EL HERMANO DE PINOCHO
No me verás ni me oirás, pero estaré contigo —finalizó
tajante.
Tocó entonces la cabeza del niño de madera con la varita.
Una nubecilla oscura se introdujo en Tilito como lo hace el
humo de una hoguera cuando se apaga. Inmediatamente
después, Escle se esfumó profiriendo una sonora carcajada:
—¡Jajajaja!.
Los muñecos no entendían qué había pasado ni porqué, así
que continuaron jugando. Esa mañana tocaba jugar a
explicar historias fantásticas y misteriosas. Se miraron unos
segundos y se echaron a reír.
—Tilito, te toca empezar a ti —dijo Pinocho.
—¿No has tenido bastante con la historia misteriosa de
Escle? —respondió.
Se volvieron a mirar fijamente y rieron de nuevo.
Al día siguiente, el sol volvió a salir con energía y Pinocho
tocó a Tilito para despertarlo.
—Vamos Tilito, despierta. Tenemos que ir a desayunar y a
jugar.
—¡Ya vooooy! —respondió el niño, que esa mañana se
notaba raro