EL HERMANO DE PINOCHO
Al día siguiente, el sol volvió a salir con energía y Pinocho
tocó a Tilito para despertarlo.
—Vamos Tilito, despierta. Tenemos que ir a desayunar y a
jugar.
—¡Ya vooooy! —respondió el niño, que esa mañana se
notaba raro. Cuando salió de la cama y se puso en pie, la
rodilla se dobló y cayó al suelo. Pinocho le ayudó a
levantarse y fueron los dos a desayunar.
—Pinocho, detente —dijo Tilito.
—¿Qué pasa? —preguntó Pinocho, intrigado.
—¿Hay dos soles en el cielo esta mañana? ¿Hay otro
Pinocho como tú a tu lado? —preguntó Tilito, asustado.
—No, sólo hay un sol en el cielo y un Pinocho, que soy yo.
—¡Escle, hada mala! Tú tienes la culpa de todo.
¡Mielinaaaaaa! ¿Dónde estás? —chilló Tilito, mientras
lloraba amargamente.
—Estoy aquí, Tilito. Tranquilo, yo sé lo que te ocurre —dijo
Mielina, que apareció por sorpresa.
—¿Qué, qué me ocurre? —le preguntó, angustiado.