—chilló Tilito, mientras lloraba amargamente. —Estoy aquí, Tilito. Tranquilo, yo sé lo que te ocurre —dijo Mielina, que apareció por sorpresa. —¿Qué, qué me ocurre? —le preguntó, angustiado. —Cuando Escle te tocó ayer, cortó algunas colas de las amigas de Neurata, de Neureta y de Neurita. Por eso las órdenes del señor del sombrero gris no llegan a la última amiga de la cadena y eso hace que no puedas ver bien o que tus manos no sientan lo que tocan o que, como te ha sucedido, la rodilla se doble y te caigas —explicó Mielina. —¿Y por qué me ha pasado a mí y no a Pinocho? ¿Esto es para siempre? —No lo sé, Tilito. Eso la única que lo sabe es Escle — contestó apesadumbrada Mielina.— No te preocupes, llegará un día en el que el hada mala se hará buena y solo habrá un sol en el cielo. Y chasqueando los dedos, desapareció. FIN NOTA DE LA AUTORA
los mensajes de los Maestros, en parte, y también porque aún persistían algunos pequeños problemas en la vida presente de Catherine. Estaba casi curada y sus vidas se iban repitiendo. Pero ¿y si los Maestros tenían algo más que decirme? ¿Cómo se comunicarían sin Catherine? No ignoraba que, si yo insistía, ella aceptaría continuar con las sesiones. Pero no me sentía con el derecho de insistir. Con cierta tristeza, me mostré de acuerdo. Conversamos sobre lo sucedido en las tres últimas semanas, pero yo no podía poner mucho interés. 123 Pasaron cinco meses. Catherine conservaba su mejoría clínica. Sus miedos y ansiedades eran mínimos. La calidad de su vida y de sus relaciones se había incrementado espectacularmente. Ahora salía con otros hombres, aunque Stuart aún estaba en escena. Por primera vez desde su infancia, experimentaba goce y verdadera felicidad