeron en la modernidad a las viejas economías agrarias
de los países atrasados e intentaron un despegue industrial bajo impulso
estatal, al tiempo que en el espacio hegemonizado por la URSS en la Europa
del Este se desplegaba el modelo de economía planificada. Cuando los
ciudadanos rusos de hoy son encuestados acerca del pasado soviético, las
preferencias de su añoranza se dirigen hacia los tiempos de Nikita Jrushchov
o Leonid Brézhnev porque fue durante ellos, en concreto en los años sesenta,
cuando se creyó estar cerca del sueño del sorpasso al capitalismo[20].
Tiempos en los que, se soñaba, «Moscú iba a brillar más que Manhattan y los
Lada tendrían mejores motores que los Porsche. Cuando la URSS era un
mundo nuevo, ambicioso como un Sputnik, encantador como la sonrisa de
una azafata de Aeroflot, brillante como una copa de champán soviético»[21].
El socialismo –todavía sin calificativos que certificasen su autenticidad–
fruto de Octubre se expandió gracias a los procesos de descolonización que
adoptaban el modelo leninista en lo político y la matriz soviética en lo
económico. El fenómeno revolucionario fue reinterpretado en clave nacional,
adaptándolo a contextos culturales no occidentales. Por su parte, incrustados
en las tripas del bloque antagónico, los partidos comunistas europeos
victoriosos en la resistencia contribuyeron, por acción o reacción, a la
edificación del Estado del bienestar: desde los gobiernos de unión nacional,
hasta 1947; expulsados de ellos, desde la acción y la movilización de las
grandes centrales sindicales (CGT, CGIL) en las que influían. Al propio
tiempo, el PCF o el PCI, con sus correspondientes galaxias organizativas –las
que agrupaban a juventud, mujeres, intelectuales y artistas, veteranos, mano
de obra inmigrada…–, se erigieron en contrasociedades. Ya fuera en el
cinturón rojo de París –Ivry, Villejuif, Billancourt, Aubervilliers,
Montreuil…–, Bolonia o las municipalidades italianas de la Emilia-Romagna,
los partidos comunistas funcionaban como organizaciones-providencia y
células de la sociedad futura: proveían vivienda social (cooperativas,
barriadas), garantizaban la educación (escuelas, campamentos de verano), y
el acceso a la cultura y el recreo (desde la Associazione Ricreativa e
Culturale Italiana –ARCI– a la participación en la organización del Tour de
Francia)[22]. Un encuadramiento que iba prácticamente «de la cuna a la
sepultura» (pioneros, juventudes, sindicato…) dentro de una subcultura
propia, difícilmente extrapolable a otro tipo de organización política: un
individuo podía vivir en una comunidad regida por un alcalde del partido;
relacionarse en el trabajo con los camaradas de la sección sindical, con los
que volvía a encontrarse en la sede local del partido; acudir a mítines y
manifestaciones encuadrado bajo las banderas y las consignas del partido;
reencontrarse con viejos camaradas en la fiesta anual del partido, un acto
ritual que congregaba a todas las organizaciones territoriales y que constituía
una metáfora del proyecto nacional-popular; difundir la prensa partidaria o
divulgar su propaganda; sus opiniones se moldeaban por la prensa diaria del
partido, sobre cuyos contenidos hablaba con los convecinos de la cooperativa
de viviendas promovida por el partido; veraneaba en colonias de vacaciones
gestionadas por el partido; se casaba con alguien del partido, sus hijos
entraban a militar en las juventudes del partido y, en ocasiones, los
camaradas de la agrupación local intervenían para mediar en sus conflictos
familiares… Pese a lo que pueda parecer a un observador externo, no se
trataba necesariamente de un universo orwelliano: mucha gente entraba en él
de forma voluntaria, por tradición familiar, por mor de la seguridad y el calor
que ofrecían sus redes de solidaridad. Volvamos de nuevo a cómo lo describe
Rossana Rossanda:
La sección de Lambrate oía, una vez terminada la jornada de trabajo, lo que había dicho
Truman, lo que estaba pasando en Berlín, lo comparaba con lo que había atrapado a ráfagas por la
radio, sabía dónde estaban Seúl o Potella della Ginestra […] Observando aquellos rostros a la
escucha, pensaba que para cada uno su propia historia dejaba de parecerles casual o desesperante,
cobraba sentido propio en un marco mundial de avances y retrocesos[23].
Es de imaginar el drama que suponía salir abruptamente de este entramado
de relaciones como resultado de una expulsión o del extrañamiento
voluntario. El nivel de compromiso establecido entre el militante y el partido
fue valorado por Silone de esta forma:
No se libera uno del partido comunista como se deja un partido liberal, sobre todo por la razón
de que la intensidad de los lazos que unen a un ciudadano con su partido se encuentran en
proporción inversa a los sacrificios que le cuesta […] El partido comunista, para sus militantes, no
es sola ni principalmente un organismo político: es escuela, iglesia, cuartel, familia; es una
institución total en el sentido más completo y puro del término, y compromete por entero a quien
se somete a él[24].
Mientras los partidos comunistas occidentales, en la oposición, cultivaban
un modelo revolucionario de invernadero a la espera de un acceso al poder
que la geopolítica les vedó, los gobernantes en Europa del Este manifestaron
signos de anquilosamiento ideológico. Los partidos comunistas en el poder se
evidenciaron como aparatos burocráticos y, en todos los sistemas afines al
autodenominado «socialismo real» –sintagma adoptado para diferenciarse ya
de otras opciones, como la china o la de la izquierda radical–, reprodujeron
un nuevo tipo de clase dominante, la nomenklatura. De ahí que comenzaran a
ser percibidos como partidos conservadores y que el encanto de la revolución
emigrara a las experiencias periféricas –China, Cuba, Vietnam–, donde se
creía atisbar una renovación de la pureza revolucionaria original. La ingénita
torpeza para resolver las contradicciones surgidas en el seno de sus
sociedades, manifestadas en Berlín Oriental (1953), Hungría y Polonia (1956)
y Checoslovaquia (1968), arruinaron la imagen del socialismo soviético
como modelo de referencia. El abrazo de hierro a la garganta, como
describieron sardónicamente los partidarios de la Primavera de Praga la
intervención de los tanques de los «países hermanos» del Pacto de Varsovia,
quebró definitivamente la concepción de centro dirigente que Moscú había
visto debilitarse tras la ruptura con Pekín y el cuestionamiento expresado por
Togliatti en su Memorial de Yalta (1964). El maoísmo o el guevarismo
conquistaron a una parte sustancial de los jóvenes contestatarios a la busca de
modelos en los turbulentos principios de los setenta, mientras los grandes
partidos comunistas occidentales buscaban una conciliación entre socialismo
y libertad bajo la forma de lo que fue bautizado como eurocomunismo.
Desde el lado de sus adversarios, los años cincuenta y sesenta fueron los del
máximo esplendor de la literatura del desengaño. Toda una industria editorial,
articulada en torno al Congreso para la Libertad de la Cultura y sostenida con
fondos de la CIA, sirvió de nutriente para una extensa cohorte de guerreros
de la Guerra Fría. Se puso de moda un tipo de relato basado en el protocolo
de la confesión. Fue la época de los Yo, fulano de tal… que habían
inaugurado las memorias de Walter Krivitsky, Yo, jefe del servicio militar
soviético[25]. Se trataba de las autobiografías del que, habiendo estado de
parte del Mal y visto la luz, manifestaba su afán de contrición. Ettore Vanni,
pedagogo y antiguo director del diario comunista valenciano Verdad, publicó
la suya en 1950, con el título de Yo, comunista en Rusia[26]; Benjamin
Gitlow, exdirigente del Partido Comunista de los Estados Unidos, también
publicitó su desengaño en sus memorias[27]; Louis Fischer, periodista, y
otros excomunistas, como el antiguo compañero de Togliatti y Gramsci,
Ignazio Silone, dejaron constancia de sus retractaciones en una obra
recopilada por Richard Crossman, Le Dieu des ténèbres (París, 1950)[28]. En
España, el que fuera fundador del Quinto Regimiento y miembro del Comité
Central del PCE, Enrique Castro Delgado, alejado del partido desde su
llegada a México en 1944, escribió dos testimonios sobre su experiencia, Mi
fe se perdió en Moscú y Hombres made in Moscú[29]. Un último caso
demoledor, por el patetismo de su egohistoria, fue el de Margarete Buber-
Neumann, esposa y camarada del dirigente alemán Heinz Neumann, detenido
y ejecutado en la Gran Purga de 1937 cuando se encontraba exiliado en
Moscú trabajando para la Komintern. El colofón de la tragedia de Margarete
llegó cuando, tras el paso por un campo de trabajo estalinista, fue entregada a
sus perseguidores nazis en el puente de Brest Litovsk, junto a otra porción de
comunistas alemanes refugiados en la URSS, en virtud del pacto germano-
soviético. Sus recuerdos quedaron recogidos en sus libros Kriegsschauplätze
der Weltrevolution –traducido como Historia de la Komintern. La revolución
mundial–, publicado en Stuttgart en 1975 y Prisionera de Stalin y Hitler[30].
Buber-Neumann fue, por añadidura, cuñada del mítico agitador comunista
internacional Willi Münzenberg, cuya oscura muerte en Francia a comienzos
de la Segunda Guerra Mundial fue objeto de versiones controvertidas[31].
La disputa por la hegemonía entre las dos superpotencias, nunca
confrontadas directamente entre sí por el temor a la mutua destrucción
asegurada en un holocausto nuclear, se resolvió a través de peones
interpuestos en distintos escenarios mundiales: Sudeste Asiático, África
poscolonial y Latinoamérica. Ambas cosecharon éxitos y fracasos (Vietnam e
Irán en el caso norteamericano, Afganistán en el soviético), al tiempo que
experimentaban en su propio seno tensiones centrífugas sofocadas mediante
intervención indirecta –el Cono Sur latinoamericano, Nicaragua– o directa –
República Dominicana (1965), Praga (1968)–. A la postre, el sostenimiento
de esta tensión acabó pasando una factura fatal a la URSS. El enorme coste
de la carrera armamentística gravitó sobre una economía en la que la
asignación prioritaria de recursos a las industrias estratégicas resultó en
detrimento de las destinadas a la producción de bienes de consumo,
deficitarias en variedad, calidad y volumen de producción, lo que permitió a
la propaganda occidental establecer odiosas comparaciones con sus
esplendorosas sociedades de consumo. A veces, como en la película Un, dos,
tres de Billy Wilder (1961), con maestría insuperable. Al propio tiempo, en
los países del glacis de seguridad soviético eclosionaron voces y
movimientos de disidencia que denunciaban la contradicción entre un
discurso emancipador reducido cada vez más a retórica y escenografía y la
persistente restricción de las libertades individuales. Al desgaste del bloque
socialista no fue ajena la pujanza de las fuerzas neoconservadoras que
ascendieron al poder en Gran Bretaña y EEUU a comienzos de los años
ochenta, lanzando una agresiva política de rearme a la vez que impulsaban un
programa de reconversión industrial, privatizaciones, desmontaje del Estado
del bienestar y reestructuración integral de las relaciones sociales emanadas
del pacto histórico entre la democracia cristiana y la socialdemocracia tras la
Segunda Guerra Mundial. Pero fueron sus propios errores los que hicieron el
resto.
IMPLOSIÓN (1968-1991)
La rigidez frente a las demandas de evolución y cambio desde dentro del
propio sistema, la rigidez para metabolizar niveles saludables de oposición
interna y la incapacidad para resolver las situaciones de crisis sin recurrir a
los tanques dotaron al socialismo burocrático de la virtud de convertir a todos
sus críticos en agentes objetivos de la reacción y, por lo tanto, de ceder a los
sectores antisistema el liderazgo de la contestación. Lamentablemente, los
textos de los marxistas disidentes apenas tuvieron eco y plasmación más allá
de los círculos académicos y, en la mayor parte de los casos, ni siquiera en
sus propios países. Tras la «normalización» checa y en plena ebullición del
Mayo francés, era difícil ver en Brézhnev y en la gerontocracia soviética que
rotaba por defunción en los sillones del Politburó la personificación de
proyecto revolucionario alguno. A partir de 1989, los restos del mundo
socialista fueron anegados por el tsunami neoliberal. Los gobiernos de los
antiguos países del bloque fueron sustituidos, en buena parte, por
cleptocracias emanadas del seno de la antigua nomenklatura o por
representantes de corrientes ultraconservadoras y rampantemente chovinistas
que se repartieron o disputaron –según los casos– los despojos de los grandes
sectores estratégicos de la economía, sumiendo a sus países en una crisis
social involutiva solo amortiguada por la llegada de los fondos de cohesión
procedentes de la Unión Europea y la emigración masiva de la población
joven. El capitalismo revitalizado por Reagan y Thatcher se enseñoreó del
mundo occidental, de gran parte de América Latina y Asia, incluida China,
con su paradójico modelo de explotación intensiva del trabajo, apuesta por un
mercado internacional ultraliberal y monopolio del poder político por parte de
una burocracia gerencial. En el plano internacional, la implosión del
comunismo dejó espacio libre para una nueva modalidad de bipolaridad
radical, sucesora de la Guerra Fría: desaparecido el comunismo como
amenaza global, el papel protagonista en el antagonismo antiimperialista
recayó en versiones cada vez más radicales del fundamentalismo islámico.
La acción combinada del thatcherismo-reaganismo pareció ver cumplidos
plenamente sus objetivos. Los mantras de la economía de libre mercado, que
con tanta fe se habían proferido por los santones de la Escuela de Chicago,
desde Wall Street al Santiago de Chile ensangrentado por Pinochet, eran
ahora repetidos con la fe del converso desde la vieja ciudadela del Kremlin y
desde la Ciudad Prohibida de Pekín. El revisionismo historiográfico iniciado
con la querella de los historiadores en torno a la equiparación entre nazismo y
comunismo se instaló en los currículos académicos. En Francia, el éxito
mediático de El libro negro del comunismo[32] se tradujo, en la práctica
escolar, en la generalización del empate a totalitarismos. «Recuerdo a un
alumno –apunta un joven historiador francés que ejerció la docencia en
Secundaria– que habiendo visto la hoz y el martillo en el documento [de un
libro de texto], tras un gran esfuerzo de memoria, acabó por decirme con una
sonrisa llena de buena voluntad: “Esto es de Hitler, ¿verdad, profe?”»[33].
Las leyes educativas de la tecnocracia neoliberal llegarían en no mucho
tiempo a condensar el problema elemental del sistema comunista. Nada de
votar con los pies, escapar del Gulag o desfilar de blanco como imágenes de
lucha contra la tiranía roja: la LOMCE española estipularía como criterio de
evaluación y estándar de aprendizaje evaluable de 4.o de ESO el siguiente:
«La estabilización del capitalismo y el aislamiento económico del Bloque
Soviético»[34].
El mundo estaba, al fin, libre del virus revolucionario. Tanto que, incluso,
se procedió a una detestatio sacrorum de la madre de todas ellas, la francesa
en su versión jacobina. Con motivo de su bicentenario, coincidente con el
tumultuoso año de la caída del Muro de Berlín, el historiador François Furet
impuso su interpretación lapidaria sobre los excesos revolucionarios y
cuestionó su necesidad histórica. No es casualidad que el propio Furet diera
el salto para cerrar el segundo candado sobre lo que había supuesto el
comunismo en el siglo XX con su muy publicitada obra Le Passé d’une
illusion. Essai sur l’idée communiste au XXe siècle (1995). El pasado había
muerto y el futuro sería un presente continuo. Un exultante asesor del
Departamento de Estado, Francis Fukuyama, esculpió su sentencia sobre el
fin de la Historia, clausurada, según él, con la implantación definitiva de la
pax americana, el libre mercado universal y el futuro advenimiento de la
democracia perpetua. En poco más de una década, la profecía, como tantas,
quedaría hecha añicos bajo los escombros del World Trade Center, la
ignominia de los vuelos a Guantánamo, la ilegal guerra de Irak y la
estrepitosa caída de Lehman Brothers.
La Historia no ha acabado. Sobre el solar de las viejas ideologías, en un
proceso similar al aborrecimiento del vacío en la naturaleza, se asentaron
otras certezas sobre las que Hobsbawm también había proyectado su análisis:
las «tradiciones inventadas», las resultantes de un proceso de legitimación
cultural de las señas identitarias y, en concreto, de la más potente de ellas: el
nacionalismo. Las guerras balcánicas de los años noventa revelaron en la
eterna zona lábil de Europa toda su carga letal. La conjunción de
nacionalismo, religión y disputa por los recursos estratégicos se encuentra en
el ADN de los conflictos palpitantes hoy en día desde el Cáucaso al África
subsahariana. La otra gran línea de fractura a comienzos del siglo XXI es la
que está abriendo en canal a las sociedades postindustriales afectadas por la
crisis iniciada en 2008. Lo que en principio se planteó por algunos de los
entonces gobernantes, como Sarkozy, como una necesidad de «refundar el
capitalismo», se ha ido convirtiendo en un retorno indisimulado a los
orígenes del sistema: desmontaje de los servicios públicos esenciales,
devaluación de las rentas salariales, precarización de las condiciones de
trabajo, desregulación de las relaciones laborales, asedio a los sindicatos…
NUEVOS ECOS (COMIENZOS DEL SIGLO XXI)
Si Fukuyama hubiera consultado a Marx, podría haberse apuntado por lo
menos al reintegro pronosticando el fin de la Prehistoria. El filósofo alemán
vaticinó que tal fase quedaría clausurada el día en que todo el mundo hubiese
entrado de lleno en la era de la industrialización. El optimismo de los
onanistas de la mano invisible se aguó pronto, vistos los efectos de la
universalización del capitalismo sin frenos y, lo que es peor, sin alternativa
que
ejerza
de
contrapeso:
desindustrialización,
deslocalización,
subproletarización. La Gran Depresión 2.0 que comenzó en 2008 sacó las
vergüenzas a los que habían convertido en tema de jolgorio de afterwork de
empresa de consulting las profecías fallidas del marxismo: el aumento
exponencial de la desigualdad, la depauperación, la voladura del Estado
asistencial, la desregulación salvaje del mercado de trabajo, el retorno de la
lucha de clases con nuevos actores: el precariado, los desposeídos en el
sentido estricto del término –desahuciados, desprotegidos, despedidos,
desplazados…
Octubre, asociado al comunismo extinguido entre 1989 y 1991, ha vuelto a
ser objeto de apreciaciones diversas según el azimut de perspectiva. En la
Europa central y oriental, tras la implosión del bloque socialista, las
interpretaciones historiográficas experimentaron una evolución caracterizada
por la radical inversión de la política oficial sobre la memoria, marcada por el
arrumbamiento de la vindicación antifascista y el encumbramiento del
ultranacionalismo. En la Ucrania post-Maidan, Stepan Bandera, líder del
movimiento xenófobo responsable de pogromos y crímenes de guerra, ha
sido rehabilitado como luchador contra la opresión soviética. La voluntad de
ruptura radical con el pasado se manifestó en el Léninopad, el derribo masivo
de estatuas del líder comunista que aún quedaban repartidas por la geografía
ucraniana[35]. Los países bálticos y Polonia se contemplan a sí mismos como
víctimas de dos poderosos agresores totalitarios, pero con diferencias
cualitativas: mientras los colaboradores con la URSS son juzgados como
elementos marginales a la comunidad nacional –una amalgama de judíos,
rusos, inmigrantes, delincuentes o comunistas–, quienes se alinearon con los
alemanes e incluso se integraron en unidades de las Waffen-SS son
considerados patriotas que combatieron por la independencia frente a la
ocupación soviética. En Hungría –solo por un exceso de incomprensible
tolerancia todavía miembro de la Unión Europea– se ha procedido a eliminar
la estatua del filósofo György Lukács «por marxista y por judío»[36] para
colocar en su lugar una efigie de san Esteban, patrón de la corona magiar,
como una inefable metáfora del emprendido camino de retorno de la
modernidad al medievo. En Rumanía y Polonia, los vestigios del
antifascismo –como el recuerdo de sus brigadistas internacionales– son
erradicados, al tiempo que, en virtud de los esfuerzos de conciliación con
Alemania, el gran enemigo ha pasado a ser Rusia[37]. Este país es otro buen
ejemplo de reinterpretación del pasado reciente. En época de Yeltsin, sus
intelectuales teorizaron la invención de un pasado virtual: si la revolución no
hubiera tenido lugar, Rusia hubiera elegido sin duda el modelo natural del
desarrollo occidental y hubiera sido, al igual que los países occidentales, un
país próspero. Bajo Putin, se ha formulado la reconciliación de dos realidades
aparentemente opuestas, zarismo y revolución como dos herencias de la
historia y la cultura rusas, en pos de crear una nueva identidad basada en los
aspectos consensuados y no controvertidos de la historia nacional. De ahí las
magnas celebraciones institucionales tanto del triunfo en la Gran Guerra
Patria como de los fastos de la Iglesia ortodoxa. El sincretismo se manifiesta
en encuestas como las que, entre 2001 y 2014, buscaron entre los jóvenes al
ganador del concurso El hombre en la Historia: Rusia, el siglo XX. El listado
contenía nombres antaño irreconciliables: Lenin, Sajarov, Catalina la Grande,
Gagarin. En 2007, un 28 por 100 de rusos estaba de acuerdo con la frase:
«Sin importar qué errores y crímenes se le atribuyan a Stalin, lo importante es
que bajo su liderazgo el pueblo salió vencedor de la Segunda Guerra
Mundial»[38]. En Rusia, el día en que los bolcheviques tomaron el poder –el
7 de noviembre– no es festivo desde 2005[39].
En Europa occidental, desde 2011, la quiebra del modelo surgido de los
pactos de posguerra o transicionales –como en el caso de España– se ha
llevado por delante a una porción significativa de los antiguamente
hegemónicos partidos socialdemócratas. Mutatis mutandis porque, como en
1914, no estuvieron a la altura de sus principios y se convirtieron en parte del
problema. La ausencia de alternativa ha dejado expedito el camino a la
polarización social, al incremento exponencial en la desigualdad de la
distribución de la renta, al despojo de lo público, a la elitización de la gestión
política. «Todavía sigue existiendo la lucha de clases, pero la mía va
ganando», afirmó en 2011 Warren Buffett, inversor financiero, una de las
principales fortunas de Estados Unidos y, paradójicamente, una de las voces
que han venido reclamando a la administración norteamericana una mayor
progresividad fiscal.
No vivimos una simple crisis cíclica del sistema, sino una auténtica
revolución neoconservadora. Como en las grandes catástrofes del corto siglo
XX, el mundo que salga de ella no será el mismo que entró en depresión en
2008. Sobre el solar de una izquierda debilitada y atomizada acampan las
incertidumbres pero también se abren espacios de oportunidad. Como señala
Josep Fontana, las clases dominantes de la contemporaneidad solo se
plegaron a acuerdos y consensos cuando tuvieron enfrente una alternativa
poderosa y organizada, desde los jacobinos y los carbonarios a los
sindicalistas de diversa tendencia y los comunistas. Hobsbawm, de nuevo,
alertó acerca del funcionamiento de una dinámica desarticuladora de un siglo
y medio de conquistas sociales y de derechos adquiridos gracias a la lucha de
varias generaciones, y de la necesidad de rearmarse con experiencias y
capacidad de innovación para resistirla.
A la siempre retornante pregunta de ¿qué hacer? se podría responder con la
historia de Lukanikos, el perro callejero que, en el cenit de las luchas en
Grecia contra el austericidio perpetrado por la Troika y los gobiernos
indígenas, se hizo famoso por alinearse con los manifestantes frente a las
cargas policiales. Fue elegido por la revista Time como uno de los personajes
del año 2011 y pertenece ya a la leyenda popular ateniense[40]. Las
realidades que alumbraron Octubre no han desaparecido. Quizá sí sean ya
historia los materiales y herramientas que, en aquel contexto, sirvieron para
cambiar el mundo de base: el partido de vanguardia de matriz leninista, la
toma del poder por asalto, la disciplina férreamente centralizada. Cuando el
poder es difuso y sus centros de decisión están lejanos y dispersos, fuera o
por encima de los límites estatales, quizá la estrategia más apropiada sea la de
atacarlo en red en lugar de la de golpearlo con un ariete. Está por determinar
todavía el nombre de la cosa: los comunes, altercomunismo[41],
comundemocracia… Pero lo que no cambia es lo que subyace y lo que la
metáfora de Lukanikos ejemplifica: el nuevo sujeto transformador será un
movimiento mestizo y cimarrón, de nadie y de todos, de nuevo tipo pero con
historia a cuestas, con el olfato alerta para alinearse en el lado correcto y
ocupar su lugar en la plaza.
[1] E. J. Hosbawm, The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991, Londres,
Michael Joseph, 1994 [ed. cast.: Historia del siglo XX (1914-1991), Barcelona, Crítica, 2000].
[2] M. Lewin, El siglo soviético ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética?, Barcelona, Crítica,
2006.
[3] E. J. Hobsbawm, «La barbarie: Guía del usuario», Sobre la Historia, Barcelona, Crítica, 1998, pp.
253-265.
[4] «El 3 de setiembre de 1912, el diputado socialdemócrata David habló en el Reichstag: “Fue el
momento más hermoso de mi vida. Lo afirmo aquí. Cuando las campanas de la Catedral doblaron para
la gran columna de socialdemócratas internacionalistas, cuando las banderas rojas flamearon en la nave
en torno al altar, cuando el gran órgano hizo resonar su mensaje de paz para saludar a los emisarios del
pueblo, me produjo una impresión que jamás olvidaré”». R. Luxemburg, «El folleto Junius: la crisis de
la
socialdemocracia
alemana»
[disponible
online
en
http://www.marxistsfr.org/espanol/luxem/index.htm].
[5] Para un análisis del movimiento socialdemócrata anterior a 1914, véase el capítulo «Jinetes de
bronce» en D. Priestland, Bandera Roja. Historia política y cultural del comunismo, Barcelona, Crítica,
2010, pp. 78-115.
[6] G. H. Meaker, La izquierda revolucionaria en España, 1914-1923, Barcelona, Ariel, 1978, pp.
143-145.
[7] J. Díaz del Moral, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. Antecedentes para una
reforma agraria, Madrid, 1929 [reeditado por Alianza Editorial, 1975, 4.
a edición]. Para una recreación
del clima intelectual y popular que acogió la primera influencia de la revolución, véase J. Avilés, La fe
que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (1917-1931), Madrid, Biblioteca Nueva,
1999.
[8] En España, el Gran Miedo alcanzaría su apogeo con la Segunda República. En vísperas de la
sublevación militar de 1936, los urdidores acudieron a un supuesto complot comunista del que
aportaron en apoyo de sus tesis cuatro «documentos secretos» que describían la organización de un
movimiento sedicioso para la institución de un gobierno revolucionario a finales de la primavera, con la
puesta en pie de un pretendido «soviet nacional» (sic) y reuniones preparatorias a las que habrían
asistido delegados de la Komintern y emisarios rusos. Véase H. R. Southworth, El lavado de cerebro de
Francisco Franco. Conspiración y guerra civil, Barcelona, Crítica, 2000, p. 23.
[9] M. Buber-Neumann, Kriegsschauplätze der Weltrevolution. Ein Bericht aus der Praxis der
Komintern 1919-1943, Stuttgart, 1975 [traducido como Historia de la Komintern. La revolución
mundial, Barcelona, Picazo, 1975].
[10] Sobre la figura del kominteriano, véanse la autobiografía de J. Humbert-Droz, De Lénine à
Staline. Dix ans au service de l’Internationale Communiste, 1921-1931, Neuchatel, La Baconnière,
1971; biografías como la elaborada por A. Kriegel y S. Courtois, Eugen Fried. Le grand secret du PCF,
París, Seuil, 1997; o la recopilación de perfiles biográficos en VV.AA., Komintern: L’histoire et les
hommes. Dictionnaire biographique de l’Internationale Communiste, París, Les Éditions de l’Atelier,
2001.
[11] I. Deutscher, Herejes y renegados, Barcelona, Ariel, 1970.
[12] B. Souvarine, Staline. Aperçu historique du bolchevisme, París, Les Éditions Gérard Lebovici,
1985; y V. Serge, El año I de la Revolución rusa, Madrid, Siglo XXI, 1972.
[13] F. Borkenau, El reñidero español, Barcelona, Planeta, 2010; y World Communism. A History of
the Communist International, Nueva York, W. W. Norton & Company, 1939.
[14] A. Koestler, El cero y el infinito, Barcelona, Destino, 1967; y Euforia y utopía, Buenos Aires,
Emecé, 1955.
[15] En su última edición francesa, A. Ciliga, Dix ans au pays du mesonge déconcertant, París,
Éditions Champ Libre, 1977.
[16] E. Ravines, La gran estafa. La penetración del Kremlin en Iberoamérica, México, Libros y
Revistas, 1952.
[17] J. Valtin, Sans patrie ni frontières, París, Éditions Dominique Wapler, 1941.
[18] R. Rossanda, La muchacha del siglo pasado, Madrid, Foca, 2008.
[19] L. Trepper, El gran juego. Memorias del jefe del espionaje soviético en la Alemania nazi,
Barcelona, Ariel, 1977.
[20]
https://mundo.sputniknews.com/rusia/20130522157138308/.
[21] F. Spufford, Abundancia roja. Sueño y utopía de la URSS, Madrid, Turner, 2011.
[22] E. Bellanger y J. Mischi, Les Territoires du communisme, Élus locaux, politiques publiques et
sociabilités militantes, París, Armand Colin, 2013; VV.AA., Banlieu rouge, 1920-1960, París,
Autrement, 2008.
[23] R. Rossanda, La muchacha del siglo pasado, cit.
[24] I. Silone, Le Dieu des ténèbres, 1950 [citado en J.-L. Panne, Boris Souvarine. Le premier
désenchanté du communisme, París, Robert Laffont, 1993, p. 150].
[25] Publicado en Guadalajara, editorial Sucesor de Hipólito de Pablo (1945).
[26] Publicado en Barcelona, editorial Destino.
[27] B. Gitlow, The Whole Of Their Lives, Boston, Western Islands, 1948.
[28] Publicado originalmente en inglés como The God that failed, Nueva York, Harper Colophon
Books, 1949.
[29] Publicados ambos en Barcelona por la editorial Luis de Caralt en 1963 y 1964. Sobre las
vicisitudes de Castro Delgado, véase F. Hernández Sánchez, Jesús Hernández, ministro en la guerra
civil y disidente en el exilio, Madrid, Raíces, 2007.
[30] M. Buber-Neumann, Kriegsschauplätze der Weltrevolution, cit. [Historia de la Komintern. La
revolución mundial, cit.]; Prisionera de Stalin y Hitler, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2005.
[31] Sobre Münzenberg hay una biografía escrita por su compañera y hermana de Margarete Buber-
Neumann, Babette Gross, Willi Münzenberg, Una biografía política, Vitoria, Ikusager, 2007.
Encontrado su cadáver, ahorcado, meses después de ser evacuado de un campo de internamiento
francés durante el avance alemán del verano de 1940, se especuló con que hubiera sido alcanzado y
ejecutado, con su muerte a causa de un asalto o con que hubiese sido víctima, al fin, de una purga que
se le había ido postergando desde tiempo atrás.
[32] VV.AA., Le Livre noir du communisme. Crimes, terreur, répression, París, Robert Laffont,
1997 [ed. cast.: El libro negro del comunismo, Barcelona, Ediciones B, 2010].
[33] É. Aunoble, La Révolution russe, une histoire française. Lectures et représentations depuis
1917, París, La Fabrique Éditions, 2016, p. 12.
[34] Las cursivas son mías. Tomo como ejemplo el desarrollo curricular de la Comunidad de Madrid:
Decreto 48/2015, de 14 de mayo, del Consejo de Gobierno, por el que se establece para la Comunidad
de
Madrid
el
currículo
de
la
Educación
Secundaria
Obligatoria
[
https://www.bocm.es/boletin/CM_Orden_BOCM/2015/05/20/BOCM-20150520-1.PDF].
[35] É. Aunoble, La Révolution russe, une histoire française, cit., p. 11.
[36]
http://hungarianfreepress.com/2017/02/16/hungary-is-removing-statue-of-philosopher-gyorgy-
georg-lukacs-he-was-marxist-and-jewish/.
[37] J. M. Faraldo «Ocupantes y ocupados. La memoria de la Segunda Guerra Mundial en Europa
Centro-Oriental», Historia del Presente 14 (2009/II), 2.
a Época, pp. 83-101.
[38] O. Novikova, «La política de la memoria: Moldear el pasado para construir la sociedad
democrática (La URSS y el espacio postsoviético)», Historia del Presente 9 (2007), pp. 71-100.
[39] É. Aunoble, La Révolution russe, une histoire française, cit., p. 11.
[40] En su número de balance de 2011, Time dedicó una galería de fotos a Lukanikos en acción
[disponible online en
http://content.time.com/time/photogallery/0,29307,2102191,00.html].
[41] El término altercomunismo se define por indicar «una ruptura en relación con el pasado sin
abandonar el nombre, pero buscando la relación entre la etimología» de comunismo y la de
democracia», Ph. Stierlin, «Altercommunisme», en Altercommunisme 1 (marzo de 2013), p. 30
[disponible online en
http://www.cerisesenligne.fr/article/?id=4917].
Relación de autores
Juan Andrade es doctor en Historia contemporánea y profesor en la
Universidad de Extremadura. Su trayectoria investigadora se ha centrado en
los movimientos sociales y los partidos de la izquierda del franquismo a la
actualidad. Es autor de El PCE y el PSOE en (la) transición (2012) y, con
Julio Anguita, del libro Atraco a la memoria (Akal, 2015).
Constantino Bértolo Cadenas (Navia de Suarna, Lugo, 1946). Licenciado
en Filología Hispánica. Ha trabajado como crítico y editor. Autor de La
cena de los notables. Sobre lectura y crítica, 2008; Libro de huelgas,
revueltas y revoluciones (2009), Lenin, el revolucionario que no sabía
demasiado (2012), y Llamando a las puertas de la revolución. Antología de
textos de Karl Marx (en preparación).
Aurora Bosch es catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad
de Valencia. Sus investigaciones se centraron inicialmente en la II
República y Guerra Civil Española y, posteriormente, en la Historia de
Estados Unidos. Entre sus libros destacan Historia de Estados Unidos,
1776-1945 (2005) y Miedo a la democracia. Estados Unidos ante la II
República y Guerra Civil Española (2012), premio Willie Paul Adams de la
Organización de Historiadores Americanos.
Elvira Concheiro Bórquez nació en México y es hija de refugiado español.
Es doctora en Sociología, trabaja en la Universidad Nacional Autónoma de
México como investigadora titular del Centro de Investigaciones
Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades. Ha escrito sobre la obra
política de Marx y sobre el comunismo del siglo XX.
Michelangela Di Giacomo es doctora por la Universidad de Siena. Trabaja
como investigadora y conservadora en el M9 Museum de Venecia. Ha
ganado el premio Carlo Leuzzi del Senado de la Republica Italiana. Su
primera monografía, Da Porta Nuova a Corso Italiano (Bolonia, 2013), ha
ganado también una mención especial por la Asociación de Estudios de
Historia Contemporánea (SISSCO).
Antoni Domènech es catedrático de Filosofía de las Ciencias Morales y
Sociales en la Facultad de Economia y Empresa de la Universidad de
Barcelona. Editor general de la revista SinPermiso. Autor, en entre otros, de
El eclipse la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición
socialista (2004).
Ángel Duarte, catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat de
Girona viene siendo, desde hace una décadas, uno de los renovadores,
desde los presupuestos de la historia social de la cultura y de la política, en
el estudio de las repúblicas y los republicanismo en la España
contemporánea. Su último libro publicado es El republicanismo. Una
pasión política (2013).
Francisco Erice es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de
Oviedo y coordinador de la Sección de Historia de la Fundación de
Investigaciones Marxistas (FIM). Sus investigaciones y publicaciones de
los últimos años versan sobre historia de los comunistas, memoria colectiva
e historiografía marxista.
Sebastiaan Faber es catedrático de Estudios Hispánicos en el Oberlin
College (EEUU). Licenciado por la Universidad de Ámsterdam y doctor
por la Universidad de California, es autor de Exile and Cultural Hegemony:
Spanish Intellectuals in Mexico, 1939-1975 (2002), Anglo-American
Hispanists and the Spanish Civil War (2008) y Memory Battles of the
Spanish Civil War: History, Fiction, Photography (2017). Colabora en
medios norteamericanos y españoles, entre ellos The Nation, La Marea y
CTXT.
José M. Faraldo es historiador, escritor y traductor literario. Doctor en
Historia contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid –donde
actualmente es profesor– con una tesis sobre el nacionalismo ruso, su
último proyecto de investigación se centra en los archivos de la policía
secreta en los países europeos del bloque comunista. Entre sus últimas
publicaciones cabe destacar La Europa clandestina. Resistencia a las
ocupaciones nazi y soviética (1938-1948) (2010) y La Revolución rusa.
Historia y memoria (2017).
Rosa Ferré, filóloga de formación, es, desde 2011, directora de exposiciones
y de actividades culturales del Centre de Cultura Contemporània de
Barcelona. El campo principal de sus investigaciones es la articulación de
las utopías sociales y políticas en su correlato con las prácticas estéticas así
como su dialéctica con nuestra contemporaneidad. Especialista en la cultura
rusa del siglo XX, entre sus proyectos en este ámbito destaca la exposición
y la publicación homónima La Caballería roja. Creación y poder en la
Rusia soviética 1917-1945 (Casa Encendida, Madrid, 2011).
Josep Fontana Lázaro (Barcelona, 1931) ha sido catedrático de las
universidades de Valencia y Autònoma de Barcelona, y actualmente lo es
en condición de emérito de la Universitat Pompeu Fabra. Discípulo de
Ferran Soldevila, Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar, maestro de
historiadores él mismo, entre sus últimos libros publicados cabe destacar
Por el bien del imperio (2011), El futuro es un país extraño (2013), La
formació d’una identitat (2014) y El siglo de la revolución (2017).
Álvaro García Linera se autoidentifica como «marxista indianista». Realizó
estudios en Matemática en la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM). Fue profesor de Sociología en la Universidad Mayor de San
Andrés (UMSA). Sus principales aportes teóricos se centran en las formas
de acción colectiva, crisis estatal y estructuras comunales. Ha publicado
varios libros traducidos a otros idiomas. En 2005, junto a Evo Morales,
gana las elecciones como candidato a la Vicepresidencia y empieza su reto
más importante, el de apoyar al primer presidente indígena.
Wendy Z. Goldman es Paul Mellon Distinguished Professor of History en el
Departamento de Historia de la Carnegie Mellon University. Especialista en
la historia social y política de la Rusia contemporánea, entre sus
publicaciones cabe destacar Women at the Gates. Gender and Industry in
Stalin’s Russia (2002), La mujer, el Estado y la revolución. Política
familiar y vida social soviéticas, 1917-1936 (2010, ed. original de 1993) e
Inventing the Enemy: Denunciation and Terror in Stalin’s Russia (2011).
Fernando Hernández Sánchez, doctor en Historia contemporánea, es
profesor de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación de la
Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Comunistas sin partido: Jesús
Hernández, ministro en la guerra civil, disidente en el exilio (2007), El
desplome de la República (con Ángel Viñas, 2009), Guerra o revolución.
El PCE en la guerra civil (2010), Los años de plomo. La reconstrucción del
PCE bajo el primer franquismo (2015) y El bulldozer negro del general
Franco (2016).
Jesús Izquierdo Martín es profesor de Historia contemporánea en la
Universidad Autónoma de Madrid. Miembro del colectivo «Contratiempo.
Historia y memoria», entre sus publicaciones cabe reseñar El rostro de la
comunidad: la identidad del campesino en la Castilla del Antiguo Régimen
(2001) y, con Pablo Sánchez León, El fin de los historiadores. Pensar
históricamente en el siglo XXI (2008) y La guerra que nos han contado y la
que no. Memoria e historia de 1936 para el siglo XXI (2017).
José Luis Martín Ramos es catedrático de Historia contemporánea de la
Universidad Autónoma de Barcelona. Ha desarrollado sus estudios en los
ámbitos del movimiento obrero y de la Segunda Repúbica. Entre sus
principales publicaciones destacan Els orígens del Partit Socialista Unificat
de Catalunya, 1930-1936 (1977), Rojos contra Franco. Historia del PSUC,
1939-1947 (2002), Historia de la Unión General de Trabajadores, vol. II:
Entre la revolución y el reformismo, 1914-1931 (2008), Josep Tarradellas.
La Guerra Civil, 1936-1939 (2013) y El Frente Popular. Victoria y derrota
de la democracia en España (2016).
Guillem Martínez es escritor, periodista y guionista. Es autor de libros como
Pásalo (2004), Barcelona rebelde. Guía histórica de una ciudad (2009) o
La gran ilusión. Mito y realidad del proceso indepe (2016). También ha
coordinado el volumen CT o la Cultura de la Transición (2012), un
concepto acuñado por él.
Leopoldo Moscoso, sociólogo y politólogo educado en España, Holanda,
Italia y Estados Unidos, ha presentado sus contribuciones en conferencias y
cursos impartidos en distintas universidades europeas y americanas. Sus
campos de estudio abarcan desde las huelgas obreras, las revoluciones
sociales y la violencia política, a los movimientos sociales, la memoria
colectiva, el problema de la representación política, la ciudadanía y la teoría
de la democracia.
Novella di Nunzio enseña lengua y literatura moderna contemporánea
italiana en la Universidad de Vilnius y en la Universidad de Kaunas. Es
miembro del Comité científico del grupo interuniversitario Centre for
European Modernism Studies. Es doctora por la Universidad de Siena. Su
área de investigación es el modernismo italiano, en particular Italo Svevo,
Giacomo Debenedetti y Luigi Pirandello. Ha escrito con Michelangela Di
Giacomo Trenta anni dopo. Il Pci degli anni Ottanta (Génova, 2016).
Josep Puigsech Farràs es profesor del Departamento de Historia Moderna y
Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en
las relaciones entre el movimiento comunista en España y Rusia/URSS
entre 1917-1949. Ha analizado la trayectoria de la Internacional Comunista
y España entre 1936-1943, las relaciones diplomáticas entre la URSS y
España durante la Guerra Civil, el papel de las Brigadas Internacionales y,
recientemente, el impacto de la Revolución rusa en España hasta 1939.
Jairo Pulpillo López es graduado en Historia por la Universidad de Granada.
Completó sus estudios de posgrado en la Universidad de Jaén y en Madrid,
a medio camino entre la Universidad Autónoma y la Universidad
Complutense. Centra sus investigaciones en la relación entre Podemos y la
cultura política española, así como en la difusión de la historia y los
distintos usos de la memoria.
Pablo Sánchez León es historiador, especializado en los conflictos sociales y
el surgimiento de identidades colectivas entre los siglos XV y XX. Profesor
actualmente en la Universidad del País Vasco y director de la editorial
Postmetrópolis, entre sus publicaciones cabe destacar Absolutismo y
comunidad. Los orígenes sociales de la guerra de los comuneros de
Castilla (1998) y, en calidad de coeditor, Memoria ciudadana y movimiento
vecinal. Madrid, 1968-2008 (2010) y Palabras que atan. Metáforas y
conceptos del vínculo social en la historia moderna y contemporánea
(2015).
Enzo Traverso, historiador italiano, es actualmente Susan and Barton
Winokur Professor in the Humanities en Cornell University (EEUU). Autor
de reconocido prestigio, entre sus últimos títulos publicados en castellano
destacan El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política
(2007), A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945) (2009),
La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX
(2012) y El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador
(2014).
Serge Wolikow, profesor emérito de Historia contemporánea en la
Universidad de Borgoña, ha consagrado numerosos estudios a la
investigación de la historia política del movimiento obrero, en especial a la
historia de las organizaciones políticas (socialistas y comunistas) y
sindicales del periodo de entreguerras. Entre sus últimas publicaciones cabe
destacar L’Internationale communiste, 1919-1943: Le Komintern ou le rêve
déchu du parti mondial de la révolution (2010) y 1936, le monde du Front
populaire (2016).
Fig. 1. Marcha de mujeres en Petrogrado durante la revolución de febrero de 1917. Viudas y madres de
soldados contra la prolongación de una guerra absurda.
Fig. 2. Asamblea de obreros de la fábrica Putilov, en Petrogrado, durante la revolución de febrero de
1917. El realismo socialista plasmará más tarde la alocución de Lenin en este mismo escenario.
Fig. 3. Reconstrucción para el cine del asalto al Palacio de Invierno del 7 de noviembre –según el
calendario gregoriano– de 1917.
Fig. 4. Soviet armado de obreros y soldados de la Fábrica Vulkan, octubre de 1917.
Fig. 5. Lenin y Trotsky en la Plaza Roja durante una manifestación de trabajadores en el segundo
aniversario de la Revolución de Octubre, noviembre de 1919 (foto de L. Ya. Leonidov).
Fig. 6. Entierro del dirigente bolchevique Moiséi Uritski en Petrogrado el 2 de septiembre de 1918. En
la pancarta: «Muerte a los burgueses y sus cómplices. ¡Viva el Terror Rojo!».
Fig. 7. Vagón de ferrocarril del agit-tren Revolución de Octubre, del Comité Ejecutivo Central Panruso,
con la inscripción «Tren Literario y de Instrucción», 14 de marzo de 1920. Museo Estatal Central de
Historia Contemporánea de Rusia, Moscú.
Fig. 8. Collage soviético. Empleo de los planos, el color y la fotocomposición al servicio de un mensaje
hagiográfico: el liderazgo de Lenin se agiganta.
Fig. 9. «El socialismo es igual a soviets más electrificación». La razón política y la técnica aunadas en
un cartel de propaganda de los años veinte.
Fig. 10. Portada de la revista Lef, Frente de Izquierda de las Artes (1923-1924). Revista editada por
Vladímir Mayakovski, con cubiertas de Aleksandr Ródchenko. Moscú y Petrogrado, Gosizdat
[Editorial Estatal].
Fig. 11. Ilustraciones, fotomontajes de Aleksandr Ródchenko. 44 páginas más cubierta. Museo Estatal
V. V. Mayakovski, Moscú.
Fig. 12. Retrato de Alekséi Gástev por Tolkachev (1924).
Fig. 13. Shostakóvich, Mayakovski, Meyerhold y Ródchenko durante los ensayos de la obra de
Mayakovski La chinche, Moscú, 1929. Fotografía de A. Temerin, Museo Estatal Central del Teatro A.
A. Bajrushin, Moscú.
Fig. 14. «¡Abajo la esclavitud doméstica!». Cartel destinado a motivar a las mujeres a abandonar las
tareas domésticas e incorporarse al trabajo para construir y disfrutar una Rusia moderna. G. Shegal,
1931.
Fig. 15. Metáfora visual sobre la legitimación de un nuevo liderazgo: Stalin, identificado con Lenin
mediante el recurso a la fusión de sus efigies. Al fondo, la continuidad en la construcción del
socialismo.
Fig. 16. De derecha a izquierda los dirigentes bolcheviques Iósif Stalin, Alekséi Rýkov, Grigori
Zinóviev y Nikolái Bujarin, aliados por el poder tras la muerte de Lenin en 1924. Los tres últimos
serían ejecutados por el primero en los procesos de Moscú de 1936-1938.
Fig. 17. Diego Rivera, El hombre controlador del universo, 1934. Fresco sobre bastidor metálico
transportable, 480×1145 cm. El mural fue concebido para decorar el centro Rockefeller de Nueva York,
pero la exaltación de Marx, Engels, Lenin, Trotsky y el Ejército Rojo provocó que su elaboración fuera
interrumpida y el trabajo destruido por la familia Rockefeller. Finalmente, Diego Rivera lo reelaboró
para el Palacio de Bellas Artes de México D.F.
Fig. 18. Una de las imágenes más icónicas de la presencia de la memoria de la Revolución rusa durante
la Guerra Civil Española. Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Catalunya, saluda en
noviembre de 1936 desde el balcón del Palau de la Generalitat la masiva manifestación por el XIX
aniversario de la Revolución de Octubre junto a Vladímir Antonov-Ovseenko, en esos momentos
cónsul de la URSS en Barcelona y, en 1917, el líder bolchevique que dirigió el asalto al Palacio de
Invierno.
Fig. 19. Las Brigadas Internacionales: la plasmación de la solidaridad antifascista emanada del
entusiasmo de la cultura política frentepopulista. Foto de la brigada alemana Thaelmann, así llamada en
honor del secretario general del KPD, preso de los nazis.
Fig. 20. La Karl-Liebknecht-Haus, sede del Partido Comunista Alemán (KPD) hasta la llegada de Hitler
al poder (1933) y, desde 1990, local central del Partido del Socialismo Democrático (PDS) y Die Linke.
Fig. 21. La movilización mediante la conjugación del mito heroico y el cine: cartel de Tchapaief, el
guerrillero rojo, film soviético proyectado en las salas madrileñas durante la Guerra Civil en la batalla
por la capital de la República.
Fig. 22. «¡Produzcamos más tanques, armas y material antiaéreo, aviones, cañones, morteros, obuses,
granadas, balas, ametralladoras, fusiles! ¡Todo para el frente! ¡Todo para la victoria!». Cartel que anima
a la producción de armamento para hacer frente a la guerra contra la invasión nazi de la URSS (1941-
1942).
Fig. 23. El Mariscal Gueorgui Zhúkov, comandante supremo del Ejército Rojo, el mariscal K.
Rokossovsky y el general Sokolovsky pasean, junto al mariscal de campo británico Bernard
Montgomery, ante la puerta de Brandenburgo tras la liberación de Berlín del yugo nazi (12 de abril de
1945).
Fig. 24. Una revolución que comienza con una retirada táctica: Mao y sus colaboradores en la Larga
Marcha del Ejército Rojo hacia el norte (1935).
Fig. 25. Años sesenta: el impulso revolucionario se aloja en nuevos climas. Fidel Castro y Ernesto Che
Guevara departen durante una celebración pública en La Habana.
Fig. 26. 20 de agosto de 1968: manifestante ondeando la bandera checa sobre un blindado del Pacto de
Varsovia. La liquidación de la Primavera de Praga abrió una crisis definitiva en las relaciones entre los
partidos comunistas occidentales y la URSS (foto de Josef Koudelka).
Fig. 27. Los comunistas en los gobiernos de reconstrucción de posguerra. Cartel de las elecciones
francesas de 1946. El PCF se presenta como una fuerza vertebradora de la sociedad, incluso con tintes
conservadores.
Fig. 28. Cartel de la película Suspenso en comunismo, de Eduardo Manzanos Brochero, un acopio, en
clave de comedia, de estereotipos de criminalización y ridiculización de la militancia comunista
filmado durante el franquismo (1956).
Fig. 29. Funeral de Enrico Berlinguer, secretario general del Partido Comunista de Italia (PCI),
entonces el partido comunista más poderoso de Europa occidental, toda una institución en Italia y un
referente, nunca alcanzado, para otros partidos comunistas (13 de junio de 1984).
Fig. 30. Nelson Mandela junto a Winnie Mandela y Joe Slovo en 1991 en la convención del Partido
Comunista Sudafricano, partido formado sobre todo por trabajadores blancos en lucha contra el
apartheid e integrado en las listas electorales y los gobiernos del Congreso Nacional Africano (foto de
Greg Marinovich).
Fig. 31. «1917. El comienzo de una nueva era. Todo el poder para los soviets». Tríptico de homenaje a
la revolución de octubre de 1917 elaborado para su aniversario en la URSS en 1989 (V. Sachkov).
Fig. 32. Boris Yeltsin, entonces presidente de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia y
uno de los conductores de Rusia al capitalismo, subido en un tanque a las puertas del Soviet Supremo
de Rusia, haciendo frente al fracasado «golpe de agosto» promovido por la llamada «línea dura» del
PCUS (19 de agosto de 1991).
Fig. 33. Atardecer junto a un momumento con la hoz, el martillo y la estrella de cinco puntas en una
playa de Kerala, estado de la India gobernado durante más de treinta años de forma electa por el Partido
Comunista de la India-Marxista y sus coaliciones.
Fig. 34. Manifestación en Madrid de la juventud comunista el 14 de abril de 2013 por la III República
(Archivo de la UJCE).
Fig. 35. Estibadores y trabajadores del puerto de Le Havre, en huelga contra la reforma laboral del
ministro Macron. Una amplia y sostenida protesta contra la desregulación de las relaciones laborales
(primavera de 2016).
Document Outline
- Portada
- Portadilla
- Legal
- Los tiempos de la Revolución rusa (1917-2017)
- I. EL CAMINO DE LA REVOLUCIÓN Y SU ESTALLIDO EN LA RUSIA DEL 17
- 1. A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros
- 2. Encrucijadas del entusiasmo: la transmisión de la experiencia revolucionaria, 1789-1917
- Sin título
- 3. El experimento bolchevique: la república, la democracia y los críticos marxistas de su tiempo
- 4. «Del pasado hay que hacer añicos»: la liberación de las mujeres y la Revolución rusa
- 5. En el frente revolucionario del arte. Creación y experimento en la primera cultura soviética
- II. EXPANSIÓN, ECO Y ESTÍMULO DE LA REVOLUCIÓN RUSA
- 6. La creación de la Komintern y la onda expansiva de la revolución en Europa: interacciones y desfases
- 7. La influencia de la Revolución rusa en Estados Unidos
- 8. La Revolución rusa y América Latina. El primer diálogo (1917-1924)
- 9. «Es la hora de la claridad dogmática». El impacto de la Revolución rusa en la cultura política española
- 10. «No hay más que futuro». El republicanismo español y el 1917 bolchevique
- 11. El impacto de la Revolución rusa en el movimiento obrero español: el surgimiento del PCE
- III. AUGE Y OCASO DEL MUNDO SURGIDO DE LA REVOLUCIÓN
- 12. Del fin del ciclo de Octubre al Frente Popular
- 13. El imaginario de la Revolución rusa en la Guerra Civil Española
- 14. Guerra, reconstrucción y estancamiento. Del estalinismo maduro al socialismo desarrollado (1939-1968)
- 15. Moscú cada vez más lejos: el PCI en las décadas de 1970 y 1980
- IV. LA REVOLUCIÓN HOY: IMÁGENES, DISCURSOS Y MEMORIAS DEL 17 EN LA ACTUALIDAD
- 16. De la utopía revolucionaria a la revolución distópica. Desmemoria de 1917 y cultura política en la España reciente
- 17. Estigma, menoscabo y caricatura de la militancia comunista en la novela de la transición. Un acercamiento
- 18. ¿Qué anticomunismo se leerá en el siglo XXI?
- 19. Tiempos salvajes
- 20. Historizando el comunismo
- Epílogo
- Relación de autores
Kõik kommentaarid