de Geppetto, el padre de Pinocho. Como todo el mundo sabe, Pinocho era un muñeco de madera de pino tallada en una noche de luna y estrellas por el mismo Geppetto . Su historia ha hecho las delicias de miles de niños y niñas, papás y mamás, en todo el mundo. Lo que no sabéis, queridos lectores, es que en aquel taller, aquella noche, había alguien más... Como todos y todas recordaréis, una vez Pinocho estuvo terminado, el anciano carpintero se tumbó en una cama vieja y se durmió profundamente. Pasados unos minutos, un rayo de luz blanca entró por la ventana y adquirió cuerpo de mujer. Llevaba una diadema de perlas en la cabeza y una varita brillante en la mano derecha que iluminaba un precioso vestido blanco. Era Mielina, el hada protectora del trozo de madera que se hallaba al lado de Pinocho. Se dirigió al muñeco y le dijo: —Pinocho, en esta historia no vas a ser tú el protagonista
14 Puesto que había reconocido a su sobrina en una vida anterior, le pregunté impulsivamente si yo estaba presente en alguna de sus existencias. Sentía curiosidad por conocer mi papel, si acaso lo tenía, en sus recuerdos. Me respondió con prontitud, en contraste con las evocaciones anteriores, muy lentas y pausadas. --Tú eres mi maestro; estás sentado en un saliente de roca. Nos enseñas con libros. Eres anciano, de pelo gris. Usas un vestido blanco (una toga) con bordes dorados... Tú te llamas Diógenes. Nos enseñas símbolos, triángulos. Eres realmente muy sabio, pero yo no comprendo. El año es 1568 a. de C. (La fecha era aproximadamente mil doscientos años anterior al famoso Diógenes, filósofo cínico de Grecia. El nombre no era muy insólito.) La primera sesión había terminado. Le sucederían otras aún más asombrosas. ***