tenían mucho respeto: El señor del sombrero gris. Su trabajo era agotador porque se pasaba todo el día organizando y dando órdenes a los grupos de trabajo para que Tilito pudiera hacer todo aquello que llevaba a cabo sin darse cuenta. Cuando amanecía, El señor del sombrero gris llamaba a Neurata, Neureta y Neurita para dar sus primeras órdenes: —Neurata, busca a tus amigas de cola roja y diles que Tilito quiere que sus ojos vean, se ha despertado —decía El señor del sombrero gris a Neurata, que salía corriendo a buscar y tocar a una amiga con cola roja. Entonces, Neurata buscaba y tocaba a otra amiga con cola roja hasta llegar a la última, que tocaba al ojo y le decía: —¡Levanta el párpado, que Tilito se ha despertado! Después, El señor del sombrero gris ordenaba a Neureta: —Neureta, busca a tus amigas de cola azul y diles que Tilito quiere que sus brazos y manos se muevan, quiere desayunar.
una piscina desde un trampolín; en aquella ocasión había sentido náuseas, y había tragado agua hasta asfixiarse; mientras lo narraba, empezó a dar arcadas en mi consultorio. Le indiqué que la experiencia había pasado, que estaba fuera del agua. Las arcadas cesaron y la respiración se hizo normal. Aún estaba en trance profundo. Pero lo peor de todo había ocurrido a los tres años de edad. Recordó haber despertado en su dormitorio, a oscuras, consciente de que su padre estaba en el cuarto. Él apestaba a alcohol en aquel momento, y Catherine volvía a percibir ahora el mismo olor. El padre la tocó y la frotó, incluso «ahí abajo». Ella, aterrorizada, comenzó a llorar; entonces el padre le tapó la boca con una mano áspera, que no la dejaba respirar. En mi consultorio, en mi diván, veinticinco años después, Catherine sollozaba.